Leyendo en el Gran Libro de la Naturaleza – Primera Parte

CIENCIA Y RELIGION

ARTE Y RELIGION

 

“Leyendo en el Gran Libro de la Naturaleza”

Primera Parte

Por Mario R. Montani

“Hay dos libros de los cuales recojo mi divinidad, uno de Dios (las Escrituras), y otro de su sierva, la Naturaleza” (Thomas Browne, 1643)

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Desde muy antiguo, teólogos, poetas y científicos consideraron que Dios era el autor de dos libros. Uno, las Escrituras y otro, el Libro de la Naturaleza. Al primero se lo denomina a veces “revelación especial” ya que el Autor escogió a ciertos hombres inspirados, de la fe judía y cristiana, para volcarla en una textualidad humana comprensible. Al segundo se lo ha identificado como “revelación general” pues está al alcance de todos e implica la capacidad de reconocer la mano del Creador a través de sus obras. Ya el salmista declaraba:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su voz. Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras” (Salmo 19: 1-4)

Recuerdo haber aprendido estos conceptos cantando el himno 65 de los antiguos himnarios,“Los cielos cuentan la Gloria de Dios”, con música de Ludwig van Beethoven (lamentablemente para las nuevas generaciones no se ha incluido en las ediciones más recientes)

Daniel C. Peterson ha señalado hace muy poco (Daniel C. Peterson,  An Exhortation to study God’s Twoo “Books”, Interpreter: a journal of mormon scripture Nº 13 (2015), pag. XI) que en vez del nombre Yahweh o Jehová que aparece en todo el Salmo 19, en estos versículos se utiliza el título El, un nombre mucho más general para Dios que sería entendido por todos los pueblos semíticos (de hecho, continúa hasta la actualidad en el árabe Allah), lo cual parece indicar que el Libro de la Naturaleza estaba disponible aún para aquellos fuera del convenio.

El Libro de Job también nos recuerda:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán; a las aves de los cielos, y ellas te lo mostrarán; o habla a la tierra, y ella te enseñará; los peces del mar te lo declararán también. ¿Qué cosa de todas estas no entiende que la mano de Jehová la hizo?” (Job 12: 7-9)

El Apóstol Pablo, dirigiéndose a los romanos, les explicó que estaban sin excusa, pues tenían frente a ellos, como una prueba adicional, la propia Creación, que testificaba de la deidad:

“Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como Dios, ni le dieron gracias…”(Romanos 1: 19-20)

Si leemos con cuidado las escrituras, descubriremos que la mayoría de sus relatos transcurren a cielo abierto y en directo contacto con la naturaleza, desde el Jardín de Edén hasta Getsemaní, desde la zarza ardiente y el monte Sinaí de Moisés hasta la arboleda sagrada y el río Susquehanna de Joseph Smith, desde el desierto de Lehi hasta el Mar de Galilea que frecuentó el Salvador.

El Mundo como Libro en los primeros siglos del Cristianismo

Los llamados Padres de la Iglesia utilizaron ampliamente el símil de la Creación como Libro en sus escritos:

“Que Dios es el Creador del mundo es aceptado aún por quienes de muchas maneras hablan en contra de El… Pues la creación revela a Aquel que la formó, y las propias obras sugieren a Quien las hizo, y el mundo manifiesta a Quien lo ordenó. Más aún, la Iglesia Universal, en todo el mundo, ha recibido esta tradición de los apóstoles mismos”.

(San Irineo de Lyon (129-203) “En contra de las herejías”, Libro II, 9:1)

“El paralelo entre naturaleza y Escritura es tan completo que necesariamente debemos creer que la persona que pregunta sobre la naturaleza y la que pregunta sobre la Escritura están obligadas a llegar a la misma conclusión” (Origenes 185-254)

Origenes de Alejandria

Origenes de Alejandria

Según las tradiciones, Antonio abad, también conocido Antonio el Grande o Antonio de Egipto, fue un monje que vivió entre los años 251 y 356 de nuestra era. Retirado a una vida monacal en el desierto en compañía de animales a los que brindaba afecto, fue visitado por un filósofo quien le cuestionó como podía un hombre instruido como él vivir sin libros. La respuesta recibida fue la siguiente:

“Mi libro es la naturaleza de las cosas creadas, y tan a menudo como me viene a la mente leer las palabras de Dios, está a mi alcance”.

Atanasio de Alejandría (297-373)

Atanasio de Alejandria

Atanasio de Alejandria

“Pues la creación, como si estuviese escrita en caracteres y por medio de su orden y armonía, proclama en voz alta a su propio Maestro y Creador… Por esta razón, Dios, por su propia palabra, dio a la creación tal orden como en ella se encuentra… para que los hombres puedan conocerlo a través de Sus obras”.

San Efrain, el Sirio (306-373) escribió en sus Himnos sobre el Paraíso (Himno V: 1-3):

 

Consideré la Palabra del Creador,

Y la comparé a la roca que marchó

Con el pueblo de Israel al desierto…


En su libro describe Moisés la creación del mundo natural

De modo que Naturaleza y Escritura

Puedan testificar del Creador.

La Naturaleza, mediante el uso que el hombre le da.

La Escritura, mediante su lectura.

Estos son los testigos que llegan a todas partes,

Se los encuentra en todo tiempo, presentes a cada hora,

Refutando al incrédulo que difama al Creador.

 

Leí el comienzo de este libro y me llené de gozo,

Pues sus líneas y versos extendían sus brazos para recibirme;

El primero se apresuró y me besó, conduciéndome a su compañero;
y al hallar el verso do se halla escrita la historia del Paraíso,

Me elevó y transportó desde el seno del libro

Al propio seno del Paraíso.

 

Juan Crisóstomo, patriarca de Constantinopla (347-407) dejó constancia de que:

“La Naturaleza es nuestro Mejor Maestro. Desde la creación, aprende a admirar al Señor!…Por cierto, la magnitud y belleza de la creación, y también su forma, muestran a un Dios que es el artífice del universo…” (Sobre los Estatutos 12:7)

San Agustín (354-430)

“Cierta gente, para descubrir a Dios, lee libros. Pero existe un gran libro: la verdadera apariencia de las cosas creadas. ¡Mirad por sobre vosotros! ¡Mirad debajo de vosotros! Observad. Leed. Dios, a quien deseáis descubrir, no escribió tal libro con tinta. En cambio ha colocado delante de vuestros ojos las cosas que El ha hecho. ¿Podéis pedir una voz más fuerte que esa, cuando cielos y tierra os gritan: “Dios me ha hecho”? (De Civitate Dei, Libro XVI)

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San Máximo, el Confesor (580-662), o Máximo de Constantinopla declaró en Ambiguum 10, pag. 91, 1128-1129ª:

“La creación es una biblia cuyas letras y sílabas son los aspectos particulares de todas las criaturas y cuyas palabras son los universales aspectos de la creación. Por otro lado, la Escritura es como un cosmos formado por el cielo, la tierra y toda cosa entremedio; esto es, las dimensiones éticas, naturales y teológicas”.

El Liber Mundi en la Edad Media

Ernst Robert Curtius, importante filólogo e investigador alemán trazó una genealogía de la idea del mundo como libro a lo largo de la Edad Media, con influencias de Medio Oriente y llegando hasta Plotino, quien declaró que su arte consistía “en leer los caracteres escritos de la Naturaleza” (Curtius, European Literature and the Latin Middle Ages, Princeton, 1973, pag. 308)

Bernardo de Clairvaux, quien vivió entre 1090 y 1153 escribió a Heinrich Murdach:

“Cree a alguien que sabe: hallarás algo más grande en los bosques que en los libros. Los árboles y las piedras te enseñarán aquello que jamás aprenderás de los maestros”. (TheLetters of Bernard 106:107). Y también que:

“… el mundo es el libro de Dios, y debemos leer en él continuamente”.

Bernardo de Clairvaux

Bernardo de Clairvaux

Hugo de San Victor (1096-1141), en De Tribus Diebus, 4, impreso en el Libro 7 del Didascalicon:

“Todo el mundo visible es como un libro escrito por el dedo de Dios, es decir, creado por poder divino.”

Hugo de San Victor

Hugo de San Victor

El SheikMuslih-uddinSa’diShirazi (1213 -1293), musulmán de origen iraní también tenía claro:

“Cada hoja del árbol

Se transforma en una página de la sagrada escritura

Una vez que el alma ha aprendido a leerla”.

(El Gulistan)

San Buenaventura de Fidanza (1217-1274) fue un místico y teólogo franciscano que plasmó la idea tanto en su Breviloquium (2.5; 2.11; 2.12) como en Collationes in Hexaemeron (12:14-17)

“El universo es como un libro que refleja, representa y describe a su Creador…”

“En toda la creación, la sabiduría de Dios ilumina con su luz desde El y en El, como un espejo que contiene la belleza de todas las formas y luces y como un libro en el que todas las cosas están escritas según los profundos secretos de Dios… Ciertamente, quien lea este libro encontrará la vida y obtendrá salvación del Señor”.

“Aquel, pues, que no está iluminado por el gran esplendor de las cosas creadas, es ciego;

Quien no despierta con tan grande clamor es sordo;

Quien no alaba a Dios por todos estos efectos es mudo;

Quien no nota el principio primero con estas grandes señales es tonto.

Por tanto, abre tus ojos,

Toma tus oídos espirituales.

Abre tus labios y aplica tu corazón,

Para que puedas ver, oír, alabar, amar y adorar, glorificar y honrar a tu Dios.”

 

Santo Tomás de Aquino (1225-1274)

“Los escritos sagrados están encuadernados en dos volúmenes: el de la creación y el de las Santas Escrituras”.

Tomas de Aquino

Tomas de Aquino

En los Sermones de MeisterEckhart (1260-1327)

“Cualquiera que conoce a las criaturas puede ser excusado de escuchar los sermones, pues cada criatura está llena de Dios, y es un libro”.

Meister Eckhart

Meister Eckhart

“Conoce a Dios en todas las cosas, pues Dios está en todas las cosas.

Cada criatura está llena de Dios y es un libro sobre Dios.

Cada criatura es una palabra de Dios.

Si me tomara el suficiente tiempo con la más pequeña – aún una oruga –

Jamás tendría que preparar un sermón, tan llena de Dios está cada una.”

 

Dante Alighieri (1265-1321), el supremo poeta florentino en el Paradiso 33:85-90 de su monumental Divina Comedia muestra que la imagen del libro continuaba vigente.

Nel suo profondo vidi che s’interna

Legato con amore in un volume,

Ció che per l’universo si squaderna:

 

Sustanze e accidenti e lor costume,

Quasi conflati insieme, per tal modo

Che ció ch’idico é un semplice lume.

 

(En su profundo vi que se interna,
ligado con amor en un volumen,
todo lo que por el universo se desencuaderna;

sustancia y accidente y sus costumbres
cuasi confundidos entre sí, de modo tal
que lo que digo modesta es vislumbre.)

Dante Alighieri

Dante Alighieri

Los dos libros durante la Reforma

Martin Lutero (1483-1546), con quien se iniciaron los movimientos reformistas, anotó:

“Dios escribe el Evangelio no sólo en la Biblia, también en los árboles y las flores, las nubes y las estrellas”. (The Harper Religious and InspirationalQuotationCampanion, pag. 120)

“La creación toda es el más hermoso de los libros o biblias, ya que en ella Dios se ha descripto y retratado a Si mismo” (Luther’s World of Thougth, Concordia, 1958, pag. 179)

Martin Lutero

Martin Lutero

Juan Calvino (1509-1564):

“En cada parte del mundo, El ha escrito, como si estuviese grabada, la gloria de su poder, bondad y eternidad…”

“Al contemplar a las criaturas, no debemos meramente atropellarlas de modo superficial, o, por decirlo de otro modo, con una visión fugaz, sino que debemos analizarlas profundamente, darles vuelta en nuestra mente con seriedad y fidelidad y recordarlas a menudo”

“Es parte de la sabiduría humana buscar las obras de Dios, y colocar la mente en ellas de modo pleno. Dios ha ordenado el mundo para ser como un teatro en el que observar su bondad”.

Juan Calvino

Juan Calvino

Dos siglos más tarde John Wesley (1703-1791), iniciador del movimiento Metodista, recordaba:

“El Libro de la Naturaleza está escrito con caracteres universales, que todos pueden leer en su propia lengua. No contiene palabras, pero sí elementos que muestran la Divina perfección. El firmamento, que se expande por doquier con sus huestes de estrellas, declara la inmensidad y magnificencia, el poder y sabiduría de su Creador”.

John Wesley

John Wesley

La Reforma trajo una nueva forma de leer las Escrituras. Como veremos a continuación, ya no deseaba conocer interpretaciones de maestros sino abrevar en la fuente misma de conocimiento. Algo similar iría ocurriendo con la lectura del Libro de la Naturaleza.

El Renacimiento

No es tan sencillo ubicar históricamente al movimiento que conocemos como Renacimiento, ya que se dio con diferencias cronológicas en los diferentes países europeos.

Los viajes, en particular el descubrimiento de América, y la invención de la imprenta suelen mencionarse como antecedentes necesarios. También la revalorización de los modelos greco-romanos y un desplazamiento del teocentrismo dominante hacia un atenuado, y luego marcado, antropocentrismo denominado corriente humanística.

Escuchemos a Paracelso (1493-1541)

“Fue el Libro de la Naturaleza, escrito por el dedo de Dios, lo que estudié…

La naturaleza es la maestra universal. Todo aquello que no podamos aprender de la apariencia externa de la naturaleza, podremos aprenderlo de su espíritu. Ambos son uno. Todo es enseñado por la Naturaleza a su discípulo si le pide la información del modo adecuado”.

Paracelso

Paracelso

Sin embargo Paracelso, notable erudito de su época, astrólogo e inventor de la llamada “medicina simpática” no leía el Gran Libro de la manera correcta. Creía, por ejemplo, que el remedio para algunas enfermedades se hallaba en el mundo vegetal, pero por la similitud de ciertas hojas con la forma del órgano afectado.

También escribió:

“El segundo libro de medicina es el firmamento… ya que es posible escribir toda la medicina en las letras de un libro… y el firmamento es ese libro que contiene todas las virtudes y todas las proposiciones…las estrellas en el cielo deben considerarse en su conjunto para que podamos leer la oración en el firmamento. Es como una carta que nos ha sido enviada desde una distancia de cien millas, y a través de la cual nos habla la mente del autor”.(Paracelsus: Selected writings, Princeton, New Jersey, Princeton University Press, 1958, Cap. XI, pags. 171-176)

Para esta lectura “analógica” era importante descubrir los significados ocultos en la naturaleza que sólo el especialista podía adivinar e interpretar por “similitud”. Esta forma de lectura “entre líneas” provenía de las propuestas de las artes retóricas medievales para estudiar la Biblia y se había trasladado al “otro libro”.

Tal formato discursivo comenzó a ser rechazado por los investigadores de la Edad Moderna y suplantado por lo que luego se identificaría como “discurso analítico” junto con la pregunta: ¿cuál es el lenguaje en que está escrito el Libro de la Naturaleza?

Galileo Galilei (1565 -1642) tenía una respuesta muy clara:

“La filosofía está escrita en ese libro enorme que tenemos continuamente abierto de­lante de nuestros ojos (hablo del universo), pero que no puede entenderse si no apren­demos primero a comprender la lengua y a conocer los caracteres con que se ha escrito. Está es­cri­to en lengua matemática, y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geo­mé­tricas sin las cua­les es humanamente imposible entender una palabra; sin ellos se deam­bula en vano por un laberinto oscuro” (Galileo Galilei, Saggiatore, 1623 El Ensayador, Buenos Aires, Aguilar Argentina, 1980, 6)

Galileo Galilei

Galileo Galilei

Ya ocho años antes, Galileo había escrito a la Gran Duquesa Cristina:

“Llegamos a la conclusión de que Dios es conocido primero a través de la Naturaleza, y luego, más especialmente, a través de la doctrina; a través de la Naturaleza en cuanto a Sus obras, y a través de la doctrina en cuanto a Su palabra revelada” (Galileo Galilei, Carta a la Gran Duquesa Cristina, 1615, Barcelona, Atalaya, 1994)

Y diez años antes, en la Istoria e dimostrazioni in torno a glie macchie solari [His­toria y demostraciones acer­ca de las manchas solares] (1613),  el sabio oponía ya la lectura directa (libro del mundo) a la indirecta (libros de Aristóteles).

“Los que todavía me con­tra­di­cen son algunos defen­so­res severos de todas las mi­nu­cias peripatéticas, quienes, por lo que puedo entender, han sido educados y alimentados desde la primera infancia de sus estudios en la opinión de que filosofar no es ni puede ser ­si­no una gran práctica de los tex­tos de Aristóteles, de modo que puedan juntarse muchos rá­pi­damente aquí y allá y en­sam­blar­los para probar cualquier problema que se plantee, y no quieren alzar los ojos de esas páginas, como si el gran libro del mundo no hubiera sido escrito por la naturaleza pa­ra que lo lean otras personas además de Aristóteles, cuyos ojos habrían visto por toda la posteridad”. 

Despidámonos de esta primer parte con los versos de William Shakespeare (1564-1616) quien, como precursor del Renacimiento, impactó a las siguientes generaciones. Provienen de su obra teatral “As you like it” (Como gustéis)

The Uses of Adversity.

William Shakespeare

William Shakespeare

Sweet are the uses of adversity,
Which, like the toad, ugly and venomous,
Wears yet a precious jewel in his head.
And this our life, exempt from public haunt,
Find tongues in trees, books in the running brooks,
Sermons in stone, and good in every thing.

Dulces los usos de la Adversidad

Dulces son los usos de la adversidad, 
Que como el sapo, feo y venenoso,
Viste todavía una joya preciosa en su cabeza;
Y nuestra vida exime de refugio público,
Encuentra lenguas en los árboles, libros en los arroyos corriendo,
Sermones en las piedras, y lo bueno en toda cosa.

 

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Debido a que esta serie de artículos es tanto la historia de una metáfora literaria como la del desarrollo de las ideas científicas, aparecerá excepcionalmente en el índice tanto bajo el título Arte y Religión – Literatura como bajo el de Ciencia y Religión.

REFERENCIAS:

Daniel C. Peterson, An Exhortation to study God’s Twoo “Books”, Interpreter: a journal of mormon scripture Nº 13 (2015), pag. XI

David R. Olson, El Mundo sobre el Papel, Editorial Gredisa, Barcelona, 1999, pags. 185-203

Italo Calvino, Por qué leer a los clásicos. Tusquet, Barcelona, 2005, pags. 91-97.

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