Espíritu y Música – Carta Nº 8 – Merrill Bradshaw

Arte y Religión

           Música

Espíritu y Música

Cartas a un joven compositor mormón

Carta Nº 8 Merrill Bradshow

Traducción: Julián Mansilla

Carta número Ocho

Querido amigo/a,

¡Por supuesto que existe tal cosa como inspiración! Cada compositor la experimenta. Casi llegaría a decir que todo ser humano la experimenta. Es ese destello de revelación  necesario para que cualquier actividad creativa tenga lugar. Pero hay que darse cuenta de que la imagen romántica del compositor, arrebatado por algún tipo de frenesí creativo incontrolable, que se desprende de las obras maestras sin pensar ni esforzarse, es una cruel mentira. No conozco a nadie que haya tenido una experiencia de primera mano como esa.

¿Qué sucede realmente? Parece ser algo como esto: lo procesas en tu mente durante un período de tiempo, revolviendo, meditando, hirviendo, hasta que finalmente uno logra unir todo. Entonces puedes sentir en tu corazón si es correcto. Esto no quiere decir que siempre suceda en el estudio, porque cuando estoy realmente trabajando en una pieza siempre está conmigo en mi mente, dando vueltas y más, tratando de nacer. Por lo tanto, la idea puede venir a mí mientras conduzco, camino, etc. Pero la mayoría de las veces me viene a mí mientras estoy trabajando en el estudio.

Muchas personas me han preguntado específicamente si fui inspirado para escribir La Restauración. Creo que puedo decir “sí”. Desarrollé un deseo de hacer el trabajo durante un período de años, pensando en ello, recogiendo sesgos, antecedentes, impresiones y sentimientos acerca de lo que la pieza debe ser cuando finalmente me puse a escribirla. Cuando en realidad comencé el trabajo había ayunado y orado, un período de dedicación y súplica espiritual mientras trataba de obtener una visión general de la misma. No hubo un gran destello de súbita inspiración. La obra se me fue desplegando por sí misma durante un largo período de tiempo. Hubo muchos momentos en que, después de trabajar mucho y duro en un pasaje, el Espíritu ardía en mí y pude sentir la emoción que viene cuando sabes que es correcto.

(Debo decir sin embargo que esta no fue una experiencia excepcional con La Restauración, después de todo, es la forma en que va con todas mis actividades, la Iglesia, la formación profesional, la familia, la recreación, y creo que sucede a la mayoría de los santos.)

Lo que esto te dice como compositor no es demasiado difícil de entender: ¡Si quieres inspiración, ponte a trabajar! “Debes resolverlo en tu mente, luego pregúntame”. Si es correcto, el Espíritu lo confirmará en tu pecho. Si está equivocado, “estupor de pensamiento” y debes continuar trabajando hasta que el Espíritu diga que sí.

¿Cómo lo desarrollas en tu mente? Mi propia respuesta es saturarme con los materiales con los que trabajo: flujo de energía, nivel de disonancia, textura, tonalidad, medio, motivos, frases. Planeo la forma lo más cuidadosamente posible. Trato vigorosamente de proyectar la pieza en el tiempo. Todas estas cosas se alimentan en mi mente en el espíritu de la obra. Trabajo tan duro como puedo para encontrar una respuesta. Luego confío en mis instintos espirituales, enriquecidos por todo lo que he aprendido e impulsado por la aportación de todas estas cosas, para ayudarme a llegar a “La” solución. Hasta que el Espíritu no esté satisfecho, no puedo renunciar a la búsqueda.

Este método de operación tiene algunas ventajas hermosas. Mi percepción instintiva es aparentemente más aguda que mis procesos intelectuales conscientes porque muchas cosas que emergen son mucho más interesantes y emocionantes de lo que mi intelecto podría inventar. Sigo descubriendo estas sorpresivas relaciones mucho tiempo después de que una obra está terminada. También he observado que la continuidad rítmica de la obra es mucho más convincente y satisfactoria cuando se llega por instinto que cuando se llega a través de procesos estrictamente intelectuales.

Al establecer tus propios métodos de trabajo, debes tener cuidado de que los detalles de el método sean una ayuda en lugar de una molestia. Esto se aplica específicamente al teclado. Algunos compositores pueden pensar eficazmente en el teclado, especialmente cuando son capaces de hacer que sus mentes dicten al teclado y no viceversa. Pero muchos compositores jóvenes utilizan el teclado como un medio de evitar el esfuerzo mental necesario para decidir cómo componer una idea. Esto hace que la “muleta” sea su rey, no su sirviente. Si utiliza el teclado para comprobar tu composición, ¡OK! Pero si encuentras que tus ideas están limitadas a lo que puedes tocar en el teclado, ¡cuidado! Puedes estar en problemas.

¿Qué hacemos cuando la inspiración se detiene? Esta es una buena pregunta que causa mucho desánimo entre los compositores. Mi respuesta tiene que ser en tres etapas. La primera es situar tu mente con la obra, pensándola y sintiéndola de todas las formas que puedas encontrar. Vive con ella día y noche. La segunda etapa es la etapa reflexiva. Retrocede y relájate. Piensa en algo más por un día o una hora o una semana. En tercer lugar, volver y trabajar en ella. Repite los tres pasos según sea necesario. Generalmente esto solucionará tu problema a menos que tu motivación esté rezagada. Si tu motivación se está quedando, tienes un problema espiritual que necesita ser resuelto. Nuevas perspectivas, descanso, nuevas actividades ocasionalmente ayudan. El ayuno, la oración y el estudio también ayudan. Una buena charla con un consejero espiritual también puede ayudar. Cuando todo está dicho y hecho, sin embargo, la inspiración viene de otra fuente. Si no está enviando ninguna señal, no podemos recibirlas.

Yo creo en la inspiración. También creo que un compositor debe saber todo lo que puede encontrar sobre la música y usarlo regularmente en su composición. Esto significa que la composición es trabajo. De alguna manera la inspiración y el trabajo se combinan inextricablemente en el acto de componer. ¡Que el Espíritu bendiga tus esfuerzos!

 

 

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Espíritu y Música – Carta Nº 7 – Merrill Bradshaw

Arte y Religión

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Espíritu y Música

Cartas a un joven compositor mormón

Carta Nº 7 Merrill Bradshow

Traducción Julián Mansilla

Carta número Siete

Querido amigo/a,

Tengo más que decir sobre la “música mormona”. Durante mucho tiempo solía creer lo que algunos de nuestros eruditos me dijeron: que no teníamos herencia musical de la que hablar. Los escritores de himnos victorianos de finales de 1800 y principios de 1900 eran “poco creativos, poco imaginativos, etc.” Anhelaba una tradición en la que pudiera apoyarme y que me inspirara a hacer grandes cosas como “todas esas otras culturas” habían logrado. Mientras pensaba en esto, se me ocurrió que toda una generación de nosotros debíamos salir y saturarnos de la sabiduría del mundo para poder volver a construir la música del Reino. Pero muchos de nosotros simplemente absorbimos el amor a la música del mundo y volvimos con desprecio por esa “cosa pueblerina” que los músicos de la Iglesia supuestamente sin tutor habían producido. Espero que no caigas en ninguna de esas fábulas tontas: ninguna de ellas te ayudará a construir el Reino.

Me he dado cuenta de que si el Reino tiene algo que ofrecer al mundo en el arte debe ser la excelencia del Espíritu. El tiempo que dedicamos a la actividad de la Iglesia tiende a poner nuestro énfasis en la excelencia espiritual más que en la técnica. Creo que esto es como debe ser y como me gustaría que fuera. Sin embargo, no voy a excusar la menor falta de adecuación técnica en cualquiera de nuestros tipos de música. Estoy seguro de que tenemos tiempo para ello: Incluso cuando yo era un obispo ocupado podría haber encontrado más tiempo para el estudio técnico de lo que lo hice y lamento no haberlo hecho. Pero ser obispo no me disculpó de la necesidad de escribir un trabajo técnicamente adecuado. La técnica es, después de todo, el medio para liberar al Espíritu.

Para mí, como compositor SUD, el Espíritu es el objetivo de mi arte y siempre debe serlo. Cuando he observado la música de nuestros antepasados pioneros he concluido que ese es el modo en que ha sido siempre. Escribir música para el Reino debe haber sido una tarea inspiradora para George Careless porque él escribió muchos himnos inspiradores. No hay himno más grande entre los himnos Cristianos como su “Aunque colmados de pesar”, o Joseph J. Daynes con “Cual rocío que destila”, o un montón de otros.

¿Dónde se encuentra un grupo de himnos más finos, más completamente arraigados en la fibra de una sociedad como lo están nuestros himnos? Los cantamos todos los domingos, en nuestros hogares durante la semana, en el Sacerdocio Aarónico o en la Sociedad de Socorro. Todos nosotros los conocemos. Aquí está la sustancia de una tradición: los mormones cantan, a menudo y usualmente muy bien. Tienen experiencias regulares combinando música y Espíritu. Si podemos aprender a capitalizar  ésto, construiremos una tradición que durará siglos, eones y más allá.

Cualquier compositor que ha capturado el Espíritu vívidamente se convierte en un ancestro de las tradiciones del Reino. Cualquier cosa que escribamos que capte al Espíritu se convierte en parte de esa tradición. Cualquier estilo que levante espíritus se convierte en un modelo útil. No nos faltan filosofía, modelos, tradición o ayuda. Nos falta sólo vigor, imaginación y agallas. Seamos creativos con estos materiales y edificaremos el Reino, incluso el mundo entero.

 

Espíritu y Música – Carta Nº 6 – Merrill Bradshow

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Espíritu y Música

Cartas a un joven compositor mormón

Carta Nº 6 Merrill Bradshow

Traducción Julián Mansilla

Carta número Seis

Querido amigo/a,

Mi carta anterior sobre el estilo puede haber parecido querer esquivar algunos otros temas. Pero creo que lo que tengo que decir en esta carta llenará algunos de esos vacíos. Me gustaría hablar sobre “música mormona“.

En tu vida y la mía hemos visto algo de polarización entre la gente en diversos campos de la música. Cada uno tiene un tipo de música que le gusta, personas que suministran la música que necesitan, y una gran desconfianza de la que desconocen. Me niego a tomar partido en este altercado. Yo digo, “una bendición sobre todos sus esfuerzos justos.”

Pero como ya he insinuado en mi última carta, para ser justos, no considero negarme a escuchar la de un lado o la del otro. Por lo tanto, la pregunta es la siguiente: ¿Cómo podemos construir puentes entre los diferentes grupos culturales en el reino para que puedan escucharse unos a otros?

Permítanme dar un rápido fundamento filosófico-teológico para mi posición. El mormonismo es diferente del resto del cristianismo de una manera muy importante: Creemos que ha habido repetidas y válidas revelaciones del plan de Dios desde el cielo a lo largo de la historia de la humanidad. Creemos que no todas estas revelaciones están contenidas en la Biblia ni en las escrituras modernas, ni se limitan a los dos o tres lugares principales con los cuales se identifican las escrituras existentes. Emerge, más bien, un cuadro con muchas culturas diferentes, lugares y eras, cada una parte de un gran plan maestro en los cielos para la salvación de todos los hijos de Dios. Las profecías en las escrituras de nuestro tiempo hablan de la “restitución de todas las cosas” o “reunir en una todas las cosas desde el comienzo del mundo“, es decir, una síntesis viva de elementos espirituales y culturales en una sociedad celestial. Tampoco esta síntesis es una fuerza que obliga a la uniformidad en todas nuestras composiciones. Lo veo emergiendo de la totalidad del esfuerzo musical en nuestra cultura, no como algo que se le impone. Así, el estilo de un compositor puede diferir mucho de otro sin alterar el equilibrio que requiere la síntesis. Después de todo, el hilo común a todas las obras en el reino y que mantiene unida la síntesis se encuentra en el Espíritu, no en el estilo.

Es mi opinión que todos aquellos que están tratando de construir el Reino estén  comprometidos en una u otra faceta de crear esa síntesis espiritual que nos hará a todos celestiales al final. Por lo tanto, me parece ridículo que se generen contiendas con el otro acerca de cuál de los estilos del mundo debemos adoptar. Debemos adoptar lo que es espiritualmente apropiado para las necesidades del Reino y crear nuestra propia música de cualquier recurso disponible y que valga la pena. Me niego a excluir cualquier cosa que pueda servir a un propósito espiritual.

El reino tiene necesidad de muchos tipos de música: Los santos no dejan de necesitar entretenimiento después de bautizados, ni tampoco dejan de necesitar inspiración musical, consuelo, ni música para trabajar, música como desarrollo artístico, o la música divertida. En resumen, necesitamos música de todo tipo.

Lo que todo esto me dice es que necesito saber y absorber lo más que pueda sobre todos los estilos y técnicas, sobre todos los diversos tipos de música para poder construir puentes, para que los santos adoren, trabajen, canten y jueguen juntos. Necesitamos escribir música que ayude en los programas de la Iglesia, música que represente las más altas aspiraciones de los santos por el logro artístico, la música que entretiene, la música que consuela. Hay espacio, sí, hay un hambre de todo tipo de música en el reino.

Las escuelas de pensamiento en el mundo de la música son aficionadas a alinearse con esta o aquella tendencia histórica y menospreciar todas las otras tendencias como históricamente insignificantes. No te dejes atrapar por esto. Hay, en esta dispensación, sólo un sistema que está destinado a perdurar y ese es Su sistema. Abarca el bien de todos los demás sistemas. Así, podremos adoptar o adaptar el mundo, pero en el largo plazo, si queremos hacer contribuciones que perdurarán, tendremos que hacerlos a través del Reino.

Es por eso que encarnar el espíritu en su música es tan importante. Esas adaptaciones e influencias de estilo que en última instancia son incómodas para el Espíritu finalmente morirán, y serán expulsadas. Aquellas que capturan el Espíritu vividamente, inspirarán y edificarán a los santos, perdurando en sus corazones.

Permítanme resumir lo que tenemos que hacer – aprender todo lo que hay que saber acerca de nuestro arte, ganar habilidad consumada en aplicar lo que sabemos para construir el Reino, vivir para tener el Espíritu en nuestras vidas para que podamos tener sustancia a nuestro arte y algo eternamente significativo que decir a nuestros hermanos santos.

Nadie más va a hacer estas cosas. Un compositor del “ámbito internacional” no va a entrar en la Iglesia para hacerlas por nosotros. Los que somos y pertenecemos al Reino debemos hacerlas. ¡Tú y yo! ¿Quieres una actividad significativa? ¡Es esta! El Señor no nos ha bendecido con nuestros talentos sólo para engrosar el mundo. Él nos ha bendecido para que podamos construir el Reino, edificar a los santos, y glorificarlo a Él que nos dio todo. Esto no puede esperar hasta que cumplas 50 o 60. Tienes que comenzar ahora.

Espíritu y Música – Carta Nº 5 – Merrill Bradshaw

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Espíritu y Música

Cartas a un joven compositor mormón

Carta Nº 5 Merrill Bradshow

Traducción Julián Mansilla

Querido amigo/a,

La cuestión del estilo es una de las más difíciles, ya que implica pensar claramente en un área en la que todas las herejías sobre las artes te seducen para apartarte de tu posición inicial. El problema suele aparecer más claramente cuando trabajas con la llamada “música moderna”.

Al menos desde la época del antiguo Egipto, la gente ha relacionado la nueva música con la inspiración del demonio. Esos estilos en boga eran, ya sea hace un par de décadas o un par de siglos, considerados irreverentes, rebeldes o toscos. Parece que siempre ha sido así.

Pero hay un cuchillo que corta a través de esta densa selva: tu tarea como compositor es encontrar el fuego oculto, comprender sus contornos, y corporizarlos en sonido, para que puedan ser comunicados a tu audiencia. De alguna manera, cuando el alma de un hombre está en contacto con ese fuego, no se preocupa mucho por el estilo.

El factor de complicación es tu relación con tu audiencia, y las preguntas aquí son de nivel espiritual. ¿Qué opinas de tu público? ¿Son inteligentes o “tontos”? ¿Desean edificación o entretenimiento? ¿Estás dispuesto a operar en su nivel de expresión? ¿En qué afectará hacer eso a tu propio sentido de lo que es bueno? ¿Son abiertos o cerrados? ¿Cuáles son los requisitos de tu mensaje? ¿Puedes decir lo que tienes que decir en un estilo que van a entender?

La respuesta fácil, snob, a estas y otras preguntas similares es el “hacer tu propia cosa” y dejar que las fichas caigan donde caigan. Pero recuerda que tú estás tratando de encarnar al Espíritu para que se comunique con los demás. Un estilo, tomado de una fuente ajena e injertada en tu encarnación del Espíritu, no hará que tu música sea mejor. Probablemente dé como resultado una expresión rebuscada y artificial que puede comunicar algo sólo a los devotos de ese estilo.

Lo que estoy diciendo en realidad es que si tu principal preocupación es la  exquisita expresión… el estilo surgirá de ella con una intensidad y convicción que será cautivante para todos los que escuchen. Cualquier cosa más o menos que esto me parece  artificial y condenada al fracaso.

Pero tengo también una palabra para el oyente. (Tú puedes decírsela por mí.) Si el oyente se está esforzando junto a ti para adquirir la experiencia del Espíritu, no fallarás. Si él está contendiendo contigo por el estilo, sólo puedes tener éxito capitulando (que no es un éxito en absoluto) De alguna manera tenemos que salir de la situación en la que “ellos” están en un lado y “nosotros” estamos en el otro. Los dos queremos (o deberíamos querer) la misma cosa: una vital experiencia espiritual.

Ahora ¿qué he dicho? Sé fiel al Espíritu. Deja que te dicte ambos: estilo y contenido. Búscalo cuando lo escuches.

¿Ves? ¡El estilo no es tan difícil después de todo!

 

Padre Celestial: Gracias por Puccini (Tercera Parte)

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Padre Celestial: Gracias por Puccini

(Tercera Parte)

“Antes de ese día mi alma oía vagamente y nada más allá de clamores y gritos. Mas ahora aprendí a oír el silencio, a oír en él los coros entonando la música de los siglos. Cantando los himnos del espacio y desvelando los secretos de la eternidad”.

Kahlil Gibran

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Por Mario R. Montani

¿Qué hace la música por nosotros?

  1. Nos da un mayor aprecio por las cosas bellas de este mundo.

“Cuando nos regocijamos en bellos escenarios, arte grandioso, y música grandiosa, no es sino por efecto de instintos adquiridos en otro tiempo y en otro lugar”. (Neal A. Maxwell, Ensign, mayo de 1984, pág. 21)

Neal A. Maxwell

Neal A. Maxwell

Este concepto tan propio del mormonismo al que denominamos “preexistencia”, que no aparece en los credos actuales de las religiones pero sí tenía importante presencia en el cristianismo primitivo, también ha sido percibido por otros como Aaron Copland, veterano compositor norteamericano:

“Una obra maestra despierta en nosotros reacciones de un orden espiritual que ya están dentro de nosotros, esperando surgir”.

Aaron Copland

Aaron Copland

Quizás los griegos no estaban tan equivocados cuando señalaban el comienzo de la música como el “recuerdo de una vida anterior” y el despertar de algo que ya estaba allí.

“Ocasionalmente, a solas, escucho la verdad dicha con claridad y frescura; sin coloridos ni traducción habla desde dentro de mi mismo en un lenguaje original pero inarticulado, oído únicamente por el alma, y me doy cuenta de que lo he traído conmigo, nunca me fue enseñado, ni yo puedo enseñarlo eficazmente a otro(Hugh B. Brown)

Hugh B. Brown

Hugh B. Brown

Merril Bradshaw en su ensayo “Hacia una Estética Mormona”:

“Aprendimos sobre la totalidad del plan mientras nos hallábamos en la presencia de Dios antes de venir a la Tierra… Nos alegramos de recibir el privilegio de la experiencia mortal como preparación de las más completas experiencias por venir. Cuando abandonamos ese entorno para morar aquí en la carne, nuestros espíritus trajeron consigo algunos recuerdos de naturaleza celestial semi escondidos. Estos recuerdos permanecen mayormente adormecidos en nuestro interior, pero de tanto en tanto encontramos cosas, personas, situaciones, y experiencias que los despiertan. No siempre estamos conscientes de su significado eterno ni de su origen celestial, sin embargo nos relacionamos con ellos cálidamente pues en su organización, su aspecto, o la perfección implícita en sus relaciones internas, nos recuerdan lo que ya conocimos antes de venir aquí y conoceremos nuevamente de forma más perfecta cuando dejemos la Tierra. Cuando esto nos ocurre, experimentamos la belleza… ¿No hemos tenido muchos de nosotros experiencias con las artes en las que la belleza era tan poderosa que produjo lágrimas, un cosquilleo en la espina dorsal, introspección profunda, y sentimientos de calor y bienestar en el pecho? Lo que esto sugiere es que la experimentación última de la belleza está tan cercanamente relacionada al gozo que tenemos dificultades en distinguir la diferencia. Cuando experimentamos gozo es bello; cuando experimentamos la belleza nos produce gozo. Este gozo es el objeto de todo arte y su representación es la razón por la que existe el arte. Puede que sea la razón del hombre también: ‘existen los hombres para que tengan gozo’ (2 Nefi 2:25)”.

Merrill Bradshaw

Merrill Bradshaw

Estoy plenamente de acuerdo: la música nos permite intensificar las bellezas del mundo y de nuestras experiencias terrenales, recordar bellezas pretéritas fuera del alcance de nuestra memoria y anticipar bellezas del porvenir.

     2. Aumenta nuestra capacidad de comunicación y comprensión porque va más allá que las palabras.

“Somos capaces de sentir y aprender muy rápidamente a través de la música, el arte y la poesía cosas que de otro modo aprenderíamos muy lentamente” (Boyd K. Packer, 1976, Devotional Speeches of the Year (1977), pag. 267)

Boyd K. Packer

Boyd K. Packer

Durante los últimos diez años se han llevado a cabo interesantes estudios que demuestran que los músicos logran una gran plasticidad cerebral, mejorando las habilidades del lenguaje, la memoria, la conducta y la inteligencia espacial.

Lutz Jancke, profesor del Instituto Tecnológico de Zurich, en Suiza, propone la música como terapia neuropsicológica. Un estudio llevado a cabo con niños de seis años, a los que se enseñó a tocar un instrumento por 15 meses seguidos, mostró cambios en su anatomía cerebral. Ciertas áreas crecieron y se mostraron más activas. Los resultados se publicaron en la revista “Journal of Neuroscience”. Otra investigación independiente, realizada por los canadienses en la Universidad McMaster en 2006, mostró que los cambios comienzan a detectarse a los cuatro meses de iniciado el aprendizaje.

La formación musical mejora las habilidades de lectura y escritura, aún en niños disléxicos. Teppo Sarkamo, neurólogo de la Universidad de Helsinki mostró en 2008 mejoras significativas en la recuperación de la memoria verbal y capacidad de atención en pacientes que, tras un accidente cerebrovascular, escuchaban música diariamente.

Otras investigaciones han dejado claro que aprender a tocar un instrumento en la infancia no sólo consigue mejorar el rendimiento cognitivo (definitivamente un vocabulario más amplio y una mejor capacidad de lectura) sino que compensa la pérdida cognitiva propia del envejecimiento. La música genera conexiones neuronales que mejoran otros aspectos de la comunicación y se extienden en el tiempo.

     3. Nos enseña disciplina y orden.

Los miembros de la Iglesia deberíamos recordar que la disciplina y el orden son requisitos esenciales para la Salvación. Los instrumentos musicales son delicados y requieren cuidado en su manipulación y mantenimiento. Esta responsabilidad y cuidado suelen trasladarse también a otras áreas y actividades de la vida.

Carolyn Phillips, directora ejecutiva de la Joven Sinfónica de Norwalk, ha señalado en su libro “Twelve Benefits of Music Education” que tocar un instrumento convierte a quien lo hace en una persona metódica y cuidadosa de los detalles. Planifica sus tareas y tiempos y desarrolla gran capacidad de concentración y atención. Se acostumbra a exigirse calidad y resultados. Una partitura da a al músico instrucciones precisas sobre el ritmo, la altura, la duración, la velocidad, el carácter, la técnica y la expresividad. Todo ello está expresado en símbolos que constituyen otro alfabeto. También hay frases, sintagmas, que son otro idioma,  y dan sentido al discurso musical mediante un coherente sistema sintáctico. El estudiante competente deberá ir dominando paulatinamente todos estos recursos.

Carolyn Phillips (derecha)

Carolyn Phillips (derecha)

Si toca en una orquesta o agrupación musical deberá agregar al estudio personal los ensayos de conjunto, donde aprenderá a ensamblar, afinar y seguir a un director. Alguien ha dicho que una orquesta es el mejor ejercicio de democracia ideal. Cada uno arriba con un instrumento diferente y una parte musical diversa pero aprende a tocar armoniosamente. No sólo eso: aprende a escuchar al otro y a necesariamente encontrar un punto de acuerdo. Sabe que a veces deberá permitir que un instrumento solista “hable” y sólo acompañarlo. Ya le tocará hacer lo mismo a él y sus compañeros respetarán su turno. Si lográramos trasladar esos principios a nuestras sociedades, indudablemente tendríamos un mundo mejor.

     4. Nos enseña una forma pura de adoración.

Se cuenta que ante la pregunta de cómo hacía para tocar de una forma tan divina, el a veces llamado Padre de la Música Occidental, Johann Sebastian Bach, respondió inocentemente:. “Yo toco las notas en orden, como están escritas. Es Dios el que hace la música”.

Johann Sebastian Bach

Johann Sebastian Bach

En otra ocasión declaró:

“La finalidad principal de la música no es otra que la de glorificar a Dios y vivificar el Espíritu”.

El Presidente J. Reuben Clark Jr., en Conference Report, Octubre 1936, pag. 111:

“Nos acercamos más al Señor a través de la música que tal vez de cualquier otra cosa con excepción de la oración”

J. Reuben Clark

J. Reuben Clark

Bruce R. McConkie en su obra The Promised Messiah, pag. 553:

“La Música es parte del lenguaje de los Dioses. Ha sido dada al hombre para que pudiese cantar alabanzas al Señor. Es un medio para poder expresar, con palabras poéticas y tonos melodiosos, los profundos sentimientos de regocijo y agradecimiento que se encuentran en los corazones de aquellos que poseen un testimonio de la divinidad del Hijo y que conocen las glorias y maravillas efectuadas para ellos por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La música se halla tanto en la voz como en el corazón. Todo verdadero santo encuentra su corazón pleno de canciones de alabanza a su Hacedor. Aquellos cuyas voces pueden cantar exteriorizando las alabanzas de su corazón son doblemente bendecidos. “Sed llenos del Espíritu” aconsejó Pablo, “hablando entre vosotros con salmos, y con himnos, y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones” (Efesios 5:18-19). “La palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos los unos a los otros en toda sabiduría con salmos e himnos y cánticos espirituales, cantando con gratitud en vuestros corazones al Señor” (Colosenses 3:16)”

Bruce R. McConkie

Bruce R. McConkie

Pareciera que este punto en particular no presenta demasiado interés para quien declaradamente se manifiesta no creyente, ateo, agnóstico o que considera que Dios, si existe, no está muy interesado en los asuntos humanos. Sin embargo, nadie se halla totalmente alejado del “misterio de la vida”, “lo sublime”, “lo inexplicable” o como sea que decida llamarlo.

Roy Samuelsen, barítono profesional mormón, profesor de música por más de 30 años en la Universidad de Indiana, y también Obispo en el Barrio de Bloomington, ha declarado:

“La música puede aumentar nuestro conocimiento del evangelio y edificar testimonios. En cierta ocasión, conducía a un afamado director orquestal a un ensayo. Mientras guiaba mi automóvil escuchábamos un programa de música clásica en la radio. Después de una obra en particular, el director, quien profesaba ser ateo, exclamó: ‘Si hay un Dios, El debe haber metido su mano en la creación de esta música’. Esto hizo desaparecer su credibilidad como ateo” (Church News, 28 de Agosto 1983).

Roy Samuelsen

Roy Samuelsen

     5. Nos brinda consuelo, relajación, evasión, seguridad y energía.

La buena música puede transformar por completo nuestras vidas. Además de todo lo ya explicado, se ha demostrado su influencia en el código genético humano, nuestros pensamientos, nuestros cuerpos y hasta en cómo nos relacionamos socialmente.

Un estudio de Ferguson & Sheldon (2013) muestra que el involucrarse activamente con la música comparado con quienes sólo la escuchaban pasivamente otorgó una experiencia emocional superior y una adicional sensación de felicidad.

En Finlandia, un estudio sobre 1000 alumnos que tomaban clases de música como materia extraescolar reportó una mejora en el rendimiento en otras materias. La Música es una actividad social, ejecutarla en grupo une a las personas.

Paivi-Sisko Eerola, el director de la investigación finlandesa, declaró:

“Cantar en un coro y la práctica en grupo son actividades muy populares en las clases extraescolares de Música. Otros estudios han establecido que la gente encuentra satisfactorio el hecho de sincronizarse con otros. Esto incrementa la afiliación entre miembros del grupo  e incluso, que los participantes se gusten más entre sí que antes de las clases.” 

En otro estudio de Zentner & Eerola (2010) se observó que los bebés de tan sólo 5 meses responden rítmicamente a la música y parecen encontrarla más interesante que el lenguaje verbal. Los bebés bailaban espontáneamente todo tipo de música y los que más bailaban eran los que más sonreían.

Otras investigaciones han mostrado mejoras en el coeficiente intelectual, reducción del estrés y la ansiedad, un aumento en la sensibilidad artística y la capacidad de reflexión. También mejora nuestra autoestima, empatía y habilidades sociales.

¿Qué podemos hacer nosotros por la música?

  1. Estudiar

No estamos descubriendo algo nuevo. Ya Platón en “La República” lo mencionaba:

“El entrenamiento musical es un instrumento más potente que cualquier otro debido a que el ritmo y la armonía penetran las regiones íntimas del alma, dentro de la cual se afirma poderosamente, impartiendo gracia, y convirtiendo al espíritu educado en lleno de gracia y a aquel sin educación en falto de ella”

No es de extrañar pues que la música formara por siglos parte del quadrivium, las cuatro artes esenciales de la universidad medieval, junto a la aritmética, la geometría y la astronomía. Con relación al estudio, los padres y otros miembros adultos de las familias tienen una gran responsabilidad. En palabras del compositor húngaro Zoltan Kodaly (1882-1967)

“A menudo una experiencia única abrirá el alma de un joven a la música para todo el resto de su vida. Esta experiencia no puede dejarse librada al azar…”

Zoltan Kodaly

Zoltan Kodaly

El Elder Spencer W. Kimball, mientras cumplía asignaciones lejos del hogar, escribió a su esposa Camilla:

“Creo que deberíamos hacer un poco más por los niños en su desarrollo cultural. Si LeVan va a escoger trompeta o violín, y lo mismo Bobbie, deberíamos conseguirles uno y que tengan lecciones. Al menos deberían continuar con sus estudios de piano. Creo que nos hemos despreocupado un poco de este asunto y los años vuelan. Ellos no lo lograrán por sí mismos a menos que se haga ahora, mientras nosotros podemos insistir sobre el tema”.

Spencer W. Kimball

Spencer W. Kimball

LaDawn Jacob en Church News del 16 de Noviembre 1991, pag. 7:

“Nuestros hijos no recordarán tanto lo que decimos en nuestros hogares como lo que sintieron en ellos. Y nada puede ayudar a resaltar tanto esos sentimientos como la música y el estar involucrados musicalmente”.

     2. Involucrarnos en actividades musicales en la Iglesia y la comunidad. 

Así como los hogares de padres lectores producen hijos lectores, lo mismo ocurre con los hábitos de escuchar música. Estamos acostumbrados al concepto del Plan de Bienestar familiar, almacenando elementos que cubran nuestras necesidades físicas y nos protejan en momentos de adversidad, pero no tenemos tan presente la conformación de “un plan de almacenamiento de belleza” que transforme nuestros hogares en sitios más agradables poblados de música, literatura y buen arte

Es posible apoyar de muchos modos a las orquestas juveniles y a las instituciones de enseñanza de música en nuestras comunidades. O realizar un mecenazgo de aquellos jóvenes talentosos en nuestros vecindarios y unidades eclesiásticas.

“Una de las responsabilidades de los padres es ayudar a los hijos a desarrollar sus talentos. Esto a menudo significa sacrificar comodidades personales e invertir grandes cantidades de tiempo, paciencia y – agregaría – dinero. Relativamente pocos niños llegan a ser talentos profesionales por tomar lecciones de música en su temprqana edad, pero esa no es la meta principal. Esperamos que entre nuestros misioneros haya talentosos ejecutantes de piano. Pero más importante que el hecho de que necesitamos pianistas y músicos para servir en la Iglesia son las cualidades que pueden desarrollarse a través de las lecciones de música y el aprendizaje musical. El mayor valor es para el individuo que aprende, además del servicio que ese individuo puede dar con su talento…” (Michael F. Moody, del Comité General de Música de la Iglesia- Church News 16 Noviembre 1991, pag. 7)

Michael F. Moody

Michael F. Moody

Hace muchos años atrás, mientras intentaba convencer a un grupo de músicos de la Orquesta Sinfónica local para dar un concierto en una de nuestras capillas, me dijeron algo interesante:

“Eso es muy bueno, pero en vez de llevar la música a las capillas ¿por qué no traen a sus miembros al Teatro?”

Si bien un tipo de actividad no excluye a la otra, creo que tenían razón. Vayamos al teatro o las salas de concierto con nuestros hijos y con los jóvenes que estén bajo nuestra responsabilidad. Comencemos temprano. Quizás es lo que tenía en mente el poeta Gustavo Riccio (1900-1927) cuando escribió:

CONCIERTO

Ansermet rasgaba el aire con su batuta.

De atrás de las rasgaduras

Vino saliendo la música.

 

En la sala un aire espeso

Flotaba, y en ella el Tiempo

Se detuvo a escuchar el concierto.

 

Nuestras miradas perdidas entre la selva

De notas… Nuestras cabezas

Y nuestras manos muy cerca…

 

De pronto te hiciste a un lado. Muy pequeñito

Un hueco entre nosotros se hizo.

Los dos pensamos lo mismo:

En ese hueco algún día se ha de sentar nuestro hijo…

Gustavo Riccio

Gustavo Riccio

Para contextualizar: Ernest Ansermet (1883-1969) fue un afamado director orquestal suizo, fundador de la Orchestre de la Suisse Romande, quien visitó Buenos Aires en 1918. Gustavo Riccio, excelente y poco conocido poeta argentino, era hijo de muy pobres inmigrantes italianos. Los lugares insalubres donde vivieron hicieron que Gustavo contrajera asma y luego tuberculosis, de la que falleció antes de cumplir sus 27 años. Dedicó la poesía a su amada novia Stella… El pequeño hueco que soñó nunca pudo llenarse… Quizás nosotros logremos que sea diferente…

De la otra música

“Desafortunadamente no toda música es buena y edificante. Lucifer utiliza mucho de lo que se oculta bajo el nombre de música para conducir a las personas hacia lo que no edifica ni es de Dios. Así como el lenguaje puede utilizarse para bendecir o maldecir, del mismo modo la música es un medio de cantar alabanzas al Señor o de implantar pensamientos y deseos malvados en las mentes de los hombres” (Bruce R. McConkie , The Promised Messiah, pag. 553)

Por más de tres décadas, el Secretario General Artístico del Burgtheater de Viena, un teatro prestigioso en el que Beethoven llegó a estrenar algunas de sus obras, fue un mormón. Johann Wondra, quien en 1981 recibió la Medalla de Honor por Servicio a la República de Austria de manos del Presidente de ese país, también ha sido Presidente de Estaca, Presidente de Misión, Presidente del Templo y Setenta de Area.

En su ensayo Art: A Possibility for Love, aparecido en la recopilación Arts and Inspiration, (Brigham Young University Press, 1980, pag. 144) escribió:

“El Adversario utiliza el poder del arte para sofocar el concepto de salvación y llevar a nuestro mundo hacia la destrucción… El arte ennoblecedor, en cambio, ayuda a preparar a los elegidos para el mensaje del evangelio y nos permite poner las esperanzas en una Sión donde los santos vivirán juntos en una cultura de paz, amor y belleza”.

Johann Wondra

Johann Wondra

El ya mencionado compositor SUD Lex de Azevedo, en un lenguaje típicamente mormón:

“Vivimos en un mundo telestial pleno de entretenimientos y arte telestiales, los que pueden llenar nuestra mente de imágenes telestiales. Esas imágenes telestiales a menudo estimulan pensamientos telestiales, los que, si no son rechazados, conducirán a un comportamiento telestial. Eventualmente el resultado será una persona telestial.

La música es una de las mayores herramientas del Señor para ayudarnos a obtener espiritualidad. Pero también es una de las armas mortales del adversario. Al utilizarla crea venenos revestidos de azúcar que lentamente pueden destruir nuestros más brillantes sueños y dejarnos espiritualmente lastimados. La ironía es que llevamos voluntariamente este veneno espiritual a nuestros hogares, escuelas e iglesias… Como incautos troyanos, abrimos los portales de nuestras plazas fuertes y permitimos entrar al enemigo”

Lex de Azevedo

Lex de Azevedo

Creo que en este punto deberemos hacer una aclaración: la buena o mala música no depende de los géneros. Existe música excelente y música mediocre en todos ellos. Es bueno tener un acopio de diferentes tipos de música para diferentes momentos de la vida. Yo disfruto de la ópera, la música sinfónica, el jazz, las bandas de sonido cinematográficas y la música de los años ’50. Pero eso son mis gustos. También escucho el folklore argentino y la música country así como ciertas variantes del tango. Cada uno desarrollará las preferencias estéticas que desee pero dentro de ellas deberíamos ir en pos de lo excelente.

Como lo declaró Spencer W. Kimball en la Conferencia General de Octubre 1982:

“Se ha dicho que no habrá música en el infierno, pero hay algunos ruidos que reciben ese nombre y parecen pertenecer a dicho lugar”.

Algunas reflexiones finales 

Les agradezco por haberme acompañado en este recorrido, dando salida a algunos sentimientos que han permanecido largamente en mi interior. Creo que debemos aprovechar todas las oportunidades de hacer algo al respecto y no convertirnos en meros espectadores. La Iglesia siempre será el lugar para recibir estímulo, practicar y aplicar, pero, salvo raras excepciones, no será el lugar para aprender música. Ese no es el propósito de la Iglesia. Sí lo es el de los conservatorios y las escuelas de música. Como parte del recogimiento de los últimos días deberemos tomar esas “verdades artísticas” y traerlas a Sión.

Creo también que, como institución, deberemos avanzar. Cuando la confección de nuestro primer himnario fue asignada a Emma Smith, se suponía que tenía un carácter transitorio, “hasta que más sean compuestos o hasta que seamos bendecidos con una copiosa variedad de las canciones de Sión”. Si bien es cierto que, con el paso de los años, algunas adiciones han tenido lugar, la mayoría de ellas sigue manteniendo el formato del coral, la estructura religiosa típica de las iglesias protestantes a partir de los siglos XV y XVI. Pareciera que la costumbre y la comodidad nos han hecho pensar que nada bueno ha podido concebirse después de entonces. Hay una barrera cultural que deberemos vencer. Siempre pienso que si interpretásemos algunos de los Salmos con la instrumentación y modos en que fueron planeados, nos echarían rápidamente de la Reunión Sacramental. ¿Por qué el Señor los aceptaba con tanto agrado y sus textos siguen siendo una fuente de esperanza y consuelo? Aquí no cuentan ni inspiración ni estética, sólo una cosa: el entorno cultural en que fueron creados. Deberemos tomar conciencia de que el actual crecimiento de la Iglesia en las más diversas e insospechadas regiones del globo ha traído también nuevas verdades musicales para llevar a Sión. Ya no basta con que un himno haya sido escrito en inglés o alemán para asegurar su inspiración. Los hay por millares en francés, italiano, ruso o latín y su inspiración está asegurada pues utilizan a las Escrituras como base. Simplemente los hemos pasado de largo, como hemos pasado de largo la mayor parte del Romanticismo y del Impresionismo. Deberemos ahondar en esas verdades que esperan ser rescatadas…

Pocas veces he sentido tanto la cercanía del Señor como al entonar el famoso Coro de los Peregrinos de Tannhauser de R. Wagner:

Er geht einst ein in der Seligen Frieden!

Vor Holl’ und To dist ihm nicht bang,

Drum preis’ich Gott mein Lebelang

Halleluja! Halleluja!

In Ewigkeit, in Ewigkeit

(Una vez que entre en la bendita paz! Sin miedo al infierno ni a la muerte, alabaré a Dios por el resto de mis días. ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Eternamente, eternamente!)

O en el hermoso ensamble coral Va pensiero sull’alli dorate (Ve, pensamiento, sobre alas doradas) de los esclavos hebreos, en Nabucco de G. Verdi.

De modo que sí, renuevo con vigor mi oración de hace más de treinta años: “Nuestro Padre Celestial: gracias por Puccini, y también por Wagner y por Verdi, por Lizt, Tschaikovsky y Chopin, por Bach y Beethoven, y por todos aquellos a quienes has inspirado para que nos brindaran algo parecido a lo que se escucha cerca de Tu trono. Y perdónanos por no usarlos lo suficiente…”

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P.D. Muchas de estas reflexiones y citas, originalmente registradas en mi diario personal, tomaron forma en un curso del Instituto de Religión de Bahía Blanca al que denominamos “Filosofía de la Música para Santos de los Ultimos Días”. Debo agradecer inmensamente a mi amigo Ricardo Rubio, por entonces Director del Instituto, (y quien recientemente nos ha abandonado para unirse a los coros celestes) por el apoyo y la libertad académica brindados para poder desarrollarlo.

Padre Celestial: Gracias por Puccini (Segunda Parte)

Arte y Religión

          Música

Padre Celestial: Gracias por Puccini

(Segunda Parte)

 

“Me pregunto si existe un lugar, tal vez cerca de tu trono, donde los ángeles ensayaron sus ‘gloria a Dios en las alturas’ y ‘hossanas” que tan magníficamente vibraron en la noche del nacimiento mesiánico… y en el que otros ángeles practican el sonido cierto de sus trompetas apocalípticas. Si tal lugar existe, y es tu voluntad, Padre, algún día quisiera conocerlo…” M. R. M. Diario Personal 18-02-1983

El coro de la Rama de Bahía Blanca cantando en la escalinata del diario "La Nueva Provincia", yo, con 14 años, el segundo desde la izquierda en la primer fila

El coro de la Rama de Bahía Blanca cantando en la escalinata del diario “La Nueva Provincia”, yo, con 14 años, el tercero desde la izquierda en la primer fila.

 Por Mario R. Montani

La música y las emociones

Como intentaba explicar en la primera parte, el apoyo familiar me acercó a la música mientras que Iglesia se constituía en una caja de resonancia en la que yo podía practicar mis recién adquiridas habilidades. Me estimulaba a tocar los himnos en el piano o el órgano, a aprender a armonizar en el coro y a crear Teatros Ambulantes que incluyesen música en su desarrollo.

Otros elementos se conjugaban en la vida de modo casi mágico. A mis 14 años las circunstancias se daban de la siguiente manera. Los días miércoles tenía en el Colegio una clase de dibujo en la que debía presentar trabajos pautados la semana anterior. Mis manos no eran tan hábiles en esos menesteres, por lo que los martes a la noche dedicaba varias horas a terminar, corregir o embellecer lo más posible las tareas. Pero los martes a la noche era también cuando Radio Nacional transmitía versiones completas de ópera. Mi tía abuela, Enrichetta, quien vivía con nosotros, nacida en Italia y amante del género lírico, se quedaba tejiendo para hacerme compañía y me anunciaba la cercanía de los pasajes más famosos. De modo que mientras el resto de la familia se iba retirando a sus habitaciones, nos quedábamos ambos en silencio, yo dibujando y ella tejiendo, escuchando las voces de Mario del Mónaco, Renata Tebaldi, María Callas, Giuseppe DiStefano o Tito Gobbi. Ahora que lo pienso fue un año maravilloso en el que nació mi amor por la ópera que luego traté de seguir cultivando…

La ópera ha sido criticada, ridiculizada y considerada fuera de época. George Bernard Shaw la definió como la historia de una soprano y un tenor que desean estar juntos y un bajo que trata de impedírselos. Sin embargo, los principales teatros del mundo continúan con llenos totales para escuchar nuevas versiones de antiguas historias, como los griegos se reunían una y otra vez para asistir a sus repetidos dramas mitológicos.

Manon Lescaut 1984

“Manon Lescaut” 1984

Permítanme relatarles una experiencia personal para ingresar al tema que deseo discutir. El armado de una ópera es un tema complejo y artesanal. El coro aprende y memoriza sus intervenciones, ya que no podrá usar la partitura en escena, mientras los solistas hacen lo mismo de forma independiente. La orquesta, bajo su propio director, ensaya las partes instrumentales. Los escenógrafos arman la ambientación con el aporte de los iluminadores. Los vestuaristas y encargados de zapatería ajustan trajes y vestimentas a las necesidades físicas de los cantantes. Los de utilería van preparando los enseres que cada puesta y escena requiere, los que pueden ir desde copas y botellas para un brindis o espadas, puñales y lanzas para un acto de guerra o la defensa de un castillo. Resueltos los aspectos musicales, entra en escena el Regisseur, o director de escena, quien tendrá la responsabilidad dramática de la ópera. El indicará los desplazamientos, posturas y efectos teatrales individuales o grupales para la propuesta que tiene en mente. Los ensayos de escena suelen tener un piano acompañante ya que habrá muchas repeticiones, correcciones, vueltas al inicio, que haría injusta la presencia de una orquesta sinfónica completa. En esta etapa, salvo que el regisseur sea muy avezado, habrá una negociación entre él y los directores musicales para que las exigencias dramáticas no vayan en desmedro de la emisión vocal o la cantidad de gente y de timbres requeridos para una escena en particular. Finalmente comienzan los ensayos con la orquesta que suelen ser “a la italiana” (sólo musicales) primeramente para ir agregando luego la actuación. Al acercarse el estreno se irán sumando vestuario y utilería, y a último momento, maquillaje y peluquería. Para entonces, el Director de la Orquesta se ha ido transformando en el Director de la Obra, el responsable final del hecho artístico, y los demás directores musicales o de escena irán abandonando el escenario, quedando como consultores, con excepción de los maestros de escena y el apuntador que permanecen entre bambalinas para indicar las entradas.

"Il Trovatore" 1985

“Il Trovatore” 1985

El coreuta operístico, a estas alturas, debe haber grabado en su cerebro la letra, la música y sus desplazamientos escénicos, mientras sus ojos buscan disimuladamente la batuta del director, un oído escucha a la orquesta y el otro, los bocadillos del apuntador.

Como mencioné anteriormente, “Manon Lescaut” fue la primera ópera de Puccini que llevamos a escena. Se había estrenado en 1893 y estaba basada en la novela del Abad Prevost “Historia del caballero des Grieux y de Manon Lescaut” de 1731, texto que ya había sido trasladado al teatro lírico en dos ocasiones pero por compositores franceses. En el libreto intervinieron demasiadas manos, desde Ruggiero Leoncavallo, pasando por Oliva, Praga, Giacosa, Illica, el editor Giulio Ricordi y el propio compositor.

La obra narra las desventuras de Manon (soprano) quien es acompañada en carruaje por su hermano para entrar en un convento. En el viaje se enamoran de ella Renato des Grieux (tenor), un joven caballero, y Geronte di Ravoir (bajo) un rico y anciano pretendiente… (Hasta aquí, la historia parece confirmar la definición de Bernard Shaw). Luego de varias peripecias que no tiene sentido narrar en detalle pero que ocupan los dos primeros actos, la protagonista es acusada por Geronte del robo de unas joyas a las que ella cree tener derecho, por lo que terminará siendo convicta y deportada a las posesiones francesas de Louisiana.

"El Conde de Luxemburgo" 1986

“El Conde de Luxemburgo” 1986

El tercer acto inicia en el puerto de El Havre con las deportadas subiendo al barco por una pasarela a medida que el capitán las va nombrando. El coro, casi de espaldas al público, conforma el grupo de familiares y curiosos que contempla y comenta la escena. Algunos agitan sus pañuelos en señal de despedida… Aquí el caballero des Grieux toma una audaz decisión: pide permiso al capitán para acompañar a su amada al terrible y finalmente trágico destino. La orquesta toma protagonismo presentando una de las más bellas melodías de Puccini.

Supongo que habíamos practicado esa escena más de una treintena de veces. Sin embargo, la noche del estreno, mientras agitaba mi pañuelo, las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas. Les aseguro que no soy tan buen actor como para provocarme el llanto con simplemente desearlo…

Independientemente de la catarsis de culminar arduas y largas semanas de trabajo, había algo allí que superaba la escenografía, la melodía y la situación dramática. Había música. La música perfecta para el momento perfecto, creada por alguien que sabía cómo hacerlo.

Sí, la música afecta nuestras emociones.

En 1791 James Boswell publicó Life of Johnson (La vida de Johnson) basada en los registros personales que llevaba de las visitas a su amigo Samuel Johnson, intelectual y hombre de letras inglés del siglo XVIII. En la visita del 23 de Septiembre de 1777 Boswell anotó la siguiente conversación sobre la música, muy al modo de la época:

“Le dije que me afectaba hasta tal punto que a menudo mis nervios eran presa de una dolorosa agitación en virtud de la cual mi mente oscilaba entre un sentimiento de patética congoja, que casi me hacía derramar lágrimas, y otro de intrépido arrojo, que me impulsaba a lanzarme hacia el sitio donde el combate era más intenso”.

La lacónica respuesta de Johnson, muy británica, fue:

“Señor, si me va a volver tan tonto prefiero no escucharla”.

Sí, la música afecta nuestras emociones…

"Tosca", 1986

“Tosca”, 1986

Algo parecido debe haber sentido Ludwig van Beethoven cuando declaró, algunos años más tarde:

“La música debiera hacer brotar fuego del corazón del hombre y lágrimas de los ojos de la mujer

Son famosos los pasajes bíblicos en que el rey Saúl acude al arpa de David para calmar sus estados de ánimo  (1 Samuel 16:23)

El compositor mormón Lex de Azevedo, nominado a los Golden Globe por su música para films, pianista, arreglador y coautor de varios musicales mormones como “Saturday’s Warrior”, “The Order is Love” y “My Turn on Earth” expresó en su artículo “Una mirada de cerca a la música popular”:

“La música tiene también un gran poder sobre nuestras emociones. Ha sido llamada el lenguaje universal porque habla directamente a nuestras emociones. Y nuestras emociones y sentimientos afectan nuestras acciones.

La música posee además un gran efecto sobre las palabras. Usualmente, la música da a una canción su poder emocional, mientras que la letra ata ese poder a una idea concreta. En general, la letra apela a la mente mientras que la música captura el corazón”

El director de banda de la Penitenciaría del Sur de Illinois cree que los músicos entrenados no cometen crímenes. Ha entrenado a prisioneros sin conocimiento musical previo para tocar en la banda de la prisión y éstos de alguna manera se mantuvieron fuera de problemas después de ser liberados.

En sus más de cincuenta años de existencia, la Music School Settlement (situada en el corazón del distrito este de Nueva York), ninguno de los 30.000 niños y jóvenes que estuvieron allí enrolados jamás debió presentarse ante una corte juvenil por delincuencia.

Sí, la música afecta nuestras emociones y conductas…

"Madama Butterfly", 1999

“Madama Butterfly”, 1999

La música y el cuerpo

El musicoterapueta español, Fernando Salazar Bañol en su obra “Biomúsica” ha dicho:

“Cuando escuchamos música, todo nuestro cuerpo escucha”

Volviendo a Lex de Azevedo

“La música es tan poderosa que afecta aún a nuestro cuerpo… muchos pueblos antiguos reconocieron el poder de la música sobre el cuerpo físico, y algunos la utilizaron como agente curativo. En algunas mitologías el dios de la música es al mismo tiempo el dios de la medicina.

Los estudios de años recientes han demostrado los efectos de la música en una miríada de funciones corporales: pulso, respiración, presión sanguínea, sensibilidad cutánea, ondas cerebrales, respuesta muscular, coordinación y velocidad de lectura y comprensión. Una fuerza tal que puede influenciar nuestros corazones, glándulas y músculos debe ser tenida en cuenta”.

Se ha demostrado que la música es capaz de afectar el nivel básico de la respuesta sensorial, como en el caso de pacientes víctimas de lesiones cerebrales que han recobrado alguna conciencia luego de meses de coma profundo, tras la exposición continua a música transmitida por la radio.

Los relatos tradicionales desde los mitos de Orfeo al Flautista de Hamelin muestran el efecto del arte musical en la naturaleza y las otras criaturas. De hecho, se ha abierto una corriente de investigación sobre la música apropiada para que las vacas den más leche o las gallinas pongan mejores huevos…

Cuando éramos pequeños y comenzaban las vacaciones escolares, yo y mis hermanos solíamos quedarnos en cama un rato más. Durante los primeros días nuestra mamá lo toleraba, tal vez en recompensa por todas las madrugadas invernales previas. Pero, con el transcurso de las semanas y requiriéndonos para alguna tarea en el hogar, había descubierto un método persuasivo. Colocaba un disco de marchas militares… No había manera de quedarse en la cama después de algunos minutos!… Supongo que los grandes conductores de ejércitos lo habían descubierto muchos siglos antes que mi mamá.

La pionera de la Musicoterapia en Argentina, Frances Guthrie de Wolf, nacida en Inglaterra:

“La música… es capaz de consolarnos, permite la evasión, puede brindar seguridad y paz, optimismo o pesimismo, mejorar el equilibrio, brindarnos relajación, puede también ser unfa fuente de energía. Pero también el ritmo, por ejemplo, está presente en todo: en el movimiento de los astros, en las funciones del cuerpo humano, hasta en las células más pequeñas. Es natural, entonces, que el ritmo también nos influya a todos en forma directa y a veces inconsciente. Miguel Angel dijo, refiriéndose a la música que lo que ésta produce es indefinible y no puede ser captado por el intelecto. En la mitología griega encontramos a Orfeo, quien domó a los animales más salvajes con la música de la lira. Los griegos, en un intento por formar una conexión armoniosa entre el cuerpo humano y el espíritu, consideraron la enfermedad como un desorden espiritual que debía ser reordenado para que pudiera sanar el cuerpo. Aristóteles recomendaba  la música en todos los casos de disturbios emocionales, mientras que Platón la encontró ser una gran educadora y formadora de carácter. Pitágoras afirmó que no sólo la música sino también el silencio (parte de la música) poseían gran fuerza de curación y de entrenamiento. Más o menos en la misma época, en China, Confucio prescribía la música para la salud…”

"Aida", 2005

“Aida”, 2005

Aristóteles:

“Después de oír melodías que elevan el alma hasta el éxtasis, la persona retorna a su estado normal como si hubiera experimentado un tratamiento médico o depurativo”

El pedagogo belga Edgard Willems:

“La música afecta al individuo a nivel físico a través del ritmo; a nivel afectivo a través de la melodía y a nivel mental a través de la estructura armónica… su acción induce el orden dentro de la persona”

Juliette Alvin en su libro Musicoterapia:

“El goce musical ayuda a estimular la mente, revive viejos recuerdos y activa el cuerpo. Muchos pacientes tienen poca estimación propia. Levantarse, cantar por placer, puede darles un sentido de dignidad que sea lo que marque la diferencia en su felicidad cotidiana o bienestar”.

El impacto musical afecta nuestra fisiología, por ejemplo la circulación sanguínea o el ritmo respiratorio. Estimula el movimiento y nos motiva a participar. Posibilita la autoexpresión y permite sacar afuera las emociones que, al reprimirse, son base de importantes desórdenes.

En palabras del célebre virtuoso del violín Jehudi Menuhin:

“Estoy seguro de que la buena música la vida alarga”

Sí, la música afecta a todo nuestro cuerpo… 

"La Boheme", 2005

“La Boheme”, 2005

De la ratio y la magia

En el Mercader de Venecia, Acto III, Escena II, William Shakespeare se pregunta:

“Tell me, where is fancy bred,

Or in the heart, or in the head”

(Dime dónde nace la fantasía, si en el corazón o en la cabeza)

Varios siglos después, el escritor libanés Khalil Gibrán diría:

“Vuestra razón y vuestra pasión son timón y velamen de vuestra alma navegante. Si vuestras velas o vuestro timón se rompen, sólo podréis navegar a la deriva o permanecer inmóviles en medio del mar. Porque la razón, si por sí sola reina, restringe todo impulso; y la pasión,  abandonada a sí misma, es un fuego que arde hasta su propia destrucción.

Por lo tanto, que vuestra alma eleve vuestra razón a la altura de vuestra pasión, y así esta última podrá cantar; y que dirija vuestra pasión para que ella pueda vivir una resurrección cotidiana y, como el fénix, renazca de sus propias cenizas”

El alemán Herman Hesse

“El secreto de todo arte auténtico consiste, tal vez, en aunar la ‘ratio’ y la magia”

Y nuestro Jorge L. Borges

“La poesía es álgebra y fuego

Todas estas duplas de “corazón y cabeza”, “timón y velamen”, “ratio y magia” o “álgebra y fuego” parecen indicar los elementos indispensables en todo arte: uno más relacionado con la mente, con el contar sílabas o marcar compases y otro más intuitivo, en contacto con lo que llamamos inspiración, alma o espíritu. Ambos son necesarios.

"Dido y Eneas", 2006 (una puesta muy particular)

“Dido y Eneas”, 2006 (una puesta muy particular)

En el campo de la música podrían identificarse con técnica y expresividad. Todos hemos escuchado a músicos o cantantes con una gran técnica pero que no nos transmiten nada y también otros casos en los que los términos se invierten.

Entre los miembros de la Iglesia se corre el riesgo de confundir el elemento intuitivo con “la presencia del Espíritu” y con la noción de que si tenemos el espíritu entonces no importa el nivel de la técnica porque el Señor se encargará de transmitir el mensaje a los corazones de los receptores.

Yo opino un poco diferente (y me hago cargo de ello, no necesitan estar de acuerdo conmigo) pues creo que el dominio de la técnica es un gran liberador de nuestros potenciales espirituales. Si estamos muy pendientes de la duración de una nota o de la afinación de una voz será muy difícil transmitir algo. Podemos superar a la técnica de dos modos: obviándola o dominándola. Yo creo en la segunda opción.

Me parece que Merrill Bradshaw, decano entre los compositores mormones, opina algo parecido en el siguiente relato:

“No seáis como aquel hombre que de pronto acumuló cierta fortuna y decidió convertir en realidad el sueño de toda su vida de ser un director orquestal. De modo que se compró una orquesta… El primer día de ensayo, estaba parado sobre el podio, sintiéndose en el séptimo cielo, mientras los intérpretes compartían miradas de complicidad entre sí, preguntándose si valía la pena el dinero que percibían por tocar bajo la conducción de alguien que sabía tan poco de música. Comenzaron por saltearse una nota aquí y otra allá. El no lo notó. Continuaron dejando de lado partes enteras de la pieza, la melodía por aquí, la armonía por allí. El no lo notó. Finalmente, el músico del timbal, exasperado ante la obvia falta de capacidad, ejecutó una cerrada descarga de fuertes golpes en su instrumento, en medio de una sección sumamente apacible. El Director, finalmente sacudido de su ensoñación, dejó caer sus brazos y, con una mirada amenazadora a la orquesta bramó: ‘¡Muy bien! ¿Quién hizo eso?!!!’”

A veces pienso que los miembros de la Iglesia corremos ese riesgo. El saber que la música es un don de Dios, que formó parte de nuestra vida anterior y seguramente lo hará en la venidera nos hace pensar que ya somos “dueños” de ella. También podemos llegar a creer que la presencia del espíritu es un atajo más corto en el dominio de cualquier arte. Permítanme compartir un secreto escondido en los pliegues de la eternidad: el espíritu no puede reemplazar las intensas e incontables horas de práctica de un instrumento o una voz.

En la Iglesia, como ejemplo de constancia y dedicación, solemos relatar la historia de un miembro del auditorio que se acercó a felicitar al ejecutante de violín después de su concierto:

“¡Daría la mitad de mi vida por tocar como Ud lo hace!- fue su comentario.

“Pues eso es lo que yo he dado” – la certera respuesta.

No estoy seguro de que estemos plenamente conscientes de las implicaciones prácticas de ese relato. Tenemos cada vez más jóvenes ingresando a conservatorios y escuelas de música. Eso es muy bueno. No sé si aún estamos logrando el nivel de excelencia reclamado por el Presidente Kimball de ser “iguales o mejores que el resto”.

Que no se me malinterprete. No estoy diciendo que cada joven que ingresa a una institución musical debe salir siendo un concertista o un músico profesional. El conocimiento es una recompensa en sí mismo. El contar con un modo de expresión único e irremplazable será una fuente de gozo a lo largo de toda nuestra vida.

Hace años, un buen Director me enseñó que Músico no es el que vive de la música sino el que vive la música.

Muchos jóvenes abandonan sus estudios por falta de apoyo familiar, porque les cuesta juntar el dinero para un instrumento o porque cree que la práctica le quita tiempo a sus llamamientos. En todos estos casos la Iglesia y sus miembros deberíamos estar presentes.

Gustavo Adolfo Becquer en su Rima III, una poesía demasiado extensa para incluir aquí, dedica ocho cuartetas a definir la inspiración y otras ocho para hacerlo con la razón, concluyendo:

“Con ambas siempre en lucha

Y de ambas vencedor

Tan sólo el Genio puede

A un yugo atar las dos”.

"La Fille du Regiment", 2011

“La Fille du Regiment”, 2011

Lamentablemente,  con el transcurrir del tiempo, las ciencias pasaron a ser un asunto del intelecto y las artes un asunto del espíritu, lo cual, según mi punto de vista, es una gran pérdida para la ciencia; el artista suele reconocer que necesita del intelecto para desarrollar su arte, pero al científico, en general, le cuesta aceptar que necesita del espíritu para desarrollar el suyo.

No me cabe duda de que en la vida venidera todos desearemos unirnos a los coros celestes cantando alabanzas a Dios. Supongo que intuimos que nuestras voces serán automáticamente perfectas y entrenadas y resucitaremos con el pleno conocimiento de nuestras partes vocales o que podremos tocar todos los instrumentos que se nos ocurra de modo maravilloso…

Pero lo que me dice Doctrina y Convenios es algo un poco distinto: “Cualquier principio de inteligencia que logremos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección” (DyC. 130:18)

Como expliqué al principio de estas reflexiones, mi diario personal ha sido una fuente invalorable e insospechada de ideas que, con el paso del tiempo, van adquiriendo otra dimensión.

Me resultó interesante que las jubilosas anotaciones sobre un concierto o el estreno de una ópera estuvieran precedidas por días en los que no había anotaciones, o tal vez alguna muy sucinta como: “Anoche nos acostamos tarde”, “Pasamos siete horas en el teatro”, “Estoy muy cansado” o “No sé cómo lograré hacer todo lo que debo hacer hoy”…

Así es la vida y así es la música.

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Continuará en la tercera y última parte…

Padre Celestial: Gracias por Puccini (Primera Parte)

Arte y Religión

          Música

Padre Celestial: Gracias por Puccini

(Primera Parte)

Por Mario R. Montani

He intentado en anteriores propuestas expresar mis ideas pero mantener mi vida personal un poco alejada de ellas. Los textos autorreferenciales no son mis preferidos. Sin embargo, acercándome al tema de la música no estoy seguro de lograr esa separación. Lo que he aprendido de la música ha sido “a través mío” y con un alto grado de subjetividad. De modo que pido disculpas de antemano por el enfoque que tendrán las siguientes reflexiones.

Durante años he coleccionado opiniones de escritores, poetas, filósofos y religiosos sobre esta forma de arte. Así he hallado a Sidney Lanier, poeta y músico norteamericano que vivió entre 1842 y 1881 declarando:

“La música es amor en busca de expresión”

Sidney Lanier

Sidney Lanier

Al gigantesco novelista francés Victor Hugo (1802-1885) diciendo:

“La  música es el vapor del arte. Es a la poesía como el sueño al pensamiento, como el fluido al líquido, como el océano de las nubes es al océano de las ondas. Es lo indefinido del infinito”.

Victor Hugo

Victor Hugo

Y a muchos otros

“Dios me respeta cuando trabajo pero me ama cuando canto” Rabindranath Tagore

Rabindranath Tagore

Rabindranath Tagore

“La música puede expresar lo inexpresable” Aldous Huxley

Aldous Huxley

Aldous Huxley

“Sin la música la vida sería una equivocación”  Friedrich Nietzsche

Friedrich Nietzsche

Friedrich Nietzsche

“La música es el lenguaje universal de la humanidad”  Henry W. Longfellow

Henry W. Longfellow

Henry W. Longfellow

“La Música es la poesía del aire”. J.P. Richter

Jean Paul Richter

Jean Paul Richter

“La Música es el sueño, la quimera, la felicidad, es la presencia soñada de los ausentes y de los muertos, la Música es el beso de Dios”  George Sand

George Sand

George Sand

“Como bien se ha dicho, la música es el lenguaje de los ángeles; de hecho, ninguna otra de las expresiones permitidas al hombre posee esa sensación de divinidad. Nos acerca al infinito” Thomas Carlyle

Thomas Carlyle

Thomas Carlyle

“De modo que es la música es un asilo. Nos aparta de lo real y nos susurra velados secretos que sorprenden nuestra capacidad de asombro sobre quienes somos, y para qué, de dónde y hacia dónde. Todas las grandes preguntas, como ángeles interrogantes, flotan en sus oleadas de sonido”. Ralph Waldo Emerson

Ralph W. Emerson

Ralph W. Emerson

“La música limpia del alma el polvo del diario vivir” Arnold Auerbach

Tampoco han faltado poesías que intentaran traducir esas impresiones fugaces. Desde el simple pareado de Joseph Addison:

Joseph Addison

Joseph Addison

“Music, the greatest good that mortals know,

And all of heaven we have below”.

(Música, el mayor bien por mortales conocido,

Y lo único que del cielo hemos traído)

Hasta el complejo soneto en alejandrinos de la poetisa argentina Margarita Abella Caprile:

Margarita Abella Caprile

Margarita Abella Caprile

A LA MUSICA

Lírico refinamiento, quintaesencia del ruido,

Sutil sugeridora que el espíritu mece,

Emoción fugitiva tan honda que parece

La expresión armoniosa de un silencio que ha sido.

 

Acequia cristalina de mágico sonido

Es a veces cascada que tumultuosa crece,

Entonces se diría que en ella se estremece

La suma dolorosa de todo lo sentido.

 

¡Arte maravilloso, tu ritmo incomparable

Es un ave de ensueño tras de lo inalcanzable,

Que extiende largamente su magnífico vuelo!

 

¡Idioma de las cosas que no tienen palabras,

Bordando filigranas en el espacio labras

Escalas invisibles que nos llevan al cielo!

Podríamos continuar agregando reflexiones y los invito a comenzar su propia colección, pero, finalmente, la música es una experiencia personal y por tanto, casi intransferible…

¿Qué es la música?

Aquellos que han asistido a algún conservatorio o escuela de música se han acostumbrado a la clásica definición de que la música es el arte de combinar los sonidos y de que sus elementos constituyentes son la melodía, la armonía y el ritmo. Pero, al poco andar, nos damos cuenta de que es una definición precaria, que deja demasiadas cosas afuera…

En una carta escrita el 15 de diciembre de 1887 a su mecenas y confidente, Nadezhda Filarotevna von Meck, Piotr I. Tschaickovsky le comentaba:

Piotr I. Tchaikovsky

Piotr I. Tchaikovsky

“La Música no es ilusión, sino más bien revelación. Su fuerza avasalladora reside en el hecho de revelarnos bellezas que en ninguna otra parte encontramos y cuya percepción no es transitoria, sino perpetua reconciliación con la vida”.

Otro que sabía bastante del tema, el italiano Giuseppe Verdi, escribió:

Giuseppe Verdi

Giuseppe Verdi

“En la música hay algo más que la melodía; algo más que la armonía: ¡hay música!”

Harold Schonberg, un excelente crítico musical norteamericano, ganador del Premio Pulitzer y autor de trece libros sobre el asunto, finalizó reconociendo:

“La música es un misterio. Es un arte potente y posee, obviamente, un gran significado, pero ¿ha podido alguien definirlo satisfactoriamente? Se han escrito libros sobre el significado del significado de la música. La música es sonido entonado, organizado con una finalidad expresiva. Pero necesita intermediarios para cobrar vida. Por si misma, la música es tan sólo una serie de notas negras impresas en un papel. Alguien debe tomar esas notas y seguir las indicaciones del compositor, hasta donde lo permitan esos símbolos vagos e insatisfactorios. Esto, que parece un axioma inútil, es generalmente ignorado por muchos críticos y musicólogos actuales, que parecen considerar que la música es un ideal platónico, una Idea, muerta, sujeta a una forma y un contenido, la sacrosanta nota escrita; todo ello conformando un modelo sonoro objetivo. Se nos ocurre que, si pudieran, abolirían al intérprete. Lamentablemente para ellos, el intérprete no puede ser abolido. En última instancia, esos esquemas abstractos del compositor deben ser transmitidos al oyente y allí es donde hace su entrada el intérprete…” 

Arte, ciencia, técnica, notación, desplazamiento del sonido, capacidad auditiva, teoría de la recepción, intérprete, instrumento… todo tiene cabida en la música pero ni la explicación de cada uno ni la suma total logra dar cuenta del misterio. Siempre he sospechado que, además de la mucha matemática que la música posee, también hay en ella algo de química, ya que la combinación de sus elementos a veces da resultados totalmente inesperados y que difieren de las propiedades de sus componentes.

Hay otro Schonberg (a veces escrito Schoenberg o con diéresis sobre la o), de nombre Arnold, compositor importante del siglo XX, quien, aunque reconozco no ser gran seguidor del dodecafonismo que desarrolló, dio lo que me ha parecido la definición más certera de la música. Cuando se le pidió esa explicación se detuvo en una compleja descripción que incluía las características del sonido, la armonía, la sensibilidad auditiva y la propia alma humana. Luego aclaró que todo eso era como el siguiente diálogo entre un ciego y su guía:

Arnold Schoenberg

Arnold Schoenberg

  • ¿Cómo es la leche? – preguntó el ciego
  • La leche es blanca – respondió el interlocutor
  • ¿Qué es esto, “Blanco”?
  • Blanco es el color del cisne que nada en el estanque.
  • ¿Qué es un cisne?
  • … Bueno… un cisne es un ave que tiene plumas suaves y un cuello blanco muy elegante con esta forma… (y así diciendo, el guía dio a su mano y a su brazo la forma aproximada del cuello del cisne y permitió que su compañero lo palpara)
  • Ah! – exclamó entusiasmado el ciego al terminar su inspección – entonces… ya sé cómo es la leche”

De los orígenes de la música

Si las definiciones de la música continúan siendo misteriosas e incompletas, lo son más aún las propuestas sobre sus orígenes. Desde un punto de vista evolutivo se ha hablado del uso mágico (Cambarieu-1909), del desarrollo de llamados a distancia (Stumpf-1911), del ritmo aplicado al trabajo (Bucher-1914) y de la creación de un lenguaje tonal previo o simultáneo a la aparición del lenguaje articulado (Schneider-1957). También se ha evaluado la imitación del canto de los pájaros y la posibilidad de su utilización como forma de atraer pareja.

Sin embargo, la mayoría de las culturas tradicionales otorgan a la música un origen divino. Los egipcios atribuían los cánticos de los templos a Isis. Así como Osiris era la deidad patrona del canto, la invención de la lira era consignada al dios Toth, siempre relacionado con el desarrollo de las ciencias y las artes.

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Para los escandinavos, era un regalo de Odín y para los hindúes, de Saravasti, la divina y benevolente consorte de Brahma.

Desde la antigüedad griega nos llega una leyenda según la cual un semidios habría descubierto la música al tropezar casualmente su pie contra el caparazón de una tortuga muerta, en cuyo interior había un tendón tenso. Ese contacto originó un sonido que le hizo recordar la música extraterrena. En aquel tiempo se veía en la música terrenal una imitación de la música celestial…

Hermes o Mercurio, para los romanos, también fue un eficiente constructor y ejecutante de instrumentos, habilidad que utilizaba en su función como mensajero de los dioses.

Historias similares se hallan entre los aztecas con Quetzacoatl y entre los hawaianos con Laka, la diosa del hula.

Con el advenimiento del cristianismo no es difícil descubrir sentencias que relacionan al arte musical con la divinidad:

“La voz de Dios al alma” (Canon Shuttleworth)

“Heraldo de la vida por venir” (Algernon Swinburne)

Algernon Swinburne

Algernon Swinburne

“El lenguaje de Dios mismo” (Charles Kingsley)

Charles Kingsley

Charles Kingsley

“El Maestro colocó en la música los pensamientos que la palabra no puede pronunciar y la descripción de lo que ninguna lengua puede decir” (S.A. Barnett)

“Escuchamos una frase musical y automáticamente se nos advierte sobre una vida de la cual ningún hombre puede contarnos” (Henry D. Thoreau)

Henry D. Thoreau

Henry D. Thoreau

En un extenso poema de 1917 al que llamó “Música”, el mexicano Amado Nervo envía al numen, su inspiración, a que recorra cosmos y universo en busca de una nueva idea inspiradora. En las estrofas con que remata sus versos concluye:

Amado Nervo

Amado Nervo

“Y el numen le responde: ¡La idea que codicias

Existe, y yo te diera sus divinas primicias;

Pero tú no eres músico, y ella es toda orquestal!

 

Sólo las claves, sólo las pautas y las notas,

Revelarán al mundo sus bellezas ignotas.

Platón oyó a los orbes su concierto ideal

Y Beethoven, a veces, lo escuchó en el mutismo

Nocturno. Todo es música: los astros, el abismo,

Las almas… ¡Y Dios mismo

Es un Dios musical!”

De la música de las esferas

Para los antiguos griegos, mousikós (relativo a las musas) designaba el vínculo del espíritu humano con cualquier forma de inspiración artística. La evolución del término lo fue relacionando más con las artes de la voz humana, y finalmente con la emisión de sonidos que lleva a los instrumentos.

Históricamente, Pitágoras (Siglo IV a.C.), quizás tomando fuentes egipcias y caldeas, concluía que la música era un elemento básico del Universo. La armonía de los cuerpos celestes se reflejaba en las proporciones de los intervalos musicales. Los pitagóricos, además de descifrar las leyes matemáticas que rigen los tonos, desarrollaron una terapia a través de la música para poner a la humanidad en sintonía con las esferas celestes.

Platón propuso que esta forma de arte era un reflejo divino y espejo del orden moral.

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Aristóteles fijó la idea de las esferas concéntricas girando alrededor de la Tierra, cada una de ellas más etérea que la anterior. Tolomeo (Siglo II a.C.) afirma en su Almagesto que la Tierra permanece inmóvil en el centro del Universo.

Todos estos conceptos se transmiten a lo largo de la Edad Media y llegan al Renacimiento. En palabras de Jorge Luis Borges:

“…la astronomía ptolomeica… durante mil cuatrocientos años rigió la imaginación de los hombres. La tierra ocupa el centro del universo. Es una esfera inmóvil; en torno giran nueve esferas concéntricas. Las  siete  primeras  son  los  cielos  planetarios  (cielos de la Luna,  de Mercurio,  de Venus, del Sol, de Marte, de Júpiter,  de  Saturno;  la  octava,  el cielo de las estrellas fijas; la novena, el cielo cristalino llamado también Primer Móvil.  A éste le rodea el  Empíreo, que  está hecho de luz. Todo este laborioso aparato de esferas huecas, trasparentes y giratorias … había llegado a ser una necesidad mental.” ( Jorge Luis Borges , Otras Inquisiciones, “La Esfera de Pascal”, Obras Completas, T.2 pag.15, Emece Editores, 1994)

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Según E.M.W. Tillyard :

“A pesar de Copérnico y una amplia difusión de sus teorías mediante libros populares, el isabelino educado promedio continuaba pensando el universo como geocéntrico. Era tan apto como un moderno para meditar sobre su inmensidad, y pensaba en Dios como habitando más allá de los límites de las estrellas fijas, en el coelum empyraeum, servido por huestes de ángeles. El nombre de este cielo significa fuego, siendo éste el mejor de los elementos… Pero nadie dudaba que alrededor de una tierra central giraban, con diferentes movimientos, esferas de diámetros siempre crecientes, desde la de la Luna, pasando por las de los planetas, hasta aquella de las estrellas fijas, y que existía una esfera llamada el primum mobile, externa a la de las estrellas fijas, que dictaba el movimiento apropiado a todas las otras..” (E.M.W. Tillyard, The Elizabethan World Picture,  Penguin Books Ltd, London, 1972, pags. 45-46)

Tan fuerte estaba impreso este esquema en la mentalidad medieval que Dante lo traslada a las divisiones de los círculos infernales y celestiales en su Divina Comedia (nueve son las cavidades del Infierno, nueve las escabrosidades del Purgatorio; nueve los círculos del Paraíso)

Otro concepto de la antigüedad, y revivido por el neoplatonismo, era el de la armoniosa música de las esferas. Dichas esferas en sus giros producían un sonido musical que no era captado por el oído humano, pero sí por el divino, a quien estaba dedicado.

Los filósofos antiguos mantenían no sólo que el movimiento de las esferas era provocado por los ángeles, sino que éstos eran en esencia idénticos a las sirenas celestiales que describe Platón, cada una sobre su esfera cantando una nota diferente y componiendo una armonía de arrebatadora belleza.

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Según Hakewill:

“Había no pocos de entre los Antiguos, y éstos bien instruidos, quienes por una fuerte fantasía concibieron una melodía excelsa producida por el movimiento de las esferas celestes. Esto fue enunciado por Pitágoras, entrevisto por Platón, firmemente mantenido por Macrobio y algunos cristianos como Beda, Beocio y Anselmo de Canterbury…” (Idem anterior, pag. 56)

Johannes Kepler, astrónomo alemán del siglo SVII, en su obra más importante, Harmonices Mundi (Las Armonías del Mundo), establecería matemáticamente las notas y acordes producidos por los planetas y sus esferas, asignando a uno de esos acordes el producido en el momento de la creación del universo. Diría:

El movimiento celeste no es otra cosa que una continua canción para varias voces, para ser percibida por el intelecto, no por el oído; una música que, a través de sus discordantes tensiones, a través de sus síncopas y cadencias, progresa hacia cierta predesignada cadencia para seis voces, y mientras tanto deja sus marcas en el inmensurable flujo del tiempo.

Si bien muchas de estas teorías desaparecieron con el avance de la ciencia, Kepler se hubiese sorprendido de que en el siglo XX el satélite TRACE de la NASA confirmaría que la atmósfera del sol emite sonidos ultrasónicos e interpreta una melodía mediante ondas que son unas 300 veces más graves que los tonos que puede captar el oído humano…

De mi genealogía musical

Bien. Abandonemos por un momento el empíreo y las regiones celestes para retornar al errante peñasco sideral que llamamos Tierra y a nuestras vidas cotidianas.

En una anotación de mi diario personal con fecha 13 de noviembre de 1983 (hace ya 33 años) me topé con la siguiente frase: “Nuestro Padre Celestial: gracias por Puccini”. Tratando de descubrir a qué se debía el comentario, hallé que esa noche habíamos asistido a un concierto de arias de ópera. Cercana en el tiempo estaba la doble presentación de la “Messa di Gloria” por el coro en el que mi esposa y yo cantábamos y también “Manon Lescaut” nuestra primer gran obra sinfónico coral y nuestra primer ópera respectivamente, ambas del gran Giacomo Puccini. Luego seguirían “Madama Butterfly”, “Tosca” y “La Boheme”.

Entre mis papeles hallé también un bosquejo sobre mi “genealogía musical” escrito un par de años antes de la fecha que aparecía en el diario. Si hoy tuviese que escribirlo lo haría de un modo más sencillo y menos pomposo. Pero, permítanme rescatar la frescura de mi juventud, y compartirlo con ustedes, para intentar comprender la importancia de la música en mi formación personal:

“Mirando hacia atrás en la vida, vienen a mi mente imágenes de muchas horas dirigiendo orquestas invisibles pero presentes a través de la magia de algún antiguo “pick-up” o de tocadiscos ya archivados en las polvorientas estanterías del recuerdo… (lo anterior fue la utilización del recurso literario denominado metáfora. En la casa de mi madre jamás … repito, JAMAS …hubo un lugar en el cual el polvo pudiera asentarse por intervalo alguno de tiempo)

Lo cierto es que no olvido noches en que, siendo niño, los miembros de la familia, como druidas plenilúnicos, acudíamos al llamado de aquel menhir sónico denominado “combinado”, pues incluía radio y tocadiscos, y, con las luces de la casa atenuadas, adorábamos en silencio.

Del parlante fabuloso, que yo intuía conectado a alguna genial máquina del tiempo, surgían voces y agrupaciones… Bing Crosby, Tommy Dorsey, las Andrew Sisters, André Kostelanetz, y, ocasionalmente, una reliquia familiar que papá llamaba “rueda de carro”, pues era un disco de 78 rpm pero de extraordinario tamaño: la “Introducción y Rondó Caprichoso” de Camille Saint-Saens interpretada por Jascha Heifetz. La grabación estaba tan “rayada” que tuvieron que transcurrir muchos años hasta que pude disfrutar de una versión de mejor calidad. Sin embargo, había algo allí, elevado y solemne, que reclamaba mi atención…

Por aquel entonces, el concepto de belleza y modestia reinante en el diseño, exigía que las partes técnicas de cualquier aparato estuviesen púdicamente recubiertas por un mueble. El despliegue visual de tweeters, válvulas y botones pertenecía exclusivamente al ámbito de la ciencia ficción y el futuro. Luego las cosas irían cambiando. Incluso quien se dedicaba a reparar artefactos comenzó a perder esa sospechosa imagen de ginecólogo electrónico para pasar a ser un respetable e indispensable artesano amigo del hogar.

Papá era músico. Tocaba el bandoneón en una orquesta típica, y, en otras épocas, su amplia y agradable sonrisa se había paseado por los escenarios y emisoras radiales de la ciudad y la zona como acompañante vocal e instrumental.

Mamá era profesora de piano y su educación musical, bastante ortodoxa, junto a la de papá, influyó de una manera u otra en todos nosotros.

Recalco lo de “una manera u otra” como un tributo al clima de amplia libertad que mis padres lograron crear con relación a los gustos estéticos de nuestro hogar. Al comenzar los años ’60 mi hermano mayor era un fanático del folklore argentino y los virtuosos de la guitarra; mi hermana, defensora acérrima del “tiwst and shout” de los Beatles y yo, “el raro”, llegaba a la conclusión de que no había nadie que igualara a Piotr Illich Tschaickovsky.

Profundizando un poco más en las raíces del árbol genealógico, mi abuelo materno, Thomas, provenía de Australia y tocaba el violín. Sus antepasados habían llegado de Irlanda y, como buenos celtas, me gusta pensar que disfrutaban del canto y la música (no por casualidad el arpa gaélica ocupa un lugar principal en sus escudos). El hecho de que se preocuparan por el desarrollo de estos dones en su descendencia me da la certeza de que así fue, pues, además del violín, mi bisabuelo Murtagh hizo trasladar un costoso piano hasta su establecimiento en las inhóspitas regiones de la Nueva Gales del Sur de fines del siglo XIX.

Mi abuela materna, María, era originaria del Piamonte, esa región de ensueño de Italia del Norte, donde, junto a sus hermanas, recogía moras y frutillas silvestre de las faldas de los montes al compás de “Quel mazzolin di fiori” y otras melodías alpinas.

Mi abuelo paterno, Giovanni Battista Silverio, nació en la Lombardía, a pocos kilómetros de la ciudad de Milán que, con su famoso teatro “alla Scala”, era el centro cultural y artístico de la recientemente unificada Italia. Contaba mi abuelo nueve años cuando Giacomo Puccini estrenó su primera ópera, “Le Villi”, y doce cuando Giuseppe Verdi presentó “Otello”, una de sus últimas.

El público de aquellas regiones, muy afecto a la buena música, poseía un oído natural altamente entrenado, al extremo de que los grandes compositores entregaban a los intérpretes las partituras de sus arias más famosas horas antes del estreno, pues si las incluían en los ensayos previos todo el mundo estaría tarareándolas por las calles cuando aún no hubiesen sonado los primeros compases de la obertura.

Mi otra abuela, Angela, nació en Turín en 1881, y tenía doce años cuando Puccini estrenó “Manon Lescaut” en el Teatro Regio de esa ciudad.

En cuanto a mí, creo que no había otra posibilidad que la de recibir la herencia ancestral cultivada en las verdes colinas irlandesas, brotada al pie de los Alpes, madurada en las valles del Po y destilada en alambiques australianos…”

Lo cierto es que, con nueve años, comencé a tomar lecciones de piano con diferentes maestros de música hasta recibirme de Profesor después de cumplir los diecisiete. Con doce, logré incorporarme al Coro de nuestra Rama en la Iglesia (el Director había bloqueado mi ingreso el año anterior por mi corta edad). Al poco tiempo, cerca de la Navidad, fuimos invitados a sumarnos a una obra teatral relacionada con los festejos en el Teatro Municipal, cantando villancicos desde el “paraíso”, agregando la música incidental al programa. En esa temprana etapa, ingresar al Teatro por la puerta trasera reservada “a los actores” para ensayos y funciones, fue una experiencia definitoria. Ignoraba que veinte años más tarde, primero de modo semi profesional y luego profesional, esa sería una actividad casi diaria… Pero ya es otra historia que continuaremos en la segunda parte…