“Aventuras entre los Pieles Rojas” por Emilio Salgari

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“Aventuras entre los Pieles Rojas”

Emilio Salgari

Emilio Salgari

Emilio Carlo Giuseppe Maria Salgari nació en la ciudad de Verona, el 21 de Agosto de 1862. Se inscribió en el Real Instituto Técnico y Náutico de Venecia pero abandonó sus estudios en 1881 con sólo algunos viajes realizados por las costas del Mar Adríatico. Sin embargo, se dedicó a escribir novelas de aventuras y de viajes por las más recónditas regiones del globo y gustaba ser identificado como “capitán”. Según la leyenda, disfrutaba escribiendo en un escritorio desvencijado cuyos vaivenes le recordaban la cubierta de un barco. Con más de 80 novelas en su haber, recorrió los mares árticos, las selvas australianas, las Antillas, Indonesia y el oeste americano. Muchas de esas historias pueden agruparse en ciclos como “Los Piratas de la Malasia” con su héroe Sandokán, o “Los Piratas del Caribe” con el Corsario Negro.

Emilio Salgari y Buffalo Bill.

Su nombre se hizo popular en toda Europa y fue nombrado Cavaliere della corona d’Italia per volontá di Umberto I. No obstante, un mal acuerdo económico con sus editores tuvo como efecto que la mayor parte de su vida viviese en la pobreza. Con cuatro hijos para mantener y una esposa enferma que terminó internada en un manicomio, las deudas se fueron acumulando.

En 1911, con sólo 48 años, decidió poner fin a su vida, en la ciudad de Turín, donde residía por entonces.

La fama de Salgari no disminuyó y siguió siendo leído particularmente en los países de lenguas romances, incluyendo Latinoamérica, hasta las décadas de 1970 y 1980. A partir del 2000, nuevas corrientes de la crítica literaria comenzaron a revalorizar la obra del escritor italiano que siempre se había considerado como de ‘historias para jóvenes’ y a rescatar sus valores artísticos y de difusión cultural.

Aventuras entre los Pieles Rojas

Avventure fra le pellirosse fue escrita bajo seudónimo en 1900, cuando nuestro autor llevaba ya tres años publicando. Narra la historia de Randolfo y Mary Harrighen, dos hermanos mexicanos quienes, al verse desheredados por su tío a causa de diferencias políticas entre  juaristas e imperialistas, deciden rehacer su fortuna buscando oro. Para ello, deberán atravesar inhóspitos territorios poblados de apaches y comanches, acompañados de un explorador, un cuáquero y un ladrón de caballos que se proclama (sin que nunca que se explique el porqué) “El Cocodrilo del Lago Salado”.

Los mormones de Salgari aparecen de modo tangencial en la obra, sin discutir sus creencias o historia, sino más bien para completar el cuadro social de la aventura que narraba. Harry Burklay es el único mormón, guía de una caravana atacada por los indios, quien, a pesar de estar seriamente herido, los ayuda a cruzar el río con una canoa. Una vez a salvo, les cuenta su historia, la cual se encuentra en el capítulo que transcribimos… Lamentablemente, en el capítulo siguiente, tanto el mormón como el único integrante negro de la expedición caerán muertos en un nuevo ataque de los indios.

Mario R. Montani

CAPITULO XI

MATANZA DE MORMONES

Harry Burklay, que así se llamaba el herido, había abandonado veinte días antes las fronteras de Méjico, guiando una caravana compuesta por ciento cincuenta personas, entre hombres, mujeres y niños, con varios furgones arrastrados por caballos. Su intención era atravesar el Estado de Tejas, para llegar al Utah, donde está el gran Lago Salado, que es el lugar de refugio de la secta de los mormones. Atravesaron el río Norte, para no suscitar obstáculos por parte de la población, que no veía con agrado estas emigraciones, y por la mañana empezaron a cruzar las praderas que los separaban del río Pecos.

El viaje a través de aquellas ricas llanuras, rebosantes de ciervos, gamos, bisontes y pavos silvestres, que les brindaban carne fresca y abundante, no podía comenzar bajo mejores auspicios. Una noche, sin embargo, en las riberas del río Pecos vieron algunos jinetes que despertaron sus sospechas.

Llevaban los cabellos largos, diademas de plumas y largas lanzas. Todo esto hizo comprender a los desgraciados emigrantes que habían encontrado una banda de pieles rojas.

Sabiendo que por aquellos alrededores se encontraban las tribus de guerreros comanches, Burklay, que no quería poner en peligro a la caravana, llamó a consejo a los exploradores más ancianos, y decidió replegarse inmediatamente hacia el río Pecos para cruzarlo cuanto antes. Tomaron la nueva ruta y pronto estuvieron a orillas del río, encontraron un vado y lo pasaron, acampando en la orilla.

Colocaron los carros en forma de aspa para defenderse mejor, y como estaban escasos de víveres, enviaron varios cazadores a la pradera para renovar las provisiones.

Llevaban tres días cazando y ya habían preparado palos y cuerdas para secar las carnes, cuando en la tarde del cuarto día uno de los cazadores volvió al campamento con una herida en un brazo producida por un hachazo de los indios. Interrogado por el jefe mormón, contó que los comanches le habían perseguido, logrando herirle, y que su número era tan grande que abrigaba serios temores ante la posibilidad de un ataque.

Burklay, como hombre previsor, advirtió a todos que estuviesen preparados a cualquier contratiempo y aumentó los centinelas del campo. No tardaron las tinieblas en hacerse más densas, tanto que no se veía a doscientos pasos.

Cerca de medianoche, uno de los centinelas, el que vigilaba la parte del río, creyó ver en la orilla algunas sombras vagas, pero sin poder distinguir si eran hombres o animales.

Iba a preguntar a otro centinela, apostado cien pasos más allá, cuando un hacha india, lanzada con mano segura y vigorosa, le dio en la cabeza. Apenas si tuvo tiempo de dar el grito de alarma, cuando ya un indio se hallaba sobre él y le arrancaba la cabellera.

Al oír aquel grito, todos los hombres prepararon las armas en un abrir y cerrar de ojos, formando barricadas con los furgones. Burklay, que no se arredraba, hizo que se colocasen los defensores en las extremidades de la cruz y mando que los centinelas se replegasen inmediatamente al campamento, reuniendo a las mujeres y a los niños en el sitio más resguardado. Tomadas estas precauciones, armadas las carabinas y preparadas las hachas, esperaron angustiados el ataque de los pieles rojas.

Poco después comenzaron a ladrar los perros estrepitosamente, y en seguida multitud de indios a caballo y lanza en ristre se precipitaban en el campamento.

Habían atravesado el río protegidos por las tinieblas; eran más de doscientos, y no cabía duda respecto a sus intenciones. Su actitud fiera y resuelta, sus gestos y sus movimientos daban a conocer su decisión de recoger amplia cosecha de cabelleras. Sabiendo que aquellos hombres, enemigos seculares y jurados de los blancos, no tendrían compasión ni les darían cuartel, los mormones saludaron a los recién llegados con fuertes descargas de mosquetería.

Los indios contestaron con su grito de guerra, lanzándose luego a galope y con loco ardor contra los carros, atacando a lanzazos y arrojando nubes de flechas. Espantados por los disparos que, saliendo de derecha e izquierda, los cogían entre dos fuegos, se retiraron apresuradamente, dejando a seis o siete de los suyos sobre el terreno.

Esto parecía una falsa maniobra, y Burklay ordenó a sus hombres que no abandonasen sus puestos, estando prestos a rechazar un segundo ataque, que no podía hacerse esperar.

En efecto, los indios se reunieron en la ribera como si discutiesen algo; luego se dividieron en varias bandas y se ocultaron en la selva.

Una banda, la más numerosa, se colocó frente de los carros que miraban hacia el Este, y se lanzó intrépidamente al asalto, animándose con estentóreos gritos y lanzando nubes de flechas.

A pesar del fuego de los blancos, los indios, defendidos por sus escudos de piel y con las hachas en la mano, se arrojaron impetuosamente entre los carros, trepando por las ruedas, ayudándose unos a otros y apuñalando a los defensores, que se vieron obligados a replegarse hacia el centro del campamento.

Burklay, viendo que los suyos cedían, reunió a todos los que quedaban en los furgones que se extendían hacia el Oeste, y, poniéndose al frente de ellos, se precipitó con fuerza irresistible contra el enemigo.

Esta maniobra, en lugar de ayudar a los mormones, les fue, por el contrario, fatal.

Apenas empeñaron la batalla, cuando de la vecina selva salieron las otras bandas corriendo a galope tendido. Burklay trató de defender los carros y de hacer frente al nuevo enemigo, pero no lo consiguió.

Derrotados al choque de los caballos, molidos a lanzazos, deshechas sus filas y rechazados contra los carros, los mormones se vieron envueltos en menos tiempo del que se tarda en contarlo. Entonces dio principio una lucha terrible entre rojos y blancos. Abandonando por inútiles las lanzas y los fusiles, cogieron las hachas y los cuchillos, entablándose una feroz e inhumana batalla.

Los blancos, dominados por el número, se reunieron en torno a sus mujeres, que rivalizaban en valor, enarbolando las hoces y tizones encendidos; pero no pudieron resistir el impetuoso ataque de los comanches y fueron arrollados, dispersados o arrojados bajo los carros. Los indios se apoderaron de las mujeres y de los niños y los cargaron sobre los caballos.

A pesar de tan gran desgracia, Burklay no perdió la cabeza; reunió a los supervivientes y quiso abrirse paso entre los vencedores, tratando de salvar un grupo como de veinte mujeres, pero fue arrollado. Sus compañeros fueron cayendo uno tras otro bajo las hachas indias, y él, herido de un hachazo en un muslo, rodó bajo un carro y se fingió muerto.

El desgraciado pasó una noche terrible. Entre horrorosas angustias y tremendos sufrimientos, tuvo que presenciar la orgía de los salvajes.

A la mañana siguiente, cuando los indios desaparecieron, curóse la herida como mejor pudo y abandonó el campamento, por miedo de caer en manos de sus despiadados enemigos.

Desgraciadamente, la herida era grave y no le permitió alejarse mucho. Algunos kilómetros más lejos perdió el sentido y cayó al suelo, en tanto que su caballo emprendía veloz huida.

Seguramente hubiese muerto desangrado sin el providencial encuentro con Ralf, el Cocodrilo del Lago Salado, y con Randolfo.

Tal era la trágica historia de aquel pobre emigrante, que se encontraba en tan lamentable estado entre los matorrales de la selva.

 

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Espíritu y Música – Carta Nº 8 – Merrill Bradshaw

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Espíritu y Música

Cartas a un joven compositor mormón

Carta Nº 8 Merrill Bradshow

Traducción: Julián Mansilla

Carta número Ocho

Querido amigo/a,

¡Por supuesto que existe tal cosa como inspiración! Cada compositor la experimenta. Casi llegaría a decir que todo ser humano la experimenta. Es ese destello de revelación  necesario para que cualquier actividad creativa tenga lugar. Pero hay que darse cuenta de que la imagen romántica del compositor, arrebatado por algún tipo de frenesí creativo incontrolable, que se desprende de las obras maestras sin pensar ni esforzarse, es una cruel mentira. No conozco a nadie que haya tenido una experiencia de primera mano como esa.

¿Qué sucede realmente? Parece ser algo como esto: lo procesas en tu mente durante un período de tiempo, revolviendo, meditando, hirviendo, hasta que finalmente uno logra unir todo. Entonces puedes sentir en tu corazón si es correcto. Esto no quiere decir que siempre suceda en el estudio, porque cuando estoy realmente trabajando en una pieza siempre está conmigo en mi mente, dando vueltas y más, tratando de nacer. Por lo tanto, la idea puede venir a mí mientras conduzco, camino, etc. Pero la mayoría de las veces me viene a mí mientras estoy trabajando en el estudio.

Muchas personas me han preguntado específicamente si fui inspirado para escribir La Restauración. Creo que puedo decir “sí”. Desarrollé un deseo de hacer el trabajo durante un período de años, pensando en ello, recogiendo sesgos, antecedentes, impresiones y sentimientos acerca de lo que la pieza debe ser cuando finalmente me puse a escribirla. Cuando en realidad comencé el trabajo había ayunado y orado, un período de dedicación y súplica espiritual mientras trataba de obtener una visión general de la misma. No hubo un gran destello de súbita inspiración. La obra se me fue desplegando por sí misma durante un largo período de tiempo. Hubo muchos momentos en que, después de trabajar mucho y duro en un pasaje, el Espíritu ardía en mí y pude sentir la emoción que viene cuando sabes que es correcto.

(Debo decir sin embargo que esta no fue una experiencia excepcional con La Restauración, después de todo, es la forma en que va con todas mis actividades, la Iglesia, la formación profesional, la familia, la recreación, y creo que sucede a la mayoría de los santos.)

Lo que esto te dice como compositor no es demasiado difícil de entender: ¡Si quieres inspiración, ponte a trabajar! “Debes resolverlo en tu mente, luego pregúntame”. Si es correcto, el Espíritu lo confirmará en tu pecho. Si está equivocado, “estupor de pensamiento” y debes continuar trabajando hasta que el Espíritu diga que sí.

¿Cómo lo desarrollas en tu mente? Mi propia respuesta es saturarme con los materiales con los que trabajo: flujo de energía, nivel de disonancia, textura, tonalidad, medio, motivos, frases. Planeo la forma lo más cuidadosamente posible. Trato vigorosamente de proyectar la pieza en el tiempo. Todas estas cosas se alimentan en mi mente en el espíritu de la obra. Trabajo tan duro como puedo para encontrar una respuesta. Luego confío en mis instintos espirituales, enriquecidos por todo lo que he aprendido e impulsado por la aportación de todas estas cosas, para ayudarme a llegar a “La” solución. Hasta que el Espíritu no esté satisfecho, no puedo renunciar a la búsqueda.

Este método de operación tiene algunas ventajas hermosas. Mi percepción instintiva es aparentemente más aguda que mis procesos intelectuales conscientes porque muchas cosas que emergen son mucho más interesantes y emocionantes de lo que mi intelecto podría inventar. Sigo descubriendo estas sorpresivas relaciones mucho tiempo después de que una obra está terminada. También he observado que la continuidad rítmica de la obra es mucho más convincente y satisfactoria cuando se llega por instinto que cuando se llega a través de procesos estrictamente intelectuales.

Al establecer tus propios métodos de trabajo, debes tener cuidado de que los detalles de el método sean una ayuda en lugar de una molestia. Esto se aplica específicamente al teclado. Algunos compositores pueden pensar eficazmente en el teclado, especialmente cuando son capaces de hacer que sus mentes dicten al teclado y no viceversa. Pero muchos compositores jóvenes utilizan el teclado como un medio de evitar el esfuerzo mental necesario para decidir cómo componer una idea. Esto hace que la “muleta” sea su rey, no su sirviente. Si utiliza el teclado para comprobar tu composición, ¡OK! Pero si encuentras que tus ideas están limitadas a lo que puedes tocar en el teclado, ¡cuidado! Puedes estar en problemas.

¿Qué hacemos cuando la inspiración se detiene? Esta es una buena pregunta que causa mucho desánimo entre los compositores. Mi respuesta tiene que ser en tres etapas. La primera es situar tu mente con la obra, pensándola y sintiéndola de todas las formas que puedas encontrar. Vive con ella día y noche. La segunda etapa es la etapa reflexiva. Retrocede y relájate. Piensa en algo más por un día o una hora o una semana. En tercer lugar, volver y trabajar en ella. Repite los tres pasos según sea necesario. Generalmente esto solucionará tu problema a menos que tu motivación esté rezagada. Si tu motivación se está quedando, tienes un problema espiritual que necesita ser resuelto. Nuevas perspectivas, descanso, nuevas actividades ocasionalmente ayudan. El ayuno, la oración y el estudio también ayudan. Una buena charla con un consejero espiritual también puede ayudar. Cuando todo está dicho y hecho, sin embargo, la inspiración viene de otra fuente. Si no está enviando ninguna señal, no podemos recibirlas.

Yo creo en la inspiración. También creo que un compositor debe saber todo lo que puede encontrar sobre la música y usarlo regularmente en su composición. Esto significa que la composición es trabajo. De alguna manera la inspiración y el trabajo se combinan inextricablemente en el acto de componer. ¡Que el Espíritu bendiga tus esfuerzos!

 

 

Espíritu y Música – Carta Nº 7 – Merrill Bradshaw

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Espíritu y Música

Cartas a un joven compositor mormón

Carta Nº 7 Merrill Bradshow

Traducción Julián Mansilla

Carta número Siete

Querido amigo/a,

Tengo más que decir sobre la “música mormona”. Durante mucho tiempo solía creer lo que algunos de nuestros eruditos me dijeron: que no teníamos herencia musical de la que hablar. Los escritores de himnos victorianos de finales de 1800 y principios de 1900 eran “poco creativos, poco imaginativos, etc.” Anhelaba una tradición en la que pudiera apoyarme y que me inspirara a hacer grandes cosas como “todas esas otras culturas” habían logrado. Mientras pensaba en esto, se me ocurrió que toda una generación de nosotros debíamos salir y saturarnos de la sabiduría del mundo para poder volver a construir la música del Reino. Pero muchos de nosotros simplemente absorbimos el amor a la música del mundo y volvimos con desprecio por esa “cosa pueblerina” que los músicos de la Iglesia supuestamente sin tutor habían producido. Espero que no caigas en ninguna de esas fábulas tontas: ninguna de ellas te ayudará a construir el Reino.

Me he dado cuenta de que si el Reino tiene algo que ofrecer al mundo en el arte debe ser la excelencia del Espíritu. El tiempo que dedicamos a la actividad de la Iglesia tiende a poner nuestro énfasis en la excelencia espiritual más que en la técnica. Creo que esto es como debe ser y como me gustaría que fuera. Sin embargo, no voy a excusar la menor falta de adecuación técnica en cualquiera de nuestros tipos de música. Estoy seguro de que tenemos tiempo para ello: Incluso cuando yo era un obispo ocupado podría haber encontrado más tiempo para el estudio técnico de lo que lo hice y lamento no haberlo hecho. Pero ser obispo no me disculpó de la necesidad de escribir un trabajo técnicamente adecuado. La técnica es, después de todo, el medio para liberar al Espíritu.

Para mí, como compositor SUD, el Espíritu es el objetivo de mi arte y siempre debe serlo. Cuando he observado la música de nuestros antepasados pioneros he concluido que ese es el modo en que ha sido siempre. Escribir música para el Reino debe haber sido una tarea inspiradora para George Careless porque él escribió muchos himnos inspiradores. No hay himno más grande entre los himnos Cristianos como su “Aunque colmados de pesar”, o Joseph J. Daynes con “Cual rocío que destila”, o un montón de otros.

¿Dónde se encuentra un grupo de himnos más finos, más completamente arraigados en la fibra de una sociedad como lo están nuestros himnos? Los cantamos todos los domingos, en nuestros hogares durante la semana, en el Sacerdocio Aarónico o en la Sociedad de Socorro. Todos nosotros los conocemos. Aquí está la sustancia de una tradición: los mormones cantan, a menudo y usualmente muy bien. Tienen experiencias regulares combinando música y Espíritu. Si podemos aprender a capitalizar  ésto, construiremos una tradición que durará siglos, eones y más allá.

Cualquier compositor que ha capturado el Espíritu vívidamente se convierte en un ancestro de las tradiciones del Reino. Cualquier cosa que escribamos que capte al Espíritu se convierte en parte de esa tradición. Cualquier estilo que levante espíritus se convierte en un modelo útil. No nos faltan filosofía, modelos, tradición o ayuda. Nos falta sólo vigor, imaginación y agallas. Seamos creativos con estos materiales y edificaremos el Reino, incluso el mundo entero.

 

Espíritu y Música – Carta Nº 6 – Merrill Bradshow

Arte y Religión

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Espíritu y Música

Cartas a un joven compositor mormón

Carta Nº 6 Merrill Bradshow

Traducción Julián Mansilla

Carta número Seis

Querido amigo/a,

Mi carta anterior sobre el estilo puede haber parecido querer esquivar algunos otros temas. Pero creo que lo que tengo que decir en esta carta llenará algunos de esos vacíos. Me gustaría hablar sobre “música mormona“.

En tu vida y la mía hemos visto algo de polarización entre la gente en diversos campos de la música. Cada uno tiene un tipo de música que le gusta, personas que suministran la música que necesitan, y una gran desconfianza de la que desconocen. Me niego a tomar partido en este altercado. Yo digo, “una bendición sobre todos sus esfuerzos justos.”

Pero como ya he insinuado en mi última carta, para ser justos, no considero negarme a escuchar la de un lado o la del otro. Por lo tanto, la pregunta es la siguiente: ¿Cómo podemos construir puentes entre los diferentes grupos culturales en el reino para que puedan escucharse unos a otros?

Permítanme dar un rápido fundamento filosófico-teológico para mi posición. El mormonismo es diferente del resto del cristianismo de una manera muy importante: Creemos que ha habido repetidas y válidas revelaciones del plan de Dios desde el cielo a lo largo de la historia de la humanidad. Creemos que no todas estas revelaciones están contenidas en la Biblia ni en las escrituras modernas, ni se limitan a los dos o tres lugares principales con los cuales se identifican las escrituras existentes. Emerge, más bien, un cuadro con muchas culturas diferentes, lugares y eras, cada una parte de un gran plan maestro en los cielos para la salvación de todos los hijos de Dios. Las profecías en las escrituras de nuestro tiempo hablan de la “restitución de todas las cosas” o “reunir en una todas las cosas desde el comienzo del mundo“, es decir, una síntesis viva de elementos espirituales y culturales en una sociedad celestial. Tampoco esta síntesis es una fuerza que obliga a la uniformidad en todas nuestras composiciones. Lo veo emergiendo de la totalidad del esfuerzo musical en nuestra cultura, no como algo que se le impone. Así, el estilo de un compositor puede diferir mucho de otro sin alterar el equilibrio que requiere la síntesis. Después de todo, el hilo común a todas las obras en el reino y que mantiene unida la síntesis se encuentra en el Espíritu, no en el estilo.

Es mi opinión que todos aquellos que están tratando de construir el Reino estén  comprometidos en una u otra faceta de crear esa síntesis espiritual que nos hará a todos celestiales al final. Por lo tanto, me parece ridículo que se generen contiendas con el otro acerca de cuál de los estilos del mundo debemos adoptar. Debemos adoptar lo que es espiritualmente apropiado para las necesidades del Reino y crear nuestra propia música de cualquier recurso disponible y que valga la pena. Me niego a excluir cualquier cosa que pueda servir a un propósito espiritual.

El reino tiene necesidad de muchos tipos de música: Los santos no dejan de necesitar entretenimiento después de bautizados, ni tampoco dejan de necesitar inspiración musical, consuelo, ni música para trabajar, música como desarrollo artístico, o la música divertida. En resumen, necesitamos música de todo tipo.

Lo que todo esto me dice es que necesito saber y absorber lo más que pueda sobre todos los estilos y técnicas, sobre todos los diversos tipos de música para poder construir puentes, para que los santos adoren, trabajen, canten y jueguen juntos. Necesitamos escribir música que ayude en los programas de la Iglesia, música que represente las más altas aspiraciones de los santos por el logro artístico, la música que entretiene, la música que consuela. Hay espacio, sí, hay un hambre de todo tipo de música en el reino.

Las escuelas de pensamiento en el mundo de la música son aficionadas a alinearse con esta o aquella tendencia histórica y menospreciar todas las otras tendencias como históricamente insignificantes. No te dejes atrapar por esto. Hay, en esta dispensación, sólo un sistema que está destinado a perdurar y ese es Su sistema. Abarca el bien de todos los demás sistemas. Así, podremos adoptar o adaptar el mundo, pero en el largo plazo, si queremos hacer contribuciones que perdurarán, tendremos que hacerlos a través del Reino.

Es por eso que encarnar el espíritu en su música es tan importante. Esas adaptaciones e influencias de estilo que en última instancia son incómodas para el Espíritu finalmente morirán, y serán expulsadas. Aquellas que capturan el Espíritu vividamente, inspirarán y edificarán a los santos, perdurando en sus corazones.

Permítanme resumir lo que tenemos que hacer – aprender todo lo que hay que saber acerca de nuestro arte, ganar habilidad consumada en aplicar lo que sabemos para construir el Reino, vivir para tener el Espíritu en nuestras vidas para que podamos tener sustancia a nuestro arte y algo eternamente significativo que decir a nuestros hermanos santos.

Nadie más va a hacer estas cosas. Un compositor del “ámbito internacional” no va a entrar en la Iglesia para hacerlas por nosotros. Los que somos y pertenecemos al Reino debemos hacerlas. ¡Tú y yo! ¿Quieres una actividad significativa? ¡Es esta! El Señor no nos ha bendecido con nuestros talentos sólo para engrosar el mundo. Él nos ha bendecido para que podamos construir el Reino, edificar a los santos, y glorificarlo a Él que nos dio todo. Esto no puede esperar hasta que cumplas 50 o 60. Tienes que comenzar ahora.

Los Tres Nefitas en el Texto y el Folklore – Segunda Parte

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LOS TRES NEFITAS

En el texto y el folklore

Segunda Parte

Por Mario R. Montani

De los seres trasladados

En 1700 el escritor inglés John Asgill escribió el panfleto An argument proving that according to the covenant of eternal life revealed in the Scriptures, man may be translated from hence into that eternal life, without passing through death (Argumento demostrativo de que, según el pacto de Vida Eterna revelado en las Escrituras, el Hombre puede ser trasladado a la Vida Eterna sin pasar por la Muerte). Aunque Coleridge gustaba de la ironía y lenguaje de la obra, en realidad su autor fue echado del Parlamento por considerársela “blasfema”, perdiendo propiedades y terminando sus días en la cárcel.

Sin embargo para los Santos de los Ultimos Días, el pueblo Judío y los primeros cristianos, la idea de la traslación corporal ha estado siempre presente en escrituras y tradición.

En Hebreos 11:5, Pablo nos recuerda:

“Por la fe Enoc fue trasladado para no ver la muerte, y no fue hallado, porque lo trasladó Dios. Y antes que fuese trasladado, tuvo testimonio de haber agradado a Dios”.

El texto hebreo medieval El Zohar, también describe al Elias trasladado como ‘un ángel entre los ángeles’ (The Zohar, Harry Sperling y otros, New York, Rebecca Bennet Publications, 1958, 4: 165-166)

En el Discurso del Abbaton, un texto cristiano del siglo IV, se confirma que:

“El Santo Apóstol San Juan, teólogo y virgen, no probará la muerte hasta que se hayan establecido los tronos en el Valle de Josafat…” (E. A. Wallis Budge, Coptic Martyrdoms (Londres: British Museum, 1914), pag. 475)

El Valle de Josafat, según las escrituras, es el lugar del Juicio.

Un poco más adelante, el propio Cristo le dice:

“En cuanto a ti, mi amado Juan, no morirás hasta que los tronos hayan sido preparados en el Día de la Resurrección… Enviaré a Abbaton, el Angel de la Muerte, que venga a ti en ese día… Estarás muerto por tres horas y media, sobre tu trono, y toda la creación te verá. Haré que tu alma regrese al cuerpo y te levantarás vestido con atavíos de gloria” (Ibid anterior, pag. 492-493)

Un texto cristiano siríaco incluye una visión dada al Apóstol Juan en la que el Señor le envía un mensajero:

“Juan, he aquí, has sido apartado por nuestro Señor para predicar el Evangelio de Salvación, junto a los tres que practican la verdad; pero vosotros no seréis privados de este don” (The Gospel of the Twelve Apostles Together with The Apocalypses of Each One of Them, J. Rendel Harris, Universidad de Cambridge, 1900, pag. 34)

El pasaje no es demasiado claro, pero muchos investigadores mormones han especulado sobre una referencia a los tres nefitas.

Otros textos sugieren la alternativa de que Melquisedec y su ciudad de Salem también hayan disfrutado de ese estado provisorio. El Libro de Mormón deja abierta las puertas para la posibilidad de que Alma y Nefi, hijo de Helaman, hayan sido trasladados

El Profeta Joseph Smith, Jr:

“Muchos han supuesto que la doctrina de la traslación era una doctrina mediante la cual los hombres eran llevados inmediatamente a la presencia de Dios y a una plenitud eterna, pero ésta es una idea errónea. El lugar donde habitan es según el orden terrestre, y a fin de que fuesen ángeles ministrantes a muchos planetas, Dios apartó un lugar preparado para estos individuos que todavía no han alcanzado una plenitud tan grande como los que han resucitado de los muertos” (Enseñanzas del Profeta José Smith, Salt Lake City, Utah, 1975, pag. 203)

Los Tres Nefitas en el folklore mormón

Eric Eliason, profesor de folklore y literatura de BYU razona:

“Los relatos son populares en cualquier cultura – parte de la necesidad humana de contar historias que hablen de sus preocupaciones y valores. Las de los Santos de los Ultimos Días no son muy diferentes de las que cuentan los demás. Pero por causa de nuestra cultura particular, tenemos nuestras versiones particulares de ciertas historias… La de los Tres Nefitas emerge del propio relato del Libro de Mormón, que deja abierta la posibilidad de que ellos aún se encuentran hoy por aquí. Lo cual lleva a la gente a preguntarse ¿Dónde están? ¿Qué están haciendo? Y todo hecho extraño o inusual es naturalmente atribuido a ellos, si cumple lo suficiente con el modelo… No he encontrado ningún lugar en el que Jesús aclare si las parábolas son verdaderas. Creo que asumimos que son historias – que no necesariamente existió un samaritano real. Pero El no lo aclara, lo cual creo que nos está diciendo algo – que lo realmente importante no es si ocurrieron de verdad. Pero, desgraciadamente, esa es la forma en que muchas personas se acercan al folklore mormón, como si eso fuese lo único a cuestionarle. Pienso que cuando escuchamos folklore mormón deberíamos preguntarnos ¿Es lo más importante de esta historia si es o no históricamente exacta o lo importante es lo que dice sobre nosotros, nuestra cultura y nuestros valores?”

George Albert Smith, respondiendo a una pregunta del recopilador Hector Lee, manifestó:

“Más aún, en cuanto al registro de manifestaciones se refiere, la doctrina de la Iglesia es que son dadas para la edificación del individuo a quien llegan y que no son para la exhibición o registro del público. Son mantenidas como sagradas por aquellos que las poseen, y, aunque en alguna ocasión puedan contarlas, en general, repito, son para los individuos que las recibieron”. (Carta del Presidente Smith a Hector Lee del 14 de Septiembre de 1949)

De modo que en las historias coexisten las utilizadas por las autoridades en diferentes momentos con los centenares que se han popularizado y transmitido sin que ninguna de ellas tenga certificado de autenticidad.

En Juvenile Instructor 9:224 se relataba como el jefe indio Tobruka recibió en su campamento la visita de un ser barbado quien le indicó que debía bautizarse en el arroyo cercano para lo cual era necesario acudir a los élderes mormones de Deep Creek. Luego del mensaje simplemente desapareció. Pero al buscarlo, Tobruka descubrió a otros dos personajes, uno más alto que el otro, quienes le repitieron el mismo mandato. Gracias a estas manifestaciones, el Elder William Lee y un intérprete terminaron bautizando y confirmando a más de un centenar de indios goshutes.

En una Conferencia del 5 de Enero de 1860, el Apóstol Erastus Snow declararía

“Leemos que ‘Enoc caminó con Dios, y desapareció, pues Dios lo llevó con El’. El Apóstol Pablo declara que fue trasladado. La revelación dada por intermedio de Joseph Smith enseña que muchos otros en los días de Enoc obtuvieron la misma bendición. Leemos en el Libro de Mormón sobe los Tres Nefitas, en quienes el Señor produjo un cambio, para que sus cuerpos no viesen corrupción; mas ese cambio era en sí mismo equivalente a la muerte y la resurrección. Si el cambio completo tuvo lugar en esa fecha, o si aún un cambio mayor aguarda para tener lugar en ellos, no tenemos una información certera. Pero Mormón, escribiendo sobre ello, da como su opinión, y dice que le es revelado por el Espíritu, que les aguarda un cambio mayor en el gran día en que todo será cambiado. Es suficiente decir que, por causa de la caída de Adán, los elementos de la tierra, de los cuales participamos, han sembrado las semillas de la mortalidad en nuestro tabernáculo terrenal, de modo que es necesario que reciban el mismo cambio, ya sea retornando al polvo y siendo nuevamente levantados, o por el cambio que se produce en un momento, en un abrir y cerrar de ojos” (Erastus Snow, Journal of Discourses 7:356)

Y, el 7 de Mayo de 1884, Franklin D. Richards agregaría:

“Si hay algo en el mundo que puede satisfacer el hambre del alma por conocimiento, son las revelaciones del Señor Jesucristo, que se abren continuamente línea sobre línea y precepto sobre precepto; un poco aquí y un poco allí; por cierto, nada más puede satisfacer las ansias del alma humana. Esto nos llevará a lograr las mismas bendiciones y glorias que el Profeta Joseph nos dijo que Enoc había obtenido. El nos enseñó que junto a su ciudad logró en su época una gloria terrestre, y que aún están gozando de esa gloria. Obtuvieron el poder de traslación, de modo de poder llevar sus cuerpos y su ciudad con ellos. La resurrección no sería hasta que llegara Cristo y se transformara en el primer fruto de aquellos que dormían. El análisis de este asunto me lleva a pensar y expresar unas palabras en relación a los Tres Nefitas. Ellos quisieron demorarse hasta la venida de Jesús, y para que pudieran hacerlo El los llevó consigo a los cielos y los invistió con el poder de traslación, probablemente en uno de los templos de Enoc, y los trajo de nuevo a la tierra. De ese modo recibieron el poder de vivir hasta la venida del Hijo del Hombre. Creo que los llevó a la ciudad de Enoc y les confirió sus investiduras allí. Supongo que en la ciudad de Enoc hay templos; y cuando Enoc y su gente regresen, lo harán con su ciudad, sus templos, bendiciones y poderes. El país del norte cederá su multitud, con el Apósto Juan, quien los cuida. Ellos también vendrán a Sión a recibir sus coronas de las manos de sus hermanos de Efraim (F.D. Richards, Journal of Discourses 25:236)

El Elder Legrand Richards, en la Conferencia General de abril de 1954:

“Hace poco, cuando el Presidente Truman envió un comité a Israel, el presidente Chaim Weizmann les habló sobre su creencia en una fuerza mística que trajo a los judíos a Israel y los ha mantenido con vida.

En la revista Jewis Hope, de septiembre 1950, hay un artículo de Arthur U. Michelson. No tomaré tiempo para leerlo completo, pero en él cuenta sobre su visita a Jerusalén, donde escuchó experiencias del ejército israelí. Tenían un solo cañón, y enfrentaban al ejército árabe bien equipado y entrenado, de modo que cada vez que usaban el cañón lo movían de lugar para que el enemigo pensara que tenían muchos… Deseo leerles lo que ocurrió cuando el ejército de Israel estaba a punto de rendirse: ‘Uno de los oficiales me contó cuánto habían sufrido los judíos. No tenían nada con qué resistir el fuerte ataque árabe. Tampoco tenían alimento ni agua, pues las líneas de abastecimiento estaban cortadas. En ese momento crítico… los árabes de pronto dejaron sus armas y se rindieron. Cuando llegó su delegación con la bandera blanca, preguntaron ¿Dónde están los tres hombres y las tropas que vimos? Los judíos no sabían nada acerca de tres hombres y ese pequeño grupo era toda la fuerza que existía. Los árabes insistieron en que habían visto a tres personas con largas barbas y vestimentas blancas quienes les advirtieron que dejaran de pelear o morirían. Se asustaron tanto que decidieron rendirse’… Ahora bien, yo no lo sé, pero el Señor dijo que haría algo por los judíos en los últimos días, y, cuando permitió a los Tres Nefitas permanecer sobre la tierra, declaró:

‘Y he aquí, se hallarán entre los gentiles, y los gentiles no los conocerán. También estarán entre los judíos, y los judíos no los conocerán. Y cuando el Señor lo considere propio en su sabiduría, sucederá que ejercerán su ministerio entre todas las tribus esparcidas de Israel, y entre todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos; y de entre ellos llevarán muchas almas a Jesús, a fin de que se cumplan sus deseos, y también por causa del poder convincente de Dios que hay en ellos’.(3 Nefi 28: 27-29) (Elder Legrand Richards, Conference Report, Abril de 1954, Reunión de la Tarde, pag. 55-56)

También hay folklore más reciente. Respondiendo a una pregunta sobre el tema en el blog askgramps (https://askgramps.org/have-there-been-any-sightings-of-the-three-nephites/), Carl Jensen comenta:

“En 1975, al comenzar mi misión en Bogotá, Colombia, resolví leer un capítulo diario del Libro de Mormón, y al finalizar me quedaba de rodillas esperando recibir una manifestación espiritual (tenía 19 años entonces). Ocho meses después, estando en la ciudad de Cucuta el 15 de Marzo de 1976, terminé de leer Moroni 10. Esa noche, después de habernos fallado una cita para enseñar, caminábamos por la calle cuando un hombre pasó a nuestro lado. Después de un momento tuve la fuerte impresión de que necesitábamos volver y hablar con él. Después de correr una cuadra lo detuvimos y le preguntamos si podíamos establecer un horario para visitar a su familia. Nos dijo que no vivía en Cucuta, pero, viendo una mesa desocupada en un restaurant cercano, sugirió que nos sentásemos y le diésemos nuestros mensajes. En ese momento comencé a tener sensaciones en mi cuerpo como jamás había tenido. Nos dijo que su nombre era Jonas, sin usar un apellido. Cuando le preguntamos qué estaba haciendo en Cucuta, nos contó que viajaba por todo el mundo con su padre y su tío dando seminarios sobre matemáticas astronómicas y física, pero había venido a Cucuta para ‘visitar a sus ancestros’. Mientras le dábamos la primera charla continuó el ardor en mi pecho. Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas. Finalizamos la charla, él se despidió cortésmente y regresamos a nuestro departamento. Inmediatamente abrí el Libro de Mormón y leí los nombres de los discípulos: Nefi, su hermano Timoteo, y su hijo Jonas”.

No obstante, el Manual del Maestro de Doctrina del Evangelio sobre El Libro de Mormón sugiere prudencia:

“Señale que el Salvador dijo a los Tres Nefitas que estarían entre los Judíos y los Gentiles, quienes no los reconocerían (ver 3 Nefi 28:25-30). Por tanto, muchas de las historias que la gente escucha sobre los Tres Nefitas probablemente no son verdaderas…” (Doctrina del Evangelio- Libro de Mormón, Manual del Maestro, 2009, Cap.46 (3 Nefi 27-30)

Los Tres Nefitas y los estudios académicos

Permítanme compartir, antes de finalizar, la siguiente experiencia de James Faulconer, titular de la cátedra Richard L. Evans sobre Comprensión Religiosa en BYU, y que coloca a los relatos sobre los elusivos nefitas en un nivel de mayor respetabilidad y posibilidades:

“A fines de Agosto del 2007, asistí a una conferencia en Sibiu, Rumania: “Las Metáforas Religiosas y los Conceptos Filosóficos”. La conferencia continuaba con un curso de verano de una semana sobre el mismo asunto en el Monasterio Bancoveanu en el poblado de Sambata de Sus, en las Montañas Fagaras.

El tema era interesante. Las ponencias fueron excelentes, representando sitios como las Universidades de Nottingham y Cambridge. También alguien de quien jamás había escuchado antes: Jad Hatem, de la Universidad St. Joseph, de Beirut.

Después de dos días en Sibiu, un joven y formal estudiante de posgrado me condujo en su auto hasta el monasterio. Me registré y fui a la primera cena en el refectorio. La entrada al refectorio era estrecha, y requería que nos colocásemos en línea de a uno para poder ingresar, y mientras estaba en la fila, oí a alguien detrás de mí hablar sobre los mormones. No podía escuchar lo que decía, pero la palabra mormones sonó varias veces y comencé a prepararme para algún tipo de problema, al menos un momento de tensión cuando quedara claro que yo era Santo de los Ultimos Días. No soy por naturaleza paranoico, pero mi experiencia con otros académicos acerca del mormonismo muestra que raras veces comienza con una idea positiva acerca de él.

Al entrar, nos colocamos a ambos lados de unas largas mesas, y cuando establecí mi lugar, me hallé directamente enfrente de la persona a la que había oído hablar. ‘Bueno’, pensé ‘será mejor ocuparme de esto de entrada’. Entonces, de a uno, fuimos presentándonos, siguiendo el orden en que estábamos sentados. Cuando llegó mi turno y dije, ‘Soy de la Universidad de Brigham Young’, el hombre de enfrente se paró, dio la vuelta para abrazarme y decirme ‘¡BYU, amo a los mormones!’. No hace falta decir que yo estaba sorprendido. No esperaba una hostilidad abierta pero menos aún esa clase de respuesta.

La persona que me brindó tan entusiasta bienvenida era el Profesor Jad Hatem. Hablamos durante la cena y después de ella, y al hacerlo me contó de un libro que había publicado recientemente, Les Trois Nephites, le Bodhisattva et le Mahdi (Editions du Cygne, 2007) (Los Tres Nefitas, el Bodhisattva y el Mahdi). Me resultaba difícil cree que un filósofo del Líbano hubiese sabido tanto sobre los mormones como para escribir sobre nosotros, y mucho menos sobre un tema como los Tres Nefitas.

…La mayoría de los trabajos académicos sobre los Tres Nefitas son acerca de ellos como folklore – historias de extraños que aparecen de la nada para ayudar a los que se encuentran en necesidad. A veces cambian la rueda de un auto. En ocasiones entregan alimentos. A menudo aparecen haciendo dedo (autostop). Y tan pronto como concluyen su buena obra, desaparecen.

Este folklore es una extensión de las bendiciones prometidas. Jesús no dijo nada a los tres discípulos sobre cambiar neumáticos. Más que referirse a buenas obras cotidianas, les dice que trabajarán para traer almas a Cristo. A pesar de eso, lo primero en lo que la gente piensa cuando se mencionan a los Tres Nefitas es en ese folklore, y yo no me atrevería a negar que las buenas obras cotidianas podrían ser una parte importante de lo que significa traer almas a Cristo.

Pero el Profesor Hatem me dijo que él había realizado un análisis filosófico y teológico de la historia de los Tres Nefitas tal como aparece en el Libro de Mormón. Después de la cena me dio una copia de su pequeño volumen, y la combinación de jet lag y curiosidad – así como la necesidad de buscar a menudo en mi diccionario de francés – me mantuvo ocupado hasta el desayuno de la siguiente mañana.

No estuve demasiado vivaz durante las conferencias del día, pero estaba entusiasmado con el libro del Profesor Hatem. Sin ser un Santo de los Ultimos Días, el Profesor Hatem había leído el Libro de Mormón cuidadosamente. Lo comprendía y comprendía al mormonismo, ofreciendo un análisis original del pasaje del Libro de Mormón, argumentando que debíamos comprender a los Tres Nefitas como personas, que, al igual que el bodhisattva y el Mahdi, sacrifican su existencia no muriendo sino consagrándola a otros. Así como Cristo murió por los demás, haciendo posible que retornaran al Padre, los Tres Nefitas son preservados para llevar al resto de la humanidad hacia Dios.

Me complace decir que el Instituto de Estudios Religiosos Neal A. Maxwell de BYU planea publicar una traducción al inglés del libro del Profesor Hatem con el título de Postponing Heaven: The Three nephites, the Bodhisattva, and the Mahdi (Posponiendo el Cielo: Los Tres Nefitas, el Bodhisattva y el Mahdi). Esta siendo enviado a la imprenta y debería estar disponible para el otoño. También espero que muestre que el mormonismo es un tema que permite una sofisticada discusión académica. No creo que esas discusiones sean necesarias para el mormonismo como fe. La simplicidad del evangelio no requiere reflexiones filosóficas o teológicas, sólo la simple fe en Jesucristo y un cambio de corazón que emane hacia una vida nueva.

Pero debe haber lugar para la reflexión académica, y Jad Hatem nos muestra el modo de ver al Libro de Mormón como un texto con una profunda enseñanza ética y salvífica sobre la necesidad del auto sacrificio. El acercamiento del Profesor Hatem es original, especialmente por el hecho de que se enfoca en una historia que muchos mormones consideran marginal. Resalta esa historia como emblemática del mensaje del libro. Su análisis ha convertido esa historia de algo a lo que le prestaba poca atención en una metáfora central para la vida cristiana”. (James Faulconer, Maxwell Institute blog –

https://mi.byu.edu/forthcoming-postponing-heaven/)

 

Más Microrrelatos Mormones


Literatura

                 Ficción Mormona

Más microrelatos mormones

Por Mario R. Montani

 

La Esfera

Nefi entró en la tienda de su padre con el flamante arco en la mano. Por supuesto que no sería tan eficaz como el roto, pero, con un poco de habilidad y ayuda divina podría compensar la diferencia. Lehi no se encontraba allí. Deseaba pedirle que consultara al Señor para saber a dónde dirigirse en busca de presas. Fue entonces cuando la vio… La esfera de bronce fino se hallaba sobre un tapete, cubierta por un lienzo. Su curiosidad pudo más que su prudencia. Después de todo, él también conocía algo de los misterios de Dios. La destapó. Las dos agujas se ajustaron y una palabra nueva comenzó a formarse…

Nefi salió de la tienda visiblemente atemorizado y mirando en derredor. Los caminos de Jehová eran misteriosos en extremo. Las palabras como de fuego estaban grabadas en su retina y en su mente. Posiblemente pasaría el resto de sus días intentando comprenderlas: “Recalculando… Recalculando…”

 

E Pluribus Unum

Jared reunió a sus tres hermanos en la playa. Muy cerca se veían las naves prestas a partir, mientras sus familiares llevaban a bordo los últimos enseres.

“Mahonri, Morian y Cumer – les dijo – Vuestra ayuda en proveer luz para los barcos ha sido inestimable. Nuestra descendencia os recordará siempre con respeto y veneración. Lamentablemente, las planchas no tienen espacio suficiente para poder nombraros en cada ocasión. Pero, en mi mente, siempre habéis actuado como uno”.

 

Humor Jaredita

Un currelom le dice a otro mientras pastan en la hierba:

“¿Sabes en qué se parece un cumom a un incendio en el bosque?”

“No, ¿en qué?”

“¡En que ambos deben extinguirse!”

(Se oyen risas currelómicas con onomatopeya intraducible)

Los Tres Nefitas en el Texto y en el Folklore – Primera Parte

Arte y Religión

           Literatura

                              Libro de Mormón

LOS TRES NEFITAS

En el texto y el folklore

Primera Parte

Por Mario R. Montani

Imagino que muchos preferirían la grafía castellanizada folclor o folclore, como hemos pasado del quórum a cuórum, pero, al menos en algo, permítanme ser conservador y mantener la palabra como la reconozco.

La historia de los Tres Nefitas aparece en el Libro de Mormón:

Y cuando les hubo hablado, se volvió hacia los tres y les dijo: ¿Qué queréis que haga por vosotros, cuando haya ido al Padre? Y se contristó el corazón de ellos, porque no se atrevían a decirle lo que deseaban. Y él les dijo: He aquí, conozco vuestros pensamientos, y habéis deseado lo que de mí deseó Juan, mi amado, quien me acompañó en mi ministerio, antes que yo fuese levantado por los judíos. Por tanto, más benditos sois vosotros, porque nunca probaréis la muerte; sino que viviréis para ver todos los hechos del Padre para con los hijos de los hombres, aun hasta que se cumplan todas las cosas según la voluntad del Padre, cuando yo venga en mi gloria con los poderes del cielo. Y nunca padeceréis los dolores de la muerte; sino que cuando yo venga en mi gloria, seréis cambiados de la mortalidad a la inmortalidad en un abrir y cerrar de ojos; y entonces seréis bendecidos en el reino de mi Padre. Y además, no sentiréis dolor mientras viváis en la carne, ni pesar, sino por los pecados del mundo; y haré todo esto por motivo de lo que habéis deseado de mí, porque habéis deseado traer a mí las almas de los hombres, mientras exista el mundo. Y por esta causa tendréis plenitud de gozo; y os sentaréis en el reino de mi Padre; sí, vuestro gozo será completo, así como el Padre me ha dado plenitud de gozo; y seréis tal como yo soy, y yo soy tal como el Padre; y el Padre y yo somos uno”. (3 Nefi 28: 4-10)

Teológicamente, entendemos este relato como un caso de seres trasladados, aquellos que, por algún motivo, reciben una transformación en sus cuerpos que les permite seguir viviendo para cumplir ciertos propósitos de Dios. A la lista podríamos agregar a Juan, el Amado, Elías, y probablemente, Moisés.

Más adelante, en el mismo capítulo, Mormón interpola sus comentarios sobre ellos:

Y ahora yo, Mormón, dejo de escribir concerniente a estas cosas por un tiempo. He aquí, estaba a punto de escribir los nombres de aquellos que nunca habían de probar la muerte, pero el Señor lo prohibió; por lo tanto, no los escribo, porque están escondidos del mundo.

Mas he aquí, yo los he visto, y ellos me han ministrado. Y he aquí, se hallarán entre los gentiles, y los gentiles no los conocerán. También estarán entre los judíos, y los judíos no los conocerán. Y cuando el Señor lo considere propio en su sabiduría, sucederá que ejercerán su ministerio entre todas las tribus esparcidas de Israel, y entre todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos; y de entre ellos llevarán muchas almas a Jesús, a fin de que se cumplan sus deseos, y también por causa del poder convincente de Dios que hay en ellos. Y son como los ángeles de Dios; y si ruegan al Padre en el nombre de Jesús, pueden manifestarse a cualquier hombre que les parezca conveniente. Por tanto, ellos efectuarán obras grandes y maravillosas, antes del día grande y futuro, cuando todos ciertamente tendrán que comparecer ante el tribunal de Cristo; sí, aun entre los gentiles ejecutarán ellos una obra grande y maravillosa, antes de ese día de juicio”. (3 Nefi 28:24-32)

De modo que, aunque el Libro de Mormón provee los nombres de los doce discípulos escogidos en América, no sabemos exactamente cuáles son estos tres por causa de la prohibición recibida por Mormón, lo cual ha agregado algo de misterio adicional al asunto.

Comencemos por la entrada sobre el tema que William Wilson ha escrito para la Encyclopedia of Mormonism:

“Los relatos Santo de los Ultimos Días sobre los Tres Nefitas conforman uno de los ciclos de leyendas religiosas más sorprendente de los Estados Unidos. Si bien guardan cierta semejanza con las historias del profeta Elías en el folklore judío, o las de los santos cristianos en la tradición católica, las narraciones acerca de los Tres Nefitas son claramente mormonas. Formando parte de un cuerpo mayor de narrativas SUD tradicionales, estas historias no son doctrina oficial ni se publican en la literatura oficial. A medida que la recién fundada Iglesia aumentaba sus fieles, una creciente cantidad de historias comenzó a circular entre la gente, contando sobre amables ancianos, usualmente considerados los tres discípulos nefitas, que habían aparecido a individuos que se hallaban en peligro físico o espiritual, los ayudaron a resolver sus problemas, y entonces desaparecieron de repente.

Al cubrir un siglo y medio de historia SUD, estas narrativas reflejan muy bien los cambiantes entornos físicos y sociales en los cuáles los Santos de los Ultimos Días han encontrado sus pruebas de fe. Por ejemplo, en la sociedad agraria previa a la Segunda Guerra Mundial, las historias cuentas acerca de los nefitas guiando a carretas de pioneros hacia pozos de agua, salvando a un granjero de una tormenta de nieve, proveyendo remedios naturales para una enfermedad, arando un campo para que su propietario pudiese cumplir sus responsabilidades en la Iglesia, o entregando comida a misioneros hambrientos. En el mundo contemporáneo, las historias hablan de los nefitas conduciendo a genealogistas SUD a dificultosas fuentes en las bibliotecas, sacando a un joven de un lago después de un accidente en canoa y administrándole respiración artificial, deteniéndose para arreglar el horno de una viuda, guiando a motociclistas perdidos en una tempestad, consolando a una mujer que perdió a su esposo e hija en un accidente de aviación, y sacando a misioneros de un coche incendiado en la autopista.

Aunque el entorno de las historias más recientes ha cambiado de los pueblos pioneros con un camino vecinal serpenteante del pasado a un escenario urbano con autopistas ruidosas como fondo, algunas circunstancias han permanecido constantes. Los Tres Nefitas continúan bendiciendo a la gente y, al contar estas historias, los Santos de los Ultimos Días siguen testificando sobre la validez de las enseñanzas de la Iglesia y estimulando la obediencia a ellas. Las historias continúan proveyendo a los fieles con un sentimiento de seguridad en un mundo incierto, convenciéndolos de que así como Dios ayudó a los pioneros a vencer un mundo físico hostil, del mismo modo ayudará a los fieles a soportar las maldades de una sociedad urbana. En su conjunto, por tanto, las historias siguen brindando comprensión sobre los corazones y mentes de los Santos de los Ultimos Días y de las creencias que los mueven a la acción”.

Con el paso de los años se han acumulado varias colecciones de relatos y estudios sobre el tema:

The Three Nephites: The Substance and Significance of the Legend in Folklore, Lee, Hector, Publicación de la Universidad de New Mexico, Language and Literature, nº 2, Albuquerque, New Mexico, 1949.

The Three Nephites, Ogden Kraut, Salt Lake City, Utah, Kraut, 1969.

The Three Nephites, Glen W. Chapman, compilador

The Three Nephites and Other Translated Beings, Bruce E. Dana

Freeways, Parking Lots, and Ice Cream Stands: The Three Nephites in Contemporary Society. William A. Wilson, Dialogue 21 (Fall 1988):13-26.

About the Three Nephites, Douglas & Jewel Beardall, Provo, Utha, LDS Books, 1992.


Algunos de los recopiladores reclaman tener más de 1500 relatos sobre los elusivos nefitas.

Si bien ahora la Iglesia los descarta o, al menos, no los promueve, en el primer siglo de la historia de nuestra institución formaban parte tanto de los discursos como de las publicaciones oficiales

En 1909, E.D. Partridge, de la Universidad de Brigham Young, escribió un interesante artículo en la Improvement Era titulado ‘The Three Nephites: Did One of Columbus’s Sailor See Them?’ (Los Tres Nefitas: ¿Fueron Vistos por uno de los marinos de Colón?)

Basándose en el texto de “Vida y Viajes de Cristobal Colón” de Washington Irving, Partridge encontró varios párrafos que parecen coincidir con las profecías del Libro de Mormón (1 Nefi 13:12), pero hay uno especialmente llamativo. El relato tiene que ver con el segundo viaje del navegante genovés, cuando, al pasar por las costas de Cuba, ancló cerca de un hermoso grupo de palmeras:

“Aquí, una partida fue enviada a la playa en busca de leña y agua; y hallaron dos manantiales en medio del bosque. Mientras se encontraban ocupados cortando leña y llenando los barriles con agua, un arquero con su ballesta en busca de presa se topó con nativos, pero escapó con grandes muestras de terror, pidiendo ayuda a los gritos a sus camaradas. Declaró que, sin haber avanzado mucho, divisó en un claro a un hombre con larga vestimenta blanca, semejante a los frailes de la orden de Santa María de las Mercedes, el que a primera vista tomó por el capellán del Almirante. Otros dos le seguían con túnicas blancas que les llegaban hasta los tobillos, y los tres eran de tez blanca, como si fuesen europeos. Detrás de ellos aparecieron más, una treintena, armados con palos y lanzas. No dieron muestras de hostilidad sino que permanecieron tranquilos, y únicamente el hombre de las blancas vestiduras avanzó para abordarlo. Pero, alarmado por su número, él huyó al instante en busca de sus compañeros. Estos últimos, sin embargo, intimidados por el informe de nativos armados, no tuvieron el coraje de buscarlos o esperar su llegada, sino que se apresuraron a regresar a las naves”. (Washington Irving, Vol. 6, The Life and Voyages of Christopher Columbus, New York, Peter Fenelon Collier, 1897, pag.329)

Irving, reconociendo que Colón envió dos expediciones infructuosas en su búsqueda, se disculpa por incluir este asunto en su registro, ya que jamás se descubrió en Cuba una tribu que usase vestimentas, por lo que debía tratarse seguramente de un error o una mentira.

Partridge estaba convencido de que se trataba de los Tres Nefitas (Improvement Era 7:621-624)

Las historias relacionaban a los probables antiguos discípulos americanos con la guerra civil norteamericana, el establecimiento de la Constitución, el viaje al oeste, el descubrimiento de agua en el desierto y la prédica a los lamanitas.

“Las historias de los Tres Nefitas son de milagroso poder, profecía, o guía espiritual a personas en todo el mundo. Los tres hacen repentinas apariciones y desapariciones; realizan tareas hercúleas, más allá de las capacidades de los mortales; preanuncian e instruyen con divina guía; y otorgan diversos tipos de bendiciones sobre los justos en todo lugar”. (The Three Nephites: The Substance and Significance of the Legend in Folklore, Lee, Hector, Albuquerque, New Mexico, 1949, pag 7)

En el mes de septiembre de 1938, en Portland, Oregon, el Presidente William R. Sloan, relató el siguiente incidente:

“Era una fría noche, hacia fines de noviembre, y en el hogar de William Huntington la familia se reunió frente al fuego en la espaciosa cocina. Después de cenar y finalizar con las tareas, era habitual en la familia traer sus instrumentos musicales y sentarse frente a los troncos ardientes para ejecutar antiguas tonadas e himnos, incluso algunos aires más alegres, aunque no los bailaban.

El abuelo Huntington tocaba el contrabajo, su hija Zina, el cello, William, la corneta y Dimick, el tambor. Había cinco hijos y dos hijas; la mayor, Presenda, estando casada, vivía a cierta distancia de ellos. Era una feliz familia de Nueva Inglaterra, viviendo vidas puras y limpias al estilo Puritano. Cuando la música cesó y se hizo silencio en el grupo, se oyó un golpe en la puerta, y, al abrirla, un extraño y anciano caballero, de mediano peso, vestido con ropas antiguas y portando un bulto en sus brazos, apareció e ingresando al cuarto dijo: “Usualmente dirijo mis pasos hacia algún valle apartado. ¿Podría tener alojamiento aquí esta noche?”

Con una cordial bienvenida fue invitado y se le dio lugar junto al fuego en una vieja y cómoda silla de granja, y mamá Huntingon le preguntó si gustaría comer algo, a lo que, modestamente, contestó que sí. Entonces una buena cena de Nueva Inglaterra se desplegó ante él, con leche, miel, jarabe de arce, carne fría, delicioso pan casero y manteca. Cenó livianamente mientras la familia hablaba en voz baja. Era la costumbre leer una porción de las escrituras antes de ir a la cama. Nuevamente se unió al círculo, y papá Huntington comenzó a leer de la Biblia, un pasaje del Nuevo Testamento, que todos escucharon atentamente. La abuela Huntington hizo algún comentario sobre el hecho de que les gustaría escuchar el evangelio en su plenitud, como lo explicaba y enseñaba el Salvador. El extraño inmediatamente siguió con el tema y comenzó a explicar las escrituras y citarlas con una nueva luz y mayor belleza de la que jamás antes se les hubiese enseñado. Escucharon con suma atención cada una de sus palabras. Tanto mamá como papá Huntington estuvieron de acuerdo con sus explicaciones, mientras los muchachos intercambiaban miradas de admiración y la hija, Zina, estaba como hechizada observando desde su silla al extraño con reverencia. Después de una hora de conversación sobre estos temas sagrados, papá Huntington ofreció las oraciones, mamá Huntington preparó un confortable espacio de descanso para el forastero y se desearon las buenas noches, los jóvenes yendo escaleras arriba, papá y mamá Huntington a su dormitorio al que se llegaba desde la cocina, y Zina, en su pequeña cama escuchó a los padres hablando bajo sobre el maravilloso extraño y las cosas que había dicho. El forastero los había colmado de asombro y reverencia, a un grado que jamás habían sentido. En la mañana estaban todos animados y en horas tempranas, como es usual en una granja cuando hay tanto para hacer, adentro y afuera.

El extraño se sentó plácidamente observando a esta notable familia, con quienes desayunó. Lo invitaron a quedarse con ellos, pero dijo que tenía otros lugares  para visitar y los abandonó cerrando la puerta suavemente. Cuando papá Huntington vio partir al forastero, envió a Dimick tras él para pedirle que regresase. Abrieron la puerta para llamarlo a voces, pero no se encontraba a la vista. Cuando observaron el umbral en el que se había acumulado la nieve de la noche anterior, no encontraron rastros de huellas, y los muchachos, corriendo en todas las direcciones dijeron que se había desvanecido. Papá Huntington observó que era la persona más extraña que había conocido, que no podía entender adónde había ido, pero que les había mostrado el evangelio bajo una nueva luz.

Mamá Huntington sintió que el extraño era algún tipo de mensajero de los cielos, y toda la familia quedó profundamente impresionada con su maravillosa influencia y la hermosa manera de explicar las escrituras.

Cuando el Evangelio de vida y salvación les fue traído por Hyrum Smith y otros Elderes, parecía coincidir con lo que el forastero les había dicho sobre la Biblia y la restauración del Evangelio. Toda la familia, con excepción de uno, aceptó el Evangelio y se preparó para emigrar a Kirtland en algunos años; allí conocieron al Profeta de Dios, Joseph Smith, y se transformaron en sus fieles amigos y leales seguidores.

En cierta ocasión en que el Profeta Joseph se encontraba hablando sobre los Tres Nefitas, el hermano Huntington le contó este incidente. Puso las manos sobre su cabeza y le dijo:  ‘Mi querido hermano, ese hombre era uno de los Tres Nefitas, quien vino a prepararlo para la restauración del Evangelio y su aceptación’” (Assorted Gems of Priceless Value, by N.B. Lundwall, pp. 20-22)

Años más tarde, uno de los hijos de ese matrimonio, Oliver B. Huntington, escribiría en su diario personal:

“Desearía declarar que los nombres de los Tres Nefitas, que no duermen en la tierra, son Jeremías, Sedecías y Kumenoni”. (Diarios de Oliver B. Huntington, 2:367)

De dónde obtuvo esa información, no está claro. Pero, como veremos más adelante, hay otras propuestas de identificación…

Muy recientemente, el Elder Jeffrey Holland se ha referido a ellos:

“Estos tres Nefitas continúan en su estado trasladado hoy, como cuando viajaban por las tierras de Nefi. En cierto momento, Mormón está a punto de revelar sus nombres a los lectores de los últimos días, pero un mandato del Señor le prohíbe hacerlo. Sin embargo, ellos tres ministraron a Mormón y Moroni, y aún deberán ministrar entre los judíos, los gentiles, y las tribus dispersas de Israel, sí, toda nación, tribu, lengua y pueblo”. (Jeffrey R. Holland, Christ and the New Covenant: The Messianic Message of the Book of Mormon, p.307)

Continuará en la Segunda Parte///