“Preguntas, Dudas y Crisis de Fe” por Roger Terry

Discursos Olvidados

Preguntas, Dudas y Crisis de Fe

Por Roger Terry

Roger Terry es un conocido de nuestro blog, en el que ha autorizado la traducción de su brillante historia “Eterno Inadaptado”, que apareció en la sección Ficción Mormona hace ya algunos años. El hermano Terry es autor de cuatro novelas, tres libros de no ficción, así como de innumerables cuentos cortos, artículos y ensayos. Fue editor principal de la Ensign y la Liahona y actualmente es el director editorial de BYU Studies. Junto a su esposa, Sheri, reside en Orem, Utah, y son los padres de cuatro hijos más dos nietos. El breve pero sustancioso editorial que proponemos a continuación apareció en su blog  “Mormonomics and mormonethics” el 14 de Agosto de 2017.

Roger Terry

“Según se dice, algunos pocos mormones están abandonando la fe, y muchos más se están planteando serias preguntas sobre la Iglesia. Yo, ciertamente, pertenezco a este segundo grupo. Supongo que viene como un efecto colateral de mi trabajo.

La mayoría de los miembros de mi barrio, y probablemente la mayoría de ustedes en la blogosfera viven una vida bastante diferente a la mía. Si tienen un trabajo de tiempo completo, tal vez vayan al trabajo todos los días y escriban códigos de computación, o enseñen biología, o instalen calefacción y aire acondicionado o ayuden a la gente con testamentos y fideicomisos, o administren un restaurant, o fabriquen armarios, o realicen cualquier otra de las tareas “ordinarias” que mantienen a la economía funcionando. Pero yo voy a mi trabajo cada día a lidiar a tiempo completo con el Mormonismo. Soy el director editorial de BYU Studies, donde publicamos la más antigua revista académica de estudios mormones así como una variedad de libros sobre temas del mormonismo. No nos dedicamos a novelas mormonas ni a libros inspiradores y apologéticos. Somos editores académicos, por lo que debo enfrentarme principalmente con libros escritos por profesores y otros eruditos. BYU Studies Quarterly es también una publicación multidisciplinaria de estudios mormones, de modo que yo mismo obtengo bastante educación. He editado artículos sobre casi cualquier cosa desde cosmología a ingeniería y desde música a teoría de la traducción. Y publicamos mucha historia SUD. Debo aprender lo suficiente sobre esos tópicos como para hacer preguntas inteligentes y darme cuenta cuando los autores están estirando la evidencia en demasía o quizás considerando sólo una visión parcial del asunto.

En otras palabras, me pagan para ser escéptico. Me he hecho bastante bueno en eso. Los editores experimentados tienden a buscar inconsistencias – en la gramática, en los usos, la lógica, en el razonamiento, el contenido y las fuentes. De modo que mucho de lo leído provoca preguntas en mi mente. Una parte importante de mi trabajo es mantenerme al día con lo que está ocurriendo con los estudios mormones, y ese campo en particular está en expansión, por lo que no es tarea fácil. Traté de contarlos hace unos días y me di cuenta de que había leído más de sesenta libros en el campo de estudios mormones en los últimos diez o quince años. También leo Dialogue, Sunstone, el Journal of Mormon History, Mormon Historical Studies y artículos de The Religious Educator. Además de toda esa lectura en papel, dedico bastante tiempo cada día a leer lo que me interesa en el blogernáculo. Todo eso para poder tener el suficiente contexto que me permita juzgar entre lo que es verdadera erudición y lo que no lo es. Observar al mormonismo con este tipo de amplitud y profundidad tiende a provocar muchas preguntas. Honestamente, tengo más preguntas que nadie a quien conozca.

Pero tengo algún problema en relacionarme con ciertos términos que la Iglesia usa para describir a las personas que tienen preguntas. A menudo escuchamos los términos “crisis de fe” o “duda”. Jamás sentí que esos términos describiesen realmente mi estado mental. “Duda” es especialmente problemática, ya que raramente se la describe o se la coloca en un contexto útil. Hablamos vagamente acerca de aquellos que dudan, pero todos dudamos de algo (si no, seríamos meramente ingenuos). Los líderes de la iglesia usan este término de modo nebuloso que quizás se refiere a aquellos que no están seguros de si la Iglesia o el Libro de Mormón son verdaderos o de si Joseph Smith estuvo todo el tiempo en lo correcto. Pero la palabra no está usualmente definida de un modo que ayude. Si uno va a hablar sobre dudas, más vale que sea muy específico sobre qué es exactamente lo que piensa que la gente está dudando, ya que no todas las dudas son iguales. Por ese motivo no me considero a mí mismo como “alguien que duda”. Por supuesto que tengo dudas, muchísimas. Pero jamás dudo sobre algo de lo que tengo la certeza que es verdadero. Es la noción de certeza lo que me resulta problemático.

Prefiero encuadrar las cosas en términos de creencia. Creo todo tipo de cosas. Y mis creencias no están grabadas en la piedra. Cuando aprendo algo nuevo – y lo hago constantemente – mis creencias inevitablemente cambian. He dicho en otras ocasiones que si uno cree las mismas cosas que creía el año anterior, entonces no ha aprendido nada nuevo durante ese período. La nueva información inevitablemente da forma a lo que creemos. En esencia, cuanto más aprendo, menos certezas tengo, pues veo mayores contextos, mayores posibilidades y conexiones. Me doy cuenta de que algo sobre lo que estaba seguro en cierto momento de mi vida no es tan simple o tan claro como había asumido. De modo que he aprendido a ser prudente, a pensar las cosas más profundamente. Eso no es duda. Yo lo veo como simplemente ser responsable con la información que recibo. Cuando, por ejemplo, me encuentro con dos doctrinas que parecen inconsistentes, necesito reconsiderar toda la información para decidir lo que creo, y esto, inevitablemente, resulta en una comprensión más matizada de lo que creo. El evangelio no es simplemente hermoso ni hermosamente simple para aquellos que lo toman con la suficiente seriedad como para cavar debajo de la superficie. Es más bien complicado.

Tomemos el nacimiento espiritual como ejemplo. Tal vez no hayan leído mi reciente artículo en Dialogue sobre “La Fuente de la Autoridad de Dios” (Dialogue: A Journal of Mormon Thought 49 Nº 3 (Otoño 2016), pags. 109-144). En la primera parte de ese artículo doy una visión general de cómo nuestra doctrina de la preexistencia ha cambiado y se ha desarrollado con el paso de los años. Después de considerar toda esa información, he decidido que lo que tiene más sentido para mí es lo que Joseph Smith enseñó en Nauvoo, no lo que enseñaba en Kirtland, o lo que la Iglesia terminó enseñando a principios del siglo XX. Joseph enseñó en Nauvoo que nuestros espíritus no pueden ser creados. Eso entra en conflicto directo con, por ejemplo, el libro de Moisés o lo que dice la Proclamación sobre la Familia, pero es lo que tiene más sentido para mí en este momento. De acuerdo a nuestro actual conocimiento, Joseph jamás enseñó sobre un nacimiento espiritual, al menos no en público. Por ésta y otras razones, prefiero la noción de que Dios nos encontró en nuestro estado espiritual y convino ser nuestro Padre, mediante adopción. Los números contribuyen a mi actual creencia. He estimado, de acuerdo a las presunciones mormonas, que Dios debe haber tenido entre 2.000 y 3.000 millones de hijos, sólo para poblar esta tierra (contando las huestes de Lucifer, ya sean un tercio o la tercera parte). Y esa es una estimación bastante conservadora. Los datos se encuentran en el apéndice de mi artículo. La cifra, por supuesto, es sólo para uno de los innumerables mundos de Dios. Tener esa cantidad de hijos mediante un proceso similar a la concepción, gestación y nacimiento mortal es, para ponerlo en términos sencillos, problemático, aún con una poligamia de orden galáctico.

De todas maneras, esto es lo que yo hago. Cuando me enfrento a doctrinas, creencias o hechos históricos que, de algún modo, no concuerdan, debo descubrir lo que tiene más sentido para mí. Y, a medida que obtengo más información, por supuesto mis creencias cambian. De modo que podría decirse que dudo, supongo, si con eso se quiere significar que pongo en duda algunas de las doctrinas oficiales de la Iglesia, o la noción de que los profetas jamás cometen errores o puedan enseñar cosas que no son exactamente verdad. Pero prefiero encuadrar esto como creencias en evolución y no como dudas. Simplemente estoy intentando comprender la verdad. Y jamás he tenido una “crisis de fe”. Ese término no parece funcionar para mí. No estoy experimentando una crisis. Lo que hago es muy metódico y paciente. No tengo apuro, no me voy a ningún lado (como alejarme de la Iglesia). Sólo quiero entender la verdad lo mejor que puedo. Y esto me pone a veces, como lo expresara Jerry Sloan, quien fuera entrenador de los Utah Jazz, en una encrucijada con la Iglesia.

Hace ya varios años, llegué a la conclusión de que no era mi responsabilidad defender a Joseph Smith o a la Iglesia en todo. Eso es lo que hacen los apologistas, y como lo declaró Patrick Mason, ha resultado en hallarnos defendiendo algunos puestos de avanzada abandonados con los que tenemos ya muy poco que ver. Tal actitud ha causado muchos problemas a la Iglesia. Así que descubro que mi responsabilidad es defender la verdad, cualquiera que ésta sea. Pero antes de defender algo vigorosamente, tengo que estar muy seguro de ello. La verdad no es algo fácil de conocer con algún grado de certeza. Hablaré sobre mis creencias y quizás hasta escriba artículos defendiendo mi punto de vista, pero no insistiré en que estoy en lo correcto. Es posible que esté equivocado, aunque en el artículo sobre “La Fuente de la Autoridad de Dios”, explico por qué no encuentro otra opción para mis conclusiones, dado lo que sabemos y asumimos hoy.

De modo que para aquellos que dudan o están atravesando supuestas crisis de fe, no se asusten de sus dudas. Tenemos todo el derecho de dudar sobre cosas que no tienen sentido para nosotros. Y quizás la crisis de fe no lo sea en absoluto, después de todo. Tal vez no sea más que un paso en el sendero de obtener mayor conocimiento – y mayor contexto, mayores matices, mayor profundidad, mayor conciencia de la complejidad inherente a la vida. A menudo un mayor conocimiento se traduce en menos certezas pero más humildad, menos comodidad pero una mayor curiosidad, menos lealtad rígida a pautas de pensamiento institucionales pero mayor libertad para creer”.

 

Traducción de Mario R. Montani

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“Fe y Dudas” por Terryl L. Givens

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Fe y Dudas

Terryl L. Givens

 

El profesor Givens ya es un conocido participante en este espacio. Quienes deseen saber más sobre él pueden leerlo aquí. Ex misionero y obispo, posee una cátedra de Literatura en la Universidad de Richmond, Virginia. Sus estudios han abarcado la literatura comparativa y la teoría literaria así como varios aspectos de la filosofía, teología, historia y cultura mormona.

El breve pero profundo artículo que presentamos a continuación apareció primeramente en el blog fairmormon.org (https://www.fairmormon.org/testimonies/scholars/terryl-l-givens) en Noviembre de 2010.

Terryl Givens

“Si es que tengo algún don espiritual, quizás sea una inmensa capacidad para la duda. He vivido largamente en la Diáspora Mormona, creciendo en la Lynchburg (Virginia) de Jerry Falwell (televangelista norteamericano creador de la Moral Majority y activista conservador en contra de los derechos gay). Mis más cercanos colegas han sido durante los últimos veinte años un devoto católico, un fiel judío, un estudiante de seminario convertido al budismo y un renacido miembro de la Iglesia Episcopal. Mi esposa, Fiona, era una católica no practicante, enamorada del templo y de todas las cosas hermosas, así como ferviente discípula del Dios que llora de Enoc. En otras palabras, he pasado mi vida en íntima asociación con devotos creyentes de una miríada de tradiciones religiosas; escucho mi propia profesión de fe a través de sus oídos, y examino mis presupuestos religiosos con un ojo puesto en los de ellos.

En el curso de mi peregrinaje espiritual, mi innata capacidad para la duda me condujo a la percepción de que la fe es una elección. Que el llamado a la fe es un compromiso a involucrar el corazón, a sintonizarlo para que resuene en simpatía con principios, valores e ideales los cuales esperamos devotamente que sean verdad, y de los cuales tenemos fundamentos razonables, pero no certeros, como para creer que son verdad. Estoy convencido de que debe haber espacio tanto para la duda como para la creencia, pues únicamente en esas condiciones de equilibrio y balance, igualmente ‘atraído por lo uno o lo otro’ (2 Nefi 2:16) estará el corazón verdaderamente libre para escoger la creencia o el cinismo, la fe o la duda. Bajo estas condiciones, lo que yo escojo abrazar, aquello a lo que decido ser receptivo, es el más puro reflejo de lo que soy y lo que amo. Elijo afirmar la veracidad del Evangelio Restaurado por cinco razones principales.

  1. Joseph Smith reveló al Dios a quien más irresistiblemente me atrae adorar.
  2. Dio la única explicación sobre el albedrío moral que puede justificar, en mi mente, los terribles costos de nuestra probación mortal.
  3. Proveyó una historia del origen y destino del alma que resuena con el atractivo y la verdad de la poesía cósmica.
  4. Los frutos del evangelio son reales y discernibles.
  5. La restauración es generosa en cuanto a lo que abarca.

Mis dos héroes literarios son el Ivan de Dostoievksy en Los Hermanos Karamazov y el Huck Finn de Mark Twain. Enfrentados al Dios de sus contemporáneos, prefieren la renuncia antes que inclinarse a la crueldad o la injusticia de un Dios omnipotente. Nunca podría adorar o reverenciar a un Dios que se espanta con celosa inseguridad porque “el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros”. No podría tener el deseo de emular la naturaleza divina de un soberano que no está dispuesto a salvar a todos los que está en su poder salvar. Y no podría amar a un Dios “sin cuerpo, ni partes, ni pasiones”, que no puede sentir amor, pena, gozo o alegría.

El Cristianismo nos ha dado el único Dios dispuesto a morir a favor de su creación, tal como me lo enseñó mi esposa. Joseph Smith agregó la concepción de un Dios que intenta nuestra total participación en “la naturaleza divina”, quien derramará sobre cada uno de sus hijos todo lo que “estén dispuestos a recibir”, y quien se hizo lo suficientemente vulnerable como para llorar frente a nuestro dolor y sufrimiento. Ese es el Dios que poderosamente me atrae y al que gustosamente adoro.

Declarar que sin independencia moral “no hay existencia” es convertir al albedrío en el constituyente esencial de nuestra identidad humana. A mi entender, esto significa que la intervención de Dios en nuestros destinos personales y colectivos está auto circunscripta por su reverencia a tal hecho. Y cualquier don que nos da que nosotros no hayamos escogido recibir significa la abrogación de ese albedrío. Esta es la única teodicea, o comienzo de una teoría sobre la salvación de la humanidad, que tiene sentido para mí.

Tengo la sensación, aunque no lo sepa con certeza, que la parte espiritual de mi ser posee un pasado eterno. Como paradigma explicativo, esta visión tiene un poder sorprendente. Provee una razón convincente para el sentido intuitivo del bien y el mal, el sonido familiar de una miriada de verdades, amistades que irrumpen de modo total, anhelo por un Dios que no hemos conocido en la mortalidad, y cientos de momentos de deja vu ante la presencia de lo Bueno, lo Hermoso, y lo Verdadero. Y no puedo siquiera comenzar a mensurar qué significa “llegar a ser como Dios”, aunque Enoc nos permitió vislumbrarlo. Significa amar con un costo infinito, tener un corazón que posea “la anchura de la eternidad” (Moisés 7:41) para poder llenarse tanto con gozo como con tristeza. Es una perspectiva seria más que entusiasta, pero sin embargo es una perspectiva que la peregrinación por la paternidad afirma y preanuncia.

El evangelio funciona. He visto su poder de transformar la vida. Puedo afirmar, como lo hizo Gerard Manley Hopkins, que “Cristo opera en diez mil lugares, con hermosos miembros y hermosos ojos, no suyos, a favor del Padre, a través de los rasgos de los hombres”. O conversos recientes y misioneros retornados, quienes en sus testimonios hablan inesperadamente “con la lengua de ángeles”, una simple elocuencia no proveniente de sus propios recursos. Palabras de despedida de un querido amigo al borde de la muerte, frente a quien el velo de pronto se torna delgado, a punto de transparentarse. Vidas redirigidas e imbuidas de repentina belleza, que pueden rivalizar con cualquier narración de Dickens o Hugo (cuyas historias de redención resuenan con su propio poder trascendente y familiar)

Finalmente, el evangelio restaurado es un evangelio de liberalidad y generosidad. Fue necesaria mi previamente católica esposa, Fiona, para enseñarme que la iglesia que Juan vio no desapareció, se retiró al desierto. Joseph Smith veía a la Restauración como la salida de esa iglesia del desierto, la restauración del “antiguo palacio” reducido a ruinas, el volver a reunir todo lo bueno y hermoso del mundo y de la tradición cristiana, que se había perdido o corrompido desde el Edén en adelante. La iglesia que amo tiene límites invisibles, y me recuerda lo que fue escrito por Spinoza en cuanto a que “rechazaba la ortodoxia de su época no porque creyese menos, sino porque creía más”. O, como lo escribió Joseph, “deseo la libertad de creer como me place, se siente tan bien el no tener trabas”.

Traducción de Mario R. Montani

Por qué la Iglesia es tan verdadera como el Evangelio – Eugene England

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Por Que La Iglesia es Tan Verdadera como el Evangelio

por Eugene England

El siguiente ensayo se ha convertido, con el paso de los años, en un verdadero clásico de la literatura de la Iglesia. La versión original fue presentada en el Simposio de Sunstone de 1985, en Salt Lake City, y publicada en la Revista Sunstone 10, de marzo de 1986. La presente traducción ha sido tomada de la edición del 25 Aniversario de Sunstone, en la que el artículo fue reimpreso con algunas anotaciones del autor, las que aparecen bajo el subtítulo de Catorce Años Después. La sensibilidad espiritual y amplitud de criterio de England han dejado una marca indeleble en mi vida. También un poco de vergüenza por el modo en que fue tratado en la Iglesia por muchos años… (Nota del traductor, Mario R. Montani)

“Cuando era un jovencito estaba convencido de que las reuniones más aburridas de la Iglesia, tal vez del mundo, eran las conferencias trimestrales de Estaca. En aquellos días, se llevaban a cabo cada tres meses e incluían por lo menos dos sesiones de dos horas cada una el día Domingo. El principal punto culminante para nosotros, los chicos, eran las canciones temblorosas literalmente ‘rendidas’ por las “Madres Cantoras” y el sobrio sostenimiento del Comité de Estaca contra el Licor y el Tabaco.

Pero una conferencia fue particularmente memorable. Yo tenía doce años y estaba sentado cerca del estrado pues mi padre iba a ser sostenido como miembro del sumo consejo en una estaca recién formada. Me había dado vuelta en mi asiento para molestar a mi hermana, quien se hallaba detrás de mí, cuando sentí algo, vagamente familiar, quemando el centro de mi corazón y huesos y casi físicamente haciéndome voltear para observar el rostro transfigurado del Apóstol Harold B. Lee, la autoridad visitante. Había interrumpido de golpe su sermón preparado y estaba dando una bendición apostólica a la nueva estaca. Y tomé conciencia, por una segunda y confirmadora ocasión en mi vida, de la presencia del Espíritu Santo y del testimonio especial de Jesucristo. ¿A cuántas aburridas conferencias de estaca asistiría para estar aunque fuese una sola vez en la presencia de tal gracia? A miles – todas las que hubiese. Esa perla no tiene precio. Y porque desde entonces he aprendido un poco mejor lo que buscar y hallar allí – no tanto revelación doctrinal sino la comprensión de y la experiencia con los miembros de la Iglesia – las conferencias ya no son aburridas. De modo que, uno de los más tempranos e importantes aspectos de mi fe no vino de alguna grandiosa percepción del evangelio sino a través de una experiencia que sólo pude haber tenido por estar cumpliendo mi responsabilidad en la Iglesia, aunque de modo inmaduro.

Sin embargo, un cliché que los mormones solemos repetir es que mientras el evangelio es verdadero, o aún perfecto, la Iglesia es, después de todo, un instrumento humano, atado a la historia, y por tanto comprensiblemente imperfecto – algo que debe soportarse por el bien del evangelio. No obstante, estoy convencido por experiencias como la de la conferencia de estaca y por mi mejor razonamiento posible que, de hecho, la Iglesia es tan “verdadera”, tan efectiva, tan buen instrumento de salvación como el sistema de doctrinas que llamamos evangelio – y que es así en buena parte por causa de los mismos errores, enojos humanos, y problemas históricos que ocasionalmente nos traen a todos cierta angustia. Estoy consciente de que, aquellos que utilizan el cliché del evangelio como algo más “verdadero” que la Iglesia, desean que el término evangelio signifique un sistema perfecto de mandamientos revelados basados en principios que, infaliblemente, expresan las leyes naturales del universo. Pero aún la revelación es, de hecho, meramente el mejor entendimiento que el Señor puede darnos de esas cosas. Y, como Dios mismo ha insistido claramente, esa comprensión está muy lejos de ser perfecta. Nos recuerda en la primera sección de Doctrina y Convenios:

“He aquí, soy Dios, y lo he declarado; estos mandamientos son míos, y se dieron a mis siervos en su debilidad, según su manera de hablar, para que alcanzasen entendimiento;  y para que cuando errasen, fuese manifestado”. (DyC 1:24-25)

Este es un inventario notablemente completo y aleccionador de los problemas involucrados al colocar el conocimiento de Dios del universo en lenguaje humano y que sea comprendido. Lo cual debería hacernos cuidadosos al reivindicar en exceso al “evangelio”, que no es la perfecta suma de las leyes naturales mismas – o el perfecto conocimiento que Dios posee sobre esas cosas – sino meramente la aproximación más cercana que mortales inspirados, pero limitados, pueden recibir.

Aún después que una revelación es recibida y expresada por un profeta, debe ser comprendida, enseñada, traducida a otras lenguas, y expresada en programas, manuales, sermones y ensayos – en otras palabras, interpretada. Y eso significa que al menos un nuevo conjunto de limitaciones de lenguaje y visiones del mundo ingresan en el tema. Siempre hallo desconcertante el que alguien pregunte a un maestro o discursante si lo que dice es el evangelio puro o su propia interpretación. Cada cosa que decimos es esencialmente una interpretación. Incluso la simple lectura de las escrituras a otros involucra la interpretación, al escoger tanto lo que leemos en una particular circunstancia así como el modo en que leemos (los tonos y énfasis). Más allá de ese punto, cualquier cosa que hagamos se convierte en menos y menos “autorizada” al adentrarnos en explicaciones y aplicaciones de las escrituras, es decir, cuando enseñamos “el evangelio”.

Sí, estoy consciente de que el Espíritu Santo puede otorgar impulsos de inteligencia pura al que expone y brindar testimonio de la verdad al que escucha. He experimentado ambos de estos dones amorosos y confirmantes. Pero tales dones, que garantizan en general que la Iglesia sea guiada del modo que el Señor intenta, y que provee guía a los individuos, a menudo de naturaleza notablemente clara, no elimina las individualidades y albedríos. No están libres de las limitaciones del lenguaje humano y de la percepción moral que el Señor describe en el pasaje citado más arriba, y, por lo tanto, no pueden imponer comprensión y aceptación universales.

Este problema está agravado por la fundamentalmente paradójica naturaleza del universo mismo y, por lo tanto, de las verdaderas leyes y principios que el evangelio utiliza para describir el universo. La ley de Lehi (“Es necesario que haya una oposición en todas las cosas” 2 Nefi 2:11) es quizás la más profunda y provocativa declaración de teología abstracta de las escrituras, pues supone la descripción de lo máximo y extremo en el universo – aún más allá de Dios. En contexto, sugiere claramente que la contradicción y oposición no es sólo el panorama normal de la experiencia humana, algo que Dios utiliza para sus propósitos redentores, sino que la oposición se halla en el propio centro de las cosas; es intrínseca a las dos realidades fundamentales – inteligencia y materia, lo que Lehi denomina “cosas para actuar o para que se actúe sobre ellas”. De acuerdo a Lehi, la oposición provee al universo con energía y significado, incluso hace posible la existencia de Dios y de todo lo demás: sin ella, “todo se habría desvanecido” (2 Nefi 2:13)

Todos conocemos por experiencia las consecuencias para la vida mortal de esta verdad fundamental y eterna sobre la realidad. A través de la historia, las ideas más importantes y productivas han sido paradójicas; las fuerzas energizantes en todo han sido el conflicto y la oposición; la base para el éxito en la economía, la política y otros desarrollos sociales han sido la competencia y el diálogo. Piensen en el sistema federal de cheques y balances y el sistema político bipartidista (que hace posible la democracia plural), o Romanticismo y Clasisismo, razón y emoción, libertad y orden, individuo y comunidad, hombres y mujeres (cuyas diferencias hacen posible la progenie eterna), justicia y misericordia (cuya oposición hace posible nuestra redención a través de la Expiación). La vida en el universo está llena de polaridades y se hace completa a través de ellas; luchamos contra ellas, nos quejamos de ellas, aún tratamos a veces de destruirlas con dogmatismo y auto proclamada rectitud, o nos refugiamos en la inocencia que es sólo ignorancia, un retorno al Jardín de Edén donde hay una engañosa comodidad y nitidez pero no hay salvación. William Blake, el poeta profético, enseñó que “sin contrarios no hay existencia”, y advirtió que “quien intente reconciliarlos [a los contrarios] busca destruir la existencia”. Sea lo que sea que eso signifique, eventualmente veremos “cara a cara”, ahora sólo vemos “por espejo, oscuramente” (1 Corintios 13:12) y más nos valdría haber hecho lo mejor posible de esa experiencia. De modo que, como lo conocemos en términos humanos, el “evangelio” no es – y quizás, dada la paradójica naturaleza del universo mismo, jamás podrá ser – un claro y simple conjunto de proposiciones inequívocas.

Allí es donde la Iglesia hace su entrada. Creo que es el mejor medio, además del matrimonio (al cual se parece mucho en este aspecto), de aferrarse constructivamente a las oposiciones de la existencia. Yo creo que cuanto mejor una iglesia u organización es en ayudar a tal aferrarse, más “verdadera” es. También creo que podemos llamar apropiadamente a la Iglesia S.U.D. “la verdadera Iglesia” sólo si queremos significar que es el método mejor organizado para hacer eso, y lo es y continúa siéndolo por revelaciones que han venido y continúan viniendo de Dios, sin importar cuán “oscuras”, por necesidad, se presenten.

Martin Lutero, con percepción profética, escribió, “El Matrimonio es la Escuela del Amor” – es decir, el matrimonio no es tanto el hogar o el resultado del amor como la escuela. Creo que cada buena iglesia es una escuela de amor y que la Iglesia SUD, para la mayoría de sus miembros, quizás todos, es la mejor, la “única iglesia verdadera y viviente” (DyC 1:30) – no sólo porque sus doctrinas enseñan y dan cuerpo a algunas de las grandes paradojas centrales sino, y más importante, porque la Iglesia provee el mejor contexto para luchar, trabajar, permanecer y ser redimido por esas paradojas y oposiciones que dan energía y sentido al universo. Muy poco antes de su muerte, Joseph Smith, también con percepción profética, escribió: “Al probar los contrarios, la verdad se hace manifiesta”. Por “probar” no quería decir sólo demostrar lógicamente, sino poner a prueba, luchar y resolver en la experiencia práctica. La Iglesia es tan verdadera – tan efectiva – como el evangelio pues nos involucra directamente en probar los contrarios, trabajando constructivamente con las oposiciones dentro de nosotros mismos y especialmente entre las personas, forcejeando con paradojas y polaridades al nivel de la experiencia que puede redimirnos. La Iglesia es verdadera pues es concreta, no teórica; con todas sus contradicciones y problemáticas, es al menos tan productora del bien como el evangelio.

¿Por qué las oposiciones en la Iglesia son productivas? Pues nos empujan hacia un nuevo tipo de ser. Consideremos por qué es así. En la vida de la verdadera Iglesia, hay constantes oportunidades para que todos sirvan, especialmente para aprender a servir a personas a las que, normalmente, no escogeríamos servir – o quizás ni siquiera asociarnos con ellos – y de ese modo tenemos oportunidades de aprender a amar incondicionalmente. Existe un constante estímulo, a veces cierta presión, a ser “activo”: a tener un “llamamiento” para lidiar con relaciones y administración, con las ideas y deseos de otros, con sus sentimientos y fallas; asistir a clases y reuniones y tener que escuchar las nociones de personas a veces prejuiciosas o mal informadas y poder brindar alguna respuesta constructiva; tener líderes y ocasionalmente ser lastimados por sus debilidades y ceguera, aún injusto dominio; y entonces llegar a ser un líder y darte cuenta que tu también, con todas las mejores intenciones, puedes ser débil, ciego e injusto. El involucrarnos en la Iglesia nos enseña compasión y paciencia al mismo tiempo que coraje y disciplina. Nos hace responsables por el bienestar personal y marital, físico y espiritual de personas a las que tal vez aún no amamos (o quizás nos disgustan de todo corazón) pero que de ese modo aprendemos a amar. Nos desafía y hace esforzar, aún con desilusiones y exasperaciones, de modos que jamás escogeríamos – y de esa forma nos da la oportunidad de ser mejores de lo que escogeríamos ser, pero que, finalmente, necesitamos y deseamos ser.

Michael Novak, el teólogo católico laico, ha señalado este mismo aspecto con relación al matrimonio. En un notable ensayo publicado en la edición de abril de 1976 de Harper’s, analizó la creciente inclinación de los intelectuales modernos a resistir, abandonar y aún atacar al matrimonio, explicando que la razón por la que la familia, tradicionalmente el baluarte de la seguridad económica y emocional, “ha caído en desgracia” es que muchos formadores de opinión modernos no están dispuestos a asumir el riesgo y sujetarse a las disciplinas que la escuela del matrimonio requiere. Pero luego señala cómo esos temores, aunque puedan estar justificados, les impiden alcanzar sus propias y más importantes necesidades. De modo similar, creo que aquellos que se resisten, abandonan y atacan a la Iglesia a menudo no llegan a darse cuenta, por una simple falta de perspectiva, de que va en contra de sus propios intereses. Al leer el siguiente pasaje de Novak, sustituyamos matrimonio por la Iglesia:

“El matrimonio [la Iglesia] constituye un ataque al atomizado y aislado ego. El matrimonio es una amenaza para el individuo solitario. El matrimonio ciertamente impone responsabilidades extenuantes, desconcertantes, promotoras de humildad y frustrantes. Sin embargo, si uno supone que precisamente tales cosas son las condiciones previas para toda verdadera liberación, el matrimonio no es el enemigo del desarrollo moral en los adultos. Todo lo contrario.

Estar casados y tener hijos [ser activos en la Iglesia] ha grabado en mi mente algunas lecciones, por cuyo aprendizaje no puedo más que estar agradecido. La mayoría son lecciones de dificultad y presión. Mucho de lo que me veo obligado a aprender sobre mí no es placentero… Mi dignidad como ser humano depende tal vez más del tipo de esposo y padre [miembro de la Iglesia] que soy que de cualquier trabajo profesional al que se me convoque. Mis ataduras a mi familia [mi Iglesia] me impiden (y más a mi esposa) muchos tipos de oportunidades. Y sin embargo no se sienten como ataduras. Son, y yo lo sé, mi liberación. Me fuerzan a ser un tipo diferente de ser humano, de un modo en el que deseo y necesito ser forzado”.

Testifico que la Iglesia puede hacer por nosotros esas mismas cosas frustrantes y productoras de humildad, pero finalmente liberadoras y redentoras – si aprendemos a verlas como Novak lo hace con el matrimonio, si podemos llegar a ver que sus ataques sobre nuestros egos solitarios, y los lazos de responsabilidad que gustosamente aceptamos, pueden empujarnos hacia nuevos tipos de ser de un modo que deseamos profundamente y al que necesitamos ser empujados.

Dos claves de este paradójico poder que tiene la Iglesia S.U.D. son, primero, que es, por revelación, una iglesia laica, y radicalmente laica – mucho más que cualquier otra – y, segundo, que organiza sus congregaciones geográficamente, en vez de por elección. Sé que hay excepciones, pero la experiencia básica de la mayoría de los mormones es que la Iglesia los coloca directa y constantemente en relaciones potencialmente poderosas con una variedad de personas y problemas en su congregación asignada que no son inicialmente de su propia elección pero que son profundamente redentoras en potencia, en parte justamente porque no son elegidas conscientemente.

Sí, las ordenanzas que se llevan a cabo en la Iglesia son importantes, como lo son sus textos de escrituras, sus exhortaciones morales y sus canales espirituales. Pero aún éstos, según mi experiencia, son potentes y redentores porque expresan profundas y vivificantes oposiciones y trabajan armoniosamente con esas oposiciones a través de la estructura de la Iglesia para otorgar verdad y significado a la vida religiosa de los Mormones.

Permítanme ilustrarlo: En uno de sus últimos mensajes, durante una sesión del sacerdocio del sábado por la noche, el Presidente de la Iglesia, David O. McKay, dio una especie de testimonio final que fue un poco sorprendente para muchos de nosotros, condicionados a la expectativa de que los profetas no tienen problemas en obtener manifestaciones divinas. Contó cómo había luchado en vano durante sus años de juventud para lograr que Dios “me declarara la verdad de sus revelaciones a Joseph Smith”. El oró “ferviente y sinceramente” en las colinas y en el hogar, pero tuvo que admitir “ninguna manifestación espiritual vino a mí”. Pero continuó buscando la verdad y sirviendo a otros en el contexto del mormonismo, incluso cumpliendo una misión en Gran Bretaña, principalmente por confianza en sus padres y en la bondad que había percibido en su propia experiencia en la Iglesia. Finalmente, como el propio Presidente McKay lo declara, “la manifestación espiritual por la que había orado siendo un jovencito vino como una consecuencia natural de cumplir mis obligaciones. Pues, como dijera el apóstol Juan, ‘El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta’ (Juan 7:17). A continuación de una serie de reuniones de la conferencia que se llevó a cabo en Glasgow, Escocia, tuvimos una notable reunión del sacerdocio. Recuerdo como si fuera ayer la intensidad de la inspiración que sentí en esa oportunidad. Todos los presentes percibimos la abundante efusión del Espíritu del Señor. Todos éramos uno de corazón y voluntad. Nunca había sentido yo una emoción así. Era una manifestación por la cual en mis días juveniles de dudas había orado a solas, fervientemente, en las colinas y en el campo… En el transcurso de la reunión, uno de los élderes se levantó y dijo: ‘Hermanos, hay ángeles en esta sala’. Aunque parezca extraño, sus palabras no nos sorprendieron; más bien, resultaron completamente lógicas, aun cuando a mí no se me había ocurrido pensar que hubiera allí seres divinos. Sólo me sentía embargado de inmensa gratitud por la presencia del Santo Espíritu”

He tenido muchas confirmaciones del testimonio profético del Presidente McKay en ese sermón. Mis más profundas manifestaciones espirituales, aquellas que han provisto las convicciones fundamentales sobre la realidad de Dios y Cristo y su divina obra, así como las más inquietantes e introspectivas luchas morales con los grandes temas humanos de integridad personal versus responsabilidad pública, libertad redentora versus estructuras redentoras – todas ellas han venido, como lo afirma el Presidente McKay “como una consecuencia natural de desarrollar las obligaciones” en la Iglesia.

Sé que Dios ha sido encontrado por gente poco común en lugares poco comunes – en una repentina visión en una arboleda, jardín o gruta, en una montaña o un armario, o por medio de un santo servicio a leprosos de Africa o los intocables de Calcuta. Pero para la mayoría de nosotros, la mayoría de las veces, estoy convencido de que puede ser encontrado seguramente “en la natural consecuencia de la acción” en las responsabilidades que todos nosotros (no sólo los poco comunes) podemos ejecutar en nuestros hogares, vecindades y la Iglesia, en su comunidad única, que, tanto impuesta como escogida, puede darnos la mejor enseñanza y poder para actuar.

EJEMPLOS PERSONALES

En nuestra respuesta a los otros, aunque sean Santos exasperantes, yace la salvación.

He obtenido un abrumador testimonio de la divinidad del Libro de Mormón, de tal modo que el Espíritu me moviliza, aún hasta las lágrimas, cuando lo leo, y lo he obtenido por enseñarlo en la iglesia. Estoy convencido de que ese libro provee la más exhaustiva Cristología – o doctrina de cómo Cristo nos libera del pecado – disponible para nosotros en la tierra, y que las evidencias internas de la divinidad del libro superan completamente a las evidencias y argumentos en contra, sin importar cuán alarmantes parezcan. Un domingo, durante el verano pasado, mientras intentaba ayudar a una joven que había intentado suicidarse varias veces, una de ellas recientemente, y quien se sentía inútil y desvalorizada, me sentí impulsado a leerle algunos pasajes del Libro de Mormón sobre la expiación de Cristo. Al leerle esos pasajes a la joven y testificarle de su poder y verdad en mis propios pecados y dudas, sus labios comenzar a temblar con nuevos sentimientos y se le formaron lágrimas de esperanza en lugar de las de angustia.

En momentos como ese, he podido, a través de mi llamamiento de obispo, aplicar la sangre expiatoria de Cristo, no en teoría sino en la verdad de la experiencia. También he conocido el ministerio de ángeles pues he cumplido con mi asistencia al templo y he estado en las dedicaciones de templos siempre que me fue posible. Y he descubierto que los mortales realmente tenemos el poder para bendecir nuestros bueyes y carros así como a la gente pues, como presidente de rama, fui empujado hasta los límites de mi fe por mi sentido de responsabilidad hacia mi rama.

Antes de ser presidente de rama, serví en el obispado del Barrio Stanford, a mediados de la década de 1960, y enseñaba religión a estudiantes brillantes en el Instituto. Al mismo tiempo realizaba estudios de posgrado en Literatura Inglesa e intentaba compatibilizar intelectualmente el escepticismo y relativismo moderno y los dilemas morales de los derechos civiles y los movimientos anti bélicos, así como las revoluciones educativas del momento. Tendía a ver la religión en términos de temas morales y filosóficos sobre los que la Iglesia se expedía o no. En 1970, acepté un puesto como Decano en asuntos académicos en San Olaf, una universidad luterana de artes liberales en la pequeña ciudad de Northfield, Minnesota, y, algunas semanas después de mi arribo, fui llamado como presidente de la pequeña rama mormona del lugar. De pronto ingresé a un mundo totalmente diferente, uno que me puso a prueba severamente y me enseñó muchísimo sobre lo que es la religión. En Stanford, la mayor parte de mi vida religiosa había tenido que ver con comprender y defender el evangelio – había sido idealista, abstracto y crítico. En Northfield, como presidente de rama de veinte familias dispersas en 120 kilómetros, las que iban desde duros inactivos nacidos en Utah con serios problemas matrimoniales hasta conversos de ojos brillantes sin trabajo o con padres ebrios que los golpeaban, de pronto me vi involucrado en una vida religiosa que era práctica, específica, que exigía sacrificios, exasperante – pero muy satisfactoria. Entonces vi, más claramente que antes, qué verdadera es la Iglesia como instrumento para enfrentar a diferentes tipos de personas con el proceso de la salvación, a pesar – o tal vez a causa – de su administración por medio de instrumentos imperfectos como yo.

Pienso en un joven de aquella rama quien se había convertido en un discapacitado social por una combinación de problemas mentales y familiares: no era capaz de articular palabra en un grupo o de organizar su propia vida de un modo productivo. A medida que le dimos responsabilidades crecientes en nuestra rama, apoyándolo con mucho amor y paciencia mientras se esforzaba para trabajar con otros y expresarse, lo vi crecer hasta transformarse en un buen líder y un confiable esposo y padre. Pienso en una mujer cuyo esposo había transformado su vida en un infierno por abusos debidos a la bebida pero que pacientemente se hizo cargo de él, trabajando toda la semana para mantener a su familia, y venía cada domingo a la iglesia en sus mejores galas, sencillas pero alegres, y con determinación libre de quejas. Ella encontraba allí, con nuestra ayuda, un poco de esperanza, algo de belleza e idealismo, y fortaleza no sólo para soportar sino para continuar amando lo que no era digno de amor. La Iglesia bendice a todos al ponernos en contacto a unos con otros.

Durante los cinco años que serví, hubo entre esos setenta o cien miembros, tal vez dos o tres a los que, normalmente, hubiese escogido como amigos – y con los que fácilmente hubiese podido compartir mis apasionadas e “importantes” preocupaciones y puntos de vista religiosos y políticos, los que tanto me habían movilizado en Stanford. Con una inspiración que iba más allá de mi pobre criterio, no inicié mi cargo como presidente de rama predicando sobre mis ideas o promoviendo mi cruzada personal. Intenté ver cuáles eran los problemas y preocupaciones inmediatos de mi rebaño y ser un buen pastor, uno que los alimentara y protegiera. Y una cosa sorprendente ocurrió, viajé cientos de kilómetros y pasé muchas horas – ayudando a una pareja que se había lastimado tanto que vivían en absoluto silencio a aprender a hablarse mutuamente otra vez; guiando a un estudiante a través de una etapa de abuso de drogas; enseñando a un militar autoritario a trabajar cooperativamente con sus consejeros en la presidencia del quórum de élderes; bendiciendo a un bebé terriblemente enfermo, con la ayuda de su padre, quien se hallaba débil en la fe y muy asustado; consolando, en un hospital a las cuatro de la mañana, a padres cuyo hijo había resultado muerto por el hermano conduciendo ebrio – y luego ayudando a ese hermano a perdonarse a sí mismo. Y después de seis meses, encontré que los miembros de mi rama, al principio, justificadamente suspicaces de un intelectual de California, habían sentido en sus huesos, por la experiencia directa, que mi fe y devoción hacia ellos eran “más fuertes que los lazos de la muerte”. Y entonces siguió el resultado prometido en Doctrina y Convenios 121: 44-46: fluyó hacia mi “sin ser compelido” el poder para hablar sobre cualquiera de mis preocupaciones y pasiones y que me tuvieran confianza y comprensión, aunque no estuviesen de acuerdo conmigo.

Ahora bien, todo esto puede sonar un poco egoísta, hasta obsesivo, acerca de la contribución de la Iglesia en mi propia madurez espiritual. Pero lo que me ocurría a mi también le ocurría a otros. Una joven pareja que había estado viviendo en España, inmediatamente después de la conversión de la esposa, vino a la rama. Sus experiencias en la Iglesia, especialmente la de ella, había sido esencialmente orientada hacia el evangelio, sentida profundamente, idealista pero abstracta, sin incluir demasiado servicio a otros. Ella era una mujer digna y emocionalmente reservada, brillante, creativa y crítica – por lo tanto temerosa de situaciones que se descontrolaran o de exponerse emocionalmente. El esposo era meticuloso, intimidante y en cierto modo distante. Los llamé – a pesar de su resistencia – a posiciones de creciente responsabilidad y directa relación con la gente del barrio, y pude verlos, con algo de dolor y lágrimas, desarrollarse en personas muy abiertas, empáticas y vulnerables, capaces de comprender, servir, aprender de otros, y ser dignos de la confianza de individuos muy diferentes de ellos mismos. Los vi aprender que los riesgos, situaciones exasperantes, problemas, sacrificios y desilusiones que caracterizan el involucrarse en una religión laica como el mormonismo – y que son particularmente difíciles de soportar para un liberal idealista – son una fuente importante del poder de la Iglesia para enseñarnos a amar. Ahora ellos enseñan a otros lo que han aprendido.

Esta lección – que los “problemas” que caracterizan a la Iglesia son unas de sus fortalezas – me fue confirmada continuamente al servir como Obispo de un barrio de jóvenes casados en BYU.

Las dos bendiciones más directas, milagrosas y totalmente redentoras que el Señor nos dio cuando el barrio se organizó, fueron tener como miembros a un niño espástico cuadripléjico en una familia y a padres seriamente discapacitados en otra. Había conocido a la madre del niño minusválido por cerca de un año. Después de que hube hablado en su reunión sacramental sobre la Expiación, ella me contactó en busca de consuelo y ayuda con su enojo, su culpa y la pérdida de fe mientras intentaba comprender la falla en la asistencia del hospital que había hecho que uno de sus mellizos se convirtiera en una desesperada carga física, emocional y financiera, la que había terminado con la educación de su esposo y su futura profesión, probado severamente su matrimonio y fe a medida que las bendiciones del sacerdocio parecían no dar resultado, y la habían dejado al borde de una crisis nerviosa y apostasía personal.

Ahora bien, mientras oraba por guía para organizar el nuevo barrio, sentí como nunca antes esos “impulsos de inteligencia” que describió Joseph Smith, diciendo que yo debía, contra todo sentido común, llamarla como presidenta de la Sociedad de Socorro. Lo hice, y, aunque había estado a punto de mudarse, aceptó. Ella se transformó en la principal fuente de un espíritu único de comunicación honesta y un sentido genuino de comunidad que se desarrolló en nuestro barrio. Visitó a todas las familias y compartió sin reservas sus sentimientos, luchas, éxitos y necesidades. Junto a su esposo, habló abiertamente en nuestras reuniones sobre los problemas de su hijo y los suyos propios, pidió ayuda y la aceptó, y mientras tanto cumplió con sus obligaciones y perseveró. Todos aprendimos de ellos cómo ser más abiertos, vulnerables, gentiles, persistentes,  a darnos todo tipo de ayuda y no juzgar.

Conocí a la pareja discapacitada mientras deambulaba por los salones de nuestro centro de reuniones un primer domingo. No buscaban nuestro barrio; de hecho, vivían fuera de nuestros límites, pero estoy seguro de que el Señor los envió. Requirieron un inmenso consumo de los recursos de nuestro barrio – tiempo, ayuda del plan de bienestar, paciencia, tolerancia – a medida que trabajábamos para que tuviesen un trabajo, una casa decente, sacarlos de sus deudas, darles la capacidad de cuidar a su brillante y energético hijo, y lograr que obstruyesen menos en las reuniones y fuesen menos ofensivos socialmente. Y aprendí dos lecciones. Primero, la estructura y recursos de la Iglesia (diseñados para esfuerzos voluntarios, cooperativos pero disciplinados, con metas a largo plazo, esencialmente espirituales) habían sido ideales para crear el sistema de apoyo necesario para ellos, logrando mantener a la familia junta y bendiciéndola con un progreso mayor. Segundo, las bendiciones que les llegaron a ellos y al barrio fueron recibidas en la medida que expandimos nuestras ideas de lo que era una “conducta aceptable” y especialmente nuestras capacidades de amar, servir y aprender de personas que, de otro modo, jamás hubiésemos conocido. Una hermana me llamó para informarme sobre sus esfuerzos al tratar de incrementar las habilidades de la mujer como madre y ama de casa, confesándome su resentimiento y exasperación iniciales, para contarme luego, con lágrimas, cuánto se había suavizado su corazón y su orgullo a medida que aprendió a aprender de esa otra hermana tan diferente de ella misma.

Creo que estos son ejemplos de lo que Pablo hablaba en 1 Corintios 12, el gran capítulo sobre los dones espirituales, en el que enseña que todas las partes del cuerpo de Cristo, la Iglesia, son necesarias por sus dones individuales – y de hecho, que aquellos “menos honorables” y “menos decorosos” son más necesitados y con mayor necesidad de atención y honor, pues el mundo automáticamente honrará y usará a los otros. Es en la Iglesia, especialmente, que aquellos con el don de la vulnerabilidad, del dolor, discapacidad, necesidad, ignorancia, arrogancia intelectual, aún prejuicio y pecado – aquellos que Pablo llama “los que parecen ser más débiles” – pueden ser aceptados, aprender de ellos, ayudados y hechos parte del cuerpo para que todos juntos podamos ser bendecidos. Es allí que aquellos de nosotros más “decorosos” y con los dones de riqueza e inteligencia honrados por el mundo podemos aprender lo que más necesitamos – servir y amar y pacientemente aprender de aquellos con otros dones.

Pero eso es algo muy difícil de hacer para los “ricos” y “sabios”. Y ese es el motivo por el cual aquellos que poseen alguno de estos dones peligrosos tienden a no comprender y a veces menospreciar a la Iglesia – la cual, después de todo, está hecha de miembros promedio comunes y sucios, de clase media, de cultura media, políticamente poco sofisticados, aún con prejuicios. ¡Y todos sabemos qué exasperantes pueden ser! Estoy convencido de que en la exasperación yace nuestra posibilidad de salvación, si permitimos que el contexto que nos agrupa – la Iglesia – sea también nuestra escuela para aprender a amar incondicionalmente. Pero eso requiere un cambio de perspectiva, uno que a continuación resumiré.

VERDADES, AUTENTICIDAD, EXPERIENCIA.

Las ordenanzas son “obras muertas” a menos que expresen tanto nuestra integridad como nuestra solidaridad con otros.

La Iglesia es tan verdadera – quizás más que – el evangelio, pues es donde podemos hallar oposición fructífera, donde su naturaleza revelada y dirección inspirada mantienen una oposición entre los valores conservadores y liberales, entre fe y duda, autoridad segura y amedrentadora libertad, integridad individual y responsabilidad pública, y, por lo tanto, donde habrá miseria tanto como santidad, mal tanto como bien. Y si no podemos soportar la miseria y la lucha, si prefiriésemos que la Iglesia fuese suave y perfecta y poco desafiante en vez de como es – plena de molesta diversidad humana e insistencia constante de que llevemos a cabo ordenanzas y obedezcamos instrucciones y que tomemos en serio enseñanzas que encierran paradojas no resueltas por la lógica – si nos rehusamos a perdernos a nosotros mismos de todo corazón en esa escuela, entonces jamás conoceremos la verdad redentora de la Iglesia. Es precisamente en la lucha por ser obedientes mientras conservamos nuestra integridad, tener fe mientras somos fieles a la razón y a la evidencia, servir y amar aún frente a imperfecciones o aún ofensas, que podremos ganar la humildad que necesitamos para permitir que el poder divino entre en nuestras vidas de modo transformador. Quizás la paradoja más sorprendente de la Iglesia es que literalmente pone en contacto lo divino y lo humano a través del servicio del sacerdocio, las ordenanzas, los dones del espíritu – de formas concretas que ningún sistema abstracto de ideas, aún el evangelio, jamás podría hacer.

Mi propósito hasta aquí no ha sido ignorar los problemas reales de la Iglesia o el poder de las verdades del evangelio. Como he tratado de indicar permanentemente, la paradójica fortaleza de la Iglesia deriva de las veraces paradojas del evangelio que cobija, contrarios con los que necesitamos batallar más profundamente en la Iglesia. Y no debemos simplemente aceptar las luchas e irritaciones de la Iglesia como redentoras sino tratar genuinamente de hallar soluciones, cuando es posible, y reducir esas irritaciones (De hecho, es sólo cuando lidiamos con los problemas, no como ejercicios intelectuales sino como problemas reales que necesitan solución, que demuestran ser redentores)

Junto a la sensibilidad hacia los problemas, también creo que debemos tener un mayor respeto por la verdad de la acción, de la experiencia, a la que la Iglesia nos expone de manera única, y responder con coraje y creatividad – ser activos, críticos, fieles, creyentes, dudosos, luchadores, unificados miembros del cuerpo de Cristo. Para hacerlo, debemos aceptar a la Iglesia como verdadera en dos importantes sentidos. Primero es la depositaria de verdades redentoras y de la autoridad para llevar a cabo ordenanzas salvadoras. Aunque esas verdades son difíciles de precisar como simples proposiciones, tomadas en conjunto, crean el deseo de servir que hace posible el adiestramiento redentor que he descripto. El concepto mormón de un Dios no absoluto, que progresa, por ejemplo, aunque no se pueda reducir a un credo o siquiera a una teología sistemática, es el más razonable, emocionalmente satisfactorio pero desafiante, que jamás se haya revelado o concebido. Y aunque tal concepto no es universalmente comprendido del mismo modo, sigue siendo verdadero, como un pensativo amigo me lo declaró, “la idea del progreso eterno está tan arraigada en nuestra experiencia en la Iglesia que ninguna declaración o conjunto de declaraciones puede desarraigarla” – y eso, por supuesto, apoya mi punto principal sobre la verdad primaria de la Iglesia. Además, el poder de las ordenanzas, aunque verdaderas en su forma y divinamente autorizadas, está limitado a la calidad de nuestra preparación y participación. Como el bautismo de infantes, ser ordenado, participar del sacramento, y recibir nuestras investiduras, puede ser meramente lo que Moroni denomina “obras muertas”, una ofensa a Dios y sin valor, a menos que sean la genuina expresión de nuestra solidaridad con otros, vivos y muertos, y una sincera respuesta a la comunidad de los Santos que es la Iglesia.

Pero un solo tema no puede cubrir todo, y he estado enfatizando cómo la Iglesia es verdadera de un segundo modo muy olvidado. Además de ser la depositaria de principios verdaderos y autoridad, la Iglesia es el instrumento provisto por un Dios amoroso para ayudarnos a ser como El. Provee el adiestramiento y las experiencias entre unos y otros que pueden llegar a unirnos en una comunidad honesta y amorosa, la cual es el lugar de nutrición esencial para la salvación. Si no podemos aceptar a la Iglesia y los desafíos que ofrece con la apertura, el coraje y la humildad que requieren, entonces creo que nuestros estudios históricos y nuestros emprendimientos teológicos son básicamente una pérdida de tiempo y posiblemente destructivos. No podemos comprender el significado de la historia del Mormonismo o juzgar la verdad del evangelio restaurado de Cristo a menos que apreciemos – y obremos en – la verdad de la Iglesia.

CATORCE AÑOS DESPUES

La Iglesia no ha sido restaurada para validar nuestros prejuicios sino para proveer oportunidades de arrepentirnos y perdonar. 

En los últimos catorce años, desde que este ensayo fue presentado en el Simposio de Sunstone y luego publicado en la revista Sunstone y republicado con el título “Why the Church is as True as the Gospel” (Bookcraft, 1986, reimpresión Tabernacle Books, 1999), he pensado a menudo en él. En ocasiones, cuando la gente me decía que ese ensayo los mantuvo activos y relativamente cuerdos, en medio de las muchas irritaciones de la actividad y servicio en la Iglesia, pero mayormente he pensado en él como una ayuda en mi propio viaje. Alguien me dijo recientemente que el ensayo le había arrojado “un chaleco salvavidas espiritual” en una coyuntura crucial de su vida; sus ideas también han sido mi propio barco de rescate.

Una de las primeras veces que pensé en él fue cuando mi vecino Ray Andrus me pidió servir a su lado en el obispado del barrio. Ray era muy diferente a mí, un conservador de la escuela de negocios de BYU, quien probablemente pensaba por entonces que yo era un intelectual liberal y poco práctico – y yo estaba seguro de que él era un chauvinista anti intelectual. Debe haber requerido un ángel con la espada desenvainada para convencerlo de que me llamara, pero lo hizo. Habiendo hecho público mi ensayo con mi convicción de que el servicio laico con personas extrañas era el corazón de la Restauración, no podía rechazarlo – a pesar de la fuerte tentación. En esos llamamientos, oramos juntos, lloramos juntos por las tragedias y errores de los miembros del barrio, bendijimos a los enfermos y consolamos a los moribundos, y aprendí a amarlo como a muy pocas personas. Pensé en mi ensayo cuatro años más tarde, alrededor de un año después de que ese obispado fuese relevado y yo había sido llamado como maestro de Doctrina del Evangelio, y un temeroso y conservador miembro del barrio se quejó con el obispo (lo supe más tarde) sobre mi interpretación liberal del Antiguo Testamento. Fui simplemente pateado escaleras arriba a enseñar el curso trimestral de Desarrollo del Maestro (una variación irónica del “si no puedes enseñar, enseña a otros cómo hacerlo”). Estuve dolorido, quizás hasta un poco vengativo, cuando me enteré de lo que realmente había ocurrido, pero recordé mis atrevidas palabras acerca de ir a la Iglesia como un siervo y no como un consumidor, y trabajé aún más duro en mi nuevo llamamiento. Entonces vino otro llamamiento – maestro de la clase de Historia Familiar – y tres o cuatro veces en el año, entre las clases de Desarrollo del Maestro, repetí un agotador curso de siete semanas, lleno de tareas para el hogar, que desarrollé para “escribir su historia personal”. A medida que leía y hacía sugerencias sobre los intentos, a menudo tiernos manuscritos que casi todo el barrio tenía que escribir sobre “la más positiva y la más negativa experiencia de su vida” (Asignación Nº 1), y estimulaba sus esfuerzos continuos por mantener honestidad y profundidad de sentimientos en sus historias y diarios personales, aprendí a amarlos de nuevo – y ellos aprendieron a conocer mi corazón y a confiar en mí.

Nosotros debemos recordarnos constantemente a nosotros mismos que la Iglesia no es un lugar para ir por comodidad, para validar nuestros propios prejuicios, sino un lugar para reconfortar a otros, o aún para ser afligidos por esos otros.

Pensé en “Por qué la Iglesia es tan importante como el Evangelio” hace un año, cuando un nuevo obispo, Dean Barnett, me llamó para enseñar Doctrina del Evangelio nuevamente y me dio una bendición especial para que pudiera “relacionarme con mi clase tanto emocional como intelectualmente”. La bendición se ha cumplido. Los miembros del barrio, recordando la confianza que obtuvieron cuando serví en el obispado y como maestro de las historias personales, y encontrando ese amor confirmado en mi dedicación al evangelio de Cristo y a ellos mismos, han permitido que la clase se transforme en un maravilloso foro de diversidad de ideas y unidad de sentimientos.

Aún he logrado éxito en deconstruir los términos “conservador” y (especialmente) “liberal”, los que han sido convertidos por las guerras culturas de palabras neutrales que describen diferentes acercamientos a la política, la cultura y la teología, en epítetos desdeñosos, casi violentos, tanto en los Estados Unidos como en la Iglesia. Después de escuchar “liberal” aplicado de ese modo a mí, en nuestro barrio, anuncié un domingo que en dos semanas, saldría del placar. Los estimulé a venir, con amigos, para descubrir si yo era conservador o liberal. El lugar estaba llenísimo, y simplemente les conté la historia de mi vida, desde tempranas experiencias espirituales que me convencieron de que Jesús vive, desea generosidad incondicional de todos nosotros, y ha señalado a sus apóstoles para conducir su Iglesia, hasta mi confianza para examinar cualquier duda o asunto y mi desarrollo como activista a favor de los derechos civiles y en contra de la guerra en los ’60, y mi experiencia de bendecir a mi Chevrolet y a mi padre, y servir como presidente de rama y obispo – y como su hermano en el barrio. Entonces les pregunté a ellos qué era yo. Después de discutir por un rato si era conservador o liberal, o ambos, aceptaron la sugerencia de uno de los mayores alborotadores verbales y conservador de mi clase – de que yo era realmente un “radical del medio”. Luego apliqué la discusión a nuestra lección, dándoles cuatro interpretaciones de la historia de Abraham e Isaac: ultra-conservadora, conservadora, liberal y ultra-liberal. Analizaron los puntos de vista conservadores y liberales como defendibles y valorables así como limitados, reconociendo diferentes visiones, y entendieron que esos eran términos descriptivos y no normativos. Desde entonces, con algunas pocas excepciones, hemos usado los términos de ese modo en mi clase.

También recordé mi ensayo cuando alguien, en la conferencia anual de Affirmation: Gays y Lesbianas Mormones, en septiembre de 1998, me contó, llorando, de sus luchas y aplastantes choques por ser mormones activos – rechazados tanto por la comunidad gay, que estereotipa a la Iglesia como homofóbica, y por sus propios líderes y miembros de los barrios, quienes estereotipan a todos los gays como inmorales, o aún diabólicos. El mensaje de “Por qué la Iglesia es tan verdadera como el Evangelio” ciertamente se aplica a las minorías en la Iglesia, cuyos esfuerzos para pertenecer y servir se les hacen más exasperantes por la hostilidad, incomodidad y condescendencia sentimental de la mayoría. Pero el principal mensaje del ensayo está dirigido a esa mayoría, la que establece el tono cultural en la Iglesia. Nosotros somos los que debemos recordarnos constantemente que la Iglesia no es un lugar para ir por comodidad, para ver validados nuestros propios prejuicios, sino un lugar para reconfortar a otros, quizás hasta ser afligidos por ellos. Es una oportunidad efectiva y revelada para dar – para aprender y experimentar el significado de la Expiación y su poder para cambiarnos a través del amor incondicional. Es un lugar donde tenemos muchas ocasiones de arrepentirnos y perdonar – si, por una vez, podemos enfocarnos en nuestras fallas y las necesidades de otros para crecer por intermedio de sus y nuestros imperfectos esfuerzos.

El Cosmos de nuestro Creador – Neal A. Maxwell

Discursos Olvidados

El Cosmos de Nuestro Creador

Neal A. Maxwell

Neal A. Maxwell era hijo de conversos a la Iglesia. Sirvió en la Segunda Guerra Mundial, cumplió una misión y ocupó distintos cargos eclesiásticos hasta llegar a ser un integrante del Quorum de los Doce Apóstoles. Fue profesor de Ciencias Políticas y obtuvo varios Doctorados a lo largo de su vida. Poseía un rico vocabulario y un estilo poético que apelaba tanto al espíritu como al intelecto. Escribió más de 30 libros. Personalmente, aún extraño sus mensajes en las Conferencias Generales. El Elder Maxwell falleció en Julio de 2004, después de varios años de lucha contra la leucemia. En sus funerales, Gordon B. Hinckely, declaró: “No conocí ningún otro hombre que hablara de una manera tan interesante y distinta. Era un perfeccionista decidido a exigir de cada frase imágenes vivas que vivificaban el Evangelio. Cada discurso fue una obra maestra, cada libro, una obra de arte. Creo que no volveremos a ver otro como él”.

El siguiente discurso fue pronunciado el 13 de agosto de 2002 en la Universidad de Brigham Young, como parte de la Conferencia Anual Nº 22 de educadores religiosos del Sistema Educativo de la Iglesia.


La educación religiosa de nuestros jóvenes y jóvenes adultos, en nuestros seminarios e institutos de religión, nuestras escuelas, escuelas superiores y universidades de la Iglesia, es uno de los programas más eficaces y productivos de la Iglesia
Aunque el deber de ustedes es servir a la “nuevas generaciones”, confío en que su deber se haya convertido en su placer. Gracias, ¡desde lo más profundo de mi corazón! Y gracias también al hermano Randy McMurdie, que ayudó tanto con los arreglos de las ayudas visuales especiales.
Quiero agradecerle al Profesor Eric G. Hintz de la Universidad Brigham Young, astrónomo observacional, por sus sugerencias tan útiles y sustanciales en cuanto a estos comentarios. Por medio de él, he tenido el placer de tomar conocimiento del creciente número de alumnos Santos de los Últimos Días que están estudiando astronomía y astrofísica avanzadas. Para ellos y para todos nosotros, estas palabras de Anselmo constituyen un buen consejo: “Creer a fin de entender”, en lugar de “Entender a fin de creer”. Yo, y sólo yo, soy responsable de lo que digo. Mi tema es “El Cosmos de nuestro Creador”.

El difunto Carl Sagan, quien impartió conocimientos eficazmente sobre la ciencia y el universo, perceptiblemente observó que en algunos aspectos, el asombro provocado por la ciencia ha superado con creces al de la religión. “¿Cómo es que casi ninguna de las principales religiones ha contemplado a la ciencia y llegado a la siguiente conclusión, ‘¡Esto es mejor de lo que pensamos! El Universo es mucho más grande de lo que dijeron nuestros profetas—más grandioso, más sutil, más refinado. Dios debe ser incluso más grande de lo que hemos soñado’? En cambio, dicen, “¡No, no, no! Mi Dios es un Dios pequeño, y quiero que permanezca así”. Una religión, antigua o nueva, que resaltara la magnificencia del Universo según lo revela la ciencia moderna, podría extraer reservas de reverencia y asombro apenas explotadas por las religiones convencionales. Tarde o temprano, surgirá tal religión”.
A los Santos de los Últimos Días ciertamente no nos debe faltar reverencia y asombro, especialmente cuando contemplamos el universo en el contexto de las verdades divinamente reveladas. Sí, el cosmos “según lo revela la ciencia moderna” es “refinado”, como escribió Sagan. Pero el universo también late con un propósito divino, de manera que nuestro asombro es mayor, brindando aun mayores motivos de reverencial asombro respecto a “la magnificencia del universo”!
Claro está que la Iglesia no se alinea con los astrofísicos del 2002, ni tampoco aprueba ninguna teoría científica particular acerca de la creación el universo.
Al llevar a cabo su importante labor, los astrofísicos usan el método científico y no buscan respuestas espirituales. Algunos científicos comparten nuestra creencia en explicaciones religiosas acerca de estas vastas creaciones, pero algunos ven nuestro universo como un universo sin creador. Privados de la creencia en un significado cósmico, algunos, como los describe un escritor, ven a los humanos como seres  “desgarrados y lloriqueando en pos de un universo extraño”.
¡Las Escrituras nos dicen rotundamente lo contrario!

No obstante, ¿nos estimulan lo suficiente las arrolladoras palabras de las escrituras con las que hemos sido bendecidos? ¿Nos estamos convirtiendo gradual y constantemente en la “clase de gente” que refleja tales elevadas doctrinas con nuestra aumentada santificación espiritual? Hermanos y hermanas, se nos están regalando los secretos espirituales del universo, pero, ¿estamos escuchando?
En la vida diaria como discípulos, se nos instruye: “levantad las manos caídas” (Hebreos 12:12). ¿Por qué no esforzarse también en “levantar” las a veces pasivas y limitadas mentes que también están “caídas”, ajenas al asombroso panorama del todo?
Dado todo lo que Dios ha hecho para preparar un lugar para nosotros en el vasto universo, ¿no podríamos desarrollar y mostrar mayor fe? En las perplejidades y complicaciones de la vida, ¿tendremos fe en que el Creador haya “proveído todo lo necesario” para llevar a cabo  Sus propósitos?
Hace años, el presidente J. Reuben Clark, hijo hizo esté reconfortante comentario: “Nuestro Señor no es un novato, Él no es un aficionado; Él ha estado en esta vía una y otra y otra vez.”

Hermanos y hermanas, ¿no ha descrito el Señor Sus vías como “un giro eterno”? (D. y C. 35:1; 1 Nefi 10:19; Alma 7:20; D. y C. 3:2).
Un mayor aprecio por el gran universo nos ayudará también a vivir una vida más recta en nuestros propios y pequeños universos de la vida cotidiana. Asimismo, un mejor entendimiento del gobierno de Dios de las vastas galaxias puede conducirnos a un mejor auto gobierno.
Ahora pasemos a una mezcla de escrituras, ilustraciones y comentarios científicos.
Consideren esta foto de nuestra hermosa tierra con nuestra luna en primer plano:


Reflexionen sobre cuánto tiempo le costó al hombre llegar a la luna, ¡y sin embargo ella se encuentra en nuestro propio patio trasero!
Los recursos tan necesarios para mantener la vida humana se proporcionan muy generosamente en este particular planeta; a menos que sean mal administrados, se nos dice que hay “suficiente y de sobra” (D. y C. 104:17). Sin embargo, con todo lo grande que es esta tierra—y todos los viajeros podemos atestiguar de ello—Stephen W. Hawking nos ha proporcionado una perspectiva aleccionadora: “[Nuestra] tierra es un planeta de tamaño medio, orbitando alrededor de una estrella normal en las afueras de una galaxia espiral común y corriente, la cual de por sí es una de un millón de millones de galaxias en el universo observable”.
Un científico que no cree en el designio divino, no obstante notó que “al contemplar el universo e identificar los muchos accidentes. . . que han obrado para nuestro beneficio, parece casi como que el universo de alguna manera sabía que veníamos”.
Las condiciones en esta tierra aparentemente son más favorables que en cualquier otro sistema solar.
Si, por ejemplo, el planeta tierra estuviera más cerca del sol, nos quemaríamos, y si estuviera más lejos, nos congelaríamos.
Ahora fíjense en la flecha, que señala aproximadamente donde está situado nuestro sistema solar en medio de la increíble extensión de nuestra propia galaxia, La Vía Láctea.

En esta imagen, aunque nuestro sistema solar se extiende millones de millones de millas, ¡es demasiado pequeño como para poder verlo! ¡Oh, el asombroso alcance de todo!

En una noche despejada, ustedes y yo podemos ver algunas partes de la Vía Láctea, pero ¿y si el hecho de ver las estrellas sucediera sólo una vez cada mil años? Ralph Waldo Emerson escribió de cómo entonces “los hombres creerían y adorarían; y conservarían por muchas generaciones el recuerdo de la ciudad de Dios que se les había mostrado”.

Con razón las escrituras nos indican lo amplio y variado que es el testimonio de Dios para nosotros: “Y he aquí… se han creado y hecho todas las cosas para que den testimonio de [Dios];… cosas que hay arriba en los cielos, cosas que están sobre la tierra… todas las cosas testifican de [Dios]” (Moisés 6:63).

Ahora, contemplen lo que constituye tan sólo una sección dentro de nuestra vasta galaxia, la Vía Láctea:

¿No es asombroso? ¡Especialmente cuando nos damos cuenta que las distancias entre esos puntitos brillantes son tan grandes!
Sea cual sea el cómo del proceso de creación de Dios, se plantean cosas espiritualmente reconfortantes acerca del principio—“más allá del más allá”, de hace tanto tiempo. “Y estaba entre ellos uno que era semejante a Dios, y dijo a los que se hallaban con él: “Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos puedan morar. . . Y descendieron en el principio, y ellos . . . organizaron y formaron los cielos y la tierra” (Abraham 3:24; 4:1; cursiva agregada).

Notablemente, según algunos científicos, “Nuestra galaxia, la Vía Láctea, está situada en uno de los espacios relativamente vacíos entre las Grandes Murallas”.
Hay espacio allí.
A medida que los científicos continúan explorando más allá de nuestra galaxia con el telescopio espacial Hubble, descubren cosas asombrosas como la “Nebulosa Keyhole” con sus propias estrellas.


El telescopio Hubble nos ha mostrado muchísimo más; y, utilizando una de las palabras favoritas de sus estudiantes, ¡es impresionante!

La siguiente imagen es de una región de estrellas en formación que tiene que ver con material no organizado.


“Y así como dejará de existir una tierra con sus cielos, así aparecerá otra” (Moisés 1:38).
Ahora vemos una imagen de “los restos” después de morir una estrella.

“Porque he aquí, hay muchos mundos que por la palabra de mi poder han dejado de ser” (Moisés 1:35).

En la letra del himno “Grande Eres Tu”, sobre el universo y la Expiación, cantamos que “desde el cielo al Salvador envió”.
Fuera cual fuera la manera en que Dios inició el proceso, aparentemente hubo supervisión divina: “Y los Dioses vigilaron aquellas cosas que habían ordenado hasta que obedecieron” (Abraham 4:18).
De una manera significativa, nosotros aquí en la tierra no estamos solos en el universo. En Doctrina y Convenios, que será el enfoque de su estudio en este año escolar, leemos “que por [Cristo], por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:24; Moisés 1:35).
No sabemos dónde están o cuántos otros planetas habitados existen, aunque parece que estamos solos en nuestro propio sistema solar.
En cuanto al papel continuo del Señor entre Sus muchas creaciones, se ha revelado muy poco. Hay indicios, sin embargo, de reinos y habitantes.
“Por consiguiente, compararé todos estos reinos y sus habitantes a esta parábola, cada reino en su hora y en su tiempo y su sazón, de acuerdo con el decreto que Dios ha establecido” (D. y C. 88:61).
El Señor incluso nos invita a que “[meditemos] en [nuestro] corazón” esa particular parábola (v. 62). Tal meditación no significa hacer conjeturas inútiles, sino más bien la expectativa paciente y mansa de revelaciones adicionales. Además, Dios dio sólo información parcial —“no todas”—a Moisés, con “sólo… un relato de esta tierra y sus habitantes” (Moisés 1:4, 35), pero Moisés aún aprendió cosas que “nunca [se] había imaginado” (v. 10). No obstante, ¡no adoramos a un Dios de sólo un planeta!
Ahora contemplen esta imagen de lo que se llama “el espacio profundo”:

Casi cada punto que ven en este cuadro, cortesía del telescopio Hubble, ¡es una galaxia! Piensen en nuestra propia galaxia, la Vía Láctea. Se me informó que cada galaxia aquí tiene del orden de cien mil millones de estrellas. Sólo este pequeño rinconcito del universo tiene casi incontables mundos.
Anteriores creyentes en los designios divinos incluyen a Alexander Pope. Así se expresó acerca de las maravillas de este universo:

Un grandioso laberinto, mas no carente de plan. . . .

Por mundos incontables aunque el Dios sea conocido,

Nosotros debemos descubrirlo a Él. . . .

[Aunque] otros planetas giran alrededor de otros soles.

Felizmente para nosotros, hermanos y hermanas, ¡lo vasto de las creaciones del Señor se compara con lo personal de Sus propósitos!
“Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó” (Isaías 45:18; Efesios 3:9; Hebreos 1:2).
“Y he creado incontables mundos, y también los he creado para mi propio fin;
“. . . Porque he aquí, hay muchos mundos que por la palabra de mi poder han dejado de ser. Y hay muchos que hoy existen, y son incontables para el hombre; pero para mí todas las cosas están contadas, porque son mías y las conozco”
(Moisés 1:33, 35).
Uno se podría preguntar, ¿cuál es el propósito de Dios para los habitantes de la tierra? Queda mejor expresado en ese lacónico versículo con el que todos están tan familiarizados: “Porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).

Por consiguiente, en la vasta expansión del espacio, existe un asombroso sentido de lo personal, ¡pues Dios conoce y ama a cada uno de nosotros! (1 Nefi 11:17). ¡No somos una mera cifra en el espacio inexplicable! Mientras que la pregunta del Salmista era “¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?” (Salmos 8:4), la humanidad constituye el mismo centro de la obra de Dios. Somos las ovejas de Su mano y el pueblo de Su pastoreo (Salmos 79:13; 95:7; 100:3). Su obra incluye nuestra inmortalidad, ¡lograda mediante la gloriosa Expiación de Cristo! Piensen en ello, hermanos y hermanas, aun con toda su extensa longevidad las estrellas no son inmortales, pero ustedes sí.
Las revelaciones nos aportan muy poca información acerca de cómo el Señor lo creó todo. Los científicos, mientras tanto, se centran en cómo, qué y cuándo. No obstante, algunos de ellos reconocen la perplejidad ante el por qué. Hawking dijo: “Aunque la ciencia resuelva el problema de cómo comenzó el universo, no puede contestar la pregunta: ¿Por qué el universo se toma la molestia de existir? Yo no sé la respuesta de eso”.

Albert Einstein comentó acerca de sus deseos: “Quiero saber cómo creó Dios este mundo. No me interesa este o aquel fenómeno, en el espectro de este o aquel elemento. Quiero conocer Sus pensamientos; el resto son meros detalles”.
El Dr. Allen Sandage, un creyente de los designios divinos, fue ayudante de Edwin Hubble. Sandage escribió: “La ciencia. . . está preocupada con el qué, cuándo y cómo. No contesta, ni puede contestar, dentro de su método (por muy poderoso que sea ese método), por qué”.
Misericordiosamente, se nos dan respuestas vitales y cruciales a las preguntas de por qué, en revelaciones que contienen las respuestas que más nos interesan. Enoc, habiendo visto cosas vastas y espectaculares, se regocijó, ¿pero en qué? Se regocijó en su seguridad personal acerca de Dios: “y tú todavía estás allí” (Moisés 7:30). Enoc incluso vio a Dios llorar por innecesarios sufrimientos humanos, lo cual nos dice mucho sobre el carácter divino (véanse los versículos 28–29). Pero ese es un tema para otro momento.

Desgraciadamente, aun con las extraordinarias revelaciones sobre el cosmos y los propósitos de Dios, la gente puede alejarse. Esta gente se alejó: “Y sucedió que. . . el pueblo comenzó a olvidarse de aquellas señales y prodigios que había presenciado, y a asombrarse cada vez menos de una señal o prodigio del cielo, de tal modo que comenzaron a endurecer sus corazones, y a cegar sus mentes, y a no creer todo lo que habían visto y oído” (3 Nefi 2:1).
De manera que, al meditar sobre la grandeza creativa de Dios, se nos dice también que consideremos la belleza de los lirios del campo. Recuerden, ¡“todas las cosas” dan testimonio de Él! (Alma 30:44).
En esta imagen vemos lirios, y luego, de cerca, designio divino. El mismo designio divino del universo se minimiza en los lirios del campo (Mateo 6:28–29; 3 Nefi 13:28–29; D. y C. 84:82).


El milagro de este planeta tiene muchas continuas y maravillosas sutilezas. Wendell Berry escribió:
“Quien realmente haya considerado los lirios del campo o los pájaros del aire y meditado en la improbabilidad de su existencia en este cálido mundo dentro de las frías y vacías distancias estelares apenas se sorprenderá de que el agua se volviera vino, lo cual, después de todo, es un milagro muy pequeño. Nos olvidamos del milagro mayor y continuo por el cual el agua (con tierra y luz solar) se convierte en uvas”.


Al dar reverencia a lo que el Señor ha creado, hemos de darle reverencia a Él y a Su carácter lo bastante como para esforzarnos a ser más como Él, tal como Él lo ha mandado (Mateo 5:48; 3 Nefi 12:48; 27:27). Por tanto, no es de sorprender que el poder de la deidad que se revela en los lirios asimismo se revela en las ordenanzas de Su Evangelio (D. y C. 84:20). Temáticamente, estas ordenanzas tienen que ver con nuestros convenios, limpieza, obediencia y preparación, todas conductualmente necesarias para que tengamos el poder de realizar el viaje de regreso a casa.
Estas expresiones personalizadas de amor y poder divinos de todos modos nos importan mucho más que intentar enumerar las asombrosas galaxias o comparar el número de planetas con el de estrellas. Nosotros los profanos en la materia no lo podríamos comprender de todas formas. El obtener santificación espiritual importa muchísimo más que las cuantificaciones cósmicas.
Así que, al ensanchar nuestra visión, tanto del universo como de los extensos propósitos de Dios, nosotros también podemos exclamar reverentemente, “¡Oh cuán grande es el plan de nuestro Dios!” (2 Nefi 9:13).
Por tanto, al explorar, meditar y aprender, ciertamente debemos estar llenos de asombro, así como también debemos ser intelectualmente mansos. El Rey Benjamín nos aconsejó con estas palabras simples y a la vez profundas:


“Creed en Dios; creed que él existe, y que creó todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra; creed que él tiene toda sabiduría y todo poder, tanto en el cielo como en la tierra; creed que el hombre no comprende todas las cosas que el Señor puede comprender”
(Mosíah 4:9).

Desgraciadamente, en nuestra época, hermanos y hermanas, hay algunos que creen que si no pueden comprender algo, entonces Dios tampoco puede comprenderlo. Irónicamente, algunos en realidad prefieren a un “Dios pequeño”. Mejor para todos nosotros, tanto los científicos como los no científicos; ¡en lugar de tratar de hacer de menos a la divinidad, tratemos de dar más importancia a nuestra humildad personal!
Con todo lo espectacular de lo que la ciencia ha aprendido acerca del universo hasta ahora, aún así es muy poco. De la imagen de 1995 del Hubble, de un “campo profundo”, se dijo que “dicha muestra, la más profunda que jamás se haya tomado de los cielos, cubría. . . ‘una partícula del cielo de sólo la anchura de una moneda de diez centavos de dólar situada a unos 23 metros’”.
¡El alma se conmueve, hermanos y hermanas!

Sea cual sea la propia muestra que recibió Moisés, no es de extrañar que se sintió sobrecogido y “cayó a tierra” diciendo que “el hombre no es nada” (Moisés 1:9–10).
Misericordiosamente, aunque de manera asombrosa, la revelaciones nos dan certeza del amor de Dios: “Ahora bien, hermanos míos, vemos que Dios se acuerda de todo pueblo, sea cual fuere la tierra en que se hallaren; sí, él tiene contado a su pueblo, y sus entrañas de misericordia cubren toda la tierra. Éste es mi gozo y mi gran agradecimiento; sí, y daré gracias a mi Dios para siempre. Amén. (Alma 26:37).
De modo que, hermanos y hermanas, el Señor se acuerda de cada una de Sus muchas creaciones. Fíjense una vez más en los muchos “puntitos” en sólo un sector de nuestra galaxia de tamaño común y corriente, la Vía Láctea:
Él las conoce todas. Piénsenlo. Así como el Señor conoce cada una de estas creaciones, también conoce y ama a cada uno de los que se encuentran en este grupo, o en cualquier grupo; de hecho, ¡a cada miembro de la humanidad! (1 Nefi 11:17).


La determinación divina es muy tranquilizante, tal como lo indican estas palabras en Abraham: “No hay nada que el Señor tu Dios disponga en su corazón hacer que él no haga” (Abraham 3:17). Su capacidad es tan extraordinaria que dos veces en dos versículos del Libro de Mormón nos recuerda cortesmente y a la vez con determinación que Él realmente es “capaz” de efectuar su propia obra (2 Nefi 27:20–21). ¡Y sí que lo es!
Además, ¡el orden se refleja en las creaciones de Dios!
“Y vi las estrellas, y que eran muy grandes, y que una de ellas se hallaba más próxima al trono de Dios; y había muchas de las grandes que estaban cerca . . . Y así habrá la computación del tiempo de un planeta sobre otro, hasta acercarte a Kólob, el cual es según la computación del tiempo del Señor. Este Kólob está colocado cerca del trono de Dios para gobernar a todos aquellos planetas que pertenecen al mismo orden que aquel sobre el cual estás” (Abraham 3:2, 9; cursiva agregada).
Un científico dijo de la configuración cósmica, “Puede que estemos viviendo entre gigantescas estructuras de panales o células”. Algunos científicos dicen que ciertas galaxias “parecen estar organizadas en una red de hilos, o filamentos, rodeando regiones del espacio grandes y relativamente vacías, conocidas como huecos”. Otros astrónomos dicen que han descubierto un “enorme . . . muro de galaxias, . . . la mayor estructura observada del universo hasta la fecha”. Encomiablemente, esos científicos siguen adelante.
Sin embargo, claro está que para nosotros la tierra nunca fue el centro del universo, ¡como muchos una vez creyeron ingenuamente! Tampoco hace demasiadas décadas que otros también pensaban que la Vía Láctea era la única galaxia en el universo.

Pero cuanto más sabemos, más vitales se hacen las preguntas de por qué y sus correspondientes respuestas. Sin embargo, las respuestas a las preguntas de por qué se obtienen sólo mediante revelación dada por Dios el Creador, y todavía hay más por venir:

Todos los tronos y dominios, principados y potestades, serán revelados y señalados a todos los que valientemente hayan perseverado en el evangelio de Jesucristo. Y también, si se han fijado límites a los cielos, los mares o la tierra seca, o el sol, la luna o las estrellas, todos los tiempos de sus revoluciones, todos los días, meses y años señalados; y todos los días de sus días, meses y años, y todas sus glorias, leyes y tiempos fijos, serán revelados en los días de la dispensación del cumplimiento de los tiempos, (D. y C. 121:29–31).
Por lo tanto, hermanos y hermanas, al contemplar el universo, no vemos un caos inexplicable o agitación cósmica. En cambio, los fieles ven a Dios “obrando en su majestad y poder” (D. y C. 88:47). Es como ver un ballet cósmico divinamente coreografiado, ¡espectacular, tenue y tranquilizante!

Aun así, en medio de nuestro sentimiento sobrecogido por la maravilla y el asombro, “los afanes del mundo” pueden vencernos (D. y C. 39:9). La rutina aburrida y la repetición pueden causar que miremos indiferentemente hacia abajo en lugar de reverentemente hacia arriba y afuera. Podemos quedarnos separados del Creador, quien en esos momentos parece una estrella lejana y distante: “Porque ¿cómo conoce un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos y de las intenciones de su corazón?” (Mosíah 5:13).

Sabemos que el Creador del universo también es el Autor del plan de felicidad. Podemos confiar en Él. Él sabe perfectamente qué es lo que trae felicidad a Sus hijos (Mosíah 2:41; Alma 41:10).
Mientras tanto, a medida que algunos experimentan situaciones de la vida diaria en las que sienten falta de amor y aprecio, aún pueden saber que Dios sí los ama. Sus creaciones así lo testifican.

Por tanto, podemos confesar Su mano en nuestras vidas individuales al igual que podemos confesar Su mano en el asombroso universo (D. y C. 59:21). Si confesamos Su mano ahora, algún día nosotros que somos “mecidos” entre Sus creaciones podremos incluso saber cómo es ser recibidos “en los brazos de Jesús” (Mormón 5:11).
El reverente regocijo, alentado ahora por estas palabras, existió hace mucho, mucho tiempo. Cuando el plan del Creador se presentó en la premortalidad, algunos “se regocijaban” (Job 38:7). ¿Por qué no? pues “existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25). Que sean bendecidos para poder transmitir a sus alumnos lo contagioso de su reverencia y asombro acerca de las creaciones del Señor y de Su plan para nosotros.

Para terminar, testifico que la asombrosa obra de Dios es más grande que el universo conocido. Además, testifico que los planes de Dios para Sus hijos anteceden a Su provisión de este hermoso planeta para nosotros. En el santo nombre de Jesucristo, amén.

(Las imágenes no son las utilizadas originalmente por el Elder Maxwell, pero sí sus equivalentes)

Por qué me quedo – Carol Lynn Pearson

Discursos Olvidados

Por qué me quedo

Carol Lynn Pearson

El siguiente mensaje apareció en la Revista Sunstone de Marzo de 2014. Carol Lynn Pearson tenía entonces 74 años pero poseía aún la gracia y el exquisito vuelo poético que me habían cautivado en mi propia adolescencia. Quien desee saber más sobre ella puede leer el artículo publicado en este blog: Carol Lynn Pearson: Poesía Encarnada. Podemos estar o no de acuerdo con las posiciones de Carol. Lo que no podemos ni debemos es dejar de leerla. Tal vez encontremos nuestra propia lista de por qué nos quedamos…(Mario R. Montani)
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“Años atrás, cuando mi esposo Gerald y yo tomamos la estrafalaria decisión de publicar mis poemas por nuestra cuenta, escribí esta pequeña pieza que se transformó en el título de uno de los libros

UNA VISION AMPLIADA

Cuando mis ojos se abrieron

Detrás del visor

Allí, en primer plano,

Había una flor.

La única flor posible

¿Quién dio vuelta el lente

Para alejar la visión?

La vida, supongo

¿Qué?

¿Otra flor?

¿Y otra más?

¿Todo un campo vívido de flores?

¿El único campo posible?

Pérdida.

Deleite.

Los límites se han ido para siempre.

La vida es como el lente.

Y la visión sigue

Y sigue.

George Bernard Shaw lo dijo mejor: “Has aprendido algo. Al principio siempre parece como si hubieras perdido algo”.

Nací en Salt Lake City, una mormona de cuarta generación, con antepasados llegando en carretas, en el barco Brooklyn, y con el Batallón Mormón. Fui firmemente plantada en el rincón SUD de la viña con la flor mormona como única a la vista.

Y entonces llegó el retroceso y la ampliación. La intrigante belleza de todas las otras flores. ¿Cómo podía ser – con la gran diversidad de este inmenso campo – que la mía fuese la única flor verdadera?  Examinándolo cuidadosamente, hace decenios, durante mis treinta y cuarenta, descubrí que ante mis ojos (¿y qué otros ojos podría usar, aunque veo ‘por un espejo, obscuramente’?) se presentaban algunos errores bastante evidentes – posiciones históricas y doctrinales que parecían indefendibles y equivocadas. Muchos que hoy llegan a sentir de ese modo lo encuentran altamente perturbador. Yo lo encontré emocionante. Gané un respeto renovado por Dios y un deleite por cada uno de los billones que habitan este planeta. Y, habiendo abandonado esperanzas imposibles,  obtuve un nuevo afecto y aprecio por esta flor particular – la mía – y la de ustedes.

“Crece donde has sido plantado”. Supongo que eso es lo que el Dalai Lama quiso significar cuando dijo que, siempre que fuese posible, permanezcamos en la religión en la que nacimos.

Muchos de mis amigos de la época de BYU – especialmente mujeres – han abandonado el Mormonismo, se han trasplantado a terrenos diferentes. En general, las veo prosperar. De modo que la pregunta surge ¿Por qué me he quedado?

Hay dos grandes razones. Una: encuentro una gran cantidad de amor en esta Iglesia. Dos: cuando no encuentro amor, tengo la oportunidad de ayudar a crearlo.

Razón Nº 1: He confesado a mis líderes de Barrio y Estaca que mi teología se resume a “Dios es amor”, como lo ilustra la canción que entonamos, “Donde está el amor, allí está Dios”. Para mí esto significa que siempre y cuando en una relación hetero u homosexual haya cuidado y devoción genuinos – allí Dios está. Y dondequiera en el Islam, el Catolicismo, el Budismo o el Mormonismo hay genuina devoción y cuidado – allí está Dios. El asunto es que en el Mormonismo encuentro una gran cantidad de amor – y por tanto una gran cantidad de Dios.

Demasiadas personas están solas en nuestro mundo actual. Qué bendición tener una gran familia en el Barrio o aún una familia mundial. Deseosa de ver el mundo después de ahorrar por un año mi dinero enseñando en el Snow College, llegué a Atenas el día de mi cumpleaños número 24, para descubrir que mi equipaje había sido robado del tren y lo único que tenía era mi pasaporte, mi cartera y la ropa que llevaba puesta. Hice una llamada por teléfono a la cercana base de la Fuerza Aerea preguntando por los mormones. No estaba totalmente desnuda, pero me vistieron. Estaba hambrienta y me alimentaron. Yo era una desconocida pero me alojaron. Damos y recibimos. Nos llamamos unos a otros hermanos y hermanas. Tenemos un sistema. Es bastante notable.

El domingo anterior, mientras llegaba a nuestra capilla, vi que ingresaba una ambulancia. Estaba allí por Susan, quien ha tenido convulsiones desde los seis años. Esta vez se había lastimado la cabeza en el cemento del estacionamiento. He sido la maestra visitante de Susan por muchos años y conozco bien sus necesidades. Yo era la opción más obvia para acompañarla en la ambulancia y quedarme con ella mientras le hacían los estudios en el hospital, abrigándole los pies, charlando y aún riéndonos. Fue fácil. Tenemos un sistema. Yo soy su hermana.

En mi libro Goodbye, I Love You (Adios, Te Amo) escribí la emotiva historia de la Hermana Spencer, mi maestra visitante de aquel entonces, quien recibió la información de que yo estaba cuidando a mi ex esposo que estaba a punto de morir. Me dijo: “No te llamo para preguntar si hay algo que pueda hacer por ti. Llamo para decirte que pongas una lapicera y un anotador junto al teléfono, y cualquier cosa que se te ocurra que hay que hacer, la anotes. Llamaré cada día a las nueve de la mañana, me leerás la lista, y lo que haga falta será hecho”. Un regalo maravilloso. Teníamos un sistema. Ella era mi hermana. Suena un poco como si fuese – tal vez, Sión.

Algunos años atrás me encontraba sentada junto a mi amigo, Chuck Young, en la reunión sacramental, oyendo al discursante del sumo consejo, quien ahora es nuestro presidente de Estaca. Me incliné y susurré, “Chuck ¿sabes lo que realmente me molesta del patriarcado mormón?”

“¿Qué cosa?” devolvió mi susurro.

“Que continua creando tan buenos hombres. Como tú o el hermano Criddle, allá arriba”

Mi vida mormona está poblada de hombres buenos. Y ciertamente buenas mujeres. Hay mucho amor allí. Mucho de Dios allí.

Razón Nº 2: Nuestra iglesia me provee de una oportunidad perfecta de crear amor en sitios donde parece faltar. Creo que crear más amor en el mundo es la única razón válida para intentar cambiar algo. Yo nací feminista, haciendo preguntas cuando sólo tenía diez años, asombrada de que cada voz de autoridad – desde las voces de la radio a las voces en la Iglesia y la voz de Dios – fuese una voz masculina. Indignada de que bajo cualquier punto de vista en la iglesia o la sociedad la femineidad era el segundo premio. No hay amor en eso.

El domingo pasado entoné con la congregación el hermoso himno “Cantemos todos a Jesús”, y en el medio de ocho pronombres que honran a la divinidad masculina sólo había un pronombre femenino: “The grave yield up her dead” (La tumba entregó sus muertos) (Nota: en inglés los pronombres dan cuenta del género, como en castellano lo hacen los artículos. De todos modos, para comprender la situación, recordemos que en castellano también, tanto la tumba como la muerte, son femeninos). No hay amor en eso, y el insulto no pasa desapercibido en las psiquis de hombres y mujeres, jóvenes y señoritas que lo cantan. Por supuesto, yo canté “The grave yield up its dead” (Nota: Carol emplea aquí un pronombre neutro, opción que no tenemos en castellano, lo más parecido sería nuestro artículo determinado neutro “lo”).

No hace tanto le pregunté a una querida prima, quien ya cumplió sus noventa años, cómo se sentía sobre la posibilidad de avanzar al próximo mundo, “Bien”, me dijo, “Excepto…” y su rostro se obscureció, “… excepto que a veces me preocupa que mi esposo haya tomado otras esposas allá”. No hay amor en eso. Deberíamos avergonzarnos. Y solo he comenzado con la larga lista de cosas que deberíamos observar para lograr igual valoración – lo cual significa igual amor – para mujeres y hombres.

Regresé a casa el domingo pasado para encontrarme con seis mails, mayormente de gente que sentía la necesidad de contactarse conmigo por asuntos relacionados a la homosexualidad. Un hombre, hablándome de su querido hijo adolescente, escribió: “Nos ha dicho varias veces que ha habido ocasiones en quería matarse porque de todos modos iría al infierno”. Continúa el padre, “Comprendo ese sentimiento. De algún modo yo estoy pasando por eso también. Cuanto más leo las escrituras y digo mis oraciones, más pienso en él y me deprimo”. No hay amor en lo que estamos haciendo pasar a esa familia. Nuestra iglesia les está fallando totalmente a ellos y a miles de familias como ellos, y deberíamos avergonzarnos. Busco amor en el trabajo que la iglesia realizó en la Proposition 8 y no encuentro ninguno (Nota: se refiere a la propuesta de 2008 en el Estado de California que buscaba la posibilidad de realizar matrimonios de personas del mismo sexo y en contra de la cual la Iglesia participó activamente).

He encontrado amor en la oleada de apoyo a nuestros hermanos y hermanas gay – como las notables fotografías de 400 mormones en su ropa dominical marchando al frente del desfile del orgullo gay en Salt Lake City. Muchos de los espectadores que lloraban mientras observaban supieron que allí había amor. Estoy emocionada por el creciente número de historias que la gente gay comparte sobre conversaciones cálidas y alentadoras con sus líderes de barrios y estacas. Todos reconocemos el amor cuando lo vemos y lo sentimos. No se nos puede engañar.

Tenemos el privilegio en nuestra época de hacer algo de importancia histórica por aquellos gay entre nuestros amados, como lo hicieron nuestros ancestros cuando abandonaron el comercio de esclavos, cuando acabaron con la segregación, cuando decidieron que las mujeres tenían alma y les dieron aún el derecho de votar. Sabían que no había amor en lo que hicieron hasta ese momento y que, para que lo hubiese, las cosas tendrían que cambiar. Tanto ustedes como yo tenemos el privilegio de ver esos lugares tristes y crear más amor – más bondad – más divinidad.

Las circunstancias me han dado una plataforma y una voz en un tiempo y un lugar donde puede lograrse un impacto significativo. Nos estamos preparando como sociedad, como religión, y, sí, en nuestra propia iglesia, para invitar a nuestros hermanos y hermanas gay, como individuos y como parejas y familias, a tomar un sitio de honor en la mesa. Sorprendente. Y, eventualmente, llegaremos a crear un momento galileaico en el que dejaremos de ver a la masculinidad como el centro del universo con la femineidad orbitando a su derredor, y veremos al hombre y la mujer – mortales y divinos – efectuando una danza de real compañerismo. Por ningún motivo dejaría de ser parte de la acción. Justo ahora. Justo aquí. En este particular y peculiar – único a su modo, y maravilloso de muchos modos – rincón mormón de la vasta viña del Señor.

Me quedo no sólo porque me permiten quedarme, sino porque me siento muy apreciada. De vez en cuando hablo con mi obispo o mi presidencia de estaca y les digo, “Hermanos, nuevamente deseo agradecerles por ser tan gentiles con alguien como yo que no calza en el molde”. Siempre recibo alguna variante de esta respuesta, “Hermana Pearson, estamos tan agradecidos por las maravillosas contribuciones que usted hace a este barrio y a esta estaca”. En la Sociedad de Socorro me paro cuando hago mis comentarios, y si me ausento por más de dos domingos, es posible que reciba un e-mail de alguna de las hermanas preguntando, “¿Estás bien? Extrañamos tus comentarios en la Sociedad de Socorro”.

También considero que una importante razón por la que me quedo es que de algún modo no me quedo. No me quedo con conceptos que no puedo aceptar. No me quedo en tradiciones en las que no creo. Me muevo, en mi propio e imperfecto modo, hacia el horizonte que verdaderamente me llama.  Creo que lo mejor que recibí de mis antepasados pioneros no fue un destino sino una invitación. Me dieron el modelo para ser una pionera y me estimularon a seguir sus huellas. Tal vez, al final, uno de mis poemas dramatiza por qué y cómo me quedo mientras al mismo tiempo levanto campamento”.

Pioneros

Mi gente fue pionera y mormona.

¿Es esa sangre aún buena?

Ellos miraban con asombro mientras la verdad

Pasaba volando como una paloma

Y dejaba caer una pluma en el Oeste. Adonde vuela la verdad, tú la sigues

Si eres un pionero.

He buscado por los cielos

Y aquí y allá

Otras plumas han caído.

He cargado nuevamente el carro de mano

Con las cosas preciosas

Y arrojado el resto.

Cantaré en las fogatas de noche,

Allá afuera, en tierras inexploradas.

Donde soy mi propio capitán de decenas

Donde soplo el clarín

Me acerco a la oración matinal

Trazo las millas

Y nunca sé cuándo o dónde

O si alguna vez

Finalmente diré,

“Este es el lugar”.

Enfrento las planicies

En un buen día para caminar.

El sol se levanta

Y la niebla aclara.

Estaré bien.

Mi gente fue pionera y mormona.

“Paradojas y Discipulado” – Por Terryl L. Givens

Discursos Olvidados

Paradojas y Discipulado

Por Terryl L. Givens

Terryl Lynn Givens es el titular de la Cátedra James A. Bostwick de Inglés, en la Universidad de Richmond. Nacido en 1957, ha servido una misión para la Iglesia en Sao Paulo, Brasil. Obtuvo su Licenciatura en Literatura Comparada de BYU en 1981 y un Doctorado por la Universidad de Carolina del Norte en 1988. Sus primeros trabajos fueron estudios literarios sobre el romanticismo y la teoría de la mímesis. Su especialidad es la Teoría Literaria y la Literatura del Siglo XIX. Sin embargo, se ha hecho más conocido por sus presentaciones sobre historia, cultura y teología mormona.

El primero de sus libro, The Viper on the Hearth, apareció en 1997. El segundo, By the Hand of Mormon, fue el primer estudio sobre el Libro de Mormón publicado por una editorial académica de primera línea, la Oxford University Press. La misma editorial publicó en 2010 su trabajo When Souls Had Wings: Pre-Mortal Existence in Western Thought.

Terryl ha sido Obispo y actualmente colabora como consultor en el proyecto de los Joseph Smith’s Papers. Su esposa, Fiona Givens, también escritora y conversa del catolicismo, ha trabajado a su lado en algunas investigaciones.

Versiones previas de esta disertación fueron dadas en la Conferencia de la Asociación de Letras Mormonas, el 2 de Febrero de 2009 y en la Facultad de Educación Religiosa de BYU. La presente versión está tomada de Religious Educator 11, Nro. 1 (2010), pags. 143-156.

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Como lo expresara G.K. Chesterton en su frase: “… el círculo podrá ser perfecto e infinito por naturaleza, pero cerrado para siempre en su órbita; ni aumenta, ni disminuye jamás. Y en cambio la cruz, aunque tenga en el corazón una intersección contradictoria de líneas, puede alargar eternamente sus brazos, sin cambiar de contorno. Como tiene una paradoja en el centro, por eso le es dable crecer sin transformarse. El círculo se revuelve sobre sí mismo, siempre cerrado. La cruz se abre a los cuatro vientos: es como un indicador del sendero para los caminantes libres”. [1]

No poseo el mismo grado de misticismo que Chesterton. Por tanto, yo no creo lo que él escribió en el mismo pasaje: “mientras haya misterio habrá salud, cuando el misterio se destruye se crea la morbidez” [2]. Sin embargo, opino que sus observaciones sobre el Cristianismo proveen un punto inicial útil sobre la paradoja que se halla en el centro de las ideas de Joseph Smith. Mi intención es sugerir algunos nuevos modos de pensar sobre la fe, doctrina y cultura de los Santos de los Ultimos Días.

La abeja tiene un lugar importante en nuestra cultura. Como parte del escudo estatal de Utah, la colmena se ha identificado tanto con el mormonismo que se transformó en “un escudo de armas comunal” [3]. Tal vez irónicamente, la abeja también sirve como un poderoso emblema del alcance y ramificación del más radical cambio paradigmático del siglo XIX: la revolución darwiniana. La abeja, como lo señala Darwin en su Origen de las Especies, posee un manifiesto defecto como criatura. Su veneno es efectivo en la eliminación de predadores, capacitándola para defenderse a sí misma y a la colmena, pero el uso de su aguijón le cuesta la propia vida. Darwin especula que esto ocurre pues el aguijón de la abeja era originalmente “un aburrido instrumento dentado”, probablemente utilizado para extraer alimento de fuentes fibrosas. Por tanto, no estaba “perfeccionado para su propósito actual” de defensa. [4] La pregunta es, ¿por qué no? ¿Por qué el proceso evolutivo cesó, y por qué la selección natural no cumplió su propósito de hacer a la abeja tan perfecta como era posible? Ciertamente, una abeja que pudiese matar sin sacrificar su propia vida sería una gran mejora comparada con aquella que debe morir. Un simple y suave alisado del borde dentado del aguijón lograría tal efecto de modo agradable y eficiente. ¿Por qué el progreso de las abejas hacia una perfección de la especie fue abortado tan precipitada y calamitosamente?

Esta fue la explicación de Darwin: “La selección natural tiende sólo a hacer a cada ser orgánico tan perfecto como, o levemente más perfecto que, los demás habitantes del mismo territorio con los que debe competir. Y vemos que ese es el nivel de perfección que se logra en la naturaleza”. Y entonces agrega esta declaración: “La selección natural no producirá perfección absoluta” [5].

Lo que él quiso decir es esto: la ley de selección natural, a la que Herbert Spencer denominó “la supervivencia del más apto” [6] asegura que la competencia por recursos limitados favorecerá a aquellos que de algún modo aventajen a sus competidores. Eliminará a los que sean inferiores, o mediocres, y permitirá que los que tengan mayor fuerza, agilidad, velocidad o destrezas prevalezcan. El efecto a largo plazo de este principio es la creación de seres que serán, en términos de Darwin, “más perfectos” que sus pares [7]. Pero la ley de selección natural también posee una sorprendente limitación, y a esto se refiere Darwin al decir que jamás producirá una perfección absoluta. Esta limitación está muy bien ilustrada por la abeja. En la lucha por la supervivencia, el desarrollo de la abeja, aún con su aguijón defectuoso, fue suficiente para asegurarle su posición en el mundo natural. Una vez logrado el equilibrio entre las especies, no tuvo el conflicto y la oposición requeridos para desafiar, estimular y refinar su desarrollo, su progreso se detuvo.

En cierto modo, cualquier creencia religiosa que alza decididamente su cabeza en una sociedad secular es proclive a hallar resistencia y hostilidad. Los conflictos entre darwinismo y supernaturalismo, entre la herencia intelectual de la Ilustración y el humanismo liberal por un lado y la festividad tertuliana de absurdos y moderno anti intelectualismo fundamentalista por el otro; y entre el tosco autoritarismo de la religión institucional y las embriagadoras libertades del individualismo radical – estas y otras colisiones relacionadas han llevado a una vida razonable y a la antigua a la clandestinidad y a muchos estudiantes y catedráticos Santos de los Ultimos Días al exilio.

Hay motivos para pensar que tales conflictos pueden ser particularmente agudos en el mormonismo. Primero, es una evidente estadística que los programas de post grado provocan gran número de víctimas entre los intelectuales SUD; ahondar en la historia de la Iglesia, de modo profesional o no, implica una barrera adicional. Segundo, existe un problema de antipatía entre los Santos y la teología. A diferencia de las tradiciones católicas y protestantes, que han dedicado siglos a sistematizar sus creencias, a sortear ciertas asperezas, resolver contradicciones, y avanzar hacia un todo armonioso, los Santos de los Ultimos Días consideraron a la teología una mala palabra, resistieron el dogma y aún debatieron si publicar las revelaciones de Joseph Smith no sentaría un mal precedente. Orson y Parley P. Pratt dieron pasos tentativos hacia una gran síntesis, pero la posterior obra de B.H. Roberts fue obstaculizada, y los líderes que siguieron no han mostrado particular interés en sintetizar, reconciliar o clarificar las discontinuidades históricas y teológicas. Finalmente, deseo argumentar que muchas de estas consecuencias culturales y personales pueden ser consideradas una tragedia de malos entendidos. Puede ser que hayamos confundido tensión y discordancia con riqueza y dinamismo, insolubilidad por complejidad e inextricable contradicción por mera paradoja.

Pero una paradoja, según creo, sólo parece ser una contradicción. La paradoja es la señal de un saludable universo, lo suficiente voraz como para insistir en tener su torta y también comérsela. La paradoja es un signo de riqueza y plenitud. Es Adan y Eva alcanzando tanto una aspiración divina como una sumisión infantil; es el sacerdocio, poder sin compulsión; es un Dios infinitamente poderoso que es soberano del universo pero tan vulnerable al dolor como una viuda con un hijo extraviado; es el Cristo triunfante cuya victoria estuvo en su humildad.

Aquellos que no son lo suficientemente arriesgados intelectualmente como para abrazar esas paradojas encuentran fácil refugio cayendo hacia un lado o el otro de la cuerda floja. Capitular hacia la fe ciega no es fe, y tomar la postura de un apóstata iluminado surgido de la inocencia no es algo iluminado ni inocente. Eliminar las posibles alternativas es ciertamente más fácil que “elevarnos al más alto cielo y considerar los más obscuros abismos” [8] Me hizo acordar de una iglesia rural en camino a Boston algunos meses atrás. En la marquesina fuera de la iglesia el pastor había colocado estas palabras: “Bancos cómodos. No infierno”. ¡Qué reconfortante tanto para el cuerpo como el espíritu!

Un biógrafo de Spinoza dijo del gran filósofo, “Rechazaba la ortodoxia de su época no porque creyese menos, sino porque creía más” [9] Eso, en pocas palabras, es mi desafío para ustedes. Sean tan insaciables como el padre de Mercy en esa monumental obra de Virginia Sorenson, A Little Lower Than the Angels. Incrédula ante la capacidad de creer de su padre, Mercy le pregunta con envidia, “Pero, ¿crees eso, Padre, realmente lo crees?” “Creo todo lo que puedo, pequeña Mercy, todo lo que puedo. Dondequiera que voy busco más cosas buenas para creer. Aún si esto fuese todo lo que hay ¿no sería mejor mantenernos ocupados creyendo en cosas buenas?” [10]

Frederick Barnard cita la observación de Herder de que las personas “pueden ostentar las más sublimes virtudes en algún aspecto y las mayores imperfecciones en otros… revelando las más sorprendentes contradicciones e incongruencias”. Por tanto, escribe Barnard, “Un todo cultural no es necesariamente una referencia a un estado de bendita armonía, puede también referirse a un espacio de tensión” [11]

Un campo de tensión pareciera una manera particularmente apta de caracterizar el pensamiento Santo de los Ultimos Días. Puede ser que todo sistema de creencias basado en la noción de un Dios que muere tenga, como sugiere Chesterton, “una colisión y una contradicción” en su centro [12]. Aún así, el mormonismo, un sistema en el cual Joseph Smith colapsó sagradas distancias para poner toda una serie de opuestos en yuxtaposición radical, parece especialmente prolifero en paradojas o tensiones que sólo parecen ser contradicciones lógicas.

Libertad y Autoridad

Existen cuatro paradojas que han sido poderosos catalizadores en la formación de la identidad y la cultura SUD. La primera es la polaridad entre autoritarismo e individualismo. Es en el contexto de estos dos valores en competencia que los artistas e intelectuales Santos de los Ultimos Días han tenido que negociar su lugar en nuestra cultura. La consecuencia de estas dos tradiciones – una enfatizando la libertad individual, la otra, la autoridad – es una tensión siempre presente en la cultura Santo de los Ultimos Días, sin paralelo en el Cristianismo moderno. [13]

Esta tensión conduce a un enfrentamiento entre la sumisión a la autoridad eclesiástica y el énfasis y veneración del principio del albedrío moral individual tan pronunciado que conduce aún a los observadores minuciosos a percepciones erradas (por ejemplo, somos frecuentemente acusados de Pelagianismo). Sin independencia moral “no hay existencia” (DyC 93:30). Comparemos esto con la respuesta de Adán al ángel, quien le pregunta, “por qué ofreces sacrificios al Señor”. Adán contesta “No lo sé, salvo que el Señor me lo mandó” (Moisés 5:6). Para intelectuales y artistas, esta tensión es particularmente dura. La investigación intelectual y la exploración artística deberían desarrollarse en una cultura que se oponga a cualquier “intento de privarnos aún levemente de nuestro libre albedrío” [14]. Al mismo tiempo, los artistas e intelectuales SUD se sienten limitados por la insistencia de la Iglesia en que no toda la inspiración es igual, y pueden llegar a sentir que las mismas prerrogativas proféticas que impidieron a Oliver Cowdery el ejercicio de su autonomía traben el estilo de los inconformistas intelectuales y artistas de hoy.

La colisión resultante de puntos de vista y valoraciones es inevitable. Es poco probable que emerja un consenso en la comunidad Santo de los Ultimos Días sobre la apropiada reconciliación entre autoridad e independencia, fidelidad y libertad. La división cultural entre los llamados “Mormones de la Barra de Hierro” y los “Mormones de la Liahona” no siempre es clara y precisa, pero lo más importante ,(de acuerdo a Richard Poll) la división es de un tipo que, en cierto nivel, opera hacia adentro de los mormones pensantes como entre ellos [15]. Ese es el motivo por el que tanto el conflicto institucional como la angustia personal continuarán caracterizando a los artistas e intelectuales que luchan por hallar un lugar confortable dentro de una cultura donde los partidarios de puntos de vista opuestos todos citan escrituras y antecedentes proféticos en su defensa.

Exilio y Elección

El énfasis sobre la elección entre los Santos de los Ultimos Días puede rastrearse hasta la primera experiencia espiritual registrada del joven Joseph Smith. Mucho antes de que hubiese escuchado la palabra Mormón o tuviese un indicio de lo que serían su vida y ministerio, aprendió a qué debería oponerse. Habiéndose arrodillado en una arboleda en la granja familiar y preguntado a Dios a qué Iglesia debería unirse para obtener la salvación, supo que no debería ser miembro de ninguna congregación cristiana por entonces existente: “Se me contestó que no debía unirme a ninguna, porque todas estaban en error; y el Personaje que me habló dijo que todos sus credos eran una abominación a su vista; que todos aquellos profesores se habían pervertido” (José Smith – Historia 1:19)

Como muchos revolucionarios religiosos, Joseph desde muy temprano vio su relación con el mundo en términos de antagonismo. “Estaba destinado a perturbar y molestar el reino [de Satanás]; de lo contrario, ¿por qué habían de combinarse en mi contra los poderes de las tinieblas? ¿Cuál era el motivo de la oposición y persecución que se desató contra mí casi desde mi infancia?”.  Menos de dos años antes de su muerte, Joseph escribió: “suelo nadar en aguas profundas. Todo esto ha llegado a ser lo más natural para mí y, como Pablo, siento deseos de gloriarme en la tribulación” (DyC 127:2). Jonathan Edwards se glorió de modo similar “Nací para ser un hombre de conflictos” [16] y la propia concepción de Lutero sobre sí mismo era la de ser un batallador.

Lo que fue diferente en la postura de Joseph fue cuán eficazmente logró imbuir a todo un pueblo con este mismo sentimiento de hostil separación del mundo. Individual e institucionalmente, los Santos de los Ultimos Días continúan elaborando la paradoja de una existencia que es al mismo tiempo Edén y exilio, que abraza la diferencia aunque anhela la integración. El costo del nivel de “elegidos” aparece recurrentemente en la psiquis Santo de los Ultimos Días como nostalgia o como alienación; el arte y la literatura mormones revelan un recurrente malestar con dichas diferencias. El aislamiento es a menudo percibido como una carga de exclusión y es frecuentemente transformado en una búsqueda de conexiones  y verdades universales. Los Santos de los Ultimos Días insisten en la necesidad de una restauración del evangelio, pero sienten la punzada de haber sido excluidos del rebaño de la cristiandad.

Milenios atrás, los antiguos Israelitas enfrentaron desafíos similares. Ellos también se encontraban imbuidos con la creencia de que eran “un pueblo santo para el Señor su Dios… escogidos para ser un pueblo especial sobre todos los pueblos en la faz de la tierra (Deuteronomio 7:6). Sin embargo, la exclusividad y auto suficiencia son difíciles de mantener a través de una historia de esclavitud, ocupación y la política real de las relaciones internacionales.

Israel encontró una poderosa solución para resolver tal tensión mientras se preparaba para partir de Egipto. Urgidos por Dios, los hebreos que escapaban obtuvieron de sus captores “alhajas de plata, alhajas de oro, y vestidos” (Exodo 3:22) y de ese modo acumularon los materiales paganos que moldearían y darían forma a los accesorios, riquezas y recursos de su civilización exiliada. Siglos después, artistas e intelectuales de Europa justificarían su imitación de los modelos paganos usando como referencia este arquetípico “despojo de los Egipcios”.

En esta dispensación anunciada por Joseph Smith, los Santos, como los Hebreos antes que ellos, fueron amonestados  a “sostenerse independientes de todas las otras criaturas bajo el mundo celestial” (DyC 78:4). Al mismo tiempo, como lo declaró Brigham Young, “Creemos en todo lo bueno. Si hallan una verdad en los cielos, la tierra o el infierno, pertenece a nuestra doctrina. La creemos; es nuestra; la reclamamos” [17] De modo que, como sus predecesores exiliados, sin los beneficios de estabilidad social, recursos abundantes, o una próspera historia previa, los Santos se encontraban rodeados por las riquezas culturales de una cultura anfitriona que les ofrecía tanto tentaciones como promesas. Nuevamente, el desafío sería aprovechar los recursos de esa cultura anfitriona sin sufrir contaminación o pérdida de la misión e identidad en el proceso. La dificultad de “despojar a los Egipcios” siempre ha sido la misma: convertir las riquezas saqueadas en adornos del templo y no en becerros de oro.

Lo Sagrado y lo Banal

La tercera paradoja se refiere a una de las más potentes innovaciones culturales y teológicas de la visión mormona del mundo, una que representa más bien un colapso entre las polaridades que una tensión entre ellas: la desintegración de la distancia sagrada. Con Dios como un hombre exaltado, el hombre como un Dios en embrión, la familia como prototipo de la sociedad celestial, y Sión como una ciudad con dimensiones y planos, Joseph reescribió el dualismo convencional y lo transformó en un minucioso monismo. La paradoja resultante se manifiesta en la recurrente invasión de lo banal en el ámbito de lo sagrado, y la infusión de lo sagrado en el dominio de lo cotidiano. Brigham Young vio esta paradoja en términos altamente favorables. “Cuando conocí a Joseph Smith”, escribió, “él tomó los cielos, hablando figurativamente, y los bajó a la tierra; y tomó la tierra, la elevó, y abrió con sencillez y simplicidad las cosas de Dios; y esa es la belleza de su misión” [18]. James Gordon Bennett del New York Herald expresó la situación de un modo un poco diferente, diciendo que los mormones “están siempre ocupados estableciendo fábricas de santos y vajilla, también profetas y pintura blanca” [19]

El principal peligro aquí es que lo sagrado, como categoría, tiende a desaparecer (y con ello, tal vez también, la reverencia en la adoración). Esto ocurre porque en tal monismo metafísico la trascendencia es virtualmente aniquilada como posibilidad.

Tal como lo expresara el poeta Samuel T. Coleridge: “La base misma de todo Milagro es la heterogeneidad de Espíritu y Materia”. [20] Pero aún esta distinción ontológica es vencida por el implacable monismo metafísico de Joseph: “No hay tal cosa como materia inmaterial. Todo espíritu es materia, pero es más refinado o puro, y sólo los ojos más puros pueden discernirlo; no lo podemos ver; pero cuando nuestros cuerpos sean purificados, veremos que todo es materia”. (DyC 131:7-8)

Si Dios está desprovisto de inefabilidad y trascendencia, o se halla construido en términos humanos ¿cómo halla uno el asombro reverencial que conduce a la verdadera adoración? Si Jesús es nuestro “hermano mayor” ¿cómo puede ser nuestro Señor y Dios? La reverencia frente al Todopoderoso demanda nuevos modos de concepción frente a estos cielos y tierra reconfigurados. El dilema para el artista es especialmente desconcertante: en un universo desprovisto de trascendencia y distancia sagrada (al menos como se la construye de modo convencional) ¿cómo puede florecer lo maravilloso?

Elizabeth Barrett Browning realizó esta poética observación:

La tierra está atestada de cielo,

Y cada común arbusto se enciende con Dios;

Pero sólo aquel que lo ve se quita las sandalias –

El resto se sienta en derredor y recoge zarzamoras. [21]

Nuestra propia experiencia en el mormonismo cultural pareciera atestiguar que sólo las zarzas ardientes pueden tolerar tal proximidad con la gloria develada sin ser consumido por un lado, o tornarse demasiado familiar por otro.

Certeza y Búsqueda

El Profeta Joseph enfatizó la posibilidad de una certeza epistemológica al tiempo que elaboraba una teología de audaces dimensiones y un programa de aprendizaje eterno. Smith hizo de la búsqueda intelectual una misión de santidad, fundando la Escuela de los Profetas, estableciendo una incipiente universidad, y dedicándose al estudio de lenguajes y tradiciones antiguas cuando simultáneamente declaraba sobrepasar los sistemas educativos del hombre con sus poderes de videncia y traducción [22]

De modo que los Santos de los Ultimos Días de hoy hemos heredado una tradición relativamente reciente basada en artefactos concretos como planchas de oro verificadas por once testigos, en relatos de seres resucitados imponiendo sus manos físicas sobre profetas fundadores, y en el testimonio de Joseph Smith sobre las palabras audibles y la apariencia visible de la Deidad. Los Santos de los Ultimos Días habitan un mundo retórico en el que los miembros no brindan aserciones de ferviente creencia, sino testimonios públicos de que tienen un conocimiento espiritual de esos eventos como realidades históricas. Al mismo tiempo, tales credenciales no aseguran la salvación personal o la bienaventuranza, sino que sólo anuncian el comienzo de una eterna búsqueda por el conocimiento salvador y la carga de perseguir una perfección sin fin. La mezcla de certeza intelectual e insaciabilidad intelectual exhalada por Joseph ha dejado una herencia mixta con la que enfrentarse para los Santos de los Ultimos Días que aspiran a ser artistas o intelectuales.

Mientras que el incesante eclecticismo, sincretismo y sistema de elaboración de Joseph puede ser provocativo e inspirador, las grandes obras de la mente y el corazón raramente han surgido en el contexto espiritual de complacencia y sensación de plenitud que ese sistema produce.

Aquello que los Santos de los Ultimos Días saben, están seguros de saberlo, y tanto institucional como personalmente está más allá de cualquier compromiso o negociación. Pero aquello que no saben los tendrá ocupados en aulas de la vida venidera hasta “mucho después que hayan pasado por el velo” [23] Un problema existente, en una iglesia casi carente de credos o teología formal, es que los dos ámbitos – el establecido y ortodoxo, y el libre e insondable – no están claramente demarcados.

Esta tensión es probablemente la más urgente que enfrenta nuestra religión por sus altas implicancias espirituales y por ser la productora de algunas de las más profundas angustias espirituales, emocionales, sociales y culturales. De todas las paradojas, ésta es la que encuentro más asimétrica, con más desbalance a favor de certeza, y apreciando mucho menos su contraparte: examinar y buscar la fe. Me temo que a menudo dejamos poco espacio para aquellos que, en la angustia de su corazón, no dicen “Yo sé”, sino “Yo creo; ayuda pues a mi incredulidad” (Marcos 9:24). Leemos que “a algunos es dado por el Espíritu Santo saber que Jesucristo es el Hijo de Dios”, pero algunos de nosotros cesamos de leer justo antes de llegar a la contrapartida: “y a otros les es dado creer en sus palabras” (DyC 46:13-14)

“El Arte nace de la humildad” [24] y es posible que en el propio espacio que rodea la seguridad de poseer preciosas certezas, la sumisa pequeñez ante la magnitud de una casi insaciable ignorancia, y el tanteo en la obscuridad, que el pensamiento Santo de los Ultimos Días encuentra una tensión para producir un arte genuinamente religioso y una expresión intelectual.

Originalidad y Asimilación

Deseo agregar una quinta paradoja a aquellas que he analizado. Me referiré a ella como un sello distintivo del modus operandi de Joseph Smith – el doble imperativo de originalidad y asimilación o revelación de lo que es nuevo y sincretismo basado en lo que ya está presente. Observo esta dualidad bellamente representada en el modo en que Joseph Smith inicia su exposición de las creencias doctrinales, los Artículos de Fe. Comienza afirmando una deidad cristiana plenamente convencional: “Creemos en Dios, el Eterno Padre, y en su Hijo, Jesucristo, y en el Espíritu Santo” (Artículos de Fe 1:1). Qué tranquilizador. Qué reconfortante. Qué capacidad de construir puentes. Cuán plenamente ortodoxo. No hay allí nada original; es doctrina transparente y familiar. Entonces, inmediatamente, continúa con el segundo, un total repudio a la doctrina del pecado original. A diferencia de virtualmente toda denominación cristiana existente en su tiempo, Joseph plantea la teoría de un hombre inherentemente inocente, reñida con siglos de ortodoxia y basada sólo en revelación concedida a él como profeta ordenado y oráculo autorizado de Dios. Joseph, el sincretista; Joseph, el Profeta.

Viendo nuestros días, el profeta Moroni parece temer que seamos demasiado rápidos en condenar, criticar, o ignorar las palabras y enseñanzas inspiradas que no provienen de la Ensign (Liahona) o los manuales de la Iglesia.

La amonestación de Moroni es un requerimiento sobre el criterio de a qué voces deben dar oído los discípulos de Cristo. Tomemos nota de que Moroni está tan preocupado acerca del rechazo de lo bueno y hermoso como lo está sobre que nos sumerjamos en la corrupción:

“Todo aquello que invita e induce a hacer lo bueno, y a amar a Dios y a servirle, es inspirado por Dios. Tened cuidado, pues, amados hermanos míos, que no juzguéis… que lo que es bueno y de Dios sea del diablo”. Para agregar: “y si os aferráis a todo lo bueno, y no lo condenáis, ciertamente seréis hijos de Cristo”. (Moroni 7: 13-14, 19)

Recientemente he completado un estudio profundo sobre la idea de la vida premortal en el pensamiento occidental. Ustedes están familiarizados con esta idea como una de las doctrinas de la Restauración. En mayo de 1833, Joseph Smith recibió una revelación (DyC 93) que cubría nociones superficiales de varios temas: el testimonio de Juan, el Espíritu de verdad y la presencia de Cristo con el Padre desde el principio. Y entonces, sin advertencia o elaboración, aparece esta bomba: “Vosotros también estuvisteis en el principio con el Padre” (vers.23). Se proveen muy pocas palabras adicionales de aclaración: “La inteligencia, o sea, la luz de verdad, no fue creada ni hecha, ni tampoco lo puede ser”. (vers. 29). Entonces, antes de que Joseph o el lector de la revelación puedan digerir el impacto de una de las más trascendentales verdades reveladas por Joseph, la sección continúa con una reprimenda a Sidney Rigdon y Frederick G. Williams, directivas sobre la traducción de la Biblia, etc, etc. La sección no contiene ninguna elaboración de la doctrina de la existencia premortal, ninguna exploración o discusión de su relevancia para una hueste de desconcertantes dilemas teológicos, simplemente una observación casual que queda flotando en un aislamiento intelectual.

Los Santos de los Ultimos Días son la única denominación cristiana que enseña esa doctrina hoy. Pero ocurre que docenas – tal vez cientos – de poetas, místicos, filósofos, teólogos y pastores han enseñado el mismo principio a lo largo de los siglos. En conjunto, esta sinfonía de hombres y mujeres inspirados han provisto una diversa – y profundamente inspirada – serie de percepciones y lecciones que pueden enriquecer y expandir nuestra comprensión y aprecio por esta sublime enseñanza. “Es el deber de los Elderes de esta Iglesia”, dijo Brigham Young, “recoger todas las verdades del mundo que pertenecen a la vida y la salvación… dondequiera que se encuentren, en toda nación, tribu, lengua y pueblo, y traerlas a Sión” [25]

Nos gusta creer que Joseph Smith comenzó con un pizarrón en blanco, repudiando todo el pasado cristiano y comenzando de nuevo, enseñando sólo lo que le venía directamente de los cielos. Sin embargo, él resistió enfáticamente tal concepción. La suya era una mente generosa, sin miedo de abrazar la verdad doquiera que la encontrase y traerla a Sión. Se requiere humildad de espíritu para ser enseñado; observen el ejemplo de Joseph en este aspecto. Mostró al mundo que podía traducir planchas de oro escritas en egipcio reformado y luego contrató a un maestro judío para que le enseñase hebreo. Tomó prácticas masonas y abiertamente las adaptó a las ceremonias del templo, colocándolas en lo que consideró su apropiado e inspirado contexto. Planeó una biblioteca y museo para Nauvoo que deseaba llenar con los frutos más selectos de la cultura occidental. Un diario de Nauvoo describió su plan: La Biblioteca de los Setenta “ha sido comenzada, en una superficie y escala lo suficientemente amplia como para abrazar las artes y ciencias dondequiera que se hallen: así los Setenta, mientras viajan por la superficie del globo como Soldados Regulares del Señor, podrán recoger todas las cosas curiosas, tanto naturales como artificiales, con todo el conocimiento, invenciones y muestras maravillosas de genio que han estado adornando al mundo por casi seis mil años” [26]

En mis estudios he hallado varias “muestras de genio”, fragmentos inspirados de una iglesia en el desierto. Generaciones de teólogos, filósofos, místicos y buscadores inspirados han hallado que la premortalidad es la llave para explicar “a los mejores ángeles de nuestra naturaleza” [27] incluyendo el anhelo humano por lo trascendente y sublime. La vida premortal da sentido al porqué sabemos lo que no deberíamos ser capaces de saber, ya sea en la forma del dominio de las matemáticas por un esclavo griego, el sentido moral común a toda la humanidad, o la habilidad del hombre para reconocer lo universal. Mucho más allá de los límites de la Iglesia restaurada, la vida premortal ha sido invocada para explicar lazos humanos que parecen tener su propia historia misteriosa, a curado la sensibilidad herida de una hueste de pensadores que de otro modo no podían explicar la despareja distribución del dolor y sufrimiento que son comunes a toda la humanidad, y ha sido propuesto por filósofos y teólogos para resguardar el principio de libre albedrío y responsabilidad.

Puede ser que los Santos de los Ultimos Días sientan como un mandato el apreciar lo poderosas, autorizadas y únicas que fueron las revelaciones de Joseph Smith. Al mismo tiempo, debemos propender hacia mentes capaces y corazones generosos, siguiendo la admonición de Moroni de amar y celebrar la verdad, lo bueno y lo bello dondequiera que se encuentren y traer esas verdades a Sión.

De modo que agregamos más tensión a la mezcla. La tensión y desequilibrio entre excepcionalismo y un generoso universalismo, la paradoja que hizo que Joseph Smith fuese llamado para traer ordenanzas perdidas y autoridad de nuevo a la tierra desde los cielos, así como fue inspirado a hallar y ensamblar gemas de verdad dispersas en mil jardines terrenales. Esta, en ocasiones, confusa carga que los Santos han sido llamados a soportar, enseñar con convicción al mismo tiempo que se les exhorta a aprender con humildad,  así como la tensión entre búsqueda y certeza o independencia y discipulado, debe ser celebrada, no lamentada. Es una señal de que no estamos dispuestos, o no deberíamos estarlo, a renunciar a ninguno de esos dignos ideales. La angustiante lucha de ir en pos de ambos, da testimonio de nuestro amor por ellos. El corazón de Dios posee una capacidad infinita. Nuestra mente debería ensancharse del mismo modo. Eso será, necesariamente, un poco doloroso.

Notas

[1] Gilbert K. Chesterton, Orthodoxy (New York: John Lane, 1909), 50.

[2] Chesterton, Orthodoxy, 48.

[3] Daniel H. Ludlow, ed., Encyclopedia of Mormonism (New York: MacMillan, 1992), s.v. “beehive symbol.”

[4] Charles Darwin, The Origin of Species (New York: P.F. Collier & Son, 1909), 214.

[5] Darwin, Origin of Species, 213.

[6] Herbert Spencer, Principles of Biology, (London: Williams and Norgate, 1864), 444–45.

[7] Darwin, Origin of Species, 213.

[8] Joseph Smith, The Personal Writings of Joseph Smith, ed. Dean C. Jessee (Salt Lake City: Deseret Book, 2002), 436.

[9] Matthew Stewart, The Courtier and the Heretic: Leibniz, Spinoza, and the Fate of God in the Modern World (New York: W. W. Norton & Co., 2006), 38.

[10] Virginia Sorensen, A Little Lower Than the Angels (New York: Knopf, 1942; Salt Lake City: Signature Books, 1997), 55.

[11] Frederick Barnard, “Culture and Civilization in Modern Times,” en Dictionary of the History of Ideas: Studies of Selected Pivotal Ideas, ed. Philip P. Wiener (New York: Charles Scribner’s Sons, 1973), 1:618.

[12] Chesterton, Orthodoxy, 50.

[13] Ver Terryl L. Givens, People of Paradox: A History of Mormon Culture(New York: Oxford University Press, 2007).

[14] Henry D. Moyle, in Conference Report, October 1947, 46.

[15] Richard D. Poll, “What the Church Means to People Like Me,” en History & Faith: Reflections of a Mormon Historian (Salt Lake City: Signature Books, 1989), 1–15.

[16] George M. Marsden, Jonathan Edwards: A Life (New Haven: Yale University Press, 2004), 349.

[17] Brigham Young, en Journal of Discourses (Liverpool: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–86), 13:335.

[18] Brigham Young, en Journal of Discourses, 5:332.

[19] James Gordon Bennett, New York Herald, August 4, 1842.

[20] Samuel T. Coleridge, Samuel Taylor Coleridge: The Major Works, ed. H. J. Jackson (Oxford: Oxford University Press, 2000), 555.

[21] Elizabeth Barrett Browning, Aurora Leigh (London: Smith, Elder, & Co., 1898), 286.

[22] Ver, por ejemplo, Milton V. Backman Jr., The Heavens Resound: A History of the Latter-day Saints in Ohio, 1830–1838 (Salt Lake City: Desert Book, 1983), 262–75.

[23] Joseph Smith, Encyclopedia of Joseph Smith’s Teachings, ed. Larry E. Dahl and Donald Q. Cannon (Salt Lake City: Bookcraft, 1997), s.v. “progression.”

[24] Charles Osborne, W. H. Auden: The Life of a Poet (New York: M. Evans & Co., 1995), 52.

[25] Young, en Journal of Discourses, 7:283.

[26] “Seventies’ Library,” Times and Seasons, January 1, 1844, 762.

[27] Abraham Lincoln, primer discurso inaugural, March 4, 1861

“De Líderes a Gerentes: el cambio fatal” – Hugh W. Nibley

Discursos Olvidados

“De Líderes a Gerentes: el cambio fatal”
Hugh W. Nibley

H.Nibley 10522882_111003353767

Este discurso fue pronunciado en la Universidad Brigham Young (BYU), en la ceremonia inicial del año académico, el día 19 de Agosto de 1983, después de que Nibley recibiera un doctorado honorario en Letras. Se publicó con el título “De Líderes a Gerentes: el cambio fatal” DJMT 16/4 (Winter 1983): 12-21. Mayor información sobre la trayectoria del Profesor Nibley puede encontrarse en este blog en la sección Perfiles, HUGH NIBLEY, un gigante entre nosotros

 

“Hace hoy veintitrés años, en una similar ocasión, ofrecí la oración de apertura en la cual mencioné: “Nos hemos reunido hoy aquí, vestidos con las togas negras de un falso sacerdocio…” Muchos me han preguntado, desde aquella ocasión, si yo realmente dije algo tan chocante, pero nadie jamás me ha preguntado lo que quise decir con eso. ¿Por qué no? Bueno, algunos ya conocen la respuesta; y en cuanto al resto, “nosotros no cuestionamos cosas en BYU.” Pero para mi propio alivio, aprovecho esta oportunidad para explicarlo.

¿Por qué un sacerdocio? Porque estas togas originalmente distinguían a aquellos que formaban parte del clero; y un colegio o claustro era un “misterio”, con todos los ritos, secretos, juramentos, grados, pruebas, festejos y solemnidades que iban con la iniciación a un conocimiento superior.

Pero ¿por qué falso? Porque es un adorno prestado, que desciende hasta nosotros a través de una larga línea de imitadores desautorizados. No fue sino hasta 1893 que “una comisión intercolegial se formó… para delinear un código uniforme para las togas y los birretes” en los Estados Unidos.1 Antes de eso no había ninguna reglamentación. Uno podía diseñar su propia indumentaria; y esa libertad proviene desde los tiempos más remotos en que se conocieron estos accesorios. Los últimos emperadores romanos, como aprendemos del infalible DuCange, marcaron cada paso del declive de su poder y gloria, añadiendo algún nuevo ornamento a las resplandecientes vestimentas que proclamaban su sagrado oficio y dominio. En las divisiones que les subsiguieron, los reyes de las tribus que heredaron las tierras, y las pretensiones del imperio, compitieron entre sí imitando a los maestros romanos, decididos a superar aún a éstos en la variedad y riqueza teatral de sus togas y birretes.

Uno de las cuatro coronas usadas por el Emperador era el birrete. Los reyes franceses lo tuvieron desde Carlomagno, el modelo y fundador de sus líneas reales. Citando a DuCange:

“Cuando los reyes franceses abandonaron el palacio en París para erigir un Templo de Justicia, al mismo tiempo confirieron sus ornamentos reales sobre aquellos que presidirían allí, a fin de que los juicios que vinieran de sus bocas tuvieran más peso y autoridad sobre el pueblo, como si provinieran de la boca misma del Príncipe”. [Esta es la idea de las ropas del profeta descendiendo sobre su sucesor.] De esto provienen los birretes y las túnicas de escarlata y armiño de los Cancilleres de Francia y los Presidentes del Parlamento. Sus togas o epitogia [las túnicas sueltas que se llevan encima de la ropa, que producen el conocido efecto invernadero] se hacen aún a la antigua usanza. . . . Se da el nombre de “birrete” a la diadema, por su forma semejante al mortero usado para mezclar la argamasa, siendo más grande en la parte superior que en la base. 2

¿Pero de dónde lo obtuvieron los emperadores romanos? El birrete fue llamado Justinianeion debido a su uso por el Emperador Justiniano, quien lo introdujo del Oriente. Las vestimentas y los protocolos de su corte provenían de los monarcas de Asia, en particular del Gran Sha, quien los tenía de los khans de las estepas y de los emperadores mongoles. Estos usaban el botón dorado de toda sabiduría sobre el birrete, tal como lo llevo yo hoy día. Los chamanes del Norte también lo tuvieron, y entre los lapones aún se le llama “el Gorro de los Cuatro Vientos”. El sombrero de cuatro esquinas, coronado por una borla dorada – la Llama emergente de la Ilustración Plena – también figura en algunas representaciones budistas y lamaístas. Pero ustedes ya captan la idea: ¡esta indumentaria auspiciosa es una medicina muy fuerte -“magia rústica” de hecho! 3

Se describe otro tipo de túnica y sombrero en Exodo y Levítico y en el tercer libro de las Antigüedades de Josefo, p. ej., la túnica blanca y la gorra de lino del sacerdocio hebreo, que guardan estrecho parecido con algunas vestimentas egipcias.4 Sin embargo, estas fueron abandonadas enteramente al cesar el templo y nunca más fueron siquiera imitadas por los judíos. Su diseño peculiar y su blanco básico, especialmente como se revela en los últimos estudios en Israel, se asemejan mucho a nuestras propias investiduras del templo. Éste no es el tiempo ni el lugar para tratar un tema sobre el cual el hermano Packer recomienda sabiamente una reserva juiciosa. Lo menciono sólo para preguntarme: “¿Qué pasaría si yo apareciera para una sesión de investidura en el templo vestido con la indumentaria que tengo en este momento?” Habría una incongruencia en esto, sería quizás cómico. Pero ¿por qué tendría que serlo? La idea original detrás de ambos atuendos es la misma – proveer una vestimenta más apropiada para otro ambiente, actividad y estado de ánimo que la usada en el almacén, la oficina o la granja. Doctrina y Convenios 109 describe la función y propósito del templo en forma similar a las de la universidad: Una casa donde todos buscan conocimiento por el estudio y la fe, por una búsqueda discriminada entre los mejores libros (no se da una lista oficial –tú debes buscarla), y por discusión constante –enseñándose diligentemente “uno a otro palabras de sabiduría”; buscando cada quien mayor luz y conocimiento a medida que todas las cosas “se juntan en una” – o sea universidad (DyC 109:7, 14; 42:36).

Ambas vestiduras, la negra y la blanca, proclaman un interés primario por las cosas de la mente y del espíritu, vidas sobrias y concentración de propósito alejados de las rutinas autómatas, mecánicas de nuestro mundo diario. La túnica y la gorra anuncian que el portador ha aceptado ciertas normas de vida y ha sido probado en campos especiales del conocimiento.

¿Qué hay de malo entonces en las túnicas?. Sencillamente son algo teatrales e incitan al portador, engañado por su esplendor, a poses fingidas. En el tiempo de Sócrates, los Sofistas convirtieron en algo muy importante su manera especial de vestir y comportarse.5 Todo era por show, desde luego, pero era una impetuosa “vestimenta para el éxito”, ya que el mero propósito de la rama retórica de educación que habían inaugurado y que vendían a altos precios a jóvenes ambiciosos, era convertir al estudiante en un abogado exitoso ante las cortes, una figura líder en las asambleas públicas o un hábil promotor de audaces iniciativas comerciales, gracias al dominio de las técnicas de persuasión y venta, irresistibles para la época y que los Sofistas tenían para ofrecer.

Esta fue la educación clásica que abrazó el Cristianismo a instancias del gran San Agustín. El había aprendido por duras experiencias que no se puede confiar en la revelación, porque no se la puede controlar – el Espíritu sopla donde quiere (Juan 3:8); y lo que la iglesia necesitaba era algo más accesible y confiable que eso, algo commodior et multitudini tutior (“más práctico y más fiable para el público”) que la revelación o aún la razón, y esto era exactamente lo que la educación retórica les ofrecía.

A comienzos de este siglo los eruditos debatían con afán sobre el momento de la transición del “Geist” al “Amt”, del espíritu al cargo, de la inspiración a la ceremonia, en el liderazgo de la antigua iglesia; cuando el líder inspirado, Pedro, fue reemplazado por el típico obispo de ciudad, un oficial nombrado y electo –ambicioso, envidioso, calculador, buscador del poder, autoritario, un hábil político y un maestro de las relaciones públicas. Tenemos una inmensa literatura sobre esto en la Patrologia. Ésta fue la retórica aprendida por San Agustín. Al mismo tiempo, los dones carismáticos (los dones del Espíritu), en los que no se debía confiar, fueron reemplazados por ritos y ceremonias que podían ser cronometradas y controladas; todo esto siguiendo el modelo Romano Imperial, como lo demostró Alföldi, incluyendo las togas y los birretes.6

Y a través de los siglos las togas nunca fallaron en su función de mantener al público a una distancia respetable, de inspirar una decente reverencia por las profesiones y de impartir un aire de solemnidad y misterio que ha sido tan bueno como dinero en el banco. Las cuatro facultades de teología, filosofía, medicina y derecho han sido los semilleros perennes, no sólo de conocimiento profesional, sino de la charlatanería y venalidad tan generosamente expuestas a la vista pública por Platón, Rabelais, Molière, Swift, Gibbon, A. E. Housman, H. L. Mencken, y otros. Lo que aconteció en el mundo grecorromano, así como en el cristianismo fue un cambio fatal de líderes a gerentes que señala el declive y caída de las civilizaciones.

En la actualidad, la gran y antigua dama de la Fuerza Naval, la Capitán Grace Hopper (la oficial comisionada más antigua de la Marina), está llamando nuestra atención sobre las naturalezas contrastantes y antagónicas de la gerencia y el liderazgo. Jamás nadie, afirma ella, ha gerenciado a los hombres en la batalla. Ella quiere más énfasis en la enseñanza del liderazgo. Pero el liderazgo no se puede enseñar, como tampoco se puede enseñar la creatividad o cómo ser un genio. El alto mando alemán intentó desesperadamente durante cien años entrenar a una generación de líderes para el ejército; pero no se logró nunca, porque los hombres que agradaban a sus superiores, p. ej., los gerentes, eran ascendidos a las posiciones altas, mientras que los hombres que agradaban a los rangos inferiores, p. ej., los líderes, recibían los castigos.

Los líderes son movilizadores y agitadores, originales, inventivos, impredecibles, imaginativos, llenos de sorpresas que desconciertan al enemigo en la guerra y a la oficina principal en la paz. Mientras que los gerentes son seguros, conservadores, predecibles; que conforman hombres para las organizaciones, jugadores de equipo, dedicados a la clase dirigente.

El líder, por ejemplo, siente pasión por la igualdad. Pensamos en grandes generales, desde David y Alejandro hacia abajo, compartiendo sus arvejas o maza con sus hombres, llamándolos por su primer nombre, marchando junto a ellos en el calor, durmiendo en el piso y asaltando las murallas entre los primeros. Una famosa oda escrita por un sufrido soldado griego, Arquíloco, nos recuerda que los hombres en las filas no se dejan engañar ni por un instante, por el tipo ejecutivo que piensa que es un líder.7

Por otra parte, al gerente le repugna la idea de igualdad y le es aún contraproducente. En un sistema donde imperan la promoción, los filtros, los privilegios y el poder, la reverencia y el respeto por el rango son el todo y constituyen la inspiración y motivación de todo buen hombre. ¿Dónde estaría la gerencia sin el procesamiento inflexible de papeles, las normas de vestido, la atención hacia el estatus social, político y religioso, la vigilancia cuidadosa de hábitos y actitudes, que gratifican a los accionistas y garantizan la seguridad?

“Si me amáis,” dijo el más grande de todos los líderes, “guardaréis mis mandamientos”. “Si vosotros sabéis lo que os conviene,” dice el gerente, “guardaréis mis mandamientos y no causaréis problemas”. Por esta razón el ascenso de la gerencia siempre marca finalmente el deterioro de la cultura. Si a la gerencia no le gusta Bach, muy bien, entonces no habrá Bach en la reunión. Si la gerencia favorece poesía barata, sentimental y vil que exalta las cualidades del éxito, la gente joven en todas partes andará alardeándose con meras frases publicitarias. Si el gusto artístico de la gerencia es lo que decide qué se vende, tendremos material trillado, insípido, presuntuoso. Si a la gerencia le gustan los comerciales melodramáticos y cursis, eso es lo que el público recibirá. Si la gerencia debe reflejar su imagen corporativa en edificios modernos de mal gusto, abajo irán los antiguos monumentos pioneros.

Parkinson añade a su Ley, la cual muestra cómo la gerencia engulle todas las cosas, otra que él llama la “Ley de la Inteligencia”: El Gerente no promueve a individuos cuya competencia pueda amenazar su propia posición; y así a medida que el poder de la gerencia se extiende más y más, la calidad se deteriora (si esto es posible). En resumen, a la par que la gerencia elude la igualdad, se alimenta de la mediocridad.

Por otra parte el liderazgo es un escape de la mediocridad. Todo el gran cúmulo de arte, ciencia y literatura del pasado, sobre el cual han edificado todas las civilizaciones, proceden de un puñado de líderes. Esto se debe a que las cualidades de liderazgo son las mismas en todos los campos, siendo el líder aquel, que simplemente dé el ejemplo más alto; y para hacer esto y abrir la vía a mayor luz y conocimiento, el líder debe romper esquemas. “Un barco en el puerto está seguro,” dice la Capitán Hopper, hablando de la gerencia, “pero para eso no se construyen los barcos,” afirma, clamando por liderazgo.

Cito a uno de los más grandes líderes, el fundador de esta institución, “Hay demasiado de lo mismo en esta comunidad. . . . Yo no soy un Santo de los Ultimos Días estereotipado y no creo en esta doctrina. . . ¡fuera los ‘mormones’ estereotipados!”8 Adiós a todos. Los líderes genuinos son inspiradores, porque ellos están inspirados; están consagrados a un propósito superior y están desprovistos de ambiciones personales. Son idealistas e incorruptibles.

Necesariamente hay algo de gerente en cada líder (¿qué mejor ejemplo que el mismo Brigham Young?), como debiera haber algo de líder en cada gerente. El Señor hablando en el templo a la gerencia del mismo, los escribas y fariseos, todos ataviados en sus vestimentas oficiales, los censuró por ser unilaterales: Llevaban minuciosos registros de las más triviales sumas que entraban al templo; pero en sus tratos, ellos desdeñaban la justicia, la compasión y la buena fe, que son justamente las cualidades máximas del liderazgo.

El Señor insistió en que ambas actitudes mentales son necesarias, y esto es importante: “Esto era necesario hacer (hablando de la contabilidad), sin dejar de hacer aquello”. Pero es el ciego guiando al ciego, él continúa, quien invierte las prioridades, quienes “[cuelan] el mosquito, y [tragan] el camello” (Mateo 23:23-24). Tan extensa es la discrepancia entre la gerencia y el liderazgo que solamente un hombre ciego las invertiría. Sin embargo, eso es lo que hacemos. En ese mismo capítulo de Mateo, el Señor le dice a estos mismos hombres, que ellos no toman realmente en serio al templo, mientras que sí toman muy en serio los contratos registrados en el templo (Mateo 23:16-18). Me contaron de una reunión de grandes hombres de negocio en un lugar distante, quienes eran también líderes de estacas, donde ellos trataron el problema de “Cómo permanecer despierto en el templo”. Para ellos, lo que se hace en la casa del Señor es un mero requisito, hasta que ellos pueden volver al trabajo real del mundo.

La Historia abunda en dramáticas confrontaciones entre los dos tipos, pero ninguna es más emocionante, que la historia épica de la lucha entre Moroni y Amalickíah; uno, el más carismático líder; el otro, el más diestro gerente en el Libro de Mormón. Esto es oportuno y relevante—por eso es que lo traigo a colación. Se nos recuerda a menudo que Moroni “no se deleitaba en derramar sangre” y que haría cualquier cosa para evitarlo, exhortando repetidamente a su pueblo a hacer convenios de paz y a preservarlos por la fe y la oración. Se rehusaba a hablar sobre “el enemigo”. Para él, ellos eran siempre “nuestros hermanos”, engañados por las tradiciones de sus padres. Los enfrentó en batalla con gran reticencia, y nunca invadió sus tierras, aún cuando ellos amenazaban con invadirlos por su cuenta. Nunca se sintió amenazado, ya que confiaba absolutamente en el Señor. A la menor señal de debilidad del enemigo en batalla, Moroni instantáneamente proponía un diálogo para poner fin a la lucha. La idea de una victoria total le era ajena–no había venganzas, ni castigos, ni represalias, ni reparaciones, aún cuando el agresor había devastado a su país. Después de la batalla enviaba al enemigo vencido a su casa, aceptando su palabra de buena conducta o lo invitaba a establecerse sobre tierras nefitas, sabiendo que era peligroso. Aún sus compatriotas, que lucharon en su contra, sólo perdieron sus vidas mientras se le opusieron en el campo de batalla. No había escuadrones de fusilamiento, y los que habían sido conspiradores y traidores, solamente tenían que aceptar apoyar a su ejército popular, para ser restaurados a sus cargos. Junto con Alma, él insistió en que los que se rehusaban a luchar por razones de conciencia mantuvieran sus convenios y no fueran a la guerra, aún cuando él necesitaba desesperadamente su ayuda. Siempre preocupado por comportarse decentemente, él nunca se aprovecharía de lo que llamaba una ventaja injusta sobre el enemigo. Desprovisto de ambiciones personales, al momento de finalizar la guerra, él “entregó el mando de sus ejércitos. . . y se retiró a su propia casa. . . en paz” (Alma 62:43), aún cuando en su calidad de héroe podría haber tenido algún cargo u honores. Su lema era “No busco poder” (Alma 60:36), y en cuanto a rango, él se consideraba solamente uno de los despreciados y desechados de Israel. Si todo esto suena demasiado idealista, permítanme recordarles que realmente ha habido estos hombres en la historia, aún cuando es difícil de imaginar hoy en día.

Por encima de todo, Moroni era el líder carismático, que iba personalmente a convocar a las personas, las cuales venían corriendo espontáneamente a adherirse a su estandarte de libertad, el pendón de los pobres y oprimidos de Israel (Alma 46:12, 19-21). El tenía poca paciencia con la gerencia. Se dejó llevar por sus sentimientos y escribió acaloradas cartas sin tacto a los grandes hombre sentados sobre sus “tronos en un estado de insensible estupor” en la capital (Alma 60:7). Y cuando fue necesario, saltó todo el sistema y “[alteró] el manejo de los asuntos entre los nefitas”, para contrarrestar la habilidad gerencial de Amalickíah (Alma 49:11). Sin embargo se disculpó ampliamente cuando supo que estaba equivocado, que se había guiado por sus generosos impulsos hacia una exagerada pugna con la gerencia; y compartió gustosamente la victoria final con Pahorán, cosa que los generales ambiciosos se reservan celosamente para sí.

Pero si Moroni odiaba tanto a la guerra, ¿por qué era un general tan dedicado? No nos deja en dudas en cuanto a esto –él tomaba la espada sólo como último recurso. “No busco poder, sino que trato de abatirlo” (Alma 60:36). El estaba decidido a “[abatir el] orgullo y . . .[la] grandeza” (Alma 51:18) de aquellos grupos que estaban tratando de alterar el orden. Los ” hermanos lamanitas”, a los que él combatió, eran renuentes ayudantes de los Zoramitas y Amalekitas, sus propios compatriotas. Estos últimos “se volvieron orgullosos . . . por motivo de sus enormes riquezas” y buscaron tomar el poder para su beneficio (Alma 45:24), enrolando a su servicio a “los que estaban a favor de los reyes . . . de ilustre linaje . . . aquellos que ambicionaban poder y autoridad sobre el pueblo” (Alma 51:8). A ellos se juntaron también importantes “jueces [quienes] tenían muchos amigos y parientes” (el tener las conexiones correctas era el todo) mas “casi todos los abogados y sumo sacerdotes”, añadiéndose “los jueces menores del país, y codiciaban el poder”. (3 Nefi 6:27; Alma 46:4).

Amalickíah, con inmensa habilidad gerencial, fusiona todo esto para formar una sola coalición ultraconservadora, que accedió a “[apoyarlo e instituirlo] como su rey”, con la esperanza de que “él los pondría por gobernantes sobre el pueblo” (Alma 46:5). Muchos en la iglesia se dejaron convencer por la diestra oratoria de Amalickíah, ya que era un comunicador persuasivo y seductor (adulador, según la descripción usada en el Libro de Mormón). El hizo de la guerra la piedra angular de su política y poder, utilizando un sistema de comunicación cuidadosamente diseñado con torres y oradores entrenados, para agitar al pueblo a luchar por sus derechos, o sea, la carrera de Amalickíah. Mientras Moroni tenía sentimientos benevolentes por el enemigo, a Amalickíah “no le importaba la sangre de su [propio] pueblo” (Alma 49:10). Su objetivo en la vida era llegar a ser rey de ambos, Nefitas y Lamanitas, usando a unos para subyugar a los otros (Alma 46:4-5). Era un maestro de los trucos sucios, a los cuales debía algunos de sus logros más brillantes. Mantuvo su ascenso mediante asesinatos astutos, relaciones públicas de alto nivel y una gran habilidad ejecutiva. Su espíritu competitivo era tal, que juró que bebería la sangre de Moroni, quien se interponía en su camino. En resumen, él era “un hombre sumamente inicuo” (Alma 46:9), que representaba todo lo que Moroni detestaba.

Es en este tiempo en la historia del Libro de Mormón cuando la palabra gerencia hace sus únicas apariciones (tres en total) en todas las escrituras. Primero fue en aquella ocasión, cuando Moroni por su cuenta “había alterado el manejo de los asuntos entre los nefitas”* (Alma 49:11) durante una crisis. Luego fue Korihor, el vocero ideológico de los Zoramitas y Amalekitas, quien predicaba “que en esta vida a cada uno le tocaba de acuerdo con su habilidad**; por tanto, todo hombre prosperaba según su genio [habilidad, talento, cerebro, etc.], y. . . conquistaba según su fuerza; y no era ningún crimen el que un hombre hiciese cosa cualquiera” (Alma 30:17). El se enfureció contra el gobierno por tomar la propiedad del pueblo, quienes “ni se atreven a gozar de sus propios derechos y privilegios. Sí, no se atreven a hacer uso de lo que les pertenece” (Alma 30:27-28). Finalmente, tan pronto como Moroni desaparece de la escena, la antigua coalición “[logró] la administración*** exclusiva del gobierno”, e inmediatamente “volvieron la espalda a los pobres” (Helamán 6:39), mientras ponían a jueces en la banca, quienes demostraron espíritu de cooperación, “dejando ir impunes al culpable y al malvado por causa de su dinero” (Helamán 7:5). (Todo esto sucedió en América Central, la arena perenne de la Gente Grande versus la Gente Chica.)

Esta era la gerencia a la que Moroni se opuso. Por todos los medios, hermanos, tomemos al Capitán Moroni como nuestro modelo y nunca olvidemos por lo que él luchó –el pobre, el desechado y el menospreciado; y las cosas que combatió –orgullo, poder, riqueza y ambición; o cómo él luchó –como un contrincante generoso, considerado y magnánimo, un líder en todos los sentidos.

Corriendo el riesgo de pasarme del tiempo, debo hacer una pausa y recordarles que esta historia, de la que les di sólo algunos fragmentos, se supone que fue fraguada allá por 1820, en un bosque de las afueras y por algún ignorante abismal, un campesino repugnantemente flojo y chocantemente deshonesto. Aparte de una ligera suavización de estos epítetos, ésta es la única alternativa a creer que la historia es verdadera; porque la situación es igualmente fantástica, no importa cual tipo de autor vosotros deseéis inventar. Ésta debe ser una historia verdadera.

Que José Smith es el más grande líder de los tiempos modernos sin comparación alguna, es una proposición que no necesita comentarios. Brigham Young recordaba que muchos de los hermanos se consideraban mejores gerentes que José y a menudo se enojaban por su ingenuidad en economía. Brigham ciertamente era un mejor gerente que el Profeta (o que cualquier otro, en todo caso), y él lo sabía; sin embargo él siempre se sometía y seguía sin falta al hermano José todo el tiempo, mientras exhortaba a los demás a hacer lo mismo, porque él sabía demasiado bien cuán pequeña es la sabiduría de los hombres comparada con la sabiduría de Dios.

Moroni reprendió a la gerencia por su “amor por la gloria y las vanidades del mundo” (Alma 60:32), y nosotros hemos sido amonestados recientemente en la Conferencia General contra las cosas de éste mundo.9 Pero qué son exactamente las cosas del mundo? Se nos ha dado una prueba sencilla e infalible en la bien conocida máxima, “Tú puedes tener cualquier cosa en este mundo por dinero”. Si una cosa es de este mundo, tú la puedes tener por dinero; si no la puedes tener por dinero, no pertenece a este mundo. Esto es lo que hace manejable al asunto –dinero es puro número. Al convertir todos los valores a números, se pueden meter en la computadora y manejar con facilidad y eficiencia. Lo único que necesitamos preguntar es “¿cuánto?”. El gerente “conoce el precio de cada cosa y el valor de ninguna”, porque para él, el valor es el precio.

Mirad aquí a vuestro alrededor. ¿Véis alguna cosa que no se pueda tener por dinero? ¿Hay algo aquí que no pudierais tener si fuerais suficientemente ricos? Bien, por un lado vosotros podéis pensar en la inteligencia, la integridad, sobriedad, celo, carácter y otras nobles cualidades. ¿No demuestran eso las togas y los birretes? Pero ¡esperad! Siempre se me dijo que esas son justamente las cosas que los gerentes están buscando. Ellas se cotizan a precios altos en el mercado.

¿Significa entonces, que al tener valor en este mundo no tienen valor en el otro mundo? Eso es lo que significa exactamente. Estas cosas no tienen precio, ni generan salario en Sión; no podéis negociar con ellas, porque son tan comunes como el aire, antes puro, a nuestro alrededor; no son negociables en el reino, porque allí todos las poseen en su totalidad y sería tan lógico exigir paga por tener huesos o piel, como recibir un bono por honestidad o sobriedad. Solamente en este mundo es que ellos son valiosos por su escasez. “Tu dinero perezca contigo”, dijo Pedro a un charlatán con toga (Simón el Mago), quien intentó incluir “el don de Dios” en una transacción comercial (Hech. 8:20).

El líder de grupo de mi quórum de sumos sacerdotes es un Santo de los últimos días firme y sólido. Recientemente lo visitó un joven misionero retornado, con el objeto de venderle una póliza de seguros. Basándose en su entrenamiento en el campo misional, el joven le aseguró al hermano que él sabía que tenía la póliza correcta para él, así como sabía que el evangelio era verdadero. A lo que mi amigo, sin mayores aspavientos, lo botó de su casa, porque una persona con un testimonio lo debe conservar sagrado y no venderlo por dinero. Los primeros Cristianos llamaron Christemporoi (mercantilista cristiano) a aquellos que convertían los dones espirituales y las conexiones eclesiásticas en mercancía. Las cosas del mundo y las cosas de la eternidad no se pueden conjugar así convenientemente; y es porque muchas personas están descubriendo esto hoy en día, por lo que me siento constreñido a hablar sobre éste tema impopular en esta ocasión.

En tiempos pasados he sido asaltado por una corriente constante de visitantes, llamadas telefónicas y cartas de personas que agonizaban por lo que se puede llamar un cambio de especialidades. Hasta ahora se trataba de un problema de repugnancia que el estudiante (usualmente de postgrado) sentía al entrar en una línea de trabajo, cuando prefería realmente otra. Pero ¿qué pueden hacer ellos?. “Si tú abandonas mi empleo”, dice el gerente, “¿qué será de ti?”. Hoy en día, sin embargo, ya no es por aburrimiento o desilusión que surge el problema, sino por conciencia. El buscar primeramente la independencia financiera y todas las otras cosas serán añadidas, se reconoce como una perversión indecente de las escrituras y una inversión inmoral de valores.

Para cuestionar esta máxima soberana uno sólo tiene que considerar los arduos esfuerzos de ingenio, voluntad e imaginación que han sido necesarios para defenderlo. Yo nunca he escuchado, por ejemplo, que artistas, astrónomos, naturalistas, poetas, atletas, músicos, eruditos o incluso políticos se reúnan en institutos de prestigio, terapias de grupo, ciclos de conferencias, programas de mejoramiento o clínicas para lograr mentalizarse con slogans GO! GO! GO!, clichés moralizantes o ejercicios espirituales de cuidadosa dialéctica, con el fin de obtener lo que llaman “mentalidad de prosperidad”, con la garantía de que (en las palabras de Korihor) “no era ningún crimen el que un hombre hiciese cosa cualquiera” (Alma 30:17). Estas disciplinas antiguas tampoco necesitan de abogados, esos gerentes de gerentes, para probar al mundo que ellos no están haciendo trampas. Aquellos que tienen algo para aportar a la humanidad se deleitan en su obra y no tienen que racionalizar, publicitar o evangelizar para sentirse bien en cuanto a su labor. Sólo cuando su arte o su ciencia se orientan a lo mercantil, es que surgen los problemas de ética. Miren a la TV. Detrás del trabajo sucio siempre está el dinero. No habría crímenes en Hill Street si la gente no tuviera que tener dinero. Pablo tenía toda la razón: El amor al dinero es la “raíz de todos los males” (1 Tim. 6:10); y él cita, casualmente, el antiguo libro de Enoc.

En mi último curso, un estudiante que se graduaba con honores en administración de empresas (quien está aquí hoy) escribió esto –la asignación era compararse con algún personaje de la Perla de Gran Precio, y él, seriamente, escogió a Caín:

“Muchas veces me pregunto si muchos de mis deseos son demasiado egocéntricos. Caín buscaba la ganancia personal. El conocía el impacto de su decisión de matar a Abel. Ahora bien, yo no ignoro a Dios, ni hago pactos criminales con Satanás; sin embargo, deseo tener ganancias. Desafortunadamente mi deseo de triunfo en los negocios no es necesariamente para ayudar a crecer el reino del Señor [hay un trazo refrescante de honestidad]. Quizás soy pesimista, pero pienso que pocos hombres de negocios se han dedicado realmente a promover la Iglesia, sin desear primero una gratificación personal. En mi especialización en negocios me hago preguntas sobre la ética de los negocios –“cobrar tanto como sea posible por un producto que fue hecho por alguien a quien se le pagó lo menos posible”. Tú vives con la diferencia. Como hombre de negocios ¿viviré de la industria de otro y no de la mía? ¿Contribuiré a la sociedad o recibiré algo por nada, como hizo Caín? Siendo honesto, éstas son preguntas difíciles para mí”.

Estas cuestiones se han tornado difíciles por la retórica de nuestros tiempos. La Iglesia en los días de Pablo estaba llena de hombres que enseñaban que la ganancia es piadosa y hacían que otros lo creyeran. Hoy en día las vestimentas negras colocan el sello oficial de aprobación sobre esta misma proposición. Pero ¡no culpen a la Escuela de Administración!. Los Sofistas, esos sagaces hombres de negocio y del espectáculo comenzaron este juego hace 2.500 años y ustedes no pueden culpar a otros por querer entrar en algo tan rentable. Los doctores y eruditos siempre han sabido cuál lado les convenía y han tomado su lugar en la fila. Los estudios sobre negocios y los “Estudios Independientes”, los más recientes aparecidos, han llenado los últimos vacíos; y hoy en día, sin importar lo que tengas en el bolsillo, te puedes llegar a poner una toga y un birrete. Y no os alarméis que la gerencia esté dirigiendo el show–ellos siempre lo han hecho.

La mayoría de vosotros estáis hoy aquí sólo porque creéis que esta charada os ayudará a tomar ventaja en el mundo. Pero en los últimos años las cosas se han salido de control. La economía, anteriormente el asunto más importante en nuestras vidas materialistas, se ha convertido en el asunto único. Hemos sido barridos por una dedicación total a la economía, la que al igual que los masivos deslizamientos de tierra de nuestro Wasatch Front, está envolviendo y sofocando rápidamente a todas las cosas. Si el Presidente Kimball está “espantado y horrorizado” por lo que él ve, yo no puedo más que concluir con sus palabras: “Debemos abandonar la adoración de los ídolos modernos y el confiar en el ‘brazo de la carne’, porque el Señor ha dicho a todo el mundo en nuestros días, ‘no perdonaré a ninguno que se quede en Babilonia’ (DyC 64:24).”10 Y Babilonia es donde nosotros estamos.

En un tiempo olvidado, antes que el Espíritu fuera cambiado por el cargo y el inspirado liderazgo por la gerencia ambiciosa, estas togas fueron diseñadas para representar el alejamiento de las cosas de este mundo—como aún lo hacen las ropas del templo. Que podamos llegar a estar más conscientes del significado real de ambas, es mi oración”.

Notas:
1. Encyclopedia Americana, International Edition, 30 vols. (New York: Americana,1965), 8:49.

2. D. P. Carpenter, “Des Couronnes des rois de France,” Dissertatisobre 24 de Dissertations ou réflexions sur l’histoire de Saint Louys, en i Charles du Fresne DuCange, Glossarium Mediae et Infimae Latinitatis, 10 vols. (Paris: Didot, 1840–50; reimpreso por Graz: Akademische Druck- ad Verlagsanstalt, 1954), 10:83; cf. ensayo sobre crowns en i elsupplehombrest.

3. William Shakespeare, The Tempest, acto V, escena I, linea 57.

4. Exodo 28:4; 39:1-31; Levitico 8:7-9; y Josefo, Antiquities III, 7, 1-7.

5. Platón, Protágoras 309a-d.

6. András Alföldi, Un Conflicto de Ideas en  The Late Roman Empire, tr. Harold Mattingly (Oxford, Clarendon: 1952).

7. Arquíloco, frag. 58.

8. JD 13:153, 55.

9. Por ejemplo, ver Thomas S. Monson, “Anonymous,” Ensign 13 (May 1983): 55-57.

10. Spencer W. Kimball, “Los falsos dioses que adoramos” Ensign  (Enero 1976): 4, 6.