“Trabajar debemos, pero el almuerzo es gratis” – Segunda Parte – Hugh W. Nibley

Discursos Olvidados

Trabajar debemos, pero el almuerzo es gratis

Segunda Parte

por Hugh W. Nibley

Propiedad Privada 

En toda la ley de Moisés, con su perpetua preocupación por dar y recibir, no existe una sola mención sobre quién merece qué, sea rico o pobre, o sobre quien es digno de recibir lo que necesita – Dios “hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:45). La necesidad es el único criterio utilizado en lo que concierne al almuerzo. Aquellos que vilmente se ocupan de calcular escrupulosamente el punto exacto en el que pueden abrir o cerrar la mano a sus hermanos, con una meticulosa definición de “los verdaderamente necesitados”, deberían considerar cuánto de lo que están dando es “verdaderamente propiedad privada”, ya que la ley de Moisés trata admirablemente el concepto.

Las palabras “propiedad” y “privado” tienen la misma raíz (prop = priv por la Ley de Grimm) * (Se refiere Nibley a la ley propuesta en 1822 por Jacob, uno de los hermanos Grimm, por la que se intercambian ciertos fonemas en el paso del indoeuropeo a las lenguas germánicas) y enfatizan la misma cosa – aquello que representa lo más íntimo y personal de un individuo. El Diccionario de la Real Academia Española (Nibley utiliza el Oxford English Dictionary) define privado como: “Particular y personal de cada individuo. Que no es de propiedad pública o estatal”. Y propio como “Que pertenece de manera exclusiva a alguien”… Lo que es privatum o proprium es, por tanto, particular de una persona (no de una corporación). Es algo que me resulta necesario, bajo cualquier sistema social o económico, y que tendría poco interés para cualquier otro, como mis ropas, zapatos, libros, notas, cama, lentes, dientes, peine, etc. Al ser personales e indispensables para mí y sin valor para alguien más, deberían ser inalienables, pues hay cierto peligro si caen en manos de otro. El matón de la cuadra que toma los lentes de otro muchacho puede lograr que haga cualquier cosa para obtenerlos de vuelta, pues los necesita, y el matón lo sabe. El dueño del molino que amenaza con retener el almuerzo de los trabajadores siempre logra que trabajen bajo sus términos, proclamando que la comida es su propiedad privada y puede disponer de ella como le plazca.

Estas dos visiones tan diferentes sobre la propiedad privada son contrastadas duramente en un caso a menudo mencionado por Brigahm Young al relatar acerca de un buen hombre de negocios Santo de los Ultimos Días que le compra a una viuda su única vaca por cinco dólares “y entonces se arrodilla para dar gracias a Dios por la bendición que ha recibido”. La vaca de la viuda era propiedad privada de ella, y según la ley de Moisés, no le podía ser quitada. Pero la Vieja Bessy era algo totalmente diferente para el hombre que sólo veía en ella un aumento en sus ganancias. El no tiene más interés personal, esa “ternura y afecto” por lo propio, que el inversor que compró el mes pasado 500 hectáreas entre las montañas (apartadas por Dios como el ambiente y esfera apropiados para sus otras criaturas), con la esperanza de venderlas el mes próximo a un sindicato de Chicago o a un emir petrolero con una suculenta ganancia. Eso no puede llamarse propiedad privada en absoluto. Pero el alimento sí lo es. En Israel todo hombre recibía un terreno, asignado como su “herencia” inalienable – era para su alimento y no podía quitársele, aunque tuviese deudas. Era sólo tanta tierra como el pudiese “hacer progresar” mediante su trabajo personal y amorosa atención, y no más. La misma regla se observó en el establecimiento en el Valle de Lago Salado, donde a nadie se le permitía comprar o vender tierra, o tomar más de lo que podía cultivar. Las pequeñas granjas otorgadas de tierras ancestrales significaban alimento e independencia para los antiguos romanos. Pero cuando los Padres Conscriptos, reclamando privilegios especiales para sí mismos por decreto divino, incautaron miles de granjas de los plebeyos para establecer sus inmensas propiedades (latifundia), al igual que los lores ingleses y escoceses en el Movimiento de Cercamiento (por el que los terrenos comunales pasaron a los terratenientes) hicieron luego en el siglo diecinueve, forzaron a los anteriores propietarios a permanecer en la tierra y trabajar como siervos – sólo por el almuerzo, o a moverse a las ciudades, donde el emperador, como vicario de Dios sobre la tierra, les proveía del famoso “pan y circo”.

Los señores de la tierra, los industriales de su época, no contribuían al almuerzo público, la annona, que era una celebración ritual y sagrada, en la que los tickets del almuerzo (tesserae hospitales) eran repartidos desde lo alto por el emperador, quien actuaba como el generoso y amable padre de todos. Debemos tomar nota de eso, pues el pan y los circos son generalmente culpados como el motivo de la declinación romana. Lo que produjo la caída fue la secularización; en la Roma tardía, en la que el dinero lo era todo, nadie tomó seriamente el esquema divino (ver las obras de los satíricos romanos); el almuerzo era almuerzo y nada más. La Sión romana desapareció con Numa, el Enoc romano. Una vez que el almuerzo estaba resuelto, los romanos pobres no tenían otra cosa que hacer que ir a los espectáculos y apoyar a los candidatos políticos, que gastaban fortunas para ser elegidos, mientras los ricos disfrutaban de sus notorios banquetes y los depravados placeres que los acompañaban. Pues sin una sincera conciencia religiosa, el almuerzo gratis corrompe tanto a ricos como a pobres. Es el reconocimiento de la ley divina lo que sanciona y requiere el almuerzo gratis para todos.

“desde hace tiempo —exactamente desde que no tenemos a quien vender el voto—, este pueblo ha perdido su interés por la política, y si antes concedía mandos, haces, legiones, en fin, todo, ahora deja hacer y sólo desea con avidez dos cosas: pan y juegos de circo (panem et circenses)” Juvenal, Sátiras X, 77-81

Los capítulos finales de Deuteronomio describen una a una las calamidades que sobrevendrían a Israel si cada aspecto de la ley no era observado escrupulosamente. Es una exacta reversión de la lista de bendiciones prometidas si se guarda la ley. Y esas terribles consecuencias son algo más que advertencias, son profecías específicas de lo que iba a pasar, y de lo que le pasó a Israel, “por cuanto no serviste a Jehová tu Dios con alegría y con gozo de corazón por la abundancia de todas las cosas” (Deuteronomio 28:47). Idéntica situación se ve en Libro de Mormón, al cual ahora nos dirigimos.

El Rey Benjamín y el Almuerzo Gratis

En los tiempos de Lehi, según se desprende de las Cartas de Laquis y otras evidencias, el partido gobernante en Jerusalén estimulaba un renacimiento de la ley de Moisés en toda su pureza. Esta tendencia se refleja en la gran proporción de nombres personales que finalizan en yahu o iah, refiriéndose a Jehová, el Señor, quien dio la ley. Quinientos años más tarde, otro renacimiento similar surgió entre los Nefitas, bajo la conducción de un rey sabio y piadoso, Benjamín, quien estaba determinado a conservar la misma ley en su pureza. El nombre que dio a su hijo Mosiah es una clara indicación de la supervivencia de la tradición, de la cual el Rey Benjamín, por sus estudios dedicados, estaba bien al tanto. Al final de su reinado hace exactamente lo que Moisés y luego Josué hicieron: convoca a todo el pueblo a una gran asamblea anual (trayendo las primicias con ellos) para escuchar una exposición final de la ley antes de ceder el gobierno y el sacerdocio a su hijo. El mensaje de su gran despedida final cubre los mismos puntos que el de Moisés, y sin embargo es totalmente original.

“El Discurso del Rey Benjamín” – Walter Rane

Tanto en Deuteronomio como en el libro de Mosiah, el gran discurso sobre la ley se divide en dos partes. La primera trata sobre la naturaleza, importancia y propósito de la ley. Se traza la historia de Israel desde sus comienzos, y los pasos por los que el pueblo llegó a tener un conocimiento de Jehovah, relatando sus pruebas, tribulaciones, insensateces, castigos y recompensas. Se les presenta la naturaleza sagrada del convenio al que han entrado, así como las gloriosas recompensas y terribles castigos conectados con él. En ambos libros, las recompensas prometidas son las mismas: prosperaréis en la tierra que el Señor os ha dado, cielo y tierra darán fruto en abundancia, no deberéis temer enemigo extranjero – el éxito y la seguridad serán vuestros “por mil generaciones”. “Para que prosperéis en la tierra, de acuerdo a las promesas que el Señor hizo a nuestros padres” (Mosiah 1:7). “Prosperaréis en la tierra y vuestros enemigos no tendrán poder sobre vosotros” (Mosiah 2:31)

Para este discurso de despedida, Benjamín convocó al pueblo a reunirse por familias en derredor del templo, trayendo “las primicias… para que ofrecieran sacrificios y holocaustos según la ley de Moisés;… a fin de que se regocijaran y estuvieran llenos de amor para con Dios y todos los hombres” (Mosiah 2: 2-4) Y allí lo tenemos en pocas palabras. Comienza su discurso con una referencia económica: “y no he procurado de vosotros oro, ni plata, ni ninguna otra clase de riquezas” (Mosiah 2:12) “Aún yo mismo he trabajado con mis propias manos… hoy puedo responder ante Dios con la conciencia limpia… para que sepáis que cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, solo estáis al servicio de vuestro Dios. (Mosiah 2: 14-17) “Ni yo, a quien llamáis vuestro rey soy mejor de lo que sois vosotros” (Mosiah 2:26). Está estableciendo el tono, que es de absoluta igualdad. Y eso se deduce naturalmente de la proposición de que debemos todo a Dios, con quien estamos perpetuamente y sin escape en deuda, más allá de nuestras posibilidades de pago: “En primer lugar… le sois deudores… y lo seréis para siempre jamás” (Mosiah 2: 23-24) Que nadie se jacte de que ha ganado o producido algo: “así pues, ¿de qué tenéis que jactaros?… ¿Podéis decir algo de vosotros mismos? Os respondo: No”. Hasta el mismo polvo de la tierra “pertenece a quien os creó” (Mosiah 2: 24-25) ¡Es su propiedad, no vuestra! Más aún, nadie puede pagar siquiera su venida al mundo, mucho menos reclamar un excedente: “si sirvieseis a aquel… que os está preservando día tras día… y aun sustentándoos momento tras momento, digo que si lo sirvieseis con toda vuestra alma, todavía seríais servidores improductivos”, es decir, consumiendo más de lo que producen e incapaces de sostenerse a sí mismos (Mosiah 2:21)

¿Y qué debemos hacer para calificar para estas bendiciones? “He aquí, todo cuanto él os requiere es que guardéis sus mandamientos; y os ha prometido que si guardáis sus mandamientos, prosperaréis en la tierra” (Mosiah 2:22). Nunca falla, dice Benjamín, “si guardáis sus mandamientos, él os bendice y os hace prosperar” (Mosiah 2:22) y, a cambio, “estáis eternamente en deuda con vuestro Padre Celestial de entregarle todo lo que tenéis y sois” (Mosiah 2:34), lo cual es, simplemente, la ley de consagración.

En su introducción preliminar, Benjamín, al igual que Moisés, graba en el pueblo la gran importancia de las instrucciones que está a punto de darles, su vinculante obligación de cumplirlas así como las importantes recompensas que vendrán. A propósito, los coloca en un estado de anticipación al decirles (confidencialmente) que lo que va a darles le ha sido dado a conocer a él personalmente “por un ángel de Dios”, de modo que es, ciertamente, una divina restauración de la ley lo que se está celebrando (Mosiah 3:2). Más aún, les asegura que se trata de buenas nuevas, “a fin de que te regocijes [dijo el ángel] y para que tu pueblo… también se llene de gozo” (Mosiah 3:4), ya que todo esto es un anticipo de la venida del Señor. A pesar de estar muy ansioso, el pueblo debe ser nuevamente advertido antes de que la ley se les presente, pues, aunque la ley de Moisés está adaptada a sus naturalezas débiles, esta gente, como aquellos a quienes enseñó Moisés, son de “dura cerviz” (Mosiah 3:14) y a pesar de todo lo que Dios ha hecho por ellos “sin embargo endurecieron sus corazones” (Mosiah 3:15). “Porque el hombre natural es enemigo de Dios… y lo será para siempre jamás, a menos que… se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse” a todas las cosas (Mosiah 3:19).

Al llegar a este punto, Benjamín vuelve a seguir el ejemplo de Moisés al declarar que las palabras “que el Señor tu Dios te ha mandado…estarán como reluciente testimonio contra los de este pueblo” (Mosiah 3: 22,24). De este modo finaliza la introducción del discurso del Rey Benjamín, con el pueblo emocionalmente dominado, clamando por el perdón y recibiendo una manifestación del Espíritu que los llenó de gozo (Mosiah 4: 2-3). Benjamín reconoce que ellos están preparados para “oír y entender el resto de las palabras” pues finalmente “han despertado…a un sentido de vuestra nulidad y vuestro estado indigno y caído” (Mosiah 4:4-5), reconociendo que sólo pueden poner “su confianza en el Señor… guardando sus mandamientos. Creed en Dios… creed que debéis arrepentiros… y retuvieseis siempre en vuestra memoria la grandeza de Dios y vuestra propia nulidad, y su bondad y longanimidad para con vosotros… y si hacéis esto, siempre os regocijaréis y seréis llenos del amor de Dios” (Mosiah 4: 9-13) Siendo así “no tendréis deseos de injuriaros el uno al otro, sino de vivir pacíficamente, y de dar a cada uno según lo que le corresponda” (Mosiah 4:13) ¿Y quién decide lo que le corresponde a cada uno? ¡No nosotros! El Señor nos dirá que: “Ni permitiréis que vuestros hijos anden hambrientos ni desnudos… o que quebranten las leyes de Dios” (Mosiah 4:14). El almuerzo será provisto, y “les enseñaréis a amarse mutuamente y a servirse el uno al otro”, sin peleas ni rencillas entre ellos – no debían ser una sociedad competitiva (Mosiah 4:15). Y además de a sus familias “vosotros socorreréis a los que necesiten vuestro socorro; impartiréis de vuestros bienes al necesitado”. Un mendigo es alguien que pide por una u otra razón, al no tener lo que le resulta necesario. “Y no permitiréis que el mendigo os haga su petición en vano, y sea echado fuera para perecer” (Mosiah 4:16) El que pide es porque padece hambre, y todos debemos comer para mantenernos con vida – echar fuera al mendigo, como todos saben, es sentenciarlo a morir – y eso ha ocurrido (Mosiah 4:16) El acercamiento piadoso a la ética del trabajo es – no lo haremos – no hay almuerzos gratis: “Tal vez dirás: El hombre ha traído sobre sí su miseria; por tanto, no le daré de mi alimento, ni le impartiré de mis bienes para evitar que padezca, porque sus castigos son justos” ¡Yo trabajé por lo mío! (Mosiah 4:17) Puede que el mendigo sea indolente e indigno – pero esa no debe ser nuestra preocupación: Es mejor, dijo Joseph Smith, alimentar a diez impostores que correr el riesgo de rechazar una petición honesta. Cualquiera que trata de explicar por qué niega ayuda al que necesita, dice Benjamín, “tiene gran necesidad de arrepentirse… y no tiene parte en el reino de Dios” (Mosiah 4:18), reino que está edificado sobre la ley de consagración.

“Pues he aquí, ¿no somos todos mendigos?” Eso no es mera retórica – es una verdad literal: todos oramos por aquello que no hemos ganado. Nadie es independiente: “¿No dependemos todos del mismo Ser, sí, de Dios… por alimento y vestido; y por oro y plata y por las riquezas de toda especie que poseemos?… De quien dependéis por vuestras vidas y por todo lo que tenéis y sois” (Mosiah 4: 19-21). Y eso es justamente lo que debemos consagrar para la edificación del reino: “¡oh cómo debéis entonces impartiros el uno al otro de vuestros bienes!” (Mosiah 4:21). Todos damos y todos recibimos, sin preguntar nunca quién es digno y quién no lo es, por la sencilla razón de que ninguno de nosotros es digno, sino “siervos improductivos”. “Y si juzgáis al hombre que os pide de vuestros bienes para no perecer” y lo encontráis indigno, “cuánto más justa será vuestra condenación por haberle negado vuestros bienes, los cuales no os pertenecen a vosotros sin a Dios”, quien desea que los entreguemos, y nos prueba para ver cuán deseosos estamos de devolvérselos cuando nos los pide – no en una fecha confortablemente alejada y no especificada, sino ahora (Mosiah 4:22).

Benjamín declara que está hablando a los ricos, pero los pobres también deben refrenarse, pues cada uno debe tener lo suficiente pero no desear más; por tanto los pobres que desean ser ricos, quienes “codiciáis lo que no habéis recibido” también son culpables (Mosiah 4: 24-25) Al dar, los pobres pueden guardar lo que es suficiente para sus necesidades, lo que está cubierto por alimentos, ropa y refugio (Mosiah 4:26), ya que la regla está simplemente sintetizada de que “de vuestros bienes dieseis al pobre, cada cual según lo que tuviere” – que son también las palabras de Deuteronomio, pues todos tienen derecho al alimento, el vestido y la atención médica, “tanto espiritual como temporalmente, según sus necesidades” (Mosiah 4:26; 18:29)

Benjamín finaliza con la sabia observación de que ninguna lista de prohibiciones sería suficiente para alejar a la gente del pecado: “Y por último, no puedo deciros todas las cosas mediante las cuales podéis cometer pecado; porque hay varios modos y medios, tantos que no puedo enumerarlos” (Mosiah 4:29) En vez de decirles lo que no deben hacer, les ha dicho lo que definitivamente deben hacer, el mínimo si es que esperan las bendiciones de Dios. Si alguien tiene más de lo que realmente necesita (sin lo cual, de hecho, sería uno de los “verdaderamente necesitados”) y se lo retiene a aquellos que no tienen lo suficiente, está robando, quedándose con aquello “que no os pertenece a vosotros sino a Dios” (Mosiah 4:22), quien desea que se distribuya con equidad.

Y así finaliza el discurso del Rey Benjamín, dedicado no a piadosas y grandilocuentes generalidades, sino a la regla de que aquel que tiene más de lo que puede comer debe compartir, al límite de sus recursos, con aquellos que no tienen suficiente. Dos aspectos son recalcados en el mensaje – la necesidad y el sentimiento de dependencia. En cuanto a las necesidades, no se dice una palabra en toda la alocución sobre trabajo duro, ahorro, empresa, visión de futuro, etc., los usuales preludios a la disertación sobre No Hay Almuerzo Gratis, y ¡Ay de aquel hombre que cuestiona las calificaciones de otro para recibir el almuerzo! Porque “quien esto hiciere tiene gran necesidad de arrepentirse” (Mosiah 4: 18)

El segundo asunto es la independencia. Cargada con un impacto emocional muy especial para los norteamericanos, la palabra se ha transformado en una especie de fetiche para los Santos de los Ultimos Días, y los ha conducido a interminables especulaciones y planes. “Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y trampa, y en muchas codicias necias y dañinas”, dice Pablo – cosas que el Señor ha prohibido estrictamente (1 Timoteo 6:9). En las escrituras la palabra “independiente” aparece sólo una vez, describiendo a la iglesia sin referencia a ningún individuo: “la iglesia se sostenga independiente de todas las criaturas” pues está totalmente dependiente de “mi providencia” (DyC 78:14). Es la dependencia lo que es importante para Benjamín, total dependencia de Dios, y si uno le sirve con todo el corazón y con toda el alma, estará libre de depender de cualquier otro ser. En la ley de Moisés, la liberación del Señor cancela todas las deudas del hombre, mientras que Dios transfiere sus derechos sobre nuestra deuda a los pobres; es a través de ellos que nos pide que paguemos nuestra deuda con El. Retornemos por un momento a la promesa de independencia de Satanás. Cuando, al seguir las instrucciones de Satanás, Caín asesinó “a su hermano Abel, con el fin de obtener lucro” (Moisés 5:50), declaró su independencia: “Y Caín se glorió de lo que había hecho, diciendo: Estoy libre; seguramente los rebaños de mi hermano caerán en mis manos” (Moisés 5:33). Recientemente este evangelio fue proclamado por uno de los más ricos norteamericanos al dirigirse al cuerpo de estudiantes de la Universidad Estatal de Ohaio (en TV): “No hay nada que proporcione tanta libertad”, dijo, “como tener dólares en el banco”. Esa es la política que estamos siguiendo hoy, y no hay duda de a quién pertenece esa política.

Alimentando a la Multitud

Con la venida del Señor en el meridiano de los tiempos, las fiestas de agradecimiento y súplica continuaron, sin ya el derramamiento de sangre, excepto en la Pascua, cuando el cordero pascual, como las primeras ofrendas cruentas del templo, permanecieron como un símil del gran sacrificio expiatorio. La Cena del Señor y el ágape (amor, caridad) eran comidas con alimentos reales, que se compartían cada vez que los santos se congregaban para sus reuniones; y cuando el Señor los visitó después de la resurrección siempre compartió comida real con ellos, ocasiones en las que proveyó el alimento, en anticipación al momento en que juntos compartirían el vino nuevo del mundo por venir. El Señor brindó el almuerzo a la gente en primer lugar porque estaban hambrientos, lo necesitaban, y “tuvo compasión de ellos” (Mateo 14:14; 15:32). Los alimentó y les enseñó, pero el conocimiento tenía un valor mayor que el alimento – les dijo que no trabajaran por eso (Juan 6:27). Cuando milagrosamente produjo el almuerzo, querían que fuese su profeta y rey (Juan 6: 14-15), así como los nefitas, qienes una vez que hubieron comido y estaban llenos, prorrumpieron en un gozoso coro de alabanza y agradecimiento (3 Nefi 20:9) ¿Por qué tanto alboroto? ¿Nunca antes habían almorzado? No tenía nada que ver con eso; lo que los emocionó fue ver con claridad la inconfundible mano del Dador, y saber por sí mismos exactamente de dónde viene todo y que nunca puede faltar. Ahora si nos preguntamos ¿quién en estos festejos de amor obtuvo la mayor parte o comió más? Inmediatamente estaremos delatando lo absurdo y pobre de nuestra preciosa ética del trabajo. Tales preguntas estarían próximas a la blasfemia para todos los presentes, como si alguien interrumpiera las ordenanzas y festejos para declarar “Un momento, gente! ¿No saben que no existe almuerzo gratis?”

“Fueron Saciados” – Walter Rane

El almuerzo gratis surge a menudo en el Sermón del Monte. Primero en la Oración del Señor: “Danos hoy el pan nuestro de cada día” (Mateo 6:11); esto va acompañado de la comprensión, expresada en la misma frase, de que, a cambio, debemos mostrar el mismo espíritu liberal entre unos y otros que el muestra con nosotros: “Y perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Luego viene el ayuno, un muy eficaz recordatorio de la generosidad de Dios para con nosotros y también nuestra absoluta dependencia de El, algo para reconocer con gozo (Mateo 6:16-18). Entonces un importantísimo principio; no se puede ser dual, no se puede trabajar para dos empleadores, no se puede atesorar en la tierra y también en los cielos  – no puedes dividir tu corazón entre ambos; pues a uno o al otro debes brindar tu completa e íntegra devoción – los dos empleadores la demandan, pero sólo uno puede tenerla (Mateo 6:19-20) Debes ir en un sentido o el otro, no puede haber compromisos (Mateo 6:22-23) “Ninguno puede servir a dos señores”: el amor y el odio no pueden dividirse entre sí, “no podéis servir a Dios y a Mammon”, siendo mammon la palabra regular hebrea para los negocios, particularmente el dinero y la banca (Mateo 6:24). No debes ceder a las tentaciones de ese otro señor, ni dejar que su amenaza de “no tendrás almuerzo si dejas mi empleo” te intimide – debes ignorarlo a él y a sus argumentos completamente: “No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni… qué habéis de vestir” (Mateo 6:25). Todas esas cosas están resueltas para las criaturas de Dios: “Mirad las aves del cielo… vuestro Padre Celestial las alimenta ¿No sois vosotros mucho mejores que ellas?” (Mateo 6:26). Según se cuenta, era una práctica en Sodoma y Gomorra, quitar a los extranjeros su dinero y dejarlos morir de hambre pues no podían comprar comida, y los habitantes de esas ciudades colocaban redes sobre los árboles para que las aves no pudieran tener alimento gratis de sus frutos. Para Abraham, tal crueldad, como hemos visto, llegaba al colmo, y “los maldijo en nombre de Dios”.

En cuanto al tema de la vestimenta y la apariencia rigen las mismas reglas que para el almuerzo – es necesario tener suficiente abrigo, pero no hace falta ir más allá. Si no podemos agregar un codo a nuestra estatura, no intentemos adicionar esplendores que no posee a nuestra persona: olvidemos la obsesión por una apariencia impresionante que acompaña a la aspiración por el almuerzo ejecutivo (“vestirse para el éxito”); simplemente parezcamos lo que somos, y no hagamos demasiada historia acerca de eso (Mateo 6:27-30)

No os afanéis, pues” vuelve a repetir, “diciendo ¿Qué comeremos, o qué beberemos o con qué nos cubriremos?” (Mateo 6:31). Los Gentiles pierden su tiempo tras esas cosas – pero vosotros no sois Gentiles. Entonces viene una esclarecedora explicación de la economía del evangelio, la respuesta a la obvia pregunta ¿Cómo nos arreglaremos en el mundo si ni siquiera tenemos que pensar sobre tales cosas? La intimación “no os afanéis” debe ser tomada seriamente, dado que es una de las más repetidas en las escrituras, y aparece en los Evangelios, el Libro de Mormón y la Doctrina y Convenios. La fórmula “tales cosas” se aplica específicamente a lo que debemos comer, beber y usar – alimento y abrigo (Mateo 6:32). Se repite tres veces como una cláusula objetiva, siendo la palabra clave “buscad”. En el mismo párrafo se nos dice que los Gentiles buscan esas cosas, pero nosotros, definitivamente, no debemos buscarlas. Debemos ocuparnos buscando otra cosa, “el reino de Dios y su justicia” (Mateo 6:33). Pero ¿qué ocurre con el resto? ¿No necesitaremos alimento y vestido también?. Por supuesto, son muy importantes, pero pueden estar tranquilos pues “vuestro Padre Celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas” (Mateo 6:32) y las proveerá. Si tienes suficiente fe como para confiar en El (Mateo 6:30), y utilizas tus días buscando lo que El desea que busques, El proveerá “todas esas cosas” en la medida que las necesites (prostethesetai).

“Mas buscad primeramente (proton) el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33). Se ha hecho una costumbre interpretar esto como que debemos primero ir a una misión u obtener un testimonio de alguna otra manera, y entonces volver al negocio de salir adelante en el mundo. Pero el vocablo para primeramente, proton, significa primero en todo sentido – primero y más importante, antes que cualquier cosa, en preferencia a todo lo demás, etc. Usualmente hace una referencia al tiempo, pero no en este pasaje. No se nos dice que busquemos primero el reino y luego busquemos “todas esas cosas”; no dice nada en absoluto sobre buscarlas excepto el mandamiento explícito de no buscarlas. No hay una idea de tiempo secuencial allí. ¿Alguna vez uno deja de buscar el reino de Dios y su justicia en esta vida? O ¿hay un momento antes, durante, o después de la misión en el que uno no necesite alimento y vestido? No debemos buscarlos jamás, pues Dios los proporciona siempre. Las mismas enseñanzas del Señor se resumen en Lucas 12, donde deja en claro que el mandamiento “no os afanéis”, se aplica no sólo a los apóstoles sino a toda la iglesia (Lucas 12:22). El ilustra el principio de “no os afanéis” por el mañana con la historia de un hombre importante en los negocios agrarios (aunque sería justo hacer notar que era un terreno particularmente fértil y no el propietario quien “había producido mucho” y que el hombre no hacía directamente, por supuesto, ningún trabajo en el campo). Cuando con visión de futuro y planeamiento había completado los arreglos para un espléndido retiro, se felicitó a sí mismo, diciendo “Alma, muchos bienes tienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, diviértete” – el almuerzo de lujo le aseguraba completa independencia para siempre, sin la humillante necesidad de orar por el pan diario. “Pero le dijo Dios: Necio, esta noche van a pedir tu alma” (Lucas 12:19-20) ¿No debería haber trabajado para nada por el almuerzo, entonces? Respuesta: No debería haberlo convertido en la meta de sus labores, ni obtenerlo manipulando a otros. Dios no está complacido con aquellos que rehúsan su oferta de almuerzo gratis con piadosos sermones sobre la ética del trabajo: “Un rey… hizo una fiesta de bodas a su hijo; y envió a sus siervos para que llamasen a los invitados a las bodas, pero no quisieron venir. Volvió a enviar… diciendo… he preparado mi comida… y todo está dispuesto… Pero ellos no hicieron caso y se fueron, uno a su labranza, y otro a sus negocios” (Mateo 22:2-5) Se fueron a la oficina y a la granja a prestar virtuosa atención al trabajo por hacer y “no hicieron caso” de la fiesta. Sin embargo fue un grave insulto para su generoso anfitrión. “¡No neguéis los dones de Dios!” es la súplica final del Libro de Mormón (Moroni 10:8) ¿Quién despreciaría tales dones? Nosotros lo hacemos, al no pedir por ellos. “Sí, sé que Dios dará liberalmente a quien pida” (2 Nefi 4:35), y no reciben porque no piden (2 Nefi 32:4). Moroni enumera los dones espirituales en el último capítulo del Libro de Mormón, y sin embargo raramente pedimos esos dones hoy – no nos interesan particularmente. Hay sólo uno que pedimos con toda sinceridad y recibimos debidamente, y es, por obvias razones, el don de sanidad. Pero ¿y los otros dones? ¿A quién le importan? No les damos valor y preferimos el mundo de la vida diaria. Ni siquiera pedimos por los dones temporales pues no los deseamos – como dones.

“Sois malditos por motivo de vuestras riquezas” dice Samuel al pueblo de Zarahemla, “y vuestras riquezas son malditas también” ¿Por qué? Por dos razones: (1) “porque habéis puesto vuestro corazón en ellas” y (2) “no habéis escuchado las palabras de aquel que os las cio. No os acordáis del Señor vuestro Dios en las cosas con que os ha bendecido, mas siempre recordáis vuestras riquezas, no para dar gracias al Señor vuestro Dios por ellas” (Helamán 13:21-22). Deseaban las riquezas desesperadamente, trabajaban por ellas diligentemente, y estaban obsesionados con ellas una vez que las obtenían; pero simplemente no estaban dispuestos a aceptarlas como dones, sino sólo como ganancias. Hoy hemos ido tan lejos como para abandonar la idea de “incremento no ganancial” e insistimos en nivelar todo ingreso, incluso aquel del cual el recipiente no tiene noción, como “ganancias”. ¡Nadie va a hacernos aceptar el bienestar!

CONTINUARA EN LA TERCERA Y ULTIMA PARTE ///

Traducción de Mario R. Montani

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“Trabajar debemos, pero el almuerzo es gratis” Primera Parte -Hugh Nibley

Discursos Olvidados

Trabajar debemos, pero el almuerzo es gratis

Primera Parte

Por Hugh W. Nibley

El presente discurso fue presentado el 20 de abril de 1982 frente al Cannon-Hinkley Club en la Lion House de Salt Lake City. Apareció publicado en BYU Today, de Noviembre 1982, pags. 8-12. La presente versión fue traducida de Approaching Zion, Vol. 9 The Collected Works of Hugh Nibley, Salt Lake City, Deseret Book y FARMS, 1989, pags. 203-51. (El Cannon-Hinckley Church History Study Club fue originalmente organizado en 1930 por miembros de las familias Cannon y Hinckley para estudiar los seis volúmenes de la Comprehensive History of the Church que acababa de publicar B. H. Roberts. Por varios años se dedicaron a esa obra para luego incluir otros libros sobre la historia de la Iglesia. El grupo se reunía una vez al mes y comenzó a invitar a disertar a importantes personalidades, incluyendo Autoridades Generales).

Recompensas de lo Alto – Todo o Nada

El afamado geólogo Sir Julian Huxley solía ir de colegio en colegio a la manera de los predicadores viajeros, administrando su evangelio de evolución: “En el modelo de pensamiento evolucionista no hay más necesidad ni espacio para lo sobrenatural. La tierra no fue creada; evolucionó. Del mismo modo lo hicieron los animales y plantas que lo habitan, incluyéndonos a nosotros, los humanos, con mente y alma, así como cerebro y cuerpo. Así mismo, la religión”. Le encantaba recordar a su audiencia que no existe Papá Noel, y que la gente madura debería abandonar ideas ilusorias sobre cosas tales como dones y bendiciones, espirituales o materiales, concedidos de lo alto.

Los jóvenes de la secundaria de mi época hallaban gran satisfacción al recitar las palabras de Omar Khayam:

Y  a esa taza invertida del cielo que te escuda,
bajo la cual rampantes vivimos y morimos,
no le tiendas tu mano en súplica de ayuda,
pues, ¡como tú y yo gira tan impotente y muda!

(Rubaiyat de Omar Khayam)

Esto, en palabras de un eminente comentarista de la escena científica, Hoimar von Ditfurth, “es la ‘visión moderna’, aún vigente hoy, de que la tierra con todo lo que contiene, está colgando en la soledad del universo, que, en fría majestad, la desdeña … En el fondo, quizás hasta estemos orgullosos del desapego con el que aceptamos nuestra ‘verdadera’ situación. Buena parte del cinismo y el nihilismo que caracterizan la psiquis moderna pueden trazarse hasta esa concepción escalofriante” (Hoimar von Ditfurth, Children of the Universe (New York: Atheneum, 1976), pag. 10)

Hoimar von Dithurf

Sin embargo, en la última década, quienes lideran las investigaciones de la ciencia han comenzado a expresar opiniones opuestas a la anterior, declarando que tienen más que sospechas sobre la posibilidad de que (1) alguien allá afuera se preocupa, es decir, que hay cierta dirección y propósito en lo que está ocurriendo; y (2) que los dones que vienen de lo alto son algo más que una tradición infantil.

La primera de estas ideas fue expresada recientemente por el biólogo Lewis Thomas: “No logro hacer las paces con la doctrina de la aleatoriedad; no puedo tolerar la noción del azar ciego y la falta de propósito en la naturaleza. Y sin embargo no se qué colocar en su lugar para tranquilizar mi mente… Hablamos – algunos de nosotros, al menos – sobre lo absurdo de la condición humana, mas lo hacemos por no saber cómo encajamos o para qué estamos aquí. Las historias que solíamos inventar para explicarnos a nosotros mismos no parecen tener sentido, pero, por el momento, nos hemos quedado sin nuevas historias”. (Lewis Thomas, “On the Uncertainty of Science,” Key Reporter 46 (Autumn 1980), pag. 2)

Dr. Lewis Thomas

Un veterano de la biología, el ganador del Premio Nobel en 1937, Albert Szent-Gyorgyi, escribió recientemente:

“De acuerdo a las ideas actuales, este cambio en el ácido nucleico (que determina la naturaleza de las moléculas de proteína que se forman en una célula) se logra a través de variaciones azarosas… Si yo estuviese intentando aprobar un examen de biología, apoyaría vigorosamente esa teoría. Sin embargo, en mi mente, nunca pude aceptar plenamente la idea de que la adaptación y la armoniosa construcción de estos complejos sistemas biológicos son el resultado de accidentes moleculares…. La probabilidad de que todos estos genes hayan cambiado juntos por medio de variaciones azarosas es prácticamente cero…Siempre he estado a la búsqueda de algún principio organizador superior que está conduciendo al sistema viviente hacia el mejoramiento y la adaptación. Sé que esto es una herejía biológica… por ejemplo, no creo que el extremadamente complejo centro del habla en el cerebro humano… fue creado por mutaciones aleatorias que mejoraban las posibilidades de supervivencia de los individuos… No puedo aceptar la idea de que estas capacidades se desarrollaron por alteraciones aleatorias, apoyándose en la supervivencia del más apto. Yo creo que algún principio debe haber guiado el desarrollo del tipo de centro del habla que era necesario”. (Albert Szent-Gyorgyi, “What Is Life?” en Biology Today (Del Mar, CA: Painter, 1972), pags. xxix–xxxi)

Albert Szent-Gyorgyi

Más sorprendente es la historia que se está develando ahora a medida que varios campos de investigación se combinan para darnos la imagen de dones que se derraman sobre nosotros desde lo alto – la literal lectura de los mitos de Papá Noel o Kachina (deidad de los indios Pueblo). De modo que Buckminster Fuller nos dice:

“Energías que emanan de regiones celestes totalmente lejanas a nuestro mundo están convergiendo y acumulándose en la biosfera del Planeta Tierra… tanto radiaciones como materia”…” “Los que nos hallamos a bordo de la Tierra estamos recibiendo gratuitamente la cantidad justa de riqueza energética de primera calidad como para regenerar la vida biológica… los cinturones de Van Allen,… la ionosfera, la estratosfera y la atmósfera diferencian las frecuencias de la radiación… separándolas en una variedad de transacciones de energía indirectamente sustentadora de vida. La vegetación es la principal conservadora de radiación estelar; los elementos biológicos están permanentemente multiplicando sus hermosas estructuras celulares, moleculares y atómicas que completan la ecuación”. (R. Buckminster Fuller, Intuition (New York: Doubleday, 1972, pag. 112 – 142)

R. Buckminster Fuller

“Ciertamente la tierra no es el centro del universo”, escribe von Ditfurth, “… pero este mundo poblado es un punto focal en el universo; uno de los quizás innumerables lugares del cosmos donde la vida y la consciencia pueden florecer… ¡Qué concentración de fuerzas poderosas sobre un punto más o menos pequeño!” (Von Ditfurth, Children of the Universe, pag.13) ¿Es posible que alguien nos tenga en su mente?

Esta es la tesis que el famoso astrónomo Sir Fred Hoyle está siguiendo en la actualidad. En un discurso brindado en Caltech el pasado Noviembre (1981), comenzó con el extraño hecho de que existen partículas distribuidas en todas direcciones por la inmensidad del espacio cuya presencia es revelada por el modo en que oscurecen las galaxias, haciéndolas parecer borrosas. De allí su designación original como “nebulosas” o nubes borrosas. Después de casi 20 años de investigación, la ineludible conclusión es que “las partículas deben estar conformadas principalmente de material orgánico”. Como los biólogos antes citados, Hoyle también, como él mismo lo expresa, “estaba constantemente acosado por  la idea de que el número de modos en que aún una sola enzima estuviese mal construida, era mayor que todos los átomos del universo (y sin embargo estaba construida correctamente), de modo que, aunque lo intenté, no pude convencerme de que siquiera todo el universo sería suficiente para encontrar vida por un proceso aleatorio – o lo que se denomina ciegas fuerzas de la naturaleza”. Y allí es donde él, también, vacila. “Por mucho, el modo más simple de arribar a las secuencias correctas de amino ácidos en las enzimas, sería por el pensamiento, no por procesos azarosos… Antes que aceptar la fantásticamente pequeña probabilidad de que la vida haya surgido por las ciegas fuerzas de la naturaleza, parece mejor suponer que el origen de la vida fue un acto intelectual deliberado”. Una de las cosas más asombrosas del proceso, encuentra él, es que aún funciona,  siempre lo ha hecho y, aparentemente, lo seguirá haciendo. En vez de comenzar con una sola célula en este planeta solitario hace billones de años, la vida ha sido traída a la tierra de esferas en lo alto en entregas gigantescas. “Se hizo rápidamente aparente que los hechos apuntaban de modo abrumador en contra de que la vida haya tenido un origen terrestre… (aquí Hoyle continúa con una larga línea argumental y reseñas de investigaciones), por ejemplo, a causa de que algunos cometas se van rompiendo y esparciendo su contenido todo el tiempo, el proceso no necesitaba ser relegado a un lejano pasado”. “Para tomar el punto de vista, aceptable para la gente común, pero extremadamente inaceptable para los científicos, de que existe una enorme inteligencia en el universo exterior, se hace necesario suprimir a las fuerzas ciegas de la astronomía”, como Thomas y Szent-Gyorgyi lo han hecho de la biología. (Fred Hoyle, “The Universe: Past and Present Reflections,” Engineering and Science (November 1981), pag. 10 -12)

Sir Fred Hoyle

Como para contrarrestar estas crecientes herejías, la antigua visión darwiniana está siendo agigantada hoy en media docena de prestigiosos documentales de la TV, en los que se nos expone a interminables secuencias de criaturas que van desde las amebas a carnívoros gigantes, acechando, atrapando y, con concentrada deliberación, serenamente haciendo crujir, masticando, tragando e ingiriendo a otros insectos, peces, aves y mamíferos. Esto, se nos dice una y otra vez, es el proceso real por el que todas las cosas fueron creadas. Todos se almuerzan a los demás, todo el tiempo, y eso, niños, es lo que nos ha convertido en los que somos; esa es la clave del progreso. Y, tomen nota, cuando estas criaturas no están almorzando, están cazando para tener un almuerzo – todos tienen que trabajar para lograrlo: no hay almuerzo gratis en el mundo de la naturaleza, el mundo real. El almuerzo es el verdadero significado de la vida, y todos se alimentan de algún otro – “La roja naturaleza en diente y garra”. La feliz frase de Tennyson cuadraba a la perfección con la mentalidad victoriana. Obtuvo su idea de Darwin, así como Spencer logró su aún más famosa “supervivencia del más apto”.

Darwin otorgó la bendición de la ciencia a hombre que habían estado deseando y orando por un santo permiso para lo que, de otro modo, sería un modo de vida inmoral. Malthus había mostrado que jamás habría suficiente alimento para todos, y por tanto, la gente tendría que pelear por él; y Ricardo había manifestado en su Ley de Hierro de los Salarios que aquellos que quedaban atrás y eran engullidos en la lucha por alimentos, no tenían causa justa para quejarse. Darwin demostró que esta era una inexorable ley de la naturaleza por la que las razas realmente mejoraban; Mill y Spencer la convirtieron en la piedra angular de su evangelio de la Libre Empresa – los débiles deben quedar por el camino para que las existencias mejoren. Esto fue emotivamente expresado por J.D. Rockefeller en su discurso sobre la rosa “American Beauty”, la que, según dijo, “puede producirse… sólo sacrificando los brotes tempranos que crecen a su alrededor… Eso no es una tendencia maligna en los negocios. Es meramente el desarrollo de una ley de la naturaleza y una ley de Dios”. (John K. Galbraith, The Age of Uncertainty (Boston: Houghton Mifflin, 1977), pag. 48)

En este juego de echar mano a todo lo divinamente señalado, compartir el premio del almuerzo sería inútil, contraproducente, mejor dicho, inmoral. Siendo que no hay suficiente para todos, quien logra llenarse debe estar tomándolo de otros – ese es el modo en que se juega a este juego. “En Liverpool, Manchester, Preston, o cualquier otro sitio de Inglaterra”, informaba Brigham Young en 1856, los trabajadores sabían que “sus empleadores los harían trabajar por nada, y los empujarían a vivir de raíces y pasto si sus constituciones físicas lo soportaran, por lo tanto, dice el mecánico ‘si puedo sacarte algo lo consideraré un regalo de Dios’ y hace lo posible por robarle a su patrón. Si lo descubren, lo castigarán, aunque él está jugando a lo mismo que su empleador”. (JD 3:323)

Brigham Young

Tres años después de que Brigham hizo esta observación, apareció el Origen de las Especies, colocando el intachable sello de la ciencia sobre el “atrapar almuerzos” como la Ley Suprema de la Vida y el Progreso. Y fue precisamente para refutar esa filosofía que Brigham Young fundó BYU en 1875. “Tenemos en el presente, en estas montañas, más que suficientes escuelas donde los jóvenes son enseñados como infieles debido a que los maestros son tan débiles que no se atreven a mencionar los principios del evangelio a sus alumnos, pero no dudan en introducir en el salón de clases las teorías de Huxley, Darwin o Mill y la falsa economía política que va en contra de la cooperación y la Orden Unida. Me opongo con resolución a esa actitud… Como comienzo en esta dirección he aportado fondos a la Academia Brigham Young en Provo y estoy intentando hacer lo mismo en esta ciudad…” (Brigham Young, Carta a su hijo Willard Young, Salt Lake City, Utah, 14 de abril 1873)

Con su usual infalible percepción, el Presidente Young vio que el mayor peligro y enfrentamiento con el evangelio eran las implicaciones económicas y políticas de la selección natural, más que las científicas y biológicas.

Los Dos Patrones

¿Qué ocurre entonces con esos bienes que realmente descienden del cielo, de acuerdo a la Nueva Astronomía? Nos llevan de regreso a nuestra historia SUD de la creación, en la que todo el abastecimiento alimenticio de la tierra es ciertamente traído de lo alto, ya que semillas de todo tipo son traídas acá abajo y sembradas en un programa especial de preparación de la tierra para su gran llamamiento. “Adán, hemos creado para ti esta tierra, y hemos colocado en ella todo lo que puedas necesitar – todo culminado y listo para ser usado. Sírvete de cada árbol del que puedas libremente comer”. ¿Fue Adán perezoso o se aburrió, se vio su carácter menoscabad por esa vida fácil? ¡Difícilmente! Anduvo muy feliz haciendo su trabajo de mantener el lugar en buenas condiciones: disfrutaba de frecuentes conversaciones con ángeles y en el frescor de la tarde paseaba con el Señor mismo – ¡Qué vasta expansión de la mente y el espíritu evoca eso! Y pasar el día con una mujer de comprensión infinita a quien la edad no podía marchitar ni la rutina desgastar, era suficiente para llenar su tiempo de delicias sin fin. Cuando Adán abandonó el jardín, continuó con su tarea de cultivar la tierra, con sus propias manos, y con su numerosa posteridad, involucrándose en las tres actividades que se recomiendan como el modo de vida apropiado para todos los que trabajan en la viña: “He aquí, os digo que dedicaréis vuestro tiempo [1] al estudio de las Escrituras, y [2] a la predicación y a la confirmación de la iglesia… y [3] al cultivo de vuestros terrenos” (DyC 26:1). El estudio, el trabajo en el reino y el cultivo del suelo fueron el llamamiento de Adán por casi un milenio – y jamás se aburrió. Aunque ya no se encontraba en el Paraíso, gozaba de las visitas e instrucciones de visitantes celestiales, quienes asumieron la tarea de enseñarle cómo retornar nuevamente a su esplendor preexistente, con mejores credenciales y calificaciones para lo que seguiría luego. Para merecer tal promoción, sería puesto a prueba mientras se hallase aquí, y para ello, Adán tendría que enfrentarse con otro tipo de visitante, alguien de enorme ambición y astucia, quien a propósito había sido liberado en el lugar para probar a Adán y a Eva. Los tentó con el almuerzo. Podríamos poner la situación en términos de dos empleadores que compiten por los servicios del hombre Adán y su posteridad, quienes están intencionalmente en medio de ellos: por un lado, “el diablo… invita e induce… continuamente” a trabajar para él, mientras que, por el otro, “Dios… invita e induce… continuamente” a trabajar para él (Moroni 7: 12-13).

El primer empleador nos ofrece almuerzo, y dado que el almuerzo es algo que todos deben tener, se halla en una fuerte posición para negociar. Explica que esta tierra gloriosa es su propiedad privada, que todo, hasta los confines, le pertenece; en particular posee los derechos sobre los minerales y los medios de intercambio, al controlar la voluntariosa colaboración de los sistemas militares, eclesiásticos y políticos, y gobierna con magnífico alboroto. Mantiene todo bajo un firme control, aunque, debido a la sangre y el horror, nadie provoca ningún tipo de disturbio en su mundo, desde los ríos hasta los propios confines. Muy bien puede preguntarle a Adén “¿Qué es lo que deseas”?, pues el reclama ser el Dios de este Mundo, y el Señor mismo le ha otorgado el título de Príncipe de este Mundo. A todo aquel que no trabaja para él en su propiedad lo acusa de invasor, incluso a los mensajeros celestiales, a quienes acusa de estar espiando su vasta propiedad con la idea de arrebatársela. Pero está dispuesto a hacer un trato si tienen dinero. Que tengan sólo lo suficiente para sus necesidades, sin embargo, no es lo que tiene en mente – eso sería el equivalente a un almuerzo gratis, ignorando lamentablemente las infinitas posibilidades de adquirir poder y ganancia que ofrece el lugar; este promotor tiene una visión ilimitada de poder y de arrasar con todo lo que pueda. “¡Puedes tener cualquier cosa en este mundo por dinero!”. Comenzando, por supuesto, con el almuerzo. Pues el dinero es la única cosa que te permitirá obtener un almuerzo – y dado que todos deben tener almuerzo, este es el secreto de su control.

Esta identificación casi mística del dinero con el almuerzo se puede ver en los informes de Brigham Young, Heber C. Kimball, y otros, en sus misiones en Inglaterra, donde la gente literalmente moría de hambre en las calles, mientras muchos otros vivían en gran opulencia.  El problema era que la gente pobre tenía que pasar hambre pues no podían obtener dinero, y no podían obtenerlo pues las fábricas estaban cerradas, y las fábricas cerraron por un invierno inusualmente severo – un acto de Dios. De modo que no había mucho que se pudieses hacer y nadie a quien echar la culpa – pues uno no se opone a las Leyes de la Naturaleza y de Dios: No hay almuerzo gratis. El Hermano Kimball cuenta como su familia en esa hermosa tierra vivió por semanas sólo hirviendo hierbas de algodoncillo (Asclepia); habían trabajado duro, y sin embargo no había almuerzo para ellos, pues el dinero que habían ahorrado por su diligente esfuerzo de pronto no tenía valor – es únicamente el dinero lo que te puede dar un almuerzo, el mero trabajo no es suficiente. Tu presunto empleador te explicará por qué: El dinero es necesario para mantener las cosas bajo control. Para los Kimball, el almuerzo significaba la vida misma, la línea de fondo de cualquier economía. ¿Qué ocurriría, entonces, si el almuerzo les fuese siempre proporcionado gratis? ¿No perderían su más inmediato incentivo para trabajar – la necesidad de dinero para comer? Y, dado que el dinero, como te enseñan en Economía 101, es “el poder para requerir bienes y servicios” ¿Quién volvería a trabajar? ¿Cómo podrías mandar a alguien que trabaje para ti si no necesita de tu almuerzo? Ese es el motivo, explica el sagaz empleador, por el que no debe cesar de recordarles a todos en su dominio que no hay almuerzos gratis. Es esa gran enseñanza lo que mantiene funcionando a su establecimiento. “Todo lo que tengo que hacer para poner a mi gente en su lugar”, dice, “es preguntarles: ‘si dejas mi empleo, ¿qué será de ti? Eso los espanta terriblemente; desde el hombre en la triste cadena de ensamblaje al gerente, todos se llenan de miedo. Y de ese modo logro que las cosas se hagan”.

De modo que, crucemos la calle y vayamos a entrevistar al Otro Empleador. Para nuestra sorpresa, contesta nuestra primera pregunta con un enfático: “¡Olvídense del almuerzo! ¡Ni piensen en él!” “No os afanéis por lo que habéis de comer o de beber ni por lo que habéis de vestir”. “¿Pero qué será de nosotros entonces?”, preguntan ustedes. No se preocupen. “Les predicaremos el evangelio, y entonces se darán cuenta de que el almuerzo será la menor de sus preocupaciones”. Dejemos que Brigham Young nos explique la situación.

Se nos ha permitido venir aquí para ir al colegio, para adquirir cierto conocimiento y pasar un número de pruebas que nos preparen para mayores cosas en el más allá. Toda esta vida es, de hecho, un “estado de probación “ (2 Nefi 2:21). Mientras estamos en el colegio nuestro generoso patrocinador nos ha provisto con todas las necesidades de la vida por las que deberemos pasar. Imaginen,  entonces, que al final del primer año de colegio su tierno benefactor les hace una visita. Se reúne con usted y le pregunta cómo le ha ido. “Oh”, responde usted, “Me está yendo bastante bien, gracias a su bondad” “¿Está estudiando mucho?” “Sí, estoy haciendo buenos progresos” “¿Qué materias ha cursado”? “Oh, estoy tomando cursos sobre cómo tener más almuerzos” “¿Estudia eso? ¿Todo el tiempo?” “Sí. Pensé estudiar otras materias. De hecho, me encantaría estudiarlas – algunas son interesantísimas – pero, finalmente son los cursos sobre pan y manteca los que cuentan. Este es el mundo real, usted sabe. No hay almuerzo gratis” “Pero, mi querido muchacho, yo ya te estoy proveyendo de eso” “Sí, por ahora, y estoy muy agradecido – pero mi propósito en la vida es tener más y mejores almuerzos; quiero llegar a la cima – a la suite ejecutiva, al almuerzo Marriott” “Pero ese no es la tarea que yo deseaba que hicieses aquí”, dice el patrón. “La pregunta en nuestras mentes debería ser,” dice Brigham Young, “qué es lo que permite el incremento del interés general… y aumentar la inteligencia en la mente de las personas”. Esto deberíamos estudiar constantemente de modo preferencial en vez de cómo mejorar esa granja o ese jardín [es decir, de donde proviene el almuerzo]… No podemos adorar a nuestro Dios en reuniones públicas o arrodillarnos para orar con nuestras familias sin que surjan en nuestras mentes las imágenes de nuestras posesiones terrenales para distraernos y hacer que nuestra adoración y nuestras oraciones sean improductivas” (JD 11:115). El almuerzo se puede transformar fácilmente en la única cosa por la que se espera toda la mañana en la oficina: una distracción, un señuelo – como el sexo, es una necesidad pasajera que puede prontamente transformarse en una absorbente obsesión.

Dice Brigham, “Es una tontería que el hombre ame algún tipo de propiedad o posesión. Quien dedica sus afectos a tales cosas no comprende que están hechas para la comodidad de las criaturas, y no para su adoración. Han sido hechas para mantener y preservar el cuerpo mientras se procuran el conocimiento y la inteligencia que pertenecen a Dios y a su reino [nuevamente, el motivo de la escuela] con el objeto de que nos preservemos y vivamos para siempre en su presencia” (JD 8:134)

¿Y en cuanto al trabajo? En cierta ocasión recibí una beca universitaria por la que tuve que aceptar no tener un trabajo pago por el período de un año – todas las necesidades me eran proporcionadas: de hecho, se me prohibía trabajar por el almuerzo. ¿Eran almuerzos gratis? Jamás trabajé más duro en mi vida – pero nunca debí pensar en el almuerzo. No se suponía que debía hacerlo. Comía con el solo objeto de poder hacer mi trabajo; no estaba trabajando con el único propósito de poder comer. Y eso es lo que el Señor nos pide: que nos olvidemos del almuerzo y hagamos su obra, y el almuerzo será provisto.

Al no ser un economista, debo tornar a las escrituras, donde encuentro una sucinta pero detallada y lúcida declaración sobre la situación del almuerzo, esto es, los preceptos económicos de Dios para Israel, en el libro de Deuteronomio.

Moisés distribuye el Almuerzo

Después que Moisés hubo conducido a los hijos de Israel por 40 años, resumió todas las leyes y regulaciones por las que deberían vivir en un gran discurso de despedida, el cual debía preservarse en piedra y pergamino para ser leído pública y periódicamente a todo el pueblo. Toda prosperidad y la vida misma en la nueva tierra prometida dependería de la estricta observancia de la ley. Ciertos principios generales iban a gobernar cada aspecto de la vida entre los hijos del convenio:

  1. Escuchad los estatutos y decretos que yo os enseño, para que los ejecutéis y viváis (Deuteronomio 4:1). Pues son vuestra vida; y por ellas prolongaréis vuestros días sobre la tierra que vais a poseer (Deuteronomio 32:47)
  2. Sin importar lo poco prácticas o poco realistas que estas leyes y preceptos puedan parecer al mundo, ustedes no son del mundo, sino totalmente alejados de él, un pueblo escogido, apartado, removido, “peculiar”, santificado, “por encima de todos los pueblos que se hallan sobre la faz de la tierra”, “un pueblo santo” (Deuteronomio 7:6). Israel se encuentra bajo un convenio especial con Dios que no tiene nada que ver con la economía normal de los hombres; se les prohíbe hacer ciertas cosas y se les requiere hacer otras que pueden parecer absurdas a los extraños.
  3. Los aspectos legales no son lo importante – es la tarea de los abogados evitar la ley, pero ustedes deben tenerla escrita en sus corazones (Jeremías 31:33) para cumplirla con “con todo vuestro corazón y toda vuestra alma” porque realmente aman al Señor y a su ley, que comienza y termina con el amor de Dios y a los semejantes (Deuteronomio 6:5). Debe ser algo natural, dado por seguro, su forma de vida, pensando y hablando sobre ella todo el tiempo, para que sus hijos crezcan respirándola tan naturalmente como el aire (Deuteronomio 6:7)
  4. Recuerda que todo lo que tienes es un don gratuito de Dios: Tu no posees nada; El te ha dado todo (Mosiah 2: 23-25)
  5. Jamás te hagas la idea de que has ganado lo que tienes; cuídate de que “cuando comas y te sacies… entonces se enaltezca tu corazón y te olvides de Jehová tu Dios” y te digas a ti mismo “Mi poder (koakh, habilidad) y la fuerza de mi mano (otsem yadhi, la fuerza de mi mano o etzem yadhay, mis dos manos) me han traído esta riqueza” (Deuteronomio 8: 10,14,17). Sino que debes tener en mente que sólo Dios te ha dado todo, y no por tus méritos, sino para confirmar promesas hechas a tus padres – si olvidas eso por un momento serás destruido (Deuteronomio 8: 18-19). “Y mientras nuestras manadas y rebaños se incrementaban en las montañas y las planicies – diría Brigham, “los ojos de las personas parecían cerrarse a las operaciones de la invisible mano de la Providencia, y se inclinaban a decir ‘¡Es el trabajo de nuestras manos, nuestra labor la que ha logrado esto!’” (JD 3:257)
  6. Los dones de Dios te han llegado no por tu rectitud, pues no eres recto, y de ningún modo mereces lo que has recibido ni eres digno de ello (Deuteronomio 9: 4-29). Te ha sido dado para cumplir promesas hechas a hombres rectos antes de ti. Las palabras de despedida de Moisés a su pueblo, después de 40 años de lidiar con ellos, fueron: “he aquí, que aun viviendo yo hoy con vosotros, sois rebeldes a Jehová; ¿cuánto más después que yo haya muerto? (Deuteronomio 31:27)

Deuteronomio

A medida que Israel recibe la ley mediante Moisés, cada precepto está acompañado de un recordatorio de su obligación sin fin para con Jehová, quien los tomó a su cargo cuando eran los más pobres entre los pobres y los trajo con señales y maravillas a una tierra en la que tenían todo. Con esto en mene, Dios espera que sean amorosos, misericordiosos, y dispuestos a dar a extranjeros y advenedizos como siempre El ha sido con ellos (Deuteronomio 15: 7-8). Junto a ello existe una promesa, que no importa cuánto den a otros, El lo devolverá con creces, “pues el Señor te bendecirá en gran manera” (Deuteronomio 15:4).

Recordemos que Israel había estado viviendo por 40 años de un almuerzo gratis – el maná del cielo. No tenían que trabajar por él; de hecho se les advertía que no debían tomar ventajas de tal bonanza – era simplemente su pan diario al cual cada uno tenía derecho pero del que nadie podía tomar más de lo que necesitaba para sí mismo, en ese día. Si comían de más, los enfermaba; si, con una visión de negocio a largo plazo, lo almacenaban, recibirían una apropiada reprimenda, pues la sustancia se descomponía y daba mal olor a las veinticuatro horas, con excepción del Shabat. Cualquier intento de hacer del maná un objeto de la libre empresa estaba descartado – era el almuerzo definitivo gratis. El día que entraron en la tierra prometida, Moisés les dijo que, de allí en adelante no habría más maná – pero el almuerzo gratis continuaría sin cesar. Pues en este territorio montañoso, les explicó, estarían dependiendo tanto de la lluvia de los cielos como lo habían estado del maná del cielo para su subsistencia, y sólo Dios lo proveería, como siempre (Deuteronomio 11: 11-15). Y ¿qué debían hacer para que continuara viniendo? “…si obedecéis cuidadosamente mis mandamientos que yo os mando hoy, de amar a Jehová vuestro Dios y de servirle con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma, yo daré la lluvia de vuestra tierra a su tiempo, la temprana y la tardía; y recogerás tu grano, y tu vino y tu aceite. También haré crecer hierba en tu campo para tu ganado; y comerás y te saciarás” (Deuteronomio 11: 13-15).

Israel recoge el maná – James Tissot

¿Y cuáles eran los mandamientos específicos  que se comprometían a guardar? Sobre eso trata todo el libro de Deuteronomio. La mayor parte está ocupada con “formas y estatutos” (ver Ezekiel 43:11); particularmente se le requería al pueblo que se reuniera a intervalos regulares para celebrar, festejando y danzando con gran regocijo, para agradecer a Dios por la abundancia recibida y solicitarle la continuación de esa generosidad. Todos debían pasar un buen momento y observar una perfecta igualdad en todas las cosas, cuidando que nadie quedase olvidado o con hambre. Con la primera cosecha en la nueva tierra, debían traer canastos con ejemplares de las primicias de los frutos, colocarlos delante del altar y declarar: “Un arameo a punto de perecer fue mi padre (significando arameo o amorrita, “desplazado, sin hogar, vagabundo, errante”)… y nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra, tierra que fluye leche y miel. Y ahora, he aquí, he traído las primicias del fruto de la tierra que me diste, oh Jehová”. El arameo hambriento que se menciona era Abraham el Hebreo (que también significa “errante desplazado”). Y continúa diciendo: “las dejarás delante de Jehová tu Dios, y adorarás delante de Jehová tu Dios. Y te alegrarás en todo el bien que Jehová tu Dios te haya dado a ti y a tu casa, tú y el levita y el extranjero que está en medio de ti” para mostrar al Señor que “no he transgredido tus mandamientos ni me he olvidado de ellos” (Deuteronomio 26: 5, 9-13)

Si el pueblo fallaba en cumplir con esta gozosa actividad de dar y compartir, sufrirían una completa reversión de las bendiciones prometidas “por cuanto no serviste a Jehová tu Dios con alegría y con gozo de corazón por la abundancia de todas las cosas” (Deuteronomio 28:47). Al traer su sustento al Señor, todo hombre decía: “he sacado lo consagrado de mi casa, y también lo he dado al levita, y al extranjero, y al huérfano y a la viuda, conforme a todos tus mandamientos” (Deuteronomio 26:13). Lo que era consagrado a la obra del Señor no podía usarse para otro propósito – aún era maná y no negociable.

Al pasar por un campo o viñedo en Israel, cualquiera tenía la libertad de tomar lo que necesitaba si estaba hambriento (como el Señor y los Apóstoles hicieron, Marcos 2:23); si el dueño se lo negaba, estaba rompiendo la ley; si la persona tomaba más de lo que necesitaba comer, entonces él estaba rompiendo la ley – aún era maná (Deuteronomio 23: 24-25)

Cuando era época de la cosecha, decía la ley, no debías volver atrás para asegurarte de que habías recogido todas las aceitunas, uvas o granos de tu terreno para llevarlos al granero o a la prensa. Eso puede sonar como una buena práctica comercial, pero el Señor lo prohíbe. Algo debe quedar siempre para aquellos que puedan necesitarlo. De las prensas para las olivas y el vino tenemos la palabra “extorsión”, que significa extraer hasta la última gota, otro modo de obtener un mayor margen de ganancia, apretando y escurriendo hasta el final. Los Santos de los Ultimos Días, como los antiguos Israelitas, deben aceptar los dones de Dios con agradecimiento, no con “extorsión” (DyC 59:20)

Los antiguos y “primitivos” en todas partes celebraban los dones gratuitos del cielo con ritos estacionales cercanamente parecidos a los de Israel. El otorgamiento de alimento desde lo alto era una importante parte de las ceremonias, que se dramatizaba arrojando comida y prendas desde una plataforma, que podía ser móvil o fija, a la muchedumbre de adoradores. A estos ritos, que he tratado con mayor extensión en otros sitios, Israel agregó un fuerte sentido de obligación moral. Bajo la Ley Mosaica todos eran constantemente probados por su cociente de generosidad; pues como Brigham Young a menudo recordaba a los santos, Dios ha puesto todo lo que tenemos en las manos para ver qué hacemos con ello – si lo gastaremos, lo acumularemos, o lo ofreceremos liberalmente.

Aunque la generosidad no puede ser legislada, nadie en Israel podía evadir la correspondiente prueba, para mostrar hasta dónde estaba dispuesto ir, conservando completamente su libre albedrío, en cumplir los expresos deseos de Dios concerniente a la distribución de sus bienes. “De la ofrenda voluntaria de tu mano será lo que des”, la ofrenda no podía evadirse pero el monto quedaba enteramente en manos del donante, “según la abundancia con la que Jehová tu Dios te haya bendecido”, o como lo pone la Septuaginta, “según tu mano pudiere” (Deuteronomio 16:10)

Por tanto, al culminar seis años, un sirviente tenía la oportunidad de dejar a su amo absolutamente libre de cualquier obligación; “Y cuando lo despidas, no lo enviarás con las manos vacías” (Deuteronomio 15:13); no, no con dos semanas de indemnización por despido, sino que “le abastecerás libremente de tus ovejas, de tu era y de tu lagar; le darás de aquello con que Jehová te haya bendecido” (Deuteronomio 15:14). Y entonces viene la parte más importante de la prueba, “sin falta le darás, y no será tu corazón mezquino cuando le des(Deuteronomio 15:10). Lo que cuenta es como uno se siente al respecto. Si uno ve a un individuo pobre en la vecindad “no endurecerás tu corazón ni cerrarás tu mano a tu hermano pobre (Deuteronomio 15:7).

Lo que se está poniendo a prueba no es el buen sentido comercial, la obediencia a las órdenes, cumplir con las costumbres, o el reconocimiento del deber, sino los sentimientos del corazón, la capacidad de tener compasión. Nadie debía cobrar intereses por un préstamo, y cada siete años todas las deudas quedaban automáticamente canceladas (Deuteronomio 15: 1-2) Solo por tal amplio e inquebrantable orden como “la liberación del Señor” pueden los hombres romper la insidiosa red de endeudamiento con la que Satanás mantiene a la humanidad en su poder.

Pero uno no debía rehusar un préstamo porque la liberación del Señor se hallaba cercana, por lo cual lo que se prestaba podía no ser devuelto: “Cuídate de que no haya en tu corazón pensamiento perverso, diciendo: Cerca está el año séptimo, el de la remisión, y mires con malos ojos a tu hermano menesteroso para no darle, porque él podrá clamar contra ti a Jehová, y se te contará como pecado” (Deuteronomio 15:9)

Este es un ejemplo de la mezquindad de espíritu que ofende a Dios más que cualquier otra cosa. No poseemos leyes que ordenen a los individuos a ser caritativos o de manos abiertas, o penalizando esa mezquindad de espíritu que a menudo significa una ganancia extra, por la obvia razón de que nadie puede saber lo que hay en el corazón de otro. Pero Dios lo sabe, y no tolerará la mezquindad de espíritu. Si uno amase a Dios con todo su corazón y alma y a su prójimo como a sí mismo, muy pocas o ninguna ley sería necesaria; pues tal amor, dice el Señor, engloba toda la Ley y los Profetas. Las leyes contra acciones bajas y deleznables son innecesarias en un pueblo para el cual tales acciones son impensables.

Por tanto, traer una ofrenda defectuosa al templo podría ser una movida astuta y ahorrativa, pero “es abominación a Jehová tu Dios” pues es también vil y mezquina (Deuteronomio 17:1), como lo son los dobles libros de contabilidad o modificar las medidas de peso en los negocios (Deuteronomio 25:13). Que el fuerte se aproveche del débil es la regla básica de la tacañería: Israel no debería utilizar su fuerza contra naciones más débiles ni entrometerse en sus asuntos, aunque fuesen de su propio interés (Deuteronomio 2: 4-5). La mayor maldición se reservó para el Rey Amalek, pues atacó a los débiles que se rezagaban en la retaguardia cuando los Israelitas atravesaban sus tierras (Deuteronomio 25: 17-18) Israel no debe olvidar los favores recibidos por otras naciones, aunque los hubiesen concedido de mala gana – la ingratitud es mezquindad (Deuteronomio 23: 7-25). Comerciar con las necesidades del otro es una ofensa a la dignidad humana (aunque es el principio básico de las prácticas laborales de hoy). De modo que si alguien toma a una mujer cautiva por esposa y luego quiere deshacerse de ella, deberá dejarla en libertad y no venderla, pues “no la venderás por dinero ni la maltratarás (Deuteronomio 21:14). Cualquiera que se aprovechare de una virgen deberá desposarla y retribuir a su padre espléndidamente, pues “la ha humillado” (Deuteronomio 22: 28-29). A quien está recién casado no se le permitirá ir a la guerra, pues por ley deberá permanecer en casa por un año y “alegrar” a su desposada (Deuteronomio 24:5). Es ruin cuestionar la virginidad de una novia (Deuteronomio 22: 13-30) y quien se niega a levantar simiente con la viuda de su hermano es despreciado, y si bien no puede ser castigado, ha ofendido los sentimientos de ella (Deuteronomio 25: 5-10). Se requiere por ley no sólo dar refugio a un esclavo que ha huido de su amo, sino que debe ser bien tratado, viviendo “en el lugar que escoja en alguna de tus ciudades, donde bien le parezca”; y además, el benefactor no debe quejarse por ello – la propia humanidad del esclavo sobrepasa cualquier otro factor (Deuteronomio 23: 15-16).

Particularmente reprensible en Israel era el retener el alimento al necesitado, siendo la regla más conocida la de “no pondrás bozal al buey cuando trille” (Deuteronomio 25:4)

Se cuenta que la gente de Sodoma y Gomorra ponía redes sobre los árboles para negar su alimento a los pájaros, y “Abraham, viéndolo, los maldijo en nombre de su Dios”. Los Amonitas y Moabitas estaban bajo especial condenación por haber negado a los Israelitas, sus enemigos, pan y agua al marchar por sus tierras (Deuteronomio 23:4) ¡“Ayuda y consuelo al enemigo”, ciertamente! La Ley de Hierro de los Salarios jamás podría haberse invocado en el mundo de Moisés: “No oprimirás al jornalero pobre y menesteroso”, por ejemplo, ofreciéndole trabajar sólo bajo tus propios términos (Deuteronomio 24:14). Algunas de las leyes de Moisés serían prontamente derogadas por nuestros actuales legisladores, tales como convertir en un crimen el pretender no darse cuenta de que el buey o el asno de otro hombre ha caído y necesita ayuda (Deuteronomio 22:4) – así como un sacerdote y un levita miraron hacia otro lado al pasar frente a un indefenso ensangrentado en la ruta a Jerico. Sin tomar en cuenta el costo, todo hombre debía poner una baranda en la azotea de su casa para evitar que alguien cayese y se lastimase (Deuteronomio 22:8); y eso huele a inspección de seguridad – anatema para la industria y especialmente para nuestros congresales de Utah.

Traducción de Mario R. Montani

CONTINUARA EN LA SEGUNDA PARTE///

“Preguntas, Dudas y Crisis de Fe” por Roger Terry

Discursos Olvidados

Preguntas, Dudas y Crisis de Fe

Por Roger Terry

Roger Terry es un conocido de nuestro blog, en el que ha autorizado la traducción de su brillante historia “Eterno Inadaptado”, que apareció en la sección Ficción Mormona hace ya algunos años. El hermano Terry es autor de cuatro novelas, tres libros de no ficción, así como de innumerables cuentos cortos, artículos y ensayos. Fue editor principal de la Ensign y la Liahona y actualmente es el director editorial de BYU Studies. Junto a su esposa, Sheri, reside en Orem, Utah, y son los padres de cuatro hijos más dos nietos. El breve pero sustancioso editorial que proponemos a continuación apareció en su blog  “Mormonomics and mormonethics” el 14 de Agosto de 2017.

Roger Terry

“Según se dice, algunos pocos mormones están abandonando la fe, y muchos más se están planteando serias preguntas sobre la Iglesia. Yo, ciertamente, pertenezco a este segundo grupo. Supongo que viene como un efecto colateral de mi trabajo.

La mayoría de los miembros de mi barrio, y probablemente la mayoría de ustedes en la blogosfera viven una vida bastante diferente a la mía. Si tienen un trabajo de tiempo completo, tal vez vayan al trabajo todos los días y escriban códigos de computación, o enseñen biología, o instalen calefacción y aire acondicionado o ayuden a la gente con testamentos y fideicomisos, o administren un restaurant, o fabriquen armarios, o realicen cualquier otra de las tareas “ordinarias” que mantienen a la economía funcionando. Pero yo voy a mi trabajo cada día a lidiar a tiempo completo con el Mormonismo. Soy el director editorial de BYU Studies, donde publicamos la más antigua revista académica de estudios mormones así como una variedad de libros sobre temas del mormonismo. No nos dedicamos a novelas mormonas ni a libros inspiradores y apologéticos. Somos editores académicos, por lo que debo enfrentarme principalmente con libros escritos por profesores y otros eruditos. BYU Studies Quarterly es también una publicación multidisciplinaria de estudios mormones, de modo que yo mismo obtengo bastante educación. He editado artículos sobre casi cualquier cosa desde cosmología a ingeniería y desde música a teoría de la traducción. Y publicamos mucha historia SUD. Debo aprender lo suficiente sobre esos tópicos como para hacer preguntas inteligentes y darme cuenta cuando los autores están estirando la evidencia en demasía o quizás considerando sólo una visión parcial del asunto.

En otras palabras, me pagan para ser escéptico. Me he hecho bastante bueno en eso. Los editores experimentados tienden a buscar inconsistencias – en la gramática, en los usos, la lógica, en el razonamiento, el contenido y las fuentes. De modo que mucho de lo leído provoca preguntas en mi mente. Una parte importante de mi trabajo es mantenerme al día con lo que está ocurriendo con los estudios mormones, y ese campo en particular está en expansión, por lo que no es tarea fácil. Traté de contarlos hace unos días y me di cuenta de que había leído más de sesenta libros en el campo de estudios mormones en los últimos diez o quince años. También leo Dialogue, Sunstone, el Journal of Mormon History, Mormon Historical Studies y artículos de The Religious Educator. Además de toda esa lectura en papel, dedico bastante tiempo cada día a leer lo que me interesa en el blogernáculo. Todo eso para poder tener el suficiente contexto que me permita juzgar entre lo que es verdadera erudición y lo que no lo es. Observar al mormonismo con este tipo de amplitud y profundidad tiende a provocar muchas preguntas. Honestamente, tengo más preguntas que nadie a quien conozca.

Pero tengo algún problema en relacionarme con ciertos términos que la Iglesia usa para describir a las personas que tienen preguntas. A menudo escuchamos los términos “crisis de fe” o “duda”. Jamás sentí que esos términos describiesen realmente mi estado mental. “Duda” es especialmente problemática, ya que raramente se la describe o se la coloca en un contexto útil. Hablamos vagamente acerca de aquellos que dudan, pero todos dudamos de algo (si no, seríamos meramente ingenuos). Los líderes de la iglesia usan este término de modo nebuloso que quizás se refiere a aquellos que no están seguros de si la Iglesia o el Libro de Mormón son verdaderos o de si Joseph Smith estuvo todo el tiempo en lo correcto. Pero la palabra no está usualmente definida de un modo que ayude. Si uno va a hablar sobre dudas, más vale que sea muy específico sobre qué es exactamente lo que piensa que la gente está dudando, ya que no todas las dudas son iguales. Por ese motivo no me considero a mí mismo como “alguien que duda”. Por supuesto que tengo dudas, muchísimas. Pero jamás dudo sobre algo de lo que tengo la certeza que es verdadero. Es la noción de certeza lo que me resulta problemático.

Prefiero encuadrar las cosas en términos de creencia. Creo todo tipo de cosas. Y mis creencias no están grabadas en la piedra. Cuando aprendo algo nuevo – y lo hago constantemente – mis creencias inevitablemente cambian. He dicho en otras ocasiones que si uno cree las mismas cosas que creía el año anterior, entonces no ha aprendido nada nuevo durante ese período. La nueva información inevitablemente da forma a lo que creemos. En esencia, cuanto más aprendo, menos certezas tengo, pues veo mayores contextos, mayores posibilidades y conexiones. Me doy cuenta de que algo sobre lo que estaba seguro en cierto momento de mi vida no es tan simple o tan claro como había asumido. De modo que he aprendido a ser prudente, a pensar las cosas más profundamente. Eso no es duda. Yo lo veo como simplemente ser responsable con la información que recibo. Cuando, por ejemplo, me encuentro con dos doctrinas que parecen inconsistentes, necesito reconsiderar toda la información para decidir lo que creo, y esto, inevitablemente, resulta en una comprensión más matizada de lo que creo. El evangelio no es simplemente hermoso ni hermosamente simple para aquellos que lo toman con la suficiente seriedad como para cavar debajo de la superficie. Es más bien complicado.

Tomemos el nacimiento espiritual como ejemplo. Tal vez no hayan leído mi reciente artículo en Dialogue sobre “La Fuente de la Autoridad de Dios” (Dialogue: A Journal of Mormon Thought 49 Nº 3 (Otoño 2016), pags. 109-144). En la primera parte de ese artículo doy una visión general de cómo nuestra doctrina de la preexistencia ha cambiado y se ha desarrollado con el paso de los años. Después de considerar toda esa información, he decidido que lo que tiene más sentido para mí es lo que Joseph Smith enseñó en Nauvoo, no lo que enseñaba en Kirtland, o lo que la Iglesia terminó enseñando a principios del siglo XX. Joseph enseñó en Nauvoo que nuestros espíritus no pueden ser creados. Eso entra en conflicto directo con, por ejemplo, el libro de Moisés o lo que dice la Proclamación sobre la Familia, pero es lo que tiene más sentido para mí en este momento. De acuerdo a nuestro actual conocimiento, Joseph jamás enseñó sobre un nacimiento espiritual, al menos no en público. Por ésta y otras razones, prefiero la noción de que Dios nos encontró en nuestro estado espiritual y convino ser nuestro Padre, mediante adopción. Los números contribuyen a mi actual creencia. He estimado, de acuerdo a las presunciones mormonas, que Dios debe haber tenido entre 2.000 y 3.000 millones de hijos, sólo para poblar esta tierra (contando las huestes de Lucifer, ya sean un tercio o la tercera parte). Y esa es una estimación bastante conservadora. Los datos se encuentran en el apéndice de mi artículo. La cifra, por supuesto, es sólo para uno de los innumerables mundos de Dios. Tener esa cantidad de hijos mediante un proceso similar a la concepción, gestación y nacimiento mortal es, para ponerlo en términos sencillos, problemático, aún con una poligamia de orden galáctico.

De todas maneras, esto es lo que yo hago. Cuando me enfrento a doctrinas, creencias o hechos históricos que, de algún modo, no concuerdan, debo descubrir lo que tiene más sentido para mí. Y, a medida que obtengo más información, por supuesto mis creencias cambian. De modo que podría decirse que dudo, supongo, si con eso se quiere significar que pongo en duda algunas de las doctrinas oficiales de la Iglesia, o la noción de que los profetas jamás cometen errores o puedan enseñar cosas que no son exactamente verdad. Pero prefiero encuadrar esto como creencias en evolución y no como dudas. Simplemente estoy intentando comprender la verdad. Y jamás he tenido una “crisis de fe”. Ese término no parece funcionar para mí. No estoy experimentando una crisis. Lo que hago es muy metódico y paciente. No tengo apuro, no me voy a ningún lado (como alejarme de la Iglesia). Sólo quiero entender la verdad lo mejor que puedo. Y esto me pone a veces, como lo expresara Jerry Sloan, quien fuera entrenador de los Utah Jazz, en una encrucijada con la Iglesia.

Hace ya varios años, llegué a la conclusión de que no era mi responsabilidad defender a Joseph Smith o a la Iglesia en todo. Eso es lo que hacen los apologistas, y como lo declaró Patrick Mason, ha resultado en hallarnos defendiendo algunos puestos de avanzada abandonados con los que tenemos ya muy poco que ver. Tal actitud ha causado muchos problemas a la Iglesia. Así que descubro que mi responsabilidad es defender la verdad, cualquiera que ésta sea. Pero antes de defender algo vigorosamente, tengo que estar muy seguro de ello. La verdad no es algo fácil de conocer con algún grado de certeza. Hablaré sobre mis creencias y quizás hasta escriba artículos defendiendo mi punto de vista, pero no insistiré en que estoy en lo correcto. Es posible que esté equivocado, aunque en el artículo sobre “La Fuente de la Autoridad de Dios”, explico por qué no encuentro otra opción para mis conclusiones, dado lo que sabemos y asumimos hoy.

De modo que para aquellos que dudan o están atravesando supuestas crisis de fe, no se asusten de sus dudas. Tenemos todo el derecho de dudar sobre cosas que no tienen sentido para nosotros. Y quizás la crisis de fe no lo sea en absoluto, después de todo. Tal vez no sea más que un paso en el sendero de obtener mayor conocimiento – y mayor contexto, mayores matices, mayor profundidad, mayor conciencia de la complejidad inherente a la vida. A menudo un mayor conocimiento se traduce en menos certezas pero más humildad, menos comodidad pero una mayor curiosidad, menos lealtad rígida a pautas de pensamiento institucionales pero mayor libertad para creer”.

 

Traducción de Mario R. Montani

“Fe y Dudas” por Terryl L. Givens

Discursos Olvidados

Fe y Dudas

Terryl L. Givens

 

El profesor Givens ya es un conocido participante en este espacio. Quienes deseen saber más sobre él pueden leerlo aquí. Ex misionero y obispo, posee una cátedra de Literatura en la Universidad de Richmond, Virginia. Sus estudios han abarcado la literatura comparativa y la teoría literaria así como varios aspectos de la filosofía, teología, historia y cultura mormona.

El breve pero profundo artículo que presentamos a continuación apareció primeramente en el blog fairmormon.org (https://www.fairmormon.org/testimonies/scholars/terryl-l-givens) en Noviembre de 2010.

Terryl Givens

“Si es que tengo algún don espiritual, quizás sea una inmensa capacidad para la duda. He vivido largamente en la Diáspora Mormona, creciendo en la Lynchburg (Virginia) de Jerry Falwell (televangelista norteamericano creador de la Moral Majority y activista conservador en contra de los derechos gay). Mis más cercanos colegas han sido durante los últimos veinte años un devoto católico, un fiel judío, un estudiante de seminario convertido al budismo y un renacido miembro de la Iglesia Episcopal. Mi esposa, Fiona, era una católica no practicante, enamorada del templo y de todas las cosas hermosas, así como ferviente discípula del Dios que llora de Enoc. En otras palabras, he pasado mi vida en íntima asociación con devotos creyentes de una miríada de tradiciones religiosas; escucho mi propia profesión de fe a través de sus oídos, y examino mis presupuestos religiosos con un ojo puesto en los de ellos.

En el curso de mi peregrinaje espiritual, mi innata capacidad para la duda me condujo a la percepción de que la fe es una elección. Que el llamado a la fe es un compromiso a involucrar el corazón, a sintonizarlo para que resuene en simpatía con principios, valores e ideales los cuales esperamos devotamente que sean verdad, y de los cuales tenemos fundamentos razonables, pero no certeros, como para creer que son verdad. Estoy convencido de que debe haber espacio tanto para la duda como para la creencia, pues únicamente en esas condiciones de equilibrio y balance, igualmente ‘atraído por lo uno o lo otro’ (2 Nefi 2:16) estará el corazón verdaderamente libre para escoger la creencia o el cinismo, la fe o la duda. Bajo estas condiciones, lo que yo escojo abrazar, aquello a lo que decido ser receptivo, es el más puro reflejo de lo que soy y lo que amo. Elijo afirmar la veracidad del Evangelio Restaurado por cinco razones principales.

  1. Joseph Smith reveló al Dios a quien más irresistiblemente me atrae adorar.
  2. Dio la única explicación sobre el albedrío moral que puede justificar, en mi mente, los terribles costos de nuestra probación mortal.
  3. Proveyó una historia del origen y destino del alma que resuena con el atractivo y la verdad de la poesía cósmica.
  4. Los frutos del evangelio son reales y discernibles.
  5. La restauración es generosa en cuanto a lo que abarca.

Mis dos héroes literarios son el Ivan de Dostoievksy en Los Hermanos Karamazov y el Huck Finn de Mark Twain. Enfrentados al Dios de sus contemporáneos, prefieren la renuncia antes que inclinarse a la crueldad o la injusticia de un Dios omnipotente. Nunca podría adorar o reverenciar a un Dios que se espanta con celosa inseguridad porque “el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros”. No podría tener el deseo de emular la naturaleza divina de un soberano que no está dispuesto a salvar a todos los que está en su poder salvar. Y no podría amar a un Dios “sin cuerpo, ni partes, ni pasiones”, que no puede sentir amor, pena, gozo o alegría.

El Cristianismo nos ha dado el único Dios dispuesto a morir a favor de su creación, tal como me lo enseñó mi esposa. Joseph Smith agregó la concepción de un Dios que intenta nuestra total participación en “la naturaleza divina”, quien derramará sobre cada uno de sus hijos todo lo que “estén dispuestos a recibir”, y quien se hizo lo suficientemente vulnerable como para llorar frente a nuestro dolor y sufrimiento. Ese es el Dios que poderosamente me atrae y al que gustosamente adoro.

Declarar que sin independencia moral “no hay existencia” es convertir al albedrío en el constituyente esencial de nuestra identidad humana. A mi entender, esto significa que la intervención de Dios en nuestros destinos personales y colectivos está auto circunscripta por su reverencia a tal hecho. Y cualquier don que nos da que nosotros no hayamos escogido recibir significa la abrogación de ese albedrío. Esta es la única teodicea, o comienzo de una teoría sobre la salvación de la humanidad, que tiene sentido para mí.

Tengo la sensación, aunque no lo sepa con certeza, que la parte espiritual de mi ser posee un pasado eterno. Como paradigma explicativo, esta visión tiene un poder sorprendente. Provee una razón convincente para el sentido intuitivo del bien y el mal, el sonido familiar de una miriada de verdades, amistades que irrumpen de modo total, anhelo por un Dios que no hemos conocido en la mortalidad, y cientos de momentos de deja vu ante la presencia de lo Bueno, lo Hermoso, y lo Verdadero. Y no puedo siquiera comenzar a mensurar qué significa “llegar a ser como Dios”, aunque Enoc nos permitió vislumbrarlo. Significa amar con un costo infinito, tener un corazón que posea “la anchura de la eternidad” (Moisés 7:41) para poder llenarse tanto con gozo como con tristeza. Es una perspectiva seria más que entusiasta, pero sin embargo es una perspectiva que la peregrinación por la paternidad afirma y preanuncia.

El evangelio funciona. He visto su poder de transformar la vida. Puedo afirmar, como lo hizo Gerard Manley Hopkins, que “Cristo opera en diez mil lugares, con hermosos miembros y hermosos ojos, no suyos, a favor del Padre, a través de los rasgos de los hombres”. O conversos recientes y misioneros retornados, quienes en sus testimonios hablan inesperadamente “con la lengua de ángeles”, una simple elocuencia no proveniente de sus propios recursos. Palabras de despedida de un querido amigo al borde de la muerte, frente a quien el velo de pronto se torna delgado, a punto de transparentarse. Vidas redirigidas e imbuidas de repentina belleza, que pueden rivalizar con cualquier narración de Dickens o Hugo (cuyas historias de redención resuenan con su propio poder trascendente y familiar)

Finalmente, el evangelio restaurado es un evangelio de liberalidad y generosidad. Fue necesaria mi previamente católica esposa, Fiona, para enseñarme que la iglesia que Juan vio no desapareció, se retiró al desierto. Joseph Smith veía a la Restauración como la salida de esa iglesia del desierto, la restauración del “antiguo palacio” reducido a ruinas, el volver a reunir todo lo bueno y hermoso del mundo y de la tradición cristiana, que se había perdido o corrompido desde el Edén en adelante. La iglesia que amo tiene límites invisibles, y me recuerda lo que fue escrito por Spinoza en cuanto a que “rechazaba la ortodoxia de su época no porque creyese menos, sino porque creía más”. O, como lo escribió Joseph, “deseo la libertad de creer como me place, se siente tan bien el no tener trabas”.

Traducción de Mario R. Montani

Por qué la Iglesia es tan verdadera como el Evangelio – Eugene England

Discursos Olvidados

Por Que La Iglesia es Tan Verdadera como el Evangelio

por Eugene England

El siguiente ensayo se ha convertido, con el paso de los años, en un verdadero clásico de la literatura de la Iglesia. La versión original fue presentada en el Simposio de Sunstone de 1985, en Salt Lake City, y publicada en la Revista Sunstone 10, de marzo de 1986. La presente traducción ha sido tomada de la edición del 25 Aniversario de Sunstone, en la que el artículo fue reimpreso con algunas anotaciones del autor, las que aparecen bajo el subtítulo de Catorce Años Después. La sensibilidad espiritual y amplitud de criterio de England han dejado una marca indeleble en mi vida. También un poco de vergüenza por el modo en que fue tratado en la Iglesia por muchos años… (Nota del traductor, Mario R. Montani)

“Cuando era un jovencito estaba convencido de que las reuniones más aburridas de la Iglesia, tal vez del mundo, eran las conferencias trimestrales de Estaca. En aquellos días, se llevaban a cabo cada tres meses e incluían por lo menos dos sesiones de dos horas cada una el día Domingo. El principal punto culminante para nosotros, los chicos, eran las canciones temblorosas literalmente ‘rendidas’ por las “Madres Cantoras” y el sobrio sostenimiento del Comité de Estaca contra el Licor y el Tabaco.

Pero una conferencia fue particularmente memorable. Yo tenía doce años y estaba sentado cerca del estrado pues mi padre iba a ser sostenido como miembro del sumo consejo en una estaca recién formada. Me había dado vuelta en mi asiento para molestar a mi hermana, quien se hallaba detrás de mí, cuando sentí algo, vagamente familiar, quemando el centro de mi corazón y huesos y casi físicamente haciéndome voltear para observar el rostro transfigurado del Apóstol Harold B. Lee, la autoridad visitante. Había interrumpido de golpe su sermón preparado y estaba dando una bendición apostólica a la nueva estaca. Y tomé conciencia, por una segunda y confirmadora ocasión en mi vida, de la presencia del Espíritu Santo y del testimonio especial de Jesucristo. ¿A cuántas aburridas conferencias de estaca asistiría para estar aunque fuese una sola vez en la presencia de tal gracia? A miles – todas las que hubiese. Esa perla no tiene precio. Y porque desde entonces he aprendido un poco mejor lo que buscar y hallar allí – no tanto revelación doctrinal sino la comprensión de y la experiencia con los miembros de la Iglesia – las conferencias ya no son aburridas. De modo que, uno de los más tempranos e importantes aspectos de mi fe no vino de alguna grandiosa percepción del evangelio sino a través de una experiencia que sólo pude haber tenido por estar cumpliendo mi responsabilidad en la Iglesia, aunque de modo inmaduro.

Sin embargo, un cliché que los mormones solemos repetir es que mientras el evangelio es verdadero, o aún perfecto, la Iglesia es, después de todo, un instrumento humano, atado a la historia, y por tanto comprensiblemente imperfecto – algo que debe soportarse por el bien del evangelio. No obstante, estoy convencido por experiencias como la de la conferencia de estaca y por mi mejor razonamiento posible que, de hecho, la Iglesia es tan “verdadera”, tan efectiva, tan buen instrumento de salvación como el sistema de doctrinas que llamamos evangelio – y que es así en buena parte por causa de los mismos errores, enojos humanos, y problemas históricos que ocasionalmente nos traen a todos cierta angustia. Estoy consciente de que, aquellos que utilizan el cliché del evangelio como algo más “verdadero” que la Iglesia, desean que el término evangelio signifique un sistema perfecto de mandamientos revelados basados en principios que, infaliblemente, expresan las leyes naturales del universo. Pero aún la revelación es, de hecho, meramente el mejor entendimiento que el Señor puede darnos de esas cosas. Y, como Dios mismo ha insistido claramente, esa comprensión está muy lejos de ser perfecta. Nos recuerda en la primera sección de Doctrina y Convenios:

“He aquí, soy Dios, y lo he declarado; estos mandamientos son míos, y se dieron a mis siervos en su debilidad, según su manera de hablar, para que alcanzasen entendimiento;  y para que cuando errasen, fuese manifestado”. (DyC 1:24-25)

Este es un inventario notablemente completo y aleccionador de los problemas involucrados al colocar el conocimiento de Dios del universo en lenguaje humano y que sea comprendido. Lo cual debería hacernos cuidadosos al reivindicar en exceso al “evangelio”, que no es la perfecta suma de las leyes naturales mismas – o el perfecto conocimiento que Dios posee sobre esas cosas – sino meramente la aproximación más cercana que mortales inspirados, pero limitados, pueden recibir.

Aún después que una revelación es recibida y expresada por un profeta, debe ser comprendida, enseñada, traducida a otras lenguas, y expresada en programas, manuales, sermones y ensayos – en otras palabras, interpretada. Y eso significa que al menos un nuevo conjunto de limitaciones de lenguaje y visiones del mundo ingresan en el tema. Siempre hallo desconcertante el que alguien pregunte a un maestro o discursante si lo que dice es el evangelio puro o su propia interpretación. Cada cosa que decimos es esencialmente una interpretación. Incluso la simple lectura de las escrituras a otros involucra la interpretación, al escoger tanto lo que leemos en una particular circunstancia así como el modo en que leemos (los tonos y énfasis). Más allá de ese punto, cualquier cosa que hagamos se convierte en menos y menos “autorizada” al adentrarnos en explicaciones y aplicaciones de las escrituras, es decir, cuando enseñamos “el evangelio”.

Sí, estoy consciente de que el Espíritu Santo puede otorgar impulsos de inteligencia pura al que expone y brindar testimonio de la verdad al que escucha. He experimentado ambos de estos dones amorosos y confirmantes. Pero tales dones, que garantizan en general que la Iglesia sea guiada del modo que el Señor intenta, y que provee guía a los individuos, a menudo de naturaleza notablemente clara, no elimina las individualidades y albedríos. No están libres de las limitaciones del lenguaje humano y de la percepción moral que el Señor describe en el pasaje citado más arriba, y, por lo tanto, no pueden imponer comprensión y aceptación universales.

Este problema está agravado por la fundamentalmente paradójica naturaleza del universo mismo y, por lo tanto, de las verdaderas leyes y principios que el evangelio utiliza para describir el universo. La ley de Lehi (“Es necesario que haya una oposición en todas las cosas” 2 Nefi 2:11) es quizás la más profunda y provocativa declaración de teología abstracta de las escrituras, pues supone la descripción de lo máximo y extremo en el universo – aún más allá de Dios. En contexto, sugiere claramente que la contradicción y oposición no es sólo el panorama normal de la experiencia humana, algo que Dios utiliza para sus propósitos redentores, sino que la oposición se halla en el propio centro de las cosas; es intrínseca a las dos realidades fundamentales – inteligencia y materia, lo que Lehi denomina “cosas para actuar o para que se actúe sobre ellas”. De acuerdo a Lehi, la oposición provee al universo con energía y significado, incluso hace posible la existencia de Dios y de todo lo demás: sin ella, “todo se habría desvanecido” (2 Nefi 2:13)

Todos conocemos por experiencia las consecuencias para la vida mortal de esta verdad fundamental y eterna sobre la realidad. A través de la historia, las ideas más importantes y productivas han sido paradójicas; las fuerzas energizantes en todo han sido el conflicto y la oposición; la base para el éxito en la economía, la política y otros desarrollos sociales han sido la competencia y el diálogo. Piensen en el sistema federal de cheques y balances y el sistema político bipartidista (que hace posible la democracia plural), o Romanticismo y Clasisismo, razón y emoción, libertad y orden, individuo y comunidad, hombres y mujeres (cuyas diferencias hacen posible la progenie eterna), justicia y misericordia (cuya oposición hace posible nuestra redención a través de la Expiación). La vida en el universo está llena de polaridades y se hace completa a través de ellas; luchamos contra ellas, nos quejamos de ellas, aún tratamos a veces de destruirlas con dogmatismo y auto proclamada rectitud, o nos refugiamos en la inocencia que es sólo ignorancia, un retorno al Jardín de Edén donde hay una engañosa comodidad y nitidez pero no hay salvación. William Blake, el poeta profético, enseñó que “sin contrarios no hay existencia”, y advirtió que “quien intente reconciliarlos [a los contrarios] busca destruir la existencia”. Sea lo que sea que eso signifique, eventualmente veremos “cara a cara”, ahora sólo vemos “por espejo, oscuramente” (1 Corintios 13:12) y más nos valdría haber hecho lo mejor posible de esa experiencia. De modo que, como lo conocemos en términos humanos, el “evangelio” no es – y quizás, dada la paradójica naturaleza del universo mismo, jamás podrá ser – un claro y simple conjunto de proposiciones inequívocas.

Allí es donde la Iglesia hace su entrada. Creo que es el mejor medio, además del matrimonio (al cual se parece mucho en este aspecto), de aferrarse constructivamente a las oposiciones de la existencia. Yo creo que cuanto mejor una iglesia u organización es en ayudar a tal aferrarse, más “verdadera” es. También creo que podemos llamar apropiadamente a la Iglesia S.U.D. “la verdadera Iglesia” sólo si queremos significar que es el método mejor organizado para hacer eso, y lo es y continúa siéndolo por revelaciones que han venido y continúan viniendo de Dios, sin importar cuán “oscuras”, por necesidad, se presenten.

Martin Lutero, con percepción profética, escribió, “El Matrimonio es la Escuela del Amor” – es decir, el matrimonio no es tanto el hogar o el resultado del amor como la escuela. Creo que cada buena iglesia es una escuela de amor y que la Iglesia SUD, para la mayoría de sus miembros, quizás todos, es la mejor, la “única iglesia verdadera y viviente” (DyC 1:30) – no sólo porque sus doctrinas enseñan y dan cuerpo a algunas de las grandes paradojas centrales sino, y más importante, porque la Iglesia provee el mejor contexto para luchar, trabajar, permanecer y ser redimido por esas paradojas y oposiciones que dan energía y sentido al universo. Muy poco antes de su muerte, Joseph Smith, también con percepción profética, escribió: “Al probar los contrarios, la verdad se hace manifiesta”. Por “probar” no quería decir sólo demostrar lógicamente, sino poner a prueba, luchar y resolver en la experiencia práctica. La Iglesia es tan verdadera – tan efectiva – como el evangelio pues nos involucra directamente en probar los contrarios, trabajando constructivamente con las oposiciones dentro de nosotros mismos y especialmente entre las personas, forcejeando con paradojas y polaridades al nivel de la experiencia que puede redimirnos. La Iglesia es verdadera pues es concreta, no teórica; con todas sus contradicciones y problemáticas, es al menos tan productora del bien como el evangelio.

¿Por qué las oposiciones en la Iglesia son productivas? Pues nos empujan hacia un nuevo tipo de ser. Consideremos por qué es así. En la vida de la verdadera Iglesia, hay constantes oportunidades para que todos sirvan, especialmente para aprender a servir a personas a las que, normalmente, no escogeríamos servir – o quizás ni siquiera asociarnos con ellos – y de ese modo tenemos oportunidades de aprender a amar incondicionalmente. Existe un constante estímulo, a veces cierta presión, a ser “activo”: a tener un “llamamiento” para lidiar con relaciones y administración, con las ideas y deseos de otros, con sus sentimientos y fallas; asistir a clases y reuniones y tener que escuchar las nociones de personas a veces prejuiciosas o mal informadas y poder brindar alguna respuesta constructiva; tener líderes y ocasionalmente ser lastimados por sus debilidades y ceguera, aún injusto dominio; y entonces llegar a ser un líder y darte cuenta que tu también, con todas las mejores intenciones, puedes ser débil, ciego e injusto. El involucrarnos en la Iglesia nos enseña compasión y paciencia al mismo tiempo que coraje y disciplina. Nos hace responsables por el bienestar personal y marital, físico y espiritual de personas a las que tal vez aún no amamos (o quizás nos disgustan de todo corazón) pero que de ese modo aprendemos a amar. Nos desafía y hace esforzar, aún con desilusiones y exasperaciones, de modos que jamás escogeríamos – y de esa forma nos da la oportunidad de ser mejores de lo que escogeríamos ser, pero que, finalmente, necesitamos y deseamos ser.

Michael Novak, el teólogo católico laico, ha señalado este mismo aspecto con relación al matrimonio. En un notable ensayo publicado en la edición de abril de 1976 de Harper’s, analizó la creciente inclinación de los intelectuales modernos a resistir, abandonar y aún atacar al matrimonio, explicando que la razón por la que la familia, tradicionalmente el baluarte de la seguridad económica y emocional, “ha caído en desgracia” es que muchos formadores de opinión modernos no están dispuestos a asumir el riesgo y sujetarse a las disciplinas que la escuela del matrimonio requiere. Pero luego señala cómo esos temores, aunque puedan estar justificados, les impiden alcanzar sus propias y más importantes necesidades. De modo similar, creo que aquellos que se resisten, abandonan y atacan a la Iglesia a menudo no llegan a darse cuenta, por una simple falta de perspectiva, de que va en contra de sus propios intereses. Al leer el siguiente pasaje de Novak, sustituyamos matrimonio por la Iglesia:

“El matrimonio [la Iglesia] constituye un ataque al atomizado y aislado ego. El matrimonio es una amenaza para el individuo solitario. El matrimonio ciertamente impone responsabilidades extenuantes, desconcertantes, promotoras de humildad y frustrantes. Sin embargo, si uno supone que precisamente tales cosas son las condiciones previas para toda verdadera liberación, el matrimonio no es el enemigo del desarrollo moral en los adultos. Todo lo contrario.

Estar casados y tener hijos [ser activos en la Iglesia] ha grabado en mi mente algunas lecciones, por cuyo aprendizaje no puedo más que estar agradecido. La mayoría son lecciones de dificultad y presión. Mucho de lo que me veo obligado a aprender sobre mí no es placentero… Mi dignidad como ser humano depende tal vez más del tipo de esposo y padre [miembro de la Iglesia] que soy que de cualquier trabajo profesional al que se me convoque. Mis ataduras a mi familia [mi Iglesia] me impiden (y más a mi esposa) muchos tipos de oportunidades. Y sin embargo no se sienten como ataduras. Son, y yo lo sé, mi liberación. Me fuerzan a ser un tipo diferente de ser humano, de un modo en el que deseo y necesito ser forzado”.

Testifico que la Iglesia puede hacer por nosotros esas mismas cosas frustrantes y productoras de humildad, pero finalmente liberadoras y redentoras – si aprendemos a verlas como Novak lo hace con el matrimonio, si podemos llegar a ver que sus ataques sobre nuestros egos solitarios, y los lazos de responsabilidad que gustosamente aceptamos, pueden empujarnos hacia nuevos tipos de ser de un modo que deseamos profundamente y al que necesitamos ser empujados.

Dos claves de este paradójico poder que tiene la Iglesia S.U.D. son, primero, que es, por revelación, una iglesia laica, y radicalmente laica – mucho más que cualquier otra – y, segundo, que organiza sus congregaciones geográficamente, en vez de por elección. Sé que hay excepciones, pero la experiencia básica de la mayoría de los mormones es que la Iglesia los coloca directa y constantemente en relaciones potencialmente poderosas con una variedad de personas y problemas en su congregación asignada que no son inicialmente de su propia elección pero que son profundamente redentoras en potencia, en parte justamente porque no son elegidas conscientemente.

Sí, las ordenanzas que se llevan a cabo en la Iglesia son importantes, como lo son sus textos de escrituras, sus exhortaciones morales y sus canales espirituales. Pero aún éstos, según mi experiencia, son potentes y redentores porque expresan profundas y vivificantes oposiciones y trabajan armoniosamente con esas oposiciones a través de la estructura de la Iglesia para otorgar verdad y significado a la vida religiosa de los Mormones.

Permítanme ilustrarlo: En uno de sus últimos mensajes, durante una sesión del sacerdocio del sábado por la noche, el Presidente de la Iglesia, David O. McKay, dio una especie de testimonio final que fue un poco sorprendente para muchos de nosotros, condicionados a la expectativa de que los profetas no tienen problemas en obtener manifestaciones divinas. Contó cómo había luchado en vano durante sus años de juventud para lograr que Dios “me declarara la verdad de sus revelaciones a Joseph Smith”. El oró “ferviente y sinceramente” en las colinas y en el hogar, pero tuvo que admitir “ninguna manifestación espiritual vino a mí”. Pero continuó buscando la verdad y sirviendo a otros en el contexto del mormonismo, incluso cumpliendo una misión en Gran Bretaña, principalmente por confianza en sus padres y en la bondad que había percibido en su propia experiencia en la Iglesia. Finalmente, como el propio Presidente McKay lo declara, “la manifestación espiritual por la que había orado siendo un jovencito vino como una consecuencia natural de cumplir mis obligaciones. Pues, como dijera el apóstol Juan, ‘El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta’ (Juan 7:17). A continuación de una serie de reuniones de la conferencia que se llevó a cabo en Glasgow, Escocia, tuvimos una notable reunión del sacerdocio. Recuerdo como si fuera ayer la intensidad de la inspiración que sentí en esa oportunidad. Todos los presentes percibimos la abundante efusión del Espíritu del Señor. Todos éramos uno de corazón y voluntad. Nunca había sentido yo una emoción así. Era una manifestación por la cual en mis días juveniles de dudas había orado a solas, fervientemente, en las colinas y en el campo… En el transcurso de la reunión, uno de los élderes se levantó y dijo: ‘Hermanos, hay ángeles en esta sala’. Aunque parezca extraño, sus palabras no nos sorprendieron; más bien, resultaron completamente lógicas, aun cuando a mí no se me había ocurrido pensar que hubiera allí seres divinos. Sólo me sentía embargado de inmensa gratitud por la presencia del Santo Espíritu”

He tenido muchas confirmaciones del testimonio profético del Presidente McKay en ese sermón. Mis más profundas manifestaciones espirituales, aquellas que han provisto las convicciones fundamentales sobre la realidad de Dios y Cristo y su divina obra, así como las más inquietantes e introspectivas luchas morales con los grandes temas humanos de integridad personal versus responsabilidad pública, libertad redentora versus estructuras redentoras – todas ellas han venido, como lo afirma el Presidente McKay “como una consecuencia natural de desarrollar las obligaciones” en la Iglesia.

Sé que Dios ha sido encontrado por gente poco común en lugares poco comunes – en una repentina visión en una arboleda, jardín o gruta, en una montaña o un armario, o por medio de un santo servicio a leprosos de Africa o los intocables de Calcuta. Pero para la mayoría de nosotros, la mayoría de las veces, estoy convencido de que puede ser encontrado seguramente “en la natural consecuencia de la acción” en las responsabilidades que todos nosotros (no sólo los poco comunes) podemos ejecutar en nuestros hogares, vecindades y la Iglesia, en su comunidad única, que, tanto impuesta como escogida, puede darnos la mejor enseñanza y poder para actuar.

EJEMPLOS PERSONALES

En nuestra respuesta a los otros, aunque sean Santos exasperantes, yace la salvación.

He obtenido un abrumador testimonio de la divinidad del Libro de Mormón, de tal modo que el Espíritu me moviliza, aún hasta las lágrimas, cuando lo leo, y lo he obtenido por enseñarlo en la iglesia. Estoy convencido de que ese libro provee la más exhaustiva Cristología – o doctrina de cómo Cristo nos libera del pecado – disponible para nosotros en la tierra, y que las evidencias internas de la divinidad del libro superan completamente a las evidencias y argumentos en contra, sin importar cuán alarmantes parezcan. Un domingo, durante el verano pasado, mientras intentaba ayudar a una joven que había intentado suicidarse varias veces, una de ellas recientemente, y quien se sentía inútil y desvalorizada, me sentí impulsado a leerle algunos pasajes del Libro de Mormón sobre la expiación de Cristo. Al leerle esos pasajes a la joven y testificarle de su poder y verdad en mis propios pecados y dudas, sus labios comenzar a temblar con nuevos sentimientos y se le formaron lágrimas de esperanza en lugar de las de angustia.

En momentos como ese, he podido, a través de mi llamamiento de obispo, aplicar la sangre expiatoria de Cristo, no en teoría sino en la verdad de la experiencia. También he conocido el ministerio de ángeles pues he cumplido con mi asistencia al templo y he estado en las dedicaciones de templos siempre que me fue posible. Y he descubierto que los mortales realmente tenemos el poder para bendecir nuestros bueyes y carros así como a la gente pues, como presidente de rama, fui empujado hasta los límites de mi fe por mi sentido de responsabilidad hacia mi rama.

Antes de ser presidente de rama, serví en el obispado del Barrio Stanford, a mediados de la década de 1960, y enseñaba religión a estudiantes brillantes en el Instituto. Al mismo tiempo realizaba estudios de posgrado en Literatura Inglesa e intentaba compatibilizar intelectualmente el escepticismo y relativismo moderno y los dilemas morales de los derechos civiles y los movimientos anti bélicos, así como las revoluciones educativas del momento. Tendía a ver la religión en términos de temas morales y filosóficos sobre los que la Iglesia se expedía o no. En 1970, acepté un puesto como Decano en asuntos académicos en San Olaf, una universidad luterana de artes liberales en la pequeña ciudad de Northfield, Minnesota, y, algunas semanas después de mi arribo, fui llamado como presidente de la pequeña rama mormona del lugar. De pronto ingresé a un mundo totalmente diferente, uno que me puso a prueba severamente y me enseñó muchísimo sobre lo que es la religión. En Stanford, la mayor parte de mi vida religiosa había tenido que ver con comprender y defender el evangelio – había sido idealista, abstracto y crítico. En Northfield, como presidente de rama de veinte familias dispersas en 120 kilómetros, las que iban desde duros inactivos nacidos en Utah con serios problemas matrimoniales hasta conversos de ojos brillantes sin trabajo o con padres ebrios que los golpeaban, de pronto me vi involucrado en una vida religiosa que era práctica, específica, que exigía sacrificios, exasperante – pero muy satisfactoria. Entonces vi, más claramente que antes, qué verdadera es la Iglesia como instrumento para enfrentar a diferentes tipos de personas con el proceso de la salvación, a pesar – o tal vez a causa – de su administración por medio de instrumentos imperfectos como yo.

Pienso en un joven de aquella rama quien se había convertido en un discapacitado social por una combinación de problemas mentales y familiares: no era capaz de articular palabra en un grupo o de organizar su propia vida de un modo productivo. A medida que le dimos responsabilidades crecientes en nuestra rama, apoyándolo con mucho amor y paciencia mientras se esforzaba para trabajar con otros y expresarse, lo vi crecer hasta transformarse en un buen líder y un confiable esposo y padre. Pienso en una mujer cuyo esposo había transformado su vida en un infierno por abusos debidos a la bebida pero que pacientemente se hizo cargo de él, trabajando toda la semana para mantener a su familia, y venía cada domingo a la iglesia en sus mejores galas, sencillas pero alegres, y con determinación libre de quejas. Ella encontraba allí, con nuestra ayuda, un poco de esperanza, algo de belleza e idealismo, y fortaleza no sólo para soportar sino para continuar amando lo que no era digno de amor. La Iglesia bendice a todos al ponernos en contacto a unos con otros.

Durante los cinco años que serví, hubo entre esos setenta o cien miembros, tal vez dos o tres a los que, normalmente, hubiese escogido como amigos – y con los que fácilmente hubiese podido compartir mis apasionadas e “importantes” preocupaciones y puntos de vista religiosos y políticos, los que tanto me habían movilizado en Stanford. Con una inspiración que iba más allá de mi pobre criterio, no inicié mi cargo como presidente de rama predicando sobre mis ideas o promoviendo mi cruzada personal. Intenté ver cuáles eran los problemas y preocupaciones inmediatos de mi rebaño y ser un buen pastor, uno que los alimentara y protegiera. Y una cosa sorprendente ocurrió, viajé cientos de kilómetros y pasé muchas horas – ayudando a una pareja que se había lastimado tanto que vivían en absoluto silencio a aprender a hablarse mutuamente otra vez; guiando a un estudiante a través de una etapa de abuso de drogas; enseñando a un militar autoritario a trabajar cooperativamente con sus consejeros en la presidencia del quórum de élderes; bendiciendo a un bebé terriblemente enfermo, con la ayuda de su padre, quien se hallaba débil en la fe y muy asustado; consolando, en un hospital a las cuatro de la mañana, a padres cuyo hijo había resultado muerto por el hermano conduciendo ebrio – y luego ayudando a ese hermano a perdonarse a sí mismo. Y después de seis meses, encontré que los miembros de mi rama, al principio, justificadamente suspicaces de un intelectual de California, habían sentido en sus huesos, por la experiencia directa, que mi fe y devoción hacia ellos eran “más fuertes que los lazos de la muerte”. Y entonces siguió el resultado prometido en Doctrina y Convenios 121: 44-46: fluyó hacia mi “sin ser compelido” el poder para hablar sobre cualquiera de mis preocupaciones y pasiones y que me tuvieran confianza y comprensión, aunque no estuviesen de acuerdo conmigo.

Ahora bien, todo esto puede sonar un poco egoísta, hasta obsesivo, acerca de la contribución de la Iglesia en mi propia madurez espiritual. Pero lo que me ocurría a mi también le ocurría a otros. Una joven pareja que había estado viviendo en España, inmediatamente después de la conversión de la esposa, vino a la rama. Sus experiencias en la Iglesia, especialmente la de ella, había sido esencialmente orientada hacia el evangelio, sentida profundamente, idealista pero abstracta, sin incluir demasiado servicio a otros. Ella era una mujer digna y emocionalmente reservada, brillante, creativa y crítica – por lo tanto temerosa de situaciones que se descontrolaran o de exponerse emocionalmente. El esposo era meticuloso, intimidante y en cierto modo distante. Los llamé – a pesar de su resistencia – a posiciones de creciente responsabilidad y directa relación con la gente del barrio, y pude verlos, con algo de dolor y lágrimas, desarrollarse en personas muy abiertas, empáticas y vulnerables, capaces de comprender, servir, aprender de otros, y ser dignos de la confianza de individuos muy diferentes de ellos mismos. Los vi aprender que los riesgos, situaciones exasperantes, problemas, sacrificios y desilusiones que caracterizan el involucrarse en una religión laica como el mormonismo – y que son particularmente difíciles de soportar para un liberal idealista – son una fuente importante del poder de la Iglesia para enseñarnos a amar. Ahora ellos enseñan a otros lo que han aprendido.

Esta lección – que los “problemas” que caracterizan a la Iglesia son unas de sus fortalezas – me fue confirmada continuamente al servir como Obispo de un barrio de jóvenes casados en BYU.

Las dos bendiciones más directas, milagrosas y totalmente redentoras que el Señor nos dio cuando el barrio se organizó, fueron tener como miembros a un niño espástico cuadripléjico en una familia y a padres seriamente discapacitados en otra. Había conocido a la madre del niño minusválido por cerca de un año. Después de que hube hablado en su reunión sacramental sobre la Expiación, ella me contactó en busca de consuelo y ayuda con su enojo, su culpa y la pérdida de fe mientras intentaba comprender la falla en la asistencia del hospital que había hecho que uno de sus mellizos se convirtiera en una desesperada carga física, emocional y financiera, la que había terminado con la educación de su esposo y su futura profesión, probado severamente su matrimonio y fe a medida que las bendiciones del sacerdocio parecían no dar resultado, y la habían dejado al borde de una crisis nerviosa y apostasía personal.

Ahora bien, mientras oraba por guía para organizar el nuevo barrio, sentí como nunca antes esos “impulsos de inteligencia” que describió Joseph Smith, diciendo que yo debía, contra todo sentido común, llamarla como presidenta de la Sociedad de Socorro. Lo hice, y, aunque había estado a punto de mudarse, aceptó. Ella se transformó en la principal fuente de un espíritu único de comunicación honesta y un sentido genuino de comunidad que se desarrolló en nuestro barrio. Visitó a todas las familias y compartió sin reservas sus sentimientos, luchas, éxitos y necesidades. Junto a su esposo, habló abiertamente en nuestras reuniones sobre los problemas de su hijo y los suyos propios, pidió ayuda y la aceptó, y mientras tanto cumplió con sus obligaciones y perseveró. Todos aprendimos de ellos cómo ser más abiertos, vulnerables, gentiles, persistentes,  a darnos todo tipo de ayuda y no juzgar.

Conocí a la pareja discapacitada mientras deambulaba por los salones de nuestro centro de reuniones un primer domingo. No buscaban nuestro barrio; de hecho, vivían fuera de nuestros límites, pero estoy seguro de que el Señor los envió. Requirieron un inmenso consumo de los recursos de nuestro barrio – tiempo, ayuda del plan de bienestar, paciencia, tolerancia – a medida que trabajábamos para que tuviesen un trabajo, una casa decente, sacarlos de sus deudas, darles la capacidad de cuidar a su brillante y energético hijo, y lograr que obstruyesen menos en las reuniones y fuesen menos ofensivos socialmente. Y aprendí dos lecciones. Primero, la estructura y recursos de la Iglesia (diseñados para esfuerzos voluntarios, cooperativos pero disciplinados, con metas a largo plazo, esencialmente espirituales) habían sido ideales para crear el sistema de apoyo necesario para ellos, logrando mantener a la familia junta y bendiciéndola con un progreso mayor. Segundo, las bendiciones que les llegaron a ellos y al barrio fueron recibidas en la medida que expandimos nuestras ideas de lo que era una “conducta aceptable” y especialmente nuestras capacidades de amar, servir y aprender de personas que, de otro modo, jamás hubiésemos conocido. Una hermana me llamó para informarme sobre sus esfuerzos al tratar de incrementar las habilidades de la mujer como madre y ama de casa, confesándome su resentimiento y exasperación iniciales, para contarme luego, con lágrimas, cuánto se había suavizado su corazón y su orgullo a medida que aprendió a aprender de esa otra hermana tan diferente de ella misma.

Creo que estos son ejemplos de lo que Pablo hablaba en 1 Corintios 12, el gran capítulo sobre los dones espirituales, en el que enseña que todas las partes del cuerpo de Cristo, la Iglesia, son necesarias por sus dones individuales – y de hecho, que aquellos “menos honorables” y “menos decorosos” son más necesitados y con mayor necesidad de atención y honor, pues el mundo automáticamente honrará y usará a los otros. Es en la Iglesia, especialmente, que aquellos con el don de la vulnerabilidad, del dolor, discapacidad, necesidad, ignorancia, arrogancia intelectual, aún prejuicio y pecado – aquellos que Pablo llama “los que parecen ser más débiles” – pueden ser aceptados, aprender de ellos, ayudados y hechos parte del cuerpo para que todos juntos podamos ser bendecidos. Es allí que aquellos de nosotros más “decorosos” y con los dones de riqueza e inteligencia honrados por el mundo podemos aprender lo que más necesitamos – servir y amar y pacientemente aprender de aquellos con otros dones.

Pero eso es algo muy difícil de hacer para los “ricos” y “sabios”. Y ese es el motivo por el cual aquellos que poseen alguno de estos dones peligrosos tienden a no comprender y a veces menospreciar a la Iglesia – la cual, después de todo, está hecha de miembros promedio comunes y sucios, de clase media, de cultura media, políticamente poco sofisticados, aún con prejuicios. ¡Y todos sabemos qué exasperantes pueden ser! Estoy convencido de que en la exasperación yace nuestra posibilidad de salvación, si permitimos que el contexto que nos agrupa – la Iglesia – sea también nuestra escuela para aprender a amar incondicionalmente. Pero eso requiere un cambio de perspectiva, uno que a continuación resumiré.

VERDADES, AUTENTICIDAD, EXPERIENCIA.

Las ordenanzas son “obras muertas” a menos que expresen tanto nuestra integridad como nuestra solidaridad con otros.

La Iglesia es tan verdadera – quizás más que – el evangelio, pues es donde podemos hallar oposición fructífera, donde su naturaleza revelada y dirección inspirada mantienen una oposición entre los valores conservadores y liberales, entre fe y duda, autoridad segura y amedrentadora libertad, integridad individual y responsabilidad pública, y, por lo tanto, donde habrá miseria tanto como santidad, mal tanto como bien. Y si no podemos soportar la miseria y la lucha, si prefiriésemos que la Iglesia fuese suave y perfecta y poco desafiante en vez de como es – plena de molesta diversidad humana e insistencia constante de que llevemos a cabo ordenanzas y obedezcamos instrucciones y que tomemos en serio enseñanzas que encierran paradojas no resueltas por la lógica – si nos rehusamos a perdernos a nosotros mismos de todo corazón en esa escuela, entonces jamás conoceremos la verdad redentora de la Iglesia. Es precisamente en la lucha por ser obedientes mientras conservamos nuestra integridad, tener fe mientras somos fieles a la razón y a la evidencia, servir y amar aún frente a imperfecciones o aún ofensas, que podremos ganar la humildad que necesitamos para permitir que el poder divino entre en nuestras vidas de modo transformador. Quizás la paradoja más sorprendente de la Iglesia es que literalmente pone en contacto lo divino y lo humano a través del servicio del sacerdocio, las ordenanzas, los dones del espíritu – de formas concretas que ningún sistema abstracto de ideas, aún el evangelio, jamás podría hacer.

Mi propósito hasta aquí no ha sido ignorar los problemas reales de la Iglesia o el poder de las verdades del evangelio. Como he tratado de indicar permanentemente, la paradójica fortaleza de la Iglesia deriva de las veraces paradojas del evangelio que cobija, contrarios con los que necesitamos batallar más profundamente en la Iglesia. Y no debemos simplemente aceptar las luchas e irritaciones de la Iglesia como redentoras sino tratar genuinamente de hallar soluciones, cuando es posible, y reducir esas irritaciones (De hecho, es sólo cuando lidiamos con los problemas, no como ejercicios intelectuales sino como problemas reales que necesitan solución, que demuestran ser redentores)

Junto a la sensibilidad hacia los problemas, también creo que debemos tener un mayor respeto por la verdad de la acción, de la experiencia, a la que la Iglesia nos expone de manera única, y responder con coraje y creatividad – ser activos, críticos, fieles, creyentes, dudosos, luchadores, unificados miembros del cuerpo de Cristo. Para hacerlo, debemos aceptar a la Iglesia como verdadera en dos importantes sentidos. Primero es la depositaria de verdades redentoras y de la autoridad para llevar a cabo ordenanzas salvadoras. Aunque esas verdades son difíciles de precisar como simples proposiciones, tomadas en conjunto, crean el deseo de servir que hace posible el adiestramiento redentor que he descripto. El concepto mormón de un Dios no absoluto, que progresa, por ejemplo, aunque no se pueda reducir a un credo o siquiera a una teología sistemática, es el más razonable, emocionalmente satisfactorio pero desafiante, que jamás se haya revelado o concebido. Y aunque tal concepto no es universalmente comprendido del mismo modo, sigue siendo verdadero, como un pensativo amigo me lo declaró, “la idea del progreso eterno está tan arraigada en nuestra experiencia en la Iglesia que ninguna declaración o conjunto de declaraciones puede desarraigarla” – y eso, por supuesto, apoya mi punto principal sobre la verdad primaria de la Iglesia. Además, el poder de las ordenanzas, aunque verdaderas en su forma y divinamente autorizadas, está limitado a la calidad de nuestra preparación y participación. Como el bautismo de infantes, ser ordenado, participar del sacramento, y recibir nuestras investiduras, puede ser meramente lo que Moroni denomina “obras muertas”, una ofensa a Dios y sin valor, a menos que sean la genuina expresión de nuestra solidaridad con otros, vivos y muertos, y una sincera respuesta a la comunidad de los Santos que es la Iglesia.

Pero un solo tema no puede cubrir todo, y he estado enfatizando cómo la Iglesia es verdadera de un segundo modo muy olvidado. Además de ser la depositaria de principios verdaderos y autoridad, la Iglesia es el instrumento provisto por un Dios amoroso para ayudarnos a ser como El. Provee el adiestramiento y las experiencias entre unos y otros que pueden llegar a unirnos en una comunidad honesta y amorosa, la cual es el lugar de nutrición esencial para la salvación. Si no podemos aceptar a la Iglesia y los desafíos que ofrece con la apertura, el coraje y la humildad que requieren, entonces creo que nuestros estudios históricos y nuestros emprendimientos teológicos son básicamente una pérdida de tiempo y posiblemente destructivos. No podemos comprender el significado de la historia del Mormonismo o juzgar la verdad del evangelio restaurado de Cristo a menos que apreciemos – y obremos en – la verdad de la Iglesia.

CATORCE AÑOS DESPUES

La Iglesia no ha sido restaurada para validar nuestros prejuicios sino para proveer oportunidades de arrepentirnos y perdonar. 

En los últimos catorce años, desde que este ensayo fue presentado en el Simposio de Sunstone y luego publicado en la revista Sunstone y republicado con el título “Why the Church is as True as the Gospel” (Bookcraft, 1986, reimpresión Tabernacle Books, 1999), he pensado a menudo en él. En ocasiones, cuando la gente me decía que ese ensayo los mantuvo activos y relativamente cuerdos, en medio de las muchas irritaciones de la actividad y servicio en la Iglesia, pero mayormente he pensado en él como una ayuda en mi propio viaje. Alguien me dijo recientemente que el ensayo le había arrojado “un chaleco salvavidas espiritual” en una coyuntura crucial de su vida; sus ideas también han sido mi propio barco de rescate.

Una de las primeras veces que pensé en él fue cuando mi vecino Ray Andrus me pidió servir a su lado en el obispado del barrio. Ray era muy diferente a mí, un conservador de la escuela de negocios de BYU, quien probablemente pensaba por entonces que yo era un intelectual liberal y poco práctico – y yo estaba seguro de que él era un chauvinista anti intelectual. Debe haber requerido un ángel con la espada desenvainada para convencerlo de que me llamara, pero lo hizo. Habiendo hecho público mi ensayo con mi convicción de que el servicio laico con personas extrañas era el corazón de la Restauración, no podía rechazarlo – a pesar de la fuerte tentación. En esos llamamientos, oramos juntos, lloramos juntos por las tragedias y errores de los miembros del barrio, bendijimos a los enfermos y consolamos a los moribundos, y aprendí a amarlo como a muy pocas personas. Pensé en mi ensayo cuatro años más tarde, alrededor de un año después de que ese obispado fuese relevado y yo había sido llamado como maestro de Doctrina del Evangelio, y un temeroso y conservador miembro del barrio se quejó con el obispo (lo supe más tarde) sobre mi interpretación liberal del Antiguo Testamento. Fui simplemente pateado escaleras arriba a enseñar el curso trimestral de Desarrollo del Maestro (una variación irónica del “si no puedes enseñar, enseña a otros cómo hacerlo”). Estuve dolorido, quizás hasta un poco vengativo, cuando me enteré de lo que realmente había ocurrido, pero recordé mis atrevidas palabras acerca de ir a la Iglesia como un siervo y no como un consumidor, y trabajé aún más duro en mi nuevo llamamiento. Entonces vino otro llamamiento – maestro de la clase de Historia Familiar – y tres o cuatro veces en el año, entre las clases de Desarrollo del Maestro, repetí un agotador curso de siete semanas, lleno de tareas para el hogar, que desarrollé para “escribir su historia personal”. A medida que leía y hacía sugerencias sobre los intentos, a menudo tiernos manuscritos que casi todo el barrio tenía que escribir sobre “la más positiva y la más negativa experiencia de su vida” (Asignación Nº 1), y estimulaba sus esfuerzos continuos por mantener honestidad y profundidad de sentimientos en sus historias y diarios personales, aprendí a amarlos de nuevo – y ellos aprendieron a conocer mi corazón y a confiar en mí.

Nosotros debemos recordarnos constantemente a nosotros mismos que la Iglesia no es un lugar para ir por comodidad, para validar nuestros propios prejuicios, sino un lugar para reconfortar a otros, o aún para ser afligidos por esos otros.

Pensé en “Por qué la Iglesia es tan importante como el Evangelio” hace un año, cuando un nuevo obispo, Dean Barnett, me llamó para enseñar Doctrina del Evangelio nuevamente y me dio una bendición especial para que pudiera “relacionarme con mi clase tanto emocional como intelectualmente”. La bendición se ha cumplido. Los miembros del barrio, recordando la confianza que obtuvieron cuando serví en el obispado y como maestro de las historias personales, y encontrando ese amor confirmado en mi dedicación al evangelio de Cristo y a ellos mismos, han permitido que la clase se transforme en un maravilloso foro de diversidad de ideas y unidad de sentimientos.

Aún he logrado éxito en deconstruir los términos “conservador” y (especialmente) “liberal”, los que han sido convertidos por las guerras culturas de palabras neutrales que describen diferentes acercamientos a la política, la cultura y la teología, en epítetos desdeñosos, casi violentos, tanto en los Estados Unidos como en la Iglesia. Después de escuchar “liberal” aplicado de ese modo a mí, en nuestro barrio, anuncié un domingo que en dos semanas, saldría del placar. Los estimulé a venir, con amigos, para descubrir si yo era conservador o liberal. El lugar estaba llenísimo, y simplemente les conté la historia de mi vida, desde tempranas experiencias espirituales que me convencieron de que Jesús vive, desea generosidad incondicional de todos nosotros, y ha señalado a sus apóstoles para conducir su Iglesia, hasta mi confianza para examinar cualquier duda o asunto y mi desarrollo como activista a favor de los derechos civiles y en contra de la guerra en los ’60, y mi experiencia de bendecir a mi Chevrolet y a mi padre, y servir como presidente de rama y obispo – y como su hermano en el barrio. Entonces les pregunté a ellos qué era yo. Después de discutir por un rato si era conservador o liberal, o ambos, aceptaron la sugerencia de uno de los mayores alborotadores verbales y conservador de mi clase – de que yo era realmente un “radical del medio”. Luego apliqué la discusión a nuestra lección, dándoles cuatro interpretaciones de la historia de Abraham e Isaac: ultra-conservadora, conservadora, liberal y ultra-liberal. Analizaron los puntos de vista conservadores y liberales como defendibles y valorables así como limitados, reconociendo diferentes visiones, y entendieron que esos eran términos descriptivos y no normativos. Desde entonces, con algunas pocas excepciones, hemos usado los términos de ese modo en mi clase.

También recordé mi ensayo cuando alguien, en la conferencia anual de Affirmation: Gays y Lesbianas Mormones, en septiembre de 1998, me contó, llorando, de sus luchas y aplastantes choques por ser mormones activos – rechazados tanto por la comunidad gay, que estereotipa a la Iglesia como homofóbica, y por sus propios líderes y miembros de los barrios, quienes estereotipan a todos los gays como inmorales, o aún diabólicos. El mensaje de “Por qué la Iglesia es tan verdadera como el Evangelio” ciertamente se aplica a las minorías en la Iglesia, cuyos esfuerzos para pertenecer y servir se les hacen más exasperantes por la hostilidad, incomodidad y condescendencia sentimental de la mayoría. Pero el principal mensaje del ensayo está dirigido a esa mayoría, la que establece el tono cultural en la Iglesia. Nosotros somos los que debemos recordarnos constantemente que la Iglesia no es un lugar para ir por comodidad, para ver validados nuestros propios prejuicios, sino un lugar para reconfortar a otros, quizás hasta ser afligidos por ellos. Es una oportunidad efectiva y revelada para dar – para aprender y experimentar el significado de la Expiación y su poder para cambiarnos a través del amor incondicional. Es un lugar donde tenemos muchas ocasiones de arrepentirnos y perdonar – si, por una vez, podemos enfocarnos en nuestras fallas y las necesidades de otros para crecer por intermedio de sus y nuestros imperfectos esfuerzos.

El Cosmos de nuestro Creador – Neal A. Maxwell

Discursos Olvidados

El Cosmos de Nuestro Creador

Neal A. Maxwell

Neal A. Maxwell era hijo de conversos a la Iglesia. Sirvió en la Segunda Guerra Mundial, cumplió una misión y ocupó distintos cargos eclesiásticos hasta llegar a ser un integrante del Quorum de los Doce Apóstoles. Fue profesor de Ciencias Políticas y obtuvo varios Doctorados a lo largo de su vida. Poseía un rico vocabulario y un estilo poético que apelaba tanto al espíritu como al intelecto. Escribió más de 30 libros. Personalmente, aún extraño sus mensajes en las Conferencias Generales. El Elder Maxwell falleció en Julio de 2004, después de varios años de lucha contra la leucemia. En sus funerales, Gordon B. Hinckely, declaró: “No conocí ningún otro hombre que hablara de una manera tan interesante y distinta. Era un perfeccionista decidido a exigir de cada frase imágenes vivas que vivificaban el Evangelio. Cada discurso fue una obra maestra, cada libro, una obra de arte. Creo que no volveremos a ver otro como él”.

El siguiente discurso fue pronunciado el 13 de agosto de 2002 en la Universidad de Brigham Young, como parte de la Conferencia Anual Nº 22 de educadores religiosos del Sistema Educativo de la Iglesia.


La educación religiosa de nuestros jóvenes y jóvenes adultos, en nuestros seminarios e institutos de religión, nuestras escuelas, escuelas superiores y universidades de la Iglesia, es uno de los programas más eficaces y productivos de la Iglesia
Aunque el deber de ustedes es servir a la “nuevas generaciones”, confío en que su deber se haya convertido en su placer. Gracias, ¡desde lo más profundo de mi corazón! Y gracias también al hermano Randy McMurdie, que ayudó tanto con los arreglos de las ayudas visuales especiales.
Quiero agradecerle al Profesor Eric G. Hintz de la Universidad Brigham Young, astrónomo observacional, por sus sugerencias tan útiles y sustanciales en cuanto a estos comentarios. Por medio de él, he tenido el placer de tomar conocimiento del creciente número de alumnos Santos de los Últimos Días que están estudiando astronomía y astrofísica avanzadas. Para ellos y para todos nosotros, estas palabras de Anselmo constituyen un buen consejo: “Creer a fin de entender”, en lugar de “Entender a fin de creer”. Yo, y sólo yo, soy responsable de lo que digo. Mi tema es “El Cosmos de nuestro Creador”.

El difunto Carl Sagan, quien impartió conocimientos eficazmente sobre la ciencia y el universo, perceptiblemente observó que en algunos aspectos, el asombro provocado por la ciencia ha superado con creces al de la religión. “¿Cómo es que casi ninguna de las principales religiones ha contemplado a la ciencia y llegado a la siguiente conclusión, ‘¡Esto es mejor de lo que pensamos! El Universo es mucho más grande de lo que dijeron nuestros profetas—más grandioso, más sutil, más refinado. Dios debe ser incluso más grande de lo que hemos soñado’? En cambio, dicen, “¡No, no, no! Mi Dios es un Dios pequeño, y quiero que permanezca así”. Una religión, antigua o nueva, que resaltara la magnificencia del Universo según lo revela la ciencia moderna, podría extraer reservas de reverencia y asombro apenas explotadas por las religiones convencionales. Tarde o temprano, surgirá tal religión”.
A los Santos de los Últimos Días ciertamente no nos debe faltar reverencia y asombro, especialmente cuando contemplamos el universo en el contexto de las verdades divinamente reveladas. Sí, el cosmos “según lo revela la ciencia moderna” es “refinado”, como escribió Sagan. Pero el universo también late con un propósito divino, de manera que nuestro asombro es mayor, brindando aun mayores motivos de reverencial asombro respecto a “la magnificencia del universo”!
Claro está que la Iglesia no se alinea con los astrofísicos del 2002, ni tampoco aprueba ninguna teoría científica particular acerca de la creación el universo.
Al llevar a cabo su importante labor, los astrofísicos usan el método científico y no buscan respuestas espirituales. Algunos científicos comparten nuestra creencia en explicaciones religiosas acerca de estas vastas creaciones, pero algunos ven nuestro universo como un universo sin creador. Privados de la creencia en un significado cósmico, algunos, como los describe un escritor, ven a los humanos como seres  “desgarrados y lloriqueando en pos de un universo extraño”.
¡Las Escrituras nos dicen rotundamente lo contrario!

No obstante, ¿nos estimulan lo suficiente las arrolladoras palabras de las escrituras con las que hemos sido bendecidos? ¿Nos estamos convirtiendo gradual y constantemente en la “clase de gente” que refleja tales elevadas doctrinas con nuestra aumentada santificación espiritual? Hermanos y hermanas, se nos están regalando los secretos espirituales del universo, pero, ¿estamos escuchando?
En la vida diaria como discípulos, se nos instruye: “levantad las manos caídas” (Hebreos 12:12). ¿Por qué no esforzarse también en “levantar” las a veces pasivas y limitadas mentes que también están “caídas”, ajenas al asombroso panorama del todo?
Dado todo lo que Dios ha hecho para preparar un lugar para nosotros en el vasto universo, ¿no podríamos desarrollar y mostrar mayor fe? En las perplejidades y complicaciones de la vida, ¿tendremos fe en que el Creador haya “proveído todo lo necesario” para llevar a cabo  Sus propósitos?
Hace años, el presidente J. Reuben Clark, hijo hizo esté reconfortante comentario: “Nuestro Señor no es un novato, Él no es un aficionado; Él ha estado en esta vía una y otra y otra vez.”

Hermanos y hermanas, ¿no ha descrito el Señor Sus vías como “un giro eterno”? (D. y C. 35:1; 1 Nefi 10:19; Alma 7:20; D. y C. 3:2).
Un mayor aprecio por el gran universo nos ayudará también a vivir una vida más recta en nuestros propios y pequeños universos de la vida cotidiana. Asimismo, un mejor entendimiento del gobierno de Dios de las vastas galaxias puede conducirnos a un mejor auto gobierno.
Ahora pasemos a una mezcla de escrituras, ilustraciones y comentarios científicos.
Consideren esta foto de nuestra hermosa tierra con nuestra luna en primer plano:


Reflexionen sobre cuánto tiempo le costó al hombre llegar a la luna, ¡y sin embargo ella se encuentra en nuestro propio patio trasero!
Los recursos tan necesarios para mantener la vida humana se proporcionan muy generosamente en este particular planeta; a menos que sean mal administrados, se nos dice que hay “suficiente y de sobra” (D. y C. 104:17). Sin embargo, con todo lo grande que es esta tierra—y todos los viajeros podemos atestiguar de ello—Stephen W. Hawking nos ha proporcionado una perspectiva aleccionadora: “[Nuestra] tierra es un planeta de tamaño medio, orbitando alrededor de una estrella normal en las afueras de una galaxia espiral común y corriente, la cual de por sí es una de un millón de millones de galaxias en el universo observable”.
Un científico que no cree en el designio divino, no obstante notó que “al contemplar el universo e identificar los muchos accidentes. . . que han obrado para nuestro beneficio, parece casi como que el universo de alguna manera sabía que veníamos”.
Las condiciones en esta tierra aparentemente son más favorables que en cualquier otro sistema solar.
Si, por ejemplo, el planeta tierra estuviera más cerca del sol, nos quemaríamos, y si estuviera más lejos, nos congelaríamos.
Ahora fíjense en la flecha, que señala aproximadamente donde está situado nuestro sistema solar en medio de la increíble extensión de nuestra propia galaxia, La Vía Láctea.

En esta imagen, aunque nuestro sistema solar se extiende millones de millones de millas, ¡es demasiado pequeño como para poder verlo! ¡Oh, el asombroso alcance de todo!

En una noche despejada, ustedes y yo podemos ver algunas partes de la Vía Láctea, pero ¿y si el hecho de ver las estrellas sucediera sólo una vez cada mil años? Ralph Waldo Emerson escribió de cómo entonces “los hombres creerían y adorarían; y conservarían por muchas generaciones el recuerdo de la ciudad de Dios que se les había mostrado”.

Con razón las escrituras nos indican lo amplio y variado que es el testimonio de Dios para nosotros: “Y he aquí… se han creado y hecho todas las cosas para que den testimonio de [Dios];… cosas que hay arriba en los cielos, cosas que están sobre la tierra… todas las cosas testifican de [Dios]” (Moisés 6:63).

Ahora, contemplen lo que constituye tan sólo una sección dentro de nuestra vasta galaxia, la Vía Láctea:

¿No es asombroso? ¡Especialmente cuando nos damos cuenta que las distancias entre esos puntitos brillantes son tan grandes!
Sea cual sea el cómo del proceso de creación de Dios, se plantean cosas espiritualmente reconfortantes acerca del principio—“más allá del más allá”, de hace tanto tiempo. “Y estaba entre ellos uno que era semejante a Dios, y dijo a los que se hallaban con él: “Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos puedan morar. . . Y descendieron en el principio, y ellos . . . organizaron y formaron los cielos y la tierra” (Abraham 3:24; 4:1; cursiva agregada).

Notablemente, según algunos científicos, “Nuestra galaxia, la Vía Láctea, está situada en uno de los espacios relativamente vacíos entre las Grandes Murallas”.
Hay espacio allí.
A medida que los científicos continúan explorando más allá de nuestra galaxia con el telescopio espacial Hubble, descubren cosas asombrosas como la “Nebulosa Keyhole” con sus propias estrellas.


El telescopio Hubble nos ha mostrado muchísimo más; y, utilizando una de las palabras favoritas de sus estudiantes, ¡es impresionante!

La siguiente imagen es de una región de estrellas en formación que tiene que ver con material no organizado.


“Y así como dejará de existir una tierra con sus cielos, así aparecerá otra” (Moisés 1:38).
Ahora vemos una imagen de “los restos” después de morir una estrella.

“Porque he aquí, hay muchos mundos que por la palabra de mi poder han dejado de ser” (Moisés 1:35).

En la letra del himno “Grande Eres Tu”, sobre el universo y la Expiación, cantamos que “desde el cielo al Salvador envió”.
Fuera cual fuera la manera en que Dios inició el proceso, aparentemente hubo supervisión divina: “Y los Dioses vigilaron aquellas cosas que habían ordenado hasta que obedecieron” (Abraham 4:18).
De una manera significativa, nosotros aquí en la tierra no estamos solos en el universo. En Doctrina y Convenios, que será el enfoque de su estudio en este año escolar, leemos “que por [Cristo], por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:24; Moisés 1:35).
No sabemos dónde están o cuántos otros planetas habitados existen, aunque parece que estamos solos en nuestro propio sistema solar.
En cuanto al papel continuo del Señor entre Sus muchas creaciones, se ha revelado muy poco. Hay indicios, sin embargo, de reinos y habitantes.
“Por consiguiente, compararé todos estos reinos y sus habitantes a esta parábola, cada reino en su hora y en su tiempo y su sazón, de acuerdo con el decreto que Dios ha establecido” (D. y C. 88:61).
El Señor incluso nos invita a que “[meditemos] en [nuestro] corazón” esa particular parábola (v. 62). Tal meditación no significa hacer conjeturas inútiles, sino más bien la expectativa paciente y mansa de revelaciones adicionales. Además, Dios dio sólo información parcial —“no todas”—a Moisés, con “sólo… un relato de esta tierra y sus habitantes” (Moisés 1:4, 35), pero Moisés aún aprendió cosas que “nunca [se] había imaginado” (v. 10). No obstante, ¡no adoramos a un Dios de sólo un planeta!
Ahora contemplen esta imagen de lo que se llama “el espacio profundo”:

Casi cada punto que ven en este cuadro, cortesía del telescopio Hubble, ¡es una galaxia! Piensen en nuestra propia galaxia, la Vía Láctea. Se me informó que cada galaxia aquí tiene del orden de cien mil millones de estrellas. Sólo este pequeño rinconcito del universo tiene casi incontables mundos.
Anteriores creyentes en los designios divinos incluyen a Alexander Pope. Así se expresó acerca de las maravillas de este universo:

Un grandioso laberinto, mas no carente de plan. . . .

Por mundos incontables aunque el Dios sea conocido,

Nosotros debemos descubrirlo a Él. . . .

[Aunque] otros planetas giran alrededor de otros soles.

Felizmente para nosotros, hermanos y hermanas, ¡lo vasto de las creaciones del Señor se compara con lo personal de Sus propósitos!
“Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó” (Isaías 45:18; Efesios 3:9; Hebreos 1:2).
“Y he creado incontables mundos, y también los he creado para mi propio fin;
“. . . Porque he aquí, hay muchos mundos que por la palabra de mi poder han dejado de ser. Y hay muchos que hoy existen, y son incontables para el hombre; pero para mí todas las cosas están contadas, porque son mías y las conozco”
(Moisés 1:33, 35).
Uno se podría preguntar, ¿cuál es el propósito de Dios para los habitantes de la tierra? Queda mejor expresado en ese lacónico versículo con el que todos están tan familiarizados: “Porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).

Por consiguiente, en la vasta expansión del espacio, existe un asombroso sentido de lo personal, ¡pues Dios conoce y ama a cada uno de nosotros! (1 Nefi 11:17). ¡No somos una mera cifra en el espacio inexplicable! Mientras que la pregunta del Salmista era “¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?” (Salmos 8:4), la humanidad constituye el mismo centro de la obra de Dios. Somos las ovejas de Su mano y el pueblo de Su pastoreo (Salmos 79:13; 95:7; 100:3). Su obra incluye nuestra inmortalidad, ¡lograda mediante la gloriosa Expiación de Cristo! Piensen en ello, hermanos y hermanas, aun con toda su extensa longevidad las estrellas no son inmortales, pero ustedes sí.
Las revelaciones nos aportan muy poca información acerca de cómo el Señor lo creó todo. Los científicos, mientras tanto, se centran en cómo, qué y cuándo. No obstante, algunos de ellos reconocen la perplejidad ante el por qué. Hawking dijo: “Aunque la ciencia resuelva el problema de cómo comenzó el universo, no puede contestar la pregunta: ¿Por qué el universo se toma la molestia de existir? Yo no sé la respuesta de eso”.

Albert Einstein comentó acerca de sus deseos: “Quiero saber cómo creó Dios este mundo. No me interesa este o aquel fenómeno, en el espectro de este o aquel elemento. Quiero conocer Sus pensamientos; el resto son meros detalles”.
El Dr. Allen Sandage, un creyente de los designios divinos, fue ayudante de Edwin Hubble. Sandage escribió: “La ciencia. . . está preocupada con el qué, cuándo y cómo. No contesta, ni puede contestar, dentro de su método (por muy poderoso que sea ese método), por qué”.
Misericordiosamente, se nos dan respuestas vitales y cruciales a las preguntas de por qué, en revelaciones que contienen las respuestas que más nos interesan. Enoc, habiendo visto cosas vastas y espectaculares, se regocijó, ¿pero en qué? Se regocijó en su seguridad personal acerca de Dios: “y tú todavía estás allí” (Moisés 7:30). Enoc incluso vio a Dios llorar por innecesarios sufrimientos humanos, lo cual nos dice mucho sobre el carácter divino (véanse los versículos 28–29). Pero ese es un tema para otro momento.

Desgraciadamente, aun con las extraordinarias revelaciones sobre el cosmos y los propósitos de Dios, la gente puede alejarse. Esta gente se alejó: “Y sucedió que. . . el pueblo comenzó a olvidarse de aquellas señales y prodigios que había presenciado, y a asombrarse cada vez menos de una señal o prodigio del cielo, de tal modo que comenzaron a endurecer sus corazones, y a cegar sus mentes, y a no creer todo lo que habían visto y oído” (3 Nefi 2:1).
De manera que, al meditar sobre la grandeza creativa de Dios, se nos dice también que consideremos la belleza de los lirios del campo. Recuerden, ¡“todas las cosas” dan testimonio de Él! (Alma 30:44).
En esta imagen vemos lirios, y luego, de cerca, designio divino. El mismo designio divino del universo se minimiza en los lirios del campo (Mateo 6:28–29; 3 Nefi 13:28–29; D. y C. 84:82).


El milagro de este planeta tiene muchas continuas y maravillosas sutilezas. Wendell Berry escribió:
“Quien realmente haya considerado los lirios del campo o los pájaros del aire y meditado en la improbabilidad de su existencia en este cálido mundo dentro de las frías y vacías distancias estelares apenas se sorprenderá de que el agua se volviera vino, lo cual, después de todo, es un milagro muy pequeño. Nos olvidamos del milagro mayor y continuo por el cual el agua (con tierra y luz solar) se convierte en uvas”.


Al dar reverencia a lo que el Señor ha creado, hemos de darle reverencia a Él y a Su carácter lo bastante como para esforzarnos a ser más como Él, tal como Él lo ha mandado (Mateo 5:48; 3 Nefi 12:48; 27:27). Por tanto, no es de sorprender que el poder de la deidad que se revela en los lirios asimismo se revela en las ordenanzas de Su Evangelio (D. y C. 84:20). Temáticamente, estas ordenanzas tienen que ver con nuestros convenios, limpieza, obediencia y preparación, todas conductualmente necesarias para que tengamos el poder de realizar el viaje de regreso a casa.
Estas expresiones personalizadas de amor y poder divinos de todos modos nos importan mucho más que intentar enumerar las asombrosas galaxias o comparar el número de planetas con el de estrellas. Nosotros los profanos en la materia no lo podríamos comprender de todas formas. El obtener santificación espiritual importa muchísimo más que las cuantificaciones cósmicas.
Así que, al ensanchar nuestra visión, tanto del universo como de los extensos propósitos de Dios, nosotros también podemos exclamar reverentemente, “¡Oh cuán grande es el plan de nuestro Dios!” (2 Nefi 9:13).
Por tanto, al explorar, meditar y aprender, ciertamente debemos estar llenos de asombro, así como también debemos ser intelectualmente mansos. El Rey Benjamín nos aconsejó con estas palabras simples y a la vez profundas:


“Creed en Dios; creed que él existe, y que creó todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra; creed que él tiene toda sabiduría y todo poder, tanto en el cielo como en la tierra; creed que el hombre no comprende todas las cosas que el Señor puede comprender”
(Mosíah 4:9).

Desgraciadamente, en nuestra época, hermanos y hermanas, hay algunos que creen que si no pueden comprender algo, entonces Dios tampoco puede comprenderlo. Irónicamente, algunos en realidad prefieren a un “Dios pequeño”. Mejor para todos nosotros, tanto los científicos como los no científicos; ¡en lugar de tratar de hacer de menos a la divinidad, tratemos de dar más importancia a nuestra humildad personal!
Con todo lo espectacular de lo que la ciencia ha aprendido acerca del universo hasta ahora, aún así es muy poco. De la imagen de 1995 del Hubble, de un “campo profundo”, se dijo que “dicha muestra, la más profunda que jamás se haya tomado de los cielos, cubría. . . ‘una partícula del cielo de sólo la anchura de una moneda de diez centavos de dólar situada a unos 23 metros’”.
¡El alma se conmueve, hermanos y hermanas!

Sea cual sea la propia muestra que recibió Moisés, no es de extrañar que se sintió sobrecogido y “cayó a tierra” diciendo que “el hombre no es nada” (Moisés 1:9–10).
Misericordiosamente, aunque de manera asombrosa, la revelaciones nos dan certeza del amor de Dios: “Ahora bien, hermanos míos, vemos que Dios se acuerda de todo pueblo, sea cual fuere la tierra en que se hallaren; sí, él tiene contado a su pueblo, y sus entrañas de misericordia cubren toda la tierra. Éste es mi gozo y mi gran agradecimiento; sí, y daré gracias a mi Dios para siempre. Amén. (Alma 26:37).
De modo que, hermanos y hermanas, el Señor se acuerda de cada una de Sus muchas creaciones. Fíjense una vez más en los muchos “puntitos” en sólo un sector de nuestra galaxia de tamaño común y corriente, la Vía Láctea:
Él las conoce todas. Piénsenlo. Así como el Señor conoce cada una de estas creaciones, también conoce y ama a cada uno de los que se encuentran en este grupo, o en cualquier grupo; de hecho, ¡a cada miembro de la humanidad! (1 Nefi 11:17).


La determinación divina es muy tranquilizante, tal como lo indican estas palabras en Abraham: “No hay nada que el Señor tu Dios disponga en su corazón hacer que él no haga” (Abraham 3:17). Su capacidad es tan extraordinaria que dos veces en dos versículos del Libro de Mormón nos recuerda cortesmente y a la vez con determinación que Él realmente es “capaz” de efectuar su propia obra (2 Nefi 27:20–21). ¡Y sí que lo es!
Además, ¡el orden se refleja en las creaciones de Dios!
“Y vi las estrellas, y que eran muy grandes, y que una de ellas se hallaba más próxima al trono de Dios; y había muchas de las grandes que estaban cerca . . . Y así habrá la computación del tiempo de un planeta sobre otro, hasta acercarte a Kólob, el cual es según la computación del tiempo del Señor. Este Kólob está colocado cerca del trono de Dios para gobernar a todos aquellos planetas que pertenecen al mismo orden que aquel sobre el cual estás” (Abraham 3:2, 9; cursiva agregada).
Un científico dijo de la configuración cósmica, “Puede que estemos viviendo entre gigantescas estructuras de panales o células”. Algunos científicos dicen que ciertas galaxias “parecen estar organizadas en una red de hilos, o filamentos, rodeando regiones del espacio grandes y relativamente vacías, conocidas como huecos”. Otros astrónomos dicen que han descubierto un “enorme . . . muro de galaxias, . . . la mayor estructura observada del universo hasta la fecha”. Encomiablemente, esos científicos siguen adelante.
Sin embargo, claro está que para nosotros la tierra nunca fue el centro del universo, ¡como muchos una vez creyeron ingenuamente! Tampoco hace demasiadas décadas que otros también pensaban que la Vía Láctea era la única galaxia en el universo.

Pero cuanto más sabemos, más vitales se hacen las preguntas de por qué y sus correspondientes respuestas. Sin embargo, las respuestas a las preguntas de por qué se obtienen sólo mediante revelación dada por Dios el Creador, y todavía hay más por venir:

Todos los tronos y dominios, principados y potestades, serán revelados y señalados a todos los que valientemente hayan perseverado en el evangelio de Jesucristo. Y también, si se han fijado límites a los cielos, los mares o la tierra seca, o el sol, la luna o las estrellas, todos los tiempos de sus revoluciones, todos los días, meses y años señalados; y todos los días de sus días, meses y años, y todas sus glorias, leyes y tiempos fijos, serán revelados en los días de la dispensación del cumplimiento de los tiempos, (D. y C. 121:29–31).
Por lo tanto, hermanos y hermanas, al contemplar el universo, no vemos un caos inexplicable o agitación cósmica. En cambio, los fieles ven a Dios “obrando en su majestad y poder” (D. y C. 88:47). Es como ver un ballet cósmico divinamente coreografiado, ¡espectacular, tenue y tranquilizante!

Aun así, en medio de nuestro sentimiento sobrecogido por la maravilla y el asombro, “los afanes del mundo” pueden vencernos (D. y C. 39:9). La rutina aburrida y la repetición pueden causar que miremos indiferentemente hacia abajo en lugar de reverentemente hacia arriba y afuera. Podemos quedarnos separados del Creador, quien en esos momentos parece una estrella lejana y distante: “Porque ¿cómo conoce un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos y de las intenciones de su corazón?” (Mosíah 5:13).

Sabemos que el Creador del universo también es el Autor del plan de felicidad. Podemos confiar en Él. Él sabe perfectamente qué es lo que trae felicidad a Sus hijos (Mosíah 2:41; Alma 41:10).
Mientras tanto, a medida que algunos experimentan situaciones de la vida diaria en las que sienten falta de amor y aprecio, aún pueden saber que Dios sí los ama. Sus creaciones así lo testifican.

Por tanto, podemos confesar Su mano en nuestras vidas individuales al igual que podemos confesar Su mano en el asombroso universo (D. y C. 59:21). Si confesamos Su mano ahora, algún día nosotros que somos “mecidos” entre Sus creaciones podremos incluso saber cómo es ser recibidos “en los brazos de Jesús” (Mormón 5:11).
El reverente regocijo, alentado ahora por estas palabras, existió hace mucho, mucho tiempo. Cuando el plan del Creador se presentó en la premortalidad, algunos “se regocijaban” (Job 38:7). ¿Por qué no? pues “existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25). Que sean bendecidos para poder transmitir a sus alumnos lo contagioso de su reverencia y asombro acerca de las creaciones del Señor y de Su plan para nosotros.

Para terminar, testifico que la asombrosa obra de Dios es más grande que el universo conocido. Además, testifico que los planes de Dios para Sus hijos anteceden a Su provisión de este hermoso planeta para nosotros. En el santo nombre de Jesucristo, amén.

(Las imágenes no son las utilizadas originalmente por el Elder Maxwell, pero sí sus equivalentes)

Por qué me quedo – Carol Lynn Pearson

Discursos Olvidados

Por qué me quedo

Carol Lynn Pearson

El siguiente mensaje apareció en la Revista Sunstone de Marzo de 2014. Carol Lynn Pearson tenía entonces 74 años pero poseía aún la gracia y el exquisito vuelo poético que me habían cautivado en mi propia adolescencia. Quien desee saber más sobre ella puede leer el artículo publicado en este blog: Carol Lynn Pearson: Poesía Encarnada. Podemos estar o no de acuerdo con las posiciones de Carol. Lo que no podemos ni debemos es dejar de leerla. Tal vez encontremos nuestra propia lista de por qué nos quedamos…(Mario R. Montani)
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“Años atrás, cuando mi esposo Gerald y yo tomamos la estrafalaria decisión de publicar mis poemas por nuestra cuenta, escribí esta pequeña pieza que se transformó en el título de uno de los libros

UNA VISION AMPLIADA

Cuando mis ojos se abrieron

Detrás del visor

Allí, en primer plano,

Había una flor.

La única flor posible

¿Quién dio vuelta el lente

Para alejar la visión?

La vida, supongo

¿Qué?

¿Otra flor?

¿Y otra más?

¿Todo un campo vívido de flores?

¿El único campo posible?

Pérdida.

Deleite.

Los límites se han ido para siempre.

La vida es como el lente.

Y la visión sigue

Y sigue.

George Bernard Shaw lo dijo mejor: “Has aprendido algo. Al principio siempre parece como si hubieras perdido algo”.

Nací en Salt Lake City, una mormona de cuarta generación, con antepasados llegando en carretas, en el barco Brooklyn, y con el Batallón Mormón. Fui firmemente plantada en el rincón SUD de la viña con la flor mormona como única a la vista.

Y entonces llegó el retroceso y la ampliación. La intrigante belleza de todas las otras flores. ¿Cómo podía ser – con la gran diversidad de este inmenso campo – que la mía fuese la única flor verdadera?  Examinándolo cuidadosamente, hace decenios, durante mis treinta y cuarenta, descubrí que ante mis ojos (¿y qué otros ojos podría usar, aunque veo ‘por un espejo, obscuramente’?) se presentaban algunos errores bastante evidentes – posiciones históricas y doctrinales que parecían indefendibles y equivocadas. Muchos que hoy llegan a sentir de ese modo lo encuentran altamente perturbador. Yo lo encontré emocionante. Gané un respeto renovado por Dios y un deleite por cada uno de los billones que habitan este planeta. Y, habiendo abandonado esperanzas imposibles,  obtuve un nuevo afecto y aprecio por esta flor particular – la mía – y la de ustedes.

“Crece donde has sido plantado”. Supongo que eso es lo que el Dalai Lama quiso significar cuando dijo que, siempre que fuese posible, permanezcamos en la religión en la que nacimos.

Muchos de mis amigos de la época de BYU – especialmente mujeres – han abandonado el Mormonismo, se han trasplantado a terrenos diferentes. En general, las veo prosperar. De modo que la pregunta surge ¿Por qué me he quedado?

Hay dos grandes razones. Una: encuentro una gran cantidad de amor en esta Iglesia. Dos: cuando no encuentro amor, tengo la oportunidad de ayudar a crearlo.

Razón Nº 1: He confesado a mis líderes de Barrio y Estaca que mi teología se resume a “Dios es amor”, como lo ilustra la canción que entonamos, “Donde está el amor, allí está Dios”. Para mí esto significa que siempre y cuando en una relación hetero u homosexual haya cuidado y devoción genuinos – allí Dios está. Y dondequiera en el Islam, el Catolicismo, el Budismo o el Mormonismo hay genuina devoción y cuidado – allí está Dios. El asunto es que en el Mormonismo encuentro una gran cantidad de amor – y por tanto una gran cantidad de Dios.

Demasiadas personas están solas en nuestro mundo actual. Qué bendición tener una gran familia en el Barrio o aún una familia mundial. Deseosa de ver el mundo después de ahorrar por un año mi dinero enseñando en el Snow College, llegué a Atenas el día de mi cumpleaños número 24, para descubrir que mi equipaje había sido robado del tren y lo único que tenía era mi pasaporte, mi cartera y la ropa que llevaba puesta. Hice una llamada por teléfono a la cercana base de la Fuerza Aerea preguntando por los mormones. No estaba totalmente desnuda, pero me vistieron. Estaba hambrienta y me alimentaron. Yo era una desconocida pero me alojaron. Damos y recibimos. Nos llamamos unos a otros hermanos y hermanas. Tenemos un sistema. Es bastante notable.

El domingo anterior, mientras llegaba a nuestra capilla, vi que ingresaba una ambulancia. Estaba allí por Susan, quien ha tenido convulsiones desde los seis años. Esta vez se había lastimado la cabeza en el cemento del estacionamiento. He sido la maestra visitante de Susan por muchos años y conozco bien sus necesidades. Yo era la opción más obvia para acompañarla en la ambulancia y quedarme con ella mientras le hacían los estudios en el hospital, abrigándole los pies, charlando y aún riéndonos. Fue fácil. Tenemos un sistema. Yo soy su hermana.

En mi libro Goodbye, I Love You (Adios, Te Amo) escribí la emotiva historia de la Hermana Spencer, mi maestra visitante de aquel entonces, quien recibió la información de que yo estaba cuidando a mi ex esposo que estaba a punto de morir. Me dijo: “No te llamo para preguntar si hay algo que pueda hacer por ti. Llamo para decirte que pongas una lapicera y un anotador junto al teléfono, y cualquier cosa que se te ocurra que hay que hacer, la anotes. Llamaré cada día a las nueve de la mañana, me leerás la lista, y lo que haga falta será hecho”. Un regalo maravilloso. Teníamos un sistema. Ella era mi hermana. Suena un poco como si fuese – tal vez, Sión.

Algunos años atrás me encontraba sentada junto a mi amigo, Chuck Young, en la reunión sacramental, oyendo al discursante del sumo consejo, quien ahora es nuestro presidente de Estaca. Me incliné y susurré, “Chuck ¿sabes lo que realmente me molesta del patriarcado mormón?”

“¿Qué cosa?” devolvió mi susurro.

“Que continua creando tan buenos hombres. Como tú o el hermano Criddle, allá arriba”

Mi vida mormona está poblada de hombres buenos. Y ciertamente buenas mujeres. Hay mucho amor allí. Mucho de Dios allí.

Razón Nº 2: Nuestra iglesia me provee de una oportunidad perfecta de crear amor en sitios donde parece faltar. Creo que crear más amor en el mundo es la única razón válida para intentar cambiar algo. Yo nací feminista, haciendo preguntas cuando sólo tenía diez años, asombrada de que cada voz de autoridad – desde las voces de la radio a las voces en la Iglesia y la voz de Dios – fuese una voz masculina. Indignada de que bajo cualquier punto de vista en la iglesia o la sociedad la femineidad era el segundo premio. No hay amor en eso.

El domingo pasado entoné con la congregación el hermoso himno “Cantemos todos a Jesús”, y en el medio de ocho pronombres que honran a la divinidad masculina sólo había un pronombre femenino: “The grave yield up her dead” (La tumba entregó sus muertos) (Nota: en inglés los pronombres dan cuenta del género, como en castellano lo hacen los artículos. De todos modos, para comprender la situación, recordemos que en castellano también, tanto la tumba como la muerte, son femeninos). No hay amor en eso, y el insulto no pasa desapercibido en las psiquis de hombres y mujeres, jóvenes y señoritas que lo cantan. Por supuesto, yo canté “The grave yield up its dead” (Nota: Carol emplea aquí un pronombre neutro, opción que no tenemos en castellano, lo más parecido sería nuestro artículo determinado neutro “lo”).

No hace tanto le pregunté a una querida prima, quien ya cumplió sus noventa años, cómo se sentía sobre la posibilidad de avanzar al próximo mundo, “Bien”, me dijo, “Excepto…” y su rostro se obscureció, “… excepto que a veces me preocupa que mi esposo haya tomado otras esposas allá”. No hay amor en eso. Deberíamos avergonzarnos. Y solo he comenzado con la larga lista de cosas que deberíamos observar para lograr igual valoración – lo cual significa igual amor – para mujeres y hombres.

Regresé a casa el domingo pasado para encontrarme con seis mails, mayormente de gente que sentía la necesidad de contactarse conmigo por asuntos relacionados a la homosexualidad. Un hombre, hablándome de su querido hijo adolescente, escribió: “Nos ha dicho varias veces que ha habido ocasiones en quería matarse porque de todos modos iría al infierno”. Continúa el padre, “Comprendo ese sentimiento. De algún modo yo estoy pasando por eso también. Cuanto más leo las escrituras y digo mis oraciones, más pienso en él y me deprimo”. No hay amor en lo que estamos haciendo pasar a esa familia. Nuestra iglesia les está fallando totalmente a ellos y a miles de familias como ellos, y deberíamos avergonzarnos. Busco amor en el trabajo que la iglesia realizó en la Proposition 8 y no encuentro ninguno (Nota: se refiere a la propuesta de 2008 en el Estado de California que buscaba la posibilidad de realizar matrimonios de personas del mismo sexo y en contra de la cual la Iglesia participó activamente).

He encontrado amor en la oleada de apoyo a nuestros hermanos y hermanas gay – como las notables fotografías de 400 mormones en su ropa dominical marchando al frente del desfile del orgullo gay en Salt Lake City. Muchos de los espectadores que lloraban mientras observaban supieron que allí había amor. Estoy emocionada por el creciente número de historias que la gente gay comparte sobre conversaciones cálidas y alentadoras con sus líderes de barrios y estacas. Todos reconocemos el amor cuando lo vemos y lo sentimos. No se nos puede engañar.

Tenemos el privilegio en nuestra época de hacer algo de importancia histórica por aquellos gay entre nuestros amados, como lo hicieron nuestros ancestros cuando abandonaron el comercio de esclavos, cuando acabaron con la segregación, cuando decidieron que las mujeres tenían alma y les dieron aún el derecho de votar. Sabían que no había amor en lo que hicieron hasta ese momento y que, para que lo hubiese, las cosas tendrían que cambiar. Tanto ustedes como yo tenemos el privilegio de ver esos lugares tristes y crear más amor – más bondad – más divinidad.

Las circunstancias me han dado una plataforma y una voz en un tiempo y un lugar donde puede lograrse un impacto significativo. Nos estamos preparando como sociedad, como religión, y, sí, en nuestra propia iglesia, para invitar a nuestros hermanos y hermanas gay, como individuos y como parejas y familias, a tomar un sitio de honor en la mesa. Sorprendente. Y, eventualmente, llegaremos a crear un momento galileaico en el que dejaremos de ver a la masculinidad como el centro del universo con la femineidad orbitando a su derredor, y veremos al hombre y la mujer – mortales y divinos – efectuando una danza de real compañerismo. Por ningún motivo dejaría de ser parte de la acción. Justo ahora. Justo aquí. En este particular y peculiar – único a su modo, y maravilloso de muchos modos – rincón mormón de la vasta viña del Señor.

Me quedo no sólo porque me permiten quedarme, sino porque me siento muy apreciada. De vez en cuando hablo con mi obispo o mi presidencia de estaca y les digo, “Hermanos, nuevamente deseo agradecerles por ser tan gentiles con alguien como yo que no calza en el molde”. Siempre recibo alguna variante de esta respuesta, “Hermana Pearson, estamos tan agradecidos por las maravillosas contribuciones que usted hace a este barrio y a esta estaca”. En la Sociedad de Socorro me paro cuando hago mis comentarios, y si me ausento por más de dos domingos, es posible que reciba un e-mail de alguna de las hermanas preguntando, “¿Estás bien? Extrañamos tus comentarios en la Sociedad de Socorro”.

También considero que una importante razón por la que me quedo es que de algún modo no me quedo. No me quedo con conceptos que no puedo aceptar. No me quedo en tradiciones en las que no creo. Me muevo, en mi propio e imperfecto modo, hacia el horizonte que verdaderamente me llama.  Creo que lo mejor que recibí de mis antepasados pioneros no fue un destino sino una invitación. Me dieron el modelo para ser una pionera y me estimularon a seguir sus huellas. Tal vez, al final, uno de mis poemas dramatiza por qué y cómo me quedo mientras al mismo tiempo levanto campamento”.

Pioneros

Mi gente fue pionera y mormona.

¿Es esa sangre aún buena?

Ellos miraban con asombro mientras la verdad

Pasaba volando como una paloma

Y dejaba caer una pluma en el Oeste. Adonde vuela la verdad, tú la sigues

Si eres un pionero.

He buscado por los cielos

Y aquí y allá

Otras plumas han caído.

He cargado nuevamente el carro de mano

Con las cosas preciosas

Y arrojado el resto.

Cantaré en las fogatas de noche,

Allá afuera, en tierras inexploradas.

Donde soy mi propio capitán de decenas

Donde soplo el clarín

Me acerco a la oración matinal

Trazo las millas

Y nunca sé cuándo o dónde

O si alguna vez

Finalmente diré,

“Este es el lugar”.

Enfrento las planicies

En un buen día para caminar.

El sol se levanta

Y la niebla aclara.

Estaré bien.

Mi gente fue pionera y mormona.