“El héroe de la Lectura” – Vlady Kociancich

ARTE Y RELIGION

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                       “Sí, buscad palabras de sabiduría de los mejores libros…”

El  Héroe de la Lectura

Vlady Kociancich

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Vlady Kociancich nació en Buenos Aires en 1941. Desarrolló su obra en los ámbitos de la narración, la traducción, el periodismo y la crítica literaria. A los nueve años escribió su primera historia policial. Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires, donde conoció a Jorge Luis Borges y entabló una amistad que la llevó a la profundización del inglés antiguo con él, fuera de programa. En 1971 aparece “Coraje”, su primera colección de cuentos. Publicará novelas: “La Octava Maravilla” (1982), “Ultimas Días de William Shakespeare” (1984), “Abisinia” (1985), “Los Bajos del Temor” (1992), “El Templo de las mujeres” (1996), “Amores sicilianos” (2004) y en 2007 su colección de cuentos “La ronda de los jinetes muertos”.

En 1988 obtiene el Premio “Jorge Luis Borges” otorgado por la Fundación Konex y el Fondo Nacional de las Artes. En 1994 dirige un curso sobre Adolfo Bioy Casares en la Universidad Complutense de Madrid. El siguiente texto está tomado de su colección de ensayos literarios “La Raza de los Nerviosos” (Seix Barral, 2006)

Edwin Harris (1855-1906) Un momento apacible

Edwin Harris (1855-1906) Un momento apacible

“En uno de los ensayos que componen la Historia de la Lectura en el Mundo Occidental, de Guglielmo Cavallo y Roger Chartier, leí que una estatuilla griega del siglo VI a.C. tenía la siguiente inscripción:

“A todo aquel que me pregunte, le contestaré lo mismo: que Andrón, hijo de Antífanes, me dedicó como diezmo”.

Siempre me han conmovido esos objetos muy antiguos que en la vitrina de algún museo “hablan” en primera persona, con un “yo” fantasmal más elocuente que el simple nombre de su dueño…

Importa poco que el recurso de darle a un objeto valioso la función de contarse a sí mismo encierre una voluntad mágica o sea meramente un hallazgo retórico. El efecto de su lectura es un leve temblor. De inmediatez, de que las palabras escritas llegan a uno junto con la presencia, imposible, de quien las estaba diciendo. Pero en esa estatuilla griega sentí algo más que la emocionante transmisión de un “yo soy”, algo más que un diminuto fragmento de la Antigüedad viajando a través de los siglos. Y ese algo es la definición, casi pedestre y a la vez delicadamente simbólica, del acto de leer.

Porque la inscripción en la estatuilla no se limita a informar… La estatuilla de Andrón sólo hablará cuando alguien la interrogue. Es decir, cuando alguien la lea. Hasta ese momento, la historia del cómo y para qué de su existencia estará oculta en unas pocas rayas silenciosas.

A unos dos mil seiscientos años de escritas, las palabras todavía suenan frescas, con un timbre de orgullo, de confianza en la eternidad del lenguaje, el más volátil de los atributos humanos, que ha encontrado un modo de fijarse.  Suenan también con el timbre inquietante de la poesía que aparece a medio camino entre la expresión y la magia. Y sin embargo, para Andrón, hijo de Antífanes, era un asunto mucho más sencillo. Estaba seguro de que la estatuilla hablaría en su nombre a quien supiera leer. Un conocimiento aún restringido a cierto número de griegos que descifrarían el mensaje en voz alta para extraer el sentido de aquella escritura continua, pero no mágico. El único poder a que apelaba estaba fuera del ámbito de dioses o de sacerdotes. Era el poder de ese conocimiento.

Mark Arian - Tradiciones familiares

Mark Arian – Tradiciones familiares

Yo, en cambio, hija de tiempos sucesivos que, desde el año en que vivió aquel Andrón, vienen hilándose y deshilándose en diferentes formas de lenguaje, en diferentes maneras de leerlo, no puedo desprender la lectura de un aura de misterio iniciático, de una magia tan antigua y a la vez tan natural como lo fue para el hijo de Antífanes. Leo con el recuerdo a mano de cuando no sabía leer, de cuando una parte del mundo que me rodeaba estaba a oscuras, en silencio.

Tenía cuatro años. Me habían mandado a comprar algo en el almacén de la esquina y esperaba mi turno. Sobre el mostrador, a una altura que me obligaba a levantar la cabeza, había una solitaria botella de vino, con una palabra en la etiqueta: Tupungato. Empecé a unir en sílabas las vocales y las consonantes, como me enseñaba mi abuela. Las letras eran todavía dibujos y sonidos que no parecían cumplir otra misión que la de entretenerme un día de lluvia con ese juego de repeticiones que tanto les gusta a los chicos. Y de pronto ocurrió. Dije, en voz alta, la palabra entera. No era mi voz, sin embargo. Era la voz de la botella, que decía su nombre y que entendí. (Todo lector es, al principio, un aturullado aprendiz de hechicero. Me costaría algún tiempo admitir que Tupungato era el nombre de un cerro y no de un vino.) Una sola palabra se abría ahora como una granada madura. Adentro estaban todas las palabras. Todavía pegadas entre sí y a la cáscara de los signos, pero cada una contaba algo que yo podía escuchar, un mensaje oculto hasta el momento de decirlo en voz alta. Sabía leer.

La iluminación, ¿de qué otro modo llamar a esa luz que aclaró inesperadamente un oscuro proceso de aprendizaje, con sus vueltas mecánicas, sus combinaciones caprichosas, sus avances y sus retiradas?, tuvo un impacto espectacular y durable. En vez de atenuarse, se expandía. Me recuerdo probando la lectura en el terreno de la incredulidad de los adultos con la vara de las palabras, luego de las frases, hasta convencerme de que el poder de esa vara era invencible y para siempre. Un poder que me liberaba de preguntas sumisas y humillantes, del despotismo o la falsedad de los intermediarios, pero sobre todo del silencio del mundo, un mundo que sin voz se limita, en términos de experiencia humana, a un paisaje inaprensible y transitorio.

Ilya Galkin (1860-1915) Lectura

Ilya Galkin (1860-1915) Lectura

Que la lectura es un ejercicio de la libertad individual lo hemos olvidado, como se olvidan los comienzos de las mejores cosas, a fuerza de exigirle más y más, hasta concluir, por hartazgo, de que esa libertad no vale nada. Desde los días de Andrón , le venimos pidiendo a la lectura que nos revele todos los secretos, que sea todas la voces y una sola, que nos eduque en la verdad, que nos aparte del error o que nos civilice. Ni un dios podría responder a esas demandas sin rebajarse a un burdo acto de ilusión, a poner en escena una tormenta y unos cuantos relámpagos. Quizás el desdén contemporáneo por la lectura como llave maestra del conocimiento se deba tanto a esa exaltación artificial de dones que no puede otorgarnos como a la alegre barbarie del nuevo imperio de la imagen que, a fin de cuentas, sólo espera que la miremos dócilmente.

No es por nostalgia que guardo la primera palabra que leí en mi vida como el recuerdo más precioso. Es agradecimiento. Me abrió una puerta a los libros, que a su vez abrieron más puertas. Me dio una libertad de acceso a territorios que sin su intervención hubieran quedado fuera de mi alcance. Y sobre todo, una independencia de las circunstancias del mundo, de la tiranía de sus modas, del látigo de una época que busca uniformarnos y enlistarnos como soldados rasos en la imparable ambición de poder de la tecnología.

Todavía hoy, en el siglo de las comunicaciones por satélite, el pensamiento, la imaginación, los sentimientos, la certeza y la duda, el amor a la vida y el temor a la muerte, la risa y la desolación, uno mismo y los otros, caben en el pequeño pero inextinguible universo del alfabeto, que a su vez cabe en el pequeño objeto que es un libro, tan modesto y sencillo que no necesita instalaciones de un experto, tan seguro guardián de su carga que se da el lujo de prescindir de los derrumbes de cualquier sistema.

Posiblemente los místicos puedan imaginar un mundo sin lenguaje escrito como el verdadero paraíso. Yo soy una persona común, gregaria y ávida, por curiosidad, de lo que hay de humano y compartible bajo la superficie de las cosas. Me atemoriza, lo confieso, la soledad puramente contemplativa que ofrecen las pantallas con su tránsito de imágenes fugaces, de palabras que se reducen a ilustrar las imágenes, empobrecidas por un uso menor y denigrante, como esas cruces con que firmaban los analfabetos. Pero el miedo a esa soledad me dura poco. Recuerdo que por suerte sé leer. Recuerdo que la lectura sigue siendo una voz que responde desde la escritura, como la estatuilla de Andrón, a todo aquel que le pregunte”.

Marina V. Chulovich, 1956, Retrato de una Hija

Marina V. Chulovich, 1956, Retrato de una Hija

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“Desenrollando los Manuscritos” por Hugh W. Nibley

Literatura

           “Sí, buscad sabiduría de los mejores libros…”

Desenrollando los Manuscritos

Por Hugh W. Nibley

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“Somos culpables de desestimar y, en general, ignorar, la abrumadora cantidad de registros escritos. La inmensa colección de documentos escritos es uno de los espectáculos más grandes que el mundo tiene para ofrecer… Los documentos iniciaron su aparición en números importantes con el Concilio de Constanza (1414-1418) y, finalmente, con la caída de Constantinopla en 1453. Una vasta cantidad de documentos antiguos que habían estado descansando en Oriente y otros lugares por largo tiempo de pronto se derramaron hacia Europa. Se organizaron y coleccionaron en grandes bibliotecas ducales, reales e imperiales, en ocasiones por individuos de grandes riquezas. Capturaron la imaginación de toda una era. Los propietarios los organizaban en grandes “rotundas” (edificios redondos, generalmente rematados con un domo), un nivel sobre otro de conocimiento, clasificados cronológicamente y por asunto, de modo que uno se encontraba rodeado por libros en derredor, montando galerías sobre galerías hasta quedar fuera de la vista, en la forma de un gigantesco planetario del saber. Pero, desafortunadamente para los libros, por la misma época se descubrió el Libro de la Naturaleza. Bacon, Galileo y Scaliger son contemporáneos. Aproximadamente al mismo tiempo descubrieron juntos el Libro de la Naturaleza, que, en cierto sentido, es más fácil de leer. Los hombres que podían leerlo se transformaron en los genios del mundo – Galileo, Kepler, Copernico, Toracelli, y los demás. Pero el hombre común también podía leerlo. Después de todo, el comienzo de la geología se dio simplemente por el interés de un granjero escocés, James Sutton, que comenzó a especular sobre las rocas en la playa cercana a su casa. Cualquiera podía sumarse a ese juego. Por otro lado, los registros escritos eran leídos principalmente por los simples. No hacía falta tener un gran genio para leerlos, pero había que tener entrenamiento. Debía tenerse conocimiento de las lenguas, o al menos aparentar tenerlo, y si bien no hacía falta un gran cerebro para leerlos, eran necesarios paciencia y un cuerpo, como dice el proverbio. El resultado fue que todos querían jugar a leer el Libro de la Naturaleza, porque todos suponían que podían ser tan buenos como cualquier otro, y cuando uno comienza a suponer, puede llegar a extremos. De modo que, de allí en adelante, se comenzó a ignorar el registro escrito. Joseph Justus Scaliger, quien murió en 1608, fue probablemente el último hombre en realizar un intento serio por leer lo que decía el registro humano escrito: cubría miles de años. La raza humana ha documentado sus hechos por largo tiempo, y nadie le presta atención. No se hace más en el mundo. Oh, por supuesto, es el paraiso del bibliotecario: los clasificamos, fotografiamos, reproducimos, almacenamos, preservamos y transferimos. Realizamos todos los trucos que la electrónica puede lograr hoy, pero nadie los lee. Nadie sabe lo que realmente hay en esos libros. Lo digo literalmente.

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Algunos pocos especialistas pueden analizar documentos en una u otra area, pero ¿quién sabe lo que los registros como un todo tienen para decirnos?… Giorgio de Santillana está escribiendo mucho al respecto. Muestra que los egipcios sabían mucho más de lo que se les ha reconocido hasta ahora. Levi-Strauss, un antropólogo, ha escrito recientemente sobre cuánto más conocían los “primitivos” de lo que hemos estado dispuestos a aceptar. Desarrollamos el concepto de que como habían vivido hace tanto y antes de nuestra ciencia, sus ideas debían ser supersticiosas. No leemos los libros por las ideas que la gente intentaba transmitir, sino por lo que nos dicen no intencionalmente por todos lados. Cualquier página de una carta les dirá todo tipo de cosas sobre la época, circunstancias, la persona que la escribió, lo que intenta decirnos y lo que no. Y por eso deseamos leer los libros. Si observáramos a todos los libros del mundo como si fuese fósiles, podrían decirnos mucho. Como fósiles, son sorprendentemente perfectos. En ellos tenemos no sólo las estructuras óseas rotas sino también la carne; tenemos aún la vida, los propios pensamientos de la criatura que han sido dejados impresos para nuestra inspección. No necesitamos completar la historia con nuestra imaginación. Por eso nuestros científicos se ponen impacientes con los libros. Porque los libros obstaculizan y limitan la libertad de inventar. Esta es una de las razones por la que los libros han sido dejados de lado e ignorados…

De modo que se nos ha dejado con una única visión del mundo, aunque todo el tiempo los libros nos dan otra. No diré que esa es la visión verdadera ni nada parecido; sólo diré que podríamos encontrar algo maravilloso si fuésemos y mirásemos. Sin embargo nadie lo hace. Es demasiado trabajo…

Biblioteca de Monasterio en Austria

Desde la Segunda Guerra Mundial, se han realizado nuevas e importantes adiciones a la biblioteca. Estamos sepultados por una avalancha de manuscritos. Ya ni siquiera pretendemos leerlos. Hemos dejado de intentarlo. Alcanzamos el punto de saturación. Puede ser que estén llenos de grandes sorpresas. Todos sabemos sobre los Rollos del Mar Muerto y los textos del Khenobos-keion (esto es Nag Hammadi) hallados en Egipto por la misma época y que forman la más antigua biblioteca cristiana; los Papiros Bodmer, los textos Manadeos y Maniqueos descubiertos recientemente; antes de ellos, los Papiros Chester Beatty, las Odas de Salomón y los Papiros Oxyrhynchus. Podemos ir más atrás hasta las grandes colecciones del Siglo XIX –  bibliotecas de Babilonia, Asiria y Egipto ¿Qué podemos hacer con todo eso? Intentamos diferentes enfoques. Sólo describir dónde fueron hallados y las circunstancias llevaría muchísimas horas. Así sabríamos que los libros están allí, pero no lo que hay en ellos. Podemos efectuar algunas generalizaciones sobre ellos. No se encuentran como documentos separados sino en grupos – bibliotecas completas, no un documento por aquí y otro por allá. Hay una inundación de ellos, en grandes colecciones, y su valor y significado se puede ir apreciando gradualmente sólo porque lo que contienen es radicalmente diferente a lo que hemos pensado sobre ciertas cosas. Recuerden que la gente había dejado de estudiar los documentos, de modo que cuando algunos se encontraron después de la Segunda Guerra, dejaron a todos avergonzados. Solamente un puñado de personas en el mundo podía leer los Rollos del Mar Muerto o de Nag Hammadi a primera vista. Y estos documentos reclamaban una reevaluación de todos los anteriores. La biblioteca completa debía ser reevaluada.

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Cuando volvemos a mirar, hallamos cosas que se nos pasaron de largo, muchas que ni sabíamos que estaban allí. Teníamos todo equivocado en primer lugar y hay que hacer todo de nuevo por causa de estos descubrimientos. Esto ha sido bochornoso. Podíamos describir el contenido de uno o dos, como el Rollo de Serekh o el Apocryphon de Juan o Santiago e introducirnos en ellos con cierto detalle. Pero estábamos perdiendo el impacto acumulativo. No hay uno o dos sino cientos de estos documentos, y encajan el uno con el otro. De modo que ¿qué podemos hacer? Bien, lo mejor es observar algunas de las enseñanzas encontradas en todos esos documentos y que son diferentes de lo esperado. ¿Por qué estaríamos dispuestos a aceptarlas? ¿Por qué no las esconderíamos bajo la alfombra como lo hicimos antes? Por las circunstancias de su descubrimiento. Pues las fuentes son tan nuevas e incontaminadas que estamos dispuestos a aceptar lo que nos rehusábamos a aceptar de otras fuentes. Los descubrimientos anteriores fueron tan sensacionales como éstos, pero fueron apareciendo de a uno y la gente podía descartarlos. Ya no puede hacerse, pues estos documentos son muy antiguos, han sido preservados en su pureza sin que nadie les ponga una mano encima, y no son copias de copias de copias como las demás (Toda nuestra literatura clásica ha sido copiada tantas veces que no tenemos ningún manuscritos que se acerque al original). Pero estos hallazgos son originales, y nunca antes había ocurrido. Son bibliotecas que han estado escondidas para aparecer en su pureza en el debido tiempo del Señor… Sólo debemos permitir que Judíos y Cristianos hablen por sí mismos, porque sus documentos son más antiguos y más puros. No podemos forzarlos a que digan lo que no quieren decir, como lo hemos hecho anteriormente”.

Un panorama sobre la vida del Profesor Nibley puede hallarse en este blog en Hugh W. Nibley: un gigante entre nosotros

 

Sobre los Libros: Alfonso Reyes

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Sobre los Libros: Alfonso Reyes

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Alfonso Reyes Ochoa, ensayista, poeta, pensador y diplomático mexicano nació en Monterrey, 1889. En 1909 fundó, junto a otros escritores e intelectuales, el Ateneo de la Juventud, donde se discutían los clásicos griegos y se reflexionaba sobre la literatura universal. En 1911, con sólo 21 años, publicó Cuestiones estéticas, su primer libro. En 1913 se graduó de abogado.

Por motivos políticos debió exiliarse en España entre 1914 y 1924. En este período desarrolló una gran actividad creativa como investigador, escritor y periodista. En 1917 publicó Cartones de Madrid, Visión de Anáhuac y El Suicida. De 1921 es El Cazador.

Finalizada la revolución, su país lo llama a colaborar en la sede diplomática en Francia, hasta 1927. Luego será nombrado Embajador en la Argentina hasta 1930. En Buenos Aires se relaciona con Victoria Ocampo, Pedro Henríquez Ureña, Leopoldo Lugones, Paul Groussac, Xul Solar, Jorge Luis Bores y el joven Adolfo Bioy Casares. Borges llegaría a decir de él: “Reyes ha escrito la prosa más admirable de la lengua castellana.”

En 1939 preside la Casa de España en México y en 1940 es nombrado miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. En 1945 Obtiene el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Literatura y Lingüística de México. Gabriela Mistral propone su candidatura para el Premio Nobel de Literatura en 1949 pero el movimiento nacionalista mexicano se opone pues cree que Reyes “escribe mucho sobre los griegos y poco sobre los aztecas”. En 1950 es nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Princeton y en 1958 por La Sorbonne. Ese mismo año lo premia con un doctorado la Universidad de California en Berkeley. El Fondo de Cultura Económica ha publicado su Obra Completa en 27 volúmenes. Su coterráneo, Octavio Paz, ha declarado: “El amor de Reyes al lenguaje, a sus problemas y sus misterios, es algo más que un ejemplo: es un milagro.”  

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La adoración que Reyes profesaba a los libros se ve plasmada en el nombre que puso a su biblioteca, la Capilla Alfonsina, de la cual se consideraba su ángel guardián o duende. Dicha biblioteca se conserva en el Instituto Nacional de Bellas Artes.

A través de sus reflexiones, en ocasiones colocadas en boca de sus personajes literarios, Alfonso Reyes nos ha transmitido ese amor por la literatura, la lectura y el libro…

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 “Quiero que la literatura sea una cabal explicitación, y, por mi parte, no distingo entre mi vida y mis letras. ¿No dijo Goethe: Todas mis obras son fragmentos de una confesión general?”

“Escribo: eso es todo. Escribo conforme voy viviendo. Escribo como parte de mi economía natural. Después, las cuartillas se clasifican en libros, imponiéndoles un orden objetivo, impersonal, artístico, o sea artificial. Pero el trabajo mana de mí en un flujo no diferenciado y continuo”

“La literatura puede ser citada como testigo ante el tribunal de la historia o del derecho, como testimonio del filósofo, como cuerpo de experimentación del sabio”.

 “En el ambiente de tu taller aletea el aburrimiento con sus alas de plomo y los sueños de cabeza pesada asoman por los rincones del salón y detrás de los libros (…) yo te miraba y remiraba, hasta que, cansado de la monotonía de tus gestos, volví la vista a tus libros y a tus estantes y, paseándola por todos los títulos, fui, en síntesis, recordando todos los asuntos –que yo también he leído ya los libros todos”. (El Demonio de la Biblioteca, pag. 117-126)

“Hay mal de libros como hay mal de amores. Quien se entrega a ellos olvida el ejercicio de la caza y la administración de su hacienda”. Calendario (343)

Condesa de La Chatre por Elisabeth Vigee Le Brun (1755-1842)

Condesa de La Chatre por Elisabeth Vigee Le Brun (1755-1842)

“Mas ya a mí los libros no me quieren; ni me abren su alma, ni me agradecen los cuidados que me he tomado por la salud de sus cuerpos. Me parece que se ponen traviesos con la primavera, y temo que un día se vayan volando por la ventana, agitando sus hojillas como alas”. (El cazador, 50):

“Hoy ha podido afirmarse que la mejor universidad es una biblioteca selecta, “Jardín del Abril y Aranjuez del Mayo”, como decía Gracián, y hoy todo aprendizaje teórico nos lleva a imaginar los desvelos solitarios del Fausto. ¡Y que sería, en efecto, de algunos si no hubiéramos dispuesto de libros para corregir a solas tantas deficiencias de los programas académicos!” (La antigua retórica, 352).

“Se trata de esa época en la que los libros, los buenos libros, nos acompañan igual que los buenos amigos, pues tal es “el más alto fin de los libros: el ser, para los hombres, una grata y fiel compañía” (Simpatías y diferencias, 53),

Llaman: -un libro, un amigo,

los dos de igual calidad.

Al uno le digo: “Entrad”,

y al otro: “Empezad”, le digo.

(Repaso poético, 269)

Jovencita en Biblioteca de Jean Baptiste Charpentier (1779-1835)

Jovencita en Biblioteca de Jean Baptiste Charpentier (1779-1835)

“Yo no hago libros: dejo que los libros se hagan solos: yo los veo crecer”. (Las vísperas de España, 160)

“Leer y escribir se corresponden como el libro cóncavo y el convexo: el leer llama al escribir, y éste es el mayor y verdadero mal que causan los libros” (Calendario, 343).

“Hay que recordar a Stevenson que –dice él– nunca salía de casa sin dos libros: uno para leer, otro para escribir”. (El cazador 154).

“Bautizar un libro es un rito lleno de terrores supersticiosos Témese al hacerlo echar sobre el libro la sombra de un hado funesto […] En la economía de la obra el nombre es un centro de equilibrio, un norte ideológico, una manera de destino espiritual. Si la dedicatoria en que ponían toda su esperanza los escritores de ayer sirve para propiciar al magnate, el título propicia al dios […] La vida está ahí, esperando, para condenarlos al olvido, a los libros que estén mal bautizados; o pronta a alterar los títulos que no correspondan a su ritmo, ya torciéndolos, ya abreviándolos. Libros hay, escritos en serio, a los que el negligente escritor ha crucificado con un título, sin quererlo, cómico; y otros que sobreviven con la injuria de un título alterado, cual con una cicatriz en el rostro. […] yo no puedo dedicar a nadie este libro de divagaciones. A este libro yo lo condeno a la vida ruda de los libros: a aburrirse en los escaparates, a empolvarse en los rincones oscuros, a que lo estrujen las manos de las gentes, a que lo maldigan los muchos. Yo no puedo dedicar a nadie mis pesadillas líricas: corran por el aire de la noche como una honda de inquietud o un grito de sed”. (El cazador, 293 y 303)

“Cada libro me recuerda un orden de estados de ánimo que me es grato, que me ha sido útil –íntimamente útil– dejar definido… (Páginas adicionales, 450-451).

“La amistad de los libros es una imitación atenuada de la amistad de los hombres: no hay amigo tan complaciente como un libro; a su autor ni siquiera lo tenemos delante”. (Los dos caminos, 243).

“Sor Juana había descubierto algo que constituye a la vez el secreto de la cultura y el secreto del estudio. En sus afanes por entenderlo todo, en su incontrastable sed de conocimiento que rayaba en la heroicidad, luchando con los obstáculos que nuestras sociedades han puesto de todo tiempo a las mujeres que quieren embarcarse en el mismo barco de los hombres, y que hacían de la colonia un medio singularmente impropicio para su formación intelectual; desvelándose a solas, como decía la pobre, sin más maestro que un libro ni más condiscípulo que un tintero insensible con quien departir sobre las verdades que iba adquiriendo; se había dado cuenta de esta intercomunicación que existe entre los distintos órdenes del saber; había comprobado por sí misma que unas disciplinas ayudan a otras…” (Tentativas y orientaciones, 211).

“En verdad, la cultura misma en que vivimos, la cultura que disfrutamos y gracias a la cual existimos dentro de nuestra sociedad, es inaccesible, en su totalidad, a todos y cada uno de nosotros. Sólo está en los libros”. (Última Tule, 129).

Medicina para el sano

sin almirez ni alquitara:

libros en la mesa, para

cuando la frente en la mano.

Este galeno galano

Brinda la triaca mejor,

que para quien pena por

la falta de un compañero,

los libros son lo primero.

(¡Claro! Después del amor.)

(Constancia poética 278).

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“Las Palabras” – Pablo Neruda

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“Las Palabras”
de Pablo Neruda

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Pablo Neruda (1904-1973) fue un importante poeta chileno cuyo verdadero nombre era Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto. Recibió el premio Nobel de Literatura en 1971 y un Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Oxford. Fue también embajador y senador de su país. Entre sus obras destacan “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” (1924), “Residencia en la tierra” (1935), “Canto General” (1950) y “Los Versos del Capitán” (1952). En el siguiente texto nos brinda su amor por el lenguaje y la palabra…

 

"Caballero y joven leyendo" del pintor inglés George Sheridan Knowles (1863-1931)

“Caballero y joven leyendo” del pintor inglés George Sheridan Knowles (1863-1931)

…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan.

Me posterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo todas las palabras. Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen…

Vocablos amados. Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras…

Son tan hermosas que las quiero poner en mi poema. Las agarro al vuelo cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces, las revuelvo, las agito, me las bebo, las trituro, las libero, las emperejilo…

Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola.

Todo está en la palabra. Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se colocó dentro de una frase que no la esperaba…

Tienen sombra, transparencia, peso, plumas. Tienen todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto trasmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas. Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada…

Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos. Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, tabaco negro, oro, maíz con un apetito voraz.

Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías… Pero a los conquistadores se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí, resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… salimos ganando. Se llevaron el oro y nos dejaron el oro. Se llevaron mucho y nos dejaron mucho…

Nos dejaron las palabras.

"La Lectora" del españo Eduardo Leon Garrido (1856-1949)

“La Lectora” del español Eduardo Leon Garrido (1856-1949)

 

Sobre la lectura: Jorge Luis Borges

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Sobre la lectura: Jorge Luis Borges

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Por Mario R. Montani

Jorge L. Borges, argentino (1899-1986), asignó siempre un papel creativo y poderosamente activo a la figura del lector, y es desde la posición del lector que desarrolló sus estrategias narrativas. Algunas de sus ideas.

“Los libros son las alfombras mágicas de la imaginación”

“La lectura debe ser una de las formas de la felicidad.”

“Yo siempre me había imaginado el Paraíso bajo la especie de una biblioteca.”

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Un lector (Elogio de la Sombra, 1969)

Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído.
No habré sido un filólogo,
no habré inquirido las declinaciones, los modos, la laboriosa mutación de las letras,
la de que se endurece en te,
la equivalencia de la ge y de la ka,
pero a lo largo de mis años he profesado
la pasión del lenguaje.
Mis noches están llenas de Virgilio;
haber sabido y haber olvidado el latín
es una posesión, porque el olvido
es una de las formas de la memoria, su vago sótano,
la otra cara secreta de la moneda.
Cuando en mis ojos se borraron
las vanas apariencias queridas,
los rostros y la página,
me di al estudio del lenguaje de hierro
que usaron mis mayores para cantar
espadas y soledades,
y ahora, a través de siete siglos,
desde la Última Thule,
tu voz me llega, Snorri Sturluson.
El joven, ante el libro, se impone una disciplina precisa
y lo hace en pos de un conocimiento preciso;
a mis años, toda empresa es una aventura
que linda con la noche.
No acabaré de descifrar las antiguas lenguas del Norte,
no hundiré las manos ansiosas en el oro de Sigurd;
la tarea que emprendo es ilimitada
y ha de acompañarme hasta el fin,
no menos misteriosa que el universo
y que yo, el aprendiz.

 

“…un libro es más que una estructura verbal, o que una serie de estructuras verbales; es el diálogo que entabla con su lector y la intención que impone a su voz y !as cambiantes y durables imágenes que deja en su memoria” … “Una literatura difiere de otra ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída.”  Nota sobre (hacia) Bernard Shaw. En: Otras Inquisiciones

 

Mis libros (La Rosa Profunda, 1975)

Mis libros (que no saben que yo existo)
son tan parte de mí como este rostro
de sienes grises y de grises ojos
que vanamente busco en los cristales
y que recorro con la mano cóncava.

No sin alguna lógica amargura
pienso que las palabras esenciales
que me expresan están en esas hojas
que no saben quién soy, no en las que he escrito.

Mejor así. Las voces de los muertos
me dirán para siempre.

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Sobre los libros: Italo Calvino

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Sobre los Libros: Italo Calvino

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Por Mario R. Montani

El escritor italiano Italo Calvino (1923-1985), activo en la resistencia de su país durante la Segunda Guerra Mundial, fue un profundo investigador de las tradiciones, la sociedad y la literatura. La ironía y la experimentación formal se encuentran a lo largo de toda su obra. El vizconde demediado (1952), El barón rampante (1957) y El Caballero inexistente (1959) formaron su triología I nostri antenati.

Su prosa a la vez realista y fantástica se reveló en Marcovaldo (1963) y Las Cosmicómicas (1965). El Castillo de los destinos cruzados (1969) es una meditación mágica sobre el destino del hombre, y Las Ciudades Invisibles (1972), una descripción fantástica realizada por Marco Polo.

En 1979 escribió “Si una noche de invierno un viajero”, una profunda investigación sobre la novela y sus posibles lecturas, en la que los protagonistas son el Lector y la Lectora. Al primer capítulo de esa obra corresponden los párrafos que propongo a continuación. Comparto con regocijo algunas de las sensaciones que Calvino describe al entrar en una librería…

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“Conque has visto en un periódico que había salido Si una noche de invierno un viajero, nuevo libro de Italo Calvino, que no publicaba hacía varios años. Has pasado por la librería y has comprado el volumen. Has hecho bien.

Ya en el escaparate de la librería localizaste la portada con el título que buscabas. Siguiendo esa huella visual te abriste paso en la tienda a través de la tupida barrera de los Libros Que No Has Leído que te miraban ceñudos desde mostradores y estanterías tratando de intimidarte. Pero tú sabes que no debes dejarte imponer respeto, que entre ellos se despliegan hectáreas y hectáreas de los Libros Que Puedes Prescindir De Leer, de los Libros Hechos Para Otros Usos Que La Lectura, de los Libros Ya Leídos Sin Necesidad Siquiera De Abrirlos Pues Pertenecen A La Categoría De Lo Ya Leído Antes Aún De Haber Sido Escrito. Y así superas el primer cinturón de baluartes y te cae encima la infantería de los Libros Que Si Tuvieras Más Vidas Que Vivir Ciertamente Los Leerías También De Buen Grado Pero Por Desgracia Los Días Que Tienes Que Vivir Son Los Que Son. Con rápido movimiento saltas sobre ellos y llegas en medio de las falanges de los Libros Que Tienes Intención De Leer Aunque Antes Deberías Leer Otros, de los Libros Demasiado Caros Que Podrías Esperar A Comprarlos Cuando Los Revendan A Mitad De Precio, de los Libros ídem De ídem Cuando Los Reediten En Bolsillo, de los Libros Que Podrías Pedirle A Alguien Que Te Preste, de los Libros Que Todos Han Leído Conque Es Casi Como Si Los Hubieras Leído También Tú. Eludiendo estos asaltos, llegas bajo las torres del fortín, donde ofrecen resistencia

los Libros Que Hace Mucho Tiempo Tienes Programado leer,

los Libros Que Buscabas Desde Hace Años Sin Encontrarlos,

los Libros Que Se Refieren A Algo Que Te Interesa En Este Momento,

los Libros Que Quieres Tener Al Alcance De La Mano Por Si Acaso,

los Libros Que Podrías Apartar Para Leerlos A Lo Mejor Este Verano,

los Libros Que Te Faltan Para Colocarlos Junto A Otros Libros En Tu Estantería,

los Libros Que Te Inspiran Una Curiosidad Repentina, Frenética Y No Claramente Justificable.

Hete aquí que te ha sido posible reducir el número ilimitado de fuerzas en presencia a un conjunto muy grande, sí, pero en cualquier caso calculable con un número finito, aunque este relativo alivio se vea acechado por las emboscadas de los Libros Leídos Hace Tanto Tiempo Que Sería Hora de Releerlos y de los Libros Que Has Fingido Siempre Haber Leído Mientras Que Ya Sería Hora De Que Te decidieses A Leerlos De Veras.

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Te liberas con rápidos zigzags y penetras de un salto en la ciudadela de las Novedades Cuyo Autor O Tema Te Atrae. También en el interior de esta fortaleza puedes practicar brechas entre las escuadras de los defensores dividiéndolas en Novedades De Autores O Temas No Nuevos (para ti o en absoluto) y Novedades De Autores O Temas Completamente Desconocidos (al menos para ti) y definir la atracción que sobre ti ejercen basándote en tus deseos y necesidades de nuevo y de no nuevo (de lo nuevo que buscas en lo no nuevo y de lo no nuevo que buscas en lo nuevo).

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Todo esto para decir que, recorridos rápidamente con la mirada los títulos de los volúmenes expuestos en la librería, has encaminado tus pasos hacia una pila de Si una noche de invierno un viajero recién impresos, has agarrado un ejemplar y lo has llevado a la caja para que se estableciera tu derecho de propiedad sobre él.

Has echado aún un vistazo extraviado a los libros de alrededor (o mejor dicho, eran los libros los que te miraban con el aire extraviado de los perros que desde las jaulas de la perrera municipal ven a un ex compañero alejarse tras la correa del amo venido a rescatarlo) y has salido.

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Es un placer especial el que te proporciona el libro recién publicado, no es sólo un libro lo que llevas contigo sino su novedad, que podría ser también sólo la del objeto salido ahora mismo de la fábrica, la belleza de la juventud con que también los libros se adornan, que dura hasta que la portada empieza a amarillear, un velo de smog a depositarse sobre el canto, el lomo a descoserse por las esquinas, en el rápido otoño de las bibliotecas. No, tú esperas siempre tropezar con una novedad auténtica, que habiendo sido novedad una vez continúe siéndolo para siempre. Al haber leído el libro recién salido, te apropiarás de esta novedad desde el primer instante, sin tener después de perseguirla, acosarla. ¿Será esta la vez de veras? Nunca se sabe. Veamos cómo empieza.

Quizá ya en la librería has empezado a hojear el libro. ¿O no has podido, porque estaba envuelto en su capullo de celofán? Ahora estás en el autobús, de pie, entre la gente, colgado por un brazo de una anilla, y empiezas a abrir el paquete con la mano libre, con gestos un poco de mono, un mono que quiere pelar un plátano y al mismo tiempo mantenerse aferrado a la rama. Mira que le estás dando codazos a los vecinos; pide perdón, por lo menos. O quizá el librero no ha empaquetado el volumen; te lo ha dado en una bolsa. Eso simplifica las cosas. Estás al volante de tu coche, parado en un semáforo, sacas el libro de la bolsa, desgarras la envoltura transparente, te pones a leer las primeras líneas. Te llueve una tempestad de bocinazos; hay luz verde; estás obstruyendo el tráfico…”

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Las esculturas con libros corresponden a la artista norteamericana Jodi Harvey Brown.

Sobre los Libros: Isaac Asimov – “El Indestructible”

Arte y Religión

     Literatura

              “Buscad palabras de sabiduría de los mejores libros…”

Isaac Asimov (1920-1992) fue un escritor estadounidense de origen ruso ampliamente conocido por sus obras de ciencia ficción y de divulgación científica, aunque abarcó otros géneros, sumando en su conjunto más de 500 libros editados. Debido a su precocidad intelectual, a los 15 años terminó el secundario y con sólo 19 obtuvo una Licenciatura en Química. Con el paso del tiempo obtuvo también otras Licenciaturas en Ciencias y Artes y Doctorados en Filosofía.

Escribió “Yo, Robot” (1950), “Fundación” (1951), “Fundación e Imperio” (1952), “Segunda Fundación” (1953) y “El Sol Desnudo”(1957) entre otros. En el terreno de la divulgación abordó la historia, las matemáticas y la sociología, además de las ciencias duras.

El siguiente texto apareció en su colección de ensayos: “Cambio! 71 visiones del Futuro”

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Sobre los Libros: Isaac Asimov

El Indestructible

 

“Algunos de los cambios más espectaculares que hemos presenciado en el siglo actual tienen que ver con los vehículos para el entretenimiento de los seres humanos. 
De las pianolas se pasó a los gramófonos; del “vaudeville” al cine; de la radio a la televisión. A las películas se les añadió sonido; a la radio, imágenes; y a ambas, el color. Y nadie duda de que podamos ir más lejos. 

Con el láser y la holografía podemos producir imágenes tridimensionales de mayor definición que la que puede ofrecer cualquier fotografía corriente en dos dimensiones. Las modernas técnicas de grabación en cinta nos permite editar video- cassettes sobre cualquier tema, de modo que el cliente puede reproducir en cualquier momento lo que le apetezca en su propio televisor. 
Cada nuevo invento desplaza a los antiguos en la medida que el público acude a aquella técnica que le da más. El cine mató el vaudeville, la televisión a la radio y el color al blanco y negro. Las tres dimensiones acabarán sin duda con la bidimensionalidad, y las cassettes puede que maten a la televisión de masas, dirigidas al gran público. 

¿Cuál es la tendencia general? ¿ A qué se llegará en último término? 

En cierta ocasión asistí a una exhibición de cassettes de TV y me saltó a la vista lo voluminoso y caro que era el equipo auxiliar necesario para descodificar la cinta, llevar el sonido hasta los altavoces y proyectar la imagen sobre la pantalla. No hay duda de que las mejoras vendrán por el lado de la miniaturización y de la mayor complejidad, que es el mismo proceso que en años recientes nos ha proporcionado, radios, cámaras, computadores y satélites más pequeños y compactos. 

Es posible que el equipo auxiliar disminuya de tamaño y acabe por desaparecer. La cassette se convertirá en un objeto autónomo que contenga la cinta y todos los mecanismos necesarios para producir el sonido y la imagen. 
La miniaturización hará que la cassette sea cada vez más manejable y ligera, hasta poderla llevar casi bajo el brazo. Y su funcionamiento requerirá también cada vez menos energía, hasta rozar casi el ideal último de no consumir ninguna. 
Una cassette ordinaria produce sonidos y proyecta luz, porque ese es precisamente su propósito. Pero ¿por qué invadir la esfera de otras personas ajenas a ellos? La cassette ideal sería visible y audible para la persona que la está utilizando, y para nadie más.

 Las cassettes que existen hoy necesitan, como es lógico, una serie de mandos: un botón de encendido y apagado y otros para regular el color, el volumen, el brillo, el contraste y demás. La dirección del cambio será, naturalmente, hacia una simplificación de los controles. En último término habrá un solo botón… o quizá ninguno.

 Cabria imaginar una cassette que estuviese siempre perfectamente ajustada: que empezara a funcionar automáticamente en cuanto uno la mirara; que se parara automáticamente en cuanto uno dejara de mirarla; que pudiera avanzar o retroceder deprisa o despacio, a saltos o con repeticiones, a placer del usuario. 
Qué duda cabe que ése es el aparato de nuestros sueños; una cassette que puede contener información sobre infinitos temas, del mundo de la ficción o del real; que es autónoma, manejable. parsimoniosa en el consumo de energía, perfectamente privada y sometida en gran medida al control de la voluntad, 
¿Será sólo un sueno? ¿Tendremos algún día una cassette así? 
La respuesta es un si rotundo. No es que la vayamos a tener algún día, es que la tenemos ya; para ser más exactos: existe desde hace siglos. El ideal que he descrito es la palabra impresa: la revista, el libro, el objeto que tiene Vd. en sus manos; un objeto ligero, privado y manipulable a voluntad. 
¿Piensa Ud. que el libro, a diferencia de la cassette que he descrito, no produce sonido e imágenes? Pues se equivocó. 

Es imposible leer sin oír las palabras en la mente y sin ver las imágenes que producen. Y con la ventaja de que son sonidos e imágenes propios, no inventados por otros. 

Las imágenes y el sonido que ofrecen todos los demás medios de entretenimiento son «congelados», y tienen un nivel de detalle que mejora con el avance de la tecnología. El resultado es que los medios exigen cada vez menos del usuario. Incluso se insertan cuñas musicales y risas pregrabadas para elicitar determinadas emociones en el cliente sin esfuerzo de su parte. La persona a quién le cuesta leer (y a la mayoría le cuesta) recurrirá a estos productos «congelados», y seguirá siendo un espectador pasivo. 
La palabra impresa, por el contrario, presenta un mínimo de información. Todo lo demás por encima de ese mínimo tiene que ponerlo el lector: la entonación de las palabras, la expresión de los rostros, la acción y el escenario han de ser extraídos de estas sartas de símbolos en blanco y negro. El libro es una empresa compartida entre el escritor y el lector, como ninguna otra forma de comunicación puede serlo. 

Si Ud. pertenece, por tanto, a esa pequeña y afortunada minoría para quienes la lectura es fácil y agradable, el libro, en cualquiera de sus manifestaciones, será para Ud. irreemplazable e indestructible, porque exige participación. Por muy agradable que sea el papel de espectador, participar siempre es mejor. “

 

Isaac Asimov 

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