Los Ascensores del Templo de Salt Lake

Doctrina

           Mitos Mormones

Los Ascensores del Templo de Salt Lake

Por Mario R. Montani

No estoy seguro de cuán común sea este mito entre las nuevas generaciones, pero yo lo escuché dos veces en mi misión y, probablemente una tercera, por algún bien intencionado maestro de la Escuela Dominical.
La historia, con pequeñas variantes, es más o menos la siguiente:

Cuando Brigham Young diseñaba el Templo de Lago Salado, se sintió inspirado a dejar huecos a lo largo de las paredes en varios lugares. Nadie sabía cuál era el propósito, hasta que, años más tarde, los ingenieros descubrieron que dichos huecos tenían el tamaño exacto para poder instalar ascensores en el Templo.

El ejemplo fue generalmente utilizado para ilustrar la sacralidad de los templos, la preocupación personal del Señor en su construcción y la inspiración de Brigham Young. Es posible obtener testimonios de todas esas cosas aunque debamos prescindir del relato en cuestión.

Brigham Young

Este inspirador mito basa su credibilidad en la suposición de que cuando el Templo de Salt Lake se construyó no existían elevadores. Eso no es verdad. Diferentes tipos de máquinas elevadoras existían desde fines del siglo XVIII. No obstante, el moderno ascensor es un desarrollo posterior.

El historiador mormón Jeffery Cannon explica:

“Los planos del Templo de Salt Lake de 1887 son los primeros en los que aparecen huecos, y claramente está marcado como ‘elevador’. La compañía que los instaló fue la Otis Brothers & Co., fundada en 1853, cuando Elijah Otis vendió su primer ascensor, y es el mismo año en que comenzó la construcción del Templo”

Truman O. Angell, el primer arquitecto del Templo, visitó Europa en 1856, mientras diseñaba los interiores, y descubrió que los artefactos ya estaban en uso. Para 1860 existía electricidad en Utah.

Tampoco debemos olvidar que el Templo, si bien fue el primero en iniciarse luego del establecimiento en las Rocosas, tardó 40 años en ser construido, permitiendo que nueva tecnología se incorporase.

Con la muerte de Angell en 1887, Joseph Don Carlos Young se transformó en el arquitecto de la Iglesia, y fueron sus planos (en los que aparece la mención de ‘elevadores’) los que se usaron para las terminaciones interiores.

De modo que, aunque la historia suena muy linda, no debemos repetirla, pues se trata de un mito y, como ya lo hemos repetido en esta sesión no hace falta promover la verdad con una mentira.

Fotografía de Taylor B. Yardley

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Polémica y Perdurable Poliginia – Parte VII

 

Doctrina

            Poligamia

Polémica y Perdurable Poliginia

Parte VII

“Aquello que  está mal bajo cierta circunstancia, puede estar bien, y a menudo lo está, bajo otra. Dios dijo: ‘No matarás’. En otra ocasión mandó: ‘Del todo destruirás’. Éste es el principio de acuerdo con el cual funciona el gobierno de los cielos: por revelaciones que se adaptan a todas las circunstancias en que se hallaren los hijos del reino. Todo cuanto Dios requiere es justo, no importa lo que sea, aunque no podamos ver la razón para ello sino hasta mucho después de que se hayan verificado los hechos. Si buscamos el reino de Dios primeramente, todas las demás cosas buenas serán añadidas. Así fue con Salomón: pidió sabiduría ante todas las cosas, y Dios se la concedió, y con ella le dio todo lo que su corazón deseaba, aun cosas que pueden tenerse por abominables entre todos aquellos que no entienden sino en parte el orden de los cielos, pero que en realidad eran justas porque Dios las permitió y aprobó por revelación especial” (Joseph Smith, History of the Church, tomo V, pág. 135).

Por Mario R. Montani

Todos conocemos la anterior frase del Profeta Joseph Smith, que, con cierto fundamento, explica la necesidad de revelación continua, y podría justificar la muerte de Labán, algunas atrocidades del Antiguo Testamento, y, por supuesto, la práctica de la poligamia. Si bien no está incorporada a las Escrituras, la hemos leído en la recopilación de Joseph Fielding Smith “Enseñanzas del Profeta José Smith” y en varios manuales curriculares. Lo que la mayoría de los miembros ignora es que el texto está recortado de una carta de Joseph a Nancy Rigdon en 1844, después de que ésta rechazara una propuesta de unión polígama diciendo que preferiría quedar soltera a compartir su vida con un hombre casado. La carta llegó a manos del padre, Sydney Rigdon, y provocó tensión entre los dos líderes.

Del largo bloqueo a la investigación

Una buena parte de la documentación que hemos compartido en estos artículos se encuentra en registros oficiales o diarios personales que por más de un siglo han estado fuera del alcance de los investigadores.

Escuchemos al historiador mormón B. Carmon Hardy, por cuarenta años profesor de la California State University en Fullerton, ganador del Premio Dale Morgan en 1980, del mejor libro del año por la Mormon Historical Association en 1992 y de la Smith-Pettit Foundation en 2008.

B. Carmon Hardy

“Todo erudito investigador que conozco está de acuerdo en que aún existe cierta reticencia oficial de parte de la Iglesia con respecto al uso de registros, diarios y otros materiales en los archivos de la Iglesia y en poder de la Primera Presidencia que se relacionan con la poligamia” (B. Carmon Hardy, “Truth and Mistruth in Mormon History, Case Reports of the Mormon Allience”, 1997, Vol. 3, pag. 279)

¿Qué cosas no se compartían demasiado? Algunos ejemplos. Del diario de William Clayton, secretario personal de Joseph Smith y autor de “Oh, está todo bien”:

“…el Profeta me invitó a caminar con él. Durante nuestro paseo, me dijo que sabía que había una hermana, allá en Inglaterra, por la que yo tenía un profundo cariño. Le contesté que era cierto, pero que no era nada más que el cariño que un hermano y una hermana en la Iglesia pueden sentir rectamente el uno por el otro. Me dijo entonces ‘¿Por qué no envía por ella?’ Le contesté, ‘En primer lugar, no tengo autoridad para enviar por ella, y si la tuviese, no tengo los medios para pagar los gastos’. A lo cual respondió, ‘Lo autorizo a enviar por ella, y le proveeré los medios’, lo cual hizo. Esta fue la primera vez que el Profeta Joseph me habló sobre el asunto del matrimonio plural. Me informó que tal doctrina y principio eran correctos a la vista de nuestro Padre Celestial, y que era una doctrina que pertenecía al orden y gloria celestial. Después de darme extensas instrucciones e información concerniente a la doctrina del matrimonio plural o celestial, concluyó sus comentarios con las siguientes palabras, ‘es su privilegio tener todas las esposas que desee’. (William Clayton, Nauvoo Diaries & Personal Writings, 9 de Marzo 1843)

William Clayton

O la siguiente información relacionada con la poligamia post Manifiesto (Declaración Oficial 1):

“Todos los miembros de la Primera Presidencia permitieron y/o autorizaron nuevos matrimonios plurales entre 1890 y 1904, y algunos hasta fecha tan avanzada como 1906 y 1907. Un Presidente de la Iglesia se casó con una esposa plural, y tres Consejeros de la Primera Presidencia llevaron a cabo casamientos de hombres que tenían esposas con vida. Un Secretario de la Presidencia propuso matrimonios polígamos en 1907. De los dieciséis hombres que sirvieron como Apóstoles, ocho se casaron con esposas plurales después del Manifiesto. Tres de los que no se casaron, efectuaron matrimonios plurales. Dos de los que no hicieron ninguna de las cosas anteriormente mencionadas, hicieron arreglos para matrimonios plurales… Ahora bien, analizando a esos hombres individualmente. Wilford Woodruff personalmente aprobó 7 nuevos matrimonios plurales, a realizarse en México. También aprobó ceremonias polígamas para una pareja de ya residentes en México en 1891.  Delegó a George Q. Cannon, su primer Consejero, para que diese aprobación de matrimonios plurales desde 1892 a 1898. Tal aprobación se daba mediante cartas escritas… Woodruff mismo se casó con una nueva esposa plural en 1897… Lorenzo Snow cohabitó con su esposa plural más joven, quien, en 1896, realizó un breve viaje a Canadá para tener su hijo. Al hacer eso, él violó el testimonio público de 1891 de que el Manifiesto prohibía la cohabitación con esposas plurales… Joseph F. Smith, en 1896, como Consejero, condujo en el Templo de Salt Lake un matrimonio plural vicario a favor de Abraham Cannon, que había sido aprobado previamente por la Primera Presidencia… Smith dio instrucciones a Seymour B. Young del Primer Consejo de los Setenta, para llevar a cabo dos matrimonios plurales en México. Y más tarde, ese mismo año autorizó al Patriarca Alexander F. MacDonald a realizar nuevos matrimonios plurales para cualquier residente en México que lo solicitase… George Q. Cannon , consejero en la Presidencia e inmediato en la línea para ser Presidente de la Iglesia entre 1899 y 1901, autorizó personalmente nuevos matrimonios plurales a llevarse a cabo en México, Canadá y los Estados Unidos, desde 1892 hasta su muerte en 1901. Esto incluyó matrimonios plurales para 3 de sus hijos y 3 de sus sobrinos”. (D. Michael Quinn, Plural Marriages After The 1890 Manifesto, disertación de Agosto 1991 en Bluffdale, Utah)

Es interesante observar cómo, en la versión oficial de la épica del éxodo, se priorizaron los relatos personales: las muertes y entierros por el camino, los pies congelados, las millas sumándose con carros de mano. Muy poco se menciona sobre la Institución, ya que, salvo algunas apostasías y cismas, no hay demasiado que contar. Fue el traslado de un punto geográfico a otro.

En cambio, en la épica de la poligamia se siguió el camino inverso. Está centrada en lo que podría pasarle a la Iglesia: la pérdida de los edificios, el encarcelamiento de los líderes. Los relatos personales del costo individual que la práctica de los matrimonios múltiples ocasionaba no aparecen. Estaban escondidos en los diarios y relatos familiares a los que no había acceso.

Afortunadamente, eso comenzó a cambiar en lo que va de este siglo. Quienes más ayudaron fueron los historiadores mormones, hasta que la propia Iglesia tomó las riendas del asunto con el proyecto de los Joseph Smith’s Papers y otros similares que le han seguido.

De los Saduceos y el Levirato

Relata Lucas 20: 27-36

“Y acercándose unos de los saduceos, los cuales niegan que haya resurrección, le preguntaron, diciendo: Maestro, Moisés nos escribió: Si el hermano de alguno muere teniendo esposa, y muere sin hijos, que su hermano la tome a ella y levante descendencia a su hermano.

Había, pues, siete hermanos; y el primero tomó esposa y murió sin hijos. Y la tomó el segundo, el cual también murió sin hijos. Y la tomó el tercero; asimismo también todos los siete. Y murieron sin dejar descendientes. Y finalmente, murió también la mujer.

En la resurrección, pues, ¿de cuál de ellos será esposa? Porque los siete la tuvieron por esposa.

Entonces, respondiendo Jesús, les dijo: Los hijos de este mundo se casan y se dan en casamiento; pero los que fueren considerados dignos de alcanzar aquel mundo y de la resurrección de entre los muertos, no se casan ni se dan en casamiento. Porque ya no pueden morir, pues son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios al ser hijos de la resurrección”.

Jesus y los Saduceos

La interpretación tradicional de estos pasajes proveyó dos modelos básicos para el cielo futuro. Uno, denominado teocéntrico, en el cual la posibilidad de una familia futura está excluida y otro, de origen victoriano, llamado a veces “el cielo doméstico”, que considera una vida familiar posterior a la muerte. Algunos protestantes vieron esta última alternativa como una esperanza. Por ejemplo, el predicador metodista James Rogers, en una oración escrita a fines del siglo XVIII:

“¡Oh, permite que todas mis pasiones y afectos ardan por ti con un resplandor inextinguible!… Prepárame para ocupar un trono y llevar una corona de igual magnitud (que la de su segunda esposa fallecida)… tal ha sido tu amor incomparable que me has dado las dos mujeres calculadas para hacerme feliz de todos los modos… ¡Creo que puedo distinguir a mi dulce Martha y a Hester Ann, compitiendo una con otra, para ver quién será la próxima mensajera que me traiga un recado de amor!  Entonces los doce, tres padres y nueve hijos… con éxtasis y sorpresa gritaremos: ¡Qué extraño que finalmente nos encontremos en el cielo!” (Phyllis Mack, Heart Religion in the British Enlightenment: Gender and Emotion in Early Methodism, Cambridge University Press, 2008, pags. 105-108)

Joseph Smith Jr proveyó un enlace entre ambos sistemas. Para aquellos que no alcanzaran la exaltación regirían normas asimilables a la del cielo teocéntrico, es decir, serían ángeles. En cambio, los que lograsen el máximo galardón tendrían una versión del cielo doméstico agigantada a dimensiones galácticas. En el primer caso “no se casarían ni se darían en casamiento” como lo declaraba Lucas. Para el segundo, debían estar casados, y cuantas más veces casados, mejor. Esos matrimonios debían realizarse aquí, en la Tierra.

Pero el pasaje de Lucas también abría interrogantes sobre la práctica del levirato, la costumbre de que los familiares del fallecido podían tomar como esposa a la viuda para levantar descendencia al muerto y, simultáneamente, protegerla.

Algunos investigadores modernos ven a la restauración del levirato dentro del mormonismo como el inicio y la clave para comprender la poligamia. Enfrentar la viudez por enfermedades o problemas en el parto era una situación muy común a lo largo del siglo XIX. La posibilidad de volver a casarse después de enviudar era algo aceptable y comprensible para 1840, mucho más que otra esposa simultánea.

Hyrum Smith, hermano del Profeta y enemigo acérrimo de la poligamia en sus comienzos, cambió su posición cuando debió enfrentar la muerte de su primera esposa, Jerusha Barden, en 1837 y resolvió volver a casarse con Mary Fielding. Según el registro de Franklin D. Richards:

“Hyrum declaró ante el sumo consejo que la ley de que el hombre tomara a la esposa de su hermano para levantarle simiente como existía en Israel, sería nuevamente establecida”. (Franklin D. Richards, Scriptural Items Notebook, LDS CHL, 12 Agosto 1843)

Cuando, a partir de 1840, Joseph introdujo en Nauvoo los ritos del matrimonio por la eternidad, muchos viudos fueron sellados a sus esposas muertas con las nuevas esposas actuando como sus representantes. Tiempo después, al conocerse la doctrina de los sellamientos por adopción, los nuevos hijos eran, en general, sellados a la primera esposa, en vez de a la que estaba con vida.

En otros casos (y finalmente fue la doctrina que prevaleció) los hijos de un matrimonio por levirato eran sellados al primer esposo. Mercy Thompson testificó que su matrimonio con Hyrum había cumplido con el levirato bíblico, pues los hijos que tuviesen pertenecerían a Robert, su esposo fallecido, quien los recibiría al tiempo de la resurrección (“An Important Testimony”, Deseret News, 6 de Febrero 1886.

La pregunta de los saduceos al Salvador muestra claramente que el levirato judío entraba en vigor siempre que el fallecido no hubiese dejado descendencia previa. Este pequeño detalle no siempre fue tenido en cuenta en la versión mormona de la práctica.

Política y Teología

Alguien ha declarado, con bastante acierto, que la Iglesia ha renunciado políticamente a la poligamia, pero jamás lo ha hecho teológicamente. De hecho, la asimetría por la cual los hombres pueden tener múltiples esposas potenciales en la vida post mortal, pero las mujeres no, persiste hasta el día de hoy, con complejas y no siempre bien resueltas soluciones.

Hemos estado tan preocupados por desactivar nuestro pasado poligínico pero al mismo tiempo no negar nuestro futuro con tales características que, en ocasiones, tendemos a ser inconsistentes en ciertas declaraciones. Por ejemplo, en la reacción oficial del 26 de Junio de 2015 a la decisión de la Suprema Corte de EEUU sobre las uniones homosexuales. El vocero de la Iglesia, Michael Otterson, declaró:

“Sin importar la decisión de la corte, la Iglesia se mantiene irrevocablemente comprometida a fortalecer el matrimonio tradicional entre un hombre y una mujer, el que por miles de años ha demostrado ser el mejor ambiente para la crianza de los hijos”

El mismo fraseo aparece en varios documentos oficiales de la Iglesia. Aunque personalmente estoy de acuerdo con esa declaración, no puedo evitar hacerme algunas preguntas. ¿Miles de años? ¿Qué pasó con el siglo en que nuestros matrimonios fueron entre un hombre y más de una mujer? ¿Qué les decimos a los viudos sellados de buena fe a más de una esposa futura cuando aseguramos que sólo apoyamos el matrimonio tradicional entre un hombre y una mujer?

Obviamente, mantenemos un doble patrón de medida, no sólo entre los dos sexos, sino entre pasado y futuro.

Hasta la década de 1930, algunos varones eran sellados a mujeres fallecidas de su conocimiento pero con las que no habían estado casados previamente. En la actualidad, Autoridades como Dallin Oaks, Russel M. Nelson o L. Tom Perry son polígamos celestiales, pues están sellados a más de una esposa por las eternidades. Entiendo que en nuestro particular entorno mormón eso no nos parezca raro. Pero, cuando se nos pregunta si los Santos de los Ultimos Días practican la poligamia ¿podemos dar un no rotundo? ¿O comenzaremos a buscar definiciones alternativas como en 1890?

En alguna Conferencia de Estaca no tan lejana, escuchamos a la Autoridad visitante relatar el caso de una hermana cuyo primer esposo no la llevó al Templo inicialmente y a los pocos años falleció, por lo que ella realizó su sellamiento a él en forma vicaria. Con el paso de los años volvió a casarse, pero su condición de mujer no le permitía estar sellada a más de un hombre, aunque en la época de Brigham Young no hubiese habido problema. Angustiada por esa situación acudieron a las Autoridades, quienes resolvieron que, ya que el primer esposo no había hecho el esfuerzo por llevarla al Templo antes de morir, bien podría anularse el sellamiento vicario. Todos felices y ya no habría que preocuparse por a quien pertenecerían los hijos en el más allá.

Ese tipo de manipulación de los sentimientos y las relaciones personales no me convence. Entiendo que deben darse soluciones para el aquí y el ahora, pero, cuando intentamos proyectarlas hacia el futuro eterno, nuestros márgenes de acierto pueden quedar un poco estrechos.

A partir de 1998 la política de la Iglesia cambió (aunque nunca se reconocerá que el descontento femenino jugó un importante papel) y ahora una mujer puede ser sellada a más de un hombre. Pero no mientras esté viva. Podrá ser sellada a compañeros sucesivos que haya tenido en la tierra una vez muerta. Esto no habilita una poliandria celestial sino que en la eternidad ella deberá escoger a uno de sus esposos, quedando todas las posibilidades abiertas. Sin embargo, algunas Autoridades se han manifestado en contra de que la mujer decidirá, arguyendo que será el Señor quien lo haga (Nuevamente: no demos demasiado poder de elección a las hermanas)

Leamos el siguiente post de Tracy McKay Lamb, que apareció en Religion News Service, bajo el apartado Flunking Sainthood de Jana Riess, el 3 de Agosto de 2016:

Tracy McKay

“Si bien el matrimonio plural ha desaparecido de la Iglesia SUD por más de un siglo, la verdadera y viva realidad para muchas mujeres mormonas modernas es bastante más complicada. Yo soy una de esas mujeres.

Para los mormones, una de las mayores metas en la vida – algo que se enseña a nuestros hijos desde que entran a la Escuela Dominical a los 3 años – es esforzarse  por alcanzar un matrimonio en el templo o sellamiento. En el mormonismo, un sellamiento es mucho más que una ceremonia vistosa en uno de nuestros lindos templos; es un casamiento “por el tiempo y toda la eternidad” y no finaliza con la muerte. Los participantes se consideran casados, o sellados, para siempre.

De modo que ¿qué ocurre cuando alguien se divorcia? ¿O muere? ¿O no desea estar más sellado a alguien?

Se complica. Se complica mucho.

Me uní a la Iglesia SUD como una conversa adulta, ya siendo esposa y madre. Mi primer matrimonio terminó en un triste divorcio varios años más tarde, y me encontré con tres niños pequeños, sola, y cuestionándome sobre mi lugar en nuestra iglesia enfocada en la eternidad. Pregunté a mis líderes locales sobre la posibilidad de que mis hijos fuesen sellados a mi; yo había pasado por el templo, pero con mi anterior esposo jamás nos habíamos sellado y mis hijos no habían nacido en el Convenio.

Mis líderes fueron muy amables y se preocuparon por nosotros, pero me informaron que era imposible que yo, aunque digna, soltera, pudiera lograr que mis hijos se sellasen a mí. En esas dolorosas conversaciones, se me aseguró una y otra vez que un Dios amoroso resolvería estas cosas, y que no debería preocuparme por los detalles. Estar sentada durante los muchos discursos y lecciones sobre la familia eterna en la Iglesia se transformó en una prueba de persistencia y paciencia, condimentada con pena y frustración. Dudo que el miembro promedio tome nota de cuán a menudo nos enfocamos en las familias selladas.

Después de varios años, conocí y me casé con un maravilloso hombre SUD. Con el propósito de incluir a nuestros hijos combinados, optamos por una ceremonia civil que llevó a cabo nuestro obispo en la capilla del barrio, y planeamos ser dignos de un sellamiento después del requisito requerido de un año de espera. Ambos nos sentimos cómodos con esto, nuestro obispo nos apoyó mucho, y seguimos adelante.

Habíamos asumido que mi esposo solicitaría una cancelación del sellamiento a su primera esposa. Leímos que una cancelación no afectaría a los hijos de ese matrimonio, ya que ninguna bendición se les negaría. Como yo nunca había estado sellada, no necesitaba una cancelación.

Entonces vino la sorpresa.

La Iglesia no garantiza de rutina cancelaciones a los hombres. Las mujeres deben obtener una cancelación, pero los hombres mormones vivos pueden – y normalmente ocurre – ser sellados a más de una esposa viva. Hoy. En 2016.

Después de una muerte o divorcio en un matrimonio sellado, el sellamiento permanece intacto. Sin duda es un gran consuelo para alguien que se ve separado de un amado compañero por la muerte. ¿Pero qué ocurre en un divorcio? Después de un divorcio civil, nada cambia en el sellamiento en el templo. Los partícipes están divorciados por las leyes del estado, pero continúan sellados “por tiempo y eternidad” de acuerdo a las leyes de la Iglesia. Los sellamientos permanecen intactos, y ambas personas están unidas por siempre.

Si una mujer mormona divorciada civilmente desea volver a casarse, y si su nuevo esposo es miembro de la Iglesia, ella puede solicitar que su primer matrimonio sea ‘cancelado’ para darle la libertad de sellarse al nuevo esposo. En general, esto está garantizado, y ella podrá sellarse al esposo Nº 2. No puede estar sellada a más de un hombre mientras viva. Si el esposo Nº 2 no es miembro de la Iglesia y por tanto no puede sellarse a ella en un nuevo matrimonio, estará legalmente casada con el esposo Nº 2, pero permanecerá sellada al esposo Nº1.

Y aquí está la sorpresa: Si ella y el esposo Nº 2 tienen hijos, esos hijos nacerán dentro del convenio y serán sellados, por el sólo hecho de nacer, al esposo Nº 1 – aunque no estén para nada relacionados con el esposo Nº 1. Es fácil ver por qué esto puede ser angustiante para mujeres de fe que enfrentan tal posibilidad.

Y se pone peor.

Si un hombre divorciado civilmente pero sellado desea volver a casarse, y su nueva esposa es una miembro de la Iglesia, debe pedir autorización para ser sellado a la nueva esposa, pero su primer sellamiento no se cancela. Es un proceso muy lento, en el cual se requiere la opinión de la primera esposa (aplicando la Ley de Sara). El hombre puede solicitar una cancelación de su primer sellamiento, pero, a menos que la primera esposa se esté volviendo a casar en el templo, tal solicitud es siempre negada.

El hombre vivo, después de obtener autorización, puede ser sellado a una segunda esposa viva en el templo. Estará legalmente casado sólo con una, pero en los registros de la Iglesia estará sellado a dos (o más) mujeres con vida. Todos los hijos de cualquiera de esos sellamientos “nacen dentro del convenio” y están sellados a él.

Descubrimos que, a pesar de los deseos y solicitudes explícitas de mi esposo, él continuará sellado a su primera esposa, que está con vida. Si él desea sellarse a mí, su actual esposa legal, deberé aceptar ser parte de una familia polígama en la eternidad.

¿Qué significa esto para los mormones modernos? Significa que hombres vivos actuales están siendo sellados a múltiples mujeres vivas. Punto.

Lo cual abre la puerta para varias preguntas complicadas.

¿Por qué se les niega a miembros de la Iglesia una cancelación cuando la solicitan? A las mujeres solteras que preguntan sobre el sellamiento se les asegura regularmente que no deben preocuparse por ello, lo que sugiere que un sellamiento no es imperativo. Sin embargo a hombres y mujeres que solicitan cancelaciones se les dice que un sellamiento es tan importante como para que se les niegue su albedrío y ser forzados a permanecer sellados a esposos anteriores que no desean ni aman – y en algunos casos, que ya están casados con otros.

De modo que ¿cuál es? ¿Es la cosa más importante que hacemos? ¿Es tan indispensable que nuestro albedrío – fundamental en la teología mormona – se nos niega? ¿O no es importante y debemos dejar de hacer escándalo y permitir que Dios lo resuelva después que muramos? No puede ser ambas. No puede ser la cosa más importante y, simultáneamente algo que no importa tanto, dependiendo de la audiencia a la que nos dirigimos”.

 

Es mi humilde opinión que el tema no está resuelto. Si realmente deseamos poder decir que no practicamos la poligamia en la actualidad, hombres y mujeres deberían tener iguales oportunidades en sus matrimonios sucesivos y sus respectivos sellamientos, reconociendo que está en manos de Dios la solución definitiva, y no entorpecer la vida de los individuos con requerimientos y trabas que, en ocasiones, apuntan sólo a un resultado estadístico.

Hablando sobre estos temas, el líder Presbiteriano John G. Turner, en el Simposio de Sunstone del 2016 declaró (y hago mías sus palabras)

“Los líderes jamás conducirán a la iglesia al error. Los líderes cometen serios errores que contribuyen al sufrimiento humano. Los seres humanos son creados a imagen de Dios, pero muestran obvias debilidades. Los matrimonios unen pero también destruyen. Ya sea que seamos Mormones o Presbiterianos o nada en absoluto, vivimos con esas paradojas. Y si pertenecemos a algún tipo de iglesia Cristiana, tales paradojas nos recuerdan que debemos poner nuestra fe en Dios y en Jesucristo más que en instituciones e individuos. Debemos buscar a Dios y a nuestro Salvador por misericordia, y a su vez, extender tanta de esa misericordia como podamos a los individuos e instituciones que encontramos”. (John G. Turner, Jesus Christ, Marriage, and Mormon Christianities: 2016 Smith-Pettit Lecture, Sunstone Symposium)

John G. Turner


 

 

Polémica y Perdurable Poliginia – Parte VI


Doctrina

            Poligamia

Polémica y Perdurable Poliginia

Parte VI

“Sería casi imposible, si deseamos mantener un tono apropiado, relatar los resultados horribles de este desgraciado sistema… Se han efectuado matrimonios entre parientes muy cercanos; y hombres ancianos, al borde de entrar en la tumba, han sido unidos a jovencitas apenas adolescentes; y alianzas antinaturales de todo tipo, las que en otra comunidad serían vistas con disgusto y aborrecimiento, aquí son efectuadas en el nombre de Dios… Es muy común en Utah que un hombre se case con dos o tres hermanas… Conozco también a un hombre que desposó a una viuda con varios hijos; y, cuando una de las niñas llegó a su adolescencia, insistió en casarse también con ella, habiendo primeramente ganado de algún modo su afecto. La madre, sin embargo, se opuso firmemente a tal casamiento, pero finalmente entregó su esposo a la hija, y hasta este día la joven da a luz hijos de su padrastro, viviendo como esposa en la misma casa que su madre…” (Fanny Stenhouse, “Tell it All: The Story of a Life’s Experience in Mormonism: An Autobiography”, 1874, pags. 468-469)

Fanny Stenhouse

Por Mario R. Montani

Sobre los confusos sellamientos

Para tratar de comprender los hechos, deberemos recordar que la doctrina de los sellamientos, practicada en la Iglesia  durante los primeros 60 años era confusa, permanentemente modificada y ampliada, pero tenía muy poco que ver con lo que hoy entendemos por ser sellados eternamente. La teología desarrollada por entonces afirmaba que un sacerdote, para lograr su exaltación, debía tener la mayor cantidad posible de personas selladas a él (esposas, hijos, amigos, conocidos).

Eso producía consecuencias como las siguientes:

“Jueves 5 de Abril de 1894… me reuní con el Quorum y la Presidencia en el templo… El Presidente Woodruff dijo… ‘Investigando en mi genealogía hallé alrededor de cuatrocientas parientas que jamás se habían casado. Le pregunté al Presidente Young qué debería hacer con ellas. Me dijo que debería sellarlas a mí, salvo que hubiese más de 999 de ellas. La doctrina me sorprendió, pero así lo hice’”.  (Diario de Abraham H. Cannon (Apóstol), 5 de Abril 1894, Vol. 18, pags. 66-67)

¿Parientas? ¿Sólo 999 para no llegar a las 1000 que cuenta la tradición que tenía Salomón? ¿? ¿?

“Me contó que su hermano John, el ya fallecido Presidente John Taylor, le había dicho 30 años atrás que si ella no podía resignarse a continuar con alguno de sus esposos, podría ser sellada a él. Este es un muy curioso procedimiento que no alcanzo a comprender…” (Diario de L. John Nuttall, Vol. 2, pags. 362-363)

Yo tampoco lo alcanzo a comprender…

“La segunda vía por la que una esposa puede separarse de su esposo, mientras él continúa siendo fiel a su Dios y su sacerdocio, no la he revelado, salvo a algunas pocas personas en esta Iglesia; y algunos la han recibido de Joseph, el profeta, así como de mí mismo. Si una mujer puede hallar a un hombre que posee las llaves del sacerdocio con mayor poder y autoridad que su esposo, y él está dispuesto a tomarla, puede hacerlo, de otro modo, ella tendrá que permanecer donde está… no hay necesidad de una carta de divorcio…Para recapitular. Primero, si un hombre abandona sus convenios con una esposa, o esposas, siendo infiel a su Dios y su sacerdocio, esa esposa o esposas quedan liberadas sin una carta de divorcio. Segundo: si una mujer pide protección de manos de un hombre que posee mayor poder en el sacerdocio y llaves más elevadas, si él está dispuesto a rescatarla y ha obtenido el consentimiento del esposo para convertirla en su esposa, entonces puede hacerlo sin una carta de divorcio” (Brigham Young, A Few Words on Doctrine, discurso dado en el tabernáculo, 8 de Octubre 1861)

Tres de las esposas de Brigham Young: Zina D. Huntington Young, Emily Partridge Young y Eliza R. Snow Young.

Hoy, el consejo que la Iglesia da a una hermana cuyo esposo se ha inactivado es que permanezca a su lado y lo ayude amorosamente, no que lo abandone para casarse con su Obispo o Presidente de Estaca.

Durante la travesía hacia el Oeste, en Mount Pisgah, Iowa, Brigham Young le declaró a Henry Jacobs, esposo de Zina Huntington:

“La mujer que reclamas como esposa no te pertenece. Es esposa espiritual de Joseph, sellada a él. Yo soy su representante, y en esa calidad, ella con sus hijos son mi propiedad. Tu puedes ir donde te plazca y conseguir otra, pero asegúrate de que sea un espíritu afín a ti”. (Van Wagoner, Mormon Polygamy: A History, 2da. Edición, pag. 44)

Jacobs partió hacia una misión en Inglaterra, aunque continuó enamorado de su esposa, Zina, y escribiéndole cartas, pero, en la práctica, ella pasó a ser esposa polígama de Brigham.

El Presidente Young también aprobó la solicitud de Uriah Butt para casarse poligínicamente con una jovencita de 13 años pero con la instrucción de “preservarla intacta hasta que se desarrolle plenamente como mujer” (Carta de B.Young a U. Butt, 17 de Febrero 1857, Copybook 3, pag. 408)

“Creo que las hermanas pueden casarse con sus hermanos, y los hermanos tener a sus hermanas por esposas… Eso es algo que pertenece a nuestra forma de relación matrimonial. Todo el mundo pensará que esto es una cosa terrible.  Qué terrible que los mormones digan que creen en casarse entre hermanos y hermanas…”  (Brigham Young, discurso del 8 de Octubre 1854, The Teachings of President Brigham Young, Vol. 3, pags. 362, 368)

“El Hermano Snow me dijo que yo viviría para ver la época en que hermanos y hermanas se casarían entre sí, en esta iglesia. Que nuestro horror ante tales uniones se debía totalmente a nuestros prejuicios, y que los hijos de tales uniones serían  tan saludables y puros como cualquier otro. Esos eran los puntos de vista del Presidente Young cuando vivía, pues el Hermano Snow habló con él libremente sobre el asunto”. (Apóstol Abraham H. Cannon, citado en Journal of Mormon History, 1992, pag. 106)

¿Se imaginan a alguna autoridad actual extendiendo una recomendación para el Templo a una pareja de hermanos?

Obediencia a la ley civil y/o a las Escrituras

En 1842 Joseph Smith escribió los que se conocerían como los Artículos de Fe. En 1880 serían incorporados a la Perla de Gran Precio, uno de nuestros libros canónicos. El Artículo Nº 12 reza:

“Creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley”

Hoy, nadie en la Iglesia nos propondría desobedecer la ley civil. A lo sumo que, si consideramos injusta alguna ley, deberemos utilizar todos los medios civiles y legales para ayudar a modificarla, pero, mientras tanto, respetarla.

Los Santos de los Ultimos Días vivieron en el territorio de los Estados Unidos, durante su etapa inicial. Intentaron escapar hacia México, pero la guerra volvió a incorporarlos bajo la bandera norteamericana, primeramente como un Territorio controlado por el Congreso y finalmente como Estado, dependiendo del Ejecutivo. En todo momento hubo leyes en contra de la poligamia. No fueron obedecidas.

Nuevamente las actas de los interrogatorios en el caso de Reed Smoot son muy ilustrativas:

Sr. Tayler: ¿Dice usted que existe una ley del estado prohibiendo la cohabitación ilegal?

Sr. Smith (Joseph F.): Eso es lo que entiendo.

Sr. Tayler: ¿Y desde que esa ley se aprobó usted la ha estado violando?

Sr. Smith: Pienso más bien que he continuado practicando lo mismo que antes de que la ley se aprobara.

(Reed Smoot Case, Vol. 1 pag. 130)

Presidente del Comité: ¿está usted violando la ley?

Sr. Smith: ¿la ley del Estado?

Presidente: Sí

Sr. Smith: Sí, señor.

Senador Overman: ¿No hay una revelación publicada en el Libro de los Convenios, que aquí tengo, de que deberán regirse por la ley del estado?

Sr. Smith: Sí, señor

Senador Overman: Si esa es una revelación ¿no está usted violando las leyes de Dios?

Sr. Smith: He admitido eso, Sr. Senador, muchas veces aquí”

(Reed Smoot Case, Vol. 1, pags. 334-335)

Joseph F. Smith y su familia, incluyendo a sus 5 esposas (una sexta había fallecido al momento de tomarse la fotografía)

Senador Hoar: ¿Ha dicho usted en más de una ocasión que al vivir en relación polígama con sus esposas, lo cual hace e intenta continuar haciendo, usted sabía que estaba desobedeciendo esta revelación?

Sr. Lyman (Francis M.): Sí, señor.

Senador Hoar: ¿Y que al desobedecer esta revelación estaba desobedeciendo la ley de Dios?

Sr. Lyman: Sí, señor

Senador Hoar: … Muy bien. De modo que ¿nos está diciendo que usted, un apóstol de su religión, esperando acceder, si sobrevive al Sr. Smith, al oficio en el que sería la persona intermediaria de las revelaciones divinas, está viviendo y su pueblo sabe que vive en desobediencia a la ley del país y a la ley de Dios?

Sr Lyman: Sí, señor

(Reed Smoot Case, Vol. 1, pag. 430)

Francis M. Lyman

Esas audiencias fueron realmente muy embarazosas… pues dejaron en claro que a la inversa de lo propuesto por Cristo de “dar al César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios”, los líderes enseñaban que César era Satanás y, por tanto, no había que darle nada…

Sin embargo, la sección 134 de Doctrina y Convenios nos dice:

Creemos que Dios instituyó los gobiernos para el beneficio del hombre, y que él hace a los hombres responsables de sus hechos con relación a dichos gobiernos… (vers.1). Creemos que todos los hombres están obligados a sostener y apoyar a los gobiernos respectivos de los países donde residan(vers.5)”.

Los miembros también aceptamos que lo que hoy llamamos Declaración Oficial 1, históricamente conocida como el Manifiesto de 1890, representa la voluntad de Dios. A pesar de eso:

“El Presidente Joseph F. Smith admitió que había tenido once hijos nacidos de sus cinco esposas, después de prometer obediencia al manifiesto ‘revelado’ de 1890… El apóstol Francis Marian Lyman realizó una admisión similar de culpa, aunque en menor grado. También lo hicieron John Henry Smith y Charles W. Penrose, apóstoles… Así lo hizo otro montón de personas… Y confesaron que estaban viviendo en violación de sus promesas a la nación y a los términos de la amnistía, en contra de las leyes y constitución del estado, y en contra de la ‘revelación de Dios’ por la que la doctrina y práctica de la poligamia había sido abandonada por la Iglesia… El Obispo C. E. Merrill, hijo de un apóstol, testificó que su padre lo había casado con una esposa plural en 1891… La señora Clara Kennedy testificó que se había casado con un polígamo en 1896, en Juarez, México. El Apóstol John W. Taylor había tomado dos esposas dentro de los cuatro años siguientes, y el Apóstol M. F. Cowley había tomado una, y ambos huyeron del país para escapar a la citación de presentarse ante el comité del senado”.  (Frank J. Cannon, Under the Prophet in Utah, pags. 268-270)

“Durante 1897, el primer año completo después de que Utah obtuvo calidad de estado, el número de matrimonios plurales casi se quintuplicó. Las presiones políticas creadas previamente a ese logro disminuyeron una vez que Utah pasó a ser un estado, y los líderes de la Iglesia se dieron cuenta de que podían autorizar más matrimonios polígamos que antes pues la interferencia federal se reduciría… No parece haber habido mucha crítica de tales matrimonios entre los Santos de los Ultimos Días que sabían sobre ellos” (Kenneth L. Cannon II, After the Manifesto: Mormon Polygamy 1890-1906, The New Mormon History, 1992, pags. 203-204)

Revisando el “Manifiesto”

“El Presidente John Taylor acudió al Señor en el Verdadero Orden de la Oración y preguntó al Señor concerniente a Su pensamiento y Su voluntad en cuanto a continuar la práctica del matrimonio plural en la Iglesia de los SUD. La voz del Señor vino al Presidente Taylor diciendo: “Mi hijo John: me has preguntado concerniente al Nuevo y Sempiterno Convenio y hasta qué punto es vinculante para mi pueblo. Así dice el Señor: Todos los mandamientos que doy deben ser obedecidos por aquellos que llevan mi nombre a menos que sean revocados por mí o mi autoridad, pero ¿cómo puedo revocar un convenio sempiterno? Pues yo, el Señor, soy sempiterno y mis convenios sempiternos no pueden abrogarse ni abandonarse; permanecen para siempre. ¿No he dado mi palabra con gran claridad sobre el asunto? Sin embargo ¿no ha sido negligente un gran número de mi gente en la observancia de mi ley y el guardar mis mandamientos, y a pesar de ello no los he soportado todos estos años, a causa de su debilidad por las épocas peligrosas? Más aún, me complacería que los hombres usen su albedrío en cuanto a estos asuntos. Sin embargo Yo, el Señor, no cambio, y mi palabra, mi convenio y mi ley, tampoco. Y como he dicho anteriormente a mi siervo Joseph, todos aquellos que deseen entrar en mi gloria deben obedecer mi ley. ¿Y no he mandado a los hombres que si eran de la simiente de Abraham y desean entrar en mi gloria deben efectuar las obras de Abraham? No he revocado esta ley ni lo haré, pues es sempiterna, y aquellos que deseen entrar en mi gloria, deberán obedecer las condiciones establecidas. Así sea. Amén”

(Revelación a John Taylor, Question and Answers Concerning Celestial Marriage, 25-26 de Junio 1882, Salt Lake City, John Taylor Papers, Oficina del Historiador de la Iglesia)

La anterior revelación (de comprobada autenticidad caligráfica) nunca fue puesta a consideración de los miembros ni incorporada a nuestras Escrituras (tampoco varios otros textos con características de revelación), aunque sí es aceptada por grupos fundamentalistas.

Igualmente tenemos poca noticia de esta otra:

“Durante nuestra reunión se leyó una revelación que el Presidente Woodruff recibió el domingo 24 de Noviembre de 1889 por la tarde. Se habían hecho propuestas para que la Iglesia hiciera algunas concesiones a las cortes con respecto a sus principios. Ambos Consejeros del Presidente Woodruff se habían rehusado a recomendarle el curso que se debería seguir, y, por tanto, presentó el tema al Señor. La respuesta se produjo rápida y con claridad. La Palabra del Señor fue que no cediésemos ni en una partícula de aquello que había revelado y establecido. El continuaría cuidando Su obra, como lo había hecho, y a aquellos Santos que eran fieles, y que no debíamos temer a nuestros enemigos mientras cumplíamos nuestro deber” (Diario Personal de Abraham H. Cannon, Apóstol, 19 de Diciembre de 1889)

Nótese que la revelación mencionada tiene lugar pocos meses antes de la redacción del Manifiesto y menos de un año antes de que éste fuese aprobado en la Conferencia General de Octubre de 1890.

Independientemente de lo que éstas y otras declaraciones expresasen al respecto, era el consenso entre los Santos que la práctica no debería abandonarse:

“El abandono de la poligamia, que para algunos es considerado como de fácil logro, es aún más insostenible que pelear. Sin importar cuánto las personas deseen hacerlo, no podrán hacerlo sin ceder todos los demás principios, pues es la verdadera piedra angular de nuestra fe, y está tan finamente entretejida con todo lo que pertenece a nuestra religión que hacerla pedazos y desecharla afectaría a toda la estructura” (Deseret News, 14 de Abril 1885)

“En el Millennial Star de los Santos de los Ultimos Días se imprimió lo siguiente: Poco antes de que la revelación conocida como el manifiesto (que puso un alto a la práctica de la poligamia) fuese dada, Lorenzo Snow, quien luego llegaría a ser Presidente de la Iglesia Mormona, declaraba que tal revelación jamás llegaría. Cuando Lorenzo Snow se encontraba en la corte por practicar la poligamia, el Sr. Bierbower (el fiscal) predijo que, si se lo encontraba culpable ‘una nueva revelación aparecería pronto, cambiando la ley divina del matrimonio celestial’. A esto el Sr. Snow replicó ‘Por más fama que el Sr. Bierbower pueda haber logrado como abogado, ciertamente fallará como profeta. Aún las más severas persecuciones jamás fueron seguidas de revelaciones que cambiaran la ley divina, aún si la obediencia provocase prisión o martirio. Aunque yo vaya a prisión, Dios no cambiará su ley de matrimonio celestial. Más bien, el hombre, pueblo, y nación, que se opongan y luchen contra esta doctrina y la Iglesia de Dios, serán vencidos” (Historical Record, pag. 144)

El Manifiesto no fue considerado una revelación por sus autores, por sus allegados, o por una mayoría de los miembros.

“El Manifiesto fue un procedimiento cobarde. Cuánto más pienso sobre él, menos me gusta” (B.H. Roberts, Setenta e historiador SUD, citado en B.H. Roberts and the Woodruff Manifesto, pags. 363-366)

“El Manifiesto no fue de producción divina sino algo manufacturado para burlar a los enemigos de la iglesia” (Apóstol Charles W. Penrose, Solemn Covenant, Carmon Hardy,1992)

El propio Penrose expresó varias veces ser uno de los autores del Manifiesto.

Charles W. Penrose

“Yo, Charles W. Penrose, escribí el Manifiesto con la ayuda de Frank J. Cannon y John White…Wilford Woodruff lo firmó para derrotar al diablo en su propio juego” (Apóstol Charles W. Penrose, D. Michael Quinn, “LDS Church Authority and New Plural Marriages, 1890-1904,” Dialogue: A Journal of Mormon Thought, v. 18, no. 1, pags. 11-12)

“Penrose me contó en la ciudad de México que él había escrito el Manifiesto, que era un fraude y no significaba nada, y que el Presidente Smith había dicho lo mismo. Menciono estas cosas sólo para mostrar las instrucciones que tuve de aquellos que estaban sobre mi” (Testimonio bajo juramento del Apóstol Matthias F. Cowley, 10 de Mayo de 1911, The Trials of Apostle John W. Taylor and Matthias F. Cowley, pag. 28)

Por supuesto, podemos dudar de la veracidad de las palabras del inglés Charles W. Penrose, pero lo cierto es que, además de ser un Apóstol, fue Consejero de tres Presidentes de la Iglesia, por lo que su fidelidad parece estar fuera de toda duda.

Otra gran diferencia con la actualidad es que la mayoría de esos matrimonios post Manifiesto no fueron realizados en Templos.

“En 1882, el Presidente John Taylor emitió una Epístola, “Sobre el Matrimonio”, autorizando matrimonios fuera de la Casa de Investiduras y Templos. Dos años más tarde admitió en la corte que había autorizado a cientos de hombres a efectuar matrimonios secretos en cualquier lugar que resultase conveniente” (Samuel W. Taylor, Rocky Mountain Empire, pags. 20-21, nota al pie Nº 15)

Históricamente, los miembros aprobaron una versión de Doctrina y Convenios que contenía las Lecturas sobre la Fe que luego fueron quitadas (1921). También aprobaron de buena fe la Declaración Sobre el Matrimonio (1835) aunque en la práctica no se cumplía, y posteriormente fue también quitada (1876).

En 1852 recién se leyó a la congregación la que sería conocida como Sección 132 y se la incluyó en la Doctrina y Convenios sólo a partir de 1876.

En 1930, con el Apóstol James E. Talmage como editor, se publicó un libro más pequeño denominado Latter-day Revelations (Revelaciones de los Ultimos Días) (conocí una versión en español, en poder de mi abuelo) que suprimía la Sección 132 y algunas otras revelaciones para “hacer más accesible la parte estrictamente doctrinal… e incluir las secciones que tienen valor general y duradero”. La nueva versión produjo el enojo de los grupos fundamentalistas que acusaron a la Iglesia de estar modificando las Escrituras, por lo que el Presidente Heber J. Grant discontinuó su publicación para evitar mayores conflictos con esas agrupaciones.

Con todos esos antecedentes ¿No sería posible considerar la eliminación de algunos versículos de la Sección 132 que no tienen aplicación en la actualidad y, consecuentemente, de la Declaración Oficial 1, con las dudas que hay sobre sus orígenes?

Es algo sobre lo que deberíamos meditar…

Polémica y Perdurable Poliginia – Parte V

Doctrina

            Poligamia

Polémica y Perdurable Poliginia

Parte V

“La poligamia está muy bien cuando se la lleva apropiadamente – en una pala…” (Una de las hijas de Jedediah M. Grant, Apostol y Consejero de B. Young, en Van Wagoner, Mormon Polygamy, pag. 94)

Por Mario R. Montani

Revisando el descontento femenino

“Dios sería muy cruel si no nos diese a nosotras, las pobres mujeres, una adecuada compensación por las pruebas que debimos soportar en la poligamia” (Mary Ann Angell Young, esposa de Brigham Young, en Richard S. Van Wagoner, Mormon Polygamy: A History, Salt Lake City: Signature Books, 1989, pag. 100)

Mary Ann Angell Young

Leonard J. Arrington, Historiador de la Iglesia:

“La respuesta de los hombres que fueron introducidos en la poligamia entre 1841 y 1846 era muy poco entusiasta. Lo mismo ocurría con las mujeres a las que se les ofrecía la oportunidad de ser esposas plurales. Además del hecho de que el nuevo sistema colisionaba con los presupuestos morales con los que se habían criado, existían dificultades prácticas que convertían a la poligamia en algo poco atractivo. Para los hombres, sostener esposas adicionales no era fácil. Y para las mujeres estar unidas con esas pautas, sin ser reconocidas legalmente como esposas, era muy poco tranquilizador. No era el tipo de esquema que hacía surgir ovaciones y aplausos” (Leonard J. Arrington y Davis Bitton, Mormon Experience, pag. 197)

Existía otra problemática más sutil, que Arrington, después de analizar infinidad de registros personales, anotó en su diario como una conclusión general:

“Prácticamente todo mormón importante entró en el sistema de matrimonios plurales, pero casi en cada instancia, la primera esposa, aunque inicialmente daba su aprobación para el segundo matrimonio, privadamente se oponía y estaba celosa de la segunda esposa. Aunque intentaba sublimar sus sentimientos, éstos eran reconocidos por sus hijos y magnificados, de modo que les resultaba imposible ver a la segunda esposa y a su familia de modo objetivo, como los hijos de un hermano o hermana podrían ver a sus tíos y primos. Se desarrollaban sentimientos contradictorios entre la primera familia y la segunda y otras subsecuentes. En privado, no públicamente, se hacían comentarios sarcásticos sobre las ‘tias’. Las esposas arrancaban páginas de los diarios de sus esposos en las que aparecían referencias a las otras familias. Destruían cartas que iban o venían de otras esposas y familias. Tenían lugar amargas quejas que se trasladaron a los hijos, nietos y bisnietos” (Leonard Arrington, Diary, 29 de Junio 1975)

La situación, aunque suavizada, aparece en los discursos oficiales:

“Existen muchas disputas en los hogares, y contención por poder y autoridad; en muchas ocasiones la segunda esposa en contra de la primera…” (Heber C. Kimball, Journal of Discourses Vol. 4, pag. 178)

Los relatos familiares son bastante más explícitos:

“Cuando James Hunter tomó su segunda esposa, la primera, que los había acompañado hasta la Casa de Investiduras para la ceremonia, no pudo dormir y caminó por el cuarto toda la noche pensando en su esposo yaciendo en los brazos de su nueva novia… Una persona que creció en un hogar polígamo mencionó la siguiente historia: ‘Hay al menos una tragedia en la poligamia que puedo recordar. Un hombre llegó a casa con su segunda esposa. Era pleno invierno y la primera esposa estaba muy enfadada. Esa noche se subió al techo y se dejó congelar hasta morir…” (Kimball Young,  Isn’t One Wife Enough?, pags. 147-148)

De los Temores

El miedo pasó a formar parte integral de la cohesión necesaria para que el sistema continuase funcionando. Tenía dos vertientes principales: la preocupación por las consecuencias teológicas y eternas de la desobediencia y el temor a los efectos temporales inmediatos.

Citemos un ejemplo del primer tipo:

“Dios nos ha dicho que los Santos de los Últimos Días podremos ser condenados si no entramos en ese principio; y sin embargo he oído de vez en cuando… a un hermano o hermana decir, “yo soy miembro de la Iglesia, pero no creo en la poligamia”. ¡Oh, que expresión tan absurda! ¡Qué idea más absurda! Una persona podría decir así: “Soy un seguidor del Señor Jesucristo, pero yo no creo en él”. Uno de ellos es tan inconsistente como el otro… Si la doctrina de la poligamia, según lo revelado a los Santos de los Últimos Días, no es verdad, no me importan un higo todas las otras revelaciones que se recibieron por medio de José Smith el Profeta; Yo renuncio a la totalidad de ellas, porque es absolutamente imposible, creer… una parte de ellas como divinas – de Dios – y una parte de ellas del diablo; … El Señor ha dicho que los que rechazan este principio rechazan su salvación, y serán condenados, dice el Señor; …

Ahora quiero profetizar un poco… Quiero profetizar que todos los hombres que se opongan a la revelación que Dios ha dado en relación con la poligamia se encontrarán en la oscuridad; el Espíritu de Dios se retirará de ellos en el mismo momento en que se opongan a ese principio, hasta que finalmente vayan al infierno y sean condenados, si no se arrepienten... si no se convierten de lo más oscuro de la medianoche no hay verdad en el mormonismo”. (Orson Pratt, Journal of Discourses Vol 17, pags. 224-225)

No es de extrañar que los varones fieles (quienes no tenían dudas de que la voz de sus líderes los conduciría siempre para bien) que habían sido reticentes reconsideraran su situación y que sus esposas, pensando que la propia salvación y la de su familia estaba en juego, les ayudaran a encontrar nuevas compañeras.

Phebe Woodruff

Para la otra variante, citaremos a comparecer a Phebe Woodruff, la primera de las siete esposas de Wilford Woodruff, cuarto Presidente de la Iglesia. En 1882 durante la campaña del gobierno central de los EEUU por eliminar esa “reliquia del pasado”, como denominaban a la poligamia, las mujeres mormonas se organizaron oficialmente para defender el principio. En una masiva reunión de esas mujeres, Phebe declaró:

“Si hay algo de lo que estoy orgullosa en este mundo es de haber aceptado el principio del matrimonio plural, y de haber permanecido entre este pueblo llamado mormón, y ser contada hoy entre ellos”.

Algunos días más tarde, una íntima amiga, que conocía los verdaderos sentimientos de Phebe, la confrontó:

“¿Cómo es, hermana Woodruff, que ha cambiado tan rápidamente su visión sobre la poligamia? Pensé que odiaba y aborrecía tal institución”

La respuesta:

“No he cambiado. Aborrezco esa suciedad con todas las fuerzas de mi naturaleza, pero hermana, he sufrido todo lo que una mujer puede soportar. Me siento vieja y desvalida, y prefiero ponerme de pie y decir cualquier cosa que se me mande antes que ser echada de mi hogar en la ancianidad, lo cual seguramente ocurriría si me rehusara a obedecer el consejo dado”  (Van Wagoner, Mormon Polygamy, pag. 101)

De los Consentimientos

Entre las muchas cosas que escuchamos decir sobre la poligamia es que la primera esposa, la que era legal, debía dar su consentimiento para las otras uniones. Un análisis detallado de Doctrina y Convenios 132 muestra que no era tan así:

“Y le mando a mi sierva Emma Smith que permanezca y se una a mi siervo José, y a nadie más. Pero si no quiere someterse a este mandamiento será destruida, dice el Señor; porque yo soy el Señor tu Dios, y la destruiré si no permanece en mi ley. Pero si ella se niega a obedecer este mandamiento, entonces mi siervo José hará todas las cosas por ella, así como él ha dicho; y a él lo bendeciré y lo multiplicaré y le daré cien veces más en este mundo, de padres y madres, hermanos y hermanas, casas y terrenos, esposas e hijos, y coronas de vidas eternas en los mundos eterno”. (DyC 132:54-55)

Los versículos finales de la Sección son bastante más explícitos:

Y además, de cierto, de cierto te digo, si un hombre que tiene las llaves de este poder tiene una esposa, y le enseña la ley de mi sacerdocio en cuanto a estas cosas, entonces ella ha de creer y ministrarle, o será destruida, dice el Señor tu Dios; pues la destruiré; porque magnificaré mi nombre en todos los que reciban y permanezcan en mi ley. Por tanto, me será lícito, si ella no acepta esta ley, que él reciba cuantas cosas yo, el Señor su Dios, le dé, porque ella no creyó ni le ministró conforme a mi palabra; y entonces ella llega a ser la transgresora; y él queda exento de la ley de Sara, la cual ministró a Abraham según la ley, cuando le mandé a él que tomara a Agar por esposa”. (DyC 132:64-65)

¿Cómo se aplicaban prácticamente estas decisiones? El Apóstol Orson Pratt nos lo explica:

“Cuando el hombre que tiene una esposa le enseña la ley de Dios, y ella se rehúsa a dar su consentimiento para que se case con otra de acuerdo a esa ley, entonces, es necesario que ella declare ante el Presidente las razones por las que retiene su consentimiento; si sus motivos son suficientes y justificables y el esposo es hallado en falta, o en transgresión, entonces no se le permitirá a él dar ningún paso para obtener otra. Pero si la esposa no puede mostrar ninguna buena razón por la que se niega a cumplir con la ley dada a Sara en la antigüedad, entonces es legal para el esposo, si se lo permite una revelación del profeta, casarse con otras sin su consentimiento, estando él justificado, mientras que ella será condenada, pues no se las concedió, como Sara dio a Agar a Abraham y Lea dio a Bila y Zilpa a su esposo, Jacob”. (Orson Pratt, The Seer, Vol.1, Nº 3, pag. 41)

Es interesante releer las minutas de las interminables audiencias que llevó a cabo la comisión senatorial que evaluaba la elegibilidad de Reed Smoot para jurar como Senador de los EEUU, entre 1904 y 1908, perteneciendo el propio Smoot, como Apóstol, a una institución que no parecía querer regirse por las leyes de la nación. En esas audiencias, debieron testificar bajo juramento muchas autoridades de la Iglesia, incluyendo al Presidente Joseph F. Smith:

Senador Pettus: ¿Han existido matrimonios plurales en el pasado sin el consentimiento de la primera esposa?

Sr. Smith: No conozco ninguno, salvo que hayan sido los del propio Joseph Smith.

Senador Pettus: ¿El lenguaje que Ud ha leído está construido como para significar que ella está comprometida a dar su consentimiento?

Sr. Smith: La condición es que si ella no consiente el Señor la destruirá, pero desconozco cómo hará El eso.

Senador Bailey: ¿No es cierto que en el versículo que sigue, si ella rehúsa su consentimiento el esposo está exento de la ley que requiere su consentimiento?

Sr. Smith: Sí; él está exento de la ley que requiere su consentimiento.

Senador Bailey: A ella se le manda consentir, pero si no lo hace ¿entonces él está exceptuado de ese requerimiento?

Sr. Smith: Entonces él se halla en libertad de proceder sin su consentimiento, bajo la ley.

Senador Beveridge: En otras palabras, su consentimiento no sirve de nada.

Sr. Smith: No sirve de nada salvo que consienta”.

(Reed Smoot Case, Vol. 1, pag. 201, tomado de “Proceedings before the Committee on Privileges and Elections of the United States Senate in the Matter of the Protests Against the Right of Hon. Reed Smoot, a Senator from the State of Utah, to Hold His Seat,”)

 Lo anterior no es una suposición de cómo funcionaban los consentimientos de las primeras esposas. Es una declaración formal, bajo juramento, del Presidente de la Iglesia de cómo era el sistema y de la absoluta nulidad de la opinión femenina al respecto.

Precariedad Material

Desde el meridiano de los tiempos nos llegan las advertencias de Pablo:

“Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo”. (1 Timoteo 5:8)

Hemos escuchado reiteradamente en la actualidad los modos de proteger a nuestras familias, darles la alimentación y vestimenta necesaria así como las mejores oportunidades de estudio, según el consejo de las Autoridades. Por ejemplo:

“Todos nosotros tenemos la responsabilidad de proveer para nosotros mismos y para nuestra familia tanto en el aspecto temporal como en el espiritual. A fin de proveer de manera providente, debemos poner en práctica los principios de un vivir providente: el vivir alegremente dentro de nuestras posibilidades, estar contentos con lo que tenemos, evitar la deuda excesiva, ahorrar con diligencia y prepararnos para emergencias imprevistas. Si vivimos de manera providente, podemos proveer para nosotros mismos y para nuestra familia, y también seguir el ejemplo del Salvador de servir y bendecir a los demás” (Conferencia General Abril 2009, Robert D. Hales, “Seamos proveedores providentes temporal y espiritualmente”)

Si bien algunos practicantes de la poligamia tenían un buen pasar económico (Brigham Young o Heber C. Kimball, por ejemplo), eso no era lo que ocurría en la mayoría de las situaciones, en las que los recursos debían compartirse entre varios núcleos familiares pero con un único proveedor de ellos. Muchas familias mormonas vivieron en la pobreza y al borde de la hambruna.

Particularmente, las esposas e hijos de Orson Pratt, uno de los mayores defensores de la poligamia. Según su primera esposa, quien se separó de él:

Sarah Pratt

“No deseo acusar equivocadamente a mi esposo, aunque hemos estado definitivamente separados por diez años. Yo creo que, cuando él decidió entrar en la práctica de la poligamia, no lo hizo desde ninguna violenta pasión individual, sino de puro fanatismo. Me dijo que creía su deber tomar otras esposas aparte de mí, y primeramente me aseguró que eso no provocaría diferencia en su afecto hacia mí, el cual continuaría puro y leal como siempre había sido. Pero piensen en el horror de tal anuncio. Tomó esposa tras esposa hasta que llegaron a cinco, y, por mucho tiempo se mantuvieron separadas y yo estuve alejada de cualquier contacto con ellas. Con el paso del tiempo me contó que intentaba poner a esas cinco mujeres en una posición de exacta igualdad conmigo; que él podría pasar una semana con una, otra semana con otra y así sucesivamente, ¡y que yo tendría la sexta semana!

Entonces mi paciencia me abandonó. Le dije directamente que no lo soportaría: “Si vas a tomarte cinco semanas con tus otras mujeres, tómate también la sexta con ellas”. Orson me respondió, ‘Si no escoges vivir conmigo, no creo que tenga obligación alguna de mantenerte. Tienes mi permiso de irte directamente al infierno. Acéptalo o muérete de hambre’” (Sarah Pratt, New York Herald, 18 Mayo 1877)

Si bien Sarah puede lucir como una mujer despechada y vengativa, lo cierto es que diez años antes, Orson (de 57 años) había tomado a su décima esposa, Margaret Graham, de sólo dieciséis y menor que algunas de sus propias hijas.

Es interesante observar que, en 1992, el Comité de las Naciones Unidas por la Eliminación de la Discriminación contra las Mujeres, presentó la siguiente recomendación a las naciones miembros:

“El matrimonio polígamo contraviene el derecho de la mujer a tener igualdad con el hombre, y puede tener tan serias consecuencias emocionales y financieras para ella y quienes dependen de ella que tales matrimonios deben ser desalentados y prohibidos. El Comité observa con preocupación que los partidos de algunos Estados, cuyas constituciones garantizan la igualdad de derechos, permiten los matrimonios polígamos según leyes personales o de costumbre. Esto viola los derechos constitucionales de las mujeres e incumple lo previsto en el artículo 5 (a) de la Convención”

Romanticismo en la pareja

Hemos sido advertidos también en las Conferencias Generales y en nuestras clases dominicales sobre la importancia de nutrir nuestros matrimonios, de dedicar tiempo especial a nuestros esposos y esposas, de mantener vivo el romance, de tener salidas semanales, etc, etc. ¿Cómo funcionaría eso en los matrimonios polígamos?

Zina D. Young

Preguntémosle a Zina Diantha Huntington Jacobs Smith Young, tercera Presidenta de la Sociedad de Socorro, esposa simultánea de Henry Jacobs y Joseph Smith y sucesiva de éste último y Brigham Young:

“Es el deber de la primera esposa no contemplar a su esposo con devoción egoísta… ella debe contemplar a su esposo con indiferencia, y con ningún otro sentimiento que la reverencia, pues al amor lo vemos como un sentimentalismo falso, una emoción que no debería existir en la poligamia … creemos en la antigua y buena costumbre por la cual los matrimonios deberían ser arreglados por los padres de los jóvenes” (Zina Huntington, New York World, 17 de Noviembre 1869, citado en The Lion of the Lord, pag. 229-230)

O a Vilate Kimball, la primera esposa de Heber C. Kimball:

Vilate Kimball

“Ella (la esposa plural) debía alejar todo interés o pensamiento sobre lo que su esposo hacía mientras se encontraba alejado de ella… y estar encantada de verlo cuando llegaba como lo estaría de ver a cualquier amigo” (Vilate Kimball, en “Theatrical and Social Affairs in Utah”, S.A. Cooks, pags. 5-6)

O Emmeline B. Wells, quinta Presidenta de la Sociedad de Socorro y séptima esposa de Daniel H. Wells:

Emmeline B. Wells

“Oh, si mi esposo pudiera aunque sea amarme un poco y no parecer tan absolutamente indiferente a cualquier sensación de ese tipo… Oh, cuándo podrá mi doliente corazón descansar de su peso sólo en el Señor” (Diario Personal, 30 de Septiembre 1874)

Lucy Walker, sellada sólo por “el tiempo” a Heber C. Kimball, luego de la muerte de Joseph Smith:

“No hubo ninguna clase de amor en la unión entre Kimball y yo, y es un asunto privado si hubo algún tipo de cortejo o no… Estábamos tratando de establecer el principio del matrimonio plural, un principio verdadero, grande y glorioso” (Todd M. Compton, In Sacred Loneliness, pags. 108, 466-467)

El amor romántico tampoco era estimulado por los líderes del momento:

“Hermanas, ¿quieren ser felices? Entonces ¿cuál es vuestro deber?  Para ustedes consiste en criar hijos… ¿se atormentan pensando que sus esposos no las aman? No me importaría si aman una partícula de ustedes o no; pero sí gritaría, como en la antigüedad, con gozo en mi corazón, ‘¡Tengo un hombre del Señor! ¡Aleluya! Soy una madre…” (Brigham Young, Journal of Discourses Vol. 9, pag. 37)

Un comentario que algunas hermanas de la actualidad podrían aceptar pero la mayoría leería con el ceño fruncido.

Durante el período de vigencia de la poliginia, los hombres tampoco eran estimulados a centrar sus intereses románticos en personas individuales sino más bien en la idea de grupo y en que, si una se alejaba, siempre habría otra en el stock de reposición…

“Suponiendo que yo tenga una esposa o una docena de ellas… Suponiendo que las pierdo a todas antes de ir al mundo espiritual, pero que he sido un buen hombre y fiel todos los días de mi vida, viviendo mi religión, y teniendo el favor de Dios, y he sido amable con ellas… ¿piensan que allí estaré destituido? No, el Señor dice que hay más mujeres allá de las que hay aquí… En el mundo espiritual hay un incremento de hombres y mujeres, hay millones de ellos, ahora si he sido siempre fiel, y continúo al lado del hermano Brigham, iremos juntos a ver al hermano Joseph y le diremos, ‘Aquí estamos, hermano Joseph’… y él nos dirá ‘¿Dónde están sus esposas?’. ‘Quedaron allá atrás; no quisieron seguirnos’. ‘No importa’, dirá Joseph ‘aquí hay miles, tomen todas las que quieran’. Quizás algunos no crean en eso, pero yo soy lo suficiente simple como para creerlo… Estoy a la espera del día, y está a la mano, cuando tendremos momentos celestiales, y serán románticos, con todo tipo de altas y bajas, que es a lo que yo denomino romántico, pues nos tendrá ocupados todo el tiempo” (Heber C. Kimball, Journal of Discourses Vol. 4, pag. 209)

Esa es una Autoridad General del pasado hablando en una Conferencia. Yo comprendo que está haciendo una especulación y no una declaración formal de la doctrina de la Iglesia. Sin embargo, sirve para vislumbrar cuál era la mentalidad del momento…

Pongamos esas situaciones en diálogo con las políticas actuales de la Iglesia. Tomemos un promedio de 20 esposas polígamas (para no llegar a las 45 o 55 de algunos líderes) ¿Cómo sería tener una salida semanal de esposos con cada una de ellas? ¿Cómo se organizarían 20 Noches de Hogar familiares semanales en las que el poseedor del Sacerdocio estuviese presente? ¿Y las entrevistas personales a 40 o 50 hijos? ¿Cuándo quedaría tiempo para trabajar y proveer para esa multitud? Estoy convencido de que la Iglesia, tal como la entendemos hoy, no podría funcionar en un entorno poligínico.

Despidámonos, por ahora, entonando una estrofa del himno publicado en el Deseret News del 26 de Noviembre de 1856, pag. 6, que me he permitido traducir libremente, aunque agrego debajo el original:

Hermanas, oíd lo que os digo. Este mundo es realmente monstruoso

No se puede evitar ¡Ayudad a encontrar otra mujer a vuestro esposo!

Este consejo libremente os doy, si exaltadas deseáis ser

Recordad que vuestro esposo otras más debe tener.

 

Coro:

Entonces, cantemos todos: ‘Dios bendiga a la esposa serena

Que ayuda a su esposo a obtener quizás una docena’

 

 “Now, sisters, list to what I say; with trials this world is rife.

 You can’t expect to miss them all; help husband get a wife!

Now this advice I freely give, if exalted you will be,

 Remember that your husband must, be blessed with more than thee.

 Chorus:

 Then, oh, let us say, God bless the wife that strives,

 And aids her husband all she can to obtain a dozen wives.”

 

CONTINUARA EN LA PARTE VI///////

Polémica y Perdurable Poliginia – Parte IV

Doctrina

            Poligamia

Polémica y Perdurable Poliginia

Parte IV

Según se cuenta, cuando el Gobernador del Estado de Arizona visitó las poblaciones mormonas de Utah, y pudo constatar lo inhóspito del territorio y las inclemencias del clima que debían soportar, declaró enfáticamente: “ si yo viviese aquí, también necesitaría más de una esposa…”

Por Mario R. Montani

Cuatro años atrás publiqué tres posts sobre la poligamia en este mismo blog (Polémica y Perdurable Poliginia Parte I, Parte II y Parte III). Mi visión y sentimientos sobre el particular no han cambiado mucho; sí, tal vez, mi conocimiento de algunos hechos. Sigo considerando que los practicantes del principio lo estimaban como un aspecto fundamental de su religión y, por lo tanto, intento respetarlos y no juzgar sus motivaciones.

Si me permito algunas reflexiones adicionales es porque, inevitablemente, varias instrumentaciones y consecuencias adicionales de la poligamia parecen estar reñidas severamente con principios que la Iglesia enseña en la actualidad, con otros que ya aparecían en el canon vigente en el siglo XIX y con muchas básicas creencias cristianas.

Necesitamos hablar de la poligamia más abiertamente. Entre 1830 y 1945 la Iglesia estuvo presidida por Profetas polígamos. Joseph Smith tuvo 34 esposas (algunos historiadores consideran 4 ó 5 más), Brigham Young, 55; John Taylor, 7; Wilford Woodruff, 5;  Lorenzo Snow, 11; Joseph F. Smith, 6; Heber J. Grant, 3. ¿1945? En 1945 estaba finalizando la Segunda Guerra Mundial. Históricamente está a la vuelta de la esquina. Yo nací en la generación  de posguerra. Los soldados mormones que pelearon en Europa y en el Pacífico tenían un Presidente polígamo. Los misioneros y los conversos que comenzaban a multiplicarse en todo el mundo, también ¿Por qué no lo sabíamos? ¿Por qué continuamos sin hablar de ello? Que en sus últimos años el Presidente Grant pasara a ser monógamo nuevamente por la muerte de sus otras esposas es sólo un accidente cronológico, no una declaración de creencias. George A. Smith nació en un hogar polígamo. David O. McKay fue la rara excepción, aunque su esposa, Emma Rae Riggs, provenía de una familia que había practicado “el matrimonio espiritual”. Joseph Fielding Smith tenía padres y abuelos cumplidores de “la ley de Abraham”. El Presidente Kimball era nieto de Heber C. Kimball, quien tuvo 43 esposas y 65 hijos. Si rastreamos los antecedentes familiares de la mayor parte de los líderes modernos de fines del siglo XX y comienzos del XXI descubriremos que, por una u otra línea, tienen un pasado poligínico. Sin embargo, seguimos sin hablar de ello.

Por supuesto, hay dos posibles lecturas de estos hechos. Una es que la práctica parece haber producido una gran cantidad de líderes espirituales. Si es así ¿por qué no aparecen las esposas múltiples mencionadas en las cronologías oficiales de la Iglesia sobre los Profetas? ¿No sería una prueba viviente de que estuvo perfectamente bien que se llevaran a cabo esas uniones? Es cierto, habría que reconocer también que, en casi todos esos grupos familiares, hubo ovejas negras que no cumplieron con los preceptos, lucharon contra la Iglesia e incluso organizaron nuevos grupos religiosos.

La otra lectura, un poco más escéptica, es que la poligamia estaba garantizada para los líderes prominentes, sus familiares y allegados. No era una cuestión de dignidad sino de oficio. Aunque en la actualidad nos cuesta separar ambos conceptos, la realidad histórica parece mostrar que los círculos de poder se han prolongado a lo largo del tiempo y que la poligamia fue sólo una de sus manifestaciones.

Podemos optar qué es lo que nosotros creemos a nivel personal, pero, si somos absolutamente sinceros con el material a examinar, no podremos descartar que, a veces, ambas lecturas no se excluyen mutuamente sino que se solapan.

Daré prioridad en estos anexos a la opinión femenina, que se ha dibujado con el paso de los años como de absoluta aceptación y obediencia cuando de los registros no es tan fácil llegar a esa conclusión.

Para un resumen del actual estado de la situación, permítaseme acudir al artículo que Joanna Brooks, profesora mormona de Inglés y Literatura Comparada en la Universidad Estatal de San Diego, publicó en el Washington Post el 5 de Agosto de 2011 bajo el título Five Myths about Mormonism (Cinco Mitos sobre el Mormonismo):

Joanna Brooks

“Los mormones de la corriente principal no practican hoy la poligamia, pero permanece como parte de nuestra historia y teología. Joseph Smith, el fundador de la religión mormona, desposó al menos a 33 mujeres (a menudo sin el consentimiento de su primera esposa, Emma) y predicó que la poligamia estaba sancionada divinamente. En 1890, más de cuatro décadas después de la muerte de Smith, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días – la principal iglesia mormona – cedió a presiones políticas y discontinuó la práctica. Hoy, los miembros que se casan con más de una esposa son excomulgados, pero otros grupos escindidos ultra ortodoxos continúan con la costumbre. La poligamia se mantiene como una fuente de tensión entre los mormones de la corriente principal. Las figuras públicas mormonas habitualmente minimizan nuestra historia polígama, señalando que sólo un pequeño porcentaje de las familias mormonas del siglo XIX fueron polígamas (Los historiadores señalan que entre el 20 y el 30%). Pero la Iglesia SUD, que enseña que los matrimonios – o “sellamientos” – efectuados en sus templos son eternos, jamás ha repudiado elementos de la teología mormona que sugieren que la poligamia será practicada en los cielos. La política de la Iglesia permite que los viudos y algunos hombres divorciados sean sellados por toda la eternidad a más de una esposa, mientras que las mujeres mormonas no pueden ser selladas a más de un esposo. Por lo tanto, algunos miembros de la principal Iglesia SUD anticipan que la poligamia será parte de la eternidad, mientras que otros la rechazan absolutamente”.

De la díada sagrado – secreto

Cuando los santos en las postrimerías del siglo XIX debieron enfrentar multas, condenas y encarcelamientos por su mantenimiento del principio de la poligamia, muchos de ellos pasaron al “underground”, una etapa de evasión de la justicia, ocultamiento y secretismo. (Me he referido con amplitud a ese período en El Mormonismo Underground). De modo que, aunque en la actualidad se nos enseña que la reserva que mantenemos sobre ciertas ordenanzas y principios tienen que ver con su carácter sagrado, no con que sean secretas, por aquel entonces ambas cosas estaban totalmente fusionadas.

Varios investigadores actuales han llegado a la conclusión de que el mormonismo, como grupo social, no ha logrado aún salir del “underground”, aunque la Iglesia lo haya hecho institucionalmente con el Manifiesto y sus posteriores adaptaciones. Ven como indicio de ello la dificultad, vergüenza e incomodidad que un número considerable de miembros siente al acercarse al tema.

Un asunto adicional, pero no menos importante, surge cuando analizamos el grado de veracidad que el mantenimiento de lo secreto permite. ¿Está bien faltar a la verdad por la causa? ¿No se cuenta como un error cuando “mentimos para el Señor”?

El Artículo sobre el Matrimonio formó parte del Libro de los Mandamientos de 1835 como Sección 101, se publicó en el Times and Seasons en Agosto de 1842, y volvió a aparecer en la Doctrina y Convenios de 1844 como Sección 109. Mencionaba:

“Declaramos que creemos que cada hombre debe tener una esposa; y cada mujer, un esposo. No conocemos otra regla o sistema de matrimonio…”

Para 1844 hacía ya 13 años que la poliginia y algunas formas de poliandria se practicaban primeramente en Kirtland y posteriormente, en Nauvoo. ¿Cómo ponemos en contacto ese hecho con el “creemos ser honrados, verídicos…” de nuestros Artículos de Fe?

La dualidad queda también evidente en el Millenial Star, órgano oficial de la Iglesia:

“Los Santos de los Ultimos Días, desde los comienzos de la Iglesia en 1830, hasta el año 1843, no tuvieron autoridad para casarse con más de una esposa. Haber actuado de otro modo habría sido una gran transgresión” (Millenial Star, Vol. 19, pag. 475)

Entre esas fechas, Joseph Smith había desposado ya a 12 mujeres. Otros también lo habían hecho.

No había modo de ocultar y negar sin faltar a la verdad. Pero ciertos mecanismos se crearon para establecer que, si era por el bien de la causa, si era para proteger el Reino de Dios sobre la Tierra, no estaba tan mal, después de todo.

Eso quedó muy claro en un artículo de 1886 del Deseret News donde aparecían las palabras clave y los mecanismos para ser usadas. Si en una corte, alguno de los santos era acusado de practicar “poligamia”  podía negarlo confiadamente pues, en su mente, “poligamia” era una doctrina de los hombres influenciada por Satanás. Lo que ellos practicaban era “matrimonio celestial” o “pluralidad de esposas”, un mandamiento de Dios. Si alguien se acercaba demasiado a esos términos aceptables en las preguntas, podían cambiarlos por otros en su mente, tales como “matrimonio eterno”, “el divino orden del matrimonio”, “el sagrado orden del matrimonio”, “vivir de acuerdo a nuestros privilegios”, “nuevo y sempiterno convenio”, “orden de Abraham”, o “diferente visión de las cosas”. La lista podía hacerse interminable y justificaba la obediencia a una ley superior de la cual no tenían por qué rendir cuentas a un tribunal de gentiles (B. Carmon Hardy, Solemn Covenant: The Mormon Polygamous Passage, University of Illinois Press, 1992, pag. 365).

De este modo, la fidelidad al Profeta aparecía varios peldaños por encima de la honestidad. Por tanto, el falso testimonio, que hoy sería considerado una falta grave para cualquier miembro de la Iglesia, se tornaba aceptable.

El secreto no sólo funcionaba hacia fuera. También reinaba en el interior del grupo. En el período 1831-1847 los miembros en general desconocían lo que ocurría. Aún muchos de los participantes en el nuevo orden ignoraban quiénes eran los otros. Si bien en teoría la primera esposa (la única legal) debía dar su autorización para las otras uniones, en la práctica no era así. El caso de Emma Smith es paradigmático. Eliza Snow, quien era su secretaria en la Sociedad de Socorro, y Sarah Cleveland (casada legalmente con John Cleveland), su Consejera en la misma organización, estaban secretamente unidas a Joseph sin que ella lo supiera.

Como lo expresan Linda King Newell y Valeen Tippetts Avery en Mormon Enigma: Emma Hale Smith, pag. 119:

“Vivir como la esposa secreta del esposo de una amiga requiere de evasión, subterfugio y engaño”

 

La necesidad de secreto y subsiguiente engaño queda patente también en Life of Heber C. Kimball, por Orson F. Whitney, pags. 335-336:

“mi padre fue introducido en la doctrina de las esposas plurales, y por tres veces le dijo Joseph, el Profeta, que fuese y tomase como esposa a cierta mujer; pero no lo hizo hasta que se lo mandó en el nombre del Señor. Al mismo tiempo, Joseph le pidió que no divulgase el secreto, ni siquiera a mi madre, por temor de que ella no lo recibiese… Esta fue una de las mayores pruebas de su fe que tuvo que experimentar. La idea de engañar a la tierna y fiel esposa de su juventud… era más de lo que podía soportar… su pena y miseria se veían aumentadas por la idea de que mi madre se enterase por alguna otra fuente, lo que sin duda produciría su separación, y él se sobrecogía por tal pensamiento, o por darle cualquier forma de infelicidad”.

Además, la actual sección 132 de Doctrina y Convenios, recibida en la década de 1830, registrada en 1843 y dada a conocer públicamente en 1852, establece las condiciones en que se pueden tomar nuevas esposas.

“Y además, tocante a la ley del sacerdocio: Si un hombre se casa con una virgen y desea desposarse con otra, y la primera consiente, y él se casa con la segunda, y son vírgenes, y no han dado su palabra a ningún otro, entonces queda justificado; no puede cometer adulterio, porque le son dadas a él; pues no puede cometer adulterio con lo que le pertenece a él y a nadie más” 

De 1831 a 1852 no siempre se cumplieron con las condiciones establecidas por el Señor en esa revelación. La primera esposa no tuvo la oportunidad de consentir, pues no fue informada, y las segundas esposas no siempre fueron vírgenes pues estaban legalmente casadas a otros esposos y sí habían dado su palabra a otro.

¿Un asunto generacional?

Una comentarista del blog de Joanna Brooks, Ask Mormon Girl, que se identifica como AD, escribió el 22 de Junio de 2012:

“Soy una mormona de toda la vida aunque poco ortodoxa. Me considero bien versada en nuestra doctrina religiosa, y en ciertas clases de BYU escuché que la poligamia sería “la excepción, no la regla” en el Reino Celestial. Simplemente coloqué esa información en el fondo de mi mente pues a) mi estómago no podía soportarlo y b) estaba segurísima de que no se aplicaba a mí. El domingo pasado, la lección de la Sociedad de Socorro era sobre los tres grados de gloria. Por supuesto, enfrentamos el hecho de que si una mujer no se casaba en esta vida, tendría la oportunidad en la próxima. En los últimos cinco minutos la Presidenta de la Sociedad de Socorro levantó su mano para desarrollar el tema de la exaltación y dijo: ‘Bien, aquellas de nosotras que tenemos esposos rectos necesitamos estar preparadas para que en el Reino Celestial él tome otras esposas’. ¿Qué? Tuve un sentimiento de absoluto horror, y un sudor frío recorrió mi cuerpo, seguido de náusea…”

El breve pero contundente relato es sólo uno de muchos similares que se intercambian en las redes mormonas y marca dos actitudes coexistentes entre nuestras hermanas. Una, aparentemente conservadora y de aceptación que avala la posibilidad de la eterna poliginia. Otra, de absoluta incomodidad y molestia, que no quiere escuchar hablar del tema. Mi experiencia de los últimos años parece mostrar que las hermanas de cierta edad adhieren más fácilmente a la primera, mientras que las jóvenes se solidarizan absolutamente con la última posición. No creo que sea una cuestión de mayor o menor obediencia. La doctrina de la Iglesia, hoy, es que “la poligamia no será necesaria para la exaltación”. Considerando lo cercano que están 1945 y la década de los ’50 (cuando aún existían matrimonios polígamos sobrevivientes entre los fieles miembros de la Iglesia y aceptados por ésta) es obvio que los descendientes de esas familias recibieron la influencia de su entorno, especialmente en los EEUU. Las generaciones  jóvenes y los conversos del resto del mundo han estado bastante más libres de esas tendencias.

De la diada persuasión-compulsión

Carol Lynn Pearson

La escritora Carol Lynn Pearson en su muy reciente libro The Ghost of Eternal Polygamy: Haunting the Hearts and Heaven of Mormon Women and Men (Walnut Creek, Calif.: Pivot Point Books, 2016), narra la historia de sus tatarabuelos maternos. Mary Cooper y James Oakey se casaron en Nottingham, Inglaterra, en 1840. Para 1850, ya con varios de los siete hijos que tendrían, los Oakey se convirtieron a la fe mormona.

En 1852, bajo la dirección de Brigham Young, el Apóstol Orson Pratt realizó la primera declaración pública sobre la poligamia. En ella señaló que la pluralidad de esposas era

“parte de nuestra religión y necesaria para nuestra exaltación en la plenitud de la gloria del Señor en el mundo eterno… para levantar seres… que están destinados, en sus propios tiempos, a convertirse no sólo en hijos de Dios, sino en Dioses ellos mismos…

Estimo que solamente una quinta parte de la población del globo cree en el sistema de una sola esposa; los otro cuatro quintos creen en la doctrina de la pluralidad de esposas. Les ha venido transmitido desde tiempos inmemoriales, y sus mentes no son tan estrechas y cerradas como las de las naciones de Europa y América, las que han desechado las promesas y se han privado de las bendiciones de Abraham, Isaac y Jacob.

Los grandes y nobles serán enviados a aquellos que son más rectos que toda otra persona sobre la tierra, para que allí sean entrenados apropiadamente… Esa es la razón por la cual el Señor los está enviando aquí, hermanos y hermanas. El Señor no los ha estado guardando por los últimos cinco o seis mil años, y en espera de sus cuerpos todo ese tiempo para enviarlos a las naciones caídas que moran sobre la faz de la tierra… ellos vendrán a los Santos del Dios viviente… y tendrán el privilegio de nacer de tan nobles padres. Ahora, preguntémonos ¿qué será de aquellos individuos a quienes se ha enseñado esta ley con claridad, si la rechazan? Os lo diré: serán maldecidos, dice el Señor Dios Todopoderoso” (Journal of Discourses 1:58, 29 de Agosto 1852)

Las novedades llegaron a Inglaterra algunos meses más tarde, en la conferencia de Norfolk. Desconocemos los sentimientos de James y Mary al respecto, pero sí hay testimonios de otros asistentes:

“Oh, Hermano, jamás olvidaré mis sentimientos! Tuvo sobre mí un extraordinario efecto, pues aunque por un año había sabido que tal principio existía en la iglesia, cuando escuché su lectura, y algunas cosas en ella que no conocía, te confieso que me torné escéptica y mi corazón se preguntó con lágrimas de agonía, ‘¿Viene esto de Dios?’” (Rebecca Bartholomew, Audacious Women: Early British Mormon Immigrants (Salt Lake City: Signature Books, 1995), pag. 126)

Mary y sus hijos llegaron a Salt Lake City en 1862. James se les unió un año después y todos juntos partieron a colonizar el pequeño poblado de Paris, cerca del plácido Bear Lake, en el sur de Idaho.

Por los 10 próximos años, James recibió varias insinuaciones, invitaciones y presiones para practicar la poligamia, pero siempre se negó. Sabía que su esposa no lo aceptaría…

Hasta que en 1873 James apareció en su hogar con una nueva compañera. Esa misma noche Mary, su esposa por 33 años, y los tres hijos que aún vivían con ellos (Alfred, de 24; Sarah, de 19 y Hyrum, de 14) lo abandonaron y jamás volvieron a vivir con él. Se mudaron a Dingle, pidiendo a James que no los siguiera.

Los descendientes de Mary y James nunca entendieron exactamente cómo esto había ocurrido, o cómo no pudo evitarse, hasta que oyendo un programa radial, Carol Lynn Pearson descubrió que Brigham Young había estado en Paris en 1873 y había dado un discurso allí. Investigando, halló el texto completo en el Journal of Discourses:

“El Evangelio de vida y salvación que hemos abrazado en nuestra fe, y que hemos profesado llevar a cabo en nuestras vidas, incorpora toda verdad… Me encuentro aquí para dar a esta gente, llamados Santos de los Ultimos Días, consejo sobre cómo conducirse por el camino de la vida… y jamás he dado un consejo equivocado… Joseph recibió una revelación sobre el matrimonio celestial… una grandiosa y noble doctrina… Ahora bien, cuando un hombre en esta Iglesia dice ‘No deseo más que una esposa, viviré mi religión sólo con una’, tal vez se salve en el reino celestial; pero cuando llegue allí, descubrirá que no tiene esposa en absoluto.

Tuvo un talento que escondió. Se adelantará y dirá, ‘Aquí está lo que me diste, no lo he gastado, he aquí el talento’, pero no lo disfrutará, sino que le será quitado y dado a aquellos que incrementaron los talentos que recibieron, y se encontrará sin ninguna esposa, permaneciendo soltero por siempre jamás. Y si la mujer está determinada a no ingresar a un matrimonio plural, cuando comparezca tendrá el privilegio de vivir en bendita soledad por todas las eternidades”. (Brigham Young, 31 de Agosto de 1873, Journal of Discourses 16:22)

De modo que James y, (agrego yo) seguramente muchos otros hombres y mujeres, actuaron por temor a perder lo que tenían antes que por convicción frente a esta vuelta de tuerca doctrinal con su originalísima interpretación de la parábola de los talentos por alguien que “jamás se había equivocado en dar consejo”.

Wilford Woodruff citó también a Brigham Young con respecto a tan peculiar principio:

“El hombre que no tenga más que una esposa descubrirá que en la Resurrección esa mujer no será suya, sino que le será quitada y dada a otro” (Wilford Woodruff en Richard Abanes, One Nation Under Gods, pag. 579)

Encuentro cierta dificultad, aunque reconozco que el problema puede ser sólo mío, en establecer un paralelo entre esos hechos y las recomendaciones de Doctrina y Convenios Sección 121:

“pero cuando intentamos… ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, se acabó el sacerdocio o autoridad de tal hombre”. (Vers. 37)

“Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sacerdocio, sino por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y amor sincero…” (Vers. 41)

O con las más recientes declaraciones de que “El mayor servicio que podremos prestar a la Iglesia será dentro de los muros de nuestro propio hogar”.

El elemento compulsivo aparece muy claro en otras declaraciones registradas en Conferencias Generales:

“Ahora bien, en cuanto a mi propuesta; está dirigida particularmente a mis hermanas, ya que frecuentemente dicen que no son felices. Los hombres declaran, ‘Mi esposa, aunque es una excelente mujer, no ha visto un día de felicidad desde que tomé una segunda esposa. No, ni un solo día feliz desde hace un año’, dice uno; y otro que no ha tenido un día de felicidad por cinco años. Se dice que las mujeres son amarradas y abusadas: que se las utiliza indebidamente y que no tienen la libertad que deberían tener; que muchas de ellas atraviesan una real inundación de lágrimas, por causa de la conducta de algunos hombres, junto a su propia insensatez.

Desearía que mis propias mujeres comprendan que lo que voy a decir se aplica tanto a ellas como a otras; y quiero que las que se hallan presentes lo digan a sus hermanas, sí, a todas las mujeres de esta comunidad, y también lo escriban a los Estados, y hagan como les parezca con ello. Voy a darles desde este momento hasta el próximo 6 de Octubre, para reflexionar, y poder determinar si desean permanecer con su esposo o no, y entonces dejaré a toda mujer en libertad y les diré ‘No, sigue tu camino’, a mis mujeres y al resto, sigan su camino. Y mis esposas tendrán que hacer una de dos cosas, o agachar sus hombros para soportar las aflicciones de este mundo, viviendo su religión, o podrán irse, porque no las querré cerca de mí. Prefiero ir al cielo solo que tener esas peleas y arañazos a mi alrededor. Las dejaré a todas en libertad. ‘¿Qué? ¿A la primera esposa también?’ Sí, las liberaremos a todas…

Deseo que mis mujeres, y las del hermano Kimball y las del hermano Grant se vayan, al igual que toda mujer en este Territorio, a menos que digan en sus corazones que abrazarán el Evangelio – la totalidad de él… Digan a sus esposas, ‘Toma todo lo que tengo y siéntete en libertad; pero si te quedas conmigo deberás cumplir la ley de Dios, y sin murmuraciones ni gimoteos. Deberás obedecer la ley de Dios en todo aspecto e inclinar tus hombros para caminar hasta la meta sin gruñir’. Ahora entiendan que en dos semanas a partir de mañana las dejaré a todas en libertad. La primera esposa dirá ‘Es muy duro, pues he vivido con mi esposo por veinte años, o treinta, y le he dado una familia con hijos, y es una gran prueba para mí que tenga más mujeres’. Entonces, le digo yo, es tiempo de que lo brindes a otras mujeres para que le den hijos. Si me esposa me hubiese dado todos los hijos de que es capaz, la ley celestial me enseñaría que debo tomar mujeres jóvenes que pudiesen tener hijos…

Hermanas, no estoy bromeando, no arrojo mi propuesta para jugar con sus sentimientos, o para ver quienes abandonarán a su esposo, si todas o algunas. Pero sí se con certeza que no acaba el eterno gimoteo de muchas de las mujeres en este Territorio; estoy satisfecho de que así sea. Y si las mujeres se apartan de los mandamientos de Dios y continúan despreciando el orden de los cielos, oraré para que las maldiciones del Todopoderoso se mantengan cerca de sus talones y que las sigan a lo largo del día…

Prepárense para dentro de dos semanas a partir de mañana; y se los digo ya, que si se demoran con sus esposos, después de que las he dejado en libertad, deberán inclinarse y someterse a la ley celestial. Podrán irse a donde quieran, luego de dos semanas a partir de mañana, pero recuerden, no deseo escuchar más este gimoteo”. (Brigham Young, Conferencia General, Salt Lake City, 1856, puede consultarse en Journal of Discourses, Vol. 4, pag. 55-57 o en el Deseret News, vol. 6, pags. 235-236)

El texto es claro. Fue comprendido por las mujeres de entonces y creo que también lo entienden las mujeres hoy. No correré el riesgo de analizar frases, tonos y formas de un discurso pronunciado hace más de 160 años con la sensibilidad actual pues no tendría sentido. Pero, tomándolo en su contexto histórico ¿cuántas mujeres reales podían tener acceso a la opción magnánima dada por Brigham? ¿Cuántas estarían dispuestas a abandonar a sus hijos? ¿Cuántas a llevarlos consigo y hacerse cargo de su mantenimiento y educación sin un esposo acompañándola? ¿Ser tratadas como divorciadas, o peor, como madres solteras, ya que esa era la opción frente al no reconocimiento legal de sus uniones en el resto de los Estados Unidos? ¿Enfrentar solas las inhóspitas regiones y el durísimo clima? ¿Volver con sus familiares gentiles en el Este que les recordarían, ‘Te lo advertimos’? ¿Con las maldiciones divinas proferidas por un Profeta del Dios Altísimo pisándoles los talones?  No, no era nada fácil… Sorprendentemente, muchas lo hicieron en ese momento, y otras en los años subsiguientes…

CONTINUARA EN LA PARTE V ////////////

 

La Revolución de los Pantalones – Hannah Jung

Doctrina

        Feminismo

De la Vida Mormona

La Revolución de los Pantalones

Hannah Jung

“Las mujeres empleadas por la Iglesia SUD pueden ahora utilizar pantalones en su trabajo” comenzaba el artículo del Deseret News que anunciaba cierto número de cambios en las políticas de empleo de la Iglesia, incluyendo licencia por maternidad de 6 semanas, una semana paga por paternidad, y un espacio para ejercicios físicos en el Edificio de Oficinas de la Iglesia. Aunque todos los cambios son importantes y merecen un serio análisis, este post trata sobre lo que el Deseret News escogió anunciar primero: pantalones.

Mi propio encuentro con el anticuado código de vestimenta de la Iglesia ocurrió en 2013, cuando comencé a trabajar como interna en la Biblioteca de Historia de la Iglesia. Algunas personas me habían advertido que era posible que debiera usar sólo vestidos o polleras, pero yo simplemente no les creí; después de todo, nada en mi contrato mencionaba esa regla. Incluso compré algunos pantalones de vestir como preparación para mi nuevo trabajo. Llegué en mi primer día utilizando un par de esos pantalones. Citaré a continuación de un blog que escribí la noche del día que comencé a trabajar.

“La primera cosa que observé al ingresar a mi inicial (de las cuatro que tuve) orientación laboral ese día fue que ninguna de las mujeres usaba pantalones. Aún el resto de las nuevas contratadas femeninas estaban con vestidos o polleras. Allí fue cuando comencé a darme cuenta de que, realmente, mi lugar de trabajo no permitía a las mujeres usar pantalones… Para que se entienda claramente, no odio a las polleras o los vestidos y no me molesta usarlos para ir a trabajar. Pero la idea de mujeres utilizando pantalones es algo simbólico. Hacia finales del siglo XIX las mujeres lucharon por el derecho a usar pantalones junto a su derecho a votar… A veces me quejo de que mi iglesia se quedó estancada en los años ’60 en lo que respecta a los asuntos femeninos. Pero, en realidad, durante los ’60, tanto las mujeres conservadoras como las feministas usaban pantalones. Quería escribir una carta a los líderes de la Iglesia para decirles cuán humillante era esa regla, y que, como miembro, me sentía avergonzada tanto por la Iglesia como por mí misma. Quería escribirle al Profeta sobre lo descabellada que era esa regla, pero no lograba formar un argumento en mi mente que no sonara totalmente ridículo. “Querida Iglesia ¿Por qué no permiten que las mujeres usen pantalones?” Simplemente no me parecía correcto”.

No podía sobreponerme al hecho de ser forzada a adoptar un particular tipo de exterioridad femenina mientras investigaba precisamente sobre la historia de la mujer.

Quería desesperadamente enfrentar al código de vestimenta de la Iglesia, pero también deseaba conservar mi trabajo. En su libro Bodies That Matter (Cuerpos que Importan), Judith Butler se pregunta ‘¿Qué significaría citar la ley para producir un resultado distinto?’. Ella rechaza la idea de que el albedrío proviene de rechazar las normas regulatorias para enfocarse en la libertad y creatividad de reformularlas de un modo diferente. En otras palabras, discute el potencial subversivo de actuar las normas o reglas de género de forma que sean tanto reconocibles como nuevas. Luce Irigaray también analiza esta actuación intencionada en su concepto de mimesis. Imitar es ocupar intencionalmente una posición femenina. Es cuando una mujer “se somete a ideas particulares sobre sí misma que son elaboradas por una lógica masculina, pero para hacer ‘visible’, por efecto de una repetición lúdica, lo que supuestamente debía permanecer invisible” (Luce Irigaray, This Sex Which Is Not One, Trans. Catherine Porter and Carolyn Burke, (Ithica, New York: Cornell University Press, 1985), pag. 76)

Si una mujer emplea mímesis para resaltar su femineidad en un modo que simultáneamente hace a esta lógica masculina visible, estará encarnando el proceso exacto al que Butler se refiere acerca de apropiarse de las leyes dentro de una estructura y repetirlas de una manera divertida. Necesitaba una forma de protesta que me permitiera simultáneamente continuar con mi empleo y parodiar las reglas.

Llamé a mi talentosa hermana, Katie, que es una artista textil y a quien le encanta trabajar en colaboración. Juntas formulamos el plan de crear una nueva clase de vestido. Continuaría utilizando un vestido para trabajar pero estaría cubierto con la palabra ‘pantalón’. Ella diseñó una impresión, la colocó en la tela y yo la convertí en un vestido.

A pesar de pertenecer a una cultura que desdeña la protesta, el vestido pantalón fue un éxito instantáneo tanto entre mormones como no mormones. Lo menciono no para presumir sino para desentrañar por qué mi vestido fue tan apreciado. ¿Por qué el vestido obtuvo apoyo mientras que el Día de Usar Pantalones para ir a la Iglesia de unos meses antes se convirtió en una especie de pararrayos de las críticas? Tal vez porque yo era una simple interna participando en esta lucha, y mi protesta no mencionaba explícitamente la preocupación por la igualdad de género en la Iglesia SUD, como la otra protesta sí lo hizo ¿Es que la política sobre pantalones es realmente una minucia? ¿O se trata de un ejemplo bastante útil de las ideas de Irigaray o Butler sobre simultáneamente cumplir y exponer una regla? Mi argumento es que mi protesta fue más aceptable pues, en la terminología de Butler, el vestido se allanaba a la ley (la restricción sobre qué tipo de ropa usar), pero al mismo tiempo la impresión sobre pantalones exponía de modo lúdico la equivocada lógica de esa regla.

No tengo idea de quién o por qué el código de vestimenta cambió. Muchos de estos procesos institucionales no son visibles para los que estamos afuera. Hace un año la Iglesia revirtió el código de vestimenta de las hermanas misioneras para acomodarse a la vulnerabilidad de las mujeres frente al virus Zika. Adicionalmente, a las empleadas de la Iglesia que realizan trabajo manual o deben usar escaleras se les pidió que usasen pantalones. Es sencillo ver cuando la Iglesia hace excepciones por razones de modestia o salud pública, pero la causa del nuevo cambio no es tan aparente (exceptuando el hecho de que estamos en 2017 y era ya más que tiempo de hacerlo)

Tal vez mi parte preferida del vestido pantalón fue que, por un breve momento, me otorgó una voz en una iglesia cuyas decisiones me resultan a veces opacas. ¿Por qué la Iglesia continuó con el código de vestimenta hasta ahora y no lo terminó antes? ¿Qué tuvo de especial Junio del 2017? Más importante ¿cómo pueden los individuos expresar desilusión o solicitar cambios en una iglesia que frunce el seño frente a la protesta? No declaro tener las respuestas a esas preguntas. Pero sí sé que me sentí llena de poder cuando descaradamente usé el vestido pantalón en mi último día de trabajo. No pretendo que haya tenido nada que ver con el cambio en la política, pero fue parte de la resistencia. El hecho de que mi próxima compañera de cuarto hubiese escuchado la historia de la pollera aún antes de conocerme significa que debe haber hecho sonreír a algunos a lo largo del camino.

Publicado en Juvenile Instructor el 1 de Julio 2017

Nota: los varones asiduos a ese blog están proponiendo llevar camisas de color a las reuniones con la inscripción “blanca”.

Traducción de Mario R. Montani

 

Nuestra Cambiante Percepción del Sacramento de la Santa Cena

DOCTRINA

Nuestra Cambiante Percepción del Sacramento de la Santa Cena

“En memoria de mi” Walter Ranne

Por Mario R. Montani

En una de mis asignaciones durante la Misión no sólo dedicábamos tiempo a la tarea proselitista, sino que yo era el Presidente de la Rama y mi compañero, el Primer Consejero de la unidad. La congregación estaba compuesta básicamente por hermanas y sus hijos. Los varones se hallaban mayormente ausentes por no ser miembros o no muy activos en la Iglesia. De modo que, por varios años, los misioneros habían asumido buena parte de la tarea eclesiástica y administrativa de la Rama. En una Reunión Sacramental típica los misioneros dirigían y, al llegar la Santa Cena, uno de ellos se arrodillaría para ofrecer la oración sacramental y el otro repartiría el pan. En la segunda oración solían invertirse los roles. Ignoro por cuánto tiempo ese había sido el formato, pero así funcionaba. Algún tiempo después logramos convertir a una familia que tenía un hijo en edad de ser Maestro. Simultáneamente, un niño de la unidad había cumplido sus 12 años y podía ser Diácono. De modo que, después de ordenarlos, al domingo siguiente estaban cumpliendo sus responsabilidades, uno preparando los sacramentos y el otro repartiéndolos. Nos encontrábamos más que contentos con el progreso de nuestra pequeña Rama. Pero, al concluir la reunión, encontré a tres hermanas esperándome en la puerta de la antigua habitación que servía como oficina de la Presidencia. Las tres me dijeron lo mismo: que lo que habíamos hecho estaba mal, que nunca se había visto algo así en la unidad, que los misioneros debían conducir el servicio sagrado, que los jóvenes locales no podían entender de esas cosas, etc, etc.

Fue mi primer contacto con una experiencia que con el tiempo he identificado como “rutinización de lo sagrado” o “cristalización de las liturgias”. Los académicos que estudian este tipo de fenómeno en las ceremonias y ordenanzas religiosas suelen relatar la historia de un Pastor Protestante que inició un nuevo culto, contando con  buen número de seguidores. Estableció su propia forma de adoración y dio cierta estructura a los ritos de los que participaban. Tenía un pequeño perro, al que quería mucho, que lo acompañaba a todas partes. Por lo tanto, solía dejarlo atado, al frente de la congregación, cuando dirigía los servicios. Con el paso del tiempo, el Pastor líder de esa comunidad falleció. Quienes continuaron con su prédica y tradición se aseguraron de que siempre hubiese un perro atado al frente, antes de comenzar los servicios…

Los humanos tenemos una tendencia natural a confundir forma con contenido, letra con espíritu, y sellarlo en un todo único e indivisible.

Se nos enseña que nuestras Reuniones Sacramentales son las más importantes que se llevan a cabo en la Iglesia, y es indudable que el aspecto central de esas reuniones es la propia administración de la Santa Cena, que se realiza siguiendo lo establecido por el mismo Salvador.

Los Evangelios Sinópticos dan todos cuenta del origen de la ordenanza (Mateo 26:22-25; Marcos 14:20-25; Lucas 22:17-20). En su revisión inspirada de la Biblia, el Profeta mantuvo y amplió algunos de los conceptos de esos versículos. Juan, si bien no registró el momento histórico, asegura en sus escritos las siguientes palabras de Cristo:

“El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:54)

En el aposento alto el Señor reunió a sus Apóstoles e introdujo este nuevo convenio que reemplazaría a los sacrificios cruentos y recordaría Su propio sacrificio.

El Nuevo Testamento da pruebas de que los primeros santos se reunían y participaban del pan y el vino sacramental siguiendo las indicaciones del Maestro, aunque ya introducían algunos cambios propios (1 Corintios 11: 20-29)

Las alteraciones en las ordenanzas suelen producirse por falta de comprensión o por modificación de las condiciones originales en que fueron establecidas. Algunos cambios son establecidos por la Iglesia institucional y otros, generalmente regionales, por la membresía. Hemos tenido de todo tipo…

Comencemos por los emblemas. Todas las referencias anteriores hablan de la administración de vino en la Santa Cena. Con la aparición del Libro de Mormón, en 1829, podemos leer que Cristo se dirigió de similar manera a sus discípulos americanos:

“Y sucedió que cuando hubo dicho estas palabras, mandó a sus discípulos que tomaran del vino de la copa y bebieran de él, y que dieran también a los de la multitud para que bebiesen. Y aconteció que así lo hicieron, y bebieron y fueron llenos; y dieron a los de la multitud, y estos bebieron y fueron llenos. Y cuando los discípulos hubieron hecho esto, Jesús les dijo: Benditos sois por esto que habéis hecho; porque esto cumple mis mandamientos, y esto testifica al Padre que estáis dispuestos a hacer lo que os he mandado. Y siempre haréis esto por todos los que se arrepientan y se bauticen en mi nombre; y lo haréis en memoria de mi sangre, que he vertido por vosotros, para que testifiquéis al Padre que siempre os acordáis de mí. Y si os acordáis siempre de mí, tendréis mi Espíritu para que esté con vosotros. Y os doy el mandamiento de que hagáis estas cosas. Y si hacéis siempre estas cosas, benditos sois, porque estáis edificados sobre mi roca. Pero aquellos que de entre vosotros hagan más o menos que esto, no están edificados sobre mi roca, sino sobre un cimiento arenoso; y cuando caiga la lluvia, y vengan los torrentes, y soplen los vientos, y den contra ellos, caerán, y las puertas del infierno están ya abiertas para recibirlos”. (3 Nefi 18: 8-13)

“El Sacramento”, Minerva Taicher

Cuatrocientos años más tarde, Moroni, al registrar las oraciones sacramentales para su posteridad, también menciona al vino como el elemento a bendecir (Moroni 5)

De modo que tanto la Biblia como el Libro de Mormón son contundentes en cuanto a los elementos a utilizar: pan y vino.

Con el proceso de la Restauración y la organización de la Iglesia en 1830, nuevamente el Señor revela el elemento que debería simbolizar su sangre: el vino (DyC 20:79).

Todos nuestros Libros Canónicos nos hablan de un elemento que no utilizamos. ¿Por qué?

Según la introducción de la Sección 27 de Doctrina y Convenios, cuando Joseph se dirigía a comprar el vino para un servicio religioso, en 1830, recibió la siguiente declaración de un mensajero:

Porque he aquí, te digo que no importa lo que comáis o bebáis al tomar el sacramento, si es que lo hacéis con la mira puesta únicamente en mi gloria, recordando ante el Padre mi cuerpo que fue sacrificado por vosotros, y mi sangre que se derramó para la remisión de vuestros pecados. Por tanto, os doy el mandamiento de no comprar vino, ni bebidas alcohólicas a vuestros enemigos; de modo que, no beberéis de ninguno, a menos que sea recién hecho por vosotros; sí, en este reino de mi Padre que se edificará sobre la tierra” (DyC 27:2-4)

La nueva revelación otorgaba dos alternativas igualmente válidas: cambiar el líquido a utilizar o fabricar el propio vino. Nuestra tradición subliminal ha sido suponer que la decisión de Joseph fue la primera. En realidad, fue la segunda.

En ningún momento la Sección 27 dice que utilizar vino está mal. Simplemente que, dada la persecución que comenzaba a insinuarse, no era conveniente que comprasen bebida a sus enemigos pues podría estar envenenada o adulterada y terminaría siendo un perjuicio para la naciente comunidad.

De hecho, los miembros continuaron utilizando vino fermentado de su propia hechura, al menos por los 80 años siguientes. Con el traslado al oeste, la Iglesia tuvo sus propios viñedos y bodegas, tanto en el sur de Utah como en California, para abastecerse del vino sacramental.

¿Qué hubiésemos encontrado, además, en una típica Reunión Sacramental mormona en los primeros años del siglo XX?

El vino se habría repartido en una única copa o cuenco comunitario del que todos tomarían por turno. La congregación habría estado de rodillas mientras el oficiante pronunciaba la oración sacramental con su mano derecha levantada en ángulo recto. Los maestros y diáconos hubiesen estado totalmente ausentes de la preparación y reparto de los emblemas. No existiría ningún orden preestablecido que considerase a la autoridad presidente.

¿Se trataba de la misma Iglesia? Sí, indudablemente. La creencia de que las ordenanzas y las liturgias tienen una forma estricta e inalterable es falsa. Los actos simbólicos evolucionan. Por supuesto que aceptar eso implica reconocer que pueden seguir cambiando.

Reunión Sacramental en el Tabernáculo, 1871 (detalle)

En la opinión del historiador mormón Justin Bray:

“Con el vasto número de interpretaciones sobre la Cena del Señor, así como las limitadas instrucciones sobre la ordenanza en las revelaciones de Joseph Smith, los primeros líderes de la Iglesia parecieron incorporar aspectos de su fe anterior en la administración de los sacramentos. Por ejemplo, se referían de muy diferentes modos a la ordenanza, incluyendo la Cena del Señor, el sacramento del Señor, partir el pan, la comunión y la eucaristía. Llevó muchos años que los miembros universalizaran el término “sacramento”, que es el modo en que el Señor lo denominó en las revelaciones de Joseph Smith”. (Justin R. Bray, “The Lord’s Supper in Early Mormonism” en You Shall Have My Word: Exploring the Text of the Doctrine & Covenants, eds. Scott Esplin y otros. (Provo UT: Religious Studies Center, 2012), pags. 64–75)

Si bien el Señor mandó a los santos reunirse frecuentemente para participar del pan y el vino (DyC 20:75), la Iglesia no estableció un servicio semanal hasta pasados varios años. A diferencia del catolicismo, donde la eucaristía y sus ritos son parte del camino salvífico a seguir, el protestantismo mayormente descreía de actos y ordenanzas que sacasen del centro de atención a la gracia divina. En dichas religiones la participación en una cena comunal era algo ocasional y simple muestra de agradecimiento, sin otro valor. Es posible que el equilibrio entre obras y gracia, tan bien explicado en el Libro de Mormón (2 Nefi 25:23), aún tuviese que madurar en las mentes y espíritus de la reciente congregación.

Los Santos de los Ultimos Días de las primeras décadas participarían del pan y el vino en cantidades equivalentes a una comida normal, de modo que realmente los llenase tanto espiritual como físicamente. En 1893, cuando se dedicó el Templo de Salt Lake, esa continuaba siendo una práctica común. John F. Tolton, un asistente, registró en su diario personal:

“A cada participante se le daba un gran vaso con la imagen del templo de Salt Lake grabada y una servilleta. El Obispo Presidente Preston bendijo el pan y el vino de Dixie (el sur de Utah) y los hermanos fueron invitados a comer hasta saciarse pero a ser prudentes con el vino para evitar excesos”.

Estos aspectos que hoy pueden parecernos extraños estaban en consonancia con las interpretaciones doctrinales del momento. 3 Nefi dejaba en claro que:

“Y cuando hubieron comido y fueron llenos, mandó que dieran a la multitud. Y cuando la multitud comió y fue llena, dijo a los discípulos…” (3Nefi 18:4-5)

La tarea de bendecir y distribuir el pan y el vino estaba generalmente reservada a las Autoridades, quienes también lo hacían en sus reuniones. Wilford Woodruff escribió en su diario, con fecha 12 de Octubre de 1883:

“Este fue un día de ayuno y oración con los líderes de la Iglesia. Tomé un baño y me lavé por la mañana y fui a la Casa de Investiduras a la 9 en punto para recibir el lavamiento de los pies como lo había hecho 47 años antes el Profeta Joseph Smith en Kirtland como una ordenanza iniciatoria para la Escuela de los Profetas… al cierre de esta ceremonia participamos del pan y el vino como un sacramento como lo hacían en el templo de Kirtland, lo cual concluyó las labores del día” (Wilford Woodruff y Susan Staker, Waiting for World’s End: The Diaries of Wilford Woodruff (Salt Lake City: Signature Books, 1993): pag.362)

En dichas reuniones tampoco encontraríamos niños. Estaban reservadas para los adultos. Solía haber murales detrás del altar de la Santa Cena, el cual siempre se hallaba en posición central, no lateral.

El texto original de la Doctrina y Convenios, Sección 20, versículo 58, rezaba:

“Pero ni los maestros ni los diáconos tienen la autoridad para bautizar, administrar el sacramento o imponer las manos”

Ese “administrar” no estaba claramente establecido por lo que se lo extendió a toda preparación relacionada con los sacramentos. El mismo versículo, en la versión actual, dice “bendecir la santa cena”.

La decisión de permitir su participación data de 1898 pero recién en las décadas de 1920 y 1930 logró implementarse en toda la Iglesia.

La adherencia plena a la Palabra de Sabiduría como mandamiento de observancia llevó, paulatinamente, al uso de agua en los servicios. Esto ocurrió recién en 1902, bajo la administración de Joseph F. Smith y tardó unos 10 años en hacerse extensiva a toda la Iglesia.

Siendo que la responsabilidad de repartir el sacramento pasó a involucrar a jovencitos de 12 años en adelante, muchos líderes locales comenzaron a tomar algunas iniciativas que aumentaran la reverencia en los servicios y evitaran conductas inmaduras de los recientemente admitidos sacerdotes. Las instrucciones incluían cierta uniformidad en la vestimenta y apariencia (camisas blancas, corbatas de moño negras, posturas y modo de caminar cuasi militares, llevar los recipientes con la mano derecha en ángulo y la mano izquierda detrás de la espalda).

Las Autoridades Generales comenzaron a preocuparse de que los miembros y los propios diáconos estuviesen más interesados por la apariencia y cumplimiento de estas formalidades que por el sentido profundo del servicio. A partir de 1940 comenzó a desalentarse la aplicación de normas tan estrictas y a que las apariencias y conductas fuesen más naturales.

Finalmente, el Manual de Instrucciones en vigencia sugiere: “Se recomienda la camisa blanca y la corbata porque contribuyen a la dignidad de la ordenanza. Sin embargo, no deben ser consideradas como un requisito obligatorio para que pueda participar el poseedor del sacerdocio. Ni debe requerirse que estén todos igual en vestimenta o apariencia…”

Muchos de mi generación recordarán ocasiones en que el presbítero o élder que pronunciaba las oraciones sacramentales se equivocaba y debía comenzar una y otra vez desde el inicio, con los consiguientes nervios para él y la congregación. Con el paso del tiempo llegó el sabio consejo, de que, salvo que el error afectase el sentido de la oración, podía corregirse la palabra y seguir adelante, dejando en manos de quien presidía el confirmar la validez de la ordenanza. Gran alivio para todos…

En 1946 la Primera Presidencia y el Quorum de los Doce emitirían una recomendación:

“La condición ideal es la de absoluto silencio mientras se reparte el sacramento, y desaconsejamos el uso de solos, duetos, grupos o música instrumental durante la administración de esta sagrada ordenanza”.

Es posible que pensemos que, como habitantes del siglo XXI, hemos recibido ya una forma definitiva e inalterable de la ordenanza. Aún tenemos cambios sutiles.

La idea de que al participar de la Santa Cena estamos renovando nuestros convenios bautismales no aparece en ninguno de los Libros Canónicos ni en los discursos de las Autoridades en los primeros 100 años.

En la Conferencia General de Octubre de 1950 el Elder Bruce R. McConkie proporcionó un nuevo énfasis al asunto:

“Tan importante es este convenio bautismal a los ojos del Señor que ha provisto un medio y un modo de renovarlo a menudo. La ordenanza por la cual renovamos este convenio es el sacramento…” (Bruce R. McConkie, “Children of the Covenant,” General Conference October, 1950)

La idea comenzó a popularizarse a partir de allí. Ugo A. Perego en su exhaustivo análisis “The Changing Forms of the Latter-Day Saint Sacrament” (http://www.mormoninterpreter.com/the-changing-forms-of-the-latter-day-saint-sacrament/) muestra claramente que el tema se trató unas 5 veces en las Conferencias Generales de la década de 1950 para trepar a 25 en la década de 1990, 18 en la del 2000 y 11 veces en lo que va de la del 2010.

En Abril de 1975 el Presidente Marion G. Romney declaró:

“Con las palabras de las oraciones sacramentales en nuestras mentes, mientras participamos del sacramento, renovamos nuestros convenios bautismales cada semana”. (https://www.lds.org/generalconference/1975/10/according-to-the-covenants)

En Abril de 2014 el Elder Robert D. Hales enseñó:

“Cada domingo renovamos el convenio bautismal al participar del sacramento y testificar que estamos deseosos de guardar los mandamientos”

Como con muchos de los conceptos estimulados por el Elder McConkie, el péndulo parece comenzar a moverse.

En una capacitación de liderismo bajo la dirección de la Primera Presidencia, previa a la Conferencia General de Abril de 2015, el Elder Neil L. Andersen del Quorum de los Doce hizo la siguiente aclaración:

“La frase ‘renovar nuestros convenios bautismales’ no se encuentra en las escrituras. No es inapropiada. Muchos de ustedes la han utilizado en discursos; nosotros la hemos utilizado en nuestros discursos. Pero no es algo que se utilice en las escrituras y no puede ser la clave de lo que digamos sobre el sacramento…” (Neil L. Andersen, “Witnessing to Live the Commandments,” General Conference Leadership Training on the Sabbath Day Observance at Church (April 2015). Disponible para líderes del Sacerdocio)

Para quienes nos gusta leer entre líneas, la doble negación “no es inapropiada” sugiere la presencia de un ‘pero’. Es cierto que la idea de equiparar la participación de la Santa Cena con la renovación de los convenios bautismales no aparece en ninguna escritura. Tampoco tenemos una revelación moderna que lo sostenga. Por lo tanto, se ha tratado de un avance teológico que no es tan fácil de mantener.

Es posible que escuchemos cada vez menos y menos hablar del tema a las Autoridades y deberemos ajustarnos al nuevo ritmo. Es posible también que debamos poner más atención a las propias palabras de las oraciones: “recordarle siempre y guardar sus mandamientos”.