El Cosmos de nuestro Creador – Neal A. Maxwell

Discursos Olvidados

El Cosmos de Nuestro Creador

Neal A. Maxwell

Neal A. Maxwell era hijo de conversos a la Iglesia. Sirvió en la Segunda Guerra Mundial, cumplió una misión y ocupó distintos cargos eclesiásticos hasta llegar a ser un integrante del Quorum de los Doce Apóstoles. Fue profesor de Ciencias Políticas y obtuvo varios Doctorados a lo largo de su vida. Poseía un rico vocabulario y un estilo poético que apelaba tanto al espíritu como al intelecto. Escribió más de 30 libros. Personalmente, aún extraño sus mensajes en las Conferencias Generales. El Elder Maxwell falleció en Julio de 2004, después de varios años de lucha contra la leucemia. En sus funerales, Gordon B. Hinckely, declaró: “No conocí ningún otro hombre que hablara de una manera tan interesante y distinta. Era un perfeccionista decidido a exigir de cada frase imágenes vivas que vivificaban el Evangelio. Cada discurso fue una obra maestra, cada libro, una obra de arte. Creo que no volveremos a ver otro como él”.

El siguiente discurso fue pronunciado el 13 de agosto de 2002 en la Universidad de Brigham Young, como parte de la Conferencia Anual Nº 22 de educadores religiosos del Sistema Educativo de la Iglesia.


La educación religiosa de nuestros jóvenes y jóvenes adultos, en nuestros seminarios e institutos de religión, nuestras escuelas, escuelas superiores y universidades de la Iglesia, es uno de los programas más eficaces y productivos de la Iglesia
Aunque el deber de ustedes es servir a la “nuevas generaciones”, confío en que su deber se haya convertido en su placer. Gracias, ¡desde lo más profundo de mi corazón! Y gracias también al hermano Randy McMurdie, que ayudó tanto con los arreglos de las ayudas visuales especiales.
Quiero agradecerle al Profesor Eric G. Hintz de la Universidad Brigham Young, astrónomo observacional, por sus sugerencias tan útiles y sustanciales en cuanto a estos comentarios. Por medio de él, he tenido el placer de tomar conocimiento del creciente número de alumnos Santos de los Últimos Días que están estudiando astronomía y astrofísica avanzadas. Para ellos y para todos nosotros, estas palabras de Anselmo constituyen un buen consejo: “Creer a fin de entender”, en lugar de “Entender a fin de creer”. Yo, y sólo yo, soy responsable de lo que digo. Mi tema es “El Cosmos de nuestro Creador”.

El difunto Carl Sagan, quien impartió conocimientos eficazmente sobre la ciencia y el universo, perceptiblemente observó que en algunos aspectos, el asombro provocado por la ciencia ha superado con creces al de la religión. “¿Cómo es que casi ninguna de las principales religiones ha contemplado a la ciencia y llegado a la siguiente conclusión, ‘¡Esto es mejor de lo que pensamos! El Universo es mucho más grande de lo que dijeron nuestros profetas—más grandioso, más sutil, más refinado. Dios debe ser incluso más grande de lo que hemos soñado’? En cambio, dicen, “¡No, no, no! Mi Dios es un Dios pequeño, y quiero que permanezca así”. Una religión, antigua o nueva, que resaltara la magnificencia del Universo según lo revela la ciencia moderna, podría extraer reservas de reverencia y asombro apenas explotadas por las religiones convencionales. Tarde o temprano, surgirá tal religión”.
A los Santos de los Últimos Días ciertamente no nos debe faltar reverencia y asombro, especialmente cuando contemplamos el universo en el contexto de las verdades divinamente reveladas. Sí, el cosmos “según lo revela la ciencia moderna” es “refinado”, como escribió Sagan. Pero el universo también late con un propósito divino, de manera que nuestro asombro es mayor, brindando aun mayores motivos de reverencial asombro respecto a “la magnificencia del universo”!
Claro está que la Iglesia no se alinea con los astrofísicos del 2002, ni tampoco aprueba ninguna teoría científica particular acerca de la creación el universo.
Al llevar a cabo su importante labor, los astrofísicos usan el método científico y no buscan respuestas espirituales. Algunos científicos comparten nuestra creencia en explicaciones religiosas acerca de estas vastas creaciones, pero algunos ven nuestro universo como un universo sin creador. Privados de la creencia en un significado cósmico, algunos, como los describe un escritor, ven a los humanos como seres  “desgarrados y lloriqueando en pos de un universo extraño”.
¡Las Escrituras nos dicen rotundamente lo contrario!

No obstante, ¿nos estimulan lo suficiente las arrolladoras palabras de las escrituras con las que hemos sido bendecidos? ¿Nos estamos convirtiendo gradual y constantemente en la “clase de gente” que refleja tales elevadas doctrinas con nuestra aumentada santificación espiritual? Hermanos y hermanas, se nos están regalando los secretos espirituales del universo, pero, ¿estamos escuchando?
En la vida diaria como discípulos, se nos instruye: “levantad las manos caídas” (Hebreos 12:12). ¿Por qué no esforzarse también en “levantar” las a veces pasivas y limitadas mentes que también están “caídas”, ajenas al asombroso panorama del todo?
Dado todo lo que Dios ha hecho para preparar un lugar para nosotros en el vasto universo, ¿no podríamos desarrollar y mostrar mayor fe? En las perplejidades y complicaciones de la vida, ¿tendremos fe en que el Creador haya “proveído todo lo necesario” para llevar a cabo  Sus propósitos?
Hace años, el presidente J. Reuben Clark, hijo hizo esté reconfortante comentario: “Nuestro Señor no es un novato, Él no es un aficionado; Él ha estado en esta vía una y otra y otra vez.”

Hermanos y hermanas, ¿no ha descrito el Señor Sus vías como “un giro eterno”? (D. y C. 35:1; 1 Nefi 10:19; Alma 7:20; D. y C. 3:2).
Un mayor aprecio por el gran universo nos ayudará también a vivir una vida más recta en nuestros propios y pequeños universos de la vida cotidiana. Asimismo, un mejor entendimiento del gobierno de Dios de las vastas galaxias puede conducirnos a un mejor auto gobierno.
Ahora pasemos a una mezcla de escrituras, ilustraciones y comentarios científicos.
Consideren esta foto de nuestra hermosa tierra con nuestra luna en primer plano:


Reflexionen sobre cuánto tiempo le costó al hombre llegar a la luna, ¡y sin embargo ella se encuentra en nuestro propio patio trasero!
Los recursos tan necesarios para mantener la vida humana se proporcionan muy generosamente en este particular planeta; a menos que sean mal administrados, se nos dice que hay “suficiente y de sobra” (D. y C. 104:17). Sin embargo, con todo lo grande que es esta tierra—y todos los viajeros podemos atestiguar de ello—Stephen W. Hawking nos ha proporcionado una perspectiva aleccionadora: “[Nuestra] tierra es un planeta de tamaño medio, orbitando alrededor de una estrella normal en las afueras de una galaxia espiral común y corriente, la cual de por sí es una de un millón de millones de galaxias en el universo observable”.
Un científico que no cree en el designio divino, no obstante notó que “al contemplar el universo e identificar los muchos accidentes. . . que han obrado para nuestro beneficio, parece casi como que el universo de alguna manera sabía que veníamos”.
Las condiciones en esta tierra aparentemente son más favorables que en cualquier otro sistema solar.
Si, por ejemplo, el planeta tierra estuviera más cerca del sol, nos quemaríamos, y si estuviera más lejos, nos congelaríamos.
Ahora fíjense en la flecha, que señala aproximadamente donde está situado nuestro sistema solar en medio de la increíble extensión de nuestra propia galaxia, La Vía Láctea.

En esta imagen, aunque nuestro sistema solar se extiende millones de millones de millas, ¡es demasiado pequeño como para poder verlo! ¡Oh, el asombroso alcance de todo!

En una noche despejada, ustedes y yo podemos ver algunas partes de la Vía Láctea, pero ¿y si el hecho de ver las estrellas sucediera sólo una vez cada mil años? Ralph Waldo Emerson escribió de cómo entonces “los hombres creerían y adorarían; y conservarían por muchas generaciones el recuerdo de la ciudad de Dios que se les había mostrado”.

Con razón las escrituras nos indican lo amplio y variado que es el testimonio de Dios para nosotros: “Y he aquí… se han creado y hecho todas las cosas para que den testimonio de [Dios];… cosas que hay arriba en los cielos, cosas que están sobre la tierra… todas las cosas testifican de [Dios]” (Moisés 6:63).

Ahora, contemplen lo que constituye tan sólo una sección dentro de nuestra vasta galaxia, la Vía Láctea:

¿No es asombroso? ¡Especialmente cuando nos damos cuenta que las distancias entre esos puntitos brillantes son tan grandes!
Sea cual sea el cómo del proceso de creación de Dios, se plantean cosas espiritualmente reconfortantes acerca del principio—“más allá del más allá”, de hace tanto tiempo. “Y estaba entre ellos uno que era semejante a Dios, y dijo a los que se hallaban con él: “Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos puedan morar. . . Y descendieron en el principio, y ellos . . . organizaron y formaron los cielos y la tierra” (Abraham 3:24; 4:1; cursiva agregada).

Notablemente, según algunos científicos, “Nuestra galaxia, la Vía Láctea, está situada en uno de los espacios relativamente vacíos entre las Grandes Murallas”.
Hay espacio allí.
A medida que los científicos continúan explorando más allá de nuestra galaxia con el telescopio espacial Hubble, descubren cosas asombrosas como la “Nebulosa Keyhole” con sus propias estrellas.


El telescopio Hubble nos ha mostrado muchísimo más; y, utilizando una de las palabras favoritas de sus estudiantes, ¡es impresionante!

La siguiente imagen es de una región de estrellas en formación que tiene que ver con material no organizado.


“Y así como dejará de existir una tierra con sus cielos, así aparecerá otra” (Moisés 1:38).
Ahora vemos una imagen de “los restos” después de morir una estrella.

“Porque he aquí, hay muchos mundos que por la palabra de mi poder han dejado de ser” (Moisés 1:35).

En la letra del himno “Grande Eres Tu”, sobre el universo y la Expiación, cantamos que “desde el cielo al Salvador envió”.
Fuera cual fuera la manera en que Dios inició el proceso, aparentemente hubo supervisión divina: “Y los Dioses vigilaron aquellas cosas que habían ordenado hasta que obedecieron” (Abraham 4:18).
De una manera significativa, nosotros aquí en la tierra no estamos solos en el universo. En Doctrina y Convenios, que será el enfoque de su estudio en este año escolar, leemos “que por [Cristo], por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:24; Moisés 1:35).
No sabemos dónde están o cuántos otros planetas habitados existen, aunque parece que estamos solos en nuestro propio sistema solar.
En cuanto al papel continuo del Señor entre Sus muchas creaciones, se ha revelado muy poco. Hay indicios, sin embargo, de reinos y habitantes.
“Por consiguiente, compararé todos estos reinos y sus habitantes a esta parábola, cada reino en su hora y en su tiempo y su sazón, de acuerdo con el decreto que Dios ha establecido” (D. y C. 88:61).
El Señor incluso nos invita a que “[meditemos] en [nuestro] corazón” esa particular parábola (v. 62). Tal meditación no significa hacer conjeturas inútiles, sino más bien la expectativa paciente y mansa de revelaciones adicionales. Además, Dios dio sólo información parcial —“no todas”—a Moisés, con “sólo… un relato de esta tierra y sus habitantes” (Moisés 1:4, 35), pero Moisés aún aprendió cosas que “nunca [se] había imaginado” (v. 10). No obstante, ¡no adoramos a un Dios de sólo un planeta!
Ahora contemplen esta imagen de lo que se llama “el espacio profundo”:

Casi cada punto que ven en este cuadro, cortesía del telescopio Hubble, ¡es una galaxia! Piensen en nuestra propia galaxia, la Vía Láctea. Se me informó que cada galaxia aquí tiene del orden de cien mil millones de estrellas. Sólo este pequeño rinconcito del universo tiene casi incontables mundos.
Anteriores creyentes en los designios divinos incluyen a Alexander Pope. Así se expresó acerca de las maravillas de este universo:

Un grandioso laberinto, mas no carente de plan. . . .

Por mundos incontables aunque el Dios sea conocido,

Nosotros debemos descubrirlo a Él. . . .

[Aunque] otros planetas giran alrededor de otros soles.

Felizmente para nosotros, hermanos y hermanas, ¡lo vasto de las creaciones del Señor se compara con lo personal de Sus propósitos!
“Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó” (Isaías 45:18; Efesios 3:9; Hebreos 1:2).
“Y he creado incontables mundos, y también los he creado para mi propio fin;
“. . . Porque he aquí, hay muchos mundos que por la palabra de mi poder han dejado de ser. Y hay muchos que hoy existen, y son incontables para el hombre; pero para mí todas las cosas están contadas, porque son mías y las conozco”
(Moisés 1:33, 35).
Uno se podría preguntar, ¿cuál es el propósito de Dios para los habitantes de la tierra? Queda mejor expresado en ese lacónico versículo con el que todos están tan familiarizados: “Porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).

Por consiguiente, en la vasta expansión del espacio, existe un asombroso sentido de lo personal, ¡pues Dios conoce y ama a cada uno de nosotros! (1 Nefi 11:17). ¡No somos una mera cifra en el espacio inexplicable! Mientras que la pregunta del Salmista era “¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?” (Salmos 8:4), la humanidad constituye el mismo centro de la obra de Dios. Somos las ovejas de Su mano y el pueblo de Su pastoreo (Salmos 79:13; 95:7; 100:3). Su obra incluye nuestra inmortalidad, ¡lograda mediante la gloriosa Expiación de Cristo! Piensen en ello, hermanos y hermanas, aun con toda su extensa longevidad las estrellas no son inmortales, pero ustedes sí.
Las revelaciones nos aportan muy poca información acerca de cómo el Señor lo creó todo. Los científicos, mientras tanto, se centran en cómo, qué y cuándo. No obstante, algunos de ellos reconocen la perplejidad ante el por qué. Hawking dijo: “Aunque la ciencia resuelva el problema de cómo comenzó el universo, no puede contestar la pregunta: ¿Por qué el universo se toma la molestia de existir? Yo no sé la respuesta de eso”.

Albert Einstein comentó acerca de sus deseos: “Quiero saber cómo creó Dios este mundo. No me interesa este o aquel fenómeno, en el espectro de este o aquel elemento. Quiero conocer Sus pensamientos; el resto son meros detalles”.
El Dr. Allen Sandage, un creyente de los designios divinos, fue ayudante de Edwin Hubble. Sandage escribió: “La ciencia. . . está preocupada con el qué, cuándo y cómo. No contesta, ni puede contestar, dentro de su método (por muy poderoso que sea ese método), por qué”.
Misericordiosamente, se nos dan respuestas vitales y cruciales a las preguntas de por qué, en revelaciones que contienen las respuestas que más nos interesan. Enoc, habiendo visto cosas vastas y espectaculares, se regocijó, ¿pero en qué? Se regocijó en su seguridad personal acerca de Dios: “y tú todavía estás allí” (Moisés 7:30). Enoc incluso vio a Dios llorar por innecesarios sufrimientos humanos, lo cual nos dice mucho sobre el carácter divino (véanse los versículos 28–29). Pero ese es un tema para otro momento.

Desgraciadamente, aun con las extraordinarias revelaciones sobre el cosmos y los propósitos de Dios, la gente puede alejarse. Esta gente se alejó: “Y sucedió que. . . el pueblo comenzó a olvidarse de aquellas señales y prodigios que había presenciado, y a asombrarse cada vez menos de una señal o prodigio del cielo, de tal modo que comenzaron a endurecer sus corazones, y a cegar sus mentes, y a no creer todo lo que habían visto y oído” (3 Nefi 2:1).
De manera que, al meditar sobre la grandeza creativa de Dios, se nos dice también que consideremos la belleza de los lirios del campo. Recuerden, ¡“todas las cosas” dan testimonio de Él! (Alma 30:44).
En esta imagen vemos lirios, y luego, de cerca, designio divino. El mismo designio divino del universo se minimiza en los lirios del campo (Mateo 6:28–29; 3 Nefi 13:28–29; D. y C. 84:82).


El milagro de este planeta tiene muchas continuas y maravillosas sutilezas. Wendell Berry escribió:
“Quien realmente haya considerado los lirios del campo o los pájaros del aire y meditado en la improbabilidad de su existencia en este cálido mundo dentro de las frías y vacías distancias estelares apenas se sorprenderá de que el agua se volviera vino, lo cual, después de todo, es un milagro muy pequeño. Nos olvidamos del milagro mayor y continuo por el cual el agua (con tierra y luz solar) se convierte en uvas”.


Al dar reverencia a lo que el Señor ha creado, hemos de darle reverencia a Él y a Su carácter lo bastante como para esforzarnos a ser más como Él, tal como Él lo ha mandado (Mateo 5:48; 3 Nefi 12:48; 27:27). Por tanto, no es de sorprender que el poder de la deidad que se revela en los lirios asimismo se revela en las ordenanzas de Su Evangelio (D. y C. 84:20). Temáticamente, estas ordenanzas tienen que ver con nuestros convenios, limpieza, obediencia y preparación, todas conductualmente necesarias para que tengamos el poder de realizar el viaje de regreso a casa.
Estas expresiones personalizadas de amor y poder divinos de todos modos nos importan mucho más que intentar enumerar las asombrosas galaxias o comparar el número de planetas con el de estrellas. Nosotros los profanos en la materia no lo podríamos comprender de todas formas. El obtener santificación espiritual importa muchísimo más que las cuantificaciones cósmicas.
Así que, al ensanchar nuestra visión, tanto del universo como de los extensos propósitos de Dios, nosotros también podemos exclamar reverentemente, “¡Oh cuán grande es el plan de nuestro Dios!” (2 Nefi 9:13).
Por tanto, al explorar, meditar y aprender, ciertamente debemos estar llenos de asombro, así como también debemos ser intelectualmente mansos. El Rey Benjamín nos aconsejó con estas palabras simples y a la vez profundas:


“Creed en Dios; creed que él existe, y que creó todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra; creed que él tiene toda sabiduría y todo poder, tanto en el cielo como en la tierra; creed que el hombre no comprende todas las cosas que el Señor puede comprender”
(Mosíah 4:9).

Desgraciadamente, en nuestra época, hermanos y hermanas, hay algunos que creen que si no pueden comprender algo, entonces Dios tampoco puede comprenderlo. Irónicamente, algunos en realidad prefieren a un “Dios pequeño”. Mejor para todos nosotros, tanto los científicos como los no científicos; ¡en lugar de tratar de hacer de menos a la divinidad, tratemos de dar más importancia a nuestra humildad personal!
Con todo lo espectacular de lo que la ciencia ha aprendido acerca del universo hasta ahora, aún así es muy poco. De la imagen de 1995 del Hubble, de un “campo profundo”, se dijo que “dicha muestra, la más profunda que jamás se haya tomado de los cielos, cubría. . . ‘una partícula del cielo de sólo la anchura de una moneda de diez centavos de dólar situada a unos 23 metros’”.
¡El alma se conmueve, hermanos y hermanas!

Sea cual sea la propia muestra que recibió Moisés, no es de extrañar que se sintió sobrecogido y “cayó a tierra” diciendo que “el hombre no es nada” (Moisés 1:9–10).
Misericordiosamente, aunque de manera asombrosa, la revelaciones nos dan certeza del amor de Dios: “Ahora bien, hermanos míos, vemos que Dios se acuerda de todo pueblo, sea cual fuere la tierra en que se hallaren; sí, él tiene contado a su pueblo, y sus entrañas de misericordia cubren toda la tierra. Éste es mi gozo y mi gran agradecimiento; sí, y daré gracias a mi Dios para siempre. Amén. (Alma 26:37).
De modo que, hermanos y hermanas, el Señor se acuerda de cada una de Sus muchas creaciones. Fíjense una vez más en los muchos “puntitos” en sólo un sector de nuestra galaxia de tamaño común y corriente, la Vía Láctea:
Él las conoce todas. Piénsenlo. Así como el Señor conoce cada una de estas creaciones, también conoce y ama a cada uno de los que se encuentran en este grupo, o en cualquier grupo; de hecho, ¡a cada miembro de la humanidad! (1 Nefi 11:17).


La determinación divina es muy tranquilizante, tal como lo indican estas palabras en Abraham: “No hay nada que el Señor tu Dios disponga en su corazón hacer que él no haga” (Abraham 3:17). Su capacidad es tan extraordinaria que dos veces en dos versículos del Libro de Mormón nos recuerda cortesmente y a la vez con determinación que Él realmente es “capaz” de efectuar su propia obra (2 Nefi 27:20–21). ¡Y sí que lo es!
Además, ¡el orden se refleja en las creaciones de Dios!
“Y vi las estrellas, y que eran muy grandes, y que una de ellas se hallaba más próxima al trono de Dios; y había muchas de las grandes que estaban cerca . . . Y así habrá la computación del tiempo de un planeta sobre otro, hasta acercarte a Kólob, el cual es según la computación del tiempo del Señor. Este Kólob está colocado cerca del trono de Dios para gobernar a todos aquellos planetas que pertenecen al mismo orden que aquel sobre el cual estás” (Abraham 3:2, 9; cursiva agregada).
Un científico dijo de la configuración cósmica, “Puede que estemos viviendo entre gigantescas estructuras de panales o células”. Algunos científicos dicen que ciertas galaxias “parecen estar organizadas en una red de hilos, o filamentos, rodeando regiones del espacio grandes y relativamente vacías, conocidas como huecos”. Otros astrónomos dicen que han descubierto un “enorme . . . muro de galaxias, . . . la mayor estructura observada del universo hasta la fecha”. Encomiablemente, esos científicos siguen adelante.
Sin embargo, claro está que para nosotros la tierra nunca fue el centro del universo, ¡como muchos una vez creyeron ingenuamente! Tampoco hace demasiadas décadas que otros también pensaban que la Vía Láctea era la única galaxia en el universo.

Pero cuanto más sabemos, más vitales se hacen las preguntas de por qué y sus correspondientes respuestas. Sin embargo, las respuestas a las preguntas de por qué se obtienen sólo mediante revelación dada por Dios el Creador, y todavía hay más por venir:

Todos los tronos y dominios, principados y potestades, serán revelados y señalados a todos los que valientemente hayan perseverado en el evangelio de Jesucristo. Y también, si se han fijado límites a los cielos, los mares o la tierra seca, o el sol, la luna o las estrellas, todos los tiempos de sus revoluciones, todos los días, meses y años señalados; y todos los días de sus días, meses y años, y todas sus glorias, leyes y tiempos fijos, serán revelados en los días de la dispensación del cumplimiento de los tiempos, (D. y C. 121:29–31).
Por lo tanto, hermanos y hermanas, al contemplar el universo, no vemos un caos inexplicable o agitación cósmica. En cambio, los fieles ven a Dios “obrando en su majestad y poder” (D. y C. 88:47). Es como ver un ballet cósmico divinamente coreografiado, ¡espectacular, tenue y tranquilizante!

Aun así, en medio de nuestro sentimiento sobrecogido por la maravilla y el asombro, “los afanes del mundo” pueden vencernos (D. y C. 39:9). La rutina aburrida y la repetición pueden causar que miremos indiferentemente hacia abajo en lugar de reverentemente hacia arriba y afuera. Podemos quedarnos separados del Creador, quien en esos momentos parece una estrella lejana y distante: “Porque ¿cómo conoce un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos y de las intenciones de su corazón?” (Mosíah 5:13).

Sabemos que el Creador del universo también es el Autor del plan de felicidad. Podemos confiar en Él. Él sabe perfectamente qué es lo que trae felicidad a Sus hijos (Mosíah 2:41; Alma 41:10).
Mientras tanto, a medida que algunos experimentan situaciones de la vida diaria en las que sienten falta de amor y aprecio, aún pueden saber que Dios sí los ama. Sus creaciones así lo testifican.

Por tanto, podemos confesar Su mano en nuestras vidas individuales al igual que podemos confesar Su mano en el asombroso universo (D. y C. 59:21). Si confesamos Su mano ahora, algún día nosotros que somos “mecidos” entre Sus creaciones podremos incluso saber cómo es ser recibidos “en los brazos de Jesús” (Mormón 5:11).
El reverente regocijo, alentado ahora por estas palabras, existió hace mucho, mucho tiempo. Cuando el plan del Creador se presentó en la premortalidad, algunos “se regocijaban” (Job 38:7). ¿Por qué no? pues “existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25). Que sean bendecidos para poder transmitir a sus alumnos lo contagioso de su reverencia y asombro acerca de las creaciones del Señor y de Su plan para nosotros.

Para terminar, testifico que la asombrosa obra de Dios es más grande que el universo conocido. Además, testifico que los planes de Dios para Sus hijos anteceden a Su provisión de este hermoso planeta para nosotros. En el santo nombre de Jesucristo, amén.

(Las imágenes no son las utilizadas originalmente por el Elder Maxwell, pero sí sus equivalentes)

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Harvey Fletcher, creador del sonido estereofónico, el audífono y la laringe artificial.

CIENCIA Y RELIGION

         Científicos Mormones

 

Harvey Fletcher

Creador del sonido estereofónico, el audífono y la laringe artificial

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Mario R. Montani

Harvey Fletcher nació el 11 de Septiembre de 1884 en Provo, Utah. Era hijo de Charles Eugene Fletcher y Elizabeth Miller. Aunque su padre había tenido sólo cuatro meses de educación formal, es obvio que fue estimulado a estudiar. Provo era por entonces una pequeña población en el valle. Harvey recordaría años más tarde:

“Observando a mi alrededor en el Utah Valley, yo pensaba que las cumbres de las montañas que podía ver en todas direcciones marcaban los límites dentro de los que la gente vivía. Del otro lado de ellas estaba el gran océano. Había algunas fisuras en las paredes montañosas que mantenían al océano alejado, y por allí se filtraban los diferentes arroyos que bajaban de las montañas”

El futuro que vislumbraba para sí mismo era trabajar con su padre en la construcción de viviendas y repartiendo pedidos de la tienda de alimentos de sus tíos. Con sólo 8 años participó de la inauguración del Templo de Salt Lake y pudo estrechar la mano del Presidente Wilford Woodruff. Como un jovencito recitó una poesía en un programa que se llevó a cabo en el Tabernáculo de Provo. Al terminar, Karl G. Maeser, director de la Academia Brigham Young, lo detuvo antes de que tuviera tiempo de sentarse y, poniendo una mano sobre su cabeza, declaró a la congregación que ese niño llegaría a ser un gran hombre. Harvey se sintió muy molesto, ya que le pareció que era una referencia a un futuro liderismo político, cosa que no le interesaba en absoluto. Ya como presidente de su quórum de diáconos, el obispo lo llamó sorpresivamente para dar un mensaje a los otros diáconos. Sólo atinó a decir, ‘prefiero ser bueno que importante’ y se sentó. Con el paso de los años, consideraba que había sido su mejor discurso

Para 1901 había finalizado la escuela primaria e ingresó en el nivel secundario de la Brigham Young Academy, donde por primera vez tomó cursos de matemáticas, física y química, graduándose en Mayo de 1904. Luego ingresó a la Universidad de Brigham Young donde obtuvo una Licenciatura en 1907. Antes de eso, en 1906, junto a otros dos estudiantes, ayudó al Profesor Ernest Partridge y su equipo a establecer la característica “Y” de la institución sobre la falda de la montaña.

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Después de un año de enseñar matemáticas y física en BYU decidió que debía obtener un doctorado. El 9 de Septiembre de 1908 se casó con su novia, Lorena Karen Chipman, y juntos partieron a Chicago para continuar los estudios. Lamentablemente, al llegar allá, descubrió que la admisión no era tan sencilla, ya que muchas de las materias que había cursado no estaban acreditadas en la nueva Universidad. La Administración le informó que debería completar cuatro años antes de ingresar al programa de graduados. Los costos de esos estudios quedaban por fuera de sus posibilidades.

Harvey Fletcher en 1908, época de su casamiento con Lorena

Harvey Fletcher en 1908, época de su casamiento con Lorena.

Afortunadamente, Robert A. Millikan, por entonces un profesor asistente, le sugirió que se anotara como un estudiante especial en los cursos del primer año de graduados en física y, si los aprobaba, era muy probable que lo admitieran. Así lo hizo, y la Universidad aprobó su ingreso con sólo un año de programa preparatorio en vez de los cuatro requeridos. Simultáneamente, Harvey enseñaba ciencias en escuelas secundarias de Chicago y colaboraba con los equipos de proyección en las conferencias universitarias para cubrir las necesidades familiares. En 1911 obtuvo su doctorado summa cum laude, convirtiéndose en el primer estudiante de Física de la Universidad de Chicago con tal honor. También fue elegido para formar parte de la Sociedad Phi Beta Kappa, un alto honor académico. Preparando su tesis doctoral, se involucró en la investigación que Begeman y Millikan realizaban sobre la carga de los electrones, similar a la que llevaban a cabo Thomson y Regener en Cambridge. Fletcher logró el éxito al reemplazar las micro gotas de agua que se observaban en el microscopio por gotas de aceite iluminadas mediante un haz de luz.

“Comencé a cuestionarme si ese trabajo sería la base de mi tesis, como el Profesor Millikan me había prometido en la primer conferencia. Nunca lo habíamos vuelto a hablar desde Diciembre de 1909. Sin embargo, durante la primavera comenzamos a escribir juntos para publicar la investigación. Yo hice la mayor parte del trabajo, ya que él sólo corregía algunas frases. Todo ese tiempo pensaba que la presentación sería en conjunto”.

Muchos años después, Fletcher daría detalles de cómo ocurrieron las cosas, una noche de la primavera de 1910, mientras cuidaba a su hija en casa y el Profesor Millikan llegó:

“Me preguntaba por qué se había acercado a nuestro humilde apartamento. Muy pronto descubrí que era para definir quién sería el autor del primer trabajo escrito sobre el experimento. Había otros cuatro documentos derivados del experimento de las gotas de aceite, aún elaborándose. Me explicó que para mi tesis doctoral yo debía figurar como único autor… era obvio que él deseaba aparecer como autor del primero. No me gustaba la idea, pero no veía otra forma de salir adelante, de modo que acepté utilizar el quinto de los escritos, como único autor, para mi tesis. Así, la autoría de los trabajos se definió en nuestro humilde departamento, esa noche”.

Como consecuencia del descubrimiento de la carga del electrón, Robert A. Millikan recibió el Premio Nobel de Física en 1923, premio que debió haber sido compartido…

“Me han preguntado frecuentemente si tenía alguna mala predisposición hacia Millikan por no permitirme ser co-autor del primer trabajo. Mi respuesta ha sido siempre que no. Obviamente estaba desilusionado ya que había hecho un considerable trabajo en él y esperaba que fuese una presentación conjunta. Pero el Profesor Millikan fue muy bueno conmigo mientras estuve en Chicago. Por su influencia logré entrar al colegio de graduados. También me ayudó a encontrar trabajos remunerados que pudieran cubrir mis gastos. Por sobre todo estaba la amistad creada al trabajar íntimamente por más de dos años. Eso duró toda la vida. Recuerden que cuando trabajábamos juntos él no era el famoso Millikan que llegó a ser después…”

Harvey Fletcher en BYU, 1912

Harvey Fletcher en BYU, 1912

Harvey regresó a Provo en 1911 y reasumió su carrera de profesor en BYU. Si bien las facilidades y equipamiento eran menores que en Chicago, continuó investigando sobre las propiedades del electrón. Durante su estadía de cinco años en BYU, la familia de Harvey aumentó (además de Phyllis, nacida en Chicago) con la llegada de Stephen y Charles. Cada año, durante esa etapa, recibió ofertas de Bell System para unirse a sus equipos, pero las rechazó por su compromiso con la Universidad para crear la rama de Física y atraer importantes científicos a ella. Finalmente, en 1916, decidió aceptar una oferta en el departamento de investigación de la Western Electric Company y se mudó con su familia a New York. Antes de eso tuvo una conversación con el Presidente de la Iglesia, Joseph F. Smith, en busca de consejo, durante una de sus visitas a Provo. El Profeta le dijo: ‘Sí, quisiera que fueses y ocuparas ese puesto, pero prométeme que mantendrás fuerte tu testimonio y tu actividad en la Iglesia. De ese modo harás un mayor bien a la Iglesia en la ciudad de New York del que podrías hacer en BYU y tendrás éxito en tu trabajo. Necesitamos que más jóvenes mormones ingresen al mundo de los negocios y la investigación científica para representar nuestro ideal de modo de vida’.

Desempeñándose como Director de Investigaciones en Física en los laboratorios de Bell Telephone sus logros no tuvieron precedentes. Publicó 51 trabajos de investigación, dos libros, y se le concedieron 19 patentes por invenciones.

Cuando Harvey ingresó, la empresa aún se encontraba enfocada en los esfuerzos de la Primera Guerra Mundial. En esa época diseñó un micrófono capilar que podía funcionar bajo el agua.

Se convirtió en un reconocido especialista en la emisión y recepción del sonido. Su primera publicación en este campo apareció en Physical Review de Agosto de 1920. Creó el Audiómetro 2-A para medir la capacidad auditiva de las personas.

Fletcher desarrolló varios aparatos para ayudar a quienes padecían distintos tipos de sordera. Su relato de los encuentros con Thomas A. Edison es particularmente interesante:

“Vino al laboratorio con unos de sus asistentes en jefe. Hicimos pruebas de audición y hallamos que padecía una fuerte sordera. Si uno le hablaba en voz alta en su oído, podía escuchar. Su pérdida auditiva era similar para las frecuencias bajas y altas, lo cual es muy inusual para alguien con una pérdida tan pronunciada como la que él tenía. El hecho de que podía comprender cuando uno gritaba en la cercanía de su oído me estimuló a pensar que podríamos diseñar un artefacto que le ayudara a escuchar una conversación normal.

El equipo necesario se colocó dentro de una caja de 40x20x20 cms; el micrófono estaba conectado a un cable y el audífono a un soporte que se colocaba en la cabeza. En vez de baterías como fuente poseía una alimentación que operaba con corriente alterna. Cuando llevé el aparato a su oficina, tuve esta interesante experiencia. Al ingresar a su despacho me recibió con la siguiente frase: ‘Entiendo que es usted un muy buen matemático’. Admití que había estudiado algo de matemáticas. Entonces me respondió, ‘Yo comencé a estudiar matemáticas, pero sólo logré llegar a Algebra. Cuando me di contra los signos de más y menos me sentí tan confundido que abandoné. Y nunca volví desde entonces’. Eso me mostró que, al menos en esta época, la falta de habilidades matemáticas no impide la invención. El era un fantástico inventor, pero no un científico. Mientras conversaba en su oficina, noté que tenía uno de esos antiguos escritorios de tapa de enrollar. Había pequeños cajones en la parte superior con carteles en ellos. Observé que uno decía impuestos, otro carbón y algunos ítems similares. Me sorprendí de que un hombre tan notable como Edison no delegase esos asuntos a alguien más. Supe luego por sus más cercanos asociados que no permitía que otro hiciese ese trabajo. También observé que tenía un ascensor muy peculiar conectando los tres o cuatro pisos de su laboratorio. No permitía que una compañía de elevadores le instalase uno más moderno para reemplazar el que él mismo había hecho.

Thomas A. Edison

Thomas A. Edison

Me dijo, “Entiendo que trae un audífono que podría ayudarme”. Le contesté, “Sí, nos gustaría probarlo”. Entonces respondió, ‘Espero que el aparato no funcione con corriente alterna, porque no la usamos en este lugar’. Mientras me decía eso, uno de sus asistentes que se hallaba a sus espaldas comenzó a mover las manos y me susurró ‘Sí, tenemos, pero el viejo no lo sabe’. De modo que solamente respondí, ‘Espero que podamos hacerlo funcionar’. Era bien sabido que él tenía una controversia con la corriente alterna e insistía que los tranvías usasen corriente continua. Por ese motivo la mayoría de los hoteles antiguos de la zona de New York y el sistema de tranvías tenían el cableado de corriente continua. Descubrimos que podía oír muy bien con el audífono y después de eso lo utilizó por largo tiempo. Lo llevaba a las cenas en las que era el invitado especial. Era entonces una celebridad muy requerida. Algunos años después lo encontré y le pregunté cómo funcionaba el audífono.  Me dijo que bien. ‘Cuando solía asistir a esas cenas me sentaba en silencio preguntándome lo que estaría diciendo el disertante y deseando poder escucharlo, pero me contentaba dirigiendo mis pensamientos hacia alguna de mis invenciones. Ahora con el audífono lo puedo escuchar y comprender pero generalmente lo encuentro tan aburrido que lo apago y vuelvo a pensar en mis inventos’. Me contó la historia de cómo había perdido su audición. Cuando era jovencito trabajaba en el ferrocarril, en el vagón del correo postal. Mientras el tren se detenía, molestaba a su compañero, quien era mayor y más fornido que él. Después de gastarle una broma, saltó afuera del vagón para evitarlo, pero el otro lo tomó de la cabeza y volvió a subirlo por las orejas. Sintió un terrible dolor y supo que algo se había roto. Desde entonces tuvo problemas auditivos. Al menos esa es la historia que Edison contó. Ese incidente pudo haber sido una causa primaria, pero debe haber existido otra que afectó el nervio auditivo, en ese momento o más tarde, que produjo la profunda sordera que tenía… Tuve otra experiencia con Edison. Su primer asistente, o supervisor, en los laboratorios de investigación, vino a mi oficina cierto día y me dijo que le gustaría hacerse un audiograma de su capacidad auditiva para compararlo con el de Edison. Dijo que Edison insistía en revisar cada disco de fonógrafo que salía a la venta. Ponía un extremo de la bocina sobre el parlante del fonógrafo y el otro, con un tubo de goma, en su oído. El supervisor me dijo ‘Usted y yo sabemos que él no puede escuchar esos discos como una persona normal, pero no logro persuadirlo de que nos permita hacer la inspección. Si usted me hace un audiograma, podemos compararlo con el de Edison y tal vez convencerlo’. De modo que le hice el audiograma. Era normal en la mayor parte del espectro de frecuencia del habla, pero descendía abruptamente por sobre los 2000 ciclos. El audiograma de Edison era mucho más bajo pero se mantenía estable en todo el espectro. El supervisor frunció el ceño cuando vio el resultado pero me agradeció y se fue. Supongo que discutió el audiograma con Edison, pero imagino que éste continuó probando los discos con su antiguo método…” (Autobiography, pags. 62-64)

Harvey Fletcher, K. Secord y R. Galt en los Laboratorios Bell

Harvey Fletcher, K. Secord y R. Galt en los Laboratorios Bell

En 1929 Fletcher publicó Speech and Hearing que se convirtió en una obra de consulta obligatoria en el tema por todo el mundo.

Debido a que algunas personas perdían el habla por procedimientos quirúrgicos que exigían la extirpación de la laringe, Harvey desarrolló una laringe artificial utilizando una lengüeta vibrátil que había creado para su estudio, la que permitió que volviesen a hablar. En Mayo de 1929 se formó la Acoustical Society of America y Fletcher fue elegido su primer Presidente. Por primera vez trabajarían juntos catedráticos, lingüistas e ingenieros interesados en ese campo. Más adelante, en 1949, fue nombrado miembro honorario de la Sociedad, honor que sólo se había otorgado a Thomas A. Edison.

En la década del ’30, junto a Wilden Munson, desarrolló un gráfico que relacionaba intensidad de sonido con volumen y es hoy conocido como Curvas de Volumen de Fletcher-Munson. Muchas de sus investigaciones contribuyeron al logro del cine sonoro, sincronizando el sonido con las películas. Fue tentado por varios estudios de Hollywood para trabajar directamente con ellos, pero prefirió que sus logros siempre se canalizaran a través de los Laboratorios Bell.

Uno de sus desarrollos más productivos fue el del sonido con efecto espacial al que llamó “perspectiva de auditorio” y luego llegaría a conocerse como sonido estereofónico o simplemente estéreo. Fue la principal atracción de la Bell System en la Feria Mundial de Chicago de 1932. Fletcher también contactó a Leopold Stokowski, director de la Orquesta de Filadelfia y trabajó con él en búsqueda de grabaciones fidedignas:

Harvey Fletcher y el Maestro Leopold Stokowski

Harvey Fletcher y el Maestro Leopold Stokowski

“Fue alrededor de 1931 cuando conocí a Stokowski y realizamos pruebas de sonido estereofónico en la Academy of Music de Filadelfia donde la Orquesta daba sus conciertos. Había una sala libre en la Academia lo suficiente grande como para albergar la Orquesta, de modo que podíamos tenerlos tocando en el escenario y escucharlos arriba en esta gran sala. De ese modo, experimentamos hasta lograr un sistema estereofónico. No entraré en los detalles de cómo se logró ya que se escribieron varios trabajos al respecto. Descubrimos que con tres micrófonos, tres líneas transmisoras, y tres parlantes era suficiente. Para la demostración, la Orquesta de Filadelfia estaba en Filadelfia, dirigida por Smallen, su Director Asistente y Stokowski estaba en los controles de Washington donde las piezas de la orquesta se reproducían. No daré muchos detalles sobre la audiencia, pero era bastante selecta. El Gabinete Presidencial, Senadores y Representantes, así como otros oficiales del Gobierno eran invitados especiales, y todo se realizó bajo la dirección de la National Academy of Sciences. El Presidente de la Academia, el Dr. W.W. Campbell, me presentó y lo que sigue lo tomaré del folleto: ‘Con la ayuda de la orquesta en Filadelfia, el Dr. Fletcher realizó varios experimentos para mostrar las importantes características del nuevo aparato. Sobre el escenario de la Academy of Music en Filadelfia, donde estaban instalados los micrófonos, un operario construía diligentemente un cajón con serrucho y martillo mientras recibía sugerencias y comentarios de un colaborador a su derecha. Todo el diálogo y los sonidos que se producían fueron transmitido por el circuito de cables hasta los parlantes del escenario del Constitution Hall en Washington. Tan realista era el efecto para la audiencia que el hecho parecía estar teniendo lugar en el escenario frente a ellos. No sólo el sonido de martillar, aserrar y conversar era correctamente reproducido, sino que la perspectiva auditiva permitía a los escuchas ubicar cada sonido en la posición adecuada, y seguir los movimientos de los actores por sus pisadas y voces. En otra demostración, la audiencia oyó a una soprano entonar ‘Coming Through the Rye’ (Caminando en el Centeno), mientras caminaba hacia atrás y adelante en un imaginario sembrado de centeno sobre el escenario de Filadelfia. Nuevamente, su voz se reprodujo en Washington con la perspectiva auditiva exacta. La cantante parecía moverse en el escenario del Constitution Hall. Un experimento que demostró tanto la completa fidelidad de la reproducción como el efecto de la perspectiva auditiva fue realizado por dos trompetistas, uno en Filadelfia a la izquierda de la Academy of Music, y el otro en Washington a la derecha del escenario del Constitution Hall, pero invisible para la audiencia. Alternativamente interpretaron pasajes de la misma selección musical. Para aquellos que se hallaban en la audiencia parecía que se trataba de un intérprete a cada lado del escenario frente a ellos. Recién cuando el escenario se iluminó se dieron cuenta de que sólo uno de ellos estaba presente. El sonido del otro era transmitido desde Filadelfia con tal fidelidad y perspectiva que era imposible decir que uno estaba ausente. El efecto de perspectiva auditiva no se restringe a ubicar correctamente el sonido sobre el escenario sino que es tridimensional. Es decir, no sólo distingue entre adelante y atrás sino también entre diferentes alturas del piso…’” (Autobiography, pags. 90-93)

Grabaciones realizadas por Stokowski en 1931 para los Laboratorios Bell

Grabaciones realizadas por Stokowski en 1931 para los Laboratorios Bell

En 1939 Fletcher llevó su experimentación a otro nivel, en el Carnegie Hall. En vez de transmitir desde otro lugar, el concierto se llevó a cabo con grabaciones. Repitió la presentación en la Eastman School of Music y en una sala de Hollywood, incluyendo grabaciones del Coro del Tabernáculo Mormón, todo lo cual aumentó su fama como “el padre del sonido estereofónico”.

El hogar de los Fletcher se transformó en el centro de la actividad de la Iglesia entre los pocos miembros de aquellas décadas en New York. Por diez años fue el Presidente de la Rama de New York y luego, comenzando en 1936, fue Presidente de la Estaca New York, por un período similar. Recordaba con una sonrisa que una mañana, mientras viajaba en el ferry hacia Manhattan, escuchó el siguiente diálogo de otros dos compañeros de trabajo:

‘¿Sabías que Harvey Fletcher es obispo en la Iglesia Mormona?. No, por supuesto que no, respondió el otro, ahora ya es Arzobispo!!’

El investigador recibió innumerables reconocimientos a lo largo de su vida. En 1924, el Franklin Institute le otorgó la Louis E. Levy Medal por sus mediciones auditivas. En 1931 fue elegido miembro del Comité Ejecutivo del American Institute of Physics. En 1933 ingresó a la Junta de Directores de la American Association for the Advancement of Science. En 1945 fue electo presidente de la American Physics Society. En 1947 fue llamado al Comité de Audición, una división de las Ciencias Médicas en el National Research Council. En 1949 integró por tres años el Comité de Reuniones de la National Academy of Sciences. También le fue concedido el Progress Medal Award de la American Academy of Motion Pictures, de Hollywood. Por ocho años actuó como Consejero Nacional del Ohio State University Research Foundation. Adicionalmente recibió títulos honorarios de la Columbia University, el Stevens Institute, Kenyon College, Case Institute of Technology y la Universidad de Utah.

Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, Harvey estuvo involucrado en investigaciones secretas para el sistema defensivo de su país. Aunque nunca habló sobre ellas, se sabe hoy que estuvieron relacionadas con el desplazamiento del sonido subacuático. Por ello recibió diversos reconocimientos, incluyendo uno del Presidente Truman.

En 1949 Fletcher dejó los Laboratorios Bell para dedicarse a la enseñanza como profesor de Ingeniería Eléctrica en la Universidad de Columbia, puesto que retuvo hasta 1952 cuando volvió a BYU. Allí fue Director de Investigaciones y luego Decano del College of Physics and Engineering Sciences, creado bajo su auspicio, hasta 1958. Sin embargo continuó haciendo investigación en BYU, particularmente en el área de los instrumentos musicales y sus diversas propiedades físicas.

Recuerda su hijo Stephen:

“Tenía la visión de que, si aprendíamos más sobre las características de los diversos instrumentos musicales, se inventarían otros completamente nuevos, los que ampliarían el placer de los amantes de la música. Analizó los sonidos del piano, el órgano, el violín, el cello y otros. Aunque intensamente ocupado en sus logros científicos, mi padre no descuidó las oportunidades recreativas. De joven había sido un entusiasta pescador, y eso le duró toda la vida. Disfrutaba de los deportes, jugaba al tenis y al básquetbol y miraba otros. Recuerdo de niño escuchar a estrellas del Metropolitan Opera, como Caruso y Galli-Curci, e instrumentistas como Heifetz en nuestro viejo fonógrafo. Era muy activo promoviendo el campismo y las actividades de los boy scouts”.

Con profundas convicciones religiosas, Fletcher las reflejó en sus artículos y discursos. Escribió en 1961 un libro para la Escuela Dominical llamado The Good Life que se utilizó en los cursos de Doctrina del Evangelio. Jamás encontró conflictos entre la ciencia y la religión.

Los Fletcher en pleno (1965) cuando Lorena fue reconocida como Madre del Año a nivel nacional.

Los Fletcher en pleno (1965) cuando Lorena fue reconocida como Madre del Año a nivel nacional.

Orgulloso de su vida familiar, consideraba a su esposa, Lorena, la base de sus éxitos personales. En 1965 Lorena Fletcher fue nombrado Madre del Año del Estado de Utah y luego obtuvo el título a nivel nacional. Los altos niveles de capacitación se trasladaron también a los hijos. De los 6 supervivientes (uno falleció en su niñez), Phyllis, la única hija, trabajó en el equipo editorial del American Institute of Physics. James, Robert y Paul poseen Doctorados en Física y Harvey J. en Matemáticas. Stephen, el mayor, es abogado, y fue Vicepresidente y consultor general de la Western Electric hasta su retiro. Luego pasó a enseñar en la Escuela de Leyes de BYU y es abogado de derechos editoriales de la Iglesia. James fue Presidente de la Universidad de Utah, luego Director de la Nasa e investigador en temas de energía. Robert trabajó como director ejecutivo en el departamento de circuitos integrados de Bell Laboratories. Paul es administrador en el campo de laser para laboratorios gubernamentales en San Diego y Harvey J. es profesor de matemáticas en BYU.

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Lorena falleció en 1967 y dos años más tarde Harvey desposó a Bessie Fern Chipman, hermana de su esposa y viuda de Carl F. Eyring (tío del famoso químico Henry Eyring, y tío abuelo de Henry B. Eyring, la Autoridad General)

Harvey Fletcher murió el 23 de Julio de 1981, en Provo, Utah, algunas semanas antes de cumplir los 97. Ese mismo año falleció su segunda esposa.

Sus investigaciones y desarrollos en la ciencia y tecnología por más de siete décadas en campos tan diversos como la acústica, la ingeniería eléctrica, el habla y el lenguaje, la medicina, la música, la telefonía, la física atómica, el cine y la educación, han hecho que millones de personas, directa o indirectamente, tuviesen una mejor calidad de vida en todo el mundo.

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El presente artículo se benefició con información de las siguientes fuentes:

Edward L. Kimball, ‘Harvey Fletcher and Henry Eyring: Men of Faith and Science’, Dialogue Vol. 15 Nº3, 1982

Stephen H. Fletcher, ‘Harvey Fletcher 1884-1981 A Biographical Memoir’, 1992, National Academy of Sciences, Washington D.C.

Allen Palmer, ‘Fletcher’s Physics: The man the Nobel Prize missed’, BYU Today, Septiembre 1976.

Leyendo en el Gran Libro de la Naturaleza – Tercera Parte

CIENCIA Y RELIGION

     ARTE Y RELIGION

“Leyendo en el Gran Libro de la Naturaleza”

Tercera Parte

“Todo es una fuente de la cual se puede destilar un conocimiento más alto y celestial que es a la vez válido y útil. Sin embargo, esta comprensión diferirá entre una persona y otra, dependiendo de su poder de penetración, su atención, fe y devoción. Aquellos que implacable y entusiastamente se dediquen a estos ejercicios, con el tiempo se verán enriquecidos por la producción de un caudal de conocimiento…Cuando logremos hacerlo con éxito, el mundo será como un libro sagrado pleno de incontables y maravillosos párrafos; entonces cada objeto, cada evento, nos referirá a Dios, de modo que nuestros pensamientos se dirigirán a El. Cada movimiento y actividad se producirá en Su presencia. Actuaremos y caminaremos dentro de un campo de sensaciones y materialidad, pero en realidad, nos moveremos en el ámbito del Espíritu. Todo nos develará su dimensión divina, y esto reforzará el poder con el que nuestra atención se torna hacia El. Ese texto es más fértil de lo que podamos concebir. Si cada cosa de la vida diaria puede ser reinterpretada espiritualmente, es a causa de que todo es un símbolo del reino invisible, pero reflejado dentro del espacio y el tiempo. Por esto se ha dicho que cuanto existe sobre la tierra ha sido modelado según una esencia arquetípica que se halla presente en otro plano de las creaciones de Dios”

Georgy Vailievich Góvorov (1815-1894) conocido como Teófanes, el Recluso o el Eremita, santificado por la Iglesia Ortodoxa Rusa.

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Por Mario R. Montani

La Restauración

Los miembros de la Iglesia de la primera mitad del siglo XIX tenían una tradición bíblica de la naturaleza como Libro de Dios apuntalada por los aportes románticos que consideramos en la segunda parte de este artículo. No es raro encontrar, entonces, consideraciones como las de Brigham Young:

“Cuando reflexionamos debidamente sobre los pensamientos de nuestras propias mentes, cuando observamos a los llamados Santos de los Ultimos Días sobre la tierra en la que nos paramos, y en el poderoso universo a nuestro derredor, con la luz del Espíritu de verdad en nuestras mentes, nos maravillamos con asombro. Cuando la luz que ilumina a cada hombre que viene al mundo, aclara el entendimiento, y nos muestra el verdadero orden de las obras del Creador del Universo, de modo que podemos contemplar la gran primer causa de todas las cosas, y entonces observamos el afán rastrero de los mortales, y su ansiedad por obtener aquello que perecerá, a expensas de una substancia más duradera, toda persona debería quedar pasmada de un asombro más allá de toda medida”. (Brigham Young, 6 de Febrero 1853, Journal of Discourses 2:91)

 “Cuando el Espíritu de revelación proveniente de Dios inspira al hombre, su mente se abre para contemplar la belleza, orden y Gloria de la creación de esta Tierra” (Journal of Discourses 9:256)

Sin embargo, será en los inicios del siglo XX que dos Autoridades Generales, y simultáneamente hombres de ciencia, retomarán el tema:

John A. Widtsoe: Nacido en Noruega, emigró a los EEUU como un converso, junto a su madre y un hermano, en 1883. Estudió en el Brigham Young College de Logan, Utah, y se graduó con honores en la Universidad de Harvard en 1894. Continuó su carrera en la Universidad de Gottinga, Alemania, donde obtuvo su doctorado en 1899. Vuelto a Utah, fue Director de la Estación Experimental de Agricultura del Estado, profesor en BYU y, posteriormente, Presidente de la Universidad de Utah hasta ser llamado como Apóstol en 1921. En la Iglesia sirvió como Comisionado de Educación y editor de la Improvement Era. Entre sus muchos escritos se destacan: The Word of Wisdom, A Rational Theology, Evidences and Reconciliations, Priesthood and Church Welfare, Priesthood and Church Government y Joseph Smith: Seeker after truth.

John A. Widtsoe

John A. Widtsoe

“Dios habla a los hombres de diversas maneras. Las estrellas, las nubes, las montañas, la hierba y el suelo, son todas, para aquel que lee correctamente, formas de revelación divina. Muchos de los más nobles atributos de Dios pueden aprenderse mediante el estudio de las leyes por medio de las cuales su Omnipotente Voluntad dirige el universo.

En ningún otro lugar se halla este principio más bellamente ilustrado y confirmado que en las rocas que constituyen la capa exterior de la tierra. Sobre ellas está escrita con simple sencillez la historia de la tierra casi desde sus comienzos, cuando el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Sin embargo, por siglos, los hombres vieron las rocas, sus formas y adaptación entre una y otra, sin comprender el mensaje escrito sobre ellas. Recién al acercarse el maravilloso siglo XIX, se abrió la visión, y se hizo aparente la interpretación de la historia de las rocas.”

(John A. Widtsoe, Joseph Smith as Scientist, a contribution to Mormon philosophy,Capítulo 7, 1908, Salt Lake City)

James Talmage: Fue también un converso europeo. Nacido en Inglaterra, se unió a la Iglesia junto a su familia cuando contaba 10 años. Después de emigrar, estudió en la Academia Brigham Young (de hecho, obtuvo el primer diploma de dicha Academia, en 1881) y se perfeccionó en Química y Geología en las Universidades de Lehigh y Bethlehem en Pensilvania con trabajos de post grado en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore.

El élder Talmage fue elegido miembro de la Sociedad Real de Microscopia (Royal Microscopical Society) (Londres), miembro de la Academia Real Escocesa de Geografía (Royal Scottish Geographical Society) (Edimburgo), miembro de la Sociedad de Geología (Geological Society) (Londres), miembro de la Sociedad Americana de Geología (Geological Society of America), miembro de la Sociedad Real de Edimburgo (Royal Society of Edinburgh), asociado de la Sociedad Filosófica de Gran Bretaña (Philosophical Society of Great Britain), y miembro de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (American Association for the Advancement of Science).

Talmage fue llamado al Quorum de los Doce en 1911. Escribió importantes obras como La Gran Apostasía, Los Artículos de Fe, Jesús el Cristo y La Casa del Señor.

James E. Talmage

James E. Talmage

“¡Qué historia tan fascinante se halla inscripta sobre las páginas rocosas de la corteza terrestre! Los geólogos, quienes con esfuerzo largo y paciente han aprendido por lo menos un poco del lenguaje en el que estas verdades están escritas, encuentran estas páginas ilustradas con diseños que, por la fidelidad de detalle, superan los mejores esfuerzos de nuestros grabadores modernos, litógrafos y artistas. Los diseños en las rocas son los originales, el resto pueden ser mejores, pero son copias.

El creador lo ha hecho grabar en las rocas para que el hombre lo descifre, pero también ha hablado directamente sobre las principales etapas del progreso por el cual la tierra ha llegado a ser lo que es. Los cálculos no pueden ser fundamentalmente opuestos, uno no puede contradecir al otro, aunque la interpretación del hombre en ambos casos podría estar seriamente equivocada.

Este registro de Adán y su posteridad es el único relato de las escrituras que tenemos sobre la aparición del hombre en la tierra. Pero tenemos también un vasto y cada vez mayor  conocimiento sobre el hombre, sus primeros hábitos y costumbres, sus labores y obras de arte, sus herramientas y utensilios, sobre lo que las escrituras que hemos recibido hasta ahora guardan un silencio total. No contendamos con  las escrituras en un intento de explicar lo que no podemos explicar. Los primeros capítulos del Génesis, y las escrituras correspondientes, no se concibieron como un libro de texto de geología, arqueología, ciencias de la tierra o ciencias del hombre. Las Sagradas Escrituras permanecerán, mientras que las concepciones de los hombres cambiarán con los nuevos descubrimientos…” (James E. Talmage, “The Earth and Man”, discurso pronunciado en el Tabernáculo de Salt Lake City el 9 de Agosto de 1931 y posteriormente publicado como folleto bajo la dirección de la Primera Presidencia)

No estaban solos en su creencia. El científico e inventor George Washington Carver (1864 – 1943):

George Washington Carver

George Washington Carver

“Tan pronto como comiences a leer al grande y amoroso Dios en todas las formas de existencia que El ha creado, tanto animadas como inanimadas, estarás en condiciones de conversar con El, dónde sea y cuándo sea. ¡Qué plenitud de gozo obtendrás!”.

(George Washington Carver In His Own Words, Gary R. Kremer,editor, Univ. of Missouri Press, 1987)

El escritor y filósofo judío Martin Buber (1878 – 1965)

Martin Buber

Martin Buber

“La Naturaleza toda, y cada uno de sus elementos, enuncia algo que puede verse como una comunicación indirecta de Dios a todos aquellos que están listos para recibirla”.
(At the Turning, 1952)

O el ambientalista norteamericano Aldo Leopold (1887 – 1948)

Aldo Leopold

Aldo Leopold

“Intento enseñarte que este alfabeto de “objetos naturales” (suelos y ríos, aves y bestias) deletrea una historia. Una vez que hayas aprendido a leer la tierra, no temeré lo que hagas con ella o a ella, y sé de muchas cosas placenteras que ella hará contigo”.

 Marybeth Lorbiecki, Aldo Leopold: A Fierce Green Fire, An Illustrated Biography, Falcon Publ. Co., Helena, MT, 1996, p. 181

También Fritjof Schuon, filósofo, místico y poeta suizo (1907 – 1998) :

Fritjof Schuon

Fritjof Schuon

“La Naturaleza silvestre es un libro abierto que contiene enseñanzas inacabables de verdad y belleza. Son los propios artificios del hombre los que lo corrompen fácilmente, los que lo vuelven codicioso e impío. Cerca de la Naturaleza virgen, que no conoce falsedad ni perturbación, existe la esperanza de que se vuelva contemplative como la Naturaleza misma.”

Light on Ancient Worlds (London, 1965), p. 84

Como consecuencia de las teorías evolutivas de Darwin, la ciencia dejó de verse a sí misma como una ayuda para comprender el libro de la naturaleza y a su Creador para transformarse lentamente en la impulsora de una filosofía natural y materialista que negaba tal presencia supra humana. El campo científico pasó a ser dominado por quienes se declaraban agnósticos y ateos mientras que los que continuaban siendo teístas se abstenían de mencionarlo. Así surgieron los clichés del “dios ocioso” o “Arquitecto desocupado”.

El Dr. Joseph Loconte, Profesor de Historia en el King’s College de New York, donde enseña Civilización Occidental:

“Demasiados escépticos parecen olvidar la masiva deuda histórica que tienen con la creencia judía y cristiana en un cosmos ordenado. Atacan a la religión como enemiga de la ciencia y el progreso, cuando de hecho fue la visión religiosa la que ayudó a lanzar la revolución científica  más de tres siglos atrás”

En las Reuniones Filosóficas de la Universidad de Navarra de 1995, el catedrático Mariano Artigas (1938-2006) plasmó las siguientes ideas:

“En este momento, puede resultar útil referirnos a la clásica metáfora del libro de la naturaleza, que ha sido empleada en diferentes contextos a lo largo de los siglos. Se trata de una de las metáforas más fructíferas para expresar los problemas que nos ocupan: ¿cómo podemos leer ese libro?, ¿cuáles son sus características?, ¿cuál es el valor de nuestra lectura?, ¿cuál es su origen?

Al subrayar que la lectura del libro exige utilizar un lenguaje, esta metáfora nos permite subyarar que la ciencia es una verdadera actividad hermeneútica. Durante varios siglos se ha repetido que la ciencia experimental moderna nació cuando los científicos se pusieron a observar la naturaleza sin prejuicios, recogiendo hechos y relacionándolos mediante la formulación de leyes. Esta idea es una parte central de la mentalidad positivista. Sin embargo, proporciona una auténtica caricatura de la ciencia real. Dedicados a observar sin ideas previas ni interpretaciones, los hombres no se hubieran convertido en científicos, sino en lechuzas, y no precisamente de Minerva. A pesar de todo, esta imagen de la ciencia ha ejercido una notable influencia, y la continúa ejerciendo en la actualidad.

Que la ciencia es una actividad interpretativa es algo fuertemente subrayado en la epistemología contemporánea, a veces hasta un extremo demasiado forzado que concluye en un cierto relativismo, al hacer depender el conocimiento científico de paradigmas cuya verdad nunca podría ser probada.

Lo maravilloso de la ciencia experimental es que combina el aspecto interpretativo con una valoración rigurosa de la validez de los modelos utilizados. Nunca se trata de aplicar un lenguaje unívoco de modo rutinario: no existen métodos automáticos que garanticen la creatividad, sea para proponer nuevas hipótesis o sea para comprobar su validez. Nótese que subrayo deliberadamente la importancia de la creatividad no sólo cuando se trata de formular nuevas teorías sino también cuando se intenta comprobar su validez: el análisis de los estudios científicos actuales muestra hasta la saciedad que las pruebas científicas son, con frecuencia, enormemente sofisticadas, y poco o nada tienen que ver con la aplicación rutinaria de métodos lógicos preestablecidos.

La naturaleza no está escrita en ningún lenguaje específico, ni matemático ni de otro tipo. La naturaleza no habla. La metáfora del libro, en este caso, supone que existe un interlocutor (nosotros), capaz de crear un lenguaje que permite, al mismo tiempo, expresar las propiedades de la naturaleza, formular un discurso coherente, y proponer argumentos acerca de la validez de ese discurso. Somos nosotros quienes hacemos hablar a la naturaleza. Obedeciéndola, sin duda, pero también obligándola a manifestar sus secretos a través de interrogatorios muy sutiles.

Para finalizar diciendo:

En conclusión: Dios puede ponerse entre paréntesis metodológicamente en el trabajo científico, lo mismo que en cualquier otra actividad humana, mientras nos limitemos a realizar esa tarea preocupándonos exclusivamente de cumplir con unas normas de eficiencia dentro de un paradigma establecido. Sin embargo, cuando nos preguntamos por las condiciones de posibilidad y por las implicaciones de esa actividad, surgen de modo inevitable todo un conjunto de interrogantes de carácter metafísico, que sólo pueden ser abordados seriamente a través de una reflexión propiamente metafísica.

(http://www.unav.es/cryf/leyendolibronat.html)

Reflexiones Finales

En todas las discusiones modernas entre ciencia y religión ha surgido el concepto de Diseño Inteligente, lo cual, para el creyente, apunta a la existencia de un Diseñador o Creador. Pero curiosamente, en castellano, la palabra latina signum (señal, marca) ha derivado también, etimológicamente, en diseño, designio y designar (que no es otra cosa que dar nombre a algo). Pero designio implica un propósito. Para los cristianos en general, y probablemente para otras religiones, el designio del diseño está claro. Para buena parte de la ciencia el diseño proviene del azar o de la acumulación de mutaciones y adaptaciones, pero el designio no existe. No es ya una cuestión de Teología sino de Teleología (de teleos: fin, logía: discurso, es decir: tratado sobre los fines)

Los miembros de la Iglesia no estamos solos en nuestra posición.

El Papa Juan Pablo II hablando en Denver, Colorado en 1993:

Juan Pablo II

Juan Pablo II

“El mundo visible es como un mapa que apunta a los cielos… Aprendemos a ver al Creador contemplando la belleza de sus criaturas. En este mundo la bondad, sabiduría y poder de Dios brilla. Y el intelecto humano pude descubrir la mano del Artista en las maravillosas obras que ha hecho. La razón puede conocer a Dios mediante el Libro de la Naturaleza…”

Y el Patriarca Ignacio IV de Antioquia, líder de la comunidad Ortodoxa Griega y de todo el Oriente, en Lausanne, Suiza, 1989:

Ignacio IV

Ignacio IV

“El sendero místico en la Ortodoxia requiere como paso necesario la contemplación de la naturaleza – una visión de “los secretos de la Gloria de Dios que se encuentran escondidos en los seres y las cosas”, para citar a un gran místico que fue Arabe y Cristiano, San Isaac, el Sirio”.

Otros han hallado nuevas relaciones entre Libro y Mundo. Según Mallarmé: “el mundo existe para llegar a un libro”. Según León Bloy, somos versículos, palabras o letras de ese libro. Para Jorge L. Borges el Universo será siempre una gran Biblioteca…

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Debido a que esta serie es tanto la historia de una metáfora literaria como la del desarrollo de las ideas científicas, aparecerá excepcionalmente en el índice tanto bajo el título Arte y Religión – Literatura como bajo el de Ciencia y Religión.

REFERENCIAS:

Daniel C. Peterson, An Exhortation to study God’s Twoo “Books”, Interpreter: a journal of mormon scripture Nº 13 (2015), pag. XI

David R. Olson, El Mundo sobre el Papel, Editorial Gredisa, Barcelona, 1999, pags. 185-203

Italo Calvino, Por qué leer a los clásicos. Tusquet, Barcelona, 2005, pags. 91-97.

Leyendo en el Gran Libro de la Naturaleza – Segunda Parte

CIENCIA Y RELIGION

ARTE Y RELIGION

                    Literatura

“Leyendo en el Gran Libro de la Naturaleza”

Segunda Parte

“Si el Autor de la Naturaleza y las Escrituras es el mismo Dios, entonces los dos libros de Dios deberán, eventualmente, contar la misma historia”.

Bernard Ramm, The Christian View of Science and Scripture,1964.

Por Mario R. Montani

Deambulando por el laberinto oscuro

Dejamos claro en la primera parte de este análisis que el topos del “mundo como libro” tenía una larga tradición, la cual, partiendo de la antigüedad, se acrecienta durante los primeros siglos del cristianismo, la Edad y Media y el Renacimiento, aunque su utilización va transmutando con el paso del tiempo en variantes a veces complementarias y otras, claramente contrapuestas.

El poeta escocés del siglo XVI, Drummond of Hawthornden, escribió:

Of this fair volume wich we world do name

If we the sheets and leaves could turn with care

Of him who it corrects and did it frame

We clear might read the art and wisdom rare.

(Drummond, The Poems, ed. W.C. Ward, Vol. 2, pag. 6)

 

(Si de este hermoso volumen al que llamamos mundo

Pudiésemos con cuidado dar vuelta  hojas y páginas,

De aquel que lo corrige y le ha dado forma

Claramente podríamos leer el raro arte y sabiduría)

 

Encerrado en las mazmorras del Castillo de Nápoles por el Santo Oficio, el monje dominico Tommaso Campanella (1568-1639) generó el soneto Il mondo è il libro que pasaría a integrar su obra Civitas Solis  (La Ciudad del Sol, 1623). Transcribimos sólo los primeros versos:

Il mondo è il libro dove il Senno Eterno

Scrisse i proprii concetti, e vivo tempio

Dove pingendo i gesti e’l proprio esempio

Di statue vive ornó l’imo e’l su perno.

La Citta del Sole , pag. 66

“El mundo es el libro en el que la Eterna Sabiduría escribe sus propios conceptos…”

Tommaso Campanella

Tommaso Campanella

Iniciando el siglo XVII, la forma en que el Libro de la Naturaleza se leía, comenzó a cambiar, dentro de lo que se ha dado en llamar la revolución científica. Los mayores logros de ese período se obtuvieron sin dejar de lado la presencia de Dios, simplemente había cambiado la forma de leer el Libro.

Por ejemplo, William Harvey (1578-1657), quien estudió y comprendió el sistema circulatorio y las propiedades de la sangre:

“Profeso aprender y enseñar anatomía no de los libros sino de las disecciones, no de los postulados de los Filósofos sino del propio tejido de la Naturaleza” (William Harvey, De Motu Cordis (1628) The Circulation of the Blood and Other Writings, pag. 7)

Cuando Harvey murió, su amigo Abraham Cowley compuso una “Oda al doctor Harvey

William Harvey

William Harvey

 

“Así Harvey buscó la verdad en las verdades del Libro

De las criaturas, que Dios mismo ha escrito;

Y sabiamente pensó que era apropiado,

No leer sólo Comentarios sobre él,

Sino mirar en el original mismo”

(Frank, R.G. Harvey and the Oxford physiologists: Scientific ideas and social interaction, Berkeley, University of California Press, 1980, pag.103)

O Robert Boyle (1627-1691), el irlandés que ayudó a desarrollar la química moderna, postuló leyes sobre los gases y fue, simultáneamente, un importante teólogo:

“El libro de la naturaleza es una bello y enorme tapiz enrollado, que no nos es dado ver en su totalidad, sino que debemos contentarnos con esperar el descubrimiento de su hermosura y simetría poco a poco, a medida que se va desenvolviendo gradualmente”. (Robert Boyle, The Christian Virtuoso, 1690)

“Y cuando con excelentes Microscopios discierno en los de otro modo invisibles Objetos la Inimitable Sutileza de la Curiosa Hechura de la Naturaleza; y cuando, en una palabra, con la ayuda de Cuchillos Anatómicos, y la luz de Hornallas Químicas, estudio el Libro de la Naturaleza, y consulto las Glosas de Aristóteles, Epicuro, Paracelso, Harvey, Helmont, y otros instruidos Expositores de tan instructivo Volumen; me siento a menudo reducido a exclamar con el Salmista, Cuán numerosas son Tus obras, Oh Señor. Con sabiduría las has hecho a todas ellas”. (Robert Boyle, Some Motives and Incentives to the Love of God, 1659, pags. 56-57)

Robert Boyle

Robert Boyle

Quizás debamos también detenernos en la figura de Francis Bacon (1561-1626), barón Verulam, vizconde de Saint Albans, filósofo, abogado, escritor y Canciller de Inglaterra. Estimuló el desarrollo de las ciencias y su filosofía incluía que la verdad no provenía de ninguna autoridad sino que el conocimiento era fruto de la experiencia acumulada.

Francis Bacon

Francis Bacon

Desarrolló el método experimental inductivo que permitió mejorar la formulación de hipótesis. En su utopía tecnológica la Nueva Atlántida propone como gobernantes a los científicos de la Casa de Salomón, una gran universidad donde se concentra todo el conocimiento. Allí los científicos son pocos, aunque hay muchos otros que colaboran en la recolección de datos. Para Bacon, únicamente ciertas mentes selectas pueden desentrañar los misterios del Mundo. La naturaleza se parece más a un laberinto o un acertijo y sólo algunos pueden comprender la clave. La imagen que utiliza para representar el avance científico es la del Sumo Sacerdote penetrando en el lugar santísimo.

René Descartes (1596-1650), el filósofo y matemático francés:

“Resolví no buscar otro conocimiento que el que podía encontrar dentro de mí, o tal vez en el gran libro de la naturaleza” (Descartes, Discurso del método. Meditaciones metafísicas. Madrid, Espasa Calpe, 1989)

Rene Descartes

Rene Descartes

William Penn (1644 – 1718), un prominente cuáquero y filósofo, fundador del experimento social que daría lugar a la colonia de Pensilvania:

“El mundo es ciertamente un grandísimo  y majestuoso volumen de las cosas naturales y tal vez sigue el diseño de los jeroglíficos de uno aún mayor. Pero, he aquí, ¡Cuán pocas de sus páginas damos vuelta!

“El campo es tanto el jardín del filósofo como su biblioteca, en la cual lee y contempla el poder, la sabiduría y la majestad de Dios.” (Some Fruits of Solitude, 1692)

William Penn

William Penn

Tampoco los poetas olvidaron la figura retórica de los dos libros, como lo muestran los siguientes versos de Thomas Traherne (1637-1674)

Mudez

Cada piedra y cada estrella una lengua,

Y en cada tempestad una curiosa canción del viento

Los Cielos, como oráculo hablaban divinidad:

La Tierra asumió el oficio de sacerdote; mientras yo sin habla

(nada más estaba mudo)  y todas las cosas traían

Voces e instrucciones.

Dios es puesto entre paréntesis

Si bien como comenta el ambientalista cristiano Dean Ohlman:

“Los científicos de generaciones pasadas no tenían problemas en estudiar los hechos cuantificables de la revelación general (naturaleza) al mismo tiempo que aceptaban la veracidad y autoridad de la revelación especial del Creador (las Escrituras). Muchos científicos y pensadores del pasado caminaron en la tradición de hombres como Moises, David y Juan el Bautista, quienes hallaron en la naturaleza y el desierto, un santuario donde los libros de las revelaciones especiales y generales de Dios hablaban en elocuente armonía”.

(http://wonderofcreation.org/resources/gods-two-books-nature-and-the-bible/#sthash.oNF8totN.dpuf)

La verdad es que la persecución de Galileo y otros investigadores del pasado trajo como consecuencia un fuerte sentimiento anticlerical entre muchos científicos y la colocación de Dios “entre paréntesis”. Quizás nada refleje mejor ese sentimiento generalizado que la anécdota de Laplace y Napoleón.

Pierre Simon Laplace (1749-1827), astrónomo, matemático y físico francés, presentaba su obra “Traité de Mécanique céleste” a Napoleón, quien había sido su alumno en la Escuela Militar. El gobernante, probablemente intentando incomodar a su antiguo profesor, le comentó: “Habéis escrito un libro sobre el sistema del Universo, sin haber mencionado ni una sola vez a su Creador”. A lo que el autor contestó: “No he necesitado esa hipótesis, Sire”.

Pierre-Simon, Marqués de Laplace

Pierre-Simon, Marqués de Laplace

Definitivamente, no sólo había cambiado la forma de leer el Libro, sino que comenzaba a dudarse del Autor, o al menos, de la interpretación tradicional de ese Autor. Muchos años antes, el famoso viajero Hernando de Magallanes, ya había sentenciado:

“La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia”.

Romanticismo

Se denomina Romanticismo a un movimiento cultural, con derivaciones en lo político, que se originó en Alemania a fines del siglo XVIII y se extendió a Inglaterra y el resto del mundo occidental en la primera mitad del siglo XIX. Consistió en una reacción revolucionaria contra las reglas estereotipadas del clasisismo, al mismo tiempo que una exaltación del individuo y la supremacía de los sentimientos por sobre la razón.

La visión romántica proponía la unidad del hombre y la naturaleza, la presencia de Dios en esa naturaleza y ciertos elementos de divinidad en el propio hombre. El movimiento tiene particular importancia en el tema que tratamos pues es en medio de su influencia que se produce la Restauración.

Estwick Evans (1787-1866) fue un abogado que realizó en 1818 una larga caminata de 4000 millas entre su hogar en New Hampshire y Detroit con ese espíritu de contacto con el territorio:

“Hay algo en el mismo nombre de naturaleza que hechiza al oído, y calma el espíritu… Hay religión en ella” (Estwick Evans (1818) Estwick Evans, A Pedestrious Tour of Four Thousand Miles through the Western States and Territories during the Winter and Spring of 1818 (1819), pag. 102.

Quizás nada representa tan bien la contemplación romántica del mundo natural como las pinturas de Caspar David Friedrich (1774-1840) en las que la figura humana (generalmente de espaldas) aparece disminuida y asombrada frente a las maravillas de la naturaleza.

Caspar David Friedrich - El caminante sobre la niebla.

Caspar David Friedrich – El caminante sobre la niebla.

Caspar David Friedrich - El caminante sobre la niebla

Caspar David Friedrich – Hombre y mujer observando la luna

 

Ralph Waldo Emerson, el filósofo y escritor trascendentalista contemporáneo de Joseph Smith, escribió en su diario:

“La naturaleza es un lenguaje y cada nuevo hecho que aprendemos es una nueva palabra; aunque visto correctamente y tomándolo en su conjunto no es meramente un lenguaje sino lenguaje colocado en el más significativo y universal de los libros” (Journals of Ralph Waldo Emerson (1820-1872), Houghton Mifflin, 1919, 3:227)

Ralph Waldo Emerson

Ralph Waldo Emerson

El vecino y amigo personal de Emerson, Henry D. Thoreau, se internó en Walden Pond para vivir aislado y en directo contacto con “el libro del mundo” durante 1846-1847 (la misma época en que los santos se preparaban para viajar hacia las Montañas Rocosas). Escribió:

“Tengo un cuarto sólo para mí; es la naturaleza” (Diario, 3 de Junio de 1853)

“¡Cuán importante es la constante relación con la naturaleza y la contemplación de los fenómenos naturales para preservar la salud moral e intelectual!” (Diario, 6 de Mayo 1851)

“El estudiante animoso estudiará siempre a los clásicos, en cualquier idioma en que estén escritos y por más antiguos que sean. Pues ¿qué son los clásicos sino los más nobles pensamientos del hombre registrados en libros?… Lo mismo podríamos omitir el estudio de la Naturaleza, porque es vieja…” (Walden o la vida en los bosques, Marymar Ediciones S.A., Buenos Aires, 1977, pag. 104-105)

“Así me parecía que esta ladera ilustraba el principio de todas las operaciones de la Naturaleza. El Hacedor de esta tierra no patentó más que una sola hoja. ¿Qué Champollion nos descifrará este jeroglífico, para que podamos al fin dar vuelta una nueva hoja?” (Walden o la vida en los bosques, Marymar Ediciones S.A., Buenos Aires, 1977, pag. 305)

Henry David Thoreau

Henry David Thoreau

 

Durante esta época se desarrolló la denominada teología natural, un consenso intelectual de que es posible leer ambos libros con mutuo beneficio. Si bien muchos estudiosos señalan el período como uno de creciente secularismo, también es cierto que el concepto de Diseño (y  por lo tanto de un Diseñador) está presente en la mayoría de los artistas románticos. Esto ha quedado más que claro en la obra de Colin Jager, The Book of God, Secularization and Design in the Romantic Era, cuyo argumento sostiene que lo complejo e intrincado de la naturaleza señala hacia un creador divino e inteligente cuyo libro debemos aprender a leer.

Los ejemplos al respecto son inagotables:

George B. Cheever (1807 – 1890)

Las Puertas de los Cielos

“El hombre que realmente puede, en unión viva de la mente y el corazón, conversar con Dios a través de la naturaleza, halla en las formas materiales que lo rodean una inacabable fuente de poder y felicidad, similar a la vida de los ángeles. La mayor gloria del hombre es vivir para Dios; y cuando esta grandiosa sensibilidad hacia El, y este poder de comunión con El, es llevado, como un hábito del alma, hacia las formas de la naturaleza, entonces los muros del mundo son los portales de los cielos.” (Citado en The Encylopedia of Religious Quotations, Pillar Books, Inc., New York, 1976)

Henry Wadsworth Longfellow (1807 – 1882)

Los Manuscritos de Dios (“The Fiftieth Birthday of Agassiz,” (extracto) May 28, 1857)

Y Natura, la vieja nodriza,

Al niño coloca en su regazo,

Diciendo: “Mi Padre te ha escrito

Este bello libro de cuentos.

Ven a maravillarte conmigo

A nunca recorrida región,

Leyendo lo jamás leído

En los ocultos textos de Dios”.

Henry W. Longfellow

Henry W. Longfellow

Tyrone Edwards (1809 – 1894)

“La naturaleza y la revelación son ambos libros de Dios; cada uno puede contener misterios, pero en ellos podemos hallar los asuntos sencillos y prácticos para nuestras diarias obligaciones.”

John Ruskin (1819 – 1900)

La Poesía de la Naturaleza

Hay religión en cada cosa que nos rodea,

Una religión calma y santa

En las cosas sin aliento de la naturaleza.

Es una influencia humilde y bendita,

Que, sigilosamente, toma desprevenido al corazón;

Llega rápidamente y sin alboroto;

Sin terror ni penumbras,

Sin despertar las pasiones;

Sin sentirse trabada por los credos…

 

Está escrita sobre el cielo abovedado,

Mira desde cada estrella,

Se encuentra en la nube pasajera y el viento invisible;

Entre los cerros y valles de la tierra

Donde los desnudos picos montañosos

Penetran la delgada atmósfera del invierno eterno,

O donde el bosque poderoso fluctua frente al vendaval,

Con sus oscuras olas de verde follaje;

Se dispersa como un lenguaje legible

Sobre la amplia faz de un océano insomne,

Es la poesía de la naturaleza,

Es aquello que eleva el espíritu en nuestro interior…

Y abre a nuestra imaginación

Un mundo de belleza espiritual y santidad.

Modern Painters

John Ruskin

John Ruskin

John Burroughs (1837 – 1921)

Releyendo el Libro de la Naturaleza
El libro de la naturaleza viva

Es diferente de otros libros en este aspecto:

Uno puede leerlo una y otra vez,

Y siempre hallar nuevos significados.

Es un libro que va a la imprenta cada noche,

Y aparece fresco cada mañana.

 

Las presentes reflexiones culminarán en la tercera y última parte de este artículo…

Debido a que esta serie es tanto la historia de una metáfora literaria como la del desarrollo de las ideas científicas, aparecerá excepcionalmente en el índice tanto bajo el título Arte y Religión – Literatura como bajo el de Ciencia y Religión.

REFERENCIAS:

Daniel C. Peterson, An Exhortation to study God’s Twoo “Books”, Interpreter: a journal of mormon scripture Nº 13 (2015), pag. XI

David R. Olson, El Mundo sobre el Papel, Editorial Gredisa, Barcelona, 1999, pags. 185-203

Italo Calvino, Por qué leer a los clásicos. Tusquet, Barcelona, 2005, pags. 91-97.

Leyendo en el Gran Libro de la Naturaleza – Primera Parte

CIENCIA Y RELIGION

ARTE Y RELIGION

 

“Leyendo en el Gran Libro de la Naturaleza”

Primera Parte

Por Mario R. Montani

“Hay dos libros de los cuales recojo mi divinidad, uno de Dios (las Escrituras), y otro de su sierva, la Naturaleza” (Thomas Browne, 1643)

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Desde muy antiguo, teólogos, poetas y científicos consideraron que Dios era el autor de dos libros. Uno, las Escrituras y otro, el Libro de la Naturaleza. Al primero se lo denomina a veces “revelación especial” ya que el Autor escogió a ciertos hombres inspirados, de la fe judía y cristiana, para volcarla en una textualidad humana comprensible. Al segundo se lo ha identificado como “revelación general” pues está al alcance de todos e implica la capacidad de reconocer la mano del Creador a través de sus obras. Ya el salmista declaraba:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su voz. Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras” (Salmo 19: 1-4)

Recuerdo haber aprendido estos conceptos cantando el himno 65 de los antiguos himnarios,“Los cielos cuentan la Gloria de Dios”, con música de Ludwig van Beethoven (lamentablemente para las nuevas generaciones no se ha incluido en las ediciones más recientes)

Daniel C. Peterson ha señalado hace muy poco (Daniel C. Peterson,  An Exhortation to study God’s Twoo “Books”, Interpreter: a journal of mormon scripture Nº 13 (2015), pag. XI) que en vez del nombre Yahweh o Jehová que aparece en todo el Salmo 19, en estos versículos se utiliza el título El, un nombre mucho más general para Dios que sería entendido por todos los pueblos semíticos (de hecho, continúa hasta la actualidad en el árabe Allah), lo cual parece indicar que el Libro de la Naturaleza estaba disponible aún para aquellos fuera del convenio.

El Libro de Job también nos recuerda:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán; a las aves de los cielos, y ellas te lo mostrarán; o habla a la tierra, y ella te enseñará; los peces del mar te lo declararán también. ¿Qué cosa de todas estas no entiende que la mano de Jehová la hizo?” (Job 12: 7-9)

El Apóstol Pablo, dirigiéndose a los romanos, les explicó que estaban sin excusa, pues tenían frente a ellos, como una prueba adicional, la propia Creación, que testificaba de la deidad:

“Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como Dios, ni le dieron gracias…”(Romanos 1: 19-20)

Si leemos con cuidado las escrituras, descubriremos que la mayoría de sus relatos transcurren a cielo abierto y en directo contacto con la naturaleza, desde el Jardín de Edén hasta Getsemaní, desde la zarza ardiente y el monte Sinaí de Moisés hasta la arboleda sagrada y el río Susquehanna de Joseph Smith, desde el desierto de Lehi hasta el Mar de Galilea que frecuentó el Salvador.

El Mundo como Libro en los primeros siglos del Cristianismo

Los llamados Padres de la Iglesia utilizaron ampliamente el símil de la Creación como Libro en sus escritos:

“Que Dios es el Creador del mundo es aceptado aún por quienes de muchas maneras hablan en contra de El… Pues la creación revela a Aquel que la formó, y las propias obras sugieren a Quien las hizo, y el mundo manifiesta a Quien lo ordenó. Más aún, la Iglesia Universal, en todo el mundo, ha recibido esta tradición de los apóstoles mismos”.

(San Irineo de Lyon (129-203) “En contra de las herejías”, Libro II, 9:1)

“El paralelo entre naturaleza y Escritura es tan completo que necesariamente debemos creer que la persona que pregunta sobre la naturaleza y la que pregunta sobre la Escritura están obligadas a llegar a la misma conclusión” (Origenes 185-254)

Origenes de Alejandria

Origenes de Alejandria

Según las tradiciones, Antonio abad, también conocido Antonio el Grande o Antonio de Egipto, fue un monje que vivió entre los años 251 y 356 de nuestra era. Retirado a una vida monacal en el desierto en compañía de animales a los que brindaba afecto, fue visitado por un filósofo quien le cuestionó como podía un hombre instruido como él vivir sin libros. La respuesta recibida fue la siguiente:

“Mi libro es la naturaleza de las cosas creadas, y tan a menudo como me viene a la mente leer las palabras de Dios, está a mi alcance”.

Atanasio de Alejandría (297-373)

Atanasio de Alejandria

Atanasio de Alejandria

“Pues la creación, como si estuviese escrita en caracteres y por medio de su orden y armonía, proclama en voz alta a su propio Maestro y Creador… Por esta razón, Dios, por su propia palabra, dio a la creación tal orden como en ella se encuentra… para que los hombres puedan conocerlo a través de Sus obras”.

San Efrain, el Sirio (306-373) escribió en sus Himnos sobre el Paraíso (Himno V: 1-3):

 

Consideré la Palabra del Creador,

Y la comparé a la roca que marchó

Con el pueblo de Israel al desierto…


En su libro describe Moisés la creación del mundo natural

De modo que Naturaleza y Escritura

Puedan testificar del Creador.

La Naturaleza, mediante el uso que el hombre le da.

La Escritura, mediante su lectura.

Estos son los testigos que llegan a todas partes,

Se los encuentra en todo tiempo, presentes a cada hora,

Refutando al incrédulo que difama al Creador.

 

Leí el comienzo de este libro y me llené de gozo,

Pues sus líneas y versos extendían sus brazos para recibirme;

El primero se apresuró y me besó, conduciéndome a su compañero;
y al hallar el verso do se halla escrita la historia del Paraíso,

Me elevó y transportó desde el seno del libro

Al propio seno del Paraíso.

 

Juan Crisóstomo, patriarca de Constantinopla (347-407) dejó constancia de que:

“La Naturaleza es nuestro Mejor Maestro. Desde la creación, aprende a admirar al Señor!…Por cierto, la magnitud y belleza de la creación, y también su forma, muestran a un Dios que es el artífice del universo…” (Sobre los Estatutos 12:7)

San Agustín (354-430)

“Cierta gente, para descubrir a Dios, lee libros. Pero existe un gran libro: la verdadera apariencia de las cosas creadas. ¡Mirad por sobre vosotros! ¡Mirad debajo de vosotros! Observad. Leed. Dios, a quien deseáis descubrir, no escribió tal libro con tinta. En cambio ha colocado delante de vuestros ojos las cosas que El ha hecho. ¿Podéis pedir una voz más fuerte que esa, cuando cielos y tierra os gritan: “Dios me ha hecho”? (De Civitate Dei, Libro XVI)

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San Máximo, el Confesor (580-662), o Máximo de Constantinopla declaró en Ambiguum 10, pag. 91, 1128-1129ª:

“La creación es una biblia cuyas letras y sílabas son los aspectos particulares de todas las criaturas y cuyas palabras son los universales aspectos de la creación. Por otro lado, la Escritura es como un cosmos formado por el cielo, la tierra y toda cosa entremedio; esto es, las dimensiones éticas, naturales y teológicas”.

El Liber Mundi en la Edad Media

Ernst Robert Curtius, importante filólogo e investigador alemán trazó una genealogía de la idea del mundo como libro a lo largo de la Edad Media, con influencias de Medio Oriente y llegando hasta Plotino, quien declaró que su arte consistía “en leer los caracteres escritos de la Naturaleza” (Curtius, European Literature and the Latin Middle Ages, Princeton, 1973, pag. 308)

Bernardo de Clairvaux, quien vivió entre 1090 y 1153 escribió a Heinrich Murdach:

“Cree a alguien que sabe: hallarás algo más grande en los bosques que en los libros. Los árboles y las piedras te enseñarán aquello que jamás aprenderás de los maestros”. (TheLetters of Bernard 106:107). Y también que:

“… el mundo es el libro de Dios, y debemos leer en él continuamente”.

Bernardo de Clairvaux

Bernardo de Clairvaux

Hugo de San Victor (1096-1141), en De Tribus Diebus, 4, impreso en el Libro 7 del Didascalicon:

“Todo el mundo visible es como un libro escrito por el dedo de Dios, es decir, creado por poder divino.”

Hugo de San Victor

Hugo de San Victor

El SheikMuslih-uddinSa’diShirazi (1213 -1293), musulmán de origen iraní también tenía claro:

“Cada hoja del árbol

Se transforma en una página de la sagrada escritura

Una vez que el alma ha aprendido a leerla”.

(El Gulistan)

San Buenaventura de Fidanza (1217-1274) fue un místico y teólogo franciscano que plasmó la idea tanto en su Breviloquium (2.5; 2.11; 2.12) como en Collationes in Hexaemeron (12:14-17)

“El universo es como un libro que refleja, representa y describe a su Creador…”

“En toda la creación, la sabiduría de Dios ilumina con su luz desde El y en El, como un espejo que contiene la belleza de todas las formas y luces y como un libro en el que todas las cosas están escritas según los profundos secretos de Dios… Ciertamente, quien lea este libro encontrará la vida y obtendrá salvación del Señor”.

“Aquel, pues, que no está iluminado por el gran esplendor de las cosas creadas, es ciego;

Quien no despierta con tan grande clamor es sordo;

Quien no alaba a Dios por todos estos efectos es mudo;

Quien no nota el principio primero con estas grandes señales es tonto.

Por tanto, abre tus ojos,

Toma tus oídos espirituales.

Abre tus labios y aplica tu corazón,

Para que puedas ver, oír, alabar, amar y adorar, glorificar y honrar a tu Dios.”

 

Santo Tomás de Aquino (1225-1274)

“Los escritos sagrados están encuadernados en dos volúmenes: el de la creación y el de las Santas Escrituras”.

Tomas de Aquino

Tomas de Aquino

En los Sermones de MeisterEckhart (1260-1327)

“Cualquiera que conoce a las criaturas puede ser excusado de escuchar los sermones, pues cada criatura está llena de Dios, y es un libro”.

Meister Eckhart

Meister Eckhart

“Conoce a Dios en todas las cosas, pues Dios está en todas las cosas.

Cada criatura está llena de Dios y es un libro sobre Dios.

Cada criatura es una palabra de Dios.

Si me tomara el suficiente tiempo con la más pequeña – aún una oruga –

Jamás tendría que preparar un sermón, tan llena de Dios está cada una.”

 

Dante Alighieri (1265-1321), el supremo poeta florentino en el Paradiso 33:85-90 de su monumental Divina Comedia muestra que la imagen del libro continuaba vigente.

Nel suo profondo vidi che s’interna

Legato con amore in un volume,

Ció che per l’universo si squaderna:

 

Sustanze e accidenti e lor costume,

Quasi conflati insieme, per tal modo

Che ció ch’idico é un semplice lume.

 

(En su profundo vi que se interna,
ligado con amor en un volumen,
todo lo que por el universo se desencuaderna;

sustancia y accidente y sus costumbres
cuasi confundidos entre sí, de modo tal
que lo que digo modesta es vislumbre.)

Dante Alighieri

Dante Alighieri

Los dos libros durante la Reforma

Martin Lutero (1483-1546), con quien se iniciaron los movimientos reformistas, anotó:

“Dios escribe el Evangelio no sólo en la Biblia, también en los árboles y las flores, las nubes y las estrellas”. (The Harper Religious and InspirationalQuotationCampanion, pag. 120)

“La creación toda es el más hermoso de los libros o biblias, ya que en ella Dios se ha descripto y retratado a Si mismo” (Luther’s World of Thougth, Concordia, 1958, pag. 179)

Martin Lutero

Martin Lutero

Juan Calvino (1509-1564):

“En cada parte del mundo, El ha escrito, como si estuviese grabada, la gloria de su poder, bondad y eternidad…”

“Al contemplar a las criaturas, no debemos meramente atropellarlas de modo superficial, o, por decirlo de otro modo, con una visión fugaz, sino que debemos analizarlas profundamente, darles vuelta en nuestra mente con seriedad y fidelidad y recordarlas a menudo”

“Es parte de la sabiduría humana buscar las obras de Dios, y colocar la mente en ellas de modo pleno. Dios ha ordenado el mundo para ser como un teatro en el que observar su bondad”.

Juan Calvino

Juan Calvino

Dos siglos más tarde John Wesley (1703-1791), iniciador del movimiento Metodista, recordaba:

“El Libro de la Naturaleza está escrito con caracteres universales, que todos pueden leer en su propia lengua. No contiene palabras, pero sí elementos que muestran la Divina perfección. El firmamento, que se expande por doquier con sus huestes de estrellas, declara la inmensidad y magnificencia, el poder y sabiduría de su Creador”.

John Wesley

John Wesley

La Reforma trajo una nueva forma de leer las Escrituras. Como veremos a continuación, ya no deseaba conocer interpretaciones de maestros sino abrevar en la fuente misma de conocimiento. Algo similar iría ocurriendo con la lectura del Libro de la Naturaleza.

El Renacimiento

No es tan sencillo ubicar históricamente al movimiento que conocemos como Renacimiento, ya que se dio con diferencias cronológicas en los diferentes países europeos.

Los viajes, en particular el descubrimiento de América, y la invención de la imprenta suelen mencionarse como antecedentes necesarios. También la revalorización de los modelos greco-romanos y un desplazamiento del teocentrismo dominante hacia un atenuado, y luego marcado, antropocentrismo denominado corriente humanística.

Escuchemos a Paracelso (1493-1541)

“Fue el Libro de la Naturaleza, escrito por el dedo de Dios, lo que estudié…

La naturaleza es la maestra universal. Todo aquello que no podamos aprender de la apariencia externa de la naturaleza, podremos aprenderlo de su espíritu. Ambos son uno. Todo es enseñado por la Naturaleza a su discípulo si le pide la información del modo adecuado”.

Paracelso

Paracelso

Sin embargo Paracelso, notable erudito de su época, astrólogo e inventor de la llamada “medicina simpática” no leía el Gran Libro de la manera correcta. Creía, por ejemplo, que el remedio para algunas enfermedades se hallaba en el mundo vegetal, pero por la similitud de ciertas hojas con la forma del órgano afectado.

También escribió:

“El segundo libro de medicina es el firmamento… ya que es posible escribir toda la medicina en las letras de un libro… y el firmamento es ese libro que contiene todas las virtudes y todas las proposiciones…las estrellas en el cielo deben considerarse en su conjunto para que podamos leer la oración en el firmamento. Es como una carta que nos ha sido enviada desde una distancia de cien millas, y a través de la cual nos habla la mente del autor”.(Paracelsus: Selected writings, Princeton, New Jersey, Princeton University Press, 1958, Cap. XI, pags. 171-176)

Para esta lectura “analógica” era importante descubrir los significados ocultos en la naturaleza que sólo el especialista podía adivinar e interpretar por “similitud”. Esta forma de lectura “entre líneas” provenía de las propuestas de las artes retóricas medievales para estudiar la Biblia y se había trasladado al “otro libro”.

Tal formato discursivo comenzó a ser rechazado por los investigadores de la Edad Moderna y suplantado por lo que luego se identificaría como “discurso analítico” junto con la pregunta: ¿cuál es el lenguaje en que está escrito el Libro de la Naturaleza?

Galileo Galilei (1565 -1642) tenía una respuesta muy clara:

“La filosofía está escrita en ese libro enorme que tenemos continuamente abierto de­lante de nuestros ojos (hablo del universo), pero que no puede entenderse si no apren­demos primero a comprender la lengua y a conocer los caracteres con que se ha escrito. Está es­cri­to en lengua matemática, y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geo­mé­tricas sin las cua­les es humanamente imposible entender una palabra; sin ellos se deam­bula en vano por un laberinto oscuro” (Galileo Galilei, Saggiatore, 1623 El Ensayador, Buenos Aires, Aguilar Argentina, 1980, 6)

Galileo Galilei

Galileo Galilei

Ya ocho años antes, Galileo había escrito a la Gran Duquesa Cristina:

“Llegamos a la conclusión de que Dios es conocido primero a través de la Naturaleza, y luego, más especialmente, a través de la doctrina; a través de la Naturaleza en cuanto a Sus obras, y a través de la doctrina en cuanto a Su palabra revelada” (Galileo Galilei, Carta a la Gran Duquesa Cristina, 1615, Barcelona, Atalaya, 1994)

Y diez años antes, en la Istoria e dimostrazioni in torno a glie macchie solari [His­toria y demostraciones acer­ca de las manchas solares] (1613),  el sabio oponía ya la lectura directa (libro del mundo) a la indirecta (libros de Aristóteles).

“Los que todavía me con­tra­di­cen son algunos defen­so­res severos de todas las mi­nu­cias peripatéticas, quienes, por lo que puedo entender, han sido educados y alimentados desde la primera infancia de sus estudios en la opinión de que filosofar no es ni puede ser ­si­no una gran práctica de los tex­tos de Aristóteles, de modo que puedan juntarse muchos rá­pi­damente aquí y allá y en­sam­blar­los para probar cualquier problema que se plantee, y no quieren alzar los ojos de esas páginas, como si el gran libro del mundo no hubiera sido escrito por la naturaleza pa­ra que lo lean otras personas además de Aristóteles, cuyos ojos habrían visto por toda la posteridad”. 

Despidámonos de esta primer parte con los versos de William Shakespeare (1564-1616) quien, como precursor del Renacimiento, impactó a las siguientes generaciones. Provienen de su obra teatral “As you like it” (Como gustéis)

The Uses of Adversity.

William Shakespeare

William Shakespeare

Sweet are the uses of adversity,
Which, like the toad, ugly and venomous,
Wears yet a precious jewel in his head.
And this our life, exempt from public haunt,
Find tongues in trees, books in the running brooks,
Sermons in stone, and good in every thing.

Dulces los usos de la Adversidad

Dulces son los usos de la adversidad, 
Que como el sapo, feo y venenoso,
Viste todavía una joya preciosa en su cabeza;
Y nuestra vida exime de refugio público,
Encuentra lenguas en los árboles, libros en los arroyos corriendo,
Sermones en las piedras, y lo bueno en toda cosa.

 

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Debido a que esta serie de artículos es tanto la historia de una metáfora literaria como la del desarrollo de las ideas científicas, aparecerá excepcionalmente en el índice tanto bajo el título Arte y Religión – Literatura como bajo el de Ciencia y Religión.

REFERENCIAS:

Daniel C. Peterson, An Exhortation to study God’s Twoo “Books”, Interpreter: a journal of mormon scripture Nº 13 (2015), pag. XI

David R. Olson, El Mundo sobre el Papel, Editorial Gredisa, Barcelona, 1999, pags. 185-203

Italo Calvino, Por qué leer a los clásicos. Tusquet, Barcelona, 2005, pags. 91-97.

Contemplando la huella de Su mano (Ciencia Vs. Religión) Parte III

CIENCIA Y RELIGION

“Contemplando la huella de Su mano”

(Ciencia Vs. Religión)

Parte III

“Todas las religiones, artes y ciencias son ramas del mismo árbol. Todas sus aspiraciones están dirigidas a ennoblecer la vida del hombre, elevarlo de la esfera de la mera existencia física y conducir al individuo hacia la libertad”. Albert Einstein (Septiembre de 1940, introducción a la Conferencia sobre Ciencia, Filosofía y Religión en relación a un Estilo de Vida Democrático, en el Seminario Teológico Judío de Nueva York)

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Por Mario R. Montani

Casi todos poseemos un bagaje bastante subjetivo tanto sobre la ciencia como sobre la religión. Solemos pensar en hechos puntuales que nos han relacionado con ellas a lo largo de nuestra vida o en circunstancias históricas definidas sobre las que hemos tomado posición. Aún a los más encumbrados científicos teóricos o a los más reconocidos teólogos les cuesta escapar de estas limitaciones. Paul Kurtz dice:

“El analfabetismo científico se encuentra ampliamente extendido, aún en las clases educadas, y especialmente entre los políticos y los líderes industriales” (Can the sciences be unified? Skeptical Inquirer 22, Julio/Agosto 1984, pag. 4)

Cambios en la ciencia

La Ciencia, por su propia metodología, trabaja con hipótesis para explicar fenómenos naturales los que intentará confirmar mediante la observación y experimentación. Sus verdades son provisorias. La posibilidad de cambio y mejor comprensión ha estado siempre presente en la historia del desarrollo de las ciencias. Por ejemplo: las teorías de Albert Einstein lograron explicar y unificar conceptos que antes no eran entendidos. Algunas de sus propuestas se han confirmado experimentalmente en épocas muy recientes.

Para que una hipótesis pase a ser una teoría debe lograr explicar fenómenos que las teorías anteriores no lograban explicar, debe satisfacer el principio de correspondencia, es decir, incorporar partes existentes de la teoría que propone reemplazar y debe predecir fenómenos que puedan probarse empíricamente. Volviendo a Einstein, su teoría de la gravedad explicó una anomalía en la órbita de Mercurio y predijo la desviación de la luz de las estrellas que pasan cerca del Sol. También mostró que la Teoría de la gravedad de Newton, de la cual partió, era válida en un campo muy restringido.

Aún en ciencias tan abstractas y aparentemente estables como la matemática (por algunos considerada el lenguaje de las demás ciencias) los cambios son constantes. Philip J. Davis y Reuben Hersch explican en “The Mathematical Experience”, pag. 21, que se publican más de 200.000 nuevos teoremas matemáticos cada año:

“Si el número de teoremas es mayor que la posibilidad de uno de poder estudiarlos, ¿en quién confiar como juez para decidir cuáles son realmente importantes?… Raramente encontraremos a una persona que domine el trabajo reciente en más de dos o tres áreas de las matemáticas”.

Ivars Peterson en su interesante análisis “The Mathematical Tourist”, pag. 9:

“Las matemáticas también cambian y crecen, no sólo en el modo en que son aplicadas, sino en su estructura fundamental. Se introducen nuevas ideas, se descubren nuevas conexiones entre antiguas ideas. Observaciones casuales y conjeturas informadas se desarrollan en nuevos campos de investigación”.

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De modo que podríamos considerar a la ciencia como un intento permanente de acercamiento a la verdad pero que reconoce la posibilidad de que nuevos instrumentos teóricos o prácticos le permitan mayores acercamientos, sin que haya un punto final para tales indagaciones.

Cualquier científico aceptará que su campo de investigación está sujeto al cambio. Ve eso como una característica positiva de progreso y mayor comprensión. Cuando la religión se enfrenta a la ciencia en algún tema conflictivo, señala esa posibilidad de cambio como una debilidad argumentativa. Es decir, ya que está sujeta a la permanente modificación, llegará un momento en que las teorías concordarán con lo que la religión ya ha establecido por otras vías. En realidad, la mayoría de las veces, no se produce un cambio de paradigma en la ciencia sino una profundización en un sentido definido. Por ejemplo: nadie entiende hoy la Teoría de la Evolución exactamente como la propuso Darwin, sin embargo el esquema o andamiaje básico de Darwin ha sido confirmado una y otra vez con cada nuevo descubrimiento en las ciencias naturales.

Cambios en la religión

Debido a que las religiones tratan con verdades últimas y eternas se supone que son constantes y que no hay cambios en ellas. Sin embargo las percepciones humanas sobre esas verdades sí se modifican, lo cual es fácilmente demostrable.

No siendo un experto en la historia de los desarrollos espirituales de toda la civilización, me limitaré a la experiencia personal dentro de mi propia tradición religiosa. Por ejemplo, un tema constante de conflicto ha surgido por la interpretación literal de ciertos pasajes de la Biblia. Escuchemos a Joseph Fielding Smith, uno de los líderes más ortodoxos de la Iglesia de las últimas décadas, Profeta, e inquieto investigador:

“Aun los más sinceros creyentes de la Biblia, se dan cuenta de que, como muchos otros libros, está repleta de metáforas, símiles, alegorías y parábolas, que ninguna persona inteligentes puede ser compelida a aceptar en un sentido literal…

El Señor no ha quitado el poder de razonar de aquellos que creen en su palabra. El espera que todo hombre que toma su “yugo” sobre sí tenga el suficiente sentido común como para aceptar una figura retórica en su marco apropiado, y que pueda entender que las santas escrituras están llenas de historias alegóricas, parábolas que edifican la fe, y lenguaje artístico…

¿Dónde existe un escrito que pretenda ser tomado en todas sus partes de modo literal? Tal escrito sería insípido y por lo tanto carente de atractivo natural. Esperar que un creyente en la Biblia tome una actitud de este tipo y crea que todo lo escrito es una rendición literal es un pensamiento estúpido. Ninguna persona en el uso de sus facultades contempla a la Biblia bajo dicha luz” (Joseph Fielding Smith, Doctrines of Salvation, Bookcraft, 1956, vol.3, pag. 188)

Si esos pasajes son válidos para la Biblia, ¿será posible hacerlos extensivos a nuestros otros Libros Canónicos? ¿Nos atreveremos algún día a considerar que puede haber cierto “lenguaje artístico” e “historias alegóricas” en el Libro de Mormón? ¿O que es “estúpido” pensar en la “rendición literal” de la Perla de Gran Precio? ¿Serán ciertos pasajes de la Doctrina y Convenios pasibles de una interpretación metafórica, simbólica, o para edificar la fe?

Tomemos algunos ejemplos. DyC. 77:6:

P – ¿Qué hemos de entender por el libro que Juan vio, sellado por fuera con siete sellos?

R – Que contiene la voluntad, los misterios y las obras revelados de Dios; las cosas ocultas de su administración concernientes a esta tierra durante los siete mil años de su permanencia, o sea, su duración temporal.

Los miembros de los primeros 50 años de la Restauración entendieron que eso significaba que los últimos días eran inmediatos y que antes del año 2000 daría comienzo el Milenio. Hoy no lo entendemos así. La escritura no cambió, nuestra percepción de ella sí. De hecho, una mayoría de miembros de aquella época creía literalmente la referencia de DyC 130:15 y que la venida del Hijo del Hombre sería alrededor de 1890 o 1891.

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Por 80 años los santos interpretaron “el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio” de DyC. 132 como una referencia a las uniones plurales. Hoy a nadie se le ocurriría darle ese sentido. Nuevamente, la escritura no cambió. Sí lo ha hecho nuestra comprensión de ella.

Si aceptamos que nuestra interpretación de textos canónicos ha cambiado, deberemos dejar la puerta abierta para creer que puede volver a cambiar en base a nuevo conocimiento o nueva percepción de las cosas. Lo que creemos sobre ciertas cosas puede cambiar. La religión puede cambiar y, en efecto, aunque nos cueste aceptarlo, ha estado cambiado.

El equilibrio

“La fe y la razón son como dos alas sobre las que el espíritu humano se eleva para la contemplación de la verdad; y Dios ha colocado en el corazón humano el deseo de conocer la verdad – en otras palabras, de conocerse a sí mismo – de modo que al conocer y amar a Dios, los hombres y mujeres pueden llegar a la plenitud de la verdad sobre ellos mismos” (Juan Pablo II)

“La ciencia sin religión está lisiada; la religión sin ciencia es ciega” Albert Einstein

Creo que es más que posible rastrear en nuestra tradición las opiniones de líderes de la Iglesia que traen equilibrio al tema y nos permiten alejarnos de la ola de antiintelectualismo:

“Si en un día de reposo, cuando estamos reunidos para adorar al Señor, uno de los Elderes se viese movido a darnos un sermón sobre cualquier rama de la educación con la que estuviese familiarizado ¿sería inaceptable para nuestra religión? O si un Elder nos diese una conferencia sobre astronomía, química o geología, nuestra religión las abarca a todas. No importa cuál sea el tema, si tiende a mejorar la mente, exaltar los sentimientos y aumentar nuestra capacidad. La verdad que existe en todas las artes y ciencias forma parte de nuestra religión. La fe no es mayor parte de ella que cualquier otro principio verdadero de la filosofía”. (Brigham Young, JD Vol. 1, pags. 334-335)

Qué diferentes suenan las palabras de Boyd K. Packer pronunciadas el 30 de Octubre de 1988 en la Universidad de Brigham Young:

“Los así llamados intelectuales que se apoyan en el método científico como un modo siempre legítimo de búsqueda de conocimiento no se dan cuenta de que la fe debe ser precedente a lo empírico, sin importar cuán voluminosos o convincentes puedan ser los datos en que se apoyan”

 

El equilibrio parece retornar una década más tarde con el Presidente Hinckley:

“En un sentido general, este ha sido el mejor de los siglos. Nunca ha existido algo similar en la prolongada historia de la tierra. La expectativa de vida del hombre se ha extendido más de 25 años. Piensen sobre eso. Es un milagro. Los frutos de la ciencia se han manifestado por doquier. En general, vivimos más, vivimos mejor. Es una era de mayor comprensión y conocimiento. Vivimos en un mundo de gran diversidad. A medida que aprendemos más sobre otros, nuestra apreciación aumenta. Esta ha sido una época de iluminación. Los milagros de la medicina moderna, de los viajes, de la comunicación, casi superan nuestra capacidad de creerlos. Todo esto nos ha abierto nuevas oportunidades que debemos tomar y utilizar para el avance de la obra del Señor.” [Gordon B. Hinckley, LDS Conference Reports, Abril de 1999].

Ya mucho antes, Ezra Taft Benson había declarado que los miembros de la Iglesia…

“no temen que el descubrimiento de nuevas verdades entren en conflicto con algún principio fundamental defendido por el Evangelio… Cualquier nueva verdad, ya sea descubierta en el laboratorio, por la investigación del científico o revelada de los cielos a través de los profetas de Dios”. (Ezra Taft Benson, Conference Report, Abril de 1958, pag. 60)

También los científicos mormones se sumaron, particularmente Henry J. Eyring, laureado químico teórico y padre de la Autoridad General que lleva su mismo nombre.

“No hay nada por lo que preocuparse con respecto a ciencia y religión, ya que las contradicciones están sólo en nuestras mente. Por supuesto que existen, pero no están en la mente del Señor pues El hizo todas las cosas, por lo que hay un modo, si somos lo suficientemente inteligentes, de comprenderlas de manera que no haya contradicciones”.

“Dado que el Evangelio incluye toda verdad, jamás puede existir una genuina contradicción entre la verdadera ciencia y la verdadera religión. Estoy obligado, como Santo de los Ultimos Días, a creer toda verdad, sin importar la fuente de donde proviene” (Henry Eyring, Faith of a Scientist, pag. 12, 31)

En 2009, la Yale University Press editó una obra con el sugestivo título de “El Debate entre Ciencia y Religión: ¿Por qué continúa?”, en la cual investigadores mormones de diferentes campos del saber dan su opinión:

Ronald Numbers, historiador:

“A pesar de las muchas controversias entre ciencia y religión sería engañoso describir esa relación como una guerra. Los conflictos más intensos que hemos observado a menudo enfrentan a cristiano con cristiano, científico contra científico y escéptico con escéptico. Con el paso de los años, al menos en los Estados Unidos, la mayoría de los científicos han permanecido siendo teistas de un tipo u otro, y las organizaciones religiosas han apoyado más frecuentemente la ciencia de lo que la han inhibido”.

Lawrance M. Krauss, físico:

“La ciencia no es la enemiga. Pero tampoco la fe lo es. La enemiga es la ignorancia. La ignorancia engendra el temor, y el temor es la fuente de muchos conflictos, incluyendo las escaramuzas entre la ciencia y la religión…”

Kenneth Miller, biólogo:

“La ciencia, sin duda, presenta genuinos desafíos para la religión, pero también le brinda una extraordinaria oportunidad  de informar e iluminar la visión científica de nuestra existencia”.

Alvin Plantinga, filósofo:

“Es muy importante discernir que la ciencia, por sí misma, no apoya o estimula el secularismo científico o la visión cientificista del mundo. La ciencia es una cosa. La declaración de que es suficiente es otra totalmente distinta. No le corresponde a la ciencia hacer tal declaración… Hay científicos que afirman eso, pero hay muchos otros que lo rechazan. Uno puede ser totalmente entusiasta con relación a la ciencia… sin pensar que es suficiente. De hecho, esa es la actitud sensible hacia la ciencia desde una perspectiva cristiana”.

Robert Wuthnow, sociólogo:

“El valor de tal diálogo (entre científicos y teólogos) no yace en erradicar los terrenos históricos en los cuales se pelearon las batallas entre religión y ciencia sino en delinear cuidadosamente lo que cada uno tiene para ofrecer y el modo en que puede influir en el otro.”

Personalmente, creo que debemos retornar a la posición tradicional que la Iglesia tuvo con respecto a la ciencia. Me gusta mucho más lo declarado hace 170 años que algunas opiniones de recientes Conferencias Generales.

“Los santos, siendo de intelectos escogidos, seleccionados de entre la gran masa de la humanidad, con mentes libres e independientes, determinados a pensar y saber por sí mismos, están bien situados para una atenta observación de los fenómenos y leyes de la naturaleza… para descubrir y demostrar nuevas verdades… si el mundo en confusión y bajo esclavitud mental ha hecho valorables aportes, ¿Qué no podrán entonces hacer los santos?” Times and Seasons, Tomo IV, pags. 46-47 (1842)

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Contemplando la huella de Su mano (Ciencia Vs. Religión) Parte II

CIENCIA Y RELIGION

“Contemplando la huella de Su mano”

(Ciencia Vs. Religión)

Parte II

“Un respeto ciego por la autoridad es el mayor enemigo de la verdad”

Albert Einstein

 

Por Mario R. Montani

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Durante los últimos años del Siglo XIX, el escritor y filósofo inglés H.G. Wells se planteaba en obras como El Hombre Invisible (1897) y La Isla del Dr. Moreau (1896) la necesidad de que la ciencia estuviese limitada por la ética y advertía sobre las terribles consecuencias de no lograrlo. El propio Verne en la última de sus novelas, El Eterno Adán (1905), descree de la tecnología como la panacea universal que había descripto en sus primeras obras. El proceso siempre creciente de la industrialización había provisto de algunas comodidades a la humanidad pero también eliminado muchos puestos de trabajo y saqueado las riquezas naturales de medio globo para mantenerse en funcionamiento. No es extraño, pues, que algunas de estas preocupaciones se reflejen en los discursos de los líderes.

“A medida que la ciencia avanza y aumenta, se realizan nuevos descubrimientos y se obtiene un mayor control sobre las fuerzas de la naturaleza, se transforma en algo muy necesario que tengamos una religión que nos guíe en el empleo de esos descubrimientos. Para salvar el mundo de la ciencia, y para hacer de la ciencia la constructora de un mundo mejor, debemos apresurar el progreso hacia una mayor aceptación de Dios… En una era de la ciencia tenemos una necesidad mayor que nunca antes de religión. Una conciencia de la ciencia es la necesidad presente” (John A. Widtsoe, Evidences and Reconciliations, Bookcraft, 1960, pg. 178)

Visiones reducidas y expansivas del evangelio

Nosotros creemos que el centro del Evangelio es el sacrificio expiatorio de Cristo. A eso se agregan los principios y ordenanzas tales como la fe, el arrepentimiento, el bautismo y la confirmación. En su plenitud, llegaría a incluir todas las leyes, doctrinas, ordenanzas y convenios necesarios para lograr la exaltación en el reino celestial.

Pero, en el pasado, los dirigentes mormones, poseían una visión bastante más amplia de lo que abarcaba el Evangelio:

El “mormonismo”, así llamado, incluye cada principio referente a la vida y a la salvación por tiempo y eternidad. No importa quién lo posea. Si los infieles poseen una verdad, le pertenece al “mormonismo”. La verdad y la sana doctrina que posea el mundo sectario, el cual las tiene en abundancia, pertenecen a nuestra Iglesia. En cuanto a moralidad, muchos de ellos son, moralmente, tan buenos como nosotros; todo lo que es bueno, bello y digno de alabanza pertenece a esta Iglesia y reino. El “mormonismo” incluye toda verdad. No existe verdad alguna que no pertenezca al Evangelio. Es vida, vida eterna; es felicidad; es la plenitud de todo lo que pertenece a los dioses y en la eternidad de los dioses. (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia:Brigahm Young Cap. 2 pag. 17)

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Personalmente, me siento cómodo con ese paradigma “ampliado” y creo que su existencia es imprescindible para encontrar un equilibrio en el tema de ciencia y religión. De hecho, bajo uno u otro formato continuó apareciendo en los discursos de Autoridades Generales en la primera mitad del Siglo XX:

“Podríamos ir aún más allá. Toda persona que ha nacido en la tierra tiene derecho a la ayuda del Espíritu de Dios. Esa es una clase de revelación. En consecuencia, todos los buenos logros del hombre, en ciencia, literatura, o el arte, son el producto de la revelación. El conocimiento y la sabiduría de la tierra han venido de ese modo”.  (John A. Widtsoe, Evidences and Reconciliations, Bookcraft, 1960, pg. 101)

“La religión y la ciencia han estado en conflicto aparente en ciertas ocasiones. Sin embargo ese conflicto debería ser sólo aparente, no real, ya que la ciencia busca la verdad y la verdadera religión es verdad. No puede haber conflicto entre la religión revelada y el hecho científico. Que a menudo ocupen diferentes campos de la verdad es un mero detalle. El evangelio abraza y acepta toda la verdad; la ciencia está expandiendo lentamente sus brazos y alcanzando dominios invisibles en busca de verdades. Las dos se encuentran diariamente – la ciencia como un niño, la religión revelada como su madre. La verdad es verdad, ya sea que la etiquetemos como ciencia o religión. No puede haber conflicto. El tiempo está del lado de la verdad – pues la verdad es eterna”. (Ezra Taft Benson, Conference Report Abril 1966, pag. 129)

“Con los grandes pasos que la ciencia está dando en nuestros días, surge en esta era lo que podríamos denominar una espiritualidad científica – un nuevo tipo de mentalidad que estudia las verdades de la fe con el cuidado, cautela y candor de la ciencia, y sin embargo conservando la calidez, el brillo y el poder de la fe. La percepción espiritual es tan real como la percepción científica. De hecho, no es otra cosa que una manifestación mayor de lo mismo. Tanto el santo como el científico han atestiguado sobre la verdad de la realidad. Uno puede llamar a su conocimiento revelación, y el otro, conclusión intelectual, pero en ambos casos es una percepción – la convicción de una realidad.” (Hugh B. Brown, LDS Conference Report Abril 1967, pag. 49)

Hugh B.Brown

La cita anterior nos acerca a la figura de Hugh B. Brown.

El Elder Brown fue granjero, militar, educador, abogado, Apóstol e integrante de la Primera Presidencia de la Iglesia. Su elevado pensamiento ha sido extrañado en las Conferencias desde su desaparición en 1975. Permítanme compartir algo de él:

“Tanto la ciencia como la religión producen humildad. Científicos y maestros de religión están en desacuerdo en asuntos teológicos y de otra índole. Aún en nuestra iglesia hombres y mujeres toman partido por uno u otro y contienden por sus propias interpretaciones. Ese libre intercambio de ideas no debe deplorarse siempre que esos hombres y mujeres se mantengan humildes y enseñables. Nunca el temor a las consecuencias o cualquier tipo de coerción debe utilizarse para asegurar la uniformidad de pensamiento en la iglesia. Las personas deberían expresar sus problemas y opiniones sin el menor temor a consecuencias adversas.”

“… Deberíamos estar todos interesados en la investigación académica. Debemos estar al frente de esa investigación y continuar explorando la vastedad desconocida. Deberíamos estar en la avanzada del conocimiento en todos los campos, pues la revelación no viene únicamente por el profeta de Dios ni directamente de los cielos en visiones o sueños. La revelación puede venir en el laboratorio, en los tubos de ensayo, en la mente pensante y el alma inquisitiva, en la búsqueda e investigación, oración e inspiración. No debemos tener temor de contender por lo que pensamos y combatir el error con la verdad en este mundo dividido y peligroso, y debemos hacerlo con la fe inquebrantable de que Dios aún está en el cielo aunque no todo está bien en el mundo.”

“Debemos ser intrépidos en nuestra búsqueda de la verdad  y resistir todas las demandas de una conformidad irreflexiva. Nadie desea que seamos meros grabadores de los pensamientos de otros. Debemos ser modestos, enseñables e investigar la verdad por el estudio y la fe.  Hubo épocas en que el progreso se detuvo por el control del pensamiento. La tolerancia y la verdad exigen que todos sean escuchados y que las ideas en competencia sean probadas entre sí, de modo que la mejor, que puede no ser siempre la nuestra, pueda prevalecer. El conocimiento es más completo y confiable cuando se han escuchado todos los puntos de vista.   Estamos en un mundo de agitación y escepticismo, en el que las cosas viejas no son sólo desafiadas sino que, a menudo, desaparecen, pero también un mundo de logros milagrosos, realizaciones nunca soñadas y terrible poder.” 

“La ciencia ofrece maravillosas herramientas para colaborar en la creación de una hermandad de los seres humanos, pero el cemento de la hermandad no proviene de ningún laboratorio. Debe venir de los corazones, mentes y espíritus de los hombres y las mujeres”.

“La paz y la hermandad pueden alcanzarse cuando las dos mayores fuerzas de la civilización – la religión y la ciencia – se unen para crear un solo mundo en el sentido más pleno y verdadero. Deberíamos continuar tomando conocimiento de la experiencia humana mediante la historia y la filosofía, la ciencia y la poesía, el arte y la religión. Cada descubrimiento de la ciencia revela claramente el plan divino en la naturaleza. La notable armonía en las leyes físicas y procesos del universo, desde lo infinitesimal a lo infinito, sobrepasa la comprensión mortal e implica la presencia de un supremo arquitecto, así como la belleza y simetría de la obra de Dios inspira reverencia.”

“Una de las cosas más importantes del mundo es la libertad de la mente; de allí emanan todas las otras libertades. Tal libertad es necesariamente peligrosa, ya que uno no puede pensar lo correcto sin correr el riesgo de pensar lo incorrecto, pero, generalmente, más pensamiento es el antídoto para los males que surgen del pensamiento incorrecto.”

“Se requiere más pensamiento, y deberíamos ejercitar el divino derecho de pensar sin temor a expresar nuestras opiniones, con el debido respeto por aquellos a quienes nos dirigimos y el reconocimiento de nuestras propias limitaciones. Debemos preservar la libertad de la mente en la Iglesia y resistir todo esfuerzo por suprimirla. La iglesia no está tan preocupada con la posibilidad de si las ideas de sus miembros son ortodoxas o heterodoxas como con el hecho de si tienen alguna clase de pensamiento. Se puede memorizar mucho sin aprender nada. En esta época de velocidad parece haber poco tiempo para la meditación.”

“Al hablar de independencia y el derecho a pensar, de estar de acuerdo o disentir, de examinar y cuestionar, necesito recordarme que leyes constantes e inmutables gobiernan todas las creaciones de Dios, ya sea la vastedad de los cielos estrellados, el diminuto y giratorio universo del átomo o las relaciones humanas. Todo es ley. Todo es causa y efecto, y las leyes de Dios son universales…” (Extractos de “A Final Testimony” de The Memoirs of Hugh B. Brown: An Abundant Life, Edwin B. Firmage, Signature Books, 1988)

“Estamos agradecidos de que en la Iglesia y en esta gran Universidad la libertad, la dignidad e integridad del individuo sean doctrinas básicas, así como en la democracia. Aquí somos libres de pensar y expresar nuestras opiniones. El temor no sofocará el pensamiento, como ocurre en algunas áreas que aún no han terminado de emerger del Oscurantismo. Dios mismo se rehúsa a poner trabas al libre albedrío del hombre aunque su ejercicio, en ocasiones, nos enseña dolorosas lecciones. Tanto la ciencia creativa como la religión revelada encuentran su más plena y verdadera expresión en un clima de libertad.” 

“Espero que desarrollen un espíritu inquisidor. No tengan temor de las nuevas ideas ya que son los escalones hacia el progreso. Por supuesto que deberán respetar las opiniones de otros pero no tengan miedo de disentir – si es que están bien informados. He mencionado la libertad de expresar sus pensamientos, pero les advierto que sus ideas y expresiones deberán competir en el mercado del pensamiento, y en esa competencia la verdad emergerá triunfante. Unicamente el error debe temer a la libertad de expresión. Busquen la verdad en todos los campos, y en esa búsqueda necesitarán al menos tres virtudes: coraje, entusiasmo y modestia. Los antiguos colocaban este pensamiento en la forma de una oración. Decían, ‘De la cobardía que nos paraliza en las nuevas verdades, de la holgazanería que se conforma con medias verdades, de la arrogancia que cree que posee toda la verdad – Oh, Dios de verdad, libéranos’”. (Hugh B. Brown, Discurso en la Universidad de Brigham Young, 29 de Marzo 1958)

¿Hemos pasado por un período de antiintelectualismo?

La Enciclopedia del Mormonismo declara:

“A medida que la comunidad Santo de los Ultimos Días se estabilizó y se incorporó como parte de la corriente principal norteamericana en el siglo XX, estas actitudes comenzaron a dar fruto en el esfuerzo científico. Un estudio de 1940 estableció que Utah lideraba a todos los demás estados en el número de científicos masculinos allí nacidos en proporción a su población (Thorndike, pags. 138-139). Un análisis profundo de las contribuciones a la ciencia estado por estado entre 1920 y 1960 mostró que Utah lideraba a los otros estados por un amplio margen en la proporción de sus graduados universitarios que eventualmente recibían doctorados en ciencia (Hardy, pag. 499). Investigaciones no publicadas indican que esta productividad continuó durante los años ’70, aunque Utah se desplazó a un segundo lugar. Los investigadores hallan que las creencias SUD se relacionan fuertemente con actitudes positivas hacia la ciencia”.

 http://www.ldsmormon.com/EncMormonism_Scientists.shtml.

Si bien la información pudo ser cierta entre 1920 y 1950 (investigadores externos la ponen en duda por haber sido realizada por miembros de la Iglesia y utilizar una metodología cuestionable dirigida a obtener esos resultados) sin duda dejó de serlo en las décadas posteriores.

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En 1993 Gene A. Sessions y Craig J. Oberg editaron “The Search for Harmony: Essays on Science and Mormonismo” (En búsqueda de la armonía: Ensayos sobre Ciencia y Mormonismo). En la introducción de la obra declaran:

“La noción de que no hay espacio en la Iglesia para armonizar y reconciliar las verdades científicas con las religiosas ha causado un lento retroceso entre muchos mormones de su anterior reverencia por la ciencia”

Cuando científicos e investigadores mormones de diversas áreas (muchos de ellos recibidos en universidades mormonas) comenzaron a aplicar su conocimiento adquirido en aspectos que se consideraban conflictivos para la Iglesia, los discursos comenzaron a variar:

“¿Pueden el conocimiento e intelecto del hombre suplantar a la palabra revelada de Dios?” (Hartman Rector, Conferencia General de Octubre de 1975, The World’s Gratest Need)

“Los manantiales de las acciones humanas están inherentemente en los sentimientos, no en el intelecto” (Joseph B. Wirthlin, Conferencia General Abril 1976, There Am I in the Midst of Them.)

“Debemos oponernos a los así llamados ‘intelectuales’ que creen tener todas las respuestas” (Spencer W. Kimball, Conferencia General Abril 1979, Fortify Your Homes Against Evil)

“Una actividad que a menudo conduce a los miembros a ser críticos es involucrarse en un inapropiado intelectualismo” (Glenn L. Pace, Conferencia General Abril 1989, Follow the Prophet)

“Vuestro espíritu aprende de modo diferente al que lo hace vuestro intelecto” (Boyd K. Packer, Conferencia General Octubre 1994, Personal Revelation)

“El trabajo duro es más importante que el intelecto”. (James E. Faust, Conferencia General Abril 1996, What I Want My Son to Know before he leaves on his Mission)

“Ahora viene el desafío de prevenir que lo científico, técnico e intelectual sofoquen la iluminación espiritual en nuestras vidas”. (James E. Faust, Conferencia General de Abril 2000, The Shield of Faith)

“Si permitimos que nuestro intelecto tome precedencia sobre nuestro espíritu, tropezaremos, encontraremos fallas, y tal vez perderemos nuestro testimonio” (Joseph B. Wirthlin, Conferencia General Octubre 2004, Press On).

“No necesitamos basarnos en nuestro intelecto o nuestros sentidos físicos”. (Richard C. Edgley, Conferencia General Abril 2005, A Still, Small voice…)

“Una de las mayores características del plan de nuestro Padre Celestial para Sus hijos es que cada uno de nosotros puede conocer la verdad del plan por sí mismo. Ese conocimiento revelado no viene de los libros, la prueba científica o el análisis intelectual”. (Dallin H. Oaks, Conferencia Abril 2008, Testimony)

“Cuando la lógica, la razón o el intelecto personal entran en conflicto con la doctrina y enseñanzas sagradas, o mensajes en conflicto atacan sus creencias… no escojan que la semilla sea desterrada de sus corazones por la incredulidad” (Richard C. Edgley, Conferencia Octubre 2010, Faith, the Choice is Yours.)

Si bien con varias de esas declaraciones, tomadas en forma aislada, puedo estar de acuerdo, deberemos reconocer que, consideradas en su conjunto, se alejan bastante de las propuestas de Stephen L. Richards y Hugh B. Brown de una “mente abierta” y un “espíritu inquisitivo” y “de resistir todo intento de control sobre nuestros pensamientos”.

Cuando se nos dice que “el trabajo duro es más importante que el intelecto”, ¿se está sugiriendo que no hay espacio para el arduo trabajo intelectual?

Si el conocimiento revelado no viene de los libros, ¿para qué insistimos en que los investigadores lean El Libro de Mormón? ¿Estamos soslayando que Joseph Smith acudió a la Arboleda Sagrada como consecuencia de su lectura de Santiago, una inspiradora actividad intelectual?

Cuando se nos dice que el espíritu aprende de modo diferente al del intelecto ¿se nos está sugiriendo utilizar “un atajo” en los modos de aprendizaje? Si es así ¿para qué costeamos universidades y centros de estudio seculares?

Cuando hace 150 años atrás “lo científico, lo técnico y lo intelectual” formaban parte de las verdades del evangelio y debíamos acapararlo ¿ahora “sofocan nuestros espíritus”?

Entiendo que debe haber un equilibrio en las cosas, que todos los extremos tienden a ser soluciones insuficientes, pero debemos aclararlo para no ser mal interpretados. La verdad es que este tipo de declaraciones junto a las excomuniones de catedráticos e investigadores (September Six y posteriores) ha dado a la Iglesia una sombra de antiintelectualismo que sus detractores no han dejado de señalar.

Sin embargo, no creo que esa actitud forme parte del verdadero evangelio ni de las ya centenarias tradiciones mormonas. Prefiero cerrar por el momento con esta cita de James Talmage:

“Dentro del evangelio de Jesucristo hay espacio para toda verdad hasta ahora aprendida por el hombre, o aún por ser conocida”.

(Continuará)

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