“Trabajar debemos, pero el almuerzo es gratis” – Segunda Parte – Hugh W. Nibley

Discursos Olvidados

Trabajar debemos, pero el almuerzo es gratis

Segunda Parte

por Hugh W. Nibley

Propiedad Privada 

En toda la ley de Moisés, con su perpetua preocupación por dar y recibir, no existe una sola mención sobre quién merece qué, sea rico o pobre, o sobre quien es digno de recibir lo que necesita – Dios “hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:45). La necesidad es el único criterio utilizado en lo que concierne al almuerzo. Aquellos que vilmente se ocupan de calcular escrupulosamente el punto exacto en el que pueden abrir o cerrar la mano a sus hermanos, con una meticulosa definición de “los verdaderamente necesitados”, deberían considerar cuánto de lo que están dando es “verdaderamente propiedad privada”, ya que la ley de Moisés trata admirablemente el concepto.

Las palabras “propiedad” y “privado” tienen la misma raíz (prop = priv por la Ley de Grimm) * (Se refiere Nibley a la ley propuesta en 1822 por Jacob, uno de los hermanos Grimm, por la que se intercambian ciertos fonemas en el paso del indoeuropeo a las lenguas germánicas) y enfatizan la misma cosa – aquello que representa lo más íntimo y personal de un individuo. El Diccionario de la Real Academia Española (Nibley utiliza el Oxford English Dictionary) define privado como: “Particular y personal de cada individuo. Que no es de propiedad pública o estatal”. Y propio como “Que pertenece de manera exclusiva a alguien”… Lo que es privatum o proprium es, por tanto, particular de una persona (no de una corporación). Es algo que me resulta necesario, bajo cualquier sistema social o económico, y que tendría poco interés para cualquier otro, como mis ropas, zapatos, libros, notas, cama, lentes, dientes, peine, etc. Al ser personales e indispensables para mí y sin valor para alguien más, deberían ser inalienables, pues hay cierto peligro si caen en manos de otro. El matón de la cuadra que toma los lentes de otro muchacho puede lograr que haga cualquier cosa para obtenerlos de vuelta, pues los necesita, y el matón lo sabe. El dueño del molino que amenaza con retener el almuerzo de los trabajadores siempre logra que trabajen bajo sus términos, proclamando que la comida es su propiedad privada y puede disponer de ella como le plazca.

Estas dos visiones tan diferentes sobre la propiedad privada son contrastadas duramente en un caso a menudo mencionado por Brigahm Young al relatar acerca de un buen hombre de negocios Santo de los Ultimos Días que le compra a una viuda su única vaca por cinco dólares “y entonces se arrodilla para dar gracias a Dios por la bendición que ha recibido”. La vaca de la viuda era propiedad privada de ella, y según la ley de Moisés, no le podía ser quitada. Pero la Vieja Bessy era algo totalmente diferente para el hombre que sólo veía en ella un aumento en sus ganancias. El no tiene más interés personal, esa “ternura y afecto” por lo propio, que el inversor que compró el mes pasado 500 hectáreas entre las montañas (apartadas por Dios como el ambiente y esfera apropiados para sus otras criaturas), con la esperanza de venderlas el mes próximo a un sindicato de Chicago o a un emir petrolero con una suculenta ganancia. Eso no puede llamarse propiedad privada en absoluto. Pero el alimento sí lo es. En Israel todo hombre recibía un terreno, asignado como su “herencia” inalienable – era para su alimento y no podía quitársele, aunque tuviese deudas. Era sólo tanta tierra como el pudiese “hacer progresar” mediante su trabajo personal y amorosa atención, y no más. La misma regla se observó en el establecimiento en el Valle de Lago Salado, donde a nadie se le permitía comprar o vender tierra, o tomar más de lo que podía cultivar. Las pequeñas granjas otorgadas de tierras ancestrales significaban alimento e independencia para los antiguos romanos. Pero cuando los Padres Conscriptos, reclamando privilegios especiales para sí mismos por decreto divino, incautaron miles de granjas de los plebeyos para establecer sus inmensas propiedades (latifundia), al igual que los lores ingleses y escoceses en el Movimiento de Cercamiento (por el que los terrenos comunales pasaron a los terratenientes) hicieron luego en el siglo diecinueve, forzaron a los anteriores propietarios a permanecer en la tierra y trabajar como siervos – sólo por el almuerzo, o a moverse a las ciudades, donde el emperador, como vicario de Dios sobre la tierra, les proveía del famoso “pan y circo”.

Los señores de la tierra, los industriales de su época, no contribuían al almuerzo público, la annona, que era una celebración ritual y sagrada, en la que los tickets del almuerzo (tesserae hospitales) eran repartidos desde lo alto por el emperador, quien actuaba como el generoso y amable padre de todos. Debemos tomar nota de eso, pues el pan y los circos son generalmente culpados como el motivo de la declinación romana. Lo que produjo la caída fue la secularización; en la Roma tardía, en la que el dinero lo era todo, nadie tomó seriamente el esquema divino (ver las obras de los satíricos romanos); el almuerzo era almuerzo y nada más. La Sión romana desapareció con Numa, el Enoc romano. Una vez que el almuerzo estaba resuelto, los romanos pobres no tenían otra cosa que hacer que ir a los espectáculos y apoyar a los candidatos políticos, que gastaban fortunas para ser elegidos, mientras los ricos disfrutaban de sus notorios banquetes y los depravados placeres que los acompañaban. Pues sin una sincera conciencia religiosa, el almuerzo gratis corrompe tanto a ricos como a pobres. Es el reconocimiento de la ley divina lo que sanciona y requiere el almuerzo gratis para todos.

“desde hace tiempo —exactamente desde que no tenemos a quien vender el voto—, este pueblo ha perdido su interés por la política, y si antes concedía mandos, haces, legiones, en fin, todo, ahora deja hacer y sólo desea con avidez dos cosas: pan y juegos de circo (panem et circenses)” Juvenal, Sátiras X, 77-81

Los capítulos finales de Deuteronomio describen una a una las calamidades que sobrevendrían a Israel si cada aspecto de la ley no era observado escrupulosamente. Es una exacta reversión de la lista de bendiciones prometidas si se guarda la ley. Y esas terribles consecuencias son algo más que advertencias, son profecías específicas de lo que iba a pasar, y de lo que le pasó a Israel, “por cuanto no serviste a Jehová tu Dios con alegría y con gozo de corazón por la abundancia de todas las cosas” (Deuteronomio 28:47). Idéntica situación se ve en Libro de Mormón, al cual ahora nos dirigimos.

El Rey Benjamín y el Almuerzo Gratis

En los tiempos de Lehi, según se desprende de las Cartas de Laquis y otras evidencias, el partido gobernante en Jerusalén estimulaba un renacimiento de la ley de Moisés en toda su pureza. Esta tendencia se refleja en la gran proporción de nombres personales que finalizan en yahu o iah, refiriéndose a Jehová, el Señor, quien dio la ley. Quinientos años más tarde, otro renacimiento similar surgió entre los Nefitas, bajo la conducción de un rey sabio y piadoso, Benjamín, quien estaba determinado a conservar la misma ley en su pureza. El nombre que dio a su hijo Mosiah es una clara indicación de la supervivencia de la tradición, de la cual el Rey Benjamín, por sus estudios dedicados, estaba bien al tanto. Al final de su reinado hace exactamente lo que Moisés y luego Josué hicieron: convoca a todo el pueblo a una gran asamblea anual (trayendo las primicias con ellos) para escuchar una exposición final de la ley antes de ceder el gobierno y el sacerdocio a su hijo. El mensaje de su gran despedida final cubre los mismos puntos que el de Moisés, y sin embargo es totalmente original.

“El Discurso del Rey Benjamín” – Walter Rane

Tanto en Deuteronomio como en el libro de Mosiah, el gran discurso sobre la ley se divide en dos partes. La primera trata sobre la naturaleza, importancia y propósito de la ley. Se traza la historia de Israel desde sus comienzos, y los pasos por los que el pueblo llegó a tener un conocimiento de Jehovah, relatando sus pruebas, tribulaciones, insensateces, castigos y recompensas. Se les presenta la naturaleza sagrada del convenio al que han entrado, así como las gloriosas recompensas y terribles castigos conectados con él. En ambos libros, las recompensas prometidas son las mismas: prosperaréis en la tierra que el Señor os ha dado, cielo y tierra darán fruto en abundancia, no deberéis temer enemigo extranjero – el éxito y la seguridad serán vuestros “por mil generaciones”. “Para que prosperéis en la tierra, de acuerdo a las promesas que el Señor hizo a nuestros padres” (Mosiah 1:7). “Prosperaréis en la tierra y vuestros enemigos no tendrán poder sobre vosotros” (Mosiah 2:31)

Para este discurso de despedida, Benjamín convocó al pueblo a reunirse por familias en derredor del templo, trayendo “las primicias… para que ofrecieran sacrificios y holocaustos según la ley de Moisés;… a fin de que se regocijaran y estuvieran llenos de amor para con Dios y todos los hombres” (Mosiah 2: 2-4) Y allí lo tenemos en pocas palabras. Comienza su discurso con una referencia económica: “y no he procurado de vosotros oro, ni plata, ni ninguna otra clase de riquezas” (Mosiah 2:12) “Aún yo mismo he trabajado con mis propias manos… hoy puedo responder ante Dios con la conciencia limpia… para que sepáis que cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, solo estáis al servicio de vuestro Dios. (Mosiah 2: 14-17) “Ni yo, a quien llamáis vuestro rey soy mejor de lo que sois vosotros” (Mosiah 2:26). Está estableciendo el tono, que es de absoluta igualdad. Y eso se deduce naturalmente de la proposición de que debemos todo a Dios, con quien estamos perpetuamente y sin escape en deuda, más allá de nuestras posibilidades de pago: “En primer lugar… le sois deudores… y lo seréis para siempre jamás” (Mosiah 2: 23-24) Que nadie se jacte de que ha ganado o producido algo: “así pues, ¿de qué tenéis que jactaros?… ¿Podéis decir algo de vosotros mismos? Os respondo: No”. Hasta el mismo polvo de la tierra “pertenece a quien os creó” (Mosiah 2: 24-25) ¡Es su propiedad, no vuestra! Más aún, nadie puede pagar siquiera su venida al mundo, mucho menos reclamar un excedente: “si sirvieseis a aquel… que os está preservando día tras día… y aun sustentándoos momento tras momento, digo que si lo sirvieseis con toda vuestra alma, todavía seríais servidores improductivos”, es decir, consumiendo más de lo que producen e incapaces de sostenerse a sí mismos (Mosiah 2:21)

¿Y qué debemos hacer para calificar para estas bendiciones? “He aquí, todo cuanto él os requiere es que guardéis sus mandamientos; y os ha prometido que si guardáis sus mandamientos, prosperaréis en la tierra” (Mosiah 2:22). Nunca falla, dice Benjamín, “si guardáis sus mandamientos, él os bendice y os hace prosperar” (Mosiah 2:22) y, a cambio, “estáis eternamente en deuda con vuestro Padre Celestial de entregarle todo lo que tenéis y sois” (Mosiah 2:34), lo cual es, simplemente, la ley de consagración.

En su introducción preliminar, Benjamín, al igual que Moisés, graba en el pueblo la gran importancia de las instrucciones que está a punto de darles, su vinculante obligación de cumplirlas así como las importantes recompensas que vendrán. A propósito, los coloca en un estado de anticipación al decirles (confidencialmente) que lo que va a darles le ha sido dado a conocer a él personalmente “por un ángel de Dios”, de modo que es, ciertamente, una divina restauración de la ley lo que se está celebrando (Mosiah 3:2). Más aún, les asegura que se trata de buenas nuevas, “a fin de que te regocijes [dijo el ángel] y para que tu pueblo… también se llene de gozo” (Mosiah 3:4), ya que todo esto es un anticipo de la venida del Señor. A pesar de estar muy ansioso, el pueblo debe ser nuevamente advertido antes de que la ley se les presente, pues, aunque la ley de Moisés está adaptada a sus naturalezas débiles, esta gente, como aquellos a quienes enseñó Moisés, son de “dura cerviz” (Mosiah 3:14) y a pesar de todo lo que Dios ha hecho por ellos “sin embargo endurecieron sus corazones” (Mosiah 3:15). “Porque el hombre natural es enemigo de Dios… y lo será para siempre jamás, a menos que… se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse” a todas las cosas (Mosiah 3:19).

Al llegar a este punto, Benjamín vuelve a seguir el ejemplo de Moisés al declarar que las palabras “que el Señor tu Dios te ha mandado…estarán como reluciente testimonio contra los de este pueblo” (Mosiah 3: 22,24). De este modo finaliza la introducción del discurso del Rey Benjamín, con el pueblo emocionalmente dominado, clamando por el perdón y recibiendo una manifestación del Espíritu que los llenó de gozo (Mosiah 4: 2-3). Benjamín reconoce que ellos están preparados para “oír y entender el resto de las palabras” pues finalmente “han despertado…a un sentido de vuestra nulidad y vuestro estado indigno y caído” (Mosiah 4:4-5), reconociendo que sólo pueden poner “su confianza en el Señor… guardando sus mandamientos. Creed en Dios… creed que debéis arrepentiros… y retuvieseis siempre en vuestra memoria la grandeza de Dios y vuestra propia nulidad, y su bondad y longanimidad para con vosotros… y si hacéis esto, siempre os regocijaréis y seréis llenos del amor de Dios” (Mosiah 4: 9-13) Siendo así “no tendréis deseos de injuriaros el uno al otro, sino de vivir pacíficamente, y de dar a cada uno según lo que le corresponda” (Mosiah 4:13) ¿Y quién decide lo que le corresponde a cada uno? ¡No nosotros! El Señor nos dirá que: “Ni permitiréis que vuestros hijos anden hambrientos ni desnudos… o que quebranten las leyes de Dios” (Mosiah 4:14). El almuerzo será provisto, y “les enseñaréis a amarse mutuamente y a servirse el uno al otro”, sin peleas ni rencillas entre ellos – no debían ser una sociedad competitiva (Mosiah 4:15). Y además de a sus familias “vosotros socorreréis a los que necesiten vuestro socorro; impartiréis de vuestros bienes al necesitado”. Un mendigo es alguien que pide por una u otra razón, al no tener lo que le resulta necesario. “Y no permitiréis que el mendigo os haga su petición en vano, y sea echado fuera para perecer” (Mosiah 4:16) El que pide es porque padece hambre, y todos debemos comer para mantenernos con vida – echar fuera al mendigo, como todos saben, es sentenciarlo a morir – y eso ha ocurrido (Mosiah 4:16) El acercamiento piadoso a la ética del trabajo es – no lo haremos – no hay almuerzos gratis: “Tal vez dirás: El hombre ha traído sobre sí su miseria; por tanto, no le daré de mi alimento, ni le impartiré de mis bienes para evitar que padezca, porque sus castigos son justos” ¡Yo trabajé por lo mío! (Mosiah 4:17) Puede que el mendigo sea indolente e indigno – pero esa no debe ser nuestra preocupación: Es mejor, dijo Joseph Smith, alimentar a diez impostores que correr el riesgo de rechazar una petición honesta. Cualquiera que trata de explicar por qué niega ayuda al que necesita, dice Benjamín, “tiene gran necesidad de arrepentirse… y no tiene parte en el reino de Dios” (Mosiah 4:18), reino que está edificado sobre la ley de consagración.

“Pues he aquí, ¿no somos todos mendigos?” Eso no es mera retórica – es una verdad literal: todos oramos por aquello que no hemos ganado. Nadie es independiente: “¿No dependemos todos del mismo Ser, sí, de Dios… por alimento y vestido; y por oro y plata y por las riquezas de toda especie que poseemos?… De quien dependéis por vuestras vidas y por todo lo que tenéis y sois” (Mosiah 4: 19-21). Y eso es justamente lo que debemos consagrar para la edificación del reino: “¡oh cómo debéis entonces impartiros el uno al otro de vuestros bienes!” (Mosiah 4:21). Todos damos y todos recibimos, sin preguntar nunca quién es digno y quién no lo es, por la sencilla razón de que ninguno de nosotros es digno, sino “siervos improductivos”. “Y si juzgáis al hombre que os pide de vuestros bienes para no perecer” y lo encontráis indigno, “cuánto más justa será vuestra condenación por haberle negado vuestros bienes, los cuales no os pertenecen a vosotros sin a Dios”, quien desea que los entreguemos, y nos prueba para ver cuán deseosos estamos de devolvérselos cuando nos los pide – no en una fecha confortablemente alejada y no especificada, sino ahora (Mosiah 4:22).

Benjamín declara que está hablando a los ricos, pero los pobres también deben refrenarse, pues cada uno debe tener lo suficiente pero no desear más; por tanto los pobres que desean ser ricos, quienes “codiciáis lo que no habéis recibido” también son culpables (Mosiah 4: 24-25) Al dar, los pobres pueden guardar lo que es suficiente para sus necesidades, lo que está cubierto por alimentos, ropa y refugio (Mosiah 4:26), ya que la regla está simplemente sintetizada de que “de vuestros bienes dieseis al pobre, cada cual según lo que tuviere” – que son también las palabras de Deuteronomio, pues todos tienen derecho al alimento, el vestido y la atención médica, “tanto espiritual como temporalmente, según sus necesidades” (Mosiah 4:26; 18:29)

Benjamín finaliza con la sabia observación de que ninguna lista de prohibiciones sería suficiente para alejar a la gente del pecado: “Y por último, no puedo deciros todas las cosas mediante las cuales podéis cometer pecado; porque hay varios modos y medios, tantos que no puedo enumerarlos” (Mosiah 4:29) En vez de decirles lo que no deben hacer, les ha dicho lo que definitivamente deben hacer, el mínimo si es que esperan las bendiciones de Dios. Si alguien tiene más de lo que realmente necesita (sin lo cual, de hecho, sería uno de los “verdaderamente necesitados”) y se lo retiene a aquellos que no tienen lo suficiente, está robando, quedándose con aquello “que no os pertenece a vosotros sino a Dios” (Mosiah 4:22), quien desea que se distribuya con equidad.

Y así finaliza el discurso del Rey Benjamín, dedicado no a piadosas y grandilocuentes generalidades, sino a la regla de que aquel que tiene más de lo que puede comer debe compartir, al límite de sus recursos, con aquellos que no tienen suficiente. Dos aspectos son recalcados en el mensaje – la necesidad y el sentimiento de dependencia. En cuanto a las necesidades, no se dice una palabra en toda la alocución sobre trabajo duro, ahorro, empresa, visión de futuro, etc., los usuales preludios a la disertación sobre No Hay Almuerzo Gratis, y ¡Ay de aquel hombre que cuestiona las calificaciones de otro para recibir el almuerzo! Porque “quien esto hiciere tiene gran necesidad de arrepentirse” (Mosiah 4: 18)

El segundo asunto es la independencia. Cargada con un impacto emocional muy especial para los norteamericanos, la palabra se ha transformado en una especie de fetiche para los Santos de los Ultimos Días, y los ha conducido a interminables especulaciones y planes. “Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y trampa, y en muchas codicias necias y dañinas”, dice Pablo – cosas que el Señor ha prohibido estrictamente (1 Timoteo 6:9). En las escrituras la palabra “independiente” aparece sólo una vez, describiendo a la iglesia sin referencia a ningún individuo: “la iglesia se sostenga independiente de todas las criaturas” pues está totalmente dependiente de “mi providencia” (DyC 78:14). Es la dependencia lo que es importante para Benjamín, total dependencia de Dios, y si uno le sirve con todo el corazón y con toda el alma, estará libre de depender de cualquier otro ser. En la ley de Moisés, la liberación del Señor cancela todas las deudas del hombre, mientras que Dios transfiere sus derechos sobre nuestra deuda a los pobres; es a través de ellos que nos pide que paguemos nuestra deuda con El. Retornemos por un momento a la promesa de independencia de Satanás. Cuando, al seguir las instrucciones de Satanás, Caín asesinó “a su hermano Abel, con el fin de obtener lucro” (Moisés 5:50), declaró su independencia: “Y Caín se glorió de lo que había hecho, diciendo: Estoy libre; seguramente los rebaños de mi hermano caerán en mis manos” (Moisés 5:33). Recientemente este evangelio fue proclamado por uno de los más ricos norteamericanos al dirigirse al cuerpo de estudiantes de la Universidad Estatal de Ohaio (en TV): “No hay nada que proporcione tanta libertad”, dijo, “como tener dólares en el banco”. Esa es la política que estamos siguiendo hoy, y no hay duda de a quién pertenece esa política.

Alimentando a la Multitud

Con la venida del Señor en el meridiano de los tiempos, las fiestas de agradecimiento y súplica continuaron, sin ya el derramamiento de sangre, excepto en la Pascua, cuando el cordero pascual, como las primeras ofrendas cruentas del templo, permanecieron como un símil del gran sacrificio expiatorio. La Cena del Señor y el ágape (amor, caridad) eran comidas con alimentos reales, que se compartían cada vez que los santos se congregaban para sus reuniones; y cuando el Señor los visitó después de la resurrección siempre compartió comida real con ellos, ocasiones en las que proveyó el alimento, en anticipación al momento en que juntos compartirían el vino nuevo del mundo por venir. El Señor brindó el almuerzo a la gente en primer lugar porque estaban hambrientos, lo necesitaban, y “tuvo compasión de ellos” (Mateo 14:14; 15:32). Los alimentó y les enseñó, pero el conocimiento tenía un valor mayor que el alimento – les dijo que no trabajaran por eso (Juan 6:27). Cuando milagrosamente produjo el almuerzo, querían que fuese su profeta y rey (Juan 6: 14-15), así como los nefitas, qienes una vez que hubieron comido y estaban llenos, prorrumpieron en un gozoso coro de alabanza y agradecimiento (3 Nefi 20:9) ¿Por qué tanto alboroto? ¿Nunca antes habían almorzado? No tenía nada que ver con eso; lo que los emocionó fue ver con claridad la inconfundible mano del Dador, y saber por sí mismos exactamente de dónde viene todo y que nunca puede faltar. Ahora si nos preguntamos ¿quién en estos festejos de amor obtuvo la mayor parte o comió más? Inmediatamente estaremos delatando lo absurdo y pobre de nuestra preciosa ética del trabajo. Tales preguntas estarían próximas a la blasfemia para todos los presentes, como si alguien interrumpiera las ordenanzas y festejos para declarar “Un momento, gente! ¿No saben que no existe almuerzo gratis?”

“Fueron Saciados” – Walter Rane

El almuerzo gratis surge a menudo en el Sermón del Monte. Primero en la Oración del Señor: “Danos hoy el pan nuestro de cada día” (Mateo 6:11); esto va acompañado de la comprensión, expresada en la misma frase, de que, a cambio, debemos mostrar el mismo espíritu liberal entre unos y otros que el muestra con nosotros: “Y perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Luego viene el ayuno, un muy eficaz recordatorio de la generosidad de Dios para con nosotros y también nuestra absoluta dependencia de El, algo para reconocer con gozo (Mateo 6:16-18). Entonces un importantísimo principio; no se puede ser dual, no se puede trabajar para dos empleadores, no se puede atesorar en la tierra y también en los cielos  – no puedes dividir tu corazón entre ambos; pues a uno o al otro debes brindar tu completa e íntegra devoción – los dos empleadores la demandan, pero sólo uno puede tenerla (Mateo 6:19-20) Debes ir en un sentido o el otro, no puede haber compromisos (Mateo 6:22-23) “Ninguno puede servir a dos señores”: el amor y el odio no pueden dividirse entre sí, “no podéis servir a Dios y a Mammon”, siendo mammon la palabra regular hebrea para los negocios, particularmente el dinero y la banca (Mateo 6:24). No debes ceder a las tentaciones de ese otro señor, ni dejar que su amenaza de “no tendrás almuerzo si dejas mi empleo” te intimide – debes ignorarlo a él y a sus argumentos completamente: “No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni… qué habéis de vestir” (Mateo 6:25). Todas esas cosas están resueltas para las criaturas de Dios: “Mirad las aves del cielo… vuestro Padre Celestial las alimenta ¿No sois vosotros mucho mejores que ellas?” (Mateo 6:26). Según se cuenta, era una práctica en Sodoma y Gomorra, quitar a los extranjeros su dinero y dejarlos morir de hambre pues no podían comprar comida, y los habitantes de esas ciudades colocaban redes sobre los árboles para que las aves no pudieran tener alimento gratis de sus frutos. Para Abraham, tal crueldad, como hemos visto, llegaba al colmo, y “los maldijo en nombre de Dios”.

En cuanto al tema de la vestimenta y la apariencia rigen las mismas reglas que para el almuerzo – es necesario tener suficiente abrigo, pero no hace falta ir más allá. Si no podemos agregar un codo a nuestra estatura, no intentemos adicionar esplendores que no posee a nuestra persona: olvidemos la obsesión por una apariencia impresionante que acompaña a la aspiración por el almuerzo ejecutivo (“vestirse para el éxito”); simplemente parezcamos lo que somos, y no hagamos demasiada historia acerca de eso (Mateo 6:27-30)

No os afanéis, pues” vuelve a repetir, “diciendo ¿Qué comeremos, o qué beberemos o con qué nos cubriremos?” (Mateo 6:31). Los Gentiles pierden su tiempo tras esas cosas – pero vosotros no sois Gentiles. Entonces viene una esclarecedora explicación de la economía del evangelio, la respuesta a la obvia pregunta ¿Cómo nos arreglaremos en el mundo si ni siquiera tenemos que pensar sobre tales cosas? La intimación “no os afanéis” debe ser tomada seriamente, dado que es una de las más repetidas en las escrituras, y aparece en los Evangelios, el Libro de Mormón y la Doctrina y Convenios. La fórmula “tales cosas” se aplica específicamente a lo que debemos comer, beber y usar – alimento y abrigo (Mateo 6:32). Se repite tres veces como una cláusula objetiva, siendo la palabra clave “buscad”. En el mismo párrafo se nos dice que los Gentiles buscan esas cosas, pero nosotros, definitivamente, no debemos buscarlas. Debemos ocuparnos buscando otra cosa, “el reino de Dios y su justicia” (Mateo 6:33). Pero ¿qué ocurre con el resto? ¿No necesitaremos alimento y vestido también?. Por supuesto, son muy importantes, pero pueden estar tranquilos pues “vuestro Padre Celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas” (Mateo 6:32) y las proveerá. Si tienes suficiente fe como para confiar en El (Mateo 6:30), y utilizas tus días buscando lo que El desea que busques, El proveerá “todas esas cosas” en la medida que las necesites (prostethesetai).

“Mas buscad primeramente (proton) el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33). Se ha hecho una costumbre interpretar esto como que debemos primero ir a una misión u obtener un testimonio de alguna otra manera, y entonces volver al negocio de salir adelante en el mundo. Pero el vocablo para primeramente, proton, significa primero en todo sentido – primero y más importante, antes que cualquier cosa, en preferencia a todo lo demás, etc. Usualmente hace una referencia al tiempo, pero no en este pasaje. No se nos dice que busquemos primero el reino y luego busquemos “todas esas cosas”; no dice nada en absoluto sobre buscarlas excepto el mandamiento explícito de no buscarlas. No hay una idea de tiempo secuencial allí. ¿Alguna vez uno deja de buscar el reino de Dios y su justicia en esta vida? O ¿hay un momento antes, durante, o después de la misión en el que uno no necesite alimento y vestido? No debemos buscarlos jamás, pues Dios los proporciona siempre. Las mismas enseñanzas del Señor se resumen en Lucas 12, donde deja en claro que el mandamiento “no os afanéis”, se aplica no sólo a los apóstoles sino a toda la iglesia (Lucas 12:22). El ilustra el principio de “no os afanéis” por el mañana con la historia de un hombre importante en los negocios agrarios (aunque sería justo hacer notar que era un terreno particularmente fértil y no el propietario quien “había producido mucho” y que el hombre no hacía directamente, por supuesto, ningún trabajo en el campo). Cuando con visión de futuro y planeamiento había completado los arreglos para un espléndido retiro, se felicitó a sí mismo, diciendo “Alma, muchos bienes tienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, diviértete” – el almuerzo de lujo le aseguraba completa independencia para siempre, sin la humillante necesidad de orar por el pan diario. “Pero le dijo Dios: Necio, esta noche van a pedir tu alma” (Lucas 12:19-20) ¿No debería haber trabajado para nada por el almuerzo, entonces? Respuesta: No debería haberlo convertido en la meta de sus labores, ni obtenerlo manipulando a otros. Dios no está complacido con aquellos que rehúsan su oferta de almuerzo gratis con piadosos sermones sobre la ética del trabajo: “Un rey… hizo una fiesta de bodas a su hijo; y envió a sus siervos para que llamasen a los invitados a las bodas, pero no quisieron venir. Volvió a enviar… diciendo… he preparado mi comida… y todo está dispuesto… Pero ellos no hicieron caso y se fueron, uno a su labranza, y otro a sus negocios” (Mateo 22:2-5) Se fueron a la oficina y a la granja a prestar virtuosa atención al trabajo por hacer y “no hicieron caso” de la fiesta. Sin embargo fue un grave insulto para su generoso anfitrión. “¡No neguéis los dones de Dios!” es la súplica final del Libro de Mormón (Moroni 10:8) ¿Quién despreciaría tales dones? Nosotros lo hacemos, al no pedir por ellos. “Sí, sé que Dios dará liberalmente a quien pida” (2 Nefi 4:35), y no reciben porque no piden (2 Nefi 32:4). Moroni enumera los dones espirituales en el último capítulo del Libro de Mormón, y sin embargo raramente pedimos esos dones hoy – no nos interesan particularmente. Hay sólo uno que pedimos con toda sinceridad y recibimos debidamente, y es, por obvias razones, el don de sanidad. Pero ¿y los otros dones? ¿A quién le importan? No les damos valor y preferimos el mundo de la vida diaria. Ni siquiera pedimos por los dones temporales pues no los deseamos – como dones.

“Sois malditos por motivo de vuestras riquezas” dice Samuel al pueblo de Zarahemla, “y vuestras riquezas son malditas también” ¿Por qué? Por dos razones: (1) “porque habéis puesto vuestro corazón en ellas” y (2) “no habéis escuchado las palabras de aquel que os las cio. No os acordáis del Señor vuestro Dios en las cosas con que os ha bendecido, mas siempre recordáis vuestras riquezas, no para dar gracias al Señor vuestro Dios por ellas” (Helamán 13:21-22). Deseaban las riquezas desesperadamente, trabajaban por ellas diligentemente, y estaban obsesionados con ellas una vez que las obtenían; pero simplemente no estaban dispuestos a aceptarlas como dones, sino sólo como ganancias. Hoy hemos ido tan lejos como para abandonar la idea de “incremento no ganancial” e insistimos en nivelar todo ingreso, incluso aquel del cual el recipiente no tiene noción, como “ganancias”. ¡Nadie va a hacernos aceptar el bienestar!

CONTINUARA EN LA TERCERA Y ULTIMA PARTE ///

Traducción de Mario R. Montani

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