“Una Rara Semejanza” – Revisión del dilema de la homosexualidad en la Iglesia – Primera Parte


De la Vida Mormona

“Una Rara Semejanza”

Revisión del dilema de la homosexualidad en la Iglesia

Primera Parte

Por Mario R. Montani

Estoy consciente de estar ingresando en el tratamiento de un tema altamente sensible, muy poco comprendido y que ha provocado divisiones en la propia Iglesia. Sin embargo, como en otras ocasiones, confío en ampliar mi entendimiento, quitar algunas barreras y acercar algo del “amor puro de Cristo” a la cuestión. Como tantas veces nos recordó Hugh Nibley, “el prejuicio consiste en tener una opinión antes de examinar toda la evidencia”.

Primeramente, me parece importante explicitar desde que lugar me expreso, para evitar las confusiones. Soy un varón, heterosexual, en mis 60’s, latinoamericano y mormón. Todos ellos son parámetros sociales condicionantes y, aunque trataré de que no influyan demasiado en mi estudio, no puedo asegurarlo totalmente. Creo que mencionarlo es un acto de sinceridad intelectual indispensable.

En la sociedad de mi época, cualquier apariencia o rumor sobre afinidades gay eran automáticamente calificados con una serie de epítetos no muy agradables y objeto de la consiguiente burla y desprecio.

Cuando llegué a mi misión, con un inglés limitado y de origen británico, tuve que aprender a desterrar la palabra ‘queer’ (raro, extraño) y reemplazarla por “weird”, ya que de otro modo me preguntaban permanentemente qué era con exactitud lo que quería decir. Algunos de mis compañeros me contaban que, en su adolescencia, una actividad que solían practicar en grupo de varones era ir a golpear a los ‘gay guys’ en los parques donde se reunían, pues no solían oponer mucha resistencia. He meditado, con el paso de los años, en que, independientemente de si sus padres conociesen o no tal actividad, algo había en sus hogares que los predisponía a pensar que eso “no era tan malo, después de todo”.

He tomado el título de mi propuesta de un excelente cuento de Ray Bradbury llamado “El viento frío y el viento caliente” de su colección Fantasmas de lo Nuevo (I sing the body electric, en inglés). Como muchas de las risueñas historias de Bradbury sobre los irlandeses, la acción comienza en Dublin, con la llegada de un grupo de seis varones gays, provenientes de Taormina, al Royal Hibernian Hotel. El arribo no pasa desapercibido para los asiduos concurrentes a la taberna de Finn ni para el padre Leary, cura de la parroquia, quienes observan el deambular del grupo con horror y sorpresa. Al darse cuenta de que se dirigen al parque de la ciudad, envían a Timulty, uno de los regulares consumidores de cerveza del lugar, a espiarlos…

Cuando finalmente regresa y crea la expectativa del buen cuentista, tomando un trago para aliviar el frío al que estuvo sometido en el exterior, tiene el siguiente parlamento:

“Al cabo de una vida de viajes y reflexiones, llego a la conclusión de que entre las gentes como ellos y las gentes como nosotros hay una rara semejanza”.

El inesperado comentario crea tensión, ofensa, y hasta un intento de golpear al mensajero, pero terminan pidiéndole que se explique. Vio a los extraños visitantes en el Parque de Saint Stephen, reunidos en un círculo, contemplando cómo las primeras hojas del otoño van cambiando de color, mientras cantan y recitan poemas.

‘¿No se parecen a los irlandeses?’ razona Timulty. Les gusta estar en grupo, como a ellos en la taberna. Adoran escribir poesía, cantar canciones y bailar. En cuanto a las mujeres ¿no prefieren también ellos mismos estar en el pub, lejos de esposas y suegras?

El relato culmina con una invitación a los viajeros a la taberna y una tierna despedida en el muelle donde, por primera vez, los irlandeses tienen verdaderos sopranos en sus cantos…

La historia (a la cual no hago justicia en este apretado resumen), independientemente de sus giros irónicos y costumbristas, es una profunda reflexión sobre la condición humana. De cómo un grupo rústico, cerrado y homofóbico puede llegar a abrir la mente en base a las similitudes más que a las diferencias… Cualquier parecido con nuestra situación mormona, es pura casualidad…

De Historia y Nomenclaturas

Las relaciones entre personas de un mismo sexo no son un descubrimiento de la modernidad. Han existido siempre y de manera bastante abundante. Eran una práctica común en la antigua Grecia y en la Roma imperial. Estaba presente en los ejércitos tebanos y en la vida de los hoy famosos filósofos y poetas.

La homosexualidad ha existido en Oriente y Occidente, tanto en el Norte como en el Sur. Se practicó en Africa y entre chinos y japoneses. Aparece en las crónicas de Aztecas, Mochicas y Quechuas. Se ha constatado documentalmente entre los piratas y bucaneros.

En la Edad Media, la Iglesia cristiana persiguió “la sodomía” que, junto con la herejía, se pagaba con la vida. Las acusaciones no siempre podían constatarse y en muchos casos eran una simple artimaña para deshacerse de rivales políticos.

Los homosexuales fueron perseguidos y destruidos por la Inquisición, el movimiento nazi y el régimen comunista. En otras regiones se los castigó penal y culturalmente.

La palabra homosexualidad fue creada en 1869 por Karl Maria Kertbeny (es una construcción que incluye homo=igual, del griego antiguo y sexus=sexo, del latín) y define a la atracción romántica o comportamiento sexual entre miembros del mismo género. El vocablo ‘gay’ (originalmente ‘alegre’ en inglés) se universalizó para identificar a los homosexuales independientemente de su género. Con el paso del tiempo, específicamente en las últimas décadas del siglo XX, el análisis de otras orientaciones sexuales e identidades de género promovió el uso de la sigla LGBT, que corresponde a Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales o Transgenéricos. Algunos agregan la letra Q aplicada tanto a Queer como a Questioning, es decir, todos aquellos que se cuestionan su identidad sexual pero no logran sentirse incluidos en ninguna de las otras denominaciones. Me detengo en estas nomenclaturas pues seguramente las utilizaremos en las páginas siguientes. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días no las utiliza en la actualidad  (aunque sí lo ha hecho en el pasado) y prefiere sintetizar todo en la frase “aquellos que experimentan atracción hacia los de su propio sexo”. Por ‘homofobia’ se entiende la antipatía, odio o aversión hacia los homosexuales.

Diacronía y Sincronía en el tratamiento de la diversidad sexual.

Mi intención es analizar cuáles han sido las posturas y políticas de la Iglesia sobre el tema a lo largo del tiempo (análisis diacrónico), pero, simultáneamente, qué ocurría en cada uno de esos momentos con el tratamiento de la sexualidad general en la Iglesia y en el mundo (análisis sincrónico)

Para comenzar, deberíamos señalar que no existe escritura moderna sobre el tema. Es decir, ni el Libro de Mormón, La Doctrina y Convenios o La Perla de Gran Precio se expiden sobre el particular. Tampoco los extensos escritos no oficiales de Joseph Smith. Por lo tanto debemos tornar a la Biblia para una referencia canónica.

Antiguo Testamento

No te acuestes con un hombre como si te acostaras con una mujer. Eso es un acto infame. (Levítico 18:22)

Si alguien se acuesta con un hombre como si se acostara con una mujer, se condenará a muerte a los dos, y serán responsables de su propia muerte, pues cometieron un acto infame. (Levítico 20:13)

Los problemas que presentan estos pasajes son varios. Uno de ellos es que, aparentemente, si obedecemos el mandato de Dios, deberíamos estar eliminando a todos los homosexuales practicantes en el mundo. Si tales mandatos rigen en la actualidad, eso es lo que nos están diciendo. Tampoco parecen condenar la homosexualidad femenina, tan sólo la de los varones. Por supuesto podemos utilizar algunos artilugios y decir que rigen parcialmente o que, si hubiese una verdadera teocracia, esa sería la ley. Pero la verdad es que hace más de 100 años que estamos intentando alejarnos de la doctrina de ‘expiación por sangre’ y negando que haya sido practicada en algún momento, por lo que no parece una buena idea.

No es difícil hallar, muy cerca, otros mandamientos que no son exigibles en la actualidad. Por ejemplo, en el capítulo intermedio de los dos anteriores, Levítico 19:

23 Y cuando entréis en la tierra y plantéis toda clase de árboles frutales, consideraréis incircunciso lo primero de su fruto; tres años os será incircunciso; su fruto no se comerá.

26 No comeréis cosa alguna con sangre…

27 No cortaréis el cabello de vuestras sienes, ni dañaréis la punta de vuestra barba.

Si deseamos reactualizar las prohibiciones del pentateuco deberemos hacerlo en su totalidad. Los miembros de la Iglesia solemos ser literalistas selectivos, pero si observamos en detalle veremos que los NO son tan categóricos para un caso como para el otro.

También ha sido una interpretación tradicional que la maldad por la que Sodoma y Gomorra fueron destruidas era la práctica homosexual. Del texto mismo no es tan sencillo determinar eso:

Llegaron, pues, los dos ángeles a Sodoma a la caída de la tarde; y Lot estaba sentado a la puerta de Sodoma. Y al verlos Lot, se levantó a recibirlos, y se inclinó hacia el suelo y dijo: Ahora, pues, mis señores, os ruego que vengáis a casa de vuestro siervo y os hospedéis, y lavéis vuestros pies; y por la mañana os levantaréis y seguiréis vuestro camino. Y ellos respondieron: No, sino que en la plaza nos quedaremos esta noche. Mas él les insistió mucho, y fueron con él y entraron en su casa; y les hizo banquete, y coció panes sin levadura y comieron. Pero antes que se acostasen, rodearon la casa los hombres de la ciudad, los hombres de Sodoma, todo el pueblo junto, desde el más joven hasta el más viejo; y llamaron a Lot y le dijeron: ¿Dónde están los varones que vinieron a ti esta noche? Sácalos, para que los conozcamos. Entonces Lot salió a ellos a la puerta, y cerró la puerta tras sí y dijo: Os ruego, hermanos míos, que no hagáis tal maldad. He aquí ahora yo tengo dos hijas que no han conocido varón; os las sacaré afuera, y haced con ellas como bien os pareciere; solamente que a estos varones no hagáis nada, pues vinieron a la sombra de mi tejado. Y ellos respondieron: ¡Quítate de ahí! Y añadieron: Vino este aquí para habitar como extranjero, ¿y habrá de erigirse en juez? Ahora te haremos más mal que a ellos. Y hacían gran violencia al varón, a Lot, y se acercaron para romper la puerta. Entonces los dos varones extendieron la mano, y metieron a Lot en casa con ellos y cerraron la puerta. E hirieron con ceguera a los hombres que estaban a la puerta de la casa desde el menor hasta el mayor, de modo que se fatigaban por hallar la puerta. (Génesis 19:1-11)

Es más que evidente que las intenciones de los habitantes de Sodoma no eran buenas. El eufemismo ‘conocer’ para indicar una relación sexual es abundante en la Biblia. Pero hay una gran diferencia entre una violación (que es lo que intentaban los sodomitas) y una relación homosexual consentida. Para Lot, el atentado tenía que ver con la violación de las sagradas reglas de la hospitalidad en la antigüedad. De allí que no tiene empacho en ofrecer a sus hijas, lo cual hoy nos parece moralmente reprobable.

John Martin – Destrucción de Sodoma y Gomorra

De hecho, cuando Ezequiel enumera las maldades de Sodoma, no menciona la homosexualidad sino la falta de atención a los necesitados y su orgullo excesivo:

«He aquí que esta fue la maldad de Sodoma tu hermana: soberbia, saciedad de pan, y abundancia de ociosidad tuvieron ella y sus hijas; y no fortaleció la mano del afligido y del menesteroso» (Ezequiel 16:49).

Nuevo Testamento

Pablo de Tarso es el Apóstol que más enérgicamente condena las relaciones con el mismo género:

Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas, pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza.  Del mismo modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en sus concupiscencias los unos con los otros, cometiendo actos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución correspondiente a su extravío” (Romanos 1:26-27)

“¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores heredarán el reino de Dios” (1 Corintios 6: 9-10)

En estos pasajes por primera vez se habla de la homosexualidad femenina.

Algunos capítulos más adelante, en 1 Corintios 14: 34-35, Pablo nos dice:

“Vuestras mujeres callen en las congregaciones, porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como dice también la ley. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos, porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación”.

Nuevamente, la costumbre nos ha hecho lectores selectivos y descartamos el último pasaje como no aplicable a nuestra época, o un reflejo de las costumbres e idiosincrasias antiguas. Pero, para Pablo, parece ser tan importante una cosa como la otra.

No estoy intentando defender la atracción homosexual como tampoco atacarla. Simplemente entenderla. Y para ello hace falta poner en duda nuestros modos tradicionales de lectura. Por 130 años creímos leer en las Escrituras algo con relación a la gente de color que en realidad no decían. No deberíamos volver a cometer ese error…

La Restauración y más allá.

Hasta el Siglo XIX la homosexualidad era reconocida como “sodomía”. Durante esa época regía la teoría de la “fuerza vital masculina” que era limitada, no debía malgastarse, y usarse exclusivamente con fines reproductivos. Este concepto estaba muy ligado a la idea de “pecado original”. Los padres, mediante el acto sexual, transmitían ese pecado a su descendencia. La Iglesia fue restaurada en ese medio social, aunque rápidamente se distinguió por sus ideas propias. Los mormones no creían en el pecado original, pero sí en el fin puramente reproductivo. El sexo con un objetivo de placer se consideraba una “indulgencia peligrosa”. La solución social planteada fue la poligamia: no sólo cumplía el precepto de “fructificar y multiplicar”, utilizando al máximo la fuerza vital masculina, sino que evitaba los males de la prostitución y prometía a sus practicantes una salud brillante por obedecer el mandamiento divino.

Una de las pocas referencias en el Siglo XIX es la de George Q. Cannon en la Conferencia General de Octubre 1897 en la que, refiriéndose a la prisión del poeta irlandés Oscar Wilde, condenó a la tendencia como abominable, sucia y crimen innombrable.

A comienzos del siglo XX, Freud habló de una “protosexualidad”, una sexualidad no totalmente definida hasta cierta edad, la que podía llegar a invertirse produciendo hombres afeminados o mujeres masculinizadas. De allí la denominación de “invertidos”, que en el uso coloquial también portaba una fuerte connotación negativa. Pero, con el paso de las décadas, la teoría dejó de tener vigencia, al constatarse que en muchos casos de atracción por el mismo sexo no existían afeminados o masculinizados.

Para 1920 la teoría de la fuerza vital se demostraba científicamente errónea y la práctica de la poligamia socialmente inaceptable (aún por sus anteriores defensores).

Desde 1940 en adelante, los líderes parecen tomar nota de varios casos de homosexualidad en la Iglesia pues el apóstol Charles Callis es asignado a tener entrevistas con miembros involucrados en esa actividad. Quizás el caso más notorio sea el del Patriarca Presidente, Joseph Fielding Smith (homónimo de quien sería Apóstol y luego Presidente de la Iglesia), quien sirvió en tal calidad sólo cuatro años y fue relevado en 1946 “por razones de salud”, aunque en la práctica se demostró su conducta homosexual al menos en tres ocasiones.

Probablemente la primera Autoridad General en utilizar el término ‘homosexualidad’ en público fue el Consejero de la Primera Presidencia, J. Reuben Clark. En un discurso presentado en la Conferencia de la Sociedad de Socorro en 1952 expresó:

“o la persona que enseña o acepta los crímenes por los que Sodoma y Gomorra fueron destruídas – hemos acuñado un término más suave que el que nos llegaba de la antigüedad; ahora hablamos de homosexualidad, la que, es trágico decirlo, se encuentra entre ambos sexos” (J. Reuben Clark, Diciembre 1952, Home and the Building of Home Life, Relief Society Magazine 39, pags. 793-794)

En la década de los ’60 se inició en buena parte del mundo occidental la denominada ‘revolución sexual’, estimulada por la disponibilidad de los anticonceptivos y una ‘segunda ola’ feminista. Los líderes comenzaron a hablar en forma frecuente sobre las relaciones dentro del mismo sexo, calificándolas de pecaminosas e ilegítimas.

En la Iglesia Católica, primero con Pio XII y luego con el Concilio Vaticano II se reconoció el propósito ‘unitivo’ de la pareja, además del puramente ‘reproductivo’.

Durante esa etapa, los líderes SUD demonizaban cualquier forma de relación sexual que no tuviese un fin reproductivo y, en las entrevistas personales y de pareja, preguntaban específicamente sobre algunas de ellas.

En 1976 se produce un conflicto con la aparición de To Young Men Only (Sólo para Hombres Jóvenes) de Boyd K. Packer, en el cual se relataba el ejemplo de un misionero que había golpeado a su compañero por hacerle insinuaciones románticas. Packer se mencionaba a sí mismo diciéndole: ‘Bien, gracias. Alguien tenía que hacerlo…”. Varias voces, incluyendo algunos historiadores y obispos, consideraron que el panfleto promovía la violencia anti gay y que la Iglesia la estimulaba al continuar publicando ese folleto.

En 1978, Packer repetiría muchos de sus conceptos en una charla fogonera en BYU, la que también circularía entre los miembros como To the One. Citaré sólo algunos párrafos de la carta que David Hardy le enviaría bastante tiempo después:

“Querido Elder Packer: Aunque sólo nos hemos conocido brevemente, es a través del contexto de mi familia que usted podrá ubicarme.  Soy el hermano más joven de Ralph W. Hardy, Jr y Clare Hardy Johnson, y el hijo de Ralph W. Hardy, Sr y Maren Eccles Hardy. Recientemente serví como Obispo en el Barrio 29 de la 5º Estaca de Salt Lake University. Mi esposa, Carlie, es la nieta del fallecido Elder Franklin D. Richards y la bisnieta del Presidente Heber J. Grant. Le proveo del contexto de nuestra familia y tradición con el único propósito de establecer la sólida crianza en el Evangelio y la Iglesia que tanto yo como mi esposa hemos tenido… Escribo esta carta al darme cuenta de que, para mantener mi propia integridad personal, necesito informarle del dolor y el daño de los que usted ha sido hasta cierto punto responsable como autor de ‘To the One’… Espero que usted se tome el tiempo de leerla, pues he colocado en ella mi propia alma…

Una temprana mañana de domingo, hace seis semanas, observé como nuestro auto, conducido por mi esposa, se llevaba a nuestro hijo a una nueva ciudad, una nueva comunidad y un nuevo colegio para terminar su último año de secundario. Desde esa mañana, he sentido un enojo creciente a causa de que, para proteger la vida y auto valoración de nuestro hijo, nos hayamos visto impulsados a enviarlo lejos de nuestro hogar y familia. Verá usted, esta comunidad de ‘Santos’ en la que vivimos está tan inmersa en la ignorancia, temor, aversión, prejuicio y supuesto ‘amor’ hacia nuestro hijo y todos aquellos que como él enfrentan el desafío de la homosexualidad, que en dos ocasiones llegó al punto, sintiendo que no tenía esperanzas ni alternativas, de quitarse la vida. Afortunadamente, no tuvo éxito. Mi hijo no es maníaco depresivo ni jamás antes tuvo intentos de suicidio. Es simplemente que él entiende el Evangelio demasiado bien, y cree lo que sus maestros de Seminario y líderes del Sacerdocio le han enseñado sobre la homosexualidad, basado en la doctrina presentada en ‘To the One’.

Mi esposa y yo somos padres de seis hijos – dos mujeres y cuatro varones – entre las edades de veintitrés y ocho. Nuestro hijo mayor, cuando tenía trece años tuvo el coraje de venir a nosotros para presentarnos su creciente temor de que no sentía ningún tipo de atracción hacia las chicas – de hecho, el sólo pensarlo le disgustaba – pero que se sentía atraído hacia los que eran de su propio sexo. Que hubiese venido a nosotros sin temor o vergüenza, que confiara en nosotros y buscara nuestro consejo, atestigua de la fuerte relación que hemos mantenido con él.

Este hijo fue siempre muy maduro espiritualmente para su edad. Es el mejor joven que he conocido – amoroso, honesto, confiable, entregado. Definitivamente desinteresado y poco egoísta. Un líder entre sus pares en la escuela, la primaria y en sus quorums del sacerdocio. Desde que pudo hablar y caminar nos dimos cuenta de algunas diferencias que nos preocuparon. Se conducía de modo diferente al caminar y correr. Cuando logramos que jugara con una pelota, la arrojaba de manera diferente. No le interesaban los deportes. Le gustaban las muñecas y las casitas. Amaba la música, la literatura, el drama y la poesía. Se hacía fácilmente amigo de las niñas, pero le costaba con los muchachos. Carlie y yo escuchamos esperanzados a profesionales SUD y líderes quienes descartaron o minimizaron todo como meramente una ‘fase’. Les creímos y confiamos en ellos. Los años pasaron, pero la ‘fase’, no… Una tarde de 1997, mientras yo estaba fuera de la ciudad y mi esposa recibía la seguridad de nuestro bien intencionado Presidente de Estaca, en su oficina, de que ‘si manteníamos todo en calma – como si alguien en la familia hubiese cometido adulterio (cuando nuestro hijo no había hecho nada), todo estaría bien’, nuestro hijo se abría las venas en su cuarto, en casa. Esa mañana había tenido la lección sobre Sodoma y Gomorra en Seminario…

Como obispo de un Barrio de estudiantes en la Universidad de Utah, trabajando con misioneros homosexuales ya retornados, llegué a la dolorosa pero real conclusión de que la ‘terapia reparadora’ practicada por LDS Social Services y organizaciones como Evergreen (en cuya mesa directiva yo servía por entonces) era no sólo ineficaz sino terriblemente destructiva. En cada ocasión descubrí que lo que esa ‘terapia’ lograba era llevar a estos honestos hermanos y hermanos, desesperados por creer que podrían ‘cambiar’, a un profundo desaliento y auto rechazo.

El fracaso en poder ‘cambiar’ como les fue prometido por usted y otros líderes del sacerdocio – un fracaso al que finalmente llegó cada uno de estos jóvenes y mujeres que fueron honestos con sus situaciones – les dejó sólo tres alternativas realistas: (1) Engañar tanto tiempo como fuera posible para estar en buenas relaciones con la Iglesia y la familia, (2) Desistir, abandonando Iglesia y familia, y dirigiéndose a la única comunidad que los aceptaría – la comunidad gay, o (3) cometer suicidio.

Por su propia admisión, es obvio que ni usted ni la Iglesia han llegado a ‘una mejor comprensión de la ley moral fundamental’… En ‘To the One’, usted hace la declaración ‘algunas formas de este tratamiento (terapia reparadora) son una ayuda sustancial en alrededor del 25% de los casos’, sin ofrecer ninguna fuente autorizada para esa estadística. ¿De dónde proviene esta sorprendente (aunque descorazonadora) estadística? Sin duda de los expertos de LDS Social Services. Desgraciadamente, ellos no realizan un seguimiento de los pacientes a lo largo del tiempo. Mi experiencia como obsipo de un Barrio de estudiantes, padre de un hijo homosexual, y amigo y confidente de muchos homosexuales SUD con los que me he relacionado desde entonces, me indica que en algunos pocos casos la terrible culpa asociada a la terapia reparadora y el fuerte deseo de permanecer en buenos términos con la Iglesia y la familia ha producido la habilidad de reprimir los deseos homosexuales – por una temporada. Generalmente lo suficiente larga como para casarse y arruinar una familia. Tal vez éste es el 25% del que usted habla…

En el centro del tema de la homosexualidad y la Iglesia hay tres creencias interrelacionadas: (1) que hay un elemento de elección involucrado en ser y permanecer como homosexual, (2) que puede ser curada, y (3) nuestros niños y jóvenes pueden ser reclutados o estimulados hacia la homosexualidad. Cada vez que hemos buscado ayuda para nuestro hijo y nuestra familia sobre este asunto por intermedio de líderes del sacerdocio o Autoridades Generales, invariablemente fuimos trasladados a los expertos de LDS Social Services. Ya que las vidas y bienestar de tantos individuos y familias están aquí en cuestión, pareciera que se está dando un crédito excesivo a la capacidad de LDS Social Services en el tema. ¿No es obvio que los ‘expertos’ en los que se basan en LDS Social Services para corroborar y sostener la doctrina y política de la Iglesia apoyarán cualquier posición que ustedes les hayan mandado como la única correcta? Tal es el respeto y la fe en el oficio que ustedes poseen. Honestamente, estar en desacuerdo con un miembro de los Doce en asuntos de doctrina es equivalente a la herejía. Estoy seguro de que usted estará al tanto de que la Asociación Americana de Psiquiatría ha denunciado que la ‘terapia reparadora’ para tratar a homosexuales es tanto ineficaz como dañina. Encuentro irónico que cuando un grupo fundamentalista rechaza como doctrina el apropiado consejo médico, lo hallamos espantoso y retrógrado – sin embargo, cuando el sano consejo médico denuncia la práctica de la ‘terapia reparadora’, lo llamamos falsa doctrina ‘mundana’.

 

Este artículo continuará en su Segunda Parte///

 

 

 

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2 comentarios el ““Una Rara Semejanza” – Revisión del dilema de la homosexualidad en la Iglesia – Primera Parte

  1. Javier dice:

    Esperando la segunda parte.

  2. Gracias por esta primera parte… esperaré con ansias lo que sigue

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