Documentos Artículo Norteamérica por Gabriel González Núñez

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                             Ficción Mormona

La ucronía es un género literario que se basa en hechos posibles pero que no han ocurrido en la realidad. Su premisa básica es el cuestionamiento ‘¿Qué habría ocurrido si…?’. Algunos la han denominado relato histórico alternativo, ya que se trata de una reconstrucción de momentos con carácter lógico pero que no han sucedido. Así como la utopía describe lugares no existentes, la ucronía define líneas temporales inexistentes. El género ha tenido amplio desarrollo dentro de la fantasía y la ciencia ficción, así como en la novela histórica especulativa. Un ejemplo clásico es “El Hombre en el Castillo”, donde Philip K. Dick describe un mundo en el que Alemania y Japón han ganado la Segunda Guerra Mundial y se dividen el territorio de los EEUU. Los especialistas han denominado ‘punto Jonbar’ al momento específico en que la realidad ucrónica comienza a diverger de la histórica, en honor a John Barr, un personaje creado por Jack Williamson en los años ’30 y que debe enfrentar estas alternativas.

Recientemente, la aparición de la antología States of Deseret, permitió a ocho autores mormones (William Morris, Lee Allred, Anneke Garcia, David J. West, D. J. Butler, Marion Jensen, Inari Porkka y Lori Taylor) especular sobre realidades históricas alternativas: ¿Qué tal si Brigham Young hubiese continuado su viaje hasta California? ¿o si el territorio de Deseret hubiese formado una nación autónoma?¿Qué hubiese ocurrido si Leon Tolstoi o Nicolas Tesla se hubiesen unido a los Santos de los Ultimos Días? Las posibilidades están abiertas…

Gabriel Gonzélez Núñez es un escritor mormón nacido en Montevideo, Uruguay. Posee una Licenciatura en Traductorado de la Universidad de Brigham Young (2001), una Licenciatura en Leyes (Juris Doctor) también de BYU (2007), un Master en Traducción de la Universitat Rovira i Virgili, de Cataluña, España (2011) y un Doctorado en Estudios de Traducción por la KU Leuven, Bélgica (2014). Es actualmente profesor de la Universidad de Texas en el valle de Rio Grande, donde entrena a traductores e intérpretes. Vive en Brownsville, Texas, con su esposa y dos hijos. Recientemente ha publicado “Estampas del Libro de Mormón”, que puede consultarse en su excelente blog (https://gabrielgonzaleznunez.wordpress.com/)

Es un orgullo presentar en nuestro espacio a Gabriel y a su brillante alternativa ucrónica epistolar…

Mario R. Montani

Documentos artículo Norteamérica

-Gabriel González Núñez-

Remitente: Cristalina Lloyd Chehda
Momento: lunes 19 de noviembre de 2009, 14:57
Destinatario: Jorge Curbelo Ventura
Asunto: Documentos artículo Norteamérica

Estimado anciano Jorge Néstor:

Le escribo por causa del artículo que, según lo acordado en la última reunión de concilio, vamos a publicar en papel y también en el sitio de la Iglesia en FDP a propósito del septuagésimo quinto aniversario del inicio de la predicación en Norteamérica.

He recabado los materiales que me pidió para que pueda escribir con la tranquilidad de saber que no errará en lo que redacte. También le comunico que, si bien hay constancia en el Archivo Apostólico de que hacia 1851 un misionero fue enviado rumbo a alguna parte de Norteamérica, no se recoge ningún dato más, ni siquiera su nombre y mucho menos la suerte de su expedición. Seguiré buscando, pero de momento tal vez no quede otra opción que omitir esa información.

Ante cualquier inquietud, quedo a las órdenes.

Hna. Cristalina

Secretaria Ejecutiva

Departamento de Historia

Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Días Postreros

***

[Del diario personal del hermano Enrique Marcelo Resek Ríos]

4 de mayo de 1936

Hoy celebramos una misa de despedida aquí en Washington, en casa de la familia Aguilar. ¡Cuesta creer que ya llevamos seis meses en esta tierra! ¡Cuesta creer que ya nos vamos! A pedido del anciano Domingo Antonio oficié yo mismo la misa, que me resultó agridulce puesto que por una parte me sentía colmado del Espíritu por la comunión con los santos, y por otra me agobiaba el peso del viaje que mañana hemos de emprender, primero en tren hasta Nueva York, luego en barco hasta Montevideo y finalmente, en tren, hasta Navú. Me esmeré por oficiar de la forma más excelente para dejar un ejemplo duradero a los hermanos Aguilar, Monroy y Echo Hawk tras nuestra partida. Hice el saludo de bienvenida, entonamos juntos el Gloria, invité al hermano Rafael a hacer la oración, entonamos juntos el Kyrie, bendije y repartí el pan, bendije y repartí la copa de vino, hice una lectura del Nuevo Testamento (Apocalipsis 14:6) cuyo cumplimiento expliqué, di la palabra al anciano Domingo Antonio y después concluí la misa con la bendición de despedida. Me impactaron grandemente las palabras del anciano Domingo Antonio, quien fue movido por el Espíritu, ya que no de otro modo se puede explicar esta solemne profecía, de la cual siento que es importante dejar constancia:

«La obra del Señor es ahora poco más que un puñado de semillas en esta tierra tan lejana de la luz de las promesas del Libro de Mormón, pero llegará el día en que estos pueblos hallarán la luz de la verdad. La obra crecerá aquí como con la forma del ombú, al principio en un mismo lugar pero luego las ramas se extenderán hacia afuera como raíces en busca de agua. De esta ciudad llegaremos a todo este país y a los países vecinos. La Misión Norteamericana será una potencia en la Iglesia».

[De la Enciclopedia del Mormonismo; lema “Expansión misional”]

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Días Postreros fue fundada el 6 de abril de 1825 en Misiones Orientales, Paraná, bajo la guía del profeta Omar Ibayú. Meses antes él había sido expulsado por los vecinos de su pueblo por haber recibido el Libro de Mormón, y ahora organizaba una iglesia conforme a la manera de los santos de los días antiguos. Los primeros misioneros se pusieron ese mismo día las ahora características sotanas negras e iniciaron la labor de la predicación en los pueblos de Misiones Orientales, incluso incursionando en otras provincias. En 1838 se mandó los primeros misioneros al Paraguay, el Brasil y el Tahuantinsuyo. Asimismo en 1841 se mandaron misioneros a la Argentina, y para 1845 los había en Colombia. Mediante los esfuerzos de estos primeros misioneros, un gran número de conversos se unió a la Iglesia en las provincias del resto de Paraná y en otras partes de Sudamérica. El crecimiento de la Iglesia en ciudades como Purificación y Buenos Aires dio pie a cierta controversia en el seno de la Iglesia en cuanto a si se debía predicar a quienes no tenían sangre lamanita. La voz de Jehová se manifestó al respecto en el año 1847 cuando el profeta Omar tuvo un sueño en el que el Señor le confirmaba que las naciones de los gentiles también debían recibir el evangelio, así como los romanos lo habían recibido en los días de los antiguos apóstoles.

[De un informe del Principal de los Doce preparado para los Tres, enero de 1934]

Como es de su conocimiento, hemos recibido de manos del hermano César las dos cartas procedentes de Washington, Estados Unidos, que ustedes nos hicieron llegar. En nuestra última reunión del Concilio las leímos, primero la del hermano Jorge Aguilar y después la del hermano Rafael Monroy. Lo hicimos en espíritu de oración. Nos impresionó de sobremanera que coincidan en la capital de una nación gentil dos familias de conversos de México. Si sólo los Aguilar o sólo los Monroy se hubiesen mudado allí, no nos resultaría tan impactante, pero son dos las familias de conversos dejan todo en su tierra natal, sin coordinarlo, y terminan encontrándose en la capital de un país lejano. También nos impresionó saber que muchos indios se mudan del estado de Oklahoma a la ciudad de Washington en busca de oportunidades económicas. Tras leer las cartas, nuevamente hicimos oración. Sentimos la confirmación inequívoca del Santo Espíritu de que Jehová Dios está gestando las condiciones para iniciar la prédica del evangelio restaurado en Norteamérica. Estas condiciones no parecían dadas hasta ahora.

[Del texto publicado en historia.ijspd.org sobre la primera misión a Estados Unidos]

En 1860 los apóstoles Daniel Fernando Hortal González y Víctor Santiago Vásquez Arredondo viajaron de la sede de la Iglesia en Navú, Misiones Orientales, a Richmond, Carolina de Norte, que entonces quedaba en Estados Unidos, para iniciar la predicación. Estos misioneros no lograron establecer la Iglesia, ni siquiera convertir a nadie. La suya fue una labor plagada de rechazos y desánimos, en gran medida por sus escasos conocimientos del idioma inglés y por la guerra independentista que se desató por aquellos días en su campo de prédica. Consideraron que traducir el Libro de Mormón al inglés no era una tarea viable para ellos y que dar a conocer la postura de la Iglesia de que la esclavitud debía ser abolida gradualmente en todo el mundo no suponía una opción segura en aquellos tiempos de violencia. Consecuentemente, los dos ancianos regresaron tras tres meses infructíferos a Navú. Allí presentaron un informe al pleno del Concilio de los Doce Apóstoles y posteriormente al Concilio de los Tres Pontífices recomendando esperar un tiempo prudente hasta que existiesen condiciones más favorables en Norteamérica. En palabras del anciano Daniel Fernando: «Siento el comprometimiento en que me pone el servicio que presté en la América del Norte, y asimismo me encuentro en un conflicto por no poder llegar a una conclusión que de modo alguno sea diferente a la que he llegado. Recién cuando el Libro de Mormón fuere traducido al inglés, y con dicho libro en nuestras manos, se dará vuelta a la llave que el profeta Omar dio vuelta cuando puso el libro en nuestro castellano».

[De una carta del anciano Domingo Antonio Roda Martínez a su esposa, 25 de noviembre de 1935]

Mi bien amada Cata:

Por fin puedo sentarme a escribirte, eterna esposa mía, y son tantas las cosas que quiero contrate, tantas las cosas que a tu lado hubiese querido vivir. Tal vez llegue el día en que los enviados del Señor desempeñemos el santo apostolado acompañados de nuestras compañeras. Mas por el momento, todo es conforme a la voluntad del Santo de Israel, que me envió a estos pagos que jamás creí que conocería. Y aunque todo es emocionante, te extraño.

            Ojo, no me quejo de la compañía de mi hermano Enrique ni de Teófilo. Bien sabés que son sumamente agradables, especialmente Enrique, con quien los lazos que me unen como apóstoles de Nuestro Señor son inquebrantables. Sin mis dos compañeros la travesía a bordo del Camões me hubiese sido una carga harto difícil de llevar, sobre todo por eso de que no me gustan los viajes en barco.

En fin, desembarcamos en el puerto de Nueva York el 18 de noviembre. Había que ver aquello. La ciudad es grande, y desde la cubierta del barco me impresionó la gran cantidad de rascacielos. Así como a mí me llamaba la atención todo lo que veía (los barcos, la muchedumbre, el movimiento de personas), me parece que nosotros de igual manera llamábamos la atención de mucha gente. En el tren rumbo a Washington, por darte un ejemplo, varias veces me di cuenta que uno que otro pasajero se nos quedaba mirando. El anciano Teófilo cree que es por los hábitos que llevábamos, y puede que tenga razón, ya que en la semana que llevo aquí he visto que los sacerdotes de este país visten de traje y corbata, lo que les da presencia de empresarios.

            Llegamos a Washington ese mismo día, y en la estación nos esperaban los dos misioneros que hace unos meses enviamos a esta ciudad. Con ellos nos recibió un joven indio de nombre Echo Hawk, que según los misioneros quiere decir halcón con eco. Habla un español bastante extenso, que aprendió cuando en su natal Oklahoma comerciaba con los mexicanos. Se trata del único prosélito que tenemos por el momento en estas tierras. Lo bautizaron el 29 de octubre en un río llamado Potomac. Aquí hace un otoño muy frío en esta época del año, así que la fe de este joven de trenzas y sombrero que no quiso esperar ni un día para ser enterrado a fin de tener nueva vida en Cristo el Señor nos inspira a todos.

            Conocimos esa noche también a las dos familias que escribieron pidiendo misioneros, apellidadas Monroy y Aguilar. Son gente joven, con hijos chicos, y la luz del testimonio ilumina sus rostros. Su trato para con nosotros es sumamente servicial, incluso invitándonos a quedarnos en sus casas. De hecho, es en casa de los Monroy que estamos pernoctando. Nos hemos sentido muy a gusto con ellos, y hemos impuesto las manos en todos y cada uno para invocar bendiciones de lo alto sobre sus cabezas.

¡Ojalá pudieras conocer a los santos aquí! ¡Y si tan solo vieras esta pintoresca ciudad! […]

[Del diario del profeta Teófilo, cuando era setenta]

24/XII/35

Hoy 24 de diciembre de 1935, más o menos a las 6 de la tarde, en una arboleda de arces deshojados y con vista del río Potomac, tuve el privilegio de unir mi fe a la del anciano Enrique Marcelo cuando nuestro hermano, el anciano Domingo Antonio, se puso de rodillas y con las manos entrelazadas dedicó las tierras de Norteamérica para la predicación del evangelio. Ya oscurecía y soplaba una brisa fría que nos hería el rostro, pero pese a ello el fuego del Santo Espíritu descendió sobre nosotros. Tras la plegaria dedicatoria irrumpimos en cantos en latín, conforme a nuestra costumbre en ocasiones tan solemnes, y también en español, como se usa cada vez más.

[Del discurso “Omar Ibayú y el Libro de Mormón”, pronunciado por el anciano Eduardo Raimundo en la Convención General de la Iglesia de enero de 1995.]

Cuando hice la misión de muchachito descubrí lo importante que fue la visión profética de Omar al poner el Libro de Mormón en un idioma moderno. Fui uno de los primero misioneros que prestaron servicio en Estados Unidos. En toda la misión no conseguí más que tres prosélitos. Al principio éramos solo mi compañero y yo, con la ayuda de dos familias de conversos mexicanos. Después llegaron otros misioneros, pero por varios años fue más o menos así para todos. Ahora, comparemos esto con el año pasado, donde vimos casi cuarenta mil conversos en ese país. ¿Qué cambió? Bueno, mi compañero y yo teníamos solo la Biblia en inglés, así que podíamos usar el Libro de Mormón únicamente con la poca gente que hablaba nuestro idioma. Los que hablaban el inglés no tenían interés en un libro que no podían leer, así que más que nada teníamos acogida entre los sudamericanos y mesoamericanos que había por allá. Esto cambió años después, una vez que dos prosélitos nuestros, los hermanos Echo Hawk y Eduardo Raimundo Balderas Ibáñez terminaron la traducción del Libro de Mormón al inglés. Entonces empezó la gran cosecha, primero en el resto de Estados Unidos y después en Estados Confederados y en Canadá.

[Del Libro Estadístico de la Iglesia 2008, entrada “Norteamérica”]

… En la actualidad, la Iglesia tiene en estos tres países una presencia de tres millones y medio de miembros, casi setecientas diócesis y dieciocho templos…

***

Remitente: Jorge Curbelo Ventura
Momento: lunes 19 de noviembre de 2009, 17:14
Destinatario: Cristalina Lloyd Chehda
Asunto: Res.: Documentos artículo Norteamérica

Estimada hermana Cristalina:

¡Gracias por hacerme llegar este material! Le acabo de dar una leída muy somera y me va a servir mucho cuando me ponga a escribir el artículo.

Curiosamente ayer hablé por teléfono con los hermanos del Sector Norteamérica Este. Por lo que  me comentaron hoy en día no es posible localizar el lugar exacto donde se realizó la dedicatoria de Norteamérica. Como sea, parece que el sitio aproximado se conoce gracias a las descripciones que hay en los diarios de los ancianos. El historiador de la Iglesia allá ha trabajado bastante para dar con el lugar aproximado, que ahora viene a ser en una especie de parque en las afueras de Washington. Si bien el sitio en sí no es tan importante como el cumplimiento de la profecía del anciano Domingo Antonio, cuando viaje a Estados Unidos el mes que viene vamos a colocar en ese parque una placa conmemorativa.

Como siempre, quedo su seguro servidor,

Anciano Jorge Néstor

Concilio de los Doce

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Días Postreros

 

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