Por qué la Iglesia es tan verdadera como el Evangelio – Eugene England

Discursos Olvidados

Por Que La Iglesia es Tan Verdadera como el Evangelio

por Eugene England

El siguiente ensayo se ha convertido, con el paso de los años, en un verdadero clásico de la literatura de la Iglesia. La versión original fue presentada en el Simposio de Sunstone de 1985, en Salt Lake City, y publicada en la Revista Sunstone 10, de marzo de 1986. La presente traducción ha sido tomada de la edición del 25 Aniversario de Sunstone, en la que el artículo fue reimpreso con algunas anotaciones del autor, las que aparecen bajo el subtítulo de Catorce Años Después. La sensibilidad espiritual y amplitud de criterio de England han dejado una marca indeleble en mi vida. También un poco de vergüenza por el modo en que fue tratado en la Iglesia por muchos años… (Nota del traductor, Mario R. Montani)

“Cuando era un jovencito estaba convencido de que las reuniones más aburridas de la Iglesia, tal vez del mundo, eran las conferencias trimestrales de Estaca. En aquellos días, se llevaban a cabo cada tres meses e incluían por lo menos dos sesiones de dos horas cada una el día Domingo. El principal punto culminante para nosotros, los chicos, eran las canciones temblorosas literalmente ‘rendidas’ por las “Madres Cantoras” y el sobrio sostenimiento del Comité de Estaca contra el Licor y el Tabaco.

Pero una conferencia fue particularmente memorable. Yo tenía doce años y estaba sentado cerca del estrado pues mi padre iba a ser sostenido como miembro del sumo consejo en una estaca recién formada. Me había dado vuelta en mi asiento para molestar a mi hermana, quien se hallaba detrás de mí, cuando sentí algo, vagamente familiar, quemando el centro de mi corazón y huesos y casi físicamente haciéndome voltear para observar el rostro transfigurado del Apóstol Harold B. Lee, la autoridad visitante. Había interrumpido de golpe su sermón preparado y estaba dando una bendición apostólica a la nueva estaca. Y tomé conciencia, por una segunda y confirmadora ocasión en mi vida, de la presencia del Espíritu Santo y del testimonio especial de Jesucristo. ¿A cuántas aburridas conferencias de estaca asistiría para estar aunque fuese una sola vez en la presencia de tal gracia? A miles – todas las que hubiese. Esa perla no tiene precio. Y porque desde entonces he aprendido un poco mejor lo que buscar y hallar allí – no tanto revelación doctrinal sino la comprensión de y la experiencia con los miembros de la Iglesia – las conferencias ya no son aburridas. De modo que, uno de los más tempranos e importantes aspectos de mi fe no vino de alguna grandiosa percepción del evangelio sino a través de una experiencia que sólo pude haber tenido por estar cumpliendo mi responsabilidad en la Iglesia, aunque de modo inmaduro.

Sin embargo, un cliché que los mormones solemos repetir es que mientras el evangelio es verdadero, o aún perfecto, la Iglesia es, después de todo, un instrumento humano, atado a la historia, y por tanto comprensiblemente imperfecto – algo que debe soportarse por el bien del evangelio. No obstante, estoy convencido por experiencias como la de la conferencia de estaca y por mi mejor razonamiento posible que, de hecho, la Iglesia es tan “verdadera”, tan efectiva, tan buen instrumento de salvación como el sistema de doctrinas que llamamos evangelio – y que es así en buena parte por causa de los mismos errores, enojos humanos, y problemas históricos que ocasionalmente nos traen a todos cierta angustia. Estoy consciente de que, aquellos que utilizan el cliché del evangelio como algo más “verdadero” que la Iglesia, desean que el término evangelio signifique un sistema perfecto de mandamientos revelados basados en principios que, infaliblemente, expresan las leyes naturales del universo. Pero aún la revelación es, de hecho, meramente el mejor entendimiento que el Señor puede darnos de esas cosas. Y, como Dios mismo ha insistido claramente, esa comprensión está muy lejos de ser perfecta. Nos recuerda en la primera sección de Doctrina y Convenios:

“He aquí, soy Dios, y lo he declarado; estos mandamientos son míos, y se dieron a mis siervos en su debilidad, según su manera de hablar, para que alcanzasen entendimiento;  y para que cuando errasen, fuese manifestado”. (DyC 1:24-25)

Este es un inventario notablemente completo y aleccionador de los problemas involucrados al colocar el conocimiento de Dios del universo en lenguaje humano y que sea comprendido. Lo cual debería hacernos cuidadosos al reivindicar en exceso al “evangelio”, que no es la perfecta suma de las leyes naturales mismas – o el perfecto conocimiento que Dios posee sobre esas cosas – sino meramente la aproximación más cercana que mortales inspirados, pero limitados, pueden recibir.

Aún después que una revelación es recibida y expresada por un profeta, debe ser comprendida, enseñada, traducida a otras lenguas, y expresada en programas, manuales, sermones y ensayos – en otras palabras, interpretada. Y eso significa que al menos un nuevo conjunto de limitaciones de lenguaje y visiones del mundo ingresan en el tema. Siempre hallo desconcertante el que alguien pregunte a un maestro o discursante si lo que dice es el evangelio puro o su propia interpretación. Cada cosa que decimos es esencialmente una interpretación. Incluso la simple lectura de las escrituras a otros involucra la interpretación, al escoger tanto lo que leemos en una particular circunstancia así como el modo en que leemos (los tonos y énfasis). Más allá de ese punto, cualquier cosa que hagamos se convierte en menos y menos “autorizada” al adentrarnos en explicaciones y aplicaciones de las escrituras, es decir, cuando enseñamos “el evangelio”.

Sí, estoy consciente de que el Espíritu Santo puede otorgar impulsos de inteligencia pura al que expone y brindar testimonio de la verdad al que escucha. He experimentado ambos de estos dones amorosos y confirmantes. Pero tales dones, que garantizan en general que la Iglesia sea guiada del modo que el Señor intenta, y que provee guía a los individuos, a menudo de naturaleza notablemente clara, no elimina las individualidades y albedríos. No están libres de las limitaciones del lenguaje humano y de la percepción moral que el Señor describe en el pasaje citado más arriba, y, por lo tanto, no pueden imponer comprensión y aceptación universales.

Este problema está agravado por la fundamentalmente paradójica naturaleza del universo mismo y, por lo tanto, de las verdaderas leyes y principios que el evangelio utiliza para describir el universo. La ley de Lehi (“Es necesario que haya una oposición en todas las cosas” 2 Nefi 2:11) es quizás la más profunda y provocativa declaración de teología abstracta de las escrituras, pues supone la descripción de lo máximo y extremo en el universo – aún más allá de Dios. En contexto, sugiere claramente que la contradicción y oposición no es sólo el panorama normal de la experiencia humana, algo que Dios utiliza para sus propósitos redentores, sino que la oposición se halla en el propio centro de las cosas; es intrínseca a las dos realidades fundamentales – inteligencia y materia, lo que Lehi denomina “cosas para actuar o para que se actúe sobre ellas”. De acuerdo a Lehi, la oposición provee al universo con energía y significado, incluso hace posible la existencia de Dios y de todo lo demás: sin ella, “todo se habría desvanecido” (2 Nefi 2:13)

Todos conocemos por experiencia las consecuencias para la vida mortal de esta verdad fundamental y eterna sobre la realidad. A través de la historia, las ideas más importantes y productivas han sido paradójicas; las fuerzas energizantes en todo han sido el conflicto y la oposición; la base para el éxito en la economía, la política y otros desarrollos sociales han sido la competencia y el diálogo. Piensen en el sistema federal de cheques y balances y el sistema político bipartidista (que hace posible la democracia plural), o Romanticismo y Clasisismo, razón y emoción, libertad y orden, individuo y comunidad, hombres y mujeres (cuyas diferencias hacen posible la progenie eterna), justicia y misericordia (cuya oposición hace posible nuestra redención a través de la Expiación). La vida en el universo está llena de polaridades y se hace completa a través de ellas; luchamos contra ellas, nos quejamos de ellas, aún tratamos a veces de destruirlas con dogmatismo y auto proclamada rectitud, o nos refugiamos en la inocencia que es sólo ignorancia, un retorno al Jardín de Edén donde hay una engañosa comodidad y nitidez pero no hay salvación. William Blake, el poeta profético, enseñó que “sin contrarios no hay existencia”, y advirtió que “quien intente reconciliarlos [a los contrarios] busca destruir la existencia”. Sea lo que sea que eso signifique, eventualmente veremos “cara a cara”, ahora sólo vemos “por espejo, oscuramente” (1 Corintios 13:12) y más nos valdría haber hecho lo mejor posible de esa experiencia. De modo que, como lo conocemos en términos humanos, el “evangelio” no es – y quizás, dada la paradójica naturaleza del universo mismo, jamás podrá ser – un claro y simple conjunto de proposiciones inequívocas.

Allí es donde la Iglesia hace su entrada. Creo que es el mejor medio, además del matrimonio (al cual se parece mucho en este aspecto), de aferrarse constructivamente a las oposiciones de la existencia. Yo creo que cuanto mejor una iglesia u organización es en ayudar a tal aferrarse, más “verdadera” es. También creo que podemos llamar apropiadamente a la Iglesia S.U.D. “la verdadera Iglesia” sólo si queremos significar que es el método mejor organizado para hacer eso, y lo es y continúa siéndolo por revelaciones que han venido y continúan viniendo de Dios, sin importar cuán “oscuras”, por necesidad, se presenten.

Martin Lutero, con percepción profética, escribió, “El Matrimonio es la Escuela del Amor” – es decir, el matrimonio no es tanto el hogar o el resultado del amor como la escuela. Creo que cada buena iglesia es una escuela de amor y que la Iglesia SUD, para la mayoría de sus miembros, quizás todos, es la mejor, la “única iglesia verdadera y viviente” (DyC 1:30) – no sólo porque sus doctrinas enseñan y dan cuerpo a algunas de las grandes paradojas centrales sino, y más importante, porque la Iglesia provee el mejor contexto para luchar, trabajar, permanecer y ser redimido por esas paradojas y oposiciones que dan energía y sentido al universo. Muy poco antes de su muerte, Joseph Smith, también con percepción profética, escribió: “Al probar los contrarios, la verdad se hace manifiesta”. Por “probar” no quería decir sólo demostrar lógicamente, sino poner a prueba, luchar y resolver en la experiencia práctica. La Iglesia es tan verdadera – tan efectiva – como el evangelio pues nos involucra directamente en probar los contrarios, trabajando constructivamente con las oposiciones dentro de nosotros mismos y especialmente entre las personas, forcejeando con paradojas y polaridades al nivel de la experiencia que puede redimirnos. La Iglesia es verdadera pues es concreta, no teórica; con todas sus contradicciones y problemáticas, es al menos tan productora del bien como el evangelio.

¿Por qué las oposiciones en la Iglesia son productivas? Pues nos empujan hacia un nuevo tipo de ser. Consideremos por qué es así. En la vida de la verdadera Iglesia, hay constantes oportunidades para que todos sirvan, especialmente para aprender a servir a personas a las que, normalmente, no escogeríamos servir – o quizás ni siquiera asociarnos con ellos – y de ese modo tenemos oportunidades de aprender a amar incondicionalmente. Existe un constante estímulo, a veces cierta presión, a ser “activo”: a tener un “llamamiento” para lidiar con relaciones y administración, con las ideas y deseos de otros, con sus sentimientos y fallas; asistir a clases y reuniones y tener que escuchar las nociones de personas a veces prejuiciosas o mal informadas y poder brindar alguna respuesta constructiva; tener líderes y ocasionalmente ser lastimados por sus debilidades y ceguera, aún injusto dominio; y entonces llegar a ser un líder y darte cuenta que tu también, con todas las mejores intenciones, puedes ser débil, ciego e injusto. El involucrarnos en la Iglesia nos enseña compasión y paciencia al mismo tiempo que coraje y disciplina. Nos hace responsables por el bienestar personal y marital, físico y espiritual de personas a las que tal vez aún no amamos (o quizás nos disgustan de todo corazón) pero que de ese modo aprendemos a amar. Nos desafía y hace esforzar, aún con desilusiones y exasperaciones, de modos que jamás escogeríamos – y de esa forma nos da la oportunidad de ser mejores de lo que escogeríamos ser, pero que, finalmente, necesitamos y deseamos ser.

Michael Novak, el teólogo católico laico, ha señalado este mismo aspecto con relación al matrimonio. En un notable ensayo publicado en la edición de abril de 1976 de Harper’s, analizó la creciente inclinación de los intelectuales modernos a resistir, abandonar y aún atacar al matrimonio, explicando que la razón por la que la familia, tradicionalmente el baluarte de la seguridad económica y emocional, “ha caído en desgracia” es que muchos formadores de opinión modernos no están dispuestos a asumir el riesgo y sujetarse a las disciplinas que la escuela del matrimonio requiere. Pero luego señala cómo esos temores, aunque puedan estar justificados, les impiden alcanzar sus propias y más importantes necesidades. De modo similar, creo que aquellos que se resisten, abandonan y atacan a la Iglesia a menudo no llegan a darse cuenta, por una simple falta de perspectiva, de que va en contra de sus propios intereses. Al leer el siguiente pasaje de Novak, sustituyamos matrimonio por la Iglesia:

“El matrimonio [la Iglesia] constituye un ataque al atomizado y aislado ego. El matrimonio es una amenaza para el individuo solitario. El matrimonio ciertamente impone responsabilidades extenuantes, desconcertantes, promotoras de humildad y frustrantes. Sin embargo, si uno supone que precisamente tales cosas son las condiciones previas para toda verdadera liberación, el matrimonio no es el enemigo del desarrollo moral en los adultos. Todo lo contrario.

Estar casados y tener hijos [ser activos en la Iglesia] ha grabado en mi mente algunas lecciones, por cuyo aprendizaje no puedo más que estar agradecido. La mayoría son lecciones de dificultad y presión. Mucho de lo que me veo obligado a aprender sobre mí no es placentero… Mi dignidad como ser humano depende tal vez más del tipo de esposo y padre [miembro de la Iglesia] que soy que de cualquier trabajo profesional al que se me convoque. Mis ataduras a mi familia [mi Iglesia] me impiden (y más a mi esposa) muchos tipos de oportunidades. Y sin embargo no se sienten como ataduras. Son, y yo lo sé, mi liberación. Me fuerzan a ser un tipo diferente de ser humano, de un modo en el que deseo y necesito ser forzado”.

Testifico que la Iglesia puede hacer por nosotros esas mismas cosas frustrantes y productoras de humildad, pero finalmente liberadoras y redentoras – si aprendemos a verlas como Novak lo hace con el matrimonio, si podemos llegar a ver que sus ataques sobre nuestros egos solitarios, y los lazos de responsabilidad que gustosamente aceptamos, pueden empujarnos hacia nuevos tipos de ser de un modo que deseamos profundamente y al que necesitamos ser empujados.

Dos claves de este paradójico poder que tiene la Iglesia S.U.D. son, primero, que es, por revelación, una iglesia laica, y radicalmente laica – mucho más que cualquier otra – y, segundo, que organiza sus congregaciones geográficamente, en vez de por elección. Sé que hay excepciones, pero la experiencia básica de la mayoría de los mormones es que la Iglesia los coloca directa y constantemente en relaciones potencialmente poderosas con una variedad de personas y problemas en su congregación asignada que no son inicialmente de su propia elección pero que son profundamente redentoras en potencia, en parte justamente porque no son elegidas conscientemente.

Sí, las ordenanzas que se llevan a cabo en la Iglesia son importantes, como lo son sus textos de escrituras, sus exhortaciones morales y sus canales espirituales. Pero aún éstos, según mi experiencia, son potentes y redentores porque expresan profundas y vivificantes oposiciones y trabajan armoniosamente con esas oposiciones a través de la estructura de la Iglesia para otorgar verdad y significado a la vida religiosa de los Mormones.

Permítanme ilustrarlo: En uno de sus últimos mensajes, durante una sesión del sacerdocio del sábado por la noche, el Presidente de la Iglesia, David O. McKay, dio una especie de testimonio final que fue un poco sorprendente para muchos de nosotros, condicionados a la expectativa de que los profetas no tienen problemas en obtener manifestaciones divinas. Contó cómo había luchado en vano durante sus años de juventud para lograr que Dios “me declarara la verdad de sus revelaciones a Joseph Smith”. El oró “ferviente y sinceramente” en las colinas y en el hogar, pero tuvo que admitir “ninguna manifestación espiritual vino a mí”. Pero continuó buscando la verdad y sirviendo a otros en el contexto del mormonismo, incluso cumpliendo una misión en Gran Bretaña, principalmente por confianza en sus padres y en la bondad que había percibido en su propia experiencia en la Iglesia. Finalmente, como el propio Presidente McKay lo declara, “la manifestación espiritual por la que había orado siendo un jovencito vino como una consecuencia natural de cumplir mis obligaciones. Pues, como dijera el apóstol Juan, ‘El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta’ (Juan 7:17). A continuación de una serie de reuniones de la conferencia que se llevó a cabo en Glasgow, Escocia, tuvimos una notable reunión del sacerdocio. Recuerdo como si fuera ayer la intensidad de la inspiración que sentí en esa oportunidad. Todos los presentes percibimos la abundante efusión del Espíritu del Señor. Todos éramos uno de corazón y voluntad. Nunca había sentido yo una emoción así. Era una manifestación por la cual en mis días juveniles de dudas había orado a solas, fervientemente, en las colinas y en el campo… En el transcurso de la reunión, uno de los élderes se levantó y dijo: ‘Hermanos, hay ángeles en esta sala’. Aunque parezca extraño, sus palabras no nos sorprendieron; más bien, resultaron completamente lógicas, aun cuando a mí no se me había ocurrido pensar que hubiera allí seres divinos. Sólo me sentía embargado de inmensa gratitud por la presencia del Santo Espíritu”

He tenido muchas confirmaciones del testimonio profético del Presidente McKay en ese sermón. Mis más profundas manifestaciones espirituales, aquellas que han provisto las convicciones fundamentales sobre la realidad de Dios y Cristo y su divina obra, así como las más inquietantes e introspectivas luchas morales con los grandes temas humanos de integridad personal versus responsabilidad pública, libertad redentora versus estructuras redentoras – todas ellas han venido, como lo afirma el Presidente McKay “como una consecuencia natural de desarrollar las obligaciones” en la Iglesia.

Sé que Dios ha sido encontrado por gente poco común en lugares poco comunes – en una repentina visión en una arboleda, jardín o gruta, en una montaña o un armario, o por medio de un santo servicio a leprosos de Africa o los intocables de Calcuta. Pero para la mayoría de nosotros, la mayoría de las veces, estoy convencido de que puede ser encontrado seguramente “en la natural consecuencia de la acción” en las responsabilidades que todos nosotros (no sólo los poco comunes) podemos ejecutar en nuestros hogares, vecindades y la Iglesia, en su comunidad única, que, tanto impuesta como escogida, puede darnos la mejor enseñanza y poder para actuar.

EJEMPLOS PERSONALES

En nuestra respuesta a los otros, aunque sean Santos exasperantes, yace la salvación.

He obtenido un abrumador testimonio de la divinidad del Libro de Mormón, de tal modo que el Espíritu me moviliza, aún hasta las lágrimas, cuando lo leo, y lo he obtenido por enseñarlo en la iglesia. Estoy convencido de que ese libro provee la más exhaustiva Cristología – o doctrina de cómo Cristo nos libera del pecado – disponible para nosotros en la tierra, y que las evidencias internas de la divinidad del libro superan completamente a las evidencias y argumentos en contra, sin importar cuán alarmantes parezcan. Un domingo, durante el verano pasado, mientras intentaba ayudar a una joven que había intentado suicidarse varias veces, una de ellas recientemente, y quien se sentía inútil y desvalorizada, me sentí impulsado a leerle algunos pasajes del Libro de Mormón sobre la expiación de Cristo. Al leerle esos pasajes a la joven y testificarle de su poder y verdad en mis propios pecados y dudas, sus labios comenzar a temblar con nuevos sentimientos y se le formaron lágrimas de esperanza en lugar de las de angustia.

En momentos como ese, he podido, a través de mi llamamiento de obispo, aplicar la sangre expiatoria de Cristo, no en teoría sino en la verdad de la experiencia. También he conocido el ministerio de ángeles pues he cumplido con mi asistencia al templo y he estado en las dedicaciones de templos siempre que me fue posible. Y he descubierto que los mortales realmente tenemos el poder para bendecir nuestros bueyes y carros así como a la gente pues, como presidente de rama, fui empujado hasta los límites de mi fe por mi sentido de responsabilidad hacia mi rama.

Antes de ser presidente de rama, serví en el obispado del Barrio Stanford, a mediados de la década de 1960, y enseñaba religión a estudiantes brillantes en el Instituto. Al mismo tiempo realizaba estudios de posgrado en Literatura Inglesa e intentaba compatibilizar intelectualmente el escepticismo y relativismo moderno y los dilemas morales de los derechos civiles y los movimientos anti bélicos, así como las revoluciones educativas del momento. Tendía a ver la religión en términos de temas morales y filosóficos sobre los que la Iglesia se expedía o no. En 1970, acepté un puesto como Decano en asuntos académicos en San Olaf, una universidad luterana de artes liberales en la pequeña ciudad de Northfield, Minnesota, y, algunas semanas después de mi arribo, fui llamado como presidente de la pequeña rama mormona del lugar. De pronto ingresé a un mundo totalmente diferente, uno que me puso a prueba severamente y me enseñó muchísimo sobre lo que es la religión. En Stanford, la mayor parte de mi vida religiosa había tenido que ver con comprender y defender el evangelio – había sido idealista, abstracto y crítico. En Northfield, como presidente de rama de veinte familias dispersas en 120 kilómetros, las que iban desde duros inactivos nacidos en Utah con serios problemas matrimoniales hasta conversos de ojos brillantes sin trabajo o con padres ebrios que los golpeaban, de pronto me vi involucrado en una vida religiosa que era práctica, específica, que exigía sacrificios, exasperante – pero muy satisfactoria. Entonces vi, más claramente que antes, qué verdadera es la Iglesia como instrumento para enfrentar a diferentes tipos de personas con el proceso de la salvación, a pesar – o tal vez a causa – de su administración por medio de instrumentos imperfectos como yo.

Pienso en un joven de aquella rama quien se había convertido en un discapacitado social por una combinación de problemas mentales y familiares: no era capaz de articular palabra en un grupo o de organizar su propia vida de un modo productivo. A medida que le dimos responsabilidades crecientes en nuestra rama, apoyándolo con mucho amor y paciencia mientras se esforzaba para trabajar con otros y expresarse, lo vi crecer hasta transformarse en un buen líder y un confiable esposo y padre. Pienso en una mujer cuyo esposo había transformado su vida en un infierno por abusos debidos a la bebida pero que pacientemente se hizo cargo de él, trabajando toda la semana para mantener a su familia, y venía cada domingo a la iglesia en sus mejores galas, sencillas pero alegres, y con determinación libre de quejas. Ella encontraba allí, con nuestra ayuda, un poco de esperanza, algo de belleza e idealismo, y fortaleza no sólo para soportar sino para continuar amando lo que no era digno de amor. La Iglesia bendice a todos al ponernos en contacto a unos con otros.

Durante los cinco años que serví, hubo entre esos setenta o cien miembros, tal vez dos o tres a los que, normalmente, hubiese escogido como amigos – y con los que fácilmente hubiese podido compartir mis apasionadas e “importantes” preocupaciones y puntos de vista religiosos y políticos, los que tanto me habían movilizado en Stanford. Con una inspiración que iba más allá de mi pobre criterio, no inicié mi cargo como presidente de rama predicando sobre mis ideas o promoviendo mi cruzada personal. Intenté ver cuáles eran los problemas y preocupaciones inmediatos de mi rebaño y ser un buen pastor, uno que los alimentara y protegiera. Y una cosa sorprendente ocurrió, viajé cientos de kilómetros y pasé muchas horas – ayudando a una pareja que se había lastimado tanto que vivían en absoluto silencio a aprender a hablarse mutuamente otra vez; guiando a un estudiante a través de una etapa de abuso de drogas; enseñando a un militar autoritario a trabajar cooperativamente con sus consejeros en la presidencia del quórum de élderes; bendiciendo a un bebé terriblemente enfermo, con la ayuda de su padre, quien se hallaba débil en la fe y muy asustado; consolando, en un hospital a las cuatro de la mañana, a padres cuyo hijo había resultado muerto por el hermano conduciendo ebrio – y luego ayudando a ese hermano a perdonarse a sí mismo. Y después de seis meses, encontré que los miembros de mi rama, al principio, justificadamente suspicaces de un intelectual de California, habían sentido en sus huesos, por la experiencia directa, que mi fe y devoción hacia ellos eran “más fuertes que los lazos de la muerte”. Y entonces siguió el resultado prometido en Doctrina y Convenios 121: 44-46: fluyó hacia mi “sin ser compelido” el poder para hablar sobre cualquiera de mis preocupaciones y pasiones y que me tuvieran confianza y comprensión, aunque no estuviesen de acuerdo conmigo.

Ahora bien, todo esto puede sonar un poco egoísta, hasta obsesivo, acerca de la contribución de la Iglesia en mi propia madurez espiritual. Pero lo que me ocurría a mi también le ocurría a otros. Una joven pareja que había estado viviendo en España, inmediatamente después de la conversión de la esposa, vino a la rama. Sus experiencias en la Iglesia, especialmente la de ella, había sido esencialmente orientada hacia el evangelio, sentida profundamente, idealista pero abstracta, sin incluir demasiado servicio a otros. Ella era una mujer digna y emocionalmente reservada, brillante, creativa y crítica – por lo tanto temerosa de situaciones que se descontrolaran o de exponerse emocionalmente. El esposo era meticuloso, intimidante y en cierto modo distante. Los llamé – a pesar de su resistencia – a posiciones de creciente responsabilidad y directa relación con la gente del barrio, y pude verlos, con algo de dolor y lágrimas, desarrollarse en personas muy abiertas, empáticas y vulnerables, capaces de comprender, servir, aprender de otros, y ser dignos de la confianza de individuos muy diferentes de ellos mismos. Los vi aprender que los riesgos, situaciones exasperantes, problemas, sacrificios y desilusiones que caracterizan el involucrarse en una religión laica como el mormonismo – y que son particularmente difíciles de soportar para un liberal idealista – son una fuente importante del poder de la Iglesia para enseñarnos a amar. Ahora ellos enseñan a otros lo que han aprendido.

Esta lección – que los “problemas” que caracterizan a la Iglesia son unas de sus fortalezas – me fue confirmada continuamente al servir como Obispo de un barrio de jóvenes casados en BYU.

Las dos bendiciones más directas, milagrosas y totalmente redentoras que el Señor nos dio cuando el barrio se organizó, fueron tener como miembros a un niño espástico cuadripléjico en una familia y a padres seriamente discapacitados en otra. Había conocido a la madre del niño minusválido por cerca de un año. Después de que hube hablado en su reunión sacramental sobre la Expiación, ella me contactó en busca de consuelo y ayuda con su enojo, su culpa y la pérdida de fe mientras intentaba comprender la falla en la asistencia del hospital que había hecho que uno de sus mellizos se convirtiera en una desesperada carga física, emocional y financiera, la que había terminado con la educación de su esposo y su futura profesión, probado severamente su matrimonio y fe a medida que las bendiciones del sacerdocio parecían no dar resultado, y la habían dejado al borde de una crisis nerviosa y apostasía personal.

Ahora bien, mientras oraba por guía para organizar el nuevo barrio, sentí como nunca antes esos “impulsos de inteligencia” que describió Joseph Smith, diciendo que yo debía, contra todo sentido común, llamarla como presidenta de la Sociedad de Socorro. Lo hice, y, aunque había estado a punto de mudarse, aceptó. Ella se transformó en la principal fuente de un espíritu único de comunicación honesta y un sentido genuino de comunidad que se desarrolló en nuestro barrio. Visitó a todas las familias y compartió sin reservas sus sentimientos, luchas, éxitos y necesidades. Junto a su esposo, habló abiertamente en nuestras reuniones sobre los problemas de su hijo y los suyos propios, pidió ayuda y la aceptó, y mientras tanto cumplió con sus obligaciones y perseveró. Todos aprendimos de ellos cómo ser más abiertos, vulnerables, gentiles, persistentes,  a darnos todo tipo de ayuda y no juzgar.

Conocí a la pareja discapacitada mientras deambulaba por los salones de nuestro centro de reuniones un primer domingo. No buscaban nuestro barrio; de hecho, vivían fuera de nuestros límites, pero estoy seguro de que el Señor los envió. Requirieron un inmenso consumo de los recursos de nuestro barrio – tiempo, ayuda del plan de bienestar, paciencia, tolerancia – a medida que trabajábamos para que tuviesen un trabajo, una casa decente, sacarlos de sus deudas, darles la capacidad de cuidar a su brillante y energético hijo, y lograr que obstruyesen menos en las reuniones y fuesen menos ofensivos socialmente. Y aprendí dos lecciones. Primero, la estructura y recursos de la Iglesia (diseñados para esfuerzos voluntarios, cooperativos pero disciplinados, con metas a largo plazo, esencialmente espirituales) habían sido ideales para crear el sistema de apoyo necesario para ellos, logrando mantener a la familia junta y bendiciéndola con un progreso mayor. Segundo, las bendiciones que les llegaron a ellos y al barrio fueron recibidas en la medida que expandimos nuestras ideas de lo que era una “conducta aceptable” y especialmente nuestras capacidades de amar, servir y aprender de personas que, de otro modo, jamás hubiésemos conocido. Una hermana me llamó para informarme sobre sus esfuerzos al tratar de incrementar las habilidades de la mujer como madre y ama de casa, confesándome su resentimiento y exasperación iniciales, para contarme luego, con lágrimas, cuánto se había suavizado su corazón y su orgullo a medida que aprendió a aprender de esa otra hermana tan diferente de ella misma.

Creo que estos son ejemplos de lo que Pablo hablaba en 1 Corintios 12, el gran capítulo sobre los dones espirituales, en el que enseña que todas las partes del cuerpo de Cristo, la Iglesia, son necesarias por sus dones individuales – y de hecho, que aquellos “menos honorables” y “menos decorosos” son más necesitados y con mayor necesidad de atención y honor, pues el mundo automáticamente honrará y usará a los otros. Es en la Iglesia, especialmente, que aquellos con el don de la vulnerabilidad, del dolor, discapacidad, necesidad, ignorancia, arrogancia intelectual, aún prejuicio y pecado – aquellos que Pablo llama “los que parecen ser más débiles” – pueden ser aceptados, aprender de ellos, ayudados y hechos parte del cuerpo para que todos juntos podamos ser bendecidos. Es allí que aquellos de nosotros más “decorosos” y con los dones de riqueza e inteligencia honrados por el mundo podemos aprender lo que más necesitamos – servir y amar y pacientemente aprender de aquellos con otros dones.

Pero eso es algo muy difícil de hacer para los “ricos” y “sabios”. Y ese es el motivo por el cual aquellos que poseen alguno de estos dones peligrosos tienden a no comprender y a veces menospreciar a la Iglesia – la cual, después de todo, está hecha de miembros promedio comunes y sucios, de clase media, de cultura media, políticamente poco sofisticados, aún con prejuicios. ¡Y todos sabemos qué exasperantes pueden ser! Estoy convencido de que en la exasperación yace nuestra posibilidad de salvación, si permitimos que el contexto que nos agrupa – la Iglesia – sea también nuestra escuela para aprender a amar incondicionalmente. Pero eso requiere un cambio de perspectiva, uno que a continuación resumiré.

VERDADES, AUTENTICIDAD, EXPERIENCIA.

Las ordenanzas son “obras muertas” a menos que expresen tanto nuestra integridad como nuestra solidaridad con otros.

La Iglesia es tan verdadera – quizás más que – el evangelio, pues es donde podemos hallar oposición fructífera, donde su naturaleza revelada y dirección inspirada mantienen una oposición entre los valores conservadores y liberales, entre fe y duda, autoridad segura y amedrentadora libertad, integridad individual y responsabilidad pública, y, por lo tanto, donde habrá miseria tanto como santidad, mal tanto como bien. Y si no podemos soportar la miseria y la lucha, si prefiriésemos que la Iglesia fuese suave y perfecta y poco desafiante en vez de como es – plena de molesta diversidad humana e insistencia constante de que llevemos a cabo ordenanzas y obedezcamos instrucciones y que tomemos en serio enseñanzas que encierran paradojas no resueltas por la lógica – si nos rehusamos a perdernos a nosotros mismos de todo corazón en esa escuela, entonces jamás conoceremos la verdad redentora de la Iglesia. Es precisamente en la lucha por ser obedientes mientras conservamos nuestra integridad, tener fe mientras somos fieles a la razón y a la evidencia, servir y amar aún frente a imperfecciones o aún ofensas, que podremos ganar la humildad que necesitamos para permitir que el poder divino entre en nuestras vidas de modo transformador. Quizás la paradoja más sorprendente de la Iglesia es que literalmente pone en contacto lo divino y lo humano a través del servicio del sacerdocio, las ordenanzas, los dones del espíritu – de formas concretas que ningún sistema abstracto de ideas, aún el evangelio, jamás podría hacer.

Mi propósito hasta aquí no ha sido ignorar los problemas reales de la Iglesia o el poder de las verdades del evangelio. Como he tratado de indicar permanentemente, la paradójica fortaleza de la Iglesia deriva de las veraces paradojas del evangelio que cobija, contrarios con los que necesitamos batallar más profundamente en la Iglesia. Y no debemos simplemente aceptar las luchas e irritaciones de la Iglesia como redentoras sino tratar genuinamente de hallar soluciones, cuando es posible, y reducir esas irritaciones (De hecho, es sólo cuando lidiamos con los problemas, no como ejercicios intelectuales sino como problemas reales que necesitan solución, que demuestran ser redentores)

Junto a la sensibilidad hacia los problemas, también creo que debemos tener un mayor respeto por la verdad de la acción, de la experiencia, a la que la Iglesia nos expone de manera única, y responder con coraje y creatividad – ser activos, críticos, fieles, creyentes, dudosos, luchadores, unificados miembros del cuerpo de Cristo. Para hacerlo, debemos aceptar a la Iglesia como verdadera en dos importantes sentidos. Primero es la depositaria de verdades redentoras y de la autoridad para llevar a cabo ordenanzas salvadoras. Aunque esas verdades son difíciles de precisar como simples proposiciones, tomadas en conjunto, crean el deseo de servir que hace posible el adiestramiento redentor que he descripto. El concepto mormón de un Dios no absoluto, que progresa, por ejemplo, aunque no se pueda reducir a un credo o siquiera a una teología sistemática, es el más razonable, emocionalmente satisfactorio pero desafiante, que jamás se haya revelado o concebido. Y aunque tal concepto no es universalmente comprendido del mismo modo, sigue siendo verdadero, como un pensativo amigo me lo declaró, “la idea del progreso eterno está tan arraigada en nuestra experiencia en la Iglesia que ninguna declaración o conjunto de declaraciones puede desarraigarla” – y eso, por supuesto, apoya mi punto principal sobre la verdad primaria de la Iglesia. Además, el poder de las ordenanzas, aunque verdaderas en su forma y divinamente autorizadas, está limitado a la calidad de nuestra preparación y participación. Como el bautismo de infantes, ser ordenado, participar del sacramento, y recibir nuestras investiduras, puede ser meramente lo que Moroni denomina “obras muertas”, una ofensa a Dios y sin valor, a menos que sean la genuina expresión de nuestra solidaridad con otros, vivos y muertos, y una sincera respuesta a la comunidad de los Santos que es la Iglesia.

Pero un solo tema no puede cubrir todo, y he estado enfatizando cómo la Iglesia es verdadera de un segundo modo muy olvidado. Además de ser la depositaria de principios verdaderos y autoridad, la Iglesia es el instrumento provisto por un Dios amoroso para ayudarnos a ser como El. Provee el adiestramiento y las experiencias entre unos y otros que pueden llegar a unirnos en una comunidad honesta y amorosa, la cual es el lugar de nutrición esencial para la salvación. Si no podemos aceptar a la Iglesia y los desafíos que ofrece con la apertura, el coraje y la humildad que requieren, entonces creo que nuestros estudios históricos y nuestros emprendimientos teológicos son básicamente una pérdida de tiempo y posiblemente destructivos. No podemos comprender el significado de la historia del Mormonismo o juzgar la verdad del evangelio restaurado de Cristo a menos que apreciemos – y obremos en – la verdad de la Iglesia.

CATORCE AÑOS DESPUES

La Iglesia no ha sido restaurada para validar nuestros prejuicios sino para proveer oportunidades de arrepentirnos y perdonar. 

En los últimos catorce años, desde que este ensayo fue presentado en el Simposio de Sunstone y luego publicado en la revista Sunstone y republicado con el título “Why the Church is as True as the Gospel” (Bookcraft, 1986, reimpresión Tabernacle Books, 1999), he pensado a menudo en él. En ocasiones, cuando la gente me decía que ese ensayo los mantuvo activos y relativamente cuerdos, en medio de las muchas irritaciones de la actividad y servicio en la Iglesia, pero mayormente he pensado en él como una ayuda en mi propio viaje. Alguien me dijo recientemente que el ensayo le había arrojado “un chaleco salvavidas espiritual” en una coyuntura crucial de su vida; sus ideas también han sido mi propio barco de rescate.

Una de las primeras veces que pensé en él fue cuando mi vecino Ray Andrus me pidió servir a su lado en el obispado del barrio. Ray era muy diferente a mí, un conservador de la escuela de negocios de BYU, quien probablemente pensaba por entonces que yo era un intelectual liberal y poco práctico – y yo estaba seguro de que él era un chauvinista anti intelectual. Debe haber requerido un ángel con la espada desenvainada para convencerlo de que me llamara, pero lo hizo. Habiendo hecho público mi ensayo con mi convicción de que el servicio laico con personas extrañas era el corazón de la Restauración, no podía rechazarlo – a pesar de la fuerte tentación. En esos llamamientos, oramos juntos, lloramos juntos por las tragedias y errores de los miembros del barrio, bendijimos a los enfermos y consolamos a los moribundos, y aprendí a amarlo como a muy pocas personas. Pensé en mi ensayo cuatro años más tarde, alrededor de un año después de que ese obispado fuese relevado y yo había sido llamado como maestro de Doctrina del Evangelio, y un temeroso y conservador miembro del barrio se quejó con el obispo (lo supe más tarde) sobre mi interpretación liberal del Antiguo Testamento. Fui simplemente pateado escaleras arriba a enseñar el curso trimestral de Desarrollo del Maestro (una variación irónica del “si no puedes enseñar, enseña a otros cómo hacerlo”). Estuve dolorido, quizás hasta un poco vengativo, cuando me enteré de lo que realmente había ocurrido, pero recordé mis atrevidas palabras acerca de ir a la Iglesia como un siervo y no como un consumidor, y trabajé aún más duro en mi nuevo llamamiento. Entonces vino otro llamamiento – maestro de la clase de Historia Familiar – y tres o cuatro veces en el año, entre las clases de Desarrollo del Maestro, repetí un agotador curso de siete semanas, lleno de tareas para el hogar, que desarrollé para “escribir su historia personal”. A medida que leía y hacía sugerencias sobre los intentos, a menudo tiernos manuscritos que casi todo el barrio tenía que escribir sobre “la más positiva y la más negativa experiencia de su vida” (Asignación Nº 1), y estimulaba sus esfuerzos continuos por mantener honestidad y profundidad de sentimientos en sus historias y diarios personales, aprendí a amarlos de nuevo – y ellos aprendieron a conocer mi corazón y a confiar en mí.

Nosotros debemos recordarnos constantemente a nosotros mismos que la Iglesia no es un lugar para ir por comodidad, para validar nuestros propios prejuicios, sino un lugar para reconfortar a otros, o aún para ser afligidos por esos otros.

Pensé en “Por qué la Iglesia es tan importante como el Evangelio” hace un año, cuando un nuevo obispo, Dean Barnett, me llamó para enseñar Doctrina del Evangelio nuevamente y me dio una bendición especial para que pudiera “relacionarme con mi clase tanto emocional como intelectualmente”. La bendición se ha cumplido. Los miembros del barrio, recordando la confianza que obtuvieron cuando serví en el obispado y como maestro de las historias personales, y encontrando ese amor confirmado en mi dedicación al evangelio de Cristo y a ellos mismos, han permitido que la clase se transforme en un maravilloso foro de diversidad de ideas y unidad de sentimientos.

Aún he logrado éxito en deconstruir los términos “conservador” y (especialmente) “liberal”, los que han sido convertidos por las guerras culturas de palabras neutrales que describen diferentes acercamientos a la política, la cultura y la teología, en epítetos desdeñosos, casi violentos, tanto en los Estados Unidos como en la Iglesia. Después de escuchar “liberal” aplicado de ese modo a mí, en nuestro barrio, anuncié un domingo que en dos semanas, saldría del placar. Los estimulé a venir, con amigos, para descubrir si yo era conservador o liberal. El lugar estaba llenísimo, y simplemente les conté la historia de mi vida, desde tempranas experiencias espirituales que me convencieron de que Jesús vive, desea generosidad incondicional de todos nosotros, y ha señalado a sus apóstoles para conducir su Iglesia, hasta mi confianza para examinar cualquier duda o asunto y mi desarrollo como activista a favor de los derechos civiles y en contra de la guerra en los ’60, y mi experiencia de bendecir a mi Chevrolet y a mi padre, y servir como presidente de rama y obispo – y como su hermano en el barrio. Entonces les pregunté a ellos qué era yo. Después de discutir por un rato si era conservador o liberal, o ambos, aceptaron la sugerencia de uno de los mayores alborotadores verbales y conservador de mi clase – de que yo era realmente un “radical del medio”. Luego apliqué la discusión a nuestra lección, dándoles cuatro interpretaciones de la historia de Abraham e Isaac: ultra-conservadora, conservadora, liberal y ultra-liberal. Analizaron los puntos de vista conservadores y liberales como defendibles y valorables así como limitados, reconociendo diferentes visiones, y entendieron que esos eran términos descriptivos y no normativos. Desde entonces, con algunas pocas excepciones, hemos usado los términos de ese modo en mi clase.

También recordé mi ensayo cuando alguien, en la conferencia anual de Affirmation: Gays y Lesbianas Mormones, en septiembre de 1998, me contó, llorando, de sus luchas y aplastantes choques por ser mormones activos – rechazados tanto por la comunidad gay, que estereotipa a la Iglesia como homofóbica, y por sus propios líderes y miembros de los barrios, quienes estereotipan a todos los gays como inmorales, o aún diabólicos. El mensaje de “Por qué la Iglesia es tan verdadera como el Evangelio” ciertamente se aplica a las minorías en la Iglesia, cuyos esfuerzos para pertenecer y servir se les hacen más exasperantes por la hostilidad, incomodidad y condescendencia sentimental de la mayoría. Pero el principal mensaje del ensayo está dirigido a esa mayoría, la que establece el tono cultural en la Iglesia. Nosotros somos los que debemos recordarnos constantemente que la Iglesia no es un lugar para ir por comodidad, para ver validados nuestros propios prejuicios, sino un lugar para reconfortar a otros, quizás hasta ser afligidos por ellos. Es una oportunidad efectiva y revelada para dar – para aprender y experimentar el significado de la Expiación y su poder para cambiarnos a través del amor incondicional. Es un lugar donde tenemos muchas ocasiones de arrepentirnos y perdonar – si, por una vez, podemos enfocarnos en nuestras fallas y las necesidades de otros para crecer por intermedio de sus y nuestros imperfectos esfuerzos.

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