Nuestra Cambiante Percepción del Sacramento de la Santa Cena

DOCTRINA

Nuestra Cambiante Percepción del Sacramento de la Santa Cena

“En memoria de mi” Walter Ranne

Por Mario R. Montani

En una de mis asignaciones durante la Misión no sólo dedicábamos tiempo a la tarea proselitista, sino que yo era el Presidente de la Rama y mi compañero, el Primer Consejero de la unidad. La congregación estaba compuesta básicamente por hermanas y sus hijos. Los varones se hallaban mayormente ausentes por no ser miembros o no muy activos en la Iglesia. De modo que, por varios años, los misioneros habían asumido buena parte de la tarea eclesiástica y administrativa de la Rama. En una Reunión Sacramental típica los misioneros dirigían y, al llegar la Santa Cena, uno de ellos se arrodillaría para ofrecer la oración sacramental y el otro repartiría el pan. En la segunda oración solían invertirse los roles. Ignoro por cuánto tiempo ese había sido el formato, pero así funcionaba. Algún tiempo después logramos convertir a una familia que tenía un hijo en edad de ser Maestro. Simultáneamente, un niño de la unidad había cumplido sus 12 años y podía ser Diácono. De modo que, después de ordenarlos, al domingo siguiente estaban cumpliendo sus responsabilidades, uno preparando los sacramentos y el otro repartiéndolos. Nos encontrábamos más que contentos con el progreso de nuestra pequeña Rama. Pero, al concluir la reunión, encontré a tres hermanas esperándome en la puerta de la antigua habitación que servía como oficina de la Presidencia. Las tres me dijeron lo mismo: que lo que habíamos hecho estaba mal, que nunca se había visto algo así en la unidad, que los misioneros debían conducir el servicio sagrado, que los jóvenes locales no podían entender de esas cosas, etc, etc.

Fue mi primer contacto con una experiencia que con el tiempo he identificado como “rutinización de lo sagrado” o “cristalización de las liturgias”. Los académicos que estudian este tipo de fenómeno en las ceremonias y ordenanzas religiosas suelen relatar la historia de un Pastor Protestante que inició un nuevo culto, contando con  buen número de seguidores. Estableció su propia forma de adoración y dio cierta estructura a los ritos de los que participaban. Tenía un pequeño perro, al que quería mucho, que lo acompañaba a todas partes. Por lo tanto, solía dejarlo atado, al frente de la congregación, cuando dirigía los servicios. Con el paso del tiempo, el Pastor líder de esa comunidad falleció. Quienes continuaron con su prédica y tradición se aseguraron de que siempre hubiese un perro atado al frente, antes de comenzar los servicios…

Los humanos tenemos una tendencia natural a confundir forma con contenido, letra con espíritu, y sellarlo en un todo único e indivisible.

Se nos enseña que nuestras Reuniones Sacramentales son las más importantes que se llevan a cabo en la Iglesia, y es indudable que el aspecto central de esas reuniones es la propia administración de la Santa Cena, que se realiza siguiendo lo establecido por el mismo Salvador.

Los Evangelios Sinópticos dan todos cuenta del origen de la ordenanza (Mateo 26:22-25; Marcos 14:20-25; Lucas 22:17-20). En su revisión inspirada de la Biblia, el Profeta mantuvo y amplió algunos de los conceptos de esos versículos. Juan, si bien no registró el momento histórico, asegura en sus escritos las siguientes palabras de Cristo:

“El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:54)

En el aposento alto el Señor reunió a sus Apóstoles e introdujo este nuevo convenio que reemplazaría a los sacrificios cruentos y recordaría Su propio sacrificio.

El Nuevo Testamento da pruebas de que los primeros santos se reunían y participaban del pan y el vino sacramental siguiendo las indicaciones del Maestro, aunque ya introducían algunos cambios propios (1 Corintios 11: 20-29)

Las alteraciones en las ordenanzas suelen producirse por falta de comprensión o por modificación de las condiciones originales en que fueron establecidas. Algunos cambios son establecidos por la Iglesia institucional y otros, generalmente regionales, por la membresía. Hemos tenido de todo tipo…

Comencemos por los emblemas. Todas las referencias anteriores hablan de la administración de vino en la Santa Cena. Con la aparición del Libro de Mormón, en 1829, podemos leer que Cristo se dirigió de similar manera a sus discípulos americanos:

“Y sucedió que cuando hubo dicho estas palabras, mandó a sus discípulos que tomaran del vino de la copa y bebieran de él, y que dieran también a los de la multitud para que bebiesen. Y aconteció que así lo hicieron, y bebieron y fueron llenos; y dieron a los de la multitud, y estos bebieron y fueron llenos. Y cuando los discípulos hubieron hecho esto, Jesús les dijo: Benditos sois por esto que habéis hecho; porque esto cumple mis mandamientos, y esto testifica al Padre que estáis dispuestos a hacer lo que os he mandado. Y siempre haréis esto por todos los que se arrepientan y se bauticen en mi nombre; y lo haréis en memoria de mi sangre, que he vertido por vosotros, para que testifiquéis al Padre que siempre os acordáis de mí. Y si os acordáis siempre de mí, tendréis mi Espíritu para que esté con vosotros. Y os doy el mandamiento de que hagáis estas cosas. Y si hacéis siempre estas cosas, benditos sois, porque estáis edificados sobre mi roca. Pero aquellos que de entre vosotros hagan más o menos que esto, no están edificados sobre mi roca, sino sobre un cimiento arenoso; y cuando caiga la lluvia, y vengan los torrentes, y soplen los vientos, y den contra ellos, caerán, y las puertas del infierno están ya abiertas para recibirlos”. (3 Nefi 18: 8-13)

“El Sacramento”, Minerva Taicher

Cuatrocientos años más tarde, Moroni, al registrar las oraciones sacramentales para su posteridad, también menciona al vino como el elemento a bendecir (Moroni 5)

De modo que tanto la Biblia como el Libro de Mormón son contundentes en cuanto a los elementos a utilizar: pan y vino.

Con el proceso de la Restauración y la organización de la Iglesia en 1830, nuevamente el Señor revela el elemento que debería simbolizar su sangre: el vino (DyC 20:79).

Todos nuestros Libros Canónicos nos hablan de un elemento que no utilizamos. ¿Por qué?

Según la introducción de la Sección 27 de Doctrina y Convenios, cuando Joseph se dirigía a comprar el vino para un servicio religioso, en 1830, recibió la siguiente declaración de un mensajero:

Porque he aquí, te digo que no importa lo que comáis o bebáis al tomar el sacramento, si es que lo hacéis con la mira puesta únicamente en mi gloria, recordando ante el Padre mi cuerpo que fue sacrificado por vosotros, y mi sangre que se derramó para la remisión de vuestros pecados. Por tanto, os doy el mandamiento de no comprar vino, ni bebidas alcohólicas a vuestros enemigos; de modo que, no beberéis de ninguno, a menos que sea recién hecho por vosotros; sí, en este reino de mi Padre que se edificará sobre la tierra” (DyC 27:2-4)

La nueva revelación otorgaba dos alternativas igualmente válidas: cambiar el líquido a utilizar o fabricar el propio vino. Nuestra tradición subliminal ha sido suponer que la decisión de Joseph fue la primera. En realidad, fue la segunda.

En ningún momento la Sección 27 dice que utilizar vino está mal. Simplemente que, dada la persecución que comenzaba a insinuarse, no era conveniente que comprasen bebida a sus enemigos pues podría estar envenenada o adulterada y terminaría siendo un perjuicio para la naciente comunidad.

De hecho, los miembros continuaron utilizando vino fermentado de su propia hechura, al menos por los 80 años siguientes. Con el traslado al oeste, la Iglesia tuvo sus propios viñedos y bodegas, tanto en el sur de Utah como en California, para abastecerse del vino sacramental.

¿Qué hubiésemos encontrado, además, en una típica Reunión Sacramental mormona en los primeros años del siglo XX?

El vino se habría repartido en una única copa o cuenco comunitario del que todos tomarían por turno. La congregación habría estado de rodillas mientras el oficiante pronunciaba la oración sacramental con su mano derecha levantada en ángulo recto. Los maestros y diáconos hubiesen estado totalmente ausentes de la preparación y reparto de los emblemas. No existiría ningún orden preestablecido que considerase a la autoridad presidente.

¿Se trataba de la misma Iglesia? Sí, indudablemente. La creencia de que las ordenanzas y las liturgias tienen una forma estricta e inalterable es falsa. Los actos simbólicos evolucionan. Por supuesto que aceptar eso implica reconocer que pueden seguir cambiando.

Reunión Sacramental en el Tabernáculo, 1871 (detalle)

En la opinión del historiador mormón Justin Bray:

“Con el vasto número de interpretaciones sobre la Cena del Señor, así como las limitadas instrucciones sobre la ordenanza en las revelaciones de Joseph Smith, los primeros líderes de la Iglesia parecieron incorporar aspectos de su fe anterior en la administración de los sacramentos. Por ejemplo, se referían de muy diferentes modos a la ordenanza, incluyendo la Cena del Señor, el sacramento del Señor, partir el pan, la comunión y la eucaristía. Llevó muchos años que los miembros universalizaran el término “sacramento”, que es el modo en que el Señor lo denominó en las revelaciones de Joseph Smith”. (Justin R. Bray, “The Lord’s Supper in Early Mormonism” en You Shall Have My Word: Exploring the Text of the Doctrine & Covenants, eds. Scott Esplin y otros. (Provo UT: Religious Studies Center, 2012), pags. 64–75)

Si bien el Señor mandó a los santos reunirse frecuentemente para participar del pan y el vino (DyC 20:75), la Iglesia no estableció un servicio semanal hasta pasados varios años. A diferencia del catolicismo, donde la eucaristía y sus ritos son parte del camino salvífico a seguir, el protestantismo mayormente descreía de actos y ordenanzas que sacasen del centro de atención a la gracia divina. En dichas religiones la participación en una cena comunal era algo ocasional y simple muestra de agradecimiento, sin otro valor. Es posible que el equilibrio entre obras y gracia, tan bien explicado en el Libro de Mormón (2 Nefi 25:23), aún tuviese que madurar en las mentes y espíritus de la reciente congregación.

Los Santos de los Ultimos Días de las primeras décadas participarían del pan y el vino en cantidades equivalentes a una comida normal, de modo que realmente los llenase tanto espiritual como físicamente. En 1893, cuando se dedicó el Templo de Salt Lake, esa continuaba siendo una práctica común. John F. Tolton, un asistente, registró en su diario personal:

“A cada participante se le daba un gran vaso con la imagen del templo de Salt Lake grabada y una servilleta. El Obispo Presidente Preston bendijo el pan y el vino de Dixie (el sur de Utah) y los hermanos fueron invitados a comer hasta saciarse pero a ser prudentes con el vino para evitar excesos”.

Estos aspectos que hoy pueden parecernos extraños estaban en consonancia con las interpretaciones doctrinales del momento. 3 Nefi dejaba en claro que:

“Y cuando hubieron comido y fueron llenos, mandó que dieran a la multitud. Y cuando la multitud comió y fue llena, dijo a los discípulos…” (3Nefi 18:4-5)

La tarea de bendecir y distribuir el pan y el vino estaba generalmente reservada a las Autoridades, quienes también lo hacían en sus reuniones. Wilford Woodruff escribió en su diario, con fecha 12 de Octubre de 1883:

“Este fue un día de ayuno y oración con los líderes de la Iglesia. Tomé un baño y me lavé por la mañana y fui a la Casa de Investiduras a la 9 en punto para recibir el lavamiento de los pies como lo había hecho 47 años antes el Profeta Joseph Smith en Kirtland como una ordenanza iniciatoria para la Escuela de los Profetas… al cierre de esta ceremonia participamos del pan y el vino como un sacramento como lo hacían en el templo de Kirtland, lo cual concluyó las labores del día” (Wilford Woodruff y Susan Staker, Waiting for World’s End: The Diaries of Wilford Woodruff (Salt Lake City: Signature Books, 1993): pag.362)

En dichas reuniones tampoco encontraríamos niños. Estaban reservadas para los adultos. Solía haber murales detrás del altar de la Santa Cena, el cual siempre se hallaba en posición central, no lateral.

El texto original de la Doctrina y Convenios, Sección 20, versículo 58, rezaba:

“Pero ni los maestros ni los diáconos tienen la autoridad para bautizar, administrar el sacramento o imponer las manos”

Ese “administrar” no estaba claramente establecido por lo que se lo extendió a toda preparación relacionada con los sacramentos. El mismo versículo, en la versión actual, dice “bendecir la santa cena”.

La decisión de permitir su participación data de 1898 pero recién en las décadas de 1920 y 1930 logró implementarse en toda la Iglesia.

La adherencia plena a la Palabra de Sabiduría como mandamiento de observancia llevó, paulatinamente, al uso de agua en los servicios. Esto ocurrió recién en 1902, bajo la administración de Joseph F. Smith y tardó unos 10 años en hacerse extensiva a toda la Iglesia.

Siendo que la responsabilidad de repartir el sacramento pasó a involucrar a jovencitos de 12 años en adelante, muchos líderes locales comenzaron a tomar algunas iniciativas que aumentaran la reverencia en los servicios y evitaran conductas inmaduras de los recientemente admitidos sacerdotes. Las instrucciones incluían cierta uniformidad en la vestimenta y apariencia (camisas blancas, corbatas de moño negras, posturas y modo de caminar cuasi militares, llevar los recipientes con la mano derecha en ángulo y la mano izquierda detrás de la espalda).

Las Autoridades Generales comenzaron a preocuparse de que los miembros y los propios diáconos estuviesen más interesados por la apariencia y cumplimiento de estas formalidades que por el sentido profundo del servicio. A partir de 1940 comenzó a desalentarse la aplicación de normas tan estrictas y a que las apariencias y conductas fuesen más naturales.

Finalmente, el Manual de Instrucciones en vigencia sugiere: “Se recomienda la camisa blanca y la corbata porque contribuyen a la dignidad de la ordenanza. Sin embargo, no deben ser consideradas como un requisito obligatorio para que pueda participar el poseedor del sacerdocio. Ni debe requerirse que estén todos igual en vestimenta o apariencia…”

Muchos de mi generación recordarán ocasiones en que el presbítero o élder que pronunciaba las oraciones sacramentales se equivocaba y debía comenzar una y otra vez desde el inicio, con los consiguientes nervios para él y la congregación. Con el paso del tiempo llegó el sabio consejo, de que, salvo que el error afectase el sentido de la oración, podía corregirse la palabra y seguir adelante, dejando en manos de quien presidía el confirmar la validez de la ordenanza. Gran alivio para todos…

En 1946 la Primera Presidencia y el Quorum de los Doce emitirían una recomendación:

“La condición ideal es la de absoluto silencio mientras se reparte el sacramento, y desaconsejamos el uso de solos, duetos, grupos o música instrumental durante la administración de esta sagrada ordenanza”.

Es posible que pensemos que, como habitantes del siglo XXI, hemos recibido ya una forma definitiva e inalterable de la ordenanza. Aún tenemos cambios sutiles.

La idea de que al participar de la Santa Cena estamos renovando nuestros convenios bautismales no aparece en ninguno de los Libros Canónicos ni en los discursos de las Autoridades en los primeros 100 años.

En la Conferencia General de Octubre de 1950 el Elder Bruce R. McConkie proporcionó un nuevo énfasis al asunto:

“Tan importante es este convenio bautismal a los ojos del Señor que ha provisto un medio y un modo de renovarlo a menudo. La ordenanza por la cual renovamos este convenio es el sacramento…” (Bruce R. McConkie, “Children of the Covenant,” General Conference October, 1950)

La idea comenzó a popularizarse a partir de allí. Ugo A. Perego en su exhaustivo análisis “The Changing Forms of the Latter-Day Saint Sacrament” (http://www.mormoninterpreter.com/the-changing-forms-of-the-latter-day-saint-sacrament/) muestra claramente que el tema se trató unas 5 veces en las Conferencias Generales de la década de 1950 para trepar a 25 en la década de 1990, 18 en la del 2000 y 11 veces en lo que va de la del 2010.

En Abril de 1975 el Presidente Marion G. Romney declaró:

“Con las palabras de las oraciones sacramentales en nuestras mentes, mientras participamos del sacramento, renovamos nuestros convenios bautismales cada semana”. (https://www.lds.org/generalconference/1975/10/according-to-the-covenants)

En Abril de 2014 el Elder Robert D. Hales enseñó:

“Cada domingo renovamos el convenio bautismal al participar del sacramento y testificar que estamos deseosos de guardar los mandamientos”

Como con muchos de los conceptos estimulados por el Elder McConkie, el péndulo parece comenzar a moverse.

En una capacitación de liderismo bajo la dirección de la Primera Presidencia, previa a la Conferencia General de Abril de 2015, el Elder Neil L. Andersen del Quorum de los Doce hizo la siguiente aclaración:

“La frase ‘renovar nuestros convenios bautismales’ no se encuentra en las escrituras. No es inapropiada. Muchos de ustedes la han utilizado en discursos; nosotros la hemos utilizado en nuestros discursos. Pero no es algo que se utilice en las escrituras y no puede ser la clave de lo que digamos sobre el sacramento…” (Neil L. Andersen, “Witnessing to Live the Commandments,” General Conference Leadership Training on the Sabbath Day Observance at Church (April 2015). Disponible para líderes del Sacerdocio)

Para quienes nos gusta leer entre líneas, la doble negación “no es inapropiada” sugiere la presencia de un ‘pero’. Es cierto que la idea de equiparar la participación de la Santa Cena con la renovación de los convenios bautismales no aparece en ninguna escritura. Tampoco tenemos una revelación moderna que lo sostenga. Por lo tanto, se ha tratado de un avance teológico que no es tan fácil de mantener.

Es posible que escuchemos cada vez menos y menos hablar del tema a las Autoridades y deberemos ajustarnos al nuevo ritmo. Es posible también que debamos poner más atención a las propias palabras de las oraciones: “recordarle siempre y guardar sus mandamientos”.

 

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Esta entrada fue publicada en Doctrina.

Un comentario el “Nuestra Cambiante Percepción del Sacramento de la Santa Cena

  1. Interesante articulo hermano, lo he leído con gusto y de “rebote” me respondió la cuestión de las camisas blancas pero lo mas sorprenderte fue el asunto de “renovamos nuestros convenio bautismales al tomar la Santa Cena” … no me había percatado eso. Siempre se aprende algo nuevo.
    Saludos hermano desde México.

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