Divino Antropomorfismo y Exaltada Corporalidad – Primera Parte

Doctrina

Divino antropomorfismo y exaltada corporalidad

Primera Parte

Por Mario R. Montani

De la corporalidad divina

Establezcamos el escenario: era la Conferencia General Anual de la Iglesia Nº 14, el 7 de abril de 1844, en Nauvoo, Illinois. Una de las sesiones, la de la tarde, fue una despedida del Elder King Follet, amigo personal del Profeta, quien había muerto semanas atrás al desmoronarse un pozo en el que trabajaba. Si bien Joseph Smith ya había dejado un mensaje en los funerales propiamente dichos, el 10 de marzo, la esposa de Follet, Louisa, acompañada de sus seis hijos, le pidió que volviese a referirse al tema de los muertos. Los santos se reunían al aire libre, en una arboleda que daba al río y que se había acondicionado con bancas de madera y una tribuna para los oradores. Aunque varios diarios personales hablan de 20.000 asistentes, hoy se estima que la concurrencia real rondaba los 14.000 o 15.000. Si bien el día anterior había llovido, la tarde dominical era típicamente de primavera, templada y apacible. El Profeta habló durante 2 horas y cuarto, en el que sería un clásico de la literatura religiosa mormona, uno de los más extensos de sus discursos y pleno de ampliaciones doctrinales y teológicas. También fue la última Conferencia a la que asistió, ya que poco más de dos meses después estaría muerto. Debido a las pobres condiciones auditivas, Joseph debió esforzarse para ser escuchado. Al día siguiente abrevió su discurso pues ya no podía proyectar la voz. Tres secretarios tomaron notas oficialmente: William Clayton, Thomas Bullock y Willard Richards. También Wilford Woodruff lo escribió en su diario personal. Clayton (el autor de “Oh, Está Todo Bien”) y Richards eran secretarios personales de Joseph. Bullock era asistente legal capacitado en Inglaterra, donde había servido como secretario de aduana de la reina Victoria. De las notas tomadas por los cuatro antedichos pudo reconstruirse eficazmente la totalidad del discurso.

Discurso de King Follet

Discurso de King Follet

En esa ocasión declaró enfáticamente:

“¡Dios una vez fue como nosotros ahora; es un hombre glorificado, y está sentado sobre su trono allá en los cielos! Ese es el gran secreto. Si el velo se partiera hoy, y el Gran Dios, que conserva este mundo en su órbita y sostiene todos los mundos y todas las cosas con su poder, se manifestase a sí mismo, digo que si fueseis a verlo hoy, lo veríais en la persona, imagen y forma misma de un hombre, así como vosotros os halláis en toda la persona, imagen y forma misma de un hombre; porque Adán fue creado a la misma imagen y semejanza de Dios, y de Él recibió instrucciones, y conversó con Él, como un hombre habla y se comunica con otro.”

Un poco más adelante, repitió los conceptos, asegurándose de que ni la presencia del viento ni los diversos registros tomados impidiesen que la idea quedase en claro:

“El primer principio del evangelio es saber con certeza la naturaleza de Dios, y saber que podemos conversar con Él como un hombre conversa con otro, y que en un tiempo fue hombre como nosotros; sí, que Dios mismo, el Padre de todos nosotros, habitó sobre una tierra, como Jesucristo mismo lo hizo; y voy a probarlo por medio de la Biblia”. (Ambas citas de Joseph Fielding Smith, Enseñanzas del Profeta José Smith, Salt Lake City, Utah, 1975, pags. 427-428)

La extensión, novedad impactante, e implicaciones doctrinales, hicieron que el discurso no estuviera siempre disponible. Jamás fue incorporado a las ediciones de Doctrina y Convenios o considerado con rango canónico. Curiosamente, cuando en 1912 B.H. Roberts publicaba la oficial History of the Church, había incluido en la misma el discurso de King Follet, sin embargo, a último momento, se decidió excluirlo, cuando ya la edición estaba lista para ser encuadernada, y es notable que faltasen las páginas 302 a 317, que lo contenían en el Volumen 6. No sabemos los motivos precisos de la remoción, pero se ha especulado sobre dudas en cuanto a la autenticidad de algunos conceptos y también sobre la exactitud de las anotaciones. En la segunda edición de la obra (1950) las páginas fueron reinsertadas y el discurso estuvo oficialmente disponible para los miembros. Es decir que, entre 1844 y 1950, más de 100 años, los Santos en general no tuvieron acceso al texto. (Otra reflexión, que quizás merezca ser tratada oportunamente, es sobre cuántos cambios se producen y cuantas barreras desaparecen con la administración del Presidente McKay)

Para 1944 ya Preston Nibley en Joseph Smith the Prophet, Deseret New Press, pag. 503, lo había considerado el máximo sermón del Profeta. Una vez oficializado, se hizo popular en la recopilación de Joseph Fielding Smith, Teachings of the Prophet Joseph Smith, de 1954, y así llegó hasta nosotros.

Pero ¿cuál era la trascendencia de las declaraciones del Profeta? Para comenzar, contradecían las resoluciones de los Concilios del siglo III en adelante y a la propia Reforma que las había validado. Todos habían convenido en que Dios era un espíritu, sin cuerpo, ni partes, ni pasiones. Que era también un Ser trino consubstanciado misteriosamente como un solo Dios. Joseph dio por tierra con esa acumulación de concilios:

“El Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino es un personaje de Espíritu” (DyC 130:22)

El Padre y el Hijo no son espíritus sino seres materiales corporizados y, además, dejan de ser consustanciales para recuperar su independencia individual, manteniendo sí una unidad de propósito: la salvación y exaltación del género humano. Eso era muy diferente a lo que se enseñaba en el momento, aunque no tan diferente a lo que judíos y primitivos cristianos habían considerado en el pasado

“Del mismo modo en que el Cristianismo ha sido desescatologizado y desmitologizado en nuestros días, en el siglo cuarto fue totalmente desmaterializado, y desde entonces cualquier concepto que oliese a “cósmico”, es decir, que tendiese a asociar de cualquier modo la religión con el universo físico, ha sido automáticamente condenado, por los clérigos judíos y cristianos en conjunto, como blasfemia y paganismo. Joseph Smith fue criticado por el crudo literalismo de su religión – no sólo por conversar con ángeles como si fuesen personas normales, sino por otorgar a Dios el aspecto que le atribuyeran los primitivos profetas de Israel, y, lo más extraño de todo, por traer sin reservas a otros mundos y universos a la escena religiosa. Ahora bien, algunos de los escritores cristianos y judíos de la antigüedad hicieron exactamente lo mismo, pero esta debilidad de ellos se explica demasiado fácilmente como una aberración gnóstica…” (Hugh Nibley “Treasures in the Heavens, pag. 171)

Con respecto a la frase de Génesis 1:26 “a nuestra imagen y semejanza” el estudioso no mormón Umberto Cassuto explica:

“No hay dudas de que el significado original de esa expresión en lengua cananea, de acuerdo al uso babilónico, es corporal, de acuerdo con la concepción antropomórfica de la deidad entre los pueblos del antiguo oriente”. (Umberto Cassuto, A Commentary on the Book of Genesis, Jerusalén, Magnes, 1961, 1:56)

Umberto Cassuto

Umberto Cassuto

“Lo que es sin cuerpo, partes y pasiones no es nada” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pag. 216)

“No podemos creer ni por un momento que Dios esté desprovisto de cuerpo, partes, pasiones o atributos. Los atributos pueden sólo manifestarse a través de un personaje organizado. Todos los atributos están expresados en y son el resultado de existencia organizada” (Brigham Young,  Journal of Discourses 10:192

“Algo sin entidad es la negativa de la existencia” (Parley P. Pratt, Key to the Science of Theology, pag. 43)

¿Qué queremos decir con que Dios y Jesucristo tienen cuerpos materiales?

En realidad, no lo sabemos del todo bien. Desde la Primera Visión en adelante aprendimos que pueden estar en el aire sin nada que los sostenga y que pueden brillar más allá de toda descripción. Por los relatos de Lucas sabemos que pueden desaparecer sin dejar rastro y entrar a una habitación que está cerrada. Su traslación y empleo del espacio-tiempo están más allá de nuestra capacidad de comprensión. Son, también, inmortales. De modo que, en realidad, no se parecen demasiado a los cuerpos que conocemos como su “imagen y semejanza”

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James E. Faulconer en Divine Embodiment and Transcendence: Propaedeutic Thoughts and Questions, Element 1:1, Primavera 2005, Punto 3, razona del siguiente modo:

“Siempre es posible explicar tales cosas como el brillo divino y las características inusuales del desplazamiento divino al considerar la posibilidad de leyes físicas que no comprendemos. Sin embargo, esa respuesta, más que una respuesta, es una declaración de fe. Es como, oblicuamente, decir, “No entiendo plenamente lo que significa decir que Dios es corporal, pero confío en que es verdad”. Yo comparto esa confianza. No obstante, hallo dificultades para hablar filosóficamente sobre la corporalidad divina. Mi interrogación en este ensayo no es si el Padre y el Hijo están corporizados, sino cómo comprender filosóficamente tal afirmación”.

James Faulconer

James Faulconer

Sabemos por 1 Corintios 15: 50 que “Carne y sangre no pueden heredar el Reino de Dios”, pero afirmamos simultáneamente que Padre e Hijo son de “carne y hueso, como nosotros”. Esta aparente incongruencia doctrinal fue resuelta por Joseph Smith y sus sucesores:

“En cuanto a la resurrección solamente diré que todos los hombres saldrán de la tumba tal como mueren, sean viejos o jóvenes. No se añadirá un codo a su estatura, no se quitará de ella; todos resucitarán por el poder de Dios, y habrá espíritu en sus cuerpos y no sangre…” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pag. 241)

“Un cuerpo de carne y sangre no puede ir allá; pero el cuerpo de carne y huesos, vivificado por espíritu de Dios, sí puede” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pag. 402)

 “La sangre que El derramó sobre el Calvario no volvió a sus venas. Fue vertida, y cuando resucitó, otro elemento tomó el lugar de la sangre. Así será con cada persona que reciba la resurrección; la sangre no resucitará con el cuerpo, pues fue diseñada sólo para sostener la vida de la presente organización. Cuando esta se disuelva, y nuevamente tengamos nuestros cuerpos por el poder de la resurrección, aquello que denominamos la vida del cuerpo, y que está formada por los alimentos que comemos y el agua que bebemos, será suplantada por otro elemento, pues carne y sangre no pueden heredar el Reino de Dios” (Discourses of Brigham Young, pag. 374)

 “La naturaleza de la progenie está determinada por la naturaleza de la sustancia que fluye en las venas del ser. Cuando es sangre lo que fluye en las venas del ser, la progenie será lo que la sangre produce, lo cual es tangible carne y hueso, pero cuando lo que fluye en las venas es materia espiritual, una sustancia mucho más refinada y pura y gloriosa que la sangre, los descendientes de tales seres serán hijos espirituales. Lo que quiero decir es que serán a la imagen de los padres. Tendrán un cuerpo espiritual y una chispa de lo eterno o divino que siempre existió en ellos”. (The Three Degrees of Glory, Apóstol Melvin J. Ballard, discurso pronunciado en el Tabernáculo de Ogden el 22 de Septiembre de 1922, Sermons and Missionary Services of melvin J. Ballard, pags. 234-261)

Melvin J. Ballard

Melvin J. Ballard

Tenemos allí otra gran diferencia entre nuestros cuerpos y los de los integrantes de la Deidad.

Desde nuestra limitada experiencia mortal nos es muy difícil imaginar las características divinas. Cuando decimos que Dios es omnisciente, que su conocimiento, justicia y misericordia son perfectos, lo único que podemos hacer es extrapolar esas características como las conocemos entre los humanos e intentar agrandarlas pero sin tener una referencia real y absoluta para ello.

“Las escrituras y las enseñanzas de Joseph Smith no nos permiten decir mucho más sobre la divina corporalidad que el hecho de que Dios posee un cuerpo con la misma forma que el nuestro. A partir de allí, creo que también podemos inferir que el abismo ontológico entre nosotros y Dios no puede ser tan ancho como lo asume la tradición, ya sea que esa tradición considere a Dios como ser o como el Bien. Aunque es difícil avanzar con confianza más allá de esa conclusión negativa, dos cosas parecieran evidentes. Primero, la comprensión de los Santos de los Ultimos Días de lo que significa estar en el mundo es, por implicancia, radicalmente diferente a la comprensión de cualquier otro grupo cristiano… Segundo, nuestra experiencia del cuerpo, la única medida que tenemos para entender la corporalidad, sugiere que decir que Dios tiene un cuerpo es decir que su omnisciencia y omnipotencia deben comprenderse en modos bastante diferentes a los del Cristianismo tradicional, ya que la corporalidad implica una apertura situacional con respecto al mundo. En otras palabras, la divina corporalidad implica también que Dios es afectado por el mundo y por las personas en su mundo” (James E. Faulconer, Divine Embodiment and Transcendence: Propaedeutic Thoughts and Questions, Element 1:1, Primavera 2005, Punto 36. Conclusión)

De la materialidad de lo espiritual

“Se supone que el cuerpo es materia organizada, y el espíritu, según muchos, es inmaterial y sin substancia. Nos permitimos impugnar esta última declaración, y diremos que el espíritu es una substancia; que es materia, pero materia más pura elástica y refinada que el cuerpo; que existió antes que el cuerpo, puede existir en el cuerpo, y existirá separada del cuerpo cuando el cuerpo se esté convirtiendo en polvo; y que en la resurrección los dos serán unidos de nuevo. Sin intentar describir esta unión misteriosa, ni las leyes que gobiernan el cuerpo y el espíritu del hombre ni la relación del uno con el otro o el propósito de Dios en cuanto al cuerpo y espíritu humanos, quisiera solamente decir que los espíritus de los hombres son eternos…” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pags. 251-252)

“No hay tal cosa como material inmaterial. Todo espíritu es materia, pero es más refinado o puro, y sólo los ojos más puros lo pueden percibir; no lo podemos ver; pero al purificarse nuestros cuerpos veremos que todo es materia”. (Enseñanzas del Profeta José Smith, pag.  367)

Aquí nos encontramos con otra gran diferencia filosófica enfrentada con las creencias prevalecientes entre los credos del siglo XIX. Todo es materia. Tanto el universo físico como el espiritual están formados por materia. La materia es co-eterna con Dios. No ha habido creación ex nihilo sino la organización de materia pre existente. Nuestros espíritus provienen de una esfera anterior en la que ya han sido corporizados en tal calidad, de un principio, también eterno, al que llamamos “inteligencia”. Dichas inteligencias tomaron forma espiritual mediante un “nacimiento” como hijos e hijas de Dios. Si bien ignoramos mucho sobre ese proceso, lo cierto es que nuestros cuerpos están habitados por otros cuerpos, de características distintas, pero no inmateriales. Debemos tener esto en cuenta cuando nos relacionamos con pensadores de otras denominaciones religiosas, pues aunque ambos utilicemos la palabra “espíritu” es posible que le asignemos significados totalmente disímiles.

El ejemplo clásico de la mano ingresando en el guante para simbolizar la relación cuerpo-espíritu sigue siendo más pertinente que la de un globo que adquiere formato al llenarse de aire y que lo pierde al desinflarse.

 “La materia no es esencialmente mala sino que su propósito es servir al espíritu, mientras el espíritu controla y glorifica a la materia. Existe una beneficiosa y eterna relación entre espíritu y elemento” (Hugh B.Brown, Conference Report, Abril 1957, pag. 104)

Según nuestra doctrina, el cuerpo, a pesar de sus limitaciones, no es una carga o un impedimento sino motivo de gozo:

Porque el hombre es espíritu. Los elementos son eternos; y espíritu y elemento, inseparablemente unidos, reciben una plenitud de gozo; y cuando están separados, el hombre no puede recibir una plenitud de gozo”. (DyC 93:33-34)

En cuanto al parecido o semejanza entre cuerpo y espíritu, mucho se ha escrito:

“Cuando se manifieste el Salvador, lo veremos como es. Veremos que es un varón como nosotros. Y la misma sociabilidad que existe entre nosotros aquí, existirá entre nosotros allá; pero la acompañará una gloria eterna que ahora no conocemos” (DyC 130: 1-2)

Erastus Snow:

“Nuestros espíritus son la expresa imagen de nuestros tabernáculos y, juntos, según nos informan las escrituras, son la expresa imagen de Dios” (Millennial Star, 13 de Mayo 1878, pag. 295)

Erastus Snow

Erastus Snow

“Las cosas sobre la tierra, siempre que no se hayan pervertido por la maldad, son típicas de las cosas en los cielos. El cielo fue el prototipo de esta hermosa creación cuando surgió de las manos del Creador, y fue declarada ‘buena’” (Joseph F. Smith, Gospel Doctrine, Salt Lake City, Deseret Book, 1946, pag. 21)

“P.– ¿Qué hemos de entender por los cuatro seres vivientes de los que habla el mismo versículo?

R.– Son expresiones metafóricas que usa Juan el Revelador para describir los cielos, el paraíso de Dios, la felicidad del hombre, y la de los animales, y de lo que se arrastra y de las aves del cielo; siendo lo espiritual a semejanza de lo temporal, y lo temporal a semejanza de lo espiritual; el espíritu del hombre a semejanza de su persona, como también el espíritu de los animales y toda otra criatura que Dios ha creado”. (DyC 77:2)

Parley P. Pratt:

“a nuestro espíritu organizado denominamos cuerpo, pues, aunque compuesto por elementos espirituales, posee todo órgano según el patrón, parecido o similitud con el tabernáculo externo o carnal que está destinado eventualmente a habitar. Sus órganos del pensamiento, habla, vista, oído, sabor, olfato, sensación, etc, todos existen en su orden como en el cuerpo físico, siendo el uno la exacta similitud del otro”  (Key to the Science of Theology, Salt Lake City, George Q. Cannon, 1891, pags. 51-52)

Parley-P-Pratt

Parley P. Pratt

“Nuestro espíritu se asemeja a nuestro cuerpo, o, mejor dicho, nuestro cuerpo fue hecho a medida de nuestro espíritu. El espíritu porta la imagen y semejanza de Dios, y el cuerpo, si es normal, es a la imagen y semejanza del espíritu” (Mark E. Petersen, We Believe in God, the Eternl Father, Speeches fo the Year, 1973, pag. 241)

“Nada nos sorprenderá tanto como darnos cuenta, al pasar el otro lado del velo, cuán bien conocemos a nuestro Padre y cuán familiar su rostro nos resulta” (Ezra Taft Benson, Jesus Christ-Gifts and Expectations, Ensign Diciembre 1988, pag. 6)

No obstante todo lo declarado anteriormente, es bastante obvio que las leyes de la genética indican una clara influencia de nuestros predecesores en las características físicas. Un caso particular son los gemelos idénticos ¿Significa que sus espíritus son también idénticos o deberemos buscar la semejanza en otros aspectos?

Por supuesto, si Adán era la imagen misma del Creador y todos somos descendientes de él y su esposa Eva, entonces todos llevamos algo de esa imagen en nosotros. Ese “algo” deberá ser necesariamente independiente de las razas y las leyes genéticas instauradas por El mismo.

De la corporalidad humana

Leonardo Da Vinci - El Hombre de Vitrubio

Leonardo Da Vinci – El Hombre de Vitrubio

Desde la antigüedad, el cuerpo ha sido el vehículo de los dioses. Las deidades griegas se corporizaban para entrar en contacto con los humanos. Toda la literatura tiene una base corporal. Es imposible relatar historia o ficción sin establecer puntos de contacto con los sentidos humanos o las referencias físicas. Los escritores de ciencia ficción han encontrado serios problemas para describir seres extraterrestres totalmente desprovistos de características reconocibles, aunque sea por extrapolación. Nuestro mundo está pleno de corporalidad, porque a través de ella podemos comprenderlo y comprendernos. Los filósofos han reflexionado bastante sobre el tema. Para Platón el cuerpo era la cárcel del alma. Es cierto que el cuerpo representa infinitas posibilidades pero también ciertos límites. De allí provienen tanto el hedonismo y la sensualidad para satisfacerlo, por un lado, como el extremo ascetismo y el castigo físico para sojuzgarlo, por otro.

Está establecido que el Cristianismo fue fuertemente influenciado por las ideas platónicas. En su famosa alegoría de la cueva, el filósofo griego proponía un mundo de las Formas o Ideas y el nuestro, que no era totalmente real sino una “sombra” o reflejo de ese otro mundo. Los Padres de la Iglesia no sólo encontraron analogías con el Verbo (Logos) mencionado por Juan en la introducción de su Evangelio sino también con el “ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido…” de Pablo (Per speculum in aenigmate… 1 Corintios 13:12)  ¿No estaban hablando de lo mismo las sombras de la cueva que la oscura imagen especular? Nuestro exterior no era del todo real, era imperfecto, pasajero y una verdadera molestia para el yo verdadero.

 “Había al menos dos modos en los que una persona observaba al cuerpo en la antigüedad, y el legado se extiende hasta hoy: se lo percibía o bien como un juguete, un entretenimiento, diseñado naturalmente con propiedades para la gratificación sensual, la cual podía y debía consumarse; o era considerado una molestia y una irritación por los estragos que lo afligían en la continua experiencia del mundo natural. En ambas circunstancias, podía ser despreciado y denigrado. Se lo ha llamado choza repulsiva, prisión del alma, pila de barro y una hueste de similares epítetos degradantes. A lo largo de la historia, los hombres han anhelado la liberación del alma del impedimento del cuerpo que la tiene como huésped. Se ha visto a la salvación como el alivio de las frustraciones de la mortalidad” (Daniel B. McKinlay, Joseph Smith on the Body as a Fallen or Blessed Vessel, en Joseph Smith and the Doctrinal Restoration, 34th Annual Sidney B. Sperry Symposium, 2005, BYU, Deseret Book, pag. 289)

De nuestros cuerpos telestiales

De las muchas descripciones literarias del cuerpo humano, he escogido una. Se trata de la conversación entre Dios y Satanás al comienzo de “La Llama Inmortal” (TheUndyingFire), novela de H.G. Wells de 1919. Consiste en una revisión moderna del libro de Job y, por lo tanto, posee un prólogo que transcurre en el Cielo. Dice Satanás:

“Sobre un pequeño planeta se yergue esta Cosa, esta tierra roja, este Adán, este Edomita, este Job. Construye ciudades, cultiva la tierra, se apodera del relámpago y lo hace su esclavo, introduce cambios de linaje en las bestias y los cereales. Cosas interesantes, sin duda, pero pequeñas todavía. Tú dices que de algún modo habrá de llegar al final a esto… Es demasiado tonto y demasiado débil. Sus hazañas lo único que hacen es iluminar sus limitaciones… ¡Mira su cuerpo, como una bolsa llena de desperdicios y órganos rudimentarios, un vivero de pestes! Su vida es decadencia…”

Finalmente, Dios le concede:

“Prueba al Hombre hasta el extremo. Fíjate bien, sin que quepa duda, si no es más que una pequeña burbuja en el fango, un alboroto en el barro que no significa nada” (H.G. Wells, La Llama Inmortal, Bs. Aires, Editorial Claridad, 1934, pags 29-31)

Durante los primeros tres siglos de la era cristiana, la naciente teología aceptó una visión tripartita (tricotomía) de esta pequeña burbuja en el fango. Estaba formada por cuerpo, alma y espíritu. Irineo, Melito, Dídimo de Alejandria, Justino Mártir, Clemente de Alejandría, Origen, Gregorio de Nisa y Basileo de Cesarea, todos compartieron esta concepción tripartita.

La base para ello la encontraban, obviamente, en los primeros capítulos del Génesis:

“Formó, pues, Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz el aliento de vida; y fue el hombre alma viviente” (Génesis 2:7)

Las palabras hebreas utilizadas fueron neshamah para el aliento de vida y nephesh para alma viviente. El hecho de que neshamah aparezca en Proverbios 20:27 refiriéndose al espíritu del hombre definió su uso.

1 Tesalonicenses 5:23 también fue utilizado por los tricotomistas a favor de su idea:

“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, y espíritu, y alma y cuerpo sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo”.

En el Antiguo Testamento, el sustantivo carne (basar), que define el aspecto externo y material del hombre aparece 266 veces, nephesh(alma) 754, y ruach (que significa tanto viento como aliento y espíritu), 378 (de las cuales unas 100, por lo menos, se refieren al espíritu humano)

En el Nuevo Testamento, los equivalentes griegos fueron sarx (151 apariciones) y soma (129), ambas refiriéndose al aspecto físico, psyché (105) al aspecto psicológico y pneuma (385) de las cuales en unas 80 ocasiones se refieren al espíritu humano.

El surgimiento de algunas herejías como el Apolinarismo y el Semi Pelagianismo en el Siglo IV terminó volcando las ideologías hacia una visión bipartita o dicotomista, en la que alma y espíritu eran dos palabras que se referían a una misma entidad. La influencia de Agustín terminó implantándola en la Iglesia de Occidente y los Reformadores no vieron motivo para rechazarla siglos más tarde.

En Diciembre de 1832 Joseph Smith propuso una síntesis superadora de las dos posiciones anteriores:

“Y el espíritu y el cuerpo son el alma del hombre” (DyC 88: 15)

Para resumir las tres posturas y denominando C al cuerpo, E al espíritu y A al alma:

Tricotomismo:  Hombre = C+E+A

Dicotomismo: Hombre = C+E = C+A   donde  E = A

Restauración: Hombre = C+E = A

No obstante esa definición, aún muchas escrituras modernas no son claras en la distinción, pareciendo favorecer la intercambiable función dicotomista vigente en el Siglo XIX. Por ejemplo:

“El alma será restaurada al cuerpo, y el cuerpo al alma; sí, y todo miembro y coyuntura serán restablecidos a su cuerpo…” (Alma 40:23)

El Profeta recibió la revelación de DyC. 88 tres años después de la traducción del Libro de Mormón.

Como parte de la Restauración también se introdujo el concepto de “cuerpos telestiales”. Percibiendo una incongruencia en los escritos paulinos de 1 Corintios:

“Y hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrestres; mas ciertamente una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrestres. Una es la gloria del sol, y otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria” (1 Corintios 15:40-41)

Joseph Smith escribiría:

“A mi regreso de la conferencia de Amherst, reanudé la traducción de las Escrituras. Según las varias revelaciones que se habían recibido, era patente que se habían quitado de la Biblia muchos puntos importantes relacionados con la salvación del hombre, o que se habían perdido antes de que se recopilara. Parecía de por sí evidente, a juzgar por las verdades que quedaban, que si Dios premiaba a cada uno de acuerdo con las obras hechas en la carne, el término ‘cielo’, al referirse a la morada eterna de los santos, tenía que incluir más de un reino” (Introducción DyC Secc. 76)

Nuestro mundo y sus habitantes fueron creados con un nivel terrestre (paradisíaco). La Caída los llevó a un nivel telestial (caído). Con la Venida del Salvador y el inicio del Milenio recuperará su gloria inicial para luego transformarse en la morada de seres celestiales.

Continuará en la Segunda Parte////

El presente trabajo se ha beneficiado con la lectura de los siguientes textos:

James E. Faulconer,  Divine Embodiment and Transcendence: Propaedeutic Thoughts and Questions, Element 1:1, Primavera 2005

Daniel B. McKinlay,  Joseph Smith on the Body as a Fallen or Blessed Vessel, en Joseph Smith and the Doctrinal Restoration, 34th Annual Sidney B. Sperry Symposium, 2005, BYU, Deseret Book

David L. Paulsen, The God of Abraham, Isaac and Joseph Smith: Defending the Faith.

Aaron S. Reeves, Embodiment in Mormon Thought: Ambiguity, Contradiction and Consensus, International Journal of Mormon Studies, Vol. 5, 2012, pags. 139-164.

Benjamin E. Park, Salvation through a Tabernacle: Joseph Smith, Parley P. Pratt and Early Mormon Theologies of Embodiment, Dialogue: a Journal of Mormon Thought, vol.43 Nro.2 (Verano 2010)

Robert Fuller, Religion and the Body, Bradley University, Oxford Research Encyclopedia. http://religion.oxfordre.com/view/10.1093/acrefore/9780199340378.001.0001/acrefore-9780199340378-e-18. Consultado on line 20-12-2016

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Esta entrada fue publicada en Doctrina.

2 comentarios el “Divino Antropomorfismo y Exaltada Corporalidad – Primera Parte

  1. Joaquin dice:

    Como siempre, tremendo artículo y muy completo (lo suficiente como para investigar y escudriñar cada uno de los lectores por nuestra cuenta. Me quedó una duda respecto al uso del término “sarx” y “soma”, ¿habrá habido una diferencia importante en la época o sólo eran sinónimos?

    • mormosofia dice:

      Estimado Joaquin:
      Al menos en el uso bíblico “sarx” ha sido traducido como “carne” mientras que “soma” como “cuerpo”. Si bien ambas palabras se refieren a lo mismo, nuestra parte corruptible y perecedera, la connotación, al igual que en castellano, es diferente.
      Mis saludos

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