“El héroe de la Lectura” – Vlady Kociancich

ARTE Y RELIGION

           Literatura

                       “Sí, buscad palabras de sabiduría de los mejores libros…”

El  Héroe de la Lectura

Vlady Kociancich

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Vlady Kociancich nació en Buenos Aires en 1941. Desarrolló su obra en los ámbitos de la narración, la traducción, el periodismo y la crítica literaria. A los nueve años escribió su primera historia policial. Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires, donde conoció a Jorge Luis Borges y entabló una amistad que la llevó a la profundización del inglés antiguo con él, fuera de programa. En 1971 aparece “Coraje”, su primera colección de cuentos. Publicará novelas: “La Octava Maravilla” (1982), “Ultimas Días de William Shakespeare” (1984), “Abisinia” (1985), “Los Bajos del Temor” (1992), “El Templo de las mujeres” (1996), “Amores sicilianos” (2004) y en 2007 su colección de cuentos “La ronda de los jinetes muertos”.

En 1988 obtiene el Premio “Jorge Luis Borges” otorgado por la Fundación Konex y el Fondo Nacional de las Artes. En 1994 dirige un curso sobre Adolfo Bioy Casares en la Universidad Complutense de Madrid. El siguiente texto está tomado de su colección de ensayos literarios “La Raza de los Nerviosos” (Seix Barral, 2006)

Edwin Harris (1855-1906) Un momento apacible

Edwin Harris (1855-1906) Un momento apacible

“En uno de los ensayos que componen la Historia de la Lectura en el Mundo Occidental, de Guglielmo Cavallo y Roger Chartier, leí que una estatuilla griega del siglo VI a.C. tenía la siguiente inscripción:

“A todo aquel que me pregunte, le contestaré lo mismo: que Andrón, hijo de Antífanes, me dedicó como diezmo”.

Siempre me han conmovido esos objetos muy antiguos que en la vitrina de algún museo “hablan” en primera persona, con un “yo” fantasmal más elocuente que el simple nombre de su dueño…

Importa poco que el recurso de darle a un objeto valioso la función de contarse a sí mismo encierre una voluntad mágica o sea meramente un hallazgo retórico. El efecto de su lectura es un leve temblor. De inmediatez, de que las palabras escritas llegan a uno junto con la presencia, imposible, de quien las estaba diciendo. Pero en esa estatuilla griega sentí algo más que la emocionante transmisión de un “yo soy”, algo más que un diminuto fragmento de la Antigüedad viajando a través de los siglos. Y ese algo es la definición, casi pedestre y a la vez delicadamente simbólica, del acto de leer.

Porque la inscripción en la estatuilla no se limita a informar… La estatuilla de Andrón sólo hablará cuando alguien la interrogue. Es decir, cuando alguien la lea. Hasta ese momento, la historia del cómo y para qué de su existencia estará oculta en unas pocas rayas silenciosas.

A unos dos mil seiscientos años de escritas, las palabras todavía suenan frescas, con un timbre de orgullo, de confianza en la eternidad del lenguaje, el más volátil de los atributos humanos, que ha encontrado un modo de fijarse.  Suenan también con el timbre inquietante de la poesía que aparece a medio camino entre la expresión y la magia. Y sin embargo, para Andrón, hijo de Antífanes, era un asunto mucho más sencillo. Estaba seguro de que la estatuilla hablaría en su nombre a quien supiera leer. Un conocimiento aún restringido a cierto número de griegos que descifrarían el mensaje en voz alta para extraer el sentido de aquella escritura continua, pero no mágico. El único poder a que apelaba estaba fuera del ámbito de dioses o de sacerdotes. Era el poder de ese conocimiento.

Mark Arian - Tradiciones familiares

Mark Arian – Tradiciones familiares

Yo, en cambio, hija de tiempos sucesivos que, desde el año en que vivió aquel Andrón, vienen hilándose y deshilándose en diferentes formas de lenguaje, en diferentes maneras de leerlo, no puedo desprender la lectura de un aura de misterio iniciático, de una magia tan antigua y a la vez tan natural como lo fue para el hijo de Antífanes. Leo con el recuerdo a mano de cuando no sabía leer, de cuando una parte del mundo que me rodeaba estaba a oscuras, en silencio.

Tenía cuatro años. Me habían mandado a comprar algo en el almacén de la esquina y esperaba mi turno. Sobre el mostrador, a una altura que me obligaba a levantar la cabeza, había una solitaria botella de vino, con una palabra en la etiqueta: Tupungato. Empecé a unir en sílabas las vocales y las consonantes, como me enseñaba mi abuela. Las letras eran todavía dibujos y sonidos que no parecían cumplir otra misión que la de entretenerme un día de lluvia con ese juego de repeticiones que tanto les gusta a los chicos. Y de pronto ocurrió. Dije, en voz alta, la palabra entera. No era mi voz, sin embargo. Era la voz de la botella, que decía su nombre y que entendí. (Todo lector es, al principio, un aturullado aprendiz de hechicero. Me costaría algún tiempo admitir que Tupungato era el nombre de un cerro y no de un vino.) Una sola palabra se abría ahora como una granada madura. Adentro estaban todas las palabras. Todavía pegadas entre sí y a la cáscara de los signos, pero cada una contaba algo que yo podía escuchar, un mensaje oculto hasta el momento de decirlo en voz alta. Sabía leer.

La iluminación, ¿de qué otro modo llamar a esa luz que aclaró inesperadamente un oscuro proceso de aprendizaje, con sus vueltas mecánicas, sus combinaciones caprichosas, sus avances y sus retiradas?, tuvo un impacto espectacular y durable. En vez de atenuarse, se expandía. Me recuerdo probando la lectura en el terreno de la incredulidad de los adultos con la vara de las palabras, luego de las frases, hasta convencerme de que el poder de esa vara era invencible y para siempre. Un poder que me liberaba de preguntas sumisas y humillantes, del despotismo o la falsedad de los intermediarios, pero sobre todo del silencio del mundo, un mundo que sin voz se limita, en términos de experiencia humana, a un paisaje inaprensible y transitorio.

Ilya Galkin (1860-1915) Lectura

Ilya Galkin (1860-1915) Lectura

Que la lectura es un ejercicio de la libertad individual lo hemos olvidado, como se olvidan los comienzos de las mejores cosas, a fuerza de exigirle más y más, hasta concluir, por hartazgo, de que esa libertad no vale nada. Desde los días de Andrón , le venimos pidiendo a la lectura que nos revele todos los secretos, que sea todas la voces y una sola, que nos eduque en la verdad, que nos aparte del error o que nos civilice. Ni un dios podría responder a esas demandas sin rebajarse a un burdo acto de ilusión, a poner en escena una tormenta y unos cuantos relámpagos. Quizás el desdén contemporáneo por la lectura como llave maestra del conocimiento se deba tanto a esa exaltación artificial de dones que no puede otorgarnos como a la alegre barbarie del nuevo imperio de la imagen que, a fin de cuentas, sólo espera que la miremos dócilmente.

No es por nostalgia que guardo la primera palabra que leí en mi vida como el recuerdo más precioso. Es agradecimiento. Me abrió una puerta a los libros, que a su vez abrieron más puertas. Me dio una libertad de acceso a territorios que sin su intervención hubieran quedado fuera de mi alcance. Y sobre todo, una independencia de las circunstancias del mundo, de la tiranía de sus modas, del látigo de una época que busca uniformarnos y enlistarnos como soldados rasos en la imparable ambición de poder de la tecnología.

Todavía hoy, en el siglo de las comunicaciones por satélite, el pensamiento, la imaginación, los sentimientos, la certeza y la duda, el amor a la vida y el temor a la muerte, la risa y la desolación, uno mismo y los otros, caben en el pequeño pero inextinguible universo del alfabeto, que a su vez cabe en el pequeño objeto que es un libro, tan modesto y sencillo que no necesita instalaciones de un experto, tan seguro guardián de su carga que se da el lujo de prescindir de los derrumbes de cualquier sistema.

Posiblemente los místicos puedan imaginar un mundo sin lenguaje escrito como el verdadero paraíso. Yo soy una persona común, gregaria y ávida, por curiosidad, de lo que hay de humano y compartible bajo la superficie de las cosas. Me atemoriza, lo confieso, la soledad puramente contemplativa que ofrecen las pantallas con su tránsito de imágenes fugaces, de palabras que se reducen a ilustrar las imágenes, empobrecidas por un uso menor y denigrante, como esas cruces con que firmaban los analfabetos. Pero el miedo a esa soledad me dura poco. Recuerdo que por suerte sé leer. Recuerdo que la lectura sigue siendo una voz que responde desde la escritura, como la estatuilla de Andrón, a todo aquel que le pregunte”.

Marina V. Chulovich, 1956, Retrato de una Hija

Marina V. Chulovich, 1956, Retrato de una Hija

Un comentario el ““El héroe de la Lectura” – Vlady Kociancich

  1. Federico dice:

    Hola Mario : Groso, excelente.

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