Por qué me quedo – Carol Lynn Pearson

Discursos Olvidados

Por qué me quedo

Carol Lynn Pearson

El siguiente mensaje apareció en la Revista Sunstone de Marzo de 2014. Carol Lynn Pearson tenía entonces 74 años pero poseía aún la gracia y el exquisito vuelo poético que me habían cautivado en mi propia adolescencia. Quien desee saber más sobre ella puede leer el artículo publicado en este blog: Carol Lynn Pearson: Poesía Encarnada. Podemos estar o no de acuerdo con las posiciones de Carol. Lo que no podemos ni debemos es dejar de leerla. Tal vez encontremos nuestra propia lista de por qué nos quedamos…(Mario R. Montani)
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“Años atrás, cuando mi esposo Gerald y yo tomamos la estrafalaria decisión de publicar mis poemas por nuestra cuenta, escribí esta pequeña pieza que se transformó en el título de uno de los libros

UNA VISION AMPLIADA

Cuando mis ojos se abrieron

Detrás del visor

Allí, en primer plano,

Había una flor.

La única flor posible

¿Quién dio vuelta el lente

Para alejar la visión?

La vida, supongo

¿Qué?

¿Otra flor?

¿Y otra más?

¿Todo un campo vívido de flores?

¿El único campo posible?

Pérdida.

Deleite.

Los límites se han ido para siempre.

La vida es como el lente.

Y la visión sigue

Y sigue.

George Bernard Shaw lo dijo mejor: “Has aprendido algo. Al principio siempre parece como si hubieras perdido algo”.

Nací en Salt Lake City, una mormona de cuarta generación, con antepasados llegando en carretas, en el barco Brooklyn, y con el Batallón Mormón. Fui firmemente plantada en el rincón SUD de la viña con la flor mormona como única a la vista.

Y entonces llegó el retroceso y la ampliación. La intrigante belleza de todas las otras flores. ¿Cómo podía ser – con la gran diversidad de este inmenso campo – que la mía fuese la única flor verdadera?  Examinándolo cuidadosamente, hace decenios, durante mis treinta y cuarenta, descubrí que ante mis ojos (¿y qué otros ojos podría usar, aunque veo ‘por un espejo, obscuramente’?) se presentaban algunos errores bastante evidentes – posiciones históricas y doctrinales que parecían indefendibles y equivocadas. Muchos que hoy llegan a sentir de ese modo lo encuentran altamente perturbador. Yo lo encontré emocionante. Gané un respeto renovado por Dios y un deleite por cada uno de los billones que habitan este planeta. Y, habiendo abandonado esperanzas imposibles,  obtuve un nuevo afecto y aprecio por esta flor particular – la mía – y la de ustedes.

“Crece donde has sido plantado”. Supongo que eso es lo que el Dalai Lama quiso significar cuando dijo que, siempre que fuese posible, permanezcamos en la religión en la que nacimos.

Muchos de mis amigos de la época de BYU – especialmente mujeres – han abandonado el Mormonismo, se han trasplantado a terrenos diferentes. En general, las veo prosperar. De modo que la pregunta surge ¿Por qué me he quedado?

Hay dos grandes razones. Una: encuentro una gran cantidad de amor en esta Iglesia. Dos: cuando no encuentro amor, tengo la oportunidad de ayudar a crearlo.

Razón Nº 1: He confesado a mis líderes de Barrio y Estaca que mi teología se resume a “Dios es amor”, como lo ilustra la canción que entonamos, “Donde está el amor, allí está Dios”. Para mí esto significa que siempre y cuando en una relación hetero u homosexual haya cuidado y devoción genuinos – allí Dios está. Y dondequiera en el Islam, el Catolicismo, el Budismo o el Mormonismo hay genuina devoción y cuidado – allí está Dios. El asunto es que en el Mormonismo encuentro una gran cantidad de amor – y por tanto una gran cantidad de Dios.

Demasiadas personas están solas en nuestro mundo actual. Qué bendición tener una gran familia en el Barrio o aún una familia mundial. Deseosa de ver el mundo después de ahorrar por un año mi dinero enseñando en el Snow College, llegué a Atenas el día de mi cumpleaños número 24, para descubrir que mi equipaje había sido robado del tren y lo único que tenía era mi pasaporte, mi cartera y la ropa que llevaba puesta. Hice una llamada por teléfono a la cercana base de la Fuerza Aerea preguntando por los mormones. No estaba totalmente desnuda, pero me vistieron. Estaba hambrienta y me alimentaron. Yo era una desconocida pero me alojaron. Damos y recibimos. Nos llamamos unos a otros hermanos y hermanas. Tenemos un sistema. Es bastante notable.

El domingo anterior, mientras llegaba a nuestra capilla, vi que ingresaba una ambulancia. Estaba allí por Susan, quien ha tenido convulsiones desde los seis años. Esta vez se había lastimado la cabeza en el cemento del estacionamiento. He sido la maestra visitante de Susan por muchos años y conozco bien sus necesidades. Yo era la opción más obvia para acompañarla en la ambulancia y quedarme con ella mientras le hacían los estudios en el hospital, abrigándole los pies, charlando y aún riéndonos. Fue fácil. Tenemos un sistema. Yo soy su hermana.

En mi libro Goodbye, I Love You (Adios, Te Amo) escribí la emotiva historia de la Hermana Spencer, mi maestra visitante de aquel entonces, quien recibió la información de que yo estaba cuidando a mi ex esposo que estaba a punto de morir. Me dijo: “No te llamo para preguntar si hay algo que pueda hacer por ti. Llamo para decirte que pongas una lapicera y un anotador junto al teléfono, y cualquier cosa que se te ocurra que hay que hacer, la anotes. Llamaré cada día a las nueve de la mañana, me leerás la lista, y lo que haga falta será hecho”. Un regalo maravilloso. Teníamos un sistema. Ella era mi hermana. Suena un poco como si fuese – tal vez, Sión.

Algunos años atrás me encontraba sentada junto a mi amigo, Chuck Young, en la reunión sacramental, oyendo al discursante del sumo consejo, quien ahora es nuestro presidente de Estaca. Me incliné y susurré, “Chuck ¿sabes lo que realmente me molesta del patriarcado mormón?”

“¿Qué cosa?” devolvió mi susurro.

“Que continua creando tan buenos hombres. Como tú o el hermano Criddle, allá arriba”

Mi vida mormona está poblada de hombres buenos. Y ciertamente buenas mujeres. Hay mucho amor allí. Mucho de Dios allí.

Razón Nº 2: Nuestra iglesia me provee de una oportunidad perfecta de crear amor en sitios donde parece faltar. Creo que crear más amor en el mundo es la única razón válida para intentar cambiar algo. Yo nací feminista, haciendo preguntas cuando sólo tenía diez años, asombrada de que cada voz de autoridad – desde las voces de la radio a las voces en la Iglesia y la voz de Dios – fuese una voz masculina. Indignada de que bajo cualquier punto de vista en la iglesia o la sociedad la femineidad era el segundo premio. No hay amor en eso.

El domingo pasado entoné con la congregación el hermoso himno “Cantemos todos a Jesús”, y en el medio de ocho pronombres que honran a la divinidad masculina sólo había un pronombre femenino: “The grave yield up her dead” (La tumba entregó sus muertos) (Nota: en inglés los pronombres dan cuenta del género, como en castellano lo hacen los artículos. De todos modos, para comprender la situación, recordemos que en castellano también, tanto la tumba como la muerte, son femeninos). No hay amor en eso, y el insulto no pasa desapercibido en las psiquis de hombres y mujeres, jóvenes y señoritas que lo cantan. Por supuesto, yo canté “The grave yield up its dead” (Nota: Carol emplea aquí un pronombre neutro, opción que no tenemos en castellano, lo más parecido sería nuestro artículo determinado neutro “lo”).

No hace tanto le pregunté a una querida prima, quien ya cumplió sus noventa años, cómo se sentía sobre la posibilidad de avanzar al próximo mundo, “Bien”, me dijo, “Excepto…” y su rostro se obscureció, “… excepto que a veces me preocupa que mi esposo haya tomado otras esposas allá”. No hay amor en eso. Deberíamos avergonzarnos. Y solo he comenzado con la larga lista de cosas que deberíamos observar para lograr igual valoración – lo cual significa igual amor – para mujeres y hombres.

Regresé a casa el domingo pasado para encontrarme con seis mails, mayormente de gente que sentía la necesidad de contactarse conmigo por asuntos relacionados a la homosexualidad. Un hombre, hablándome de su querido hijo adolescente, escribió: “Nos ha dicho varias veces que ha habido ocasiones en quería matarse porque de todos modos iría al infierno”. Continúa el padre, “Comprendo ese sentimiento. De algún modo yo estoy pasando por eso también. Cuanto más leo las escrituras y digo mis oraciones, más pienso en él y me deprimo”. No hay amor en lo que estamos haciendo pasar a esa familia. Nuestra iglesia les está fallando totalmente a ellos y a miles de familias como ellos, y deberíamos avergonzarnos. Busco amor en el trabajo que la iglesia realizó en la Proposition 8 y no encuentro ninguno (Nota: se refiere a la propuesta de 2008 en el Estado de California que buscaba la posibilidad de realizar matrimonios de personas del mismo sexo y en contra de la cual la Iglesia participó activamente).

He encontrado amor en la oleada de apoyo a nuestros hermanos y hermanas gay – como las notables fotografías de 400 mormones en su ropa dominical marchando al frente del desfile del orgullo gay en Salt Lake City. Muchos de los espectadores que lloraban mientras observaban supieron que allí había amor. Estoy emocionada por el creciente número de historias que la gente gay comparte sobre conversaciones cálidas y alentadoras con sus líderes de barrios y estacas. Todos reconocemos el amor cuando lo vemos y lo sentimos. No se nos puede engañar.

Tenemos el privilegio en nuestra época de hacer algo de importancia histórica por aquellos gay entre nuestros amados, como lo hicieron nuestros ancestros cuando abandonaron el comercio de esclavos, cuando acabaron con la segregación, cuando decidieron que las mujeres tenían alma y les dieron aún el derecho de votar. Sabían que no había amor en lo que hicieron hasta ese momento y que, para que lo hubiese, las cosas tendrían que cambiar. Tanto ustedes como yo tenemos el privilegio de ver esos lugares tristes y crear más amor – más bondad – más divinidad.

Las circunstancias me han dado una plataforma y una voz en un tiempo y un lugar donde puede lograrse un impacto significativo. Nos estamos preparando como sociedad, como religión, y, sí, en nuestra propia iglesia, para invitar a nuestros hermanos y hermanas gay, como individuos y como parejas y familias, a tomar un sitio de honor en la mesa. Sorprendente. Y, eventualmente, llegaremos a crear un momento galileaico en el que dejaremos de ver a la masculinidad como el centro del universo con la femineidad orbitando a su derredor, y veremos al hombre y la mujer – mortales y divinos – efectuando una danza de real compañerismo. Por ningún motivo dejaría de ser parte de la acción. Justo ahora. Justo aquí. En este particular y peculiar – único a su modo, y maravilloso de muchos modos – rincón mormón de la vasta viña del Señor.

Me quedo no sólo porque me permiten quedarme, sino porque me siento muy apreciada. De vez en cuando hablo con mi obispo o mi presidencia de estaca y les digo, “Hermanos, nuevamente deseo agradecerles por ser tan gentiles con alguien como yo que no calza en el molde”. Siempre recibo alguna variante de esta respuesta, “Hermana Pearson, estamos tan agradecidos por las maravillosas contribuciones que usted hace a este barrio y a esta estaca”. En la Sociedad de Socorro me paro cuando hago mis comentarios, y si me ausento por más de dos domingos, es posible que reciba un e-mail de alguna de las hermanas preguntando, “¿Estás bien? Extrañamos tus comentarios en la Sociedad de Socorro”.

También considero que una importante razón por la que me quedo es que de algún modo no me quedo. No me quedo con conceptos que no puedo aceptar. No me quedo en tradiciones en las que no creo. Me muevo, en mi propio e imperfecto modo, hacia el horizonte que verdaderamente me llama.  Creo que lo mejor que recibí de mis antepasados pioneros no fue un destino sino una invitación. Me dieron el modelo para ser una pionera y me estimularon a seguir sus huellas. Tal vez, al final, uno de mis poemas dramatiza por qué y cómo me quedo mientras al mismo tiempo levanto campamento”.

Pioneros

Mi gente fue pionera y mormona.

¿Es esa sangre aún buena?

Ellos miraban con asombro mientras la verdad

Pasaba volando como una paloma

Y dejaba caer una pluma en el Oeste. Adonde vuela la verdad, tú la sigues

Si eres un pionero.

He buscado por los cielos

Y aquí y allá

Otras plumas han caído.

He cargado nuevamente el carro de mano

Con las cosas preciosas

Y arrojado el resto.

Cantaré en las fogatas de noche,

Allá afuera, en tierras inexploradas.

Donde soy mi propio capitán de decenas

Donde soplo el clarín

Me acerco a la oración matinal

Trazo las millas

Y nunca sé cuándo o dónde

O si alguna vez

Finalmente diré,

“Este es el lugar”.

Enfrento las planicies

En un buen día para caminar.

El sol se levanta

Y la niebla aclara.

Estaré bien.

Mi gente fue pionera y mormona.

3 comentarios el “Por qué me quedo – Carol Lynn Pearson

  1. Moisés Ferreira dice:

    Que genial que haya gente que vea la iglesia solo como una tradición, con un sentido de pertenencia y como una red de apoyo. Eso es la iglesia, ni más ni menos verdadera que cualquier religión inventada por el hombre, una institución que trata de ocultar su pasado y blanquearlo para que no parezca tan inquietante, pero al fin y al cabo se empeña en hacer daño a sus miembros y a evitar la evolución en la sociedad, como toda religión.

  2. Fefo dice:

    Moisés podrías dar ejemplos de lo que estas diciendo ? Yo se que los hombres por mas religiosos que se quieran llamar no siempre siguen al Dios Eterno y Justo. Tambien se que las sociedades generalmente se han corrompido y Dios las ha llamado al orden. Habria que analizar todas las vedades de nuestra Iglesia y ver que pasó y también ver que se esta haciendo ahora y con que proposito.

  3. Guillermo Moran dice:

    Pues es sumamente interesante todo lo que está pasando, y ahí radica la belleza de esto, cada quien tiene sus percepciones de las cosas y decide en base a eso, para algunos la iglesia era bella y valía la pena todo sacrificio cuando algunos creiamos que era verdadera y divina y si ahora sentimos que es una organización más no le vemos el caso tanta entrega, pero algunas personas pueden no verla divina y aun así sentir que vale la pena continuar en ella, y otros ven más la divinidad debido a todas esas cosas que han hecho que otros dejemos de creer, y creo esto le da diversidad a la vida y permite una constante renovación, por ejemplo, yo ahora que he decido desvincularme de la igleisa y “rehacer” mi vida sin la influencia mormona, encuentro muchísimas cosas bellas en la vida que antes pensaba que solo me quitaban el tiempo que debía invertir en la iglesía, y es curioso que hoy que no tengo una seguridad de una vida más allá de esta, se ha encendido un deseo intenso en mi vida por aprender cosas y hacer cosas positivas al pensar que ya no tengo otro tiempo para hacerlas más que los días de esta vida, ni antes que creía que me levantaría en la resurrección con el conocimiento que logarara en esta vida tenía tantos deseos de aprender como hoy. En fin, cada cabeza y cada corazón es un mundo.

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