SIGUIENDO AL PROFETA

Mitos Mormones

SIGUIENDO AL PROFETA

(AKA: del tío Vittorio al Elder Costa pasando por un programa de entrenamiento físico en la misión)

Por Mario R. Montani

Durante mi misión recibíamos algunas sugerencias en cuanto a un programa de ejercicios físicos para mantenernos en forma. Solían realizarse a la mañana y a veces se complementaban con alguna caminata los días de preparación. En una Conferencia de Misioneros supimos de la siguiente experiencia: un líder de zona (quien ya antes de salir a la misión era un excelente deportista y acostumbrado a entrenar) comenzó a exigir a los demás élderes una cuota mayor de tiempo y esfuerzo en esa gimnasia matinal. Por algunas semanas intentaron seguirle el ritmo, pero lo que les requería estaba muy por encima de sus capacidades, terminando agotados y con la posibilidad de salir lastimados. Luego de una pequeña rebelión, el tema fue llevado a los Asistentes del Presidente y finalizó con una doble reprimenda: el líder de zona fue reprendido por estar exigiendo más de lo que el programa requería,  pero los demás misioneros también recibieron un reto por no haber obedecido suficientemente a su líder, a pesar de lo injusta de su demanda. Finalmente lo que el líder deseaba era tener a su zona en perfectas condiciones físicas.

Cuando uno es un joven de 19 años no está demasiado habituado a realizar abstracciones, pero la lección estaba aprendida: los líderes deben ser sabios y prudentes, los seguidores del líder simplemente deben ser obedientes. A ninguno de nosotros se nos ocurrió pensar que si no hubiesen comenzado las protestas, nadie se habría enterado jamás de los abusos de poder y la próxima noticia llegaría con alguno de ellos internado en el hospital con un desgarro o alguna alerta cardíaca.

Y aquí es donde hace su entrada mi tío Vittorio… Durante toda mi infancia y juventud era un personaje que nos visitaba a menudo. Lejanamente emparentado con nosotros políticamente, había quedado sólo en la ciudad, y supongo que éramos uno de sus refugios alternativos. Muy trabajador, sin llegar a perder nunca del todo su acento italiano, don Vittorio tenía una salud de hierro. Jamás había consultado a un médico ni tenido enfermedades, pero, con el paso de los años, algunos achaques comenzaron a aparecer.  Supongo que mis padres le insistieron para que visitara al doctor y, un poco a regañadientes, terminó haciéndolo. Pareciera que el médico le recetó algunos antibióticos en comprimidos, para salir de un cuadro infeccioso, los que debería ingerir cada 12 horas.

Cuando un par de días más tarde, mi papá pasó a visitarlo para saber de su salud, descubrió que ya se había tomado casi todo el frasco de pastillas. Podría haber terminado también él en el hospital…

Su razonamiento no estaba exento de cierta lógica. Si una pastilla hace bien, veinte harán mejor…

Los miembros de la Iglesia solemos padecer, hasta cierto grado, de este, que he denominado “el síndrome del tío Vittorio”.  Aunque falleció siendo católico, don Vittorio podría haber sido un buen Líder de Zona.

Si asistir al Templo un par de veces al mes es bueno, hacerlo veinticinco veces será mejor. Si es bueno abstenernos de alcohol, tabaco, té y café; agregar a la lista los azúcares, las harinas, los aceites y todo alimento procesado, será mejor. Si pagar un diezmo es bueno, pagar el doble será superior. Si el Profeta habla con Dios, cada palabra que sale de su boca es la absoluta voluntad de lo alto.

Pareciera que algunas frases de las Escrituras como “en su justa medida”, o “tiempo hay para todas las cosas” se nos pasan de largo.

Varios meses atrás escribí en esta misma sección un artículo bajo el título “Cuando nuestros líderes hablan, se acabó el momento de pensar…”, en el que aparecían las disculpas del Presidente de la Iglesia, George Albert Smith, al Reverendo J. Raymond Cope por un mensaje para los Maestros Visitantes aparecido en una publicación oficial de la Iglesia que trataba ese tema. En la carta le aseguraba que esa no era la doctrina de la Iglesia sino todo lo contrario. Uno de los problemas de los que deberemos desembarazarnos en la Iglesia es que ciertas declaraciones falsas se hacen en público y las disculpas por ellas se ofrecen en privado.

Cuando escribí ese artículo ignoraba que la publicación en cuestión, la Improvement Era de Junio de 1945 (Vol. 48 Nº 6, pag. 354) estaba en mi biblioteca, como legado de mi abuelo materno. Fue muy bueno releer ese mensaje casi “en vivo” y en su contexto original. También descubrí otras cosas. Desde hace tiempo, los investigadores de nuestra religión señalan que la frase “el Profeta” asignada al Presidente de la Iglesia con vida no comenzó a utilizarse hasta inicios de la década de 1950. Antes de eso, cualquier mención a “el Profeta” era comprendida como una referencia a Joseph Smith, Jr.

En la publicación que menciono también aparecen los discursos en los funerales de Heber J. Grant, quien había fallecido el mes anterior. Ninguno de ellos, ni ningún otro artículo del volumen, menciona al Presidente Grant o al nuevo Presidente como “el Profeta” sino como el Presidente de la Iglesia.

Esto no significa que todas las Autoridades no fuesen sostenidas como “profetas, videntes y reveladores”, al igual que en la actualidad, sino que hubo un cambio, paulatino pero definido, para fortalecer la imagen del profeta viviente. A cualquier jovencito miembro que le preguntemos hoy quién es el Profeta, nos responderá con certeza: Thomas S. Monson. Ante la misma pregunta, un joven de 60 años atrás nos hubiese respondido: Joseph Smith. Y tendría una tradición de casi un siglo detrás suyo para tal afirmación.

De modo que tales píldoras extra canónicas como “debemos obedecer aunque sea una equivocación”, “cada palabra que dice el Profeta es la voz de Dios” o “la opinión del Profeta actual cancela lo que cualquiera anterior haya dicho” deben tomarse con mucha prudencia y no necesariamente todas juntas. Joseph Smith y Brigham Young hablaron extensa y enfáticamente en contra de esas doctrinas.

Durante la administración del Presidente Kimball, Ezra Taft Benson, por entonces Presidente del Quórum de los Doce, dio un discurso en Provo, al alumnado de BYU, bajo el título “Fourteen Fundamentals in Following The Prophet” (Catorce Fundamentos por los que Seguir al Profeta) en el que revalorizaba algunas de estas “píldoras excesivas”, tales como que lo que declaraba el Presidente de la Iglesia sobre cualquier tema era la voluntad y el pensamiento del Señor y que la obediencia absoluta al Profeta era esencial para nuestra salvación.

Hoy sabemos, gracias a la biografía de Spencer W. Kimball, escrita por su hijo Edward, que el Profeta estaba muy molesto con ese mensaje. Según esta misma fuente, el Presidente Kimball deseaba “proteger a la Iglesia en contra de la mentalidad de ‘sigan al líder’”. Sabía que los dones proféticos se manifestaban únicamente bajo condiciones especiales y se daba cuenta de la realidad vigente de que muchos ya estaban deseosos de estampar cada declaración de una Autoridad con el sello de un decreto vaticano.

La preocupación del Presidente Kimball alcanzó tal extremo que pidió a Benson ofrecer una disculpa frente al Quórum de los Doce. Aparentemente no todos quedaron satisfechos, pues a la semana siguiente se le exigió dar explicaciones en una reunión combinada de todas las Autoridades Generales. Durante esos días la familia Benson vivió una profunda zozobra pues temía una acción punitoria formal de parte de la Iglesia. Finalmente, su explicación de que “sólo había intentado reafirmar la naturaleza divina del llamamiento” fue aceptada y la situación se resolvió.

Pero el grueso de los miembros jamás supimos del problema y el discurso del Elder Benson siguió su recorrido en diferentes estamentos de la institución. Nuevamente: las declaraciones públicas, las disculpas en privado.

Los fieles miembros de la Iglesia continuaron comprando la transcripción del discurso y los cassettes en BYU Bookstore y jamás se enteraron de que la jerarquía eclesiástica lo había considerado no doctrinal y problemático.

El impacto que la experiencia tuvo en Ezra Taft Benson fue de importancia. Nunca más volvió a referirse a un tema parecido, aún en la etapa en que él mismo presidió sobre la Iglesia. Los temores del Presidente Kimball no eran infundados. La revista Newsweek recogió parte del discurso mostrándolo como evidencia de que los mormones eran un culto en el que pasaba a ser más importante la obediencia a un líder que la expiación de Cristo y los enemigos de la Iglesia continuaron utilizándolo por un buen tiempo.

Todo eso podría quedar como una anécdota olvidada si no fuese porque, no hace tanto tiempo atrás, en la Conferencia General de Octubre de 2010, el Elder Claudio R.M. Costa, de la Presidencia de los Setenta, decidió dar un discurso en el que repitió uno por uno los conceptos desarrollados por Ezra Taft Benson treinta años antes.

El Elder Costa, de origen brasileño, es un converso, y puede ser que no estuviese al tanto de la polémica relacionada con ese mensaje (como tampoco lo estábamos la mayoría de los miembros), pero todos sabemos que, desde 1984 en adelante, cada discurso de las Conferencias Generales es revisado y censurado minuciosamente cuando es necesario.

En realidad el problema se agrandó, pues el de 1980 fue un mensaje dado al alumnado de una Universidad, pero el de 2010 formó parte de una Conferencia General, transmitido, copiado, traducido e impreso por todos los medios oficiales de la Iglesia.

Deberemos decidir qué es lo que creemos. Tenemos a dos profetas del pasado relativamente cercano declarando que esa es una doctrina falsa (George Albert Smith y Spencer W. Kimball). ¿Ahora pasó a ser verdadera? ¿Tenemos un doble discurso, uno para los medios y los foráneos y otro para el consumo interno? ¿Decimos hacia fuera muy solemnemente que esas son falsas doctrinas para darnos vuelta y, con un guiño, asegurar a los miembros que en realidad sí creemos en eso? Ya el Salvador enseñó que no se puede servir a dos señores…

Curiosamente, el propio Elder Benson había declarado varios años antes:

No sólo hay apóstatas en medio de nosotros, sino que también existen doctrinas apóstatas que a veces se enseñan en nuestras clases y desde nuestros púlpitos y aparecen en nuestras publicaciones. Y estos preceptos apóstatas de los hombres hacen tropezar a nuestra gente”. (Ezra Taft Benson, To the Humble Followers of Christ, Improvement Era, Junio 1964, pag. 42)

El problema parece venir desde muy atrás en nuestra historia. En el Millenial Star 14/83 del 13 de Noviembre de 1852 podía leerse:

“Por causa de las aparentes imperfecciones de los hombres a los que Dios confiere autoridad, a veces se pregunta ¿hasta qué grado se requiere obediencia a aquellos que poseen el sacerdocio? Es una pregunta muy importante, y que todo Santo debería comprender. Intentando responderla, repetiremos lo que, de hecho, ya se ha escrito, que el deseo de obedecer las leyes de Dios, administradas por el Sacerdocio, es indispensable para la salvación, pero agregaríamos que existe una apropiada prudencia para el beneficio de todos, y es que a nadie se le requiere que dócil y ciegamente se someta a un hombre simplemente porque tenga una porción del Sacerdocio. Hemos escuchado a hombres poseedores del Sacerdocio señalar que harían cualquier cosa que les requiriesen aquellos que presiden sobre ellos, aún sabiendo que está mal; pero tal obediencia es peor que locura para nosotros; es esclavitud en grado extremo, y el hombre que voluntariamente se degrada de tal modo no debería reclamar un lugar entre los seres inteligentes hasta que abandone su locura. Un hombre de Dios, que trabaja por la redención de sus semejantes, despreciaría la idea de ver a otro, que tiene su mismo derecho al favor de Dios, convertirse en su esclavo; él preferiría verlo a su lado, un declarado enemigo de la maldad, mientras ésta exista entre los hombres. Otros, haciendo un ejercicio extremista de su todopoderosa autoridad, han enseñado que tal obediencia era necesaria, y que, sin importar lo que los que presiden pidan hacer a los Santos, ellos deberían ejecutarlo sin hacer preguntas”.

Joseph F. Smith, hablando más de 100 años atrás:

“Ningún hombre en esta Iglesia, desde el Profeta Joseph Smith hasta el presente, ha solicitado a alguien que hiciese lo que se le pide ciegamente. Ningún Profeta de Dios, Apóstol, Presidente de Estaca, u Obispo, que haya tenido el espíritu de su oficio y llamamiento descansando sobre él, jamás pudo haber pedido a un alma hacer algo que no pudiese saber por sí misma que era lo correcto y apropiado para hacer. No les pedimos que hagan nada que ustedes no puedan saber que es vuestro deber hacer, o que no puedan saber que será una bendición realizarlo” (Joseph F. Smith, Collected Discourses, ed. Brian H. Stuy, Vol. 3 (Burbank, B.H.S. Publishing 1987-1992).

J. Reuben Clark, Consejero de la Primera Presidencia, en una carta de 1954 (por una disputa doctrinal a la que dedicaremos tiempo en otra ocasión) al entonces joven Apóstol Joseph Fielding Smith:

“Ahora bien, con respecto a lo que los lideres anteriores han dicho, en aquello que  han declarado haber sido dicho bajo la inspiración y autoridad del Señor, yo me inclino a creer lo que dicen. Pero cuando expresan sus puntos de vista sobre la base de su propia comprensión e interpretación, entonces ninguno de nosotros puede verse excluido de ejercitar su propio razonamiento, con lo insuficiente que pueda ser, pues anteriores puntos de vista no nos impiden pensar por nosotros mismos. Esto es especialmente cierto cuando vamos a interpretar sus interpretaciones”

Vuelvo a recalcar mi convicción de que al reemplazar la investigación personal, la búsqueda y la obtención de la certeza por el concepto de “simplemente sigan al líder”, estamos socavando uno de los propósitos principales de nuestra venida a la Tierra.

El Profeta Joseph Smith enseñó claramente que la salvación no viene por seguir a nadie sino por obtener nuestros propios testimonios:

“¿Creen ustedes que José Smith es un profeta? Sí, y también todo hombre que tiene el testimonio de Jesús, porque el testimonio de Jesús es el espíritu de profecía (Apocalipsis 19:10)… porque Dios no ha revelado nada a José que no hará saber a los Doce, y aún el menor de los santos podrá saber todas las cosas tan pronto como pueda soportarlas, pues llegará el día en que ningún hombre tendrá que decir a su prójimo: Conoce a Jehová; porque todos lo conocerán desde el más pequeño de ellos hasta el más grande… La salvación no puede venir sin revelación; es en vano que persona alguna ejerza su ministerio sin ella. Ningún hombre puede ser ministro de Jesucristo sin ser profeta…Cuando se ha administrado la salvación ha sido por testimonio…”

(Enseñanzas del Profeta José Smith, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, Salt Lake City, Utah, EEUU, pag 138, 177 y 186)

Alguien ha definido a nuestra sociedad mormona como una “donde los obedientemente ciegos guían a los verdaderamente ciegos”. No deseo creer en esa definición y por eso combato las actitudes que parecen darle la razón.

Personalmente, veo que las dos posibilidades han estado siempre presentes en nuestra historia. Como un péndulo, hemos pasado de uno a otro extremo con muy cortos períodos de equilibrio. Después de Spencer W. Kimball, la varilla parece haber quedado trabada en uno de esos extremos.

Tras los oprobiosos acontecimientos de Mountain Meadows, que sólo pueden explicarse dentro de una sociedad acostumbrada a obedecer ciegamente, aunque las acciones fuesen en contra de básicos principios morales, el péndulo se movió en el sentido contrario.

Pero basta que se aleje un poco para que alguien sienta que debe darle un golpe, resucitando discursos del pasado y rompiendo el equilibrio de la ecuación. Ese equilibrio debe lograrlo cada uno en forma personal. No el Profeta, no un Apóstol, no nuestro Obispo; nosotros…

No dudo de la sinceridad de Ezra Taft Benson. Obviamente creía lo que predicó. Su nieto, Steve, lo confirmó en un artículo del 11 de Febrero de 2008:

“Aún me dijo que la obediencia a las Autoridades Generales – incluso cuando lo que declarasen como verdad fuese, de hecho, erróneo – constituía un principio fundamental del Evangelio. Me aseguró que Dios bendeciría a aquellos que siguiesen a las Autoridades, aún cuando estuviesen en error”.

Pero en estas reflexiones no estamos considerando la sinceridad o la coherencia del Elder Benson sino la verdad de lo por él declarado a los alumnos de BYU.

Si nuestro “síndrome del tío Vittorio” nos permite seguir tomando las píldoras de “si no seguimos al Profeta, entonces estamos siguiendo al brazo de la carne” o que “nuestra línea personal de comunicación con Dios debe estar subordinada a la línea de comunicación jerárquica del Sacerdocio”, creo que nos alejaremos cada vez más del ideal de nuestro Profeta fundador.

Estoy convencido de que la premisa en la que se basa el argumento de “no importa lo que diga, obedezcan”, es falsa. Por supuesto, soy sólo un hombre, falible, insignificante, en este mundo solitario y triste. Pero ¿no lo somos todos…?

Creo haber citado ya en alguna ocasión al Presidente J. Reuben Clark diciendo:

“Si tenemos la verdad, no puede ser dañada por la investigación. Si no tenemos la verdad, entonces la investigación debería dañarla” (Quinn, The Church Years, pag. 24)

En este asunto no tenemos la verdad absoluta, y nuestro reciclaje de alternancias no sólo nos ha dañado sino que continuará haciéndolo si no logramos resolverlo.

Nuestros niños de la Primaria entonan “Sigue al Profeta” y supongo que está bien que lo hagan mientras eso sea una demostración de cariño y respeto por las autoridades que nos presiden, y no la implantación de un credo de infalibilidad.

Como alguien ya lo ha dicho, el Salvador indicó: Ven, sígueme”. Nunca: “vayan, síganlo”.

 

3 comentarios el “SIGUIENDO AL PROFETA

  1. MUY INTERESANTE TRATADO HERMANO MONYANY.-

  2. Genial articulo! me recordó lo incómodo que me sentí en una conferencia de estaca, en ese tiempo yo era obispo, y el presidente de estaca dijo desde el púlpito ” si el obispo Guerrero les dice que hoy deben celebrar la navidad, entonces vallan a sus casas y hagan los preparativos” mas tarde yo enseñe en mi barrio que antes debían procurar la revelación personal y no en obedecer ciegamente.

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