Padre Celestial: Gracias por Puccini (Primera Parte)

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Padre Celestial: Gracias por Puccini

(Primera Parte)

Por Mario R. Montani

He intentado en anteriores propuestas expresar mis ideas pero mantener mi vida personal un poco alejada de ellas. Los textos autorreferenciales no son mis preferidos. Sin embargo, acercándome al tema de la música no estoy seguro de lograr esa separación. Lo que he aprendido de la música ha sido “a través mío” y con un alto grado de subjetividad. De modo que pido disculpas de antemano por el enfoque que tendrán las siguientes reflexiones.

Durante años he coleccionado opiniones de escritores, poetas, filósofos y religiosos sobre esta forma de arte. Así he hallado a Sidney Lanier, poeta y músico norteamericano que vivió entre 1842 y 1881 declarando:

“La música es amor en busca de expresión”

Sidney Lanier

Sidney Lanier

Al gigantesco novelista francés Victor Hugo (1802-1885) diciendo:

“La  música es el vapor del arte. Es a la poesía como el sueño al pensamiento, como el fluido al líquido, como el océano de las nubes es al océano de las ondas. Es lo indefinido del infinito”.

Victor Hugo

Victor Hugo

Y a muchos otros

“Dios me respeta cuando trabajo pero me ama cuando canto” Rabindranath Tagore

Rabindranath Tagore

Rabindranath Tagore

“La música puede expresar lo inexpresable” Aldous Huxley

Aldous Huxley

Aldous Huxley

“Sin la música la vida sería una equivocación”  Friedrich Nietzsche

Friedrich Nietzsche

Friedrich Nietzsche

“La música es el lenguaje universal de la humanidad”  Henry W. Longfellow

Henry W. Longfellow

Henry W. Longfellow

“La Música es la poesía del aire”. J.P. Richter

Jean Paul Richter

Jean Paul Richter

“La Música es el sueño, la quimera, la felicidad, es la presencia soñada de los ausentes y de los muertos, la Música es el beso de Dios”  George Sand

George Sand

George Sand

“Como bien se ha dicho, la música es el lenguaje de los ángeles; de hecho, ninguna otra de las expresiones permitidas al hombre posee esa sensación de divinidad. Nos acerca al infinito” Thomas Carlyle

Thomas Carlyle

Thomas Carlyle

“De modo que es la música es un asilo. Nos aparta de lo real y nos susurra velados secretos que sorprenden nuestra capacidad de asombro sobre quienes somos, y para qué, de dónde y hacia dónde. Todas las grandes preguntas, como ángeles interrogantes, flotan en sus oleadas de sonido”. Ralph Waldo Emerson

Ralph W. Emerson

Ralph W. Emerson

“La música limpia del alma el polvo del diario vivir” Arnold Auerbach

Tampoco han faltado poesías que intentaran traducir esas impresiones fugaces. Desde el simple pareado de Joseph Addison:

Joseph Addison

Joseph Addison

“Music, the greatest good that mortals know,

And all of heaven we have below”.

(Música, el mayor bien por mortales conocido,

Y lo único que del cielo hemos traído)

Hasta el complejo soneto en alejandrinos de la poetisa argentina Margarita Abella Caprile:

Margarita Abella Caprile

Margarita Abella Caprile

A LA MUSICA

Lírico refinamiento, quintaesencia del ruido,

Sutil sugeridora que el espíritu mece,

Emoción fugitiva tan honda que parece

La expresión armoniosa de un silencio que ha sido.

 

Acequia cristalina de mágico sonido

Es a veces cascada que tumultuosa crece,

Entonces se diría que en ella se estremece

La suma dolorosa de todo lo sentido.

 

¡Arte maravilloso, tu ritmo incomparable

Es un ave de ensueño tras de lo inalcanzable,

Que extiende largamente su magnífico vuelo!

 

¡Idioma de las cosas que no tienen palabras,

Bordando filigranas en el espacio labras

Escalas invisibles que nos llevan al cielo!

Podríamos continuar agregando reflexiones y los invito a comenzar su propia colección, pero, finalmente, la música es una experiencia personal y por tanto, casi intransferible…

¿Qué es la música?

Aquellos que han asistido a algún conservatorio o escuela de música se han acostumbrado a la clásica definición de que la música es el arte de combinar los sonidos y de que sus elementos constituyentes son la melodía, la armonía y el ritmo. Pero, al poco andar, nos damos cuenta de que es una definición precaria, que deja demasiadas cosas afuera…

En una carta escrita el 15 de diciembre de 1887 a su mecenas y confidente, Nadezhda Filarotevna von Meck, Piotr I. Tschaickovsky le comentaba:

Piotr I. Tchaikovsky

Piotr I. Tchaikovsky

“La Música no es ilusión, sino más bien revelación. Su fuerza avasalladora reside en el hecho de revelarnos bellezas que en ninguna otra parte encontramos y cuya percepción no es transitoria, sino perpetua reconciliación con la vida”.

Otro que sabía bastante del tema, el italiano Giuseppe Verdi, escribió:

Giuseppe Verdi

Giuseppe Verdi

“En la música hay algo más que la melodía; algo más que la armonía: ¡hay música!”

Harold Schonberg, un excelente crítico musical norteamericano, ganador del Premio Pulitzer y autor de trece libros sobre el asunto, finalizó reconociendo:

“La música es un misterio. Es un arte potente y posee, obviamente, un gran significado, pero ¿ha podido alguien definirlo satisfactoriamente? Se han escrito libros sobre el significado del significado de la música. La música es sonido entonado, organizado con una finalidad expresiva. Pero necesita intermediarios para cobrar vida. Por si misma, la música es tan sólo una serie de notas negras impresas en un papel. Alguien debe tomar esas notas y seguir las indicaciones del compositor, hasta donde lo permitan esos símbolos vagos e insatisfactorios. Esto, que parece un axioma inútil, es generalmente ignorado por muchos críticos y musicólogos actuales, que parecen considerar que la música es un ideal platónico, una Idea, muerta, sujeta a una forma y un contenido, la sacrosanta nota escrita; todo ello conformando un modelo sonoro objetivo. Se nos ocurre que, si pudieran, abolirían al intérprete. Lamentablemente para ellos, el intérprete no puede ser abolido. En última instancia, esos esquemas abstractos del compositor deben ser transmitidos al oyente y allí es donde hace su entrada el intérprete…” 

Arte, ciencia, técnica, notación, desplazamiento del sonido, capacidad auditiva, teoría de la recepción, intérprete, instrumento… todo tiene cabida en la música pero ni la explicación de cada uno ni la suma total logra dar cuenta del misterio. Siempre he sospechado que, además de la mucha matemática que la música posee, también hay en ella algo de química, ya que la combinación de sus elementos a veces da resultados totalmente inesperados y que difieren de las propiedades de sus componentes.

Hay otro Schonberg (a veces escrito Schoenberg o con diéresis sobre la o), de nombre Arnold, compositor importante del siglo XX, quien, aunque reconozco no ser gran seguidor del dodecafonismo que desarrolló, dio lo que me ha parecido la definición más certera de la música. Cuando se le pidió esa explicación se detuvo en una compleja descripción que incluía las características del sonido, la armonía, la sensibilidad auditiva y la propia alma humana. Luego aclaró que todo eso era como el siguiente diálogo entre un ciego y su guía:

Arnold Schoenberg

Arnold Schoenberg

  • ¿Cómo es la leche? – preguntó el ciego
  • La leche es blanca – respondió el interlocutor
  • ¿Qué es esto, “Blanco”?
  • Blanco es el color del cisne que nada en el estanque.
  • ¿Qué es un cisne?
  • … Bueno… un cisne es un ave que tiene plumas suaves y un cuello blanco muy elegante con esta forma… (y así diciendo, el guía dio a su mano y a su brazo la forma aproximada del cuello del cisne y permitió que su compañero lo palpara)
  • Ah! – exclamó entusiasmado el ciego al terminar su inspección – entonces… ya sé cómo es la leche”

De los orígenes de la música

Si las definiciones de la música continúan siendo misteriosas e incompletas, lo son más aún las propuestas sobre sus orígenes. Desde un punto de vista evolutivo se ha hablado del uso mágico (Cambarieu-1909), del desarrollo de llamados a distancia (Stumpf-1911), del ritmo aplicado al trabajo (Bucher-1914) y de la creación de un lenguaje tonal previo o simultáneo a la aparición del lenguaje articulado (Schneider-1957). También se ha evaluado la imitación del canto de los pájaros y la posibilidad de su utilización como forma de atraer pareja.

Sin embargo, la mayoría de las culturas tradicionales otorgan a la música un origen divino. Los egipcios atribuían los cánticos de los templos a Isis. Así como Osiris era la deidad patrona del canto, la invención de la lira era consignada al dios Toth, siempre relacionado con el desarrollo de las ciencias y las artes.

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Para los escandinavos, era un regalo de Odín y para los hindúes, de Saravasti, la divina y benevolente consorte de Brahma.

Desde la antigüedad griega nos llega una leyenda según la cual un semidios habría descubierto la música al tropezar casualmente su pie contra el caparazón de una tortuga muerta, en cuyo interior había un tendón tenso. Ese contacto originó un sonido que le hizo recordar la música extraterrena. En aquel tiempo se veía en la música terrenal una imitación de la música celestial…

Hermes o Mercurio, para los romanos, también fue un eficiente constructor y ejecutante de instrumentos, habilidad que utilizaba en su función como mensajero de los dioses.

Historias similares se hallan entre los aztecas con Quetzacoatl y entre los hawaianos con Laka, la diosa del hula.

Con el advenimiento del cristianismo no es difícil descubrir sentencias que relacionan al arte musical con la divinidad:

“La voz de Dios al alma” (Canon Shuttleworth)

“Heraldo de la vida por venir” (Algernon Swinburne)

Algernon Swinburne

Algernon Swinburne

“El lenguaje de Dios mismo” (Charles Kingsley)

Charles Kingsley

Charles Kingsley

“El Maestro colocó en la música los pensamientos que la palabra no puede pronunciar y la descripción de lo que ninguna lengua puede decir” (S.A. Barnett)

“Escuchamos una frase musical y automáticamente se nos advierte sobre una vida de la cual ningún hombre puede contarnos” (Henry D. Thoreau)

Henry D. Thoreau

Henry D. Thoreau

En un extenso poema de 1917 al que llamó “Música”, el mexicano Amado Nervo envía al numen, su inspiración, a que recorra cosmos y universo en busca de una nueva idea inspiradora. En las estrofas con que remata sus versos concluye:

Amado Nervo

Amado Nervo

“Y el numen le responde: ¡La idea que codicias

Existe, y yo te diera sus divinas primicias;

Pero tú no eres músico, y ella es toda orquestal!

 

Sólo las claves, sólo las pautas y las notas,

Revelarán al mundo sus bellezas ignotas.

Platón oyó a los orbes su concierto ideal

Y Beethoven, a veces, lo escuchó en el mutismo

Nocturno. Todo es música: los astros, el abismo,

Las almas… ¡Y Dios mismo

Es un Dios musical!”

De la música de las esferas

Para los antiguos griegos, mousikós (relativo a las musas) designaba el vínculo del espíritu humano con cualquier forma de inspiración artística. La evolución del término lo fue relacionando más con las artes de la voz humana, y finalmente con la emisión de sonidos que lleva a los instrumentos.

Históricamente, Pitágoras (Siglo IV a.C.), quizás tomando fuentes egipcias y caldeas, concluía que la música era un elemento básico del Universo. La armonía de los cuerpos celestes se reflejaba en las proporciones de los intervalos musicales. Los pitagóricos, además de descifrar las leyes matemáticas que rigen los tonos, desarrollaron una terapia a través de la música para poner a la humanidad en sintonía con las esferas celestes.

Platón propuso que esta forma de arte era un reflejo divino y espejo del orden moral.

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Aristóteles fijó la idea de las esferas concéntricas girando alrededor de la Tierra, cada una de ellas más etérea que la anterior. Tolomeo (Siglo II a.C.) afirma en su Almagesto que la Tierra permanece inmóvil en el centro del Universo.

Todos estos conceptos se transmiten a lo largo de la Edad Media y llegan al Renacimiento. En palabras de Jorge Luis Borges:

“…la astronomía ptolomeica… durante mil cuatrocientos años rigió la imaginación de los hombres. La tierra ocupa el centro del universo. Es una esfera inmóvil; en torno giran nueve esferas concéntricas. Las  siete  primeras  son  los  cielos  planetarios  (cielos de la Luna,  de Mercurio,  de Venus, del Sol, de Marte, de Júpiter,  de  Saturno;  la  octava,  el cielo de las estrellas fijas; la novena, el cielo cristalino llamado también Primer Móvil.  A éste le rodea el  Empíreo, que  está hecho de luz. Todo este laborioso aparato de esferas huecas, trasparentes y giratorias … había llegado a ser una necesidad mental.” ( Jorge Luis Borges , Otras Inquisiciones, “La Esfera de Pascal”, Obras Completas, T.2 pag.15, Emece Editores, 1994)

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Según E.M.W. Tillyard :

“A pesar de Copérnico y una amplia difusión de sus teorías mediante libros populares, el isabelino educado promedio continuaba pensando el universo como geocéntrico. Era tan apto como un moderno para meditar sobre su inmensidad, y pensaba en Dios como habitando más allá de los límites de las estrellas fijas, en el coelum empyraeum, servido por huestes de ángeles. El nombre de este cielo significa fuego, siendo éste el mejor de los elementos… Pero nadie dudaba que alrededor de una tierra central giraban, con diferentes movimientos, esferas de diámetros siempre crecientes, desde la de la Luna, pasando por las de los planetas, hasta aquella de las estrellas fijas, y que existía una esfera llamada el primum mobile, externa a la de las estrellas fijas, que dictaba el movimiento apropiado a todas las otras..” (E.M.W. Tillyard, The Elizabethan World Picture,  Penguin Books Ltd, London, 1972, pags. 45-46)

Tan fuerte estaba impreso este esquema en la mentalidad medieval que Dante lo traslada a las divisiones de los círculos infernales y celestiales en su Divina Comedia (nueve son las cavidades del Infierno, nueve las escabrosidades del Purgatorio; nueve los círculos del Paraíso)

Otro concepto de la antigüedad, y revivido por el neoplatonismo, era el de la armoniosa música de las esferas. Dichas esferas en sus giros producían un sonido musical que no era captado por el oído humano, pero sí por el divino, a quien estaba dedicado.

Los filósofos antiguos mantenían no sólo que el movimiento de las esferas era provocado por los ángeles, sino que éstos eran en esencia idénticos a las sirenas celestiales que describe Platón, cada una sobre su esfera cantando una nota diferente y componiendo una armonía de arrebatadora belleza.

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Según Hakewill:

“Había no pocos de entre los Antiguos, y éstos bien instruidos, quienes por una fuerte fantasía concibieron una melodía excelsa producida por el movimiento de las esferas celestes. Esto fue enunciado por Pitágoras, entrevisto por Platón, firmemente mantenido por Macrobio y algunos cristianos como Beda, Beocio y Anselmo de Canterbury…” (Idem anterior, pag. 56)

Johannes Kepler, astrónomo alemán del siglo SVII, en su obra más importante, Harmonices Mundi (Las Armonías del Mundo), establecería matemáticamente las notas y acordes producidos por los planetas y sus esferas, asignando a uno de esos acordes el producido en el momento de la creación del universo. Diría:

El movimiento celeste no es otra cosa que una continua canción para varias voces, para ser percibida por el intelecto, no por el oído; una música que, a través de sus discordantes tensiones, a través de sus síncopas y cadencias, progresa hacia cierta predesignada cadencia para seis voces, y mientras tanto deja sus marcas en el inmensurable flujo del tiempo.

Si bien muchas de estas teorías desaparecieron con el avance de la ciencia, Kepler se hubiese sorprendido de que en el siglo XX el satélite TRACE de la NASA confirmaría que la atmósfera del sol emite sonidos ultrasónicos e interpreta una melodía mediante ondas que son unas 300 veces más graves que los tonos que puede captar el oído humano…

De mi genealogía musical

Bien. Abandonemos por un momento el empíreo y las regiones celestes para retornar al errante peñasco sideral que llamamos Tierra y a nuestras vidas cotidianas.

En una anotación de mi diario personal con fecha 13 de noviembre de 1983 (hace ya 33 años) me topé con la siguiente frase: “Nuestro Padre Celestial: gracias por Puccini”. Tratando de descubrir a qué se debía el comentario, hallé que esa noche habíamos asistido a un concierto de arias de ópera. Cercana en el tiempo estaba la doble presentación de la “Messa di Gloria” por el coro en el que mi esposa y yo cantábamos y también “Manon Lescaut” nuestra primer gran obra sinfónico coral y nuestra primer ópera respectivamente, ambas del gran Giacomo Puccini. Luego seguirían “Madama Butterfly”, “Tosca” y “La Boheme”.

Entre mis papeles hallé también un bosquejo sobre mi “genealogía musical” escrito un par de años antes de la fecha que aparecía en el diario. Si hoy tuviese que escribirlo lo haría de un modo más sencillo y menos pomposo. Pero, permítanme rescatar la frescura de mi juventud, y compartirlo con ustedes, para intentar comprender la importancia de la música en mi formación personal:

“Mirando hacia atrás en la vida, vienen a mi mente imágenes de muchas horas dirigiendo orquestas invisibles pero presentes a través de la magia de algún antiguo “pick-up” o de tocadiscos ya archivados en las polvorientas estanterías del recuerdo… (lo anterior fue la utilización del recurso literario denominado metáfora. En la casa de mi madre jamás … repito, JAMAS …hubo un lugar en el cual el polvo pudiera asentarse por intervalo alguno de tiempo)

Lo cierto es que no olvido noches en que, siendo niño, los miembros de la familia, como druidas plenilúnicos, acudíamos al llamado de aquel menhir sónico denominado “combinado”, pues incluía radio y tocadiscos, y, con las luces de la casa atenuadas, adorábamos en silencio.

Del parlante fabuloso, que yo intuía conectado a alguna genial máquina del tiempo, surgían voces y agrupaciones… Bing Crosby, Tommy Dorsey, las Andrew Sisters, André Kostelanetz, y, ocasionalmente, una reliquia familiar que papá llamaba “rueda de carro”, pues era un disco de 78 rpm pero de extraordinario tamaño: la “Introducción y Rondó Caprichoso” de Camille Saint-Saens interpretada por Jascha Heifetz. La grabación estaba tan “rayada” que tuvieron que transcurrir muchos años hasta que pude disfrutar de una versión de mejor calidad. Sin embargo, había algo allí, elevado y solemne, que reclamaba mi atención…

Por aquel entonces, el concepto de belleza y modestia reinante en el diseño, exigía que las partes técnicas de cualquier aparato estuviesen púdicamente recubiertas por un mueble. El despliegue visual de tweeters, válvulas y botones pertenecía exclusivamente al ámbito de la ciencia ficción y el futuro. Luego las cosas irían cambiando. Incluso quien se dedicaba a reparar artefactos comenzó a perder esa sospechosa imagen de ginecólogo electrónico para pasar a ser un respetable e indispensable artesano amigo del hogar.

Papá era músico. Tocaba el bandoneón en una orquesta típica, y, en otras épocas, su amplia y agradable sonrisa se había paseado por los escenarios y emisoras radiales de la ciudad y la zona como acompañante vocal e instrumental.

Mamá era profesora de piano y su educación musical, bastante ortodoxa, junto a la de papá, influyó de una manera u otra en todos nosotros.

Recalco lo de “una manera u otra” como un tributo al clima de amplia libertad que mis padres lograron crear con relación a los gustos estéticos de nuestro hogar. Al comenzar los años ’60 mi hermano mayor era un fanático del folklore argentino y los virtuosos de la guitarra; mi hermana, defensora acérrima del “tiwst and shout” de los Beatles y yo, “el raro”, llegaba a la conclusión de que no había nadie que igualara a Piotr Illich Tschaickovsky.

Profundizando un poco más en las raíces del árbol genealógico, mi abuelo materno, Thomas, provenía de Australia y tocaba el violín. Sus antepasados habían llegado de Irlanda y, como buenos celtas, me gusta pensar que disfrutaban del canto y la música (no por casualidad el arpa gaélica ocupa un lugar principal en sus escudos). El hecho de que se preocuparan por el desarrollo de estos dones en su descendencia me da la certeza de que así fue, pues, además del violín, mi bisabuelo Murtagh hizo trasladar un costoso piano hasta su establecimiento en las inhóspitas regiones de la Nueva Gales del Sur de fines del siglo XIX.

Mi abuela materna, María, era originaria del Piamonte, esa región de ensueño de Italia del Norte, donde, junto a sus hermanas, recogía moras y frutillas silvestre de las faldas de los montes al compás de “Quel mazzolin di fiori” y otras melodías alpinas.

Mi abuelo paterno, Giovanni Battista Silverio, nació en la Lombardía, a pocos kilómetros de la ciudad de Milán que, con su famoso teatro “alla Scala”, era el centro cultural y artístico de la recientemente unificada Italia. Contaba mi abuelo nueve años cuando Giacomo Puccini estrenó su primera ópera, “Le Villi”, y doce cuando Giuseppe Verdi presentó “Otello”, una de sus últimas.

El público de aquellas regiones, muy afecto a la buena música, poseía un oído natural altamente entrenado, al extremo de que los grandes compositores entregaban a los intérpretes las partituras de sus arias más famosas horas antes del estreno, pues si las incluían en los ensayos previos todo el mundo estaría tarareándolas por las calles cuando aún no hubiesen sonado los primeros compases de la obertura.

Mi otra abuela, Angela, nació en Turín en 1881, y tenía doce años cuando Puccini estrenó “Manon Lescaut” en el Teatro Regio de esa ciudad.

En cuanto a mí, creo que no había otra posibilidad que la de recibir la herencia ancestral cultivada en las verdes colinas irlandesas, brotada al pie de los Alpes, madurada en las valles del Po y destilada en alambiques australianos…”

Lo cierto es que, con nueve años, comencé a tomar lecciones de piano con diferentes maestros de música hasta recibirme de Profesor después de cumplir los diecisiete. Con doce, logré incorporarme al Coro de nuestra Rama en la Iglesia (el Director había bloqueado mi ingreso el año anterior por mi corta edad). Al poco tiempo, cerca de la Navidad, fuimos invitados a sumarnos a una obra teatral relacionada con los festejos en el Teatro Municipal, cantando villancicos desde el “paraíso”, agregando la música incidental al programa. En esa temprana etapa, ingresar al Teatro por la puerta trasera reservada “a los actores” para ensayos y funciones, fue una experiencia definitoria. Ignoraba que veinte años más tarde, primero de modo semi profesional y luego profesional, esa sería una actividad casi diaria… Pero ya es otra historia que continuaremos en la segunda parte…

 

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