“Paradojas y Discipulado” – Por Terryl L. Givens

Discursos Olvidados

Paradojas y Discipulado

Por Terryl L. Givens

Terryl Lynn Givens es el titular de la Cátedra James A. Bostwick de Inglés, en la Universidad de Richmond. Nacido en 1957, ha servido una misión para la Iglesia en Sao Paulo, Brasil. Obtuvo su Licenciatura en Literatura Comparada de BYU en 1981 y un Doctorado por la Universidad de Carolina del Norte en 1988. Sus primeros trabajos fueron estudios literarios sobre el romanticismo y la teoría de la mímesis. Su especialidad es la Teoría Literaria y la Literatura del Siglo XIX. Sin embargo, se ha hecho más conocido por sus presentaciones sobre historia, cultura y teología mormona.

El primero de sus libro, The Viper on the Hearth, apareció en 1997. El segundo, By the Hand of Mormon, fue el primer estudio sobre el Libro de Mormón publicado por una editorial académica de primera línea, la Oxford University Press. La misma editorial publicó en 2010 su trabajo When Souls Had Wings: Pre-Mortal Existence in Western Thought.

Terryl ha sido Obispo y actualmente colabora como consultor en el proyecto de los Joseph Smith’s Papers. Su esposa, Fiona Givens, también escritora y conversa del catolicismo, ha trabajado a su lado en algunas investigaciones.

Versiones previas de esta disertación fueron dadas en la Conferencia de la Asociación de Letras Mormonas, el 2 de Febrero de 2009 y en la Facultad de Educación Religiosa de BYU. La presente versión está tomada de Religious Educator 11, Nro. 1 (2010), pags. 143-156.

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Como lo expresara G.K. Chesterton en su frase: “… el círculo podrá ser perfecto e infinito por naturaleza, pero cerrado para siempre en su órbita; ni aumenta, ni disminuye jamás. Y en cambio la cruz, aunque tenga en el corazón una intersección contradictoria de líneas, puede alargar eternamente sus brazos, sin cambiar de contorno. Como tiene una paradoja en el centro, por eso le es dable crecer sin transformarse. El círculo se revuelve sobre sí mismo, siempre cerrado. La cruz se abre a los cuatro vientos: es como un indicador del sendero para los caminantes libres”. [1]

No poseo el mismo grado de misticismo que Chesterton. Por tanto, yo no creo lo que él escribió en el mismo pasaje: “mientras haya misterio habrá salud, cuando el misterio se destruye se crea la morbidez” [2]. Sin embargo, opino que sus observaciones sobre el Cristianismo proveen un punto inicial útil sobre la paradoja que se halla en el centro de las ideas de Joseph Smith. Mi intención es sugerir algunos nuevos modos de pensar sobre la fe, doctrina y cultura de los Santos de los Ultimos Días.

La abeja tiene un lugar importante en nuestra cultura. Como parte del escudo estatal de Utah, la colmena se ha identificado tanto con el mormonismo que se transformó en “un escudo de armas comunal” [3]. Tal vez irónicamente, la abeja también sirve como un poderoso emblema del alcance y ramificación del más radical cambio paradigmático del siglo XIX: la revolución darwiniana. La abeja, como lo señala Darwin en su Origen de las Especies, posee un manifiesto defecto como criatura. Su veneno es efectivo en la eliminación de predadores, capacitándola para defenderse a sí misma y a la colmena, pero el uso de su aguijón le cuesta la propia vida. Darwin especula que esto ocurre pues el aguijón de la abeja era originalmente “un aburrido instrumento dentado”, probablemente utilizado para extraer alimento de fuentes fibrosas. Por tanto, no estaba “perfeccionado para su propósito actual” de defensa. [4] La pregunta es, ¿por qué no? ¿Por qué el proceso evolutivo cesó, y por qué la selección natural no cumplió su propósito de hacer a la abeja tan perfecta como era posible? Ciertamente, una abeja que pudiese matar sin sacrificar su propia vida sería una gran mejora comparada con aquella que debe morir. Un simple y suave alisado del borde dentado del aguijón lograría tal efecto de modo agradable y eficiente. ¿Por qué el progreso de las abejas hacia una perfección de la especie fue abortado tan precipitada y calamitosamente?

Esta fue la explicación de Darwin: “La selección natural tiende sólo a hacer a cada ser orgánico tan perfecto como, o levemente más perfecto que, los demás habitantes del mismo territorio con los que debe competir. Y vemos que ese es el nivel de perfección que se logra en la naturaleza”. Y entonces agrega esta declaración: “La selección natural no producirá perfección absoluta” [5].

Lo que él quiso decir es esto: la ley de selección natural, a la que Herbert Spencer denominó “la supervivencia del más apto” [6] asegura que la competencia por recursos limitados favorecerá a aquellos que de algún modo aventajen a sus competidores. Eliminará a los que sean inferiores, o mediocres, y permitirá que los que tengan mayor fuerza, agilidad, velocidad o destrezas prevalezcan. El efecto a largo plazo de este principio es la creación de seres que serán, en términos de Darwin, “más perfectos” que sus pares [7]. Pero la ley de selección natural también posee una sorprendente limitación, y a esto se refiere Darwin al decir que jamás producirá una perfección absoluta. Esta limitación está muy bien ilustrada por la abeja. En la lucha por la supervivencia, el desarrollo de la abeja, aún con su aguijón defectuoso, fue suficiente para asegurarle su posición en el mundo natural. Una vez logrado el equilibrio entre las especies, no tuvo el conflicto y la oposición requeridos para desafiar, estimular y refinar su desarrollo, su progreso se detuvo.

En cierto modo, cualquier creencia religiosa que alza decididamente su cabeza en una sociedad secular es proclive a hallar resistencia y hostilidad. Los conflictos entre darwinismo y supernaturalismo, entre la herencia intelectual de la Ilustración y el humanismo liberal por un lado y la festividad tertuliana de absurdos y moderno anti intelectualismo fundamentalista por el otro; y entre el tosco autoritarismo de la religión institucional y las embriagadoras libertades del individualismo radical – estas y otras colisiones relacionadas han llevado a una vida razonable y a la antigua a la clandestinidad y a muchos estudiantes y catedráticos Santos de los Ultimos Días al exilio.

Hay motivos para pensar que tales conflictos pueden ser particularmente agudos en el mormonismo. Primero, es una evidente estadística que los programas de post grado provocan gran número de víctimas entre los intelectuales SUD; ahondar en la historia de la Iglesia, de modo profesional o no, implica una barrera adicional. Segundo, existe un problema de antipatía entre los Santos y la teología. A diferencia de las tradiciones católicas y protestantes, que han dedicado siglos a sistematizar sus creencias, a sortear ciertas asperezas, resolver contradicciones, y avanzar hacia un todo armonioso, los Santos de los Ultimos Días consideraron a la teología una mala palabra, resistieron el dogma y aún debatieron si publicar las revelaciones de Joseph Smith no sentaría un mal precedente. Orson y Parley P. Pratt dieron pasos tentativos hacia una gran síntesis, pero la posterior obra de B.H. Roberts fue obstaculizada, y los líderes que siguieron no han mostrado particular interés en sintetizar, reconciliar o clarificar las discontinuidades históricas y teológicas. Finalmente, deseo argumentar que muchas de estas consecuencias culturales y personales pueden ser consideradas una tragedia de malos entendidos. Puede ser que hayamos confundido tensión y discordancia con riqueza y dinamismo, insolubilidad por complejidad e inextricable contradicción por mera paradoja.

Pero una paradoja, según creo, sólo parece ser una contradicción. La paradoja es la señal de un saludable universo, lo suficiente voraz como para insistir en tener su torta y también comérsela. La paradoja es un signo de riqueza y plenitud. Es Adan y Eva alcanzando tanto una aspiración divina como una sumisión infantil; es el sacerdocio, poder sin compulsión; es un Dios infinitamente poderoso que es soberano del universo pero tan vulnerable al dolor como una viuda con un hijo extraviado; es el Cristo triunfante cuya victoria estuvo en su humildad.

Aquellos que no son lo suficientemente arriesgados intelectualmente como para abrazar esas paradojas encuentran fácil refugio cayendo hacia un lado o el otro de la cuerda floja. Capitular hacia la fe ciega no es fe, y tomar la postura de un apóstata iluminado surgido de la inocencia no es algo iluminado ni inocente. Eliminar las posibles alternativas es ciertamente más fácil que “elevarnos al más alto cielo y considerar los más obscuros abismos” [8] Me hizo acordar de una iglesia rural en camino a Boston algunos meses atrás. En la marquesina fuera de la iglesia el pastor había colocado estas palabras: “Bancos cómodos. No infierno”. ¡Qué reconfortante tanto para el cuerpo como el espíritu!

Un biógrafo de Spinoza dijo del gran filósofo, “Rechazaba la ortodoxia de su época no porque creyese menos, sino porque creía más” [9] Eso, en pocas palabras, es mi desafío para ustedes. Sean tan insaciables como el padre de Mercy en esa monumental obra de Virginia Sorenson, A Little Lower Than the Angels. Incrédula ante la capacidad de creer de su padre, Mercy le pregunta con envidia, “Pero, ¿crees eso, Padre, realmente lo crees?” “Creo todo lo que puedo, pequeña Mercy, todo lo que puedo. Dondequiera que voy busco más cosas buenas para creer. Aún si esto fuese todo lo que hay ¿no sería mejor mantenernos ocupados creyendo en cosas buenas?” [10]

Frederick Barnard cita la observación de Herder de que las personas “pueden ostentar las más sublimes virtudes en algún aspecto y las mayores imperfecciones en otros… revelando las más sorprendentes contradicciones e incongruencias”. Por tanto, escribe Barnard, “Un todo cultural no es necesariamente una referencia a un estado de bendita armonía, puede también referirse a un espacio de tensión” [11]

Un campo de tensión pareciera una manera particularmente apta de caracterizar el pensamiento Santo de los Ultimos Días. Puede ser que todo sistema de creencias basado en la noción de un Dios que muere tenga, como sugiere Chesterton, “una colisión y una contradicción” en su centro [12]. Aún así, el mormonismo, un sistema en el cual Joseph Smith colapsó sagradas distancias para poner toda una serie de opuestos en yuxtaposición radical, parece especialmente prolifero en paradojas o tensiones que sólo parecen ser contradicciones lógicas.

Libertad y Autoridad

Existen cuatro paradojas que han sido poderosos catalizadores en la formación de la identidad y la cultura SUD. La primera es la polaridad entre autoritarismo e individualismo. Es en el contexto de estos dos valores en competencia que los artistas e intelectuales Santos de los Ultimos Días han tenido que negociar su lugar en nuestra cultura. La consecuencia de estas dos tradiciones – una enfatizando la libertad individual, la otra, la autoridad – es una tensión siempre presente en la cultura Santo de los Ultimos Días, sin paralelo en el Cristianismo moderno. [13]

Esta tensión conduce a un enfrentamiento entre la sumisión a la autoridad eclesiástica y el énfasis y veneración del principio del albedrío moral individual tan pronunciado que conduce aún a los observadores minuciosos a percepciones erradas (por ejemplo, somos frecuentemente acusados de Pelagianismo). Sin independencia moral “no hay existencia” (DyC 93:30). Comparemos esto con la respuesta de Adán al ángel, quien le pregunta, “por qué ofreces sacrificios al Señor”. Adán contesta “No lo sé, salvo que el Señor me lo mandó” (Moisés 5:6). Para intelectuales y artistas, esta tensión es particularmente dura. La investigación intelectual y la exploración artística deberían desarrollarse en una cultura que se oponga a cualquier “intento de privarnos aún levemente de nuestro libre albedrío” [14]. Al mismo tiempo, los artistas e intelectuales SUD se sienten limitados por la insistencia de la Iglesia en que no toda la inspiración es igual, y pueden llegar a sentir que las mismas prerrogativas proféticas que impidieron a Oliver Cowdery el ejercicio de su autonomía traben el estilo de los inconformistas intelectuales y artistas de hoy.

La colisión resultante de puntos de vista y valoraciones es inevitable. Es poco probable que emerja un consenso en la comunidad Santo de los Ultimos Días sobre la apropiada reconciliación entre autoridad e independencia, fidelidad y libertad. La división cultural entre los llamados “Mormones de la Barra de Hierro” y los “Mormones de la Liahona” no siempre es clara y precisa, pero lo más importante ,(de acuerdo a Richard Poll) la división es de un tipo que, en cierto nivel, opera hacia adentro de los mormones pensantes como entre ellos [15]. Ese es el motivo por el que tanto el conflicto institucional como la angustia personal continuarán caracterizando a los artistas e intelectuales que luchan por hallar un lugar confortable dentro de una cultura donde los partidarios de puntos de vista opuestos todos citan escrituras y antecedentes proféticos en su defensa.

Exilio y Elección

El énfasis sobre la elección entre los Santos de los Ultimos Días puede rastrearse hasta la primera experiencia espiritual registrada del joven Joseph Smith. Mucho antes de que hubiese escuchado la palabra Mormón o tuviese un indicio de lo que serían su vida y ministerio, aprendió a qué debería oponerse. Habiéndose arrodillado en una arboleda en la granja familiar y preguntado a Dios a qué Iglesia debería unirse para obtener la salvación, supo que no debería ser miembro de ninguna congregación cristiana por entonces existente: “Se me contestó que no debía unirme a ninguna, porque todas estaban en error; y el Personaje que me habló dijo que todos sus credos eran una abominación a su vista; que todos aquellos profesores se habían pervertido” (José Smith – Historia 1:19)

Como muchos revolucionarios religiosos, Joseph desde muy temprano vio su relación con el mundo en términos de antagonismo. “Estaba destinado a perturbar y molestar el reino [de Satanás]; de lo contrario, ¿por qué habían de combinarse en mi contra los poderes de las tinieblas? ¿Cuál era el motivo de la oposición y persecución que se desató contra mí casi desde mi infancia?”.  Menos de dos años antes de su muerte, Joseph escribió: “suelo nadar en aguas profundas. Todo esto ha llegado a ser lo más natural para mí y, como Pablo, siento deseos de gloriarme en la tribulación” (DyC 127:2). Jonathan Edwards se glorió de modo similar “Nací para ser un hombre de conflictos” [16] y la propia concepción de Lutero sobre sí mismo era la de ser un batallador.

Lo que fue diferente en la postura de Joseph fue cuán eficazmente logró imbuir a todo un pueblo con este mismo sentimiento de hostil separación del mundo. Individual e institucionalmente, los Santos de los Ultimos Días continúan elaborando la paradoja de una existencia que es al mismo tiempo Edén y exilio, que abraza la diferencia aunque anhela la integración. El costo del nivel de “elegidos” aparece recurrentemente en la psiquis Santo de los Ultimos Días como nostalgia o como alienación; el arte y la literatura mormones revelan un recurrente malestar con dichas diferencias. El aislamiento es a menudo percibido como una carga de exclusión y es frecuentemente transformado en una búsqueda de conexiones  y verdades universales. Los Santos de los Ultimos Días insisten en la necesidad de una restauración del evangelio, pero sienten la punzada de haber sido excluidos del rebaño de la cristiandad.

Milenios atrás, los antiguos Israelitas enfrentaron desafíos similares. Ellos también se encontraban imbuidos con la creencia de que eran “un pueblo santo para el Señor su Dios… escogidos para ser un pueblo especial sobre todos los pueblos en la faz de la tierra (Deuteronomio 7:6). Sin embargo, la exclusividad y auto suficiencia son difíciles de mantener a través de una historia de esclavitud, ocupación y la política real de las relaciones internacionales.

Israel encontró una poderosa solución para resolver tal tensión mientras se preparaba para partir de Egipto. Urgidos por Dios, los hebreos que escapaban obtuvieron de sus captores “alhajas de plata, alhajas de oro, y vestidos” (Exodo 3:22) y de ese modo acumularon los materiales paganos que moldearían y darían forma a los accesorios, riquezas y recursos de su civilización exiliada. Siglos después, artistas e intelectuales de Europa justificarían su imitación de los modelos paganos usando como referencia este arquetípico “despojo de los Egipcios”.

En esta dispensación anunciada por Joseph Smith, los Santos, como los Hebreos antes que ellos, fueron amonestados  a “sostenerse independientes de todas las otras criaturas bajo el mundo celestial” (DyC 78:4). Al mismo tiempo, como lo declaró Brigham Young, “Creemos en todo lo bueno. Si hallan una verdad en los cielos, la tierra o el infierno, pertenece a nuestra doctrina. La creemos; es nuestra; la reclamamos” [17] De modo que, como sus predecesores exiliados, sin los beneficios de estabilidad social, recursos abundantes, o una próspera historia previa, los Santos se encontraban rodeados por las riquezas culturales de una cultura anfitriona que les ofrecía tanto tentaciones como promesas. Nuevamente, el desafío sería aprovechar los recursos de esa cultura anfitriona sin sufrir contaminación o pérdida de la misión e identidad en el proceso. La dificultad de “despojar a los Egipcios” siempre ha sido la misma: convertir las riquezas saqueadas en adornos del templo y no en becerros de oro.

Lo Sagrado y lo Banal

La tercera paradoja se refiere a una de las más potentes innovaciones culturales y teológicas de la visión mormona del mundo, una que representa más bien un colapso entre las polaridades que una tensión entre ellas: la desintegración de la distancia sagrada. Con Dios como un hombre exaltado, el hombre como un Dios en embrión, la familia como prototipo de la sociedad celestial, y Sión como una ciudad con dimensiones y planos, Joseph reescribió el dualismo convencional y lo transformó en un minucioso monismo. La paradoja resultante se manifiesta en la recurrente invasión de lo banal en el ámbito de lo sagrado, y la infusión de lo sagrado en el dominio de lo cotidiano. Brigham Young vio esta paradoja en términos altamente favorables. “Cuando conocí a Joseph Smith”, escribió, “él tomó los cielos, hablando figurativamente, y los bajó a la tierra; y tomó la tierra, la elevó, y abrió con sencillez y simplicidad las cosas de Dios; y esa es la belleza de su misión” [18]. James Gordon Bennett del New York Herald expresó la situación de un modo un poco diferente, diciendo que los mormones “están siempre ocupados estableciendo fábricas de santos y vajilla, también profetas y pintura blanca” [19]

El principal peligro aquí es que lo sagrado, como categoría, tiende a desaparecer (y con ello, tal vez también, la reverencia en la adoración). Esto ocurre porque en tal monismo metafísico la trascendencia es virtualmente aniquilada como posibilidad.

Tal como lo expresara el poeta Samuel T. Coleridge: “La base misma de todo Milagro es la heterogeneidad de Espíritu y Materia”. [20] Pero aún esta distinción ontológica es vencida por el implacable monismo metafísico de Joseph: “No hay tal cosa como materia inmaterial. Todo espíritu es materia, pero es más refinado o puro, y sólo los ojos más puros pueden discernirlo; no lo podemos ver; pero cuando nuestros cuerpos sean purificados, veremos que todo es materia”. (DyC 131:7-8)

Si Dios está desprovisto de inefabilidad y trascendencia, o se halla construido en términos humanos ¿cómo halla uno el asombro reverencial que conduce a la verdadera adoración? Si Jesús es nuestro “hermano mayor” ¿cómo puede ser nuestro Señor y Dios? La reverencia frente al Todopoderoso demanda nuevos modos de concepción frente a estos cielos y tierra reconfigurados. El dilema para el artista es especialmente desconcertante: en un universo desprovisto de trascendencia y distancia sagrada (al menos como se la construye de modo convencional) ¿cómo puede florecer lo maravilloso?

Elizabeth Barrett Browning realizó esta poética observación:

La tierra está atestada de cielo,

Y cada común arbusto se enciende con Dios;

Pero sólo aquel que lo ve se quita las sandalias –

El resto se sienta en derredor y recoge zarzamoras. [21]

Nuestra propia experiencia en el mormonismo cultural pareciera atestiguar que sólo las zarzas ardientes pueden tolerar tal proximidad con la gloria develada sin ser consumido por un lado, o tornarse demasiado familiar por otro.

Certeza y Búsqueda

El Profeta Joseph enfatizó la posibilidad de una certeza epistemológica al tiempo que elaboraba una teología de audaces dimensiones y un programa de aprendizaje eterno. Smith hizo de la búsqueda intelectual una misión de santidad, fundando la Escuela de los Profetas, estableciendo una incipiente universidad, y dedicándose al estudio de lenguajes y tradiciones antiguas cuando simultáneamente declaraba sobrepasar los sistemas educativos del hombre con sus poderes de videncia y traducción [22]

De modo que los Santos de los Ultimos Días de hoy hemos heredado una tradición relativamente reciente basada en artefactos concretos como planchas de oro verificadas por once testigos, en relatos de seres resucitados imponiendo sus manos físicas sobre profetas fundadores, y en el testimonio de Joseph Smith sobre las palabras audibles y la apariencia visible de la Deidad. Los Santos de los Ultimos Días habitan un mundo retórico en el que los miembros no brindan aserciones de ferviente creencia, sino testimonios públicos de que tienen un conocimiento espiritual de esos eventos como realidades históricas. Al mismo tiempo, tales credenciales no aseguran la salvación personal o la bienaventuranza, sino que sólo anuncian el comienzo de una eterna búsqueda por el conocimiento salvador y la carga de perseguir una perfección sin fin. La mezcla de certeza intelectual e insaciabilidad intelectual exhalada por Joseph ha dejado una herencia mixta con la que enfrentarse para los Santos de los Ultimos Días que aspiran a ser artistas o intelectuales.

Mientras que el incesante eclecticismo, sincretismo y sistema de elaboración de Joseph puede ser provocativo e inspirador, las grandes obras de la mente y el corazón raramente han surgido en el contexto espiritual de complacencia y sensación de plenitud que ese sistema produce.

Aquello que los Santos de los Ultimos Días saben, están seguros de saberlo, y tanto institucional como personalmente está más allá de cualquier compromiso o negociación. Pero aquello que no saben los tendrá ocupados en aulas de la vida venidera hasta “mucho después que hayan pasado por el velo” [23] Un problema existente, en una iglesia casi carente de credos o teología formal, es que los dos ámbitos – el establecido y ortodoxo, y el libre e insondable – no están claramente demarcados.

Esta tensión es probablemente la más urgente que enfrenta nuestra religión por sus altas implicancias espirituales y por ser la productora de algunas de las más profundas angustias espirituales, emocionales, sociales y culturales. De todas las paradojas, ésta es la que encuentro más asimétrica, con más desbalance a favor de certeza, y apreciando mucho menos su contraparte: examinar y buscar la fe. Me temo que a menudo dejamos poco espacio para aquellos que, en la angustia de su corazón, no dicen “Yo sé”, sino “Yo creo; ayuda pues a mi incredulidad” (Marcos 9:24). Leemos que “a algunos es dado por el Espíritu Santo saber que Jesucristo es el Hijo de Dios”, pero algunos de nosotros cesamos de leer justo antes de llegar a la contrapartida: “y a otros les es dado creer en sus palabras” (DyC 46:13-14)

“El Arte nace de la humildad” [24] y es posible que en el propio espacio que rodea la seguridad de poseer preciosas certezas, la sumisa pequeñez ante la magnitud de una casi insaciable ignorancia, y el tanteo en la obscuridad, que el pensamiento Santo de los Ultimos Días encuentra una tensión para producir un arte genuinamente religioso y una expresión intelectual.

Originalidad y Asimilación

Deseo agregar una quinta paradoja a aquellas que he analizado. Me referiré a ella como un sello distintivo del modus operandi de Joseph Smith – el doble imperativo de originalidad y asimilación o revelación de lo que es nuevo y sincretismo basado en lo que ya está presente. Observo esta dualidad bellamente representada en el modo en que Joseph Smith inicia su exposición de las creencias doctrinales, los Artículos de Fe. Comienza afirmando una deidad cristiana plenamente convencional: “Creemos en Dios, el Eterno Padre, y en su Hijo, Jesucristo, y en el Espíritu Santo” (Artículos de Fe 1:1). Qué tranquilizador. Qué reconfortante. Qué capacidad de construir puentes. Cuán plenamente ortodoxo. No hay allí nada original; es doctrina transparente y familiar. Entonces, inmediatamente, continúa con el segundo, un total repudio a la doctrina del pecado original. A diferencia de virtualmente toda denominación cristiana existente en su tiempo, Joseph plantea la teoría de un hombre inherentemente inocente, reñida con siglos de ortodoxia y basada sólo en revelación concedida a él como profeta ordenado y oráculo autorizado de Dios. Joseph, el sincretista; Joseph, el Profeta.

Viendo nuestros días, el profeta Moroni parece temer que seamos demasiado rápidos en condenar, criticar, o ignorar las palabras y enseñanzas inspiradas que no provienen de la Ensign (Liahona) o los manuales de la Iglesia.

La amonestación de Moroni es un requerimiento sobre el criterio de a qué voces deben dar oído los discípulos de Cristo. Tomemos nota de que Moroni está tan preocupado acerca del rechazo de lo bueno y hermoso como lo está sobre que nos sumerjamos en la corrupción:

“Todo aquello que invita e induce a hacer lo bueno, y a amar a Dios y a servirle, es inspirado por Dios. Tened cuidado, pues, amados hermanos míos, que no juzguéis… que lo que es bueno y de Dios sea del diablo”. Para agregar: “y si os aferráis a todo lo bueno, y no lo condenáis, ciertamente seréis hijos de Cristo”. (Moroni 7: 13-14, 19)

Recientemente he completado un estudio profundo sobre la idea de la vida premortal en el pensamiento occidental. Ustedes están familiarizados con esta idea como una de las doctrinas de la Restauración. En mayo de 1833, Joseph Smith recibió una revelación (DyC 93) que cubría nociones superficiales de varios temas: el testimonio de Juan, el Espíritu de verdad y la presencia de Cristo con el Padre desde el principio. Y entonces, sin advertencia o elaboración, aparece esta bomba: “Vosotros también estuvisteis en el principio con el Padre” (vers.23). Se proveen muy pocas palabras adicionales de aclaración: “La inteligencia, o sea, la luz de verdad, no fue creada ni hecha, ni tampoco lo puede ser”. (vers. 29). Entonces, antes de que Joseph o el lector de la revelación puedan digerir el impacto de una de las más trascendentales verdades reveladas por Joseph, la sección continúa con una reprimenda a Sidney Rigdon y Frederick G. Williams, directivas sobre la traducción de la Biblia, etc, etc. La sección no contiene ninguna elaboración de la doctrina de la existencia premortal, ninguna exploración o discusión de su relevancia para una hueste de desconcertantes dilemas teológicos, simplemente una observación casual que queda flotando en un aislamiento intelectual.

Los Santos de los Ultimos Días son la única denominación cristiana que enseña esa doctrina hoy. Pero ocurre que docenas – tal vez cientos – de poetas, místicos, filósofos, teólogos y pastores han enseñado el mismo principio a lo largo de los siglos. En conjunto, esta sinfonía de hombres y mujeres inspirados han provisto una diversa – y profundamente inspirada – serie de percepciones y lecciones que pueden enriquecer y expandir nuestra comprensión y aprecio por esta sublime enseñanza. “Es el deber de los Elderes de esta Iglesia”, dijo Brigham Young, “recoger todas las verdades del mundo que pertenecen a la vida y la salvación… dondequiera que se encuentren, en toda nación, tribu, lengua y pueblo, y traerlas a Sión” [25]

Nos gusta creer que Joseph Smith comenzó con un pizarrón en blanco, repudiando todo el pasado cristiano y comenzando de nuevo, enseñando sólo lo que le venía directamente de los cielos. Sin embargo, él resistió enfáticamente tal concepción. La suya era una mente generosa, sin miedo de abrazar la verdad doquiera que la encontrase y traerla a Sión. Se requiere humildad de espíritu para ser enseñado; observen el ejemplo de Joseph en este aspecto. Mostró al mundo que podía traducir planchas de oro escritas en egipcio reformado y luego contrató a un maestro judío para que le enseñase hebreo. Tomó prácticas masonas y abiertamente las adaptó a las ceremonias del templo, colocándolas en lo que consideró su apropiado e inspirado contexto. Planeó una biblioteca y museo para Nauvoo que deseaba llenar con los frutos más selectos de la cultura occidental. Un diario de Nauvoo describió su plan: La Biblioteca de los Setenta “ha sido comenzada, en una superficie y escala lo suficientemente amplia como para abrazar las artes y ciencias dondequiera que se hallen: así los Setenta, mientras viajan por la superficie del globo como Soldados Regulares del Señor, podrán recoger todas las cosas curiosas, tanto naturales como artificiales, con todo el conocimiento, invenciones y muestras maravillosas de genio que han estado adornando al mundo por casi seis mil años” [26]

En mis estudios he hallado varias “muestras de genio”, fragmentos inspirados de una iglesia en el desierto. Generaciones de teólogos, filósofos, místicos y buscadores inspirados han hallado que la premortalidad es la llave para explicar “a los mejores ángeles de nuestra naturaleza” [27] incluyendo el anhelo humano por lo trascendente y sublime. La vida premortal da sentido al porqué sabemos lo que no deberíamos ser capaces de saber, ya sea en la forma del dominio de las matemáticas por un esclavo griego, el sentido moral común a toda la humanidad, o la habilidad del hombre para reconocer lo universal. Mucho más allá de los límites de la Iglesia restaurada, la vida premortal ha sido invocada para explicar lazos humanos que parecen tener su propia historia misteriosa, a curado la sensibilidad herida de una hueste de pensadores que de otro modo no podían explicar la despareja distribución del dolor y sufrimiento que son comunes a toda la humanidad, y ha sido propuesto por filósofos y teólogos para resguardar el principio de libre albedrío y responsabilidad.

Puede ser que los Santos de los Ultimos Días sientan como un mandato el apreciar lo poderosas, autorizadas y únicas que fueron las revelaciones de Joseph Smith. Al mismo tiempo, debemos propender hacia mentes capaces y corazones generosos, siguiendo la admonición de Moroni de amar y celebrar la verdad, lo bueno y lo bello dondequiera que se encuentren y traer esas verdades a Sión.

De modo que agregamos más tensión a la mezcla. La tensión y desequilibrio entre excepcionalismo y un generoso universalismo, la paradoja que hizo que Joseph Smith fuese llamado para traer ordenanzas perdidas y autoridad de nuevo a la tierra desde los cielos, así como fue inspirado a hallar y ensamblar gemas de verdad dispersas en mil jardines terrenales. Esta, en ocasiones, confusa carga que los Santos han sido llamados a soportar, enseñar con convicción al mismo tiempo que se les exhorta a aprender con humildad,  así como la tensión entre búsqueda y certeza o independencia y discipulado, debe ser celebrada, no lamentada. Es una señal de que no estamos dispuestos, o no deberíamos estarlo, a renunciar a ninguno de esos dignos ideales. La angustiante lucha de ir en pos de ambos, da testimonio de nuestro amor por ellos. El corazón de Dios posee una capacidad infinita. Nuestra mente debería ensancharse del mismo modo. Eso será, necesariamente, un poco doloroso.

Notas

[1] Gilbert K. Chesterton, Orthodoxy (New York: John Lane, 1909), 50.

[2] Chesterton, Orthodoxy, 48.

[3] Daniel H. Ludlow, ed., Encyclopedia of Mormonism (New York: MacMillan, 1992), s.v. “beehive symbol.”

[4] Charles Darwin, The Origin of Species (New York: P.F. Collier & Son, 1909), 214.

[5] Darwin, Origin of Species, 213.

[6] Herbert Spencer, Principles of Biology, (London: Williams and Norgate, 1864), 444–45.

[7] Darwin, Origin of Species, 213.

[8] Joseph Smith, The Personal Writings of Joseph Smith, ed. Dean C. Jessee (Salt Lake City: Deseret Book, 2002), 436.

[9] Matthew Stewart, The Courtier and the Heretic: Leibniz, Spinoza, and the Fate of God in the Modern World (New York: W. W. Norton & Co., 2006), 38.

[10] Virginia Sorensen, A Little Lower Than the Angels (New York: Knopf, 1942; Salt Lake City: Signature Books, 1997), 55.

[11] Frederick Barnard, “Culture and Civilization in Modern Times,” en Dictionary of the History of Ideas: Studies of Selected Pivotal Ideas, ed. Philip P. Wiener (New York: Charles Scribner’s Sons, 1973), 1:618.

[12] Chesterton, Orthodoxy, 50.

[13] Ver Terryl L. Givens, People of Paradox: A History of Mormon Culture(New York: Oxford University Press, 2007).

[14] Henry D. Moyle, in Conference Report, October 1947, 46.

[15] Richard D. Poll, “What the Church Means to People Like Me,” en History & Faith: Reflections of a Mormon Historian (Salt Lake City: Signature Books, 1989), 1–15.

[16] George M. Marsden, Jonathan Edwards: A Life (New Haven: Yale University Press, 2004), 349.

[17] Brigham Young, en Journal of Discourses (Liverpool: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–86), 13:335.

[18] Brigham Young, en Journal of Discourses, 5:332.

[19] James Gordon Bennett, New York Herald, August 4, 1842.

[20] Samuel T. Coleridge, Samuel Taylor Coleridge: The Major Works, ed. H. J. Jackson (Oxford: Oxford University Press, 2000), 555.

[21] Elizabeth Barrett Browning, Aurora Leigh (London: Smith, Elder, & Co., 1898), 286.

[22] Ver, por ejemplo, Milton V. Backman Jr., The Heavens Resound: A History of the Latter-day Saints in Ohio, 1830–1838 (Salt Lake City: Desert Book, 1983), 262–75.

[23] Joseph Smith, Encyclopedia of Joseph Smith’s Teachings, ed. Larry E. Dahl and Donald Q. Cannon (Salt Lake City: Bookcraft, 1997), s.v. “progression.”

[24] Charles Osborne, W. H. Auden: The Life of a Poet (New York: M. Evans & Co., 1995), 52.

[25] Young, en Journal of Discourses, 7:283.

[26] “Seventies’ Library,” Times and Seasons, January 1, 1844, 762.

[27] Abraham Lincoln, primer discurso inaugural, March 4, 1861

2 comentarios el ““Paradojas y Discipulado” – Por Terryl L. Givens

  1. Guillermo Morán dice:

    Excelente análisis, lo único triste es que no deja de ser una apología más, super elaborada, pero apología al fin. En otras palabras, aunque le encuentres el cuarto pie al gato Jose Smith estaba bien y la iglesia es verdadera. ¿No sería más fácil reconocer de una buena vez que Jose Smith como muchos hombres de su época simple y llanamente inventó una religión más y como tal esta religión es susceptible de cometer errores y evolucionar? Creo que esta postura aclararía de manera muy sencilla todas las paradojas de esta iglesia y de todas las iglesia cristianas modernas, al fin y al cabo, al que le gusta ser mormón, mormón seguirá siendo. Saludos.

    • Javier dice:

      Que contradictorio comentario, pero eres de los que en Cumorah.org llegaba con voz de cordero y después soltaba las dentelladas, así que en verdad tu comentario es mal intencionado y tramposo. El hno., Montani no se presta a discusiones de ese estilo, Creo que pierdes tu tiempo…

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