“Desenrollando los Manuscritos” por Hugh W. Nibley

Literatura

           “Sí, buscad sabiduría de los mejores libros…”

Desenrollando los Manuscritos

Por Hugh W. Nibley

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“Somos culpables de desestimar y, en general, ignorar, la abrumadora cantidad de registros escritos. La inmensa colección de documentos escritos es uno de los espectáculos más grandes que el mundo tiene para ofrecer… Los documentos iniciaron su aparición en números importantes con el Concilio de Constanza (1414-1418) y, finalmente, con la caída de Constantinopla en 1453. Una vasta cantidad de documentos antiguos que habían estado descansando en Oriente y otros lugares por largo tiempo de pronto se derramaron hacia Europa. Se organizaron y coleccionaron en grandes bibliotecas ducales, reales e imperiales, en ocasiones por individuos de grandes riquezas. Capturaron la imaginación de toda una era. Los propietarios los organizaban en grandes “rotundas” (edificios redondos, generalmente rematados con un domo), un nivel sobre otro de conocimiento, clasificados cronológicamente y por asunto, de modo que uno se encontraba rodeado por libros en derredor, montando galerías sobre galerías hasta quedar fuera de la vista, en la forma de un gigantesco planetario del saber. Pero, desafortunadamente para los libros, por la misma época se descubrió el Libro de la Naturaleza. Bacon, Galileo y Scaliger son contemporáneos. Aproximadamente al mismo tiempo descubrieron juntos el Libro de la Naturaleza, que, en cierto sentido, es más fácil de leer. Los hombres que podían leerlo se transformaron en los genios del mundo – Galileo, Kepler, Copernico, Toracelli, y los demás. Pero el hombre común también podía leerlo. Después de todo, el comienzo de la geología se dio simplemente por el interés de un granjero escocés, James Sutton, que comenzó a especular sobre las rocas en la playa cercana a su casa. Cualquiera podía sumarse a ese juego. Por otro lado, los registros escritos eran leídos principalmente por los simples. No hacía falta tener un gran genio para leerlos, pero había que tener entrenamiento. Debía tenerse conocimiento de las lenguas, o al menos aparentar tenerlo, y si bien no hacía falta un gran cerebro para leerlos, eran necesarios paciencia y un cuerpo, como dice el proverbio. El resultado fue que todos querían jugar a leer el Libro de la Naturaleza, porque todos suponían que podían ser tan buenos como cualquier otro, y cuando uno comienza a suponer, puede llegar a extremos. De modo que, de allí en adelante, se comenzó a ignorar el registro escrito. Joseph Justus Scaliger, quien murió en 1608, fue probablemente el último hombre en realizar un intento serio por leer lo que decía el registro humano escrito: cubría miles de años. La raza humana ha documentado sus hechos por largo tiempo, y nadie le presta atención. No se hace más en el mundo. Oh, por supuesto, es el paraiso del bibliotecario: los clasificamos, fotografiamos, reproducimos, almacenamos, preservamos y transferimos. Realizamos todos los trucos que la electrónica puede lograr hoy, pero nadie los lee. Nadie sabe lo que realmente hay en esos libros. Lo digo literalmente.

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Algunos pocos especialistas pueden analizar documentos en una u otra area, pero ¿quién sabe lo que los registros como un todo tienen para decirnos?… Giorgio de Santillana está escribiendo mucho al respecto. Muestra que los egipcios sabían mucho más de lo que se les ha reconocido hasta ahora. Levi-Strauss, un antropólogo, ha escrito recientemente sobre cuánto más conocían los “primitivos” de lo que hemos estado dispuestos a aceptar. Desarrollamos el concepto de que como habían vivido hace tanto y antes de nuestra ciencia, sus ideas debían ser supersticiosas. No leemos los libros por las ideas que la gente intentaba transmitir, sino por lo que nos dicen no intencionalmente por todos lados. Cualquier página de una carta les dirá todo tipo de cosas sobre la época, circunstancias, la persona que la escribió, lo que intenta decirnos y lo que no. Y por eso deseamos leer los libros. Si observáramos a todos los libros del mundo como si fuese fósiles, podrían decirnos mucho. Como fósiles, son sorprendentemente perfectos. En ellos tenemos no sólo las estructuras óseas rotas sino también la carne; tenemos aún la vida, los propios pensamientos de la criatura que han sido dejados impresos para nuestra inspección. No necesitamos completar la historia con nuestra imaginación. Por eso nuestros científicos se ponen impacientes con los libros. Porque los libros obstaculizan y limitan la libertad de inventar. Esta es una de las razones por la que los libros han sido dejados de lado e ignorados…

De modo que se nos ha dejado con una única visión del mundo, aunque todo el tiempo los libros nos dan otra. No diré que esa es la visión verdadera ni nada parecido; sólo diré que podríamos encontrar algo maravilloso si fuésemos y mirásemos. Sin embargo nadie lo hace. Es demasiado trabajo…

Biblioteca de Monasterio en Austria

Desde la Segunda Guerra Mundial, se han realizado nuevas e importantes adiciones a la biblioteca. Estamos sepultados por una avalancha de manuscritos. Ya ni siquiera pretendemos leerlos. Hemos dejado de intentarlo. Alcanzamos el punto de saturación. Puede ser que estén llenos de grandes sorpresas. Todos sabemos sobre los Rollos del Mar Muerto y los textos del Khenobos-keion (esto es Nag Hammadi) hallados en Egipto por la misma época y que forman la más antigua biblioteca cristiana; los Papiros Bodmer, los textos Manadeos y Maniqueos descubiertos recientemente; antes de ellos, los Papiros Chester Beatty, las Odas de Salomón y los Papiros Oxyrhynchus. Podemos ir más atrás hasta las grandes colecciones del Siglo XIX –  bibliotecas de Babilonia, Asiria y Egipto ¿Qué podemos hacer con todo eso? Intentamos diferentes enfoques. Sólo describir dónde fueron hallados y las circunstancias llevaría muchísimas horas. Así sabríamos que los libros están allí, pero no lo que hay en ellos. Podemos efectuar algunas generalizaciones sobre ellos. No se encuentran como documentos separados sino en grupos – bibliotecas completas, no un documento por aquí y otro por allá. Hay una inundación de ellos, en grandes colecciones, y su valor y significado se puede ir apreciando gradualmente sólo porque lo que contienen es radicalmente diferente a lo que hemos pensado sobre ciertas cosas. Recuerden que la gente había dejado de estudiar los documentos, de modo que cuando algunos se encontraron después de la Segunda Guerra, dejaron a todos avergonzados. Solamente un puñado de personas en el mundo podía leer los Rollos del Mar Muerto o de Nag Hammadi a primera vista. Y estos documentos reclamaban una reevaluación de todos los anteriores. La biblioteca completa debía ser reevaluada.

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Cuando volvemos a mirar, hallamos cosas que se nos pasaron de largo, muchas que ni sabíamos que estaban allí. Teníamos todo equivocado en primer lugar y hay que hacer todo de nuevo por causa de estos descubrimientos. Esto ha sido bochornoso. Podíamos describir el contenido de uno o dos, como el Rollo de Serekh o el Apocryphon de Juan o Santiago e introducirnos en ellos con cierto detalle. Pero estábamos perdiendo el impacto acumulativo. No hay uno o dos sino cientos de estos documentos, y encajan el uno con el otro. De modo que ¿qué podemos hacer? Bien, lo mejor es observar algunas de las enseñanzas encontradas en todos esos documentos y que son diferentes de lo esperado. ¿Por qué estaríamos dispuestos a aceptarlas? ¿Por qué no las esconderíamos bajo la alfombra como lo hicimos antes? Por las circunstancias de su descubrimiento. Pues las fuentes son tan nuevas e incontaminadas que estamos dispuestos a aceptar lo que nos rehusábamos a aceptar de otras fuentes. Los descubrimientos anteriores fueron tan sensacionales como éstos, pero fueron apareciendo de a uno y la gente podía descartarlos. Ya no puede hacerse, pues estos documentos son muy antiguos, han sido preservados en su pureza sin que nadie les ponga una mano encima, y no son copias de copias de copias como las demás (Toda nuestra literatura clásica ha sido copiada tantas veces que no tenemos ningún manuscritos que se acerque al original). Pero estos hallazgos son originales, y nunca antes había ocurrido. Son bibliotecas que han estado escondidas para aparecer en su pureza en el debido tiempo del Señor… Sólo debemos permitir que Judíos y Cristianos hablen por sí mismos, porque sus documentos son más antiguos y más puros. No podemos forzarlos a que digan lo que no quieren decir, como lo hemos hecho anteriormente”.

Un panorama sobre la vida del Profesor Nibley puede hallarse en este blog en Hugh W. Nibley: un gigante entre nosotros

 

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