“Os hablo como si os hallaseis presentes…” El Libro de Mormón y sus posibles lectores – Segunda Parte

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“Os hablo como si os hallaseis presentes…”

EL LIBRO DE MORMON Y SUS POSIBLES LECTORES

Segunda Parte

Traducción del Libro de Mormón por Del Parson

Traducción del Libro de Mormón por Del Parson

Por Mario R. Montani

Quedó establecido en la primer parte de este artículo que el mundo ha venido incrementando su capacidad lectora. Para 1950 el 56% de los habitantes del planeta eran letrados. Para el 2008 ese rasgo había aumentado al 83% (88% de los hombres y 79% de las mujeres). De modo que los potenciales lectores del Libro de Mormón se encuentran dentro de esa creciente masa alfabetizada. También observamos que los primeros lectores del Libro debían conocer el inglés. Los finales destinatarios de la obra (lamanitas y judíos) quedaban momentáneamente excluidos a menos que conociesen ese idioma. Es interesante evaluar la distribución diacrónica de las traducciones. Partiendo de la edición original de 1830, en 1851 se tradujo al danés, en 1852 al francés, al galés, al alemán y al italiano. En 1855 al hawaiano. No extrañamente, los hablantes de esos idiomas figuraron entre los primeros conversos de la Iglesia, siendo mayormente gentiles y, minoritariamente, judíos dispersos. Podría hallarse una incidencia lamanita no confirmada entre los hawaianos.

Deberemos llegar a 1886 para la primer traducción al español y a 1939 para la edición portuguesa. Siendo los principales idiomas en el resto de América, recién a partir de esos momentos los descendientes lamanitas diseminados entre las etnias indígenas pudieron leerlo en sus lenguajes de adopción.

Deberemos esperar a 1983 para el Quiché y a 1986 para el Aymará, las primeras dos lenguas de pueblos originarios que recibieron traducciones. Lentamente, la obra ha continuado desde entonces, aumentando el espectro de los lectores latentes y ayudando a cumplir el propósito de sus redactores iniciales. Hoy el Libro de Mormón se encuentra disponible en unos 150 idiomas diferentes.

En la década de 1970, el teórico de la Escuela de Constanza, Wofgang Iser, instauró el concepto del ‘lector implícito’ en su obra Der implizite Leser (1972). En ella afirmaba que todos los textos crean ‘espacios en blanco’ que el lector debe ir llenando en base a su imaginación y vivencias personales. Este es un proceso inevitable y continuo en el que el receptor debe interactuar con el texto mediante una serie de conjeturas, inferencias y suposiciones que se irán confirmando o modificando a lo largo de la lectura.

“La obra literaria posee dos polos que pueden denominarse el polo artístico y el polo estético; el artístico describe el texto creado por el autor, y el estético la concreción realizada por el lector. De tal polaridad se sigue que la obra literaria no es estéticamente idéntica ni con el texto ni con su concreción. Pues la obra es más que el texto, puesto que sólo cobra su vida en la concreción y, por su parte, ésta no se halla totalmente libre de las aptitudes que le introduce el lector, aun cuando tales aptitudes sean activadas según los condicionantes del texto” (WofgangIser, El acto de Leer, teoría del efecto estético, Alfaguara, Madrid, 1987, pag. 44)

Esta denominada ‘estética de la recepción’, en la que también fueron fundamentales los aportes de Hans Jauss, establece que la significación de los textos sólo se genera en el proceso de lectura. El receptor debe decodificar, reconstruir, restaurar las implicaciones del texto mediante un complejo proceso sicológico en el que intervendrán sus estrategias cognitivas, sus capacidades culturales y su visión particular del mundo.

“El modo en que el lector experimenta el texto reflejará su propia disposición, y en este aspecto el texto literario actúa como una especie de espejo,… De modo que tenemos la aparentemente paradójica situación en la que el lector se ve forzado a revelar aspectos de sí mismo para poder experimentar una realidad diferente de la propia. El impacto que dicha realidad produzca en él dependerá mayormente del grado en el que activamente provea la parte no escrita del texto…” (Wolfgang Iser, “The Reading Process: A Phenomenological Approach,” de The Implied Reader, en Reader-Response Criticism, ed. Jane P. Tompkins (Baltimore: Johns Hopkins UP, 1980), pags. 56–57)

"Dama leyendo" del inglés Francis Hayman (1708-1776)

“Dama leyendo” del inglés Francis Hayman (1708-1776)

A lo largo de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI, los teóricos de la lengua y la literatura han desarrollado diferentes propuestas de lector, desde el “lector de época”, que hay que comprender dentro de los marcos históricos y códigos culturales, el “lector ideal”, quien debería poseer los mismos códigos del autor, no poniéndose de acuerdo en el hecho de si el autor es su propio lector ideal o no, el “archilector” de Riffaterre o el “lector pretendido” de Wolff.

Para Stanley Fish y su “lector informado”:

“El lector informado es aquel que: 1) tiene competencia de la lengua con la que el texto está construido; 2) posee el completo ‘conocimiento semántico que un oyente maduro aporta a esta tarea de comprensión’. Esto incluye el conocimiento de los grupos léxicos, probabilidades de combinación, modismos, dialectos profesionales o de otro tipo, etc.; 3) posee competencia literaria…” (Stanley Fish, Literature in the Reader: Affective Stylistics, en New Literary History 2, 1970, pag. 145)

El autor y sus audiencias

En su ensayo sobre teoría de la narrativa (Truth in Fiction: A Reexamination of Audiences, Critical Inquiry 4/1, Otoño 1977, pags. 121-141), Peter J. Rabinowitz distingue cuatro tipos de audiencias conceptuales para un determinado texto

  1. La audiencia real: está formada los únicos lectores reales. El autor no tiene control sobre ellos. Las restantes son construcciones teóricas
  2. La audiencia autoral. Es una audiencia hipotética formada por aquellos que el autor imagina como receptores de su texto. El autor construye dicha audiencia mediante sus recursos retóricos. La brecha entre la audiencia autoral y la real siempre existirá. “Dado que todas las elecciones artísticas, y por tanto todos los efectos, se calculan en términos del conocimiento hipotético de la audiencia autoral, los lectores que deseen apreciar el libro deberán cubrir esa brecha. La mayor distancia – geográfica, cultural, cronológica – entre el autor y sus lectores, presentará desafíos más grandes para ellos” (Rabinowitz, Truth in Fiction, pag. 126-127)
  3. La audiencia narrativa es otra audiencia hipotética que se establece no en base al conocimiento del lector sino a la creencia o credibilidad que le otorga al texto. Así como el autor presume a su audiencia, el lector puede presumir al autor y decidir creerle o no.
  4. La audiencia narrativa ideal es aquella que cree lo propuesto por el texto.
Frank Leyendecker (1902)

Frank Leyendecker (1902)

Los textos cultural o históricamente distantes de sus lectores se suelen tornar difíciles de comprender al no poseer el conocimiento necesario para unirnos a la audiencia autoral.

Nefi parece comprenderlo muy claramente cuando nos dice:

“Ahora bien, yo, Nefi, hablo algo con relación a las palabras que he escrito, palabras que fueron pronunciadas por boca de Isaías. Pues he aquí, Isaías habló muchas cosas que a muchos de los de mi pueblo les fue difícil comprender, porque no saben concerniente a la manera de profetizar entre los judíos(2 Nefi 25:1)

Si a los descendientes de Lehi, después de sólo tres generaciones de salir de Jerusalén, se les dificultaba unirse a la audiencia autoral, no nos extrañe que a nosotros, algunos milenios más tarde, se nos pasen de largo ciertos detalles.

Nefi, nos dice luego, no ya como autor, sino como competente lector de Isaias:

“… porque salí de Jerusalén, y mis ojos han visto las cosas de los judíos, y sé que ellos entienden las cosas de los profetas, y no hay ningún otro pueblo que entienda, como ellos, las cosas que fueron pronunciadas a los judíos, salvo que sean instruidos conforme a la manera de las cosas de los judíos… pero yo mismo he morado en Jerusalén, por lo que sé acerca de las regiones circunvecinas…” (2 Nefi 25:5-6)

En términos de la crítica literaria actual Nefi nos dice, en resumen: ‘Yo tengo el conocimiento para comprender. Yo creo en lo que el texto me dice. Yo puedo unirme no sólo a la audiencia autoral de Isaías sino a su audiencia narrativa ideal’.

En cambio, los lamanitas de la época de Mosiah se transformaron en una audiencia narrativa que no cree lo que el texto relata:

“Os digo, hijos míos, que si no fuera por estas cosas, las cuales se han guardado y preservado por la mano de Dios para que nosotros pudiéramos leer y entender acerca de sus misterios… aun nuestros padres habrían degenerado en la incredulidad, y habríamos sido como nuestros hermanos, los lamanitas, que nada saben de estas cosas, y ni siquiera las creen cuando se las enseñan, a causa de las tradiciones de sus padres, las cuales no son correctas”. (Mosiah 1: 5)

Notablemente, ‘nada saben’ (condición negativa para poder unirse a la audiencia autoral), ‘ni las creen’ (condición negativa para unirse a la audiencia narrativa ideal). Son simplemente una audiencia narrativa, o audiencia narrativa no ideal.

Como el propio Umberto Eco lo señalaba, cada texto es como un mensaje arrojado al mar en una botella. No sabemos quién lo leerá. Ignoramos a qué distancia geográfica, cultural o temporal se encontrará del punto de emisión o cuánto podrá interpretar del mensaje.

"Horas de Ocio" por Croegaert, Georges (1848-1923)

“Horas de Ocio” por Croegaert, Georges (1848-1923)

Sin embargo en el caso del Libro de Mormón tenemos algunos lectores prediseñados por los autores, con la promesa divina de ayuda para que el mensaje llegase a ellos. Comenzando por los propios nefitas contemporáneos a los hechos relatados. Fueron sus primeros destinatarios. Ya ellos leían las planchas de Nefi:

“Y he aquí, también las planchas de Nefi, que contienen los anales y las palabras de nuestros padres desde el tiempo en que salieron de Jerusalén hasta ahora, son verdaderas; y podemos saber su certeza porque las tenemos ante nuestros ojos. Y ahora bien, hijos míos, quisiera que os acordaseis de escudriñarlas diligentemente…” (Mosiah 1: 6-7)

También a sus futuros descendientes, con los que habrá diferencias temporales:

“Por tanto, son de valor a los hijos de los hombres; y a los que suponen que no lo son, yo hablaré más particularmente, y limitaré mis palabras a mi propio pueblo; porque sé que serán de gran valor para ellos en los postreros días, porque entonces las entenderán; por consiguiente, es para su bien que las he escrito”. (2 Nefi 25:8)

A los lamanitas, con diferencias temporales y culturales:

“Y ahora bien, he aquí, éste era el deseo que anhelaba de él: Que si acaso mi pueblo, el pueblo nefita, cayera en transgresión, y fuera de algún modo destruido, y los lamanitas no lo fueran, que el Señor Dios preservara una historia de mi pueblo, los nefitas, aun cuando fuera por el poder de su santo brazo, para que algún día futuro fuera llevada a los lamanitas… (pues) juraron en su ira que, de ser posible, destruirían nuestros anales junto con nosotros, y también todas las tradiciones de nuestros padres. Por tanto, sabiendo yo que el Señor Dios podía preservar nuestros anales, le suplicaba continuamente… e hizo convenio conmigo de que los haría llegar a los lamanitas en el propio y debido tiempo de él”. (Enos 1: 13-18)

“…y ya que estas cosas se escriben con el propósito de beneficiar a nuestros hermanos los lamanitas…” (Jarom 2)

“Y sé que serán preservadas, porque sobre ellas están escritas grandes cosas, por las cuales mi pueblo y sus hermanos serán juzgados en el grande y postrer día, según la palabra de Dios que está escrita”. (Palabras de Mormón 11)

“Y ahora yo, Moroni, escribo algo según me parezca bien; y escribo a mis hermanos los lamanitas…” (Moroni 10:1)

No sabemos con exactitud quiénes son los descendientes de los nefitas y lamanitas hoy en día. De la suposición de que se trataba de todos los indígenas americanos, hemos pasado a una definición más restringida y dubitativa que reconoce la influencia de muchos otros grupos migratorios externos en la conformación de las diferentes etnias de los pueblos originarios.

Un interesante artículo de Gary P. Gillum, Written to the Lamanites: Understanding the Book of Mormon through Native Culture and Religion (Escrito a los Lamanitas: Comprendiendo el Libro de Mormón a través de la Cultura y Religión nativas), Interpreter: A Journal of Mormon Scripture 6 (2013), pags. 31-48, me ha provisto de un nuevo enfoque en el que debe enfatizarse la visión cultural del receptor y disminuir la del emisor.

A pesar de nuestra ignorancia con respecto a dónde se encuentran hoy esos destinatarios nefita-lamanitas, la lógica parece indicar que dentro de algunos, o dispersos entre muchos, quizás de modo minoritario, de los que denominamos genéricamente “indios americanos”. Para captar cómo ellos pueden llegar a comprender el mensaje (ya que las traducciones a sus lenguas aún están en proceso luego de casi dos siglos, como lo mencionamos más arriba) debamos quizás alejarnos de nuestros preconceptos occidentales y reconocer que una cultura “diferente” no necesariamente significa “inferior”.

Haddon Sundblom (1899-1976) Los libros son las llaves que nos abren el pasado, el presente y el futuro (1927)

Haddon Sundblom (1899-1976) Los libros son las llaves que nos abren el pasado, el presente y el futuro (1927)

Algo de eso parece insinuar el Elder Dallin H. Oaks en su discurso de la Conferencia General de Abril de 1995, La Apostasía y la Restauración:

“En algunos asuntos, el conocimiento general del hombre pasa por un período de regresión a medida que algunas verdades importantes se tergiversan, se dejan de lado, e incluso hasta caen en el olvido. Por ejemplo, en muchos respectos, los indios americanos sabían cómo vivir más en armonía con la naturaleza que nuestra sociedad contemporánea… Seríamos mucho más sabios si pudiéramos recuperar el conocimiento de cosas importantes que se han tergiversado, dejado de lado u olvidado…” (Liahona, Julio 1995, pag. 95)

John Collier, Comisionado de Asuntos Indígenas, ha declarado:

“Ellos poseen lo que el mundo ha perdido: la antigua y olvidada reverencia pasional por la personalidad humana unida a la antigua y olvidada reverencia pasional por la tierra y su entretejido de vida. Desde antes de la Edad de Piedra han tenido esa pasión como un fuego central y sagrado. Debería ser nuestro intenso deseo renovarla en nosotros” (John Collier en Huston Smith, The Illustrated World’s Religions, San Francisco, Harper, 1994, pag. 243)

El anciano Alce Negro da la siguiente información sobre el mundo que lo rodea:

“Estas cuatro cintas en la boquilla de la pipa sagrada son los cuatro rincones del universo. La negra es para el oeste donde viven los seres del trueno que nos envían la lluvia; la blanca para el norte, de donde proviene el gran viento blanco purificador; la roja para el este, de donde surge la luz y la estrella matutina brinda sabiduría a los hombres; la amarilla para el sur, de donde viene el verano y el poder para hacer crecer (John G. Neihardt, Black Elk Speaks, Lincoln, University of Nebraska Press, 1993, pag. 2)

Para quienes han estudiado el Evangelio de Felipe, un texto gnóstico judío hallado en Nag Hammadi, las palabras de Alce Negro sonarán familiares, ya que allí se precisa:

“Una cosecha se recoge en el granero sólo como resultado de la acción natural del agua, la tierra, el viento y la luz. La agricultura de Dios, del mismo modo, tiene cuatro elementos – fe, esperanza, amor, y conocimiento. La fe es nuestro terreno, en el que echamos raíz. La esperanza es el agua a través de la que somos nutridos. El amor es el viento mediante el que crecemos. El conocimiento, la luz con la que cosechamos”. (Robinson, The Nag Hammadi library in English, New York, Harper & Row, 1977, pag. 147)

Y me parece que no sería estéril la comparación con el discurso sobre la fe en Alma 32 donde los conceptos de fe, terreno, semilla, raíz, nutrición, calor y cosecha están interrelacionados.

De modo que sí, es posible que los descendientes de nefitas y lamanitas comprendan mejor que nosotros los elementos simbólicos del Libro de Mormón porque forman parte de su concepción de la vida misma.

Peta Yuha Mani, curandero de la tribu Lakota, refuerza este concepto:

“Para el Lakota tradicional, cada día es sagrado. Observa  el mundo de esta creación y sabe que todo se interrelaciona. Los árboles y la hierba, el mundo animal, los arroyos que corren y las montañas. Todo se relaciona consigo y lo respeta”. (Don Doll, Vision Quest: Men, Women and Sacred Sites of the Sioux Nation, New York, Crown, 1994, pag. 24)

La búsqueda de visiones y la falta de extrañeza frente a ellas vuelven a aparecer en Alce Negro:

“Me hallaba de pie sobre la más alta de las montañas, y abajo en derredor estaba toda la circunferencia del mundo. Y mientras allí estaba, vi más de lo que puedo decir y comprendí más de lo que vi; porque observaba de modo sagrado las formas de todas las cosas en el espíritu, y la forma de todas las formas como deben vivir juntas como un único ser” (Neihardt, Black Elk, pag. 43)

¿No es posible establecer un paralelo con la visión de Nefi y el Espíritu, desde lo alto de una alta montaña y viendo cosas que no puede contar ni expresar en palabras? ¿O con los relatos de la creación espiritual de todas las cosas? ¿Tal vez con Enoc, percibiendo la Tierra como una entidad viva e interconectada (Moises 7:48-49)?

“Mientras yacía pensando acerca del sitio maravilloso donde había estado y de todas las cosas que había visto, me entristecí mucho; porque me parecía que todos debían saber sobre ello, pero tenía temor de contar, porque sabía que nadie me creería, pequeño como era, pues sólo contaba nueve años. Además, al yacer pensando en mi visión, podía verla nuevamente y percibir el significado con una parte de mí que era como un extraño poder brillando en mi cuerpo; pero cuando la parte mía que habla intentaba ponerle palabras a ese significado, se transformaba como si fuese niebla y se apartaba de mí” (Neihardt, Black Elk, pag. 48-49)

Nuevamente. Ese sentimiento de incapacidad ¿no lo hallamos también en Moisés o el joven Joseph Smith? ¿No se está poniendo Ammón en el lugar del receptor cuando acepta la figura del Gran Espíritu que le propone el rey Lamoni (Alma 18: 24-29)? ¿Somos tan condescendientes y abiertos con los potenciales lectores del Libro de Mormón?

La Doctrina y Convenios lo declara enfáticamente:

“Sin embargo, mi obra avanzará, pues por cuanto el conocimiento de un Salvador ha venido al mundo, mediante el testimonio de los judíos, así también llegará a mi pueblo el conocimiento de un Salvador, y a los nefitas, a los jacobitas, a los josefitas y a los zoramitas, mediante el testimonio de sus padres, y este testimonio llegará al conocimiento de los lamanitas, los lemuelitas y los ismaelitas, que degeneraron en la incredulidad a causa de la iniquidad de sus padres, a quienes el Señor permitió que destruyeran a sus hermanos, los nefitas, a causa de sus maldades y abominaciones. Y para este propósito mismo se preservan estas planchas que contienen esta historia, a fin de que se cumplan las promesas del Señor a su pueblo; y para que los lamanitas lleguen al conocimiento de sus padres, y sepan de las promesas del Señor, y crean en el evangelio y tengan confianza en los méritos de Jesucristo, y sean glorificados por medio de la fe en su nombre, y se salven mediante su arrepentimiento. Amén” (DyC 3: 16-20)

Desearía cerrar esta parte de nuestras reflexiones con un párrafo del trabajo ya citado de Gary P. Gillum:

“Finalmente, necesitamos dar una breve mirada al dualismo de lo natural y sobrenatural, o aún a lo que algunas religiones asiáticas llaman Yin y Yang. Para los pueblos tradicionales no hay diferencia entre los dos. Para ellos cada cosa y lugar es santo o sagrado. No hay milagro o magia, porque para Dios, o el Gran Espíritu ‘todo es posible’ y la vida en su totalidad es su religión. Es el punto de vista ‘mántico’ o tradición vertical de la que nos hablaban tan a menudo Hugh Nibley y H. Curtis Wright. Todos los miembros de una tribu o nación dada comparten lo sagrado en todo momento mediante sus actitudes del espíritu y preparación adecuada: con el ayuno, la oración, la danza, el sacrificio propio y la búsqueda de visiones. Mucho se ha escrito sobre la magia y la búsqueda de tesoros practicada por Joseph Smith. Desde la concepción primitiva del mundo eso era una actividad sagrada en la que ayudaba la ‘gente de piedra’, a quienes nosotros nos referimos como rocas, piedras y cantos rodados (antes de tomar a la ligera este comentario, recordemos que nuestro cosmólogo Orson Pratt declaró que todas las cosas tienen inteligencia o espíritu en ellas. Los pueblos nativos insisten en que las piedras ‘les hablan’ por un procedimiento que nosotros llamaríamos revelación y que sugiere nuestra propia tradición de Urim y Tumim y piedras de vidente)” (Gary P. Gillum, Written to the Lamanites: Understanding the Book of Mormon through Native Culture and Religion, Interpreter: A Journal of Mormon Scripture 6 (2013), pag. 36)

Continuará…

"Dulce Soledad" (1919) Edmund Blair Leighton

“Dulce Soledad” (1919) Edmund Blair Leighton

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