“Os hablo como si os hallaseis presentes…” El Libro de Mormón y sus posibles lectores – Primera Parte

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“Os hablo como si os hallaseis presentes…”

EL LIBRO DE MORMON Y SUS POSIBLES LECTORES

Primera Parte

Por Mario R. Montani

“Un libro es más que una estructura verbal, o que una serie de estructuras verbales; es el diálogo que entabla con su lector y la entonación que impone a su voz y las cambiantes y durables imágenes que deja en su memoria. Ese diálogo es infinito… La literatura no es agotable, por la suficiente y simple razón de que un solo libro no lo es. El libro no es un ente incomunicado: es una relación, es un eje de innumerables relaciones. Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída: si me fuera otorgado leer cualquier página actual – ésta, por ejemplo – como la leerán en el año dos mil, yo sabría cómo será la literatura del año dos mil.” (Otras Inquisiciones , Nota sobre (hacia) Bernard Shaw, J.L. Borges, Obras Completas, Tomo II, pag. 125)

Joven Leyendo, Ernst Anders (1845-1919)

Joven Leyendo, Ernst Anders (1845-1919)

Uno puede preguntarse con todo derecho, si, al estar dirigido el Libro de Mormón a una audiencia de los últimos días, sus autores habrán previsto esas potenciales audiencias y las formas posibles de lectura que poseerían. En el siglo XIX, cuando el texto vio la luz, el papel del lector no era tan importante. Hoy, en cambio, se lo consideraría casi un co-autor de la obra. No es fácil mantener un equilibrio entre ambas posturas sin caer en la sacralidad de la letra, por un lado, o la tiranía del lector sobre el texto haciéndole decir cosas que no quiere, por otro.

Las corrientes post estructuralistas consideran que el cambio de contextos llega a modificar el propio texto. Si eso es cierto, ha habido una constante deriva de significado a lo largo de los últimos 200 años, tomando la fecha de su edición en inglés. Si analizáramos la acumulación de siglos desde su elaboración, la deriva ha sido mucho mayor

Por lo tanto, en el presente artículo, intentaremos analizar el tipo de lectores que el texto propone, intuir cómo pudo haber sido el lector al momento de producirse el texto, el lector al momento de la aparición del texto y el lector actual, casi dos siglos después.

Comencemos por una pregunta más fácil: ¿Podría el Libro de Mormón haber aparecido en otro momento histórico o contexto cultural?

Página de la Biblia impresa por Gutenberg

Página de la Biblia impresa por Gutenberg

Todos los estudios que existen sobre las civilizaciones tradicionales parecen indicar que el índice de alfabetización en el mundo antiguo oscilaba entre el 5 y el 10 % de la población, dependiendo de las regiones y tomando como base un universo masculino y citadino. Es decir que, promediando los valores con las mujeres y los sectores campesinos, es posible que los porcentajes descendieran a la mitad.

Con tan poca población lectora compartiendo centenares de idiomas y dialectos diferentes en espacios geográficos limitados hubiera sido muy difícil que un texto extenso y complejo circulase de manera influyente.

Sin embargo, es muy posible que esas fuesen las características de la sociedad en que se produjo el registro y se grabaron las planchas. Me he referido a tal particularidad en “Con toda la claridad de la Palabra”, que puede encontrarse en este blog.

Precisas coordenadas temporales

Por muchos siglos la situación no cambió o lo hizo de manera casi imperceptible. Durante la edad media, ser instruido implicaba el conocimiento del Latín, ya que la mayoría de las lenguas vernáculas no poseían forma escrita. Era el idioma de los conventos, las universidades y la política.

Es muy posible que en el Imperio Bizantino los índices hayan sido un poco más altos, pero, como contrapartida, en el norte de Europa casi todos eran iletrados. Se conoce la carta de un diplomático musulmán asignado a la corte de Carlomagno en la que relata asombrado cómo los nobles franceses recién experimentaban para poder firmar sus nombres.

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En “A Companion to Britain in the Later Middle Ages” se establece que el aumento de la alfabetización en Inglaterra comienza a partir del 1100 y que, de allí en adelante, al menos los reyes, eran versados en latín y francés. También estima que la “literacidad” masculina estaba entre el 10 y el 25 % dependiendo de las regiones al llegar el 1500.

Dante Alighieri sería el primer escritor en abandonar el latín para brindar en su dialecto toscano La Divina Commedia (1304-1320). Por entonces los textos se escribían y copiaban manualmente, lo que representaba un alto costo e insumo de tiempo.

Para 1440, cuando Gutenberg desarrolla la imprenta y modifica por completo los costos y las posibilidades de circulación textual, menos del 30% de la población total de Europa era letrada.

Antes de esa época el Libro de Mormón no podría haberse impreso. También por otra sencilla razón: aún no se había descubierto América, donde estaban depositadas las planchas que lo contenían.

Taller de Imprenta en 1752

Taller de Imprenta en 1752

Deberían pasar otros 100 años para que las cosas cambiaran. La primer imprenta del Nuevo Mundo se estableció en México en 1539, la segunda en Lima, Perú, en 1576. La primera instalada en los EEUU llegó a Cambridge, Massachussets, en 1638. No podría haber habido Libro de Mormón antes de eso. Para 1830, cuando apareció el libro, ya existía una extensa red de imprentas en toda América, desde Canadá hasta Argentina con capacidad de reproducir inagotablemente lo que fuese necesario.

Volvamos a los potenciales lectores: Inglaterra, una de las zonas más alfabetizadas del Viejo Mundo, mostraba los siguientes porcentajes: 20% en 1641, 35% en 1696 y el 50% para el 1800.

Otros investigadores consideran que las cifran eran bastante menores:

“En la ‘nación de los lectores’ como denomina Samuel Johnson a Gran Bretaña, E. Burke calcula que en los años 90 del siglo XVIII hay un público de unos 80.000 individuos. Frente a una población total de seis millones, se trata apenas de un porcentaje del uno y medio. Aún en 1788, una cuarta parte de las comunidades inglesas carecía de escuelas. Igualmente vagos son los cálculos relativos a Francia, aquí, unos 9,6 millones de personas eran capaces en los años ’80 de escribir su nombre, pero también en este caso se estima que, hacia 1789, el porcentaje de analfabetos suponía un 60%”

En los Estados Unidos, para 1787 (año de su Constitución) se estima que un 58% de la población blanca estaba alfabetizada, pero para 1870 ya llegaba al 79%, con el adicional de que entre el 5 y el 10% de la población afro americana también lo estaba.

De modo que, para 1830, recién se contaba con métodos de impresión masiva y con poblaciones que en más de un 50 % eran lectoras. Y, ¿casualmente?, recién allí salió a la luz El Libro de Mormón.

En las últimas décadas del Siglo XVIII se produce lo que se denomina una “revolución de la lectura”

“Todo el mundo lee en París… Todo el mundo – pero sobre todo las mujeres – lleva un libro en el bolso. Se lee en el coche, en el paseo, en los teatros durante el entreacto, en el café, en los baños. En las tiendas leen las mujeres, los niños, los mozos, los aprendices. Los domingos leen las personas que se sientan delante de sus casas; los lacayos leen en sus asientos, los cocheros en sus escabeles, los soldados que cumplen guardia…” (citado en Zur Dichtungsgeschichte der romanischen Volker, Leipzig, 1965, pags 194-312)

“De esta manera me parece que debemos pensar en lo que cambió a finales del siglo XVIII sin necesariamente encerrar estos cambios dentro de la oposición de la lectura intensiva y la lectura extensiva. Lo importante quizá es la posibilidad, para un número cada vez mayor de lectores de practicar diversos tipos de lectura: lectura silenciosa, lectura en voz alta, lectura solitaria, lectura dentro de la familia, lectura pedagógica o lectura para el placer. Los intelectuales, los letrados, los medios de las élites en el siglo XVIII han conquistado este repertorio, complejo, diferenciado, de prácticas de lectura.” (Roger Chartier en su Conferencia Magistral del 7 de mayo de 1999 en la Universidad Virtual del Tecnológico de Monterrey)

Durante ese período se multiplican las bibliotecas y los clubes de lectura para permitir un mejor acceso a los bienes culturales.

En la Biblioteca, del italiano Pio Ricci (1850-1919)

En la Biblioteca, del italiano Pio Ricci (1850-1919)

Otro modo de tomar nota del drástico cambio en los hábitos de lectura durante el período de la Restauración, e inmediato posterior, es analizando la publicación de revistas en el mercado editorial. En 1800 existían en los EEUU 13 revistas mensuales con un promedio de tirada de 1000 ejemplares. Para 1900 eran 3500 revistas (1500 semanales y 2000 mensuales o trimestrales) con un promedio mensual en sus tiradas de 21800 ejemplares.

Considerando otra referencia, analicemos el caso de Argentina. Para 1869 más del 77% de la población era analfabeta, en 1895, el 53%, en 1914, el 36% y para 1947, la drástica disminución al 13%. Para 1925, cuando el Libro de Mormón llegó a nuestras costas, existía una población lectora superior al 65% de los pobladores. (Estado de situación en la Argentina – Ministerio de Educación de la Nación, Agosto, 2000, que cita a CFI Analfabetismo en Argentina. Evolución y tendencias actuales, Buenos Aires, 1963. Ministerio de Educación y Justicia, CONAFEP, Plan Nacional de Alfabetización, Buenos Aires, 1985)

Alfabetización y literalización

Ser alfabetizado es tener la capacidad de traducir los códigos de información expresados a través de un alfabeto a un lenguaje oral. El aprendizaje de esos códigos implica que alguien ha sido “alfabetizado”. En las últimas décadas, colegios y universidades han tomado nota de que muchos jóvenes que han alcanzado la etapa de alfabetización no logran una cabal comprensión de lo que leen. Además de los códigos gramaticales es necesario adquirir otras habilidades, incluyendo matemáticas (si no sería imposible buscar una página o el orden de los capítulos), un vocabulario lo más extenso posible y aún la capacidad de “leer entre líneas”. A esto denominamos “literacidad”. Cada momento histórico y social marcó diferentes niveles para considerar a alguien literalizado. En una etapa inicial el poder escribir el nombre propio era suficiente. Luego, leer en voz alta aunque no se comprendiese el significado. Más adelante interpretar. Poder escribir sobre lo que leemos, expresando nuestro propio punto de vista, siempre fue considerado un buen índice de literacidad. En la actualidad debería incluir rudimentarias nociones de computación y la capacidad de seleccionar textos, ya que la oferta de los mismos se ha multiplicado exponencialmente mientras que el tiempo del que disponemos para leerlos no se ha alterado demasiado. Entre el Renacimiento y la etapa del Romanticismo (aproximadamente entre 1500 a 1800), Europa experimentó una profunda transformación en su literacidad, pasando de un tipo restringido a uno masivo. En muchos casos, los adultos disfrutaban de una gran cantidad y variedad de materiales impresos. (Houston, Robert A. Ç”Literacy in Early Modern Europe: Culture and Education, 1500–1800”, London, 2001)

La Lecture, del francés Jules Breton (1827-1906)

La Lecture, del francés Jules Breton (1827-1906)

Los avances para las nuevas generaciones fueron lentos pero seguros. Por ejemplo, en Austria, la Emperatriz María Teresa promulgó una ley que obligaba a los niños mayores de 6 años a asistir a la escuela. En 1774 sólo una sexta parte de los incluidos asistía a clases. Para 1784, los tres quintos y para 1828, 9 de cada 10 lo estaba haciendo. (Ducreux, Marie-Elisabeth: Reading unto Death: Books and Readers in Eighteenth-Century Bohemia, en Roger Chartier (ed.): The Culture of Print: Power and the Uses of Print in Early-Modern Europe, Oxford 1989, pag. 213)

Previo conocimiento de la Biblia

Parece muy difícil que alguien alcanzase una comprensión profunda del contenido del Libro de Mormón sin tener en paralelo conocimiento de la Biblia, ya que las citas intertextuales son permanentes, los símiles y ejemplos hacen constante referencia al texto sagrado judío y cristiano. Para comienzos del siglo XIX dicho conocimiento no estaba asegurado en todo el mundo, de hecho, aún en naciones con larga tradición cristiana, la lectura directa de la Biblia por los feligreses era poco estimulada o directamente prohibida.

“En cambio, en las tierras donde se ha asentado el calvinismo y el puritanismo, la consulta personal y familiar del texto bíblico ha engendrado unas prácticas de lectura harto diferentes. La relación directa, sin intercesiones, entre los fieles y la Palabra sagrada convierte el trato frecuente con la Biblia en una experiencia espiritual fundamental y erige la lectura del texto sagrado en modelo de todas las lecturas posibles. Realizada en silencio para sí mismo o en alta voz a la familia reunida, o practicada tanto en el fuero interno como en la iglesia, y presente en cada momento de la existencia, la lectura de la Biblia define una relación con lo escrito que reviste una singular intensidad. Ese modelo original de lectura, que puede ser considerado como la forma perfecta de la ‘lectura intensiva’, gobierna todas las lecturas, tanto religiosas como seglares, de las comunidades calvinistas, y puritanas…” (Guglielmo Cavallo y Roger Chartier, Introducción a Historia de la lectura en el mundo occidental, Santillana Ediciones S.A., Madrid, 2001, pag. 58)

Este parece ser el ambiente cultural en el que el joven Joseph Smith, Jr se formó.

Le boudoir del francés Delphin Enjolras(1857-1945)

Le boudoir del francés Delphin Enjolras(1857-1945)

De modo que, como una primera aproximación, el lector ideal del Libro de Mormón debía ser alguien que supiese hablar inglés (ya que ese fue el idioma al que se lo tradujo inicialmente), que fuese no sólo alfabetizado sino literalizado y que tuviese conocimiento previo de las Escrituras. No resulta fácil encontrar tal lector antes de mediados del siglo XVIII o comienzos del XIX y fuera de Inglaterra o sus territorios colonizados.

Lector Modelo y Lector Empírico

“Un texto es un artefacto concebido para producir su Lector Modelo… Cuando un texto es lanzado al mundo como un mensaje en una botella, es decir, cuando un texto se produce no para un solo destinatario, sino para una comunidad de lectores, el autor sabe que no será interpretado de acuerdo con sus intenciones, sino de acuerdo con una compleja estrategia de interacciones que implica también a los lectores, junto con su competencia en su lenguaje como antología social. Con “antología social” no quiero decir solamente una lengua dada compuesta por una serie de reglas gramaticales, sino también toda la enciclopedia que han generado las ejecuciones de la lengua: las convenciones culturales que esa lengua ha producido y la historia de las interpretaciones previas de sus muchos textos, incluido el texto que el lector está leyendo.

El acto de leer tiene que tomar en consideración todos estos elementos, incluso siendo improbable que un solo lector los domine todos. Así que cada acto de lectura es una transacción compleja entre la competencia del lector (el conocimiento del mundo que posee el lector) y el tipo de competencia que un texto determinado requiere para ser leído de una manera “económica”, o sea, de una manera que aumenta la comprensión y el disfrute del texto, y que viene apoyada por el contexto.

El Lector Modelo de una historia no es el Lector Empírico. Cuando leemos un texto, el Lector Empírico es usted, yo, cualquiera. Los Lectores Empíricos pueden leer de muchas maneras, y no existe ninguna ley que les diga cómo leer, porque a menudo usan el texto como vehículo de sus propias pasiones, que pueden venir de fuera del texto o que el texto puede despertar por casualidad. (Umberto Eco, “Confesiones de un joven novelista”, Editorial Lumen, 2011)

Para resumir los conceptos teóricos de Eco: denomina Lector Modelo a aquel previsto por el texto, es decir, a quien idealmente podría tener una comprensión perfecta de él gracias a sus competencias o capacidades. En la medida que poseamos tales competencias, más nos acercaremos a esa figura de Lector Modelo. Pero el Lector Empírico es el lector real que toma el texto en sus manos y que interpretará lo que puede.

Lectura interesante, del alemán Emil Rau (1858-1937)

Lectura interesante, del alemán Emil Rau (1858-1937)

La página inicial del Libro de Mormón prevé a sus futuros lectores:

“Escrito a los lamanitas, quienes son un resto de la casa de Israel, y también a los judíos y a los gentiles…”

Sin embargo, esa enumeración incluye a todo el mundo, sin analizar sus competencias o posible comprensión. Los lamanitas siempre son mencionados como destinatarios étnicos específicos, luego se amplía al resto de la Casa de Israel y finalmente a los Gentiles, es decir, todos aquellos que no pertenecen a Israel, el resto de los habitantes del planeta.

El proceso de aparición, en cambio, sería en sentido inverso. Primeramente a los Gentiles y luego, a través de ellos, a Judíos y Lamanitas, para cumplir con aquello de que ‘los últimos serán los primeros’ y viceversa.

Todo escritor intuye a sus lectores. Imagina a su audiencia. Escribe para ese Lector Modelo al que da forma con su texto. A Mormón, uno de los escritores y gran compilador del Libro de Mormón, le fue dado algo más…

“He aquí, os hablo como si os hallaseis presentes, y sin embargo, no lo estáis. Pero he aquí, Jesucristo me os ha mostrado, y conozco vuestras obras…” (Mormón 8:35)

Personalmente, no creo que a Mormón se le haya permitido penetrar en las mentes y formas de lectura de los millones que han leído el Libro desde su aparición, sino más bien, que supo del contexto que existiría cuando apareciese. Los versículos que continúan dan cuenta de las características espirituales y éticas de esa sociedad…

Henry Nolhac (1884-1948)

Henry Nolhac (1884-1948)

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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