Sobre los Libros: Alfonso Reyes

ARTE Y RELIGION

       Literatura

               “Sí, buscad palabras de sabiduría de los mejores libros…”

Sobre los Libros: Alfonso Reyes

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Alfonso Reyes Ochoa, ensayista, poeta, pensador y diplomático mexicano nació en Monterrey, 1889. En 1909 fundó, junto a otros escritores e intelectuales, el Ateneo de la Juventud, donde se discutían los clásicos griegos y se reflexionaba sobre la literatura universal. En 1911, con sólo 21 años, publicó Cuestiones estéticas, su primer libro. En 1913 se graduó de abogado.

Por motivos políticos debió exiliarse en España entre 1914 y 1924. En este período desarrolló una gran actividad creativa como investigador, escritor y periodista. En 1917 publicó Cartones de Madrid, Visión de Anáhuac y El Suicida. De 1921 es El Cazador.

Finalizada la revolución, su país lo llama a colaborar en la sede diplomática en Francia, hasta 1927. Luego será nombrado Embajador en la Argentina hasta 1930. En Buenos Aires se relaciona con Victoria Ocampo, Pedro Henríquez Ureña, Leopoldo Lugones, Paul Groussac, Xul Solar, Jorge Luis Bores y el joven Adolfo Bioy Casares. Borges llegaría a decir de él: “Reyes ha escrito la prosa más admirable de la lengua castellana.”

En 1939 preside la Casa de España en México y en 1940 es nombrado miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. En 1945 Obtiene el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Literatura y Lingüística de México. Gabriela Mistral propone su candidatura para el Premio Nobel de Literatura en 1949 pero el movimiento nacionalista mexicano se opone pues cree que Reyes “escribe mucho sobre los griegos y poco sobre los aztecas”. En 1950 es nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Princeton y en 1958 por La Sorbonne. Ese mismo año lo premia con un doctorado la Universidad de California en Berkeley. El Fondo de Cultura Económica ha publicado su Obra Completa en 27 volúmenes. Su coterráneo, Octavio Paz, ha declarado: “El amor de Reyes al lenguaje, a sus problemas y sus misterios, es algo más que un ejemplo: es un milagro.”  

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La adoración que Reyes profesaba a los libros se ve plasmada en el nombre que puso a su biblioteca, la Capilla Alfonsina, de la cual se consideraba su ángel guardián o duende. Dicha biblioteca se conserva en el Instituto Nacional de Bellas Artes.

A través de sus reflexiones, en ocasiones colocadas en boca de sus personajes literarios, Alfonso Reyes nos ha transmitido ese amor por la literatura, la lectura y el libro…

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 “Quiero que la literatura sea una cabal explicitación, y, por mi parte, no distingo entre mi vida y mis letras. ¿No dijo Goethe: Todas mis obras son fragmentos de una confesión general?”

“Escribo: eso es todo. Escribo conforme voy viviendo. Escribo como parte de mi economía natural. Después, las cuartillas se clasifican en libros, imponiéndoles un orden objetivo, impersonal, artístico, o sea artificial. Pero el trabajo mana de mí en un flujo no diferenciado y continuo”

“La literatura puede ser citada como testigo ante el tribunal de la historia o del derecho, como testimonio del filósofo, como cuerpo de experimentación del sabio”.

 “En el ambiente de tu taller aletea el aburrimiento con sus alas de plomo y los sueños de cabeza pesada asoman por los rincones del salón y detrás de los libros (…) yo te miraba y remiraba, hasta que, cansado de la monotonía de tus gestos, volví la vista a tus libros y a tus estantes y, paseándola por todos los títulos, fui, en síntesis, recordando todos los asuntos –que yo también he leído ya los libros todos”. (El Demonio de la Biblioteca, pag. 117-126)

“Hay mal de libros como hay mal de amores. Quien se entrega a ellos olvida el ejercicio de la caza y la administración de su hacienda”. Calendario (343)

Condesa de La Chatre por Elisabeth Vigee Le Brun (1755-1842)

Condesa de La Chatre por Elisabeth Vigee Le Brun (1755-1842)

“Mas ya a mí los libros no me quieren; ni me abren su alma, ni me agradecen los cuidados que me he tomado por la salud de sus cuerpos. Me parece que se ponen traviesos con la primavera, y temo que un día se vayan volando por la ventana, agitando sus hojillas como alas”. (El cazador, 50):

“Hoy ha podido afirmarse que la mejor universidad es una biblioteca selecta, “Jardín del Abril y Aranjuez del Mayo”, como decía Gracián, y hoy todo aprendizaje teórico nos lleva a imaginar los desvelos solitarios del Fausto. ¡Y que sería, en efecto, de algunos si no hubiéramos dispuesto de libros para corregir a solas tantas deficiencias de los programas académicos!” (La antigua retórica, 352).

“Se trata de esa época en la que los libros, los buenos libros, nos acompañan igual que los buenos amigos, pues tal es “el más alto fin de los libros: el ser, para los hombres, una grata y fiel compañía” (Simpatías y diferencias, 53),

Llaman: -un libro, un amigo,

los dos de igual calidad.

Al uno le digo: “Entrad”,

y al otro: “Empezad”, le digo.

(Repaso poético, 269)

Jovencita en Biblioteca de Jean Baptiste Charpentier (1779-1835)

Jovencita en Biblioteca de Jean Baptiste Charpentier (1779-1835)

“Yo no hago libros: dejo que los libros se hagan solos: yo los veo crecer”. (Las vísperas de España, 160)

“Leer y escribir se corresponden como el libro cóncavo y el convexo: el leer llama al escribir, y éste es el mayor y verdadero mal que causan los libros” (Calendario, 343).

“Hay que recordar a Stevenson que –dice él– nunca salía de casa sin dos libros: uno para leer, otro para escribir”. (El cazador 154).

“Bautizar un libro es un rito lleno de terrores supersticiosos Témese al hacerlo echar sobre el libro la sombra de un hado funesto […] En la economía de la obra el nombre es un centro de equilibrio, un norte ideológico, una manera de destino espiritual. Si la dedicatoria en que ponían toda su esperanza los escritores de ayer sirve para propiciar al magnate, el título propicia al dios […] La vida está ahí, esperando, para condenarlos al olvido, a los libros que estén mal bautizados; o pronta a alterar los títulos que no correspondan a su ritmo, ya torciéndolos, ya abreviándolos. Libros hay, escritos en serio, a los que el negligente escritor ha crucificado con un título, sin quererlo, cómico; y otros que sobreviven con la injuria de un título alterado, cual con una cicatriz en el rostro. […] yo no puedo dedicar a nadie este libro de divagaciones. A este libro yo lo condeno a la vida ruda de los libros: a aburrirse en los escaparates, a empolvarse en los rincones oscuros, a que lo estrujen las manos de las gentes, a que lo maldigan los muchos. Yo no puedo dedicar a nadie mis pesadillas líricas: corran por el aire de la noche como una honda de inquietud o un grito de sed”. (El cazador, 293 y 303)

“Cada libro me recuerda un orden de estados de ánimo que me es grato, que me ha sido útil –íntimamente útil– dejar definido… (Páginas adicionales, 450-451).

“La amistad de los libros es una imitación atenuada de la amistad de los hombres: no hay amigo tan complaciente como un libro; a su autor ni siquiera lo tenemos delante”. (Los dos caminos, 243).

“Sor Juana había descubierto algo que constituye a la vez el secreto de la cultura y el secreto del estudio. En sus afanes por entenderlo todo, en su incontrastable sed de conocimiento que rayaba en la heroicidad, luchando con los obstáculos que nuestras sociedades han puesto de todo tiempo a las mujeres que quieren embarcarse en el mismo barco de los hombres, y que hacían de la colonia un medio singularmente impropicio para su formación intelectual; desvelándose a solas, como decía la pobre, sin más maestro que un libro ni más condiscípulo que un tintero insensible con quien departir sobre las verdades que iba adquiriendo; se había dado cuenta de esta intercomunicación que existe entre los distintos órdenes del saber; había comprobado por sí misma que unas disciplinas ayudan a otras…” (Tentativas y orientaciones, 211).

“En verdad, la cultura misma en que vivimos, la cultura que disfrutamos y gracias a la cual existimos dentro de nuestra sociedad, es inaccesible, en su totalidad, a todos y cada uno de nosotros. Sólo está en los libros”. (Última Tule, 129).

Medicina para el sano

sin almirez ni alquitara:

libros en la mesa, para

cuando la frente en la mano.

Este galeno galano

Brinda la triaca mejor,

que para quien pena por

la falta de un compañero,

los libros son lo primero.

(¡Claro! Después del amor.)

(Constancia poética 278).

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