Sacudiendo el Polvo de los Pies (El desvanecimiento de una Ordenanza)

DOCTRINA

Sacudiendo el Polvo de los Pies

(El desvanecimiento de una ordenanza)

Por Mario R. Montani

Introducción:

Quisiera comenzar mencionando algunas experiencias relatadas en el blog The seer stone (http://theseerstone.blogspot.com.ar/2010/07/shaking-dust-from-your-feet.html). Su administrador recuerda:

“En mi misión, afortunadamente, aprendí el castellano bastante rápido. De hecho, tras estar unos dos meses en el campo, podía conversar bien y había adquirido un acento que hacía que algunos me preguntaran si yo era ecuatoriano. Otros misioneros pueden pasar toda su misión sin lograr incorporar totalmente un idioma extranjero, y ese era el caso con uno de mis compañeros. Aunque yo tenía sólo dos meses en el campo misional y a él le faltaban tres para terminar su misión, yo tenía una mejor comprensión del español. Honestamente, me sentía un poco mal, pues debía ser duro para él que yo, su compañero menor, condujese la mayor parte de las charlas. En cierta ocasión nos encontrábamos enseñando a una familia numerosa. Cada vez que mi compañero hablaba, la familia me miraba y me pedían que tradujese lo que él había dicho. Esto ofendió claramente a mi compañero, que llegó a rehusarse a que yo explicara lo que decía pues insistía en que había sido lo suficientemente claro. Estaba tan furioso que, cuando dejamos el hogar de la familia, comenzó a sacudirse el polvo de sus zapatos, un poco más abajo en la calle, como testimonio en contra de los habitantes de esa casa…”

Un comentarista del blog, identificado como Jeremy (el 7 de Junio de 2010), también aportó referencias del pasado:

“Teniendo un antepasado que recibió sobre él esta ordenanza, siempre me interesa investigar sobre el asunto. Mi retatarabuelo “corrió de su granja a los misioneros mormones con un arma, porque los mormones habían matado a su pequeña hermana” (Lamentablemente, ella había sido una víctima de la Masacre de Mountain Meadow). Dejó registrado que los mormones “se sacudieron el polvo de los pies en su contra”. Afortunadamente, el Señor tiene una mayor perspectiva que el hombre y no validará un acto incorrecto realizado por un poseedor del sacerdocio. Mi familia se unió a la Iglesia muchos años después gracias a otro par de misioneros que cumplió fielmente su llamamiento del Señor”.

Jamás participé en mi misión de una ordenanza parecida, pero sí escuché sobre ella a través de compañeros y, sobre todo, de los padres de ellos, que habían cumplido misiones previamente en la década del ‘40. Generalmente, los relatos venían acompañados por el consejo de ser prudentes con la aplicación de tal ritual.

Meridiano de los Tiempos

Que se trata de una práctica mencionada en las Escrituras está más que claro en el Nuevo Testamento

“Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis, averiguad quién es digno en ella y reposad allí hasta que salgáis. Y al entrar en la casa, saludad. Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros. Y si alguno no os recibiere ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad y sacudid el polvo de vuestros pies. De cierto os digo que en el día del juicio el castigo será más tolerable para la tierra de Sodoma y de Gomorra que para aquella ciudad. He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas”. (Mateo 10: 11-16)

Los otros evangelios sinópticos repiten con pequeñas variantes la instauración de la ordenanza. Previo a Jesucristo, los judíos ortodoxos a menudo sacudían el polvo de sus pies al abandonar ciudades gentiles para indicar su separación de las prácticas infieles. Ahora, el Maestro los enviaba a hacer lo mismo en las propias ciudades judías, para indicar la separación de aquellos que rechazaban al Mesías. El gesto pretendía indicar a las personas que estaban haciendo una mala elección y que la oportunidad de seguir al Cristo podía no volver a presentarse.

La única ocasión en que el Nuevo Testamento registra la aplicación práctica del principio es en Hechos 13: 50-51:

“Pero los judíos instigaron a mujeres piadosas y distinguidas, y a los principales de la ciudad, y levantaron persecución contra Pablo y Bernabé, y los expulsaron de sus límites. Estos, entonces, sacudiendo contra ellos el polvo de sus pies, se fueron a Iconio”.

El estudioso T.J. Rogers ha estimado de modo convincente que los pasajes bíblicos deberían leerse en el contexto de las antiguas costumbres de hospitalidad en la cuenca del Mediterráneo. Los viajeros en el mundo antiguo esperaban que aquellos que los hospedaban les proveyeran de agua para lavar sus pies, lo que simbolizaba la transición de extranjero a huésped de la casa. Sacudirse el polvo de los pies serviría como evidencia de que no se habían cumplido los sagrados requisitos de la hospitalidad. En el caso de los Apóstoles, implicaría que Dios tomaba nota de su testimonio y castigaría a los que se rehusaban a alojar a Sus siervos. (T. J. Rogers, “Shaking the Dust off the Markan Mission Discourse,” Journal for the Study of the New Testament 27, no. 2 (2004) pag.169–192)

El Salvador instauró dos ordenanzas relacionadas con los parámetros de la hospitalidad que no deben confundirse entre sí. Una es el lavamiento de los pies, que encierra una bendición para el receptor, y la otra es el sacudimiento del polvo de los pies que, en realidad, es una maldición. El término griego dexomai utilizado en el Nuevo Testamento significaba “recibir” y es uno de los varios empleados para definir las responsabilidades de hospitalidad en el mundo Greco-romano, incluyendo hacerse cargo de las necesidades y refugio para el huésped. La hospitalidad era una institución social, y si el invitado había sido enviado por otro como emisario o embajador, entonces la recepción debía incluir escuchar el mensaje y proveer para sus necesidades. Quizás el consejo de viajar sin bolsa ni alforja y de no preocuparse por lo que habrían de comer o beber tenía un significado especial en el contexto de ese mundo, ya que quienes recibieran el mensaje también proveerían el resto. Si bien tendemos a relacionar a las “ciudades de la llanura” con la perversión, el ejemplo enfático del Salvador al mencionar Sodoma y Gomorra en esa ocasión parece tener en cuenta también su falta de hospitalidad.

Apostasía

Con la pérdida de la autoridad sacerdotal, el ritual parece haberse mantenido parcialmente por su presencia en las sagradas escrituras. Por ejemplo, en los relatos de Francisco de Asís y su predicación por Italia. Con fecha 23 de abril de 1208 y días subsiguientes:

“A los siete días, un joven de condición humilde, después de oír misa en San Jorge (era la fiesta de este santo), se fue con ellos a Rivotorto, y Francisco lo recibió muy contento, invitándolo a alegrarse por haber sido ‘elegido por Dios como caballero y servidor suyo, amado en la perfecta observancia del Evangelio’. Pocos días después. Ambos se fueron de gira apostólica por la Marca de Ancona, dejando a todo el mundo perplejo por la manera extraña de vestir y de saludar y por su aspecto desaliñado. Dos niños los tomaron por el ‘coco’, unos campesinos los confundieron con hechiceros que embrujaban al ganado, las muchachas corrían asustadas y la mayoría los tomaba por locos, mas Francisco animaba a fray Gil, anunciándole que la orden llegaría a ser como el pescador que saca la red llena de peces y selecciona a los más grandes. En Gualdo Tadino fueron tan mal recibidos que Francisco no dudó en sacudirse el polvo de los pies, como dice el Evangelio.” (http://www.fratefrancesco.org/vida/32.apost.htm  consultado 23/07/2015 11 hs)

En 1559, al ser echado de Heidelberg por orden de Federico III, el auto nombrado profeta Justus Velsius practicó el ritual y Martin Lutero, defendiéndose de la acusación de perseguir a los judíos declaró:

“sigamos el consejo de Cristo y sacudamos el polvo de nuestros zapatos, diciendo, ‘somos inocentes de vuestra sangre’”

Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos

Con la restauración del evangelio, la antigua ordenanza fue mencionada en varias revelaciones. La primera de ellas, DyC. Sección 24, recibida en Julio de 1830, daba instrucciones a Oliver Cowdery para el comienzo de su misión:

“Y en cualquier lugar donde entréis, y no os reciban en mi nombre, dejaréis una maldición en vez de una bendición, sacudiendo el polvo de vuestros pies en contra de ellos como testimonio, y limpiándoos los pies junto al camino”. (DyC. 24:15)

El cambio de contexto entre el Meridiano de los Tiempos y el siglo XIX hace que los hábitos de hospitalidad sean bastante diferentes. No obstante, la sociedad norteamericana de la época estaba plenamente consciente, por su lectura asidua de la Biblia, de las connotaciones del acto simbólico de sacudirse el polvo de los pies.

El primer registro de esta práctica luego de la Restauración lo tenemos a través de la madre del Profeta, en su relato de la misión de su hijo, Samuel Smith: 

“El 30 de Junio (1830), Samuel inició su misión a la cual había sido apartado por Joseph, y al viajar 25 millas, que fue el recorrido de su primer día, se detuvo en varios lugares con el objeto de vender sus libros, pero le cerraron las puertas tan pronto como declaró sus principios. Cuando llegó la noche estaba agotado y casi desilusionado, pero al llegar a una posada, llena de todo tipo de abundancias, llamó para ver si el propietario compraría uno de sus libros. Al entrar, Samuel le preguntó si no deseaba adquirir una historia del origen de los indios.

‘No lo sé’, replicó el posadero; ‘¿cómo fue obtenido?’ ‘Fue traducido’, contestó Samuel, ‘por mi hermano, de unas planchas de oro que encontró enterradas’. ‘¡Mentiroso!’, gritó el dueño. ‘Fuera de mi propiedad, no se quedará ni un minuto con sus libros’.

Samuel estaba apenado, pues esta era la quinta vez que le cerraban las puertas ese día. Abandonó la casa, viajó una corta distancia y lavó sus pies en un pequeño arroyo, como testimonio en contra del hombre. Entonces siguió otras cinco millas en su viaje, y, al ver un manzano cerca del camino, decidió pasar la noche bajo su cobijo, y allí descansó sobre la tierra húmeda y fría. Al llegar la mañana, se levantó de su poco confortable lecho, y viendo una pequeña cabaña cercana, se acercó con la esperanza de obtener alguna vitualla… Luego continuó a Bloomington, que estaba 8 millas más lejos.

Allí se detuvo en el hogar de John P. Greene, un predicador metodista, y era justo cuando estaba a punto de iniciar una misión de predicación. Al igual que los otros, no mostró interés en adquirir un libro al que consideró una fábula sin sentido; sin embargo, dijo que llevaría una hoja de suscripciones, y, si en su ruta, hallaba a alguien interesado en comprar, escribiría su nombre, y en dos semanas Samuel podría volver a pasar y le diría sobre las posibilidades de venta. Después de hacer este acuerdo, Samuel le dejó uno de sus libros y regresó a casa. Al llegar la fecha acordada, Samuel se dirigió nuevamente a lo del Reverendo John P. Greene, para averiguar el éxito que este caballero había tenido en la posible venta del Libro de Mormón. En esta ocasión, el Sr. Smith y yo lo acompañamos, y era nuestra intención pasar cerca de la taberna donde lo habían tratado tan abusivamente algunas noches atrás, pero antes de llegar, un cartel de viruela, nos lo impidió. Nos retiramos, y al encontrar a un habitante del lugar, le preguntamos si la enfermedad se había extendido mucho. Nos respondió que el tabernero y dos más de su familia habían muerto recientemente, pero no sabía de nadie más que hubiese contraído el mal, el cual había sido traído a la vecindad por un viajero que se detuvo en la taberna una noche…” (Lucy Mack Smith, History of Joseph Smith, pags. 225-226)

Como diferencia tenemos, a partir de aquí, que la ordenanza incluyó un lavado. Por lo tanto coexistieron con un formato similar una ordenanza de lavado de los pies, como símbolo de servicio y consagración y otra de condenación. Si bien la primera es realizada sobre terceros y la segunda sobre uno mismo, no deben confundirse.

También echa por tierra la posibilidad de que su administración fuese una prerrogativa de los Apóstoles u otras autoridades mayores de la Iglesia, ya que Samuel Smith era simplemente un misionero.

La siguiente referencia al tema, aparece el 8 de Agosto de 1831, en lo que hoy conocemos como Sección 60 de la Doctrina y Convenios:

“Y sacudirás el polvo de tus pies contra aquellos que no te reciban, no en su presencia, no sea que los provoques, sino en secreto; y lava tus pies como testimonio en contra de ellos en el día del juicio” (DyC 60:15)

A diferencia de la declaración bíblica del carácter público del rito (‘en las calles’), la nueva instrucción enfatiza la naturaleza privada de la ocasión (‘no en su presencia’). Se ha especulado que la dilatación del momento de realización pudiera relacionarse con la necesidad de que no fuese hecha bajo un enojo o acaloramiento momentáneo.

Para ese entonces, Hyrum Smith, Lyman Wight, John Corrill y John Murdock, tal como se encuentra registrado en el diario de este último, habían lavado sus pies en contra de Detroit, Michigan, después de un día de dificultoso proselitismo, el 16 de Junio de 1831 (Autobiografía de John Murdock, pag. 23, Archivos de la Iglesia).

Hyrum volvería a hacerlo el 9 de Septiembre de 1831 en contra de un airado ministro cristiano y William McLellin junto a Samuel H. Smith lavarían sus pies para testificar contra una congregación campbellita que les había cedido parte de su reunión pero rechazado su mensaje. (Journals of William E. McLellin: 1831-1836, Urbana, Illinois, University of Illinois Press, editores Jan Shipps y John W. Welch, 1994, pag. 47)

En Enero de 1832, aparece la mención en una nueva revelación:

Y en cualquier casa donde entréis y os reciban, dejad allí vuestra bendición. Y de cualquier casa donde entréis y no os reciban, saldréis de allí en seguida, y sacudiréis el polvo de vuestros pies como testimonio en contra de ellos.  Y os llenaréis de gozo y alegría; y sabed esto, que en el día del juicio seréis jueces de los de esa casa, y los condenaréis; y será más tolerable para el pagano en el día del juicio que para los de esa casa; por tanto, ceñid vuestros lomos, sed fieles y venceréis todas las cosas, y seréis enaltecidos en el postrer día. Así sea. Amén.” (DyC 75:19-22)

Quizás una diferencia importante de esta nueva revelación es que se relaciona con la recepción o no del mensaje y no meramente con la hospitalidad.

La Sección 99, de Agosto 1832, vuelve a referirse al asunto:
“He aquí, así dice el Señor a mi siervo John Murdock: Eres llamado para ir a las regiones del Este, de casa en casa, de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, a proclamar mi evangelio sempiterno a sus habitantes, en medio de la persecución e iniquidad. Y el que te reciba, me recibe a mí; y tendrás el poder para declarar mi palabra con la demostración de mi Santo Espíritu. Y quienes te reciban como niños pequeños, recibirán mi reino; y benditos son, porque alcanzarán misericordia. Y quienes te rechacen, serán rechazados de mi Padre y de su casa, y limpiarás tus pies en lugares secretos por el camino como testimonio contra ellos”. (DyC 99: 1-4)

Y, finalmente, la Sección 84, que, si bien aparece antes en la recopilación, corresponde a Septiembre de 1832:

 Y quienes os reciban, allí estaré yo también, porque iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros. El que os reciba, a mí me recibe; y os alimentará y os vestirá y os dará dinero. Y el que os alimente, u os proporcione vestido o dinero, de ningún modo perderá su galardón. Y el que no haga estas cosas, no es mi discípulo; en esto conoceréis a mis discípulos. Apartaos de quien no os reciba, y estando a solas, lavaos los pies con agua, agua pura, sea en tiempo de frío o de calor, y dad testimonio de ello a vuestro Padre que está en los cielos, y no volváis más a tal hombre. Y haced lo mismo en cualquier aldea o ciudad en donde entréis” (DyC 84: 88-92)

La especificación de que la limpieza debe realizarse con agua aparta nuevamente la restauración del rito de su forma original de “sacudirse el polvo”.

Orson Hyde llevaba a cabo rutinariamente tanto la bendición de los hogares como el sacudido de sus pies para “sellarlos para el día de la ira del Señor”, tal como se señala en su Diario con fechas que van del 1 de Febrero al 22 de Diciembre de 1832 (dichos diarios se encuentran hoy en los Archivos de la Iglesia).

Orson Pratt menciona haberse lavado las manos y los pies como testimonio contra la “perversa generación” y como requisito para ingresar a la Escuela de los Profetas (The Orson Pratt Journals, 18 de Febrero 1833, compilado por Elden J. Watson, Salt Lake City, Utah, 1975)

El 7 de Mayo de 1835 William McLellin se sacudió el polvo contra Sinclairville, New York, después de que sólo una anciana se presentara para una reunión convocada en la escuela local, la que, además, estaba cerrada.

El 7 de Junio de 1835 McLellin y David W. Patten sacudieron sus pies en contra de Wolcott, New York, cuando después de discursar por dos horas, pasaron el platillo y no obtuvieron donaciones.

El 11 de Julio de 1835, McLellin, junto a Brigham Young y Thomas B. Marsh se sacudieron el polvo en contra de un posadero que se tornó abusivo cuando le pidieron un desayuno gratuito. (Journals of William E. McLellin: 1831-1836, Urbana, Illinois, University of Illinois Press, editores Jan Shipps y John W. Welch, 1994, pags. 174, 189-90)

En una carta destinada a los élderes de la Iglesia publicada en noviembre de 1835, Joseph Smith declaraba:

“Debe ser obligación de los élderes, cuando entran a una casa, que su obra y voz de amonestación sean hacia el dueño de casa: y si él recibe el evangelio, entonces podrá extender su influencia a su esposa también, para que, con consentimiento, tal vez ella reciba el evangelio; pero si un hombre no recibe el evangelio, pero da su consentimiento para que su esposa pueda recibirlo, y ella cree, entonces que lo reciba. Pero si el hombre prohíbe a su esposa, o sus hijos menores de edad, que reciban el evangelio, entonces será el deber del elder seguir su camino y no utilizar ninguna influencia en su contra: y que la responsabilidad sea sobre su cabeza – sacudan el polvo de sus pies como testimonio en su contra, y vuestras vestiduras estarán libres de sus almas. Sus pecados no serán reclamados a aquellos que Dios envió a advertirles que escapen de la ira que vendrá, y que pudieran salvarse de esta perversa generación… Será el deber de un élder, cuando entra a una casa saludar al dueño de casa, y si obtiene su consentimiento, entonces podrá enseñar a todos los que están en la casa, pero si no obtiene su consentimiento, no irá entre los sirvientes o esclavos, sino que la responsabilidad quedará sobre la cabeza del dueño de casa, y también las consecuencias, y la culpa de esa casa no estará más sobre vuestras vestiduras: son libres, por tanto, sacudan el polvo de los pies, y continúen su camino” (Joseph Smith, “Letter to the Elders of the Church,” Messenger and Advocate 2 (November 1835): 209–12)

De modo que, de acuerdo a estas instrucciones, la práctica tenía que ver con separar responsabilidades y liberar a los portavoces de “la voz de amonestación” y no necesariamente con una maldición, aunque los dos propósitos coexistieron por largo tiempo. Es más sencillo comprender el rito si recordamos que, por entonces, los misioneros eran enviados para preparar al mundo para la inmediata segunda venida, y parte de su responsabilidad consistía en separar a justos de injustos.

El 24 de Mayo de 1836, Wilford Woodruff y otros misioneros lavaron sus pies en contra de varios ministros de Nueva Inglaterra que rechazaron su mensaje, y en 1837 contra el pueblo de Collinsville, Connecticut. (Wilford Woodruff’s Journal, Volume 1: 1833-1840, Kenney, Scott, editor, Midvale, Utah)

El 19 de Enero de 1881 la ordenanza fue realizada por la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce en contra de una lista de 400 personas consideradas “enemigas del Reino de Dios”, por ser activistas a favor de la eliminación de la poligamia mormona (Waiting for World’s End, Susan Staker, pag. XVII)

Siglo XX

A punto de comenzar la nueva centuria, en 1899, la Primera Presidencia envió una directiva a los presidentes de misión indicando que la práctica debería abandonarse como forma rutinaria y reservarla para aquellas situaciones que la justificaran y fuesen dictadas bajo la influencia del Espíritu.

Sin llegar a negar que las maldiciones formaron parte registrada de su historia, la Iglesia comenzó a experimentar un cambio de paradigma hacia una teología más centrada en las bendiciones.

El Presidente Joseph F. Smith, en la Conferencia General de 1904:

“Si se maldice, con un espíritu de rectitud y humildad frente a Dios, Dios confirmará la maldición; pero los hombres no son llamados para maldecir a la humanidad; esa no es nuestra misión; sino predicarles la rectitud. Nuestra obligación es amarles y bendecirles, y redimirlos de la caída y de la maldad del mundo… Dejemos la venganza en las manos de Dios y que él juzgue entre nosotros y nuestros enemigos y los premie de acuerdo a su sabiduría y misericordia”

En 1915, el Apóstol James Talmage, cuyos escritos circularon extensamente entre los miembros con un carácter cuasi canónico, incluyó el siguiente comentario en su popular obra “Jesús, el Cristo”.

“La ceremonia de sacudir el polvo de los pies como testimonio contra otro, representaba para los judíos el cese de la confraternidad y un renunciamiento a toda responsabilidad por las consecuencias que pudieran sobrevenir. Como se cita en el texto, llegó a ser, por instrucciones del Señor a sus apóstoles, una ordenanza de acusación y testimonio. En la dispensación actual, el Señor igualmente ha instruido a sus siervos autorizados a que testifiquen de esta manera contra aquellos que intencional y maliciosamente se opongan a la verdad cuando se les presente autorizadamente. Es tan grave este símbolo acusador, que se debe emplear únicamente en condiciones extraordinarias y extremadas, de acuerdo con lo que dicte el Espíritu del Señor” (James E. Talmage, “Jesús, el Cristo”, 1968, pag. 365. Nota 3)

En su recopilación de mensajes radiales (que con el tiempo se transformó en manual del Sacerdocio), el integrante de la Presidencia, J. Reuben Clark, mencionó que

“… el ritual de sacudirse el polvo de los pies es una manifestación del poder del poseedor del sacerdocio para determinar si los pecados deben ser perdonados o retenidos” (J. Reuben Clark, On the way to immortality and Eternal Life, Salt Lake City, Utah, Deseret Book, 1961, pag. 372)

Más recientemente el Elder Bruce R. McConkie declaró que “ninguna maldición debería decretarse si no es por directa revelación del Señor mandando que así se haga” (Bruce R. McConke, Doctrinal New Testament Commentary, 2:123)

En la Conferencia General de Abril 1968, el Elder S. Dilworth Young expuso:

“Hubo una época en la que pensábamos que si nos acercábamos a un hombre, y él, era hostil a causa de historias que había escuchado sobre nosotros, o suspicaz pues éramos extraños, nos rechazaba, entonces habíamos cumplido nuestro deber sacudiendo el polvo de nuestros pies en su contra. No habremos cumplido nuestro deber hasta que le hayamos dado la oportunidad de saber que esos prejuicios son infundados. Encontrar familias y mostrarles por nuestro amor que somos verdaderos seguidores de Jesucristo es nuestro deber manifiesto”

Como en toda reescritura del pasado, esta declaración asigna la responsabilidad a un “pensábamos equivocadamente” impersonal y deja fuera al hecho de que, casi por un siglo, fuimos estimulados a realizar ese tipo de ritual en base a las escrituras modernas que continuamos teniendo.

En 1994, Richard D. Draper ha reflexionado:

“Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento testifican de la realidad y poder de las maldiciones de Dios. Pero no lleguemos a pensar que una maldición es algo que no es. A menudo, el acto de maldecir es visto como la activación de una especie de fuerza destructiva, como un encantamiento o maleficio, el cual, por virtud de su nexo de operación sobrenatural, produce daño al receptor. Nada podría estar más lejos de la verdad… Las maldiciones de Dios no consisten de acción divina sino de inacción. Cuando las personas pecan al grado de que los juicios deben llegar, resulta en destrucción; pero viene a causa de que Dios quita su Espíritu, profetas y mano protectora”. (Richard D. Draper, “Hubris and Ate: A Latter Day Warning from the Book of Mormon,” Journal of Book of Mormon Studies 3, no. 2 (1994): 12–33)

Si bien la ordenanza no aparece descripta en ningún manual administrativo ni del sacerdocio y tampoco se ha escuchado sobre la práctica en ningún discurso oficial de los últimos 50 años, su abundante existencia en el pasado hace que no podamos desprendernos de ella tan fácilmente. Un lugar donde parece haber permanecido más de lo esperado es justamente en su campo de operación: la obra misional. Hay varias colecciones de relatos recopiladas con este tipo de historias y sus funestas consecuencias, integrando nuestro peculiar folklore, entre ellas “Dusting off of the Feet” de Curtis Webb, Logan, Utah State University, Fife Folklore Archives, 1980, “Dusting of the Feet”, Carolyn S. Hudson, Provo, Utah, L.Tom Perry Special Collections BYU, 1983 y “On Being Human: The Folklore of Mormon Missionaries”, William A. Wilson, Logan, Utah, Utah State University Press, 1981.

En todas ellas, siguiendo el ejemplo bíblico, los élderes sacuden sus pies y el Señor responde con drásticos acontecimientos. Por ejemplo, en Noruega, una ciudad trata mal a los misioneros y como consecuencia es destruida por los alemanes en la guerra. Algunas ciudades desaparecen por un viento fuerte, en Chile por inundaciones, en Costa Rica por un volcán, en México por un terremoto, en Japón por un tsunami, en Taiwan y Suecia por el fuego. En Sud Africa un pueblo pierde su industria minera y en Colorado la tierra se hace infértil. Ministros religiosos que combaten a los misioneros pierden su trabajo, se rompen un brazo o padecen algún tipo de cáncer. Una mujer tira el Libro de Mormón al fuego y su propia casa se quema. Otra se niega a darles agua a los misioneros y el pozo familiar se seca. La lista podría seguir interminablemente. Si bien muchas de las historias coinciden con catástrofes realmente ocurridas, los protagonistas son difíciles de hallar. Siempre son segundas o terceras fuentes de “alguien me contó que”, “un amigo de mi compañero, quien estaba en otra misión…”

Un análisis sociológico del ritual, y de su supervivencia en los mitos misionales, debería dar cuenta de que, originalmente, era una obligación de aquellos que entraban al campo preparar al mundo para un inminente milenio y separar a los no creyentes para el día del juicio. El rito tomó diferentes formatos con el paso del tiempo (sacudir el polvo de los zapatos, lavar los pies, sacudir las vestimentas) y se mezcló con otras ordenanzas que se practicaban en la Escuela de los Profetas, la Investidura de Kirtland y los círculos de oración. En la transición de aminorar el ímpetu milenarista, dejar de ser perseguidos y lograr la estabilidad como institución, parece lógico que el “sacudirse el polvo de los pies” haya perdido protagonismo.

En palabras de Samuel R. Weber:

“Comenzó a desaconsejarse el uso de las maldiciones y eventualmente desaparecieron de los discursos y publicaciones de la Iglesia. La innovación doctrinal dio paso a la rutinización necesaria para que el mormonismo se preservara como institución, de modo que las prácticas consideradas no esenciales para la misión de la Iglesia fueron eliminadas. Sin perseguidores atormentándolos, sin el milenio a la vuelta de la esquina, y un medio que favoreciera las prácticas rituales innovadoras, el deseo de maldecir se fue perdiendo para la mayoría de los mormones… Sin un poderoso resurgimiento de la innovación litúrgica, primitivismo cristiano, milenarismo, o persecución violenta, es muy poco probable que la práctica vuelva a aparecer dentro del mormonismo. Sin embargo, poder apreciar su rol en la temprana restauración provee una fascinante ventana hacia la mentalidad de las generaciones fundadoras del Mormonismo”  (“Shake Off the Dust of Thy Feet”: The Rise and Fall of Mormon Ritual Cursing, Samuel R. Weber DIALOGUE: A JOURNAL OF MORMON THOUGHT, 46, no. 1 (Primavera 2013), pag. 128)

Por supuesto, aceptar las premisas anteriores implica reconocer que las influencias sociales e históricas instalan y modifican algunas de nuestras doctrinas y prácticas. No todos lo aceptamos tan fácilmente…

Bibliografía Consultada

“Those Who Receive You Not”: The Rite of Wiping Dust Off the Feet – Daniel L. Belnap (Profesor Asistente de escritura Antigua en la Universidad de Brigham Young)

“Shake Off the Dust of Thy Feet”: The Rise and Fall of Mormon Ritual Cursing – Samuel R. Weber, DIALOGUE: A JOURNAL OF MORMON THOUGHT, 46, no. 1 (Primavera 2013)

“Jesús el Cristo” – James E. Talmage, Salt Lake City, Utah, 1968.

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