Lowry Nelson y las cartas incómodas

DOCTRINA

       Raza Negra y Sacerdocio

Lowry Nelson y las cartas incómodas

Introducción y comentarios de Mario R. Montani

Introducción: Las siguientes páginas son una traducción directa de las Memorias del Dr. Lowry Nelson, catedrático y Profesor de Sociología en la Universidad de Minnesota. De hecho, corresponden al Capítulo 16 (pags. 334 a 349) de esas Memorias. Se refiere en ellas a una sustanciosa correspondencia mantenida con las Autoridades a partir de 1947

“Mientras enseñaba en los cursos de verano de la Universidad del Estado de Utah recibí una inquietante carta que estaba destinada a ponerme en una situación de conflicto con las Autoridades de mi iglesia.

La perturbadora misiva venía de Heber Meeks, un antiguo amigo de mi época universitaria en Logan. Heber era ahora Presidente de la Misión de los Estados del Sur de la Iglesia Mormona, con cabecera en Atlanta. Me informaba que había estado en Cuba siguiendo instrucciones de la Primera Presidencia para analizar la posibilidad de realizar obra misional en ese lugar. Ya en La Habana, conoció a Chester Young, un amigo mío, quien le informó que yo había pasado un año estudiando la vida rural en Cuba. Heber me decía:

“Apreciaría tu opinión sobre lo aconsejable de realizar la obra misional, particularmente en los sectores rurales de Cuba, conociendo, por supuesto, nuestro concepto sobre los negros y su situación con respecto al Sacerdocio. ¿Existen grupos de sangre blanca en los sectores rurales, particularmente en las comunidades pequeñas? Si es así, ¿se mantienen segregados de los negros? La información más completa que hemos recibido es que en las comunidades rurales no hay segregación de las razas y que sería difícil hallar, con cierto grado de certeza, grupos de pura raza blanca.

También quisiera tu opinión en cuanto al grado de progreso que la Iglesia podría lograr en la obra misional de Cuba teniendo en cuenta que, al menos en los sectores rurales, abunda la ignorancia y la superstición y están impregnados de catolicismo. ¿Piensas que nuestro mensaje tendría algún atractivo para ellos?”

Yo quedé anonadado. Mi respuesta a Heber, fechada el 26 de Junio de 1947, decía en una de sus partes:

“La actitud de la Iglesia con respecto al Negro me pone muy triste. Tu carta es la primera indicación que tengo de que haya una doctrina fijada en este punto. Siempre supe que algunas declaraciones habían sido hechas por las autoridades con respecto a la situación del Negro, pero jamás asumí que constituían una irrevocable doctrina. Espero que no se haya dicho la última palabra sobre el asunto. Debo declarar que nunca he podido aceptar la idea, ni lo haré jamás. No creo que Dios sea racista. Pero si la Iglesia ha tomado una posición irrevocable, entonces me disgustaría que estableciera la obra misional en Cuba o cualquier otra isla donde las razas conviven bien. Los blancos y la gente de color se llevan mucho mejor en el Caribe y la mayor parte de América Latina de lo que lo hacen en los Estados Unidos. Existen prejuicios, sin duda, y de varios modos los blancos manifiestan sus sentimientos de superioridad, pero en un grado mucho menor del que encontramos en los EEUU, especialmente en el Sur. Que nos pongamos en una situación tal, predicando una doctrina de “supremacía blanca”, me parecería un trágico perjuicio. Estoy hablando con franqueza pues mis sentimientos son muy profundos en esta cuestión. Si la hermandad del mundo y la idea de un Dios universal significan algo, me parece que ese algo es la igualdad entre las razas. No logro ver cómo el Mormonismo, o cualquier otra religión que reclame ser algo más que una iglesia regional, pueda tener otro punto de vista; y no podrá haber paz en el mundo hasta que la perniciosa doctrina de la superioridad de una raza y la inferioridad de otras sea quitada de raíz. Esa es mi creencia.

Los Metodistas, Presbiterianos y Bautistas, como sabes, han hecho un gran trabajo misional en la isla, y han aportado un importante servicio al mantener escuelas, hospitales, etc.; sin embargo, han limitado su trabajo a los centros urbanos, mayormente. Hay un tremendo servicio para ser brindado a los cubanos rurales si se diera un acercamiento apropiado. El mormonismo está más que bien adaptado para brindar tal servicio con su sistema de liderismo laico y su programa de actividades. Para ellos, la familia es la institución básica, y luego, la vecindad. La Iglesia les proveería de algo intensamente necesitado. Desarrollaría líderes entre ellos, les daría esperanza y aspiración, un sentimiento de importancia como individuos que nunca han tenido. Han sido explotados por sacerdotes y políticos; se les ha conducido a pensar que el gobierno no es parte de su responsabilidad y que la iglesia es asunto del obispo y el sacerdote. A pesar del número de individuos, tienen una sensación de inferioridad definida y discernible en temas de liderismo.

Hablo ahora de la gente blanca; el pueblo rural es predominantemente blanco. Es decir, tan blancos como la gente del Mediterráneo – españoles, italianos, etc. – quienes han estado en contacto con los de “color” por siglos. No hay razas puras. En esto, los antropólogos están de acuerdo. Por supuesto, esto no significa que la sangre negra exista en toda la raza blanca o vice versa. Sin embargo, existen serias dudas sobre la pureza de los nórdicos, mediterráneos o negros. Debido a que creo que nuestro sistema de organización religiosa podría servir a los cubanos rurales mejor que cualquier otro sistema, es que me produce tristeza decirte, en mi opinión, que sería mejor para los cubanos que no vayamos a su isla a menos que tengamos el deseo de revisar nuestra teoría racial. Enseñarles la perniciosa doctrina de segregación y desigualdad entre las razas, donde no existe, o darle sanción religiosa donde ya ha mostrado su horrible cabeza, sería, me parece, trágico. Creo que deberíamos dar una batalla en contra de esas ideas.

Repito, mi brusquedad o franqueza, como desees, nace de un ferviente deseo de analizar las causas de la guerra enraizadas en los corazones de los hombres. Todo estudio, aunque limitado, que he podido realizar sobre el asunto me conduce a la conclusión de que el etnocentrismo, con la petulancia e intolerancia que lo acompañan, es uno de los primeros males a atacar si deseamos alcanzar el objetivo de la paz.”

En la misma fecha, 26 de Junio 1947, escribí al Presidente George Albert Smith de la Iglesia, tal como sigue:

Querido Presidente Smith:

He recibido hoy una carta del Presidente Heber Meeks, un antiguo compañero de estudios, copia de la cual le estoy enviando junto a una copia de mi respuesta. Creo que se explican por sí mismas.

Quizás esté fuera de lugar, por así decirlo, expresarme del modo que lo he hecho. Es por mi fuerte convicción sobre el asunto, sumado a la impresión de que no hay una doctrina irrevocable de parte de la Iglesia acerca del particular. Estoy al tanto de declaraciones y comentarios que han circulado, mas nunca me había encontrado frente a frente con la posibilidad de que tal doctrina haya finalmente cristalizado. Devotamente confío que tal cristalización no haya tenido lugar. Los muchos buenos amigos de sangre mixta – lo cual, de paso, no es una falta de ellos – que tengo en el Caribe y que saben que soy mormón quedarían escandalizados si les dijese que mi Iglesia los ha relegado a un estatus inferior.

Como ya dije a Heber, no hay duda en mi mente de que la Iglesia podría realizar un gran servicio en Cuba, particularmente en las áreas rurales, pero sería mejor no ir en absoluto que ir y promover diferencias raciales.

Quería que Ud. Conociese mis sentimientos sobre la cuestión y confío que pueda comprender el espíritu en que son expresados. Deseo vernos promoviendo paz y armonía entre las personas del mundo”

Recibí la siguiente respuesta, fechada el 17 de Julio:

Querido Hermano Nelson:

Como le habíamos avisado, recibimos su carta del 26 de Junio. Hemos considerado cuidadosamente su contenido, y nos complace aconsejarle lo que sigue:

Hacemos esta declaración inicial: el aspecto social del Evangelio Restaurado es sólo un incidente, no es su fin.

El elemento básico de sus ideas y conceptos parece ser que todos los hijos de Dios están en la misma posición frente a Dios en todas las cosas.

Su conocimiento del Evangelio le indicará que eso es contrario a los propios fundamentos de los tratos de Dios con Israel desde la época de Su promesa a Abraham   acerca de su simiente y su posición frente a Dios mismo. De hecho, algunos hijos de Dios fueron asignados a posiciones superiores antes de que el mundo se formase. Estamos al tanto de que algunos Críticos no aceptan esto, pero la Iglesia sí lo hace.

Su posición parece perder de vista las revelaciones del Señor concernientes a la preexistencia de nuestros espíritus, la rebelión en los cielos, y las doctrinas de que nuestro nacimiento en esta vida y las ventajas bajo las cuales podemos nacer tienen relación con la vida anterior.

Desde los días del Profeta José hasta ahora, ha sido la doctrina de la Iglesia, jamás cuestionada por alguno de los Líderes de la Iglesia, de que los negros no tienen derecho a todas las bendiciones del Evangelio.

Más aún, sus ideas, según las entendimos, parecen contemplar el matrimonio entre las razas blanca y negra, un concepto que, hasta aquí, ha sido repugnante para la mayoría de las personas de mentalidad normal desde la época de los patriarcas. La regla de Dios para Israel, Su Pueblo Escogido, fue la endogamia. El moderno Israel ha sido dirigido en el mismo sentido.

No hacemos caso omiso del hecho de una creciente tendencia, particularmente entre los educadores, y se hace manifiesta en esta área, hacia la destrucción de las barreras interraciales en el tema del matrimonio, pero no tiene la sanción de la Iglesia y es contraria a la doctrina de la Iglesia.

Sinceramente suyos. George Albert Smith, J. Reuben Clark, Jr, David O. McKay, La Primera Presidencia

Si estuve sorprendido ante la consulta de Heber Meeks concerniente a la existencia de gente de “pura raza blanca”, esta carta de la Primera Presidencia fue shockeante. Conocía a estos hombres bastante bien, especialmente a los Presidentes Smith y McKay. Conocía a toda la familia McKay; el hijo más joven, Morgan, había sido miembro de mi fraternidad en Logan. El Dr. George R. Hill, quien había atendido mi salud, estaba casado con una hermana de David O. McKay. Adoraba completamente a esa familia. Me había asociado con el Presidente Smith en la actividad de Boy Scouts. Cuando vino a Minneapolis, en 1943, se hizo el tiempo para conversar conmigo. Al Presidente Clark lo conocía sólo informalmente. En mi mente estaba seguro de que él había redactado la carta. Abogado de profesión, había dedicado mayormente su carrera a puestos políticos en Washington: Subsecretario de Estado en la época de Harding-Coolidge y Embajador en México durante la de Hoover. Mientras era embajador fue llamado como Consejero del Presidente Grant. De todos modos continuó trabajando en New York la mayor parte del tiempo hasta los años ’30.

Pero el redactor no era lo importante. Esta era la ley del evangelio sobre el asunto. Una frase reveladora ponía en mi boca que yo parecía favorecer el matrimonio interracial. Eso era gratuito y me enojó, aunque no expresé mis sentimientos por escrito. Revelaba el temor, como lo entendían los blancos del Sur, del “mestizaje” o “mixtura”. Era probablemente un factor fundamental en la continuidad de la política.

Mi respuesta, datada el 8 de Octubre de 1947, fue bastante larga:

Queridos Hermanos: 

Vuestra carta del 17 de Julio enviada a Logan me fue redirigida aquí, pero ya había partido hacia Europa, de modo que no la recibí hasta que regresé a mi oficina, el 8 de Septiembre. Deseo agradecer su envío y la atención prestada. La carta, sin embargo, es una desilusión para mí, como podrán deducir de lo que ya expresara al Presidente Meeks.

Me parece extraño, retrospectivamente – como debe haberles parecido a ustedes – que nunca antes haya tenido que enfrentarme a la doctrina de la Iglesia relativa a los negros. Recuerdo que se conversaba de cuando en cuando durante mi niñez y juventud, durante reuniones del Sacerdocio o alguna otra clase de la Iglesia; en cada ocasión alguien mencionaba algo sobre que ellos se habían “sentado en la cerca, mirando de lejos” durante el Concilio en los Cielos. Se decía que no habían tomado una posición activa. De algún modo, jamás existía una manifiesta convicción con relación a esta doctrina, tal vez porque para nosotros, en Ferron, era una pregunta más bien académica, ya que había muy pocos que hubiesen visto un negro en su vida, y menos aún compartido una vida comunitaria con ellos. De modo que pasábamos ligeramente sobre la doctrina, sin ninguna cita de Escrituras o alguna otra referencia, excepto, quizás, la mención de la maldición de Caín, o Cam, o Canaan. (Hace unas noches volví a leer el evento. Es difícil hallar algún elemento de justicia en el comportamiento de Noe hacia Cam, ya que simplemente mencionó a sus hermanos que su padre yacía ebrio y desnudo, y ellos fueron a cubrirlo. Cam fue maldecido por mencionar las condiciones en que se encontraba su padre).

De cualquier forma, no me había enfrentado cara a cara con el tema hasta este verano. Desde mi juventud, he desarrollado mi carrera profesional en el campo de las ciencias sociales, cuyo propósito general es describir y comprender la conducta humana. Probablemente hubiese tenido menos dificultad con algunos de estos problemas – como el problema de la raza – si hubiese permanecido en agronomía y química, que eran mis originales campos de especialización. Pero, sea como sea, mi experiencia ha sido la que es. Como sociólogo, he intentado sinceramente, y aún lo intento, comprender las relaciones humanas sociales: las varias formas de organización, el proceso de conflictos, cooperación, competencia, asimilación, por qué las personas y las culturas difieren unas de otras, etc.

A medida que uno estudia la historia y características de las sociedades humanas, comienza a reconocer ciertos principios básicos. Uno de ellos es el cambio social. Toda sociedad sufre cambios con el transcurso de los años. Está permanentemente en un estado de fluidez. Algunos estudiosos han considerado a dichos cambios progreso, y que tal progreso es inevitable. Otros señalan el surgimiento y la caída de civilizaciones y lo piensan en términos de cambios cíclicos. Otros expresan hipótesis diferentes, pero ninguno considera a la sociedad como una entidad estática.

Otro principio que aparece al estudiar el desarrollo de culturas es la tendencia de las instituciones a resistir el cambio. Aunque se establecen y crecen, originalmente como medio para satisfacer los propósitos para los cuales surgieron. Me parece que Jesús intentaba señalar esto a la sociedad de su época al hablar de poner vino nuevo en odres viejos, y que el día de reposo había sido dado para el hombre y no viceversa. Esto resultaba una afrenta para el legalismo de los Fariseos, y otros con similares perspectivas, y por supuesto, las instituciones debieron ser protegidas aún a costa de Su crucifixión.

Otro principio que ha pasado a ocupar un lugar central en el análisis de la conducta humana es el de etnocentrismo. Según lo definió William Graham Sumner, quien primero desarrolló el concepto, se refiere a “una visión de las cosas en la que el propio grupo es el centro de todo y los demás evaluados con relación a él” (The Folkways, pag. 13). En la medida en que el “grupo exterior” difiera del “grupo interior” es considerado inferior por este último. Gente con un diferente color de piel sería automáticamente asignada a un estatus inferior. Un lenguaje diferente al del “grupo interior” es, por supuesto, “inferior”; y así con todo. Esta tendencia es común a todos los grupos.

Ahora bien ¿qué agrega esto a mi modo de pensar? Significa 1) que si uno acepta el principio de cambio cultural y lo aplica a los Hebreos, la historia de los grupos del Antiguo Testamento se interpreta del mismo modo. En sus tempranas etapas de desarrollo tenían prácticas y creencias, muchas de las cuales fueron posteriormente suplantadas por otras ideas. Jehová para los Hebreos del Pentateuco era básicamente una deidad tribal. No fue hasta Amos que la idea de un Dios universal se proclamó. Y el concepto de Dios como Amor fue una contribución esencial de la misión del Salvador. 2) Esto, para mí, representa una “revelación progresiva”. Creo que aún tenemos mucho que aprender sobre Dios, y que algunas de nuestras tempranas nociones acerca de El recibirán modificaciones. 3) La antigua creencia hebrea de que la gente de color con la que tenían contacto en la cuenca del Mediterraneo era, bastante naturalmente, que esa gente era inferior a ellos, como consecuencia de su extremo etnocentrismo.

¿Por qué no tenían nada para decir sobre Japoneses, Chinos o Indígenas Americanos? Mi respuesta es que ignoraban que estos grupos existiesen. Uno podría estar bastante seguro de que, si hubiesen sabido sobre ellos, habrían desarrollado alguna explicación similar a la del negro sobre su origen, y les hubiesen asignado una posición menos exaltada que la propia. 4) Y una vez que estas cosas se escriben – e institucionalizan – toman un aura de sagrado. Refiero en este sentido no sólo a las Escrituras, sino también a documentos seculares – la Constitución de los Estados Unidos, por ejemplo, a la cual muchas personas no desean cambiar a pesar de la aparente necesidad de hacerlo. De modo que estamos en la posición, me parece, de aceptar una doctrina relativa a los negros que fuera enunciada por los hebreos durante una muy temprana etapa de su desarrollo. Más aún, y tal es un tema importante para mí, no encaja con lo que pareciera ser un aceptable nivel de justicia hoy, ni con la letra y el espíritu de las enseñanzas de Jesucristo. No logro hallar ningún apoyo para tal doctrina de inequidad en Sus enseñanzas registradas.

Estoy profundamente perturbado. Habiendo decidido mediante sincero estudio que una de las principales causas de la guerra es la existencia de etnocentrismo entre las gentes del mundo; que la guerra es el mayor mal social que amenaza con la destrucción de todos, y que podríamos disminuir estos sentimientos de etnocentrismo promoviendo la comprensión entre unos y otros, debo ahora confrontar con la doctrina de mi propia iglesia que dice, en efecto, que la supremacía blanca es parte del plan de Dios para Sus hijos, que la raza negra ha sido asignada por El para ser el talador de madera y el portador de agua para sus hermanos provistos de una piel más blanca. Esto nos convierte en aliados nominales de los Rankins y Bilbos de Mississippi, una alianza poco feliz, puedo asegurarlo. [El Dr. Nelson está haciendo referencia aquí a Theodore Bilbo y John Rankin, dos políticos del Estado de Mississippi que favorecieron la segregación racial y la supremacía blanca].

Esta doctrina, llevada a sus lógicas conclusiones, diría que el Dr. George Washington Carver, el eminente y devoto científico negro, es, por causa del color de su piel, inferior al menos admirable de los blancos, no por motivo de las virtudes que pueda o no poseer, sino porque – y esto no por una falta personal – hay un pigmento más oscuro en su piel. Toda la gente de la India – quienes no son negros de acuerdo a los etnólogos, sino arios – presumiblemente caería bajo la misma clasificación. Pienso en un hindú, inteligente, de mente amplia y vida recta que fue miembro del Comité Internacional que tuve el honor de presidir en Génova del 4 al 10 de agosto pasado. No fumaba, no consumía bebidas alcohólicas, y sus normas éticas eran tales que podríamos aplaudirlas. ¿Dónde sería ubicado en comparación con la persona menos deseable de Ferron? Y podría nombrar a negros reales con igual calificación.

Ahora bien, ustedes me dicen que “el aspecto social del Evangelio Restaurado es sólo un incidente, no el fin del mismo”. Es posible que yo no tenga el mismo concepto sobre lo “social” que el que ustedes tienen en mente, pero creo que la única virtud que podemos reconocer en los hombres es aquella que se expresa en su relación con otros; esto es, sus relaciones “sociales”. ¿Son las virtudes de honestidad, castidad, humildad, perdón, tolerancia, amor, bondad y justicia, secundarias? Si es así ¿Cuál es la primera? ¿El amor a Dios? Muy bien. Pero la segunda es semejante a la primera.

Debo pedirles disculpas por este abuso de su tiempo. Me doy cuenta de que soy sólo uno entre cientos de miles por los que se preocupan. Mis pequeños problemas debo resolverlos solo. Pero deseo ser comprendido. Por ello me he extendido para registrar la secuencia de mis pensamientos. Intento ser honesto conmigo mismo y con los demás. Trato de hallar mi camino en lo que es un mundo confuso. Después de ver la devastación de Europa este verano, estoy horrorizado por esa visión, y por contemplar lo que la humanidad puede colectivamente hacerse a si misma a menos que de algún modo nosotros – toda la familia humana – pueda colocar el amor del uno por el otro por encima del odio y desarrollemos un mutuo respeto basado en la comprensión y el reconocimiento de que otros, aunque diferentes a nosotros, no son por ello inferiores. ¿No hemos vuelto tan legalistas (al igual que los Fariseos) que no podemos adecuar nuestras instituciones a las cambiantes necesidades de la humanidad? ¿Somos, como algunos nos han acusado, más Hebraicos que Cristianos?

Sinceramente, su hermano Lowry Nelson, Profesor de Sociología

Carta del 12 de Noviembre de 1947

Querido Hermano Nelson:

Recibimos su carta del 8 de Octubre en la cual desarrollaba el tema ya discutido en la carta anterior.

Estamos seguros de que usted entiende las doctrinas de la Iglesia. Ellas son verdaderas o no lo son. Nuestro testimonio es que son verdaderas. Bajo tales circunstancias no nos podemos permitir impresionarnos demasiado por los razonamientos de los hombres, sin importar cuán fundamentados parezcan. Deseamos expresarle con todo cariño y sinceridad que usted es un hombre demasiado refinado para ser apartado de los principios del Evangelio por el saber mundano. Usted posee un tremendo potencial para hacer el bien y por tanto deseamos en oración que pueda reorientar sus pensamientos y ponerlos en concordancia con la palabra revelada de Dios.

Sinceramente suyos, LA PRIMERA PRESIDENCIA

Mostré esta correspondencia a algunos amigos, tal vez tres o cuatro, como máximo. Deseaban tener copias y se las brindé. En poco tiempo comencé a recibir cartas de varias partes del país diciendo que habían leído la correspondencia y felicitándome. No recuerdo haber recibido ningún comentario desfavorable. Comencé a sentir cierta culpa de haber entregado las cartas a mis amigos sin la autorización de la Primera Presidencia. Especialmente cuando se hizo evidente que su circulación era tan amplia. Pero, después de todo, no había ningún secreto sobre la doctrina, excepto para aquellos como yo que no estaban informados de que el dogma era tan estricto. Kimball Young me escribió sorprendido de que no supiese que la doctrina estaba vigente. Pero, a diferencia de Kimball, yo no había servido una misión para la Iglesia, y seguramente los misioneros deben ser instruidos al respecto antes de partir. Sea cual fuese el caso, decidí olvidar el asunto y no hacer nada más. Entonces, en 1952, un amigo de Salt Lake City me envió un recorte de la Sección de la Iglesia en el Deseret News que nuevamente me provocó. La historia tenía que ver con dos misioneros en Sudafrica, a los cuales, una mujer miembro en su lecho de muerte, pidió que realizaran “obra” en el Templo cuando regresasen a Salt Lake. Debido a que vivía en aquella parte del mundo, los misioneros tuvieron que asegurarse de que su sangre no estaba “teñida” antes de cumplir sus deseos. La historia continuaba contando la búsqueda de su genealogía y el feliz descubrimiento de que ella provenía de Holanda. De modo que el pedido de la dama estaba garantizado y aparecían fotos de los hombres y sus esposas, todos sonrientes.

Muy disgustado, me senté y escribí un artículo titulado “Los Mormones y los Negros”, enviándolo a la revista Nation. Se publicó en Mayo de 1952. Por primera vez la política estaba impresa en letras de molde para que el mundo la viese. La prensa de color fue alertada y la historia se publicó ampliamente. Algunos de mis amigos estaban aterrados, aún desilusionados, de que yo lo hubiese publicado. Su razonamiento era típico de los mormones liberales que siempre intentan cambiar las cosas desde adentro. Pero esto nunca ha funcionado. Sólo cuando la poligamia se transformó en un serio motivo de vergüenza la iglesia aceptó finalizar la práctica. En esa época la Iglesia sufría de lo que hoy llamaríamos una “imagen empañada”. No se lograba que Utah obtuviese el estatus de Estado por causa de esto, aunque el territorio cumplía con los requerimientos. Me pareció que jamás habría un cambio en la política relacionada con los negros hasta que los hechos fuesen ampliamente conocidos y la presión fuese ejercida tanto desde afuera como desde adentro.”

Abandono aquí las Memorias del Dr. Nelson. Por una cuestión de espacio no volcaré la totalidad del texto de su artículo aparecido en Nation, pero sí transcribiré algunos de sus conceptos:

Nelson_Mormonism and the Negro_0000

 “Esta desafortunada política de la iglesia es fuente de vergüenza y humillación para miles de sus miembros (quien escribe incluido) que no encuentran base para ella en las enseñanzas de Jesus”.

“La cuestión básica sigue siendo si la iglesia modificará su actual posición sobre este asunto”.

“Una verdadera dificultad yace en el hecho de que aquellos que desaprueban la actitud de la iglesia no tienen modo de expresar su punto de vista. La mayoría de los miembros dan un asentimiento pasivo”.

“Mi conocimiento del profundo humanismo del pueblo mormón me lleva a pensar que, si el asunto se tratara abiertamente, se alinearían del lado de la justicia. Tal discusión abierta, en especial si es impresa, es una actividad peligrosa para cualquier miembro. Lo expone automáticamente a la acusación de ‘desobediencia a la autoridad constituida’, la cual puede llevar a una excomunión. Si bien son muchos los que están teniendo estas conversaciones no se trata de “miembros desleales” sino activos, quienes ponen en la balanza los muchos y admirables aspectos de la iglesia como contrapeso de aquellos con los que están en desacuerdo”.

Algunas reflexiones finales: Estoy convencido de que a esta altura de nuestra historia debemos rescatar a figuras como la del Dr. Nelson que tuvieron el valor de expresar sus pensamientos sin temor a las consecuencias. Esa misma historia nos muestra que él estaba en lo correcto y las Autoridades del momento eran las equivocadas. Tuvo también la habilidad de poner en manos de los líderes las herramientas ideológicas para el cese de la injusticia. Se trataba de una “política” y no de una “doctrina”. A partir de él, David O. McKay y luego Spencer W. Kimball adoptaron la diferenciación, reconociendo que Joseph Smith, Jr jamás enseñó ni practicó tal política. La repetida frase “desde los comienzos de la Iglesia ha sido la ley” nunca fue verdadera, aunque los que la hayan pronunciado y escrito estuviesen sinceramente convencidos de su veracidad. Todos sabemos quien fue George A. Smith. Muy pocos conocemos a Lowry Nelson. Debemos estar dispuestos a que eso cambie…

Mis hermanos en el evangelio cuentan con una amplia paleta de colores para definir a este individuo. Puede verse como un catedrático demasiado influenciado por su saber mundano, como un rebelde dispuesto a enfrentar ideologicamente a las Autoridades, como un individualista que puso a la Iglesia en peligro al exponerla públicamente, por aquello de que “los trapos sucios se lavan en casa”. Yo prefiero verlo como un hombre sincero, con profundas raíces cristianas, orgulloso de los logros de la Iglesia pero crítico de algunas de sus tradiciones. Podemos pintarlo del color que más nos guste, pero no olvidarlo. Necesitamos más como él…

“Hoy en día, la Iglesia desautoriza las teorías promovidas en el pasado de que la piel oscura es una señal de desaprobación divina o maldición, o que refleja las acciones de una vida premortal; que los matrimonios de razas mixtas son un pecado; o que los negros o gente de diferentes razas o etnias son inferiores de cualquier manera a otros. Los Líderes de la Iglesia hoy inequívocamente condenan todo racismo, pasado y presente, en cualquiera de sus formas” (http://www.lds.org/topics/race-and-the-priesthood)

 

 

 

 

3 comentarios el “Lowry Nelson y las cartas incómodas

  1. carryonsud dice:

    No se si es el texto, o que estoy oyendo un coro de gospel africano, pero siento en sus palabras un gran conocimiento oculto, que como dice debería ser pregonado, todos deberíamos saber quién fue este hombre con el valor de enfrentar al status quo. Aplaudo la decisión de publicarlo y por supuesto a compartirlo! Mi pregunta ahora es sincera y con esperanza ¿En algún momento habrá lugar en la Iglesia para una persona como yo?
    One Love, One Heart

  2. Guillermo Moran dice:

    Aparte de reconocer y agradecer nuevamente su manera tan interesante de redactar no hay más que decir hermano, el texto lo dice todo por si mismo… “y por supuesto, las instituciones debieron ser protegidas aún a costa de Su crucifixión”, ¡que palabras tan sencillas pero llenas de tanto reclamo! Me parece, que a su modo, la iglesia hoy hace lo mismo.

  3. Miguel dice:

    Una gran felicitación al autor del texto. Es muy valiente analizar, cuestionar, debatir sobre temas que la mayoría no se atreve a hacer. Con el argumento de verdades reveladas incuestionables, se silencian cuestiones fundamentales, como el racismo disfrazado de dogma intocable. Y no solo el racismo, hay otras cuestiones de peso sobre la historia y doctrina mormonas, que se cubren con el pretexto de que es doctrina avanzada no apta para neófitos. Bien por la valentía y conocimiento que cuestionan temas como este.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s