Espíritu y Música – Carta Nº 4 por Merrill Bradshaw

ARTE Y RELIGION

       Música

ESPIRITU Y MUSICA

Cartas para un Joven Compositor Mormón

por Merrill Bradshaw

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Carta número Cuatro 

Querido Amigo:

He hablado de la música como la encarnación gestual del sonido. Creo que es posible que desees una aclaración de esta idea.

En primer lugar vamos a hablar un poco más acerca de la naturaleza del gesto. El gesto es movimiento expresivo. Es vivo, vital, dinámico. Existe en el tiempo, por supuesto, pero lo importante es que vive.

Muchas personas hacen música clínica, matemática, o estéril, concentrándose en las propiedades físicas del sonido, las interesantes relaciones numerológicas de tales sonidos, o reglas artificiales, principios o métodos utilizados para organizar la mente en relación con la música. Deben tener presente, sobre todo por los compositores, que incluso si estas propiedades del sonido, estas relaciones, estos métodos, son importantes para entender y conformar a la mente, no son la esencia de la música.

Hay un espíritu que vive en la música, un espíritu que le da vida. Sin él, la música está tan muerta como el cuerpo sin el espíritu. Si quieres sentir ese espíritu no debes únicamente permitirle que halle su camino dentro de tu ser, sino que debes atraparlo y jalarlo, percibiendo sus contornos en todas sus sutilezas, no tan sólo dejándote llevar por esa experiencia, sino proporcionando la energía que la hace viva en ti.

Esto es cierto ya sea que participes como compositor, intérprete u oyente.

Ahora bien, como compositor, ¿cómo corporizas ese gesto en sonido? Permíteme señalar en primer lugar que la imagen sonora del gesto no es una simple imagen transmitida solo por el ajuste de los contornos de altura. Más bien es un compuesto de varios parámetros que interactúan entre sí para dar una forma muy precisa a los matices más sutiles del gesto. Estos parámetros están englobados en las cuatro dimensiones básicas del sonido: altura, intensidad, duración y timbre. Sin embargo, en las infinitas combinaciones y variaciones de éstos, hay muchos más que emergen: la densidad, el nivel de disonancia, cambios rítmicos, las tensiones tonales, registro, rango, nivel de energía, estructura temática, el silencio, y así sucesivamente. Es importante reconocer que a pesar de que uno o más parámetros se pueden destacar en un momento dado de una obra, todos ellos cooperan simultáneamente en cada momento de la música para darle su forma y llevar el gesto a la vida. Al componer una obra tú tienes que controlar todos ellos y debes asegurarte de que cada uno aporte su porción exacta para encarnar el gesto que estás trabajando. Esto presupone que debes ser sensible a las sutilezas de todos estos parámetros, no sólo en el sentido técnico de conocer y dominar sus características, sino también en la sensación espiritual de su “vitalidad” en tus propias reacciones a ellas. Esto parece una cosa complicada, y sería casi imposible de lograr si solamente dependieras de la maestría intelectual.

El dominio intelectual es útil y crece a lo largo de tu vida madurando gradualmente a medida que continúes tu trabajo. Pero también hay una comprensión intuitiva natural de la sustancia de estos parámetros, que es, por sí misma, más segura para la mayoría de nosotros que el dominio intelectual de los materiales.

Esta comprensión intuitiva es fundamental para nuestras reacciones frente a la relación del parámetro dado con la forma del gesto como un todo. Tal cosa es importante no sólo para el compositor, que puede descubrir intelectualmente que él ha creado nuevas relaciones sólo después de haber terminado una pieza, sino también para los intérpretes y oyentes que intuitivamente atrapan el significado espiritual de la música más allá de su penetración intelectual.

El compositor que desconfía de su intuición tiende a escribir ejercicios intelectuales en los que hay poco gesto vivo. Por otro lado, el compositor que no conoce la esencia de su arte intelectualmente tiende a quedar paralizado, al no ser capaz de encontrar las maneras de dar forma a sus ideas con precisión. Tú debes poder hacer ambas: pensar lo que sientes y sentir lo que piensas.

Merrill Bradshaw (1929-2000) fue profesor de música en BYU y prolífico compositor. Estas Cartas a un Joven Compositor fueron publicadas por la Universidad en 1979.

 Traducción de Julián Mansilla

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