Leyendo en el Gran Libro de la Naturaleza – Tercera Parte

CIENCIA Y RELIGION

     ARTE Y RELIGION

“Leyendo en el Gran Libro de la Naturaleza”

Tercera Parte

“Todo es una fuente de la cual se puede destilar un conocimiento más alto y celestial que es a la vez válido y útil. Sin embargo, esta comprensión diferirá entre una persona y otra, dependiendo de su poder de penetración, su atención, fe y devoción. Aquellos que implacable y entusiastamente se dediquen a estos ejercicios, con el tiempo se verán enriquecidos por la producción de un caudal de conocimiento…Cuando logremos hacerlo con éxito, el mundo será como un libro sagrado pleno de incontables y maravillosos párrafos; entonces cada objeto, cada evento, nos referirá a Dios, de modo que nuestros pensamientos se dirigirán a El. Cada movimiento y actividad se producirá en Su presencia. Actuaremos y caminaremos dentro de un campo de sensaciones y materialidad, pero en realidad, nos moveremos en el ámbito del Espíritu. Todo nos develará su dimensión divina, y esto reforzará el poder con el que nuestra atención se torna hacia El. Ese texto es más fértil de lo que podamos concebir. Si cada cosa de la vida diaria puede ser reinterpretada espiritualmente, es a causa de que todo es un símbolo del reino invisible, pero reflejado dentro del espacio y el tiempo. Por esto se ha dicho que cuanto existe sobre la tierra ha sido modelado según una esencia arquetípica que se halla presente en otro plano de las creaciones de Dios”

Georgy Vailievich Góvorov (1815-1894) conocido como Teófanes, el Recluso o el Eremita, santificado por la Iglesia Ortodoxa Rusa.

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Por Mario R. Montani

La Restauración

Los miembros de la Iglesia de la primera mitad del siglo XIX tenían una tradición bíblica de la naturaleza como Libro de Dios apuntalada por los aportes románticos que consideramos en la segunda parte de este artículo. No es raro encontrar, entonces, consideraciones como las de Brigham Young:

“Cuando reflexionamos debidamente sobre los pensamientos de nuestras propias mentes, cuando observamos a los llamados Santos de los Ultimos Días sobre la tierra en la que nos paramos, y en el poderoso universo a nuestro derredor, con la luz del Espíritu de verdad en nuestras mentes, nos maravillamos con asombro. Cuando la luz que ilumina a cada hombre que viene al mundo, aclara el entendimiento, y nos muestra el verdadero orden de las obras del Creador del Universo, de modo que podemos contemplar la gran primer causa de todas las cosas, y entonces observamos el afán rastrero de los mortales, y su ansiedad por obtener aquello que perecerá, a expensas de una substancia más duradera, toda persona debería quedar pasmada de un asombro más allá de toda medida”. (Brigham Young, 6 de Febrero 1853, Journal of Discourses 2:91)

 “Cuando el Espíritu de revelación proveniente de Dios inspira al hombre, su mente se abre para contemplar la belleza, orden y Gloria de la creación de esta Tierra” (Journal of Discourses 9:256)

Sin embargo, será en los inicios del siglo XX que dos Autoridades Generales, y simultáneamente hombres de ciencia, retomarán el tema:

John A. Widtsoe: Nacido en Noruega, emigró a los EEUU como un converso, junto a su madre y un hermano, en 1883. Estudió en el Brigham Young College de Logan, Utah, y se graduó con honores en la Universidad de Harvard en 1894. Continuó su carrera en la Universidad de Gottinga, Alemania, donde obtuvo su doctorado en 1899. Vuelto a Utah, fue Director de la Estación Experimental de Agricultura del Estado, profesor en BYU y, posteriormente, Presidente de la Universidad de Utah hasta ser llamado como Apóstol en 1921. En la Iglesia sirvió como Comisionado de Educación y editor de la Improvement Era. Entre sus muchos escritos se destacan: The Word of Wisdom, A Rational Theology, Evidences and Reconciliations, Priesthood and Church Welfare, Priesthood and Church Government y Joseph Smith: Seeker after truth.

John A. Widtsoe

John A. Widtsoe

“Dios habla a los hombres de diversas maneras. Las estrellas, las nubes, las montañas, la hierba y el suelo, son todas, para aquel que lee correctamente, formas de revelación divina. Muchos de los más nobles atributos de Dios pueden aprenderse mediante el estudio de las leyes por medio de las cuales su Omnipotente Voluntad dirige el universo.

En ningún otro lugar se halla este principio más bellamente ilustrado y confirmado que en las rocas que constituyen la capa exterior de la tierra. Sobre ellas está escrita con simple sencillez la historia de la tierra casi desde sus comienzos, cuando el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Sin embargo, por siglos, los hombres vieron las rocas, sus formas y adaptación entre una y otra, sin comprender el mensaje escrito sobre ellas. Recién al acercarse el maravilloso siglo XIX, se abrió la visión, y se hizo aparente la interpretación de la historia de las rocas.”

(John A. Widtsoe, Joseph Smith as Scientist, a contribution to Mormon philosophy,Capítulo 7, 1908, Salt Lake City)

James Talmage: Fue también un converso europeo. Nacido en Inglaterra, se unió a la Iglesia junto a su familia cuando contaba 10 años. Después de emigrar, estudió en la Academia Brigham Young (de hecho, obtuvo el primer diploma de dicha Academia, en 1881) y se perfeccionó en Química y Geología en las Universidades de Lehigh y Bethlehem en Pensilvania con trabajos de post grado en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore.

El élder Talmage fue elegido miembro de la Sociedad Real de Microscopia (Royal Microscopical Society) (Londres), miembro de la Academia Real Escocesa de Geografía (Royal Scottish Geographical Society) (Edimburgo), miembro de la Sociedad de Geología (Geological Society) (Londres), miembro de la Sociedad Americana de Geología (Geological Society of America), miembro de la Sociedad Real de Edimburgo (Royal Society of Edinburgh), asociado de la Sociedad Filosófica de Gran Bretaña (Philosophical Society of Great Britain), y miembro de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (American Association for the Advancement of Science).

Talmage fue llamado al Quorum de los Doce en 1911. Escribió importantes obras como La Gran Apostasía, Los Artículos de Fe, Jesús el Cristo y La Casa del Señor.

James E. Talmage

James E. Talmage

“¡Qué historia tan fascinante se halla inscripta sobre las páginas rocosas de la corteza terrestre! Los geólogos, quienes con esfuerzo largo y paciente han aprendido por lo menos un poco del lenguaje en el que estas verdades están escritas, encuentran estas páginas ilustradas con diseños que, por la fidelidad de detalle, superan los mejores esfuerzos de nuestros grabadores modernos, litógrafos y artistas. Los diseños en las rocas son los originales, el resto pueden ser mejores, pero son copias.

El creador lo ha hecho grabar en las rocas para que el hombre lo descifre, pero también ha hablado directamente sobre las principales etapas del progreso por el cual la tierra ha llegado a ser lo que es. Los cálculos no pueden ser fundamentalmente opuestos, uno no puede contradecir al otro, aunque la interpretación del hombre en ambos casos podría estar seriamente equivocada.

Este registro de Adán y su posteridad es el único relato de las escrituras que tenemos sobre la aparición del hombre en la tierra. Pero tenemos también un vasto y cada vez mayor  conocimiento sobre el hombre, sus primeros hábitos y costumbres, sus labores y obras de arte, sus herramientas y utensilios, sobre lo que las escrituras que hemos recibido hasta ahora guardan un silencio total. No contendamos con  las escrituras en un intento de explicar lo que no podemos explicar. Los primeros capítulos del Génesis, y las escrituras correspondientes, no se concibieron como un libro de texto de geología, arqueología, ciencias de la tierra o ciencias del hombre. Las Sagradas Escrituras permanecerán, mientras que las concepciones de los hombres cambiarán con los nuevos descubrimientos…” (James E. Talmage, “The Earth and Man”, discurso pronunciado en el Tabernáculo de Salt Lake City el 9 de Agosto de 1931 y posteriormente publicado como folleto bajo la dirección de la Primera Presidencia)

No estaban solos en su creencia. El científico e inventor George Washington Carver (1864 – 1943):

George Washington Carver

George Washington Carver

“Tan pronto como comiences a leer al grande y amoroso Dios en todas las formas de existencia que El ha creado, tanto animadas como inanimadas, estarás en condiciones de conversar con El, dónde sea y cuándo sea. ¡Qué plenitud de gozo obtendrás!”.

(George Washington Carver In His Own Words, Gary R. Kremer,editor, Univ. of Missouri Press, 1987)

El escritor y filósofo judío Martin Buber (1878 – 1965)

Martin Buber

Martin Buber

“La Naturaleza toda, y cada uno de sus elementos, enuncia algo que puede verse como una comunicación indirecta de Dios a todos aquellos que están listos para recibirla”.
(At the Turning, 1952)

O el ambientalista norteamericano Aldo Leopold (1887 – 1948)

Aldo Leopold

Aldo Leopold

“Intento enseñarte que este alfabeto de “objetos naturales” (suelos y ríos, aves y bestias) deletrea una historia. Una vez que hayas aprendido a leer la tierra, no temeré lo que hagas con ella o a ella, y sé de muchas cosas placenteras que ella hará contigo”.

 Marybeth Lorbiecki, Aldo Leopold: A Fierce Green Fire, An Illustrated Biography, Falcon Publ. Co., Helena, MT, 1996, p. 181

También Fritjof Schuon, filósofo, místico y poeta suizo (1907 – 1998) :

Fritjof Schuon

Fritjof Schuon

“La Naturaleza silvestre es un libro abierto que contiene enseñanzas inacabables de verdad y belleza. Son los propios artificios del hombre los que lo corrompen fácilmente, los que lo vuelven codicioso e impío. Cerca de la Naturaleza virgen, que no conoce falsedad ni perturbación, existe la esperanza de que se vuelva contemplative como la Naturaleza misma.”

Light on Ancient Worlds (London, 1965), p. 84

Como consecuencia de las teorías evolutivas de Darwin, la ciencia dejó de verse a sí misma como una ayuda para comprender el libro de la naturaleza y a su Creador para transformarse lentamente en la impulsora de una filosofía natural y materialista que negaba tal presencia supra humana. El campo científico pasó a ser dominado por quienes se declaraban agnósticos y ateos mientras que los que continuaban siendo teístas se abstenían de mencionarlo. Así surgieron los clichés del “dios ocioso” o “Arquitecto desocupado”.

El Dr. Joseph Loconte, Profesor de Historia en el King’s College de New York, donde enseña Civilización Occidental:

“Demasiados escépticos parecen olvidar la masiva deuda histórica que tienen con la creencia judía y cristiana en un cosmos ordenado. Atacan a la religión como enemiga de la ciencia y el progreso, cuando de hecho fue la visión religiosa la que ayudó a lanzar la revolución científica  más de tres siglos atrás”

En las Reuniones Filosóficas de la Universidad de Navarra de 1995, el catedrático Mariano Artigas (1938-2006) plasmó las siguientes ideas:

“En este momento, puede resultar útil referirnos a la clásica metáfora del libro de la naturaleza, que ha sido empleada en diferentes contextos a lo largo de los siglos. Se trata de una de las metáforas más fructíferas para expresar los problemas que nos ocupan: ¿cómo podemos leer ese libro?, ¿cuáles son sus características?, ¿cuál es el valor de nuestra lectura?, ¿cuál es su origen?

Al subrayar que la lectura del libro exige utilizar un lenguaje, esta metáfora nos permite subyarar que la ciencia es una verdadera actividad hermeneútica. Durante varios siglos se ha repetido que la ciencia experimental moderna nació cuando los científicos se pusieron a observar la naturaleza sin prejuicios, recogiendo hechos y relacionándolos mediante la formulación de leyes. Esta idea es una parte central de la mentalidad positivista. Sin embargo, proporciona una auténtica caricatura de la ciencia real. Dedicados a observar sin ideas previas ni interpretaciones, los hombres no se hubieran convertido en científicos, sino en lechuzas, y no precisamente de Minerva. A pesar de todo, esta imagen de la ciencia ha ejercido una notable influencia, y la continúa ejerciendo en la actualidad.

Que la ciencia es una actividad interpretativa es algo fuertemente subrayado en la epistemología contemporánea, a veces hasta un extremo demasiado forzado que concluye en un cierto relativismo, al hacer depender el conocimiento científico de paradigmas cuya verdad nunca podría ser probada.

Lo maravilloso de la ciencia experimental es que combina el aspecto interpretativo con una valoración rigurosa de la validez de los modelos utilizados. Nunca se trata de aplicar un lenguaje unívoco de modo rutinario: no existen métodos automáticos que garanticen la creatividad, sea para proponer nuevas hipótesis o sea para comprobar su validez. Nótese que subrayo deliberadamente la importancia de la creatividad no sólo cuando se trata de formular nuevas teorías sino también cuando se intenta comprobar su validez: el análisis de los estudios científicos actuales muestra hasta la saciedad que las pruebas científicas son, con frecuencia, enormemente sofisticadas, y poco o nada tienen que ver con la aplicación rutinaria de métodos lógicos preestablecidos.

La naturaleza no está escrita en ningún lenguaje específico, ni matemático ni de otro tipo. La naturaleza no habla. La metáfora del libro, en este caso, supone que existe un interlocutor (nosotros), capaz de crear un lenguaje que permite, al mismo tiempo, expresar las propiedades de la naturaleza, formular un discurso coherente, y proponer argumentos acerca de la validez de ese discurso. Somos nosotros quienes hacemos hablar a la naturaleza. Obedeciéndola, sin duda, pero también obligándola a manifestar sus secretos a través de interrogatorios muy sutiles.

Para finalizar diciendo:

En conclusión: Dios puede ponerse entre paréntesis metodológicamente en el trabajo científico, lo mismo que en cualquier otra actividad humana, mientras nos limitemos a realizar esa tarea preocupándonos exclusivamente de cumplir con unas normas de eficiencia dentro de un paradigma establecido. Sin embargo, cuando nos preguntamos por las condiciones de posibilidad y por las implicaciones de esa actividad, surgen de modo inevitable todo un conjunto de interrogantes de carácter metafísico, que sólo pueden ser abordados seriamente a través de una reflexión propiamente metafísica.

(http://www.unav.es/cryf/leyendolibronat.html)

Reflexiones Finales

En todas las discusiones modernas entre ciencia y religión ha surgido el concepto de Diseño Inteligente, lo cual, para el creyente, apunta a la existencia de un Diseñador o Creador. Pero curiosamente, en castellano, la palabra latina signum (señal, marca) ha derivado también, etimológicamente, en diseño, designio y designar (que no es otra cosa que dar nombre a algo). Pero designio implica un propósito. Para los cristianos en general, y probablemente para otras religiones, el designio del diseño está claro. Para buena parte de la ciencia el diseño proviene del azar o de la acumulación de mutaciones y adaptaciones, pero el designio no existe. No es ya una cuestión de Teología sino de Teleología (de teleos: fin, logía: discurso, es decir: tratado sobre los fines)

Los miembros de la Iglesia no estamos solos en nuestra posición.

El Papa Juan Pablo II hablando en Denver, Colorado en 1993:

Juan Pablo II

Juan Pablo II

“El mundo visible es como un mapa que apunta a los cielos… Aprendemos a ver al Creador contemplando la belleza de sus criaturas. En este mundo la bondad, sabiduría y poder de Dios brilla. Y el intelecto humano pude descubrir la mano del Artista en las maravillosas obras que ha hecho. La razón puede conocer a Dios mediante el Libro de la Naturaleza…”

Y el Patriarca Ignacio IV de Antioquia, líder de la comunidad Ortodoxa Griega y de todo el Oriente, en Lausanne, Suiza, 1989:

Ignacio IV

Ignacio IV

“El sendero místico en la Ortodoxia requiere como paso necesario la contemplación de la naturaleza – una visión de “los secretos de la Gloria de Dios que se encuentran escondidos en los seres y las cosas”, para citar a un gran místico que fue Arabe y Cristiano, San Isaac, el Sirio”.

Otros han hallado nuevas relaciones entre Libro y Mundo. Según Mallarmé: “el mundo existe para llegar a un libro”. Según León Bloy, somos versículos, palabras o letras de ese libro. Para Jorge L. Borges el Universo será siempre una gran Biblioteca…

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Debido a que esta serie es tanto la historia de una metáfora literaria como la del desarrollo de las ideas científicas, aparecerá excepcionalmente en el índice tanto bajo el título Arte y Religión – Literatura como bajo el de Ciencia y Religión.

REFERENCIAS:

Daniel C. Peterson, An Exhortation to study God’s Twoo “Books”, Interpreter: a journal of mormon scripture Nº 13 (2015), pag. XI

David R. Olson, El Mundo sobre el Papel, Editorial Gredisa, Barcelona, 1999, pags. 185-203

Italo Calvino, Por qué leer a los clásicos. Tusquet, Barcelona, 2005, pags. 91-97.

Un comentario el “Leyendo en el Gran Libro de la Naturaleza – Tercera Parte

  1. Federico dice:

    Hola, muy bueno el artículo, yo soy uno de los que cree que como miembros de la Iglesia deberíamos darle mas importancia a las Creaciones que Jesús mismo creó sobre esta Tierra. Felicito a los Testigos de Jehová que a través de sus publicaciones mensuales ellos tratan de demostrarle al mundo ateo la grandiosidades de la Creación tomando ejemplos científicos desde una molécula hasta una ballena. Lástima que en nuestra Iglesia no se publican informaciones científcas para que los miembros podamos aprender un poco mas. Creo que tenemos muchos eruditos en temas así formados en las propias universidades de la Iglesia, y que podrían compartir un poco de lo que saben.

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