“Los Jinetes de la Pradera Roja” por Zane Grey

ARTE Y RELIGION

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             Los Mormones en las Obras Literarias

 

“Los Jinetes de la Pradera Roja”

Por Zane Grey

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Introducción de Mario R. Montani

Pearl Zane Gray nació el 31 de Enero de 1872 en Zanesville, Ohio, una ciudad fundada por su bisabuelo materno Ebenezer Zane. Después de una infancia conflictiva, y gracias a su habilidad como basebolista, obtuvo una beca en la Universidad de Pennsylvania para hacer una carrera como dentista. Una vez recibido, continuó dando más importancia al deporte que a su práctica profesional hasta que descubrió que escribir sobre sus antepasados era preferible y más redituable.

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Se casó en 1905 y la buena situación económica de su esposa, Lina “Dolly”, le permitió dedicarse a la escritura tiempo completo. Durante su carrera produjo 89 obras, incluyendo 56 novelas del Oeste (prácticamente creando el género), y otras sobre caza, pesca y beisbol (sus grandes pasiones). Riders of the Purple Sage, publicada en 1912 es considerada una de sus mejores novelas y record de ventas. Entre 1915 y 1924 alguna obra de Grey siempre estuvo entre las 10 más vendidas. Hollywood llevó a la pantalla 46 de sus novelas y el programa televisivo The Zane Grey Western Theatre estuvo al aire entre 1956 y 1960 con 145 episodios. Ya siendo escritor, eliminó su primer nombre y cambió el Gray por Grey, como es hoy conocido. Llegó a formar su propia compañía cinematográfica, aunque algunos años más tarde la vendió a Jesse Lasky, socio del fundador de Paramount Pictures.

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Cuando Raiders of the Purple Sage apareció, el Presidente Heber J. Grant la consideró “escandalosa”. La novela, con una doble historia de amor, se desarrolla en 1872 (40 años antes de su publicación y coincidiendo con el nacimiento del autor) al sur de Utah, en la ficticia población de Cottonwoods. La trama comienza con la encantadora Jane Withersteen, una fiel mormona, salvando de ser ahorcado a Bern Venters, un amigo gentil de la llanura. A continuación Jane será despojada de su ganado y perseguida por negarse a ser una de las esposas plurales del Obispo local. Finalmente se enamorará de Lassiter, un pistolero también gentil en busca de su hermana, que le ayudará a escapar de “las garras mormonas”. Los estereotipos de “buenos” y “malvados” son característicos de la literatura folletinesca de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Así como los paisajes del desierto son descriptos con maestría y majestuosidad, los mormones de Grey son invariablemente sanguinarios, vengativos, lujuriosos y ladrones, rodeados de un ambiente de organizaciones secretas y juramentos que los hace omnipresentes. Los pueblos cerrados, las mujeres cautivas y los vigilantes ejecutores no tienen demasiada base histórica pero eran parte del ideario norteamericano de la época, por lo que Grey simplemente ayudó a intensificarlo y difundirlo.

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El autor vivió durante un tiempo en Utah, donde sólo halló amabilidad y buena disposición pero también muchas historias sobre el pasado. Su visión fue siempre la de un extraño a la comunidad. No casualmente, sus principales protagonistas no son mormones, y, cuando los son, aparecen como víctimas, renegados o irremisiblemente malvados.   

Zane Grey durante el rodaje de "Rideres of the Purple Sage"

Zane Grey durante el rodaje de “Rideres of the Purple Sage”

Zane Grey falleció en Altadena, California, el 23 de Octubre de 1939, a los 67 años.

Debido a la longitud de la novela, solamente ofreceremos algunos párrafos reveladores, indicando la página correspondiente a la versión digital on line de http://www.librodot.com, donde puede leerse completa.

 

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Los jinetes de la pradera roja

-Así será. No tardará en convertirse el pueblo en un infierno. – Se detuvo un momento y descargó un latigazo sobre los arbustos -. Venters, puesto que estáis al corriente de las cosas de aquí, contadme la historia de Milly Eme.

-¿La historia de Milly Erne? -preguntó Venters, muy asombrado-. Bien, Lassiter, os voy a contar lo que sé -añadió-. Cuando vine a Cottonwoods, Milly Erne ya estaba aquí hacía años; lo que voy a contaros pasó casi todo antes de mi llegada. Era una mujer muy hermosa y una religiosa fanática. Yo concebí una sospecha, que a nadie he manifestado: la de que, de corazón, era más gentil que mormona; sin embargo, pasaba por mormona y, tenía los labios sellados de las mormonas. Como sabéis, en todas las aldeas y pueblos mormones hay mujeres de aspecto misterioso, pero el caso de Milly Erne era mucho más misterioso que el de ninguna otra. Cuando llegó a Cottonwoods tenía una preciosa hijita, a la que amaba con locura. Públicamente no se conocía a Milly Eme como mujer de ningún mormón, pero tengo la seguridad de que lo fue realmente. Tal vez la otra esposa o las otras esposas del mormón con quien estaba casada no quisieron reconocerla como su igual. Los mormones soportan el yugo que su ley les impone, pero también conocen los celos. Sea lo que fuere lo que trajo a Milly Eme a esta comarca, el amor o el fanatismo religioso, el caso es que ella se arrepintió.

Dejó de enseñar a los niños en la escuela del pueblo; dejó de ir al templo. Empezó a contrarrestar la educación mormona de su hijita. Entonces los mormones le apretaron las clavijas, lentamente, como tienen por costumbre. Por último, desapareció la niña; se perdió, según dijeron, y no se la vio más. Yo sé que robaron a la criatura, y vos tampoco lo dudáis. Aquello acabó con Milly Eme, que, sin embargo, esperaba siempre. Se convirtió en esclava. Destrozó su corazón, su alma y su vida para que le devolviesen su hija; no volvió a saber de ella. Consumióse rápidamente… Me parece verla, frágil, casi transparente, pálida como una muerta… ¡Y qué ojos…! Su mirada de corza acosada, de tristeza infinita, siempre me ha perseguido. Una amiga verdadera tenía Milly: Jane Withersteen. Pero Jane no podía curar un corazón destrozado, y  Milly murió.

Largo rato estuvo Lassiter sumido en el silencio.

-¡El nombre del mormón! -exclamó por fin, con ronco acento.

-No tengo la más remota idea de quién puede ser -repuso Venters -, ni tampoco lo sabe ninguno de los gentiles que hay en Cottonwoods.

-¿Lo sabe Jane Withersteen?

-Sí, pero ni con unas tenazas candentes le arrancaríais el secreto (Pag 17)

“Arrodillóse junto a la cama y oró como jamás lo había hecho, suplicando que se le perdonara su pecado; que se la librara de aquella oscura y abrasadora sensación de odio; que pudiera amar a Tull como ministro del Señor, aunque lo aborreciera como hombre; que le diese ánimos para cumplir con su religión, con sus correligionarios y con los que dependían de ella; que permaneciese siempre inviolable su fe en Dios y en su libre albedrío de mujer.

Cuando Jane Withersteen se levantó después de aquella plegaria, estaba tranquila y segura de sí misma; era una mujer distinta. Cumpliría su deber tal como lo entendía, viviendo de acuerdo con su verdad. Acaso nunca le sería posible casarse con el hombre de su elección, mas tampoco consentiría en ser esposa de Tull. Los dignatarios de los mormones podrían quitarle los hatos, los caballos, la hacienda, los prados, la casa de Withersteen, el agua que hacía florecer el pueblo de Cottonwoods, pero no la obligarían jamás a casarse con Tull. Decidida y resignada a soportar todas las pérdidas, y muy segura de sí misma, Jane Withersteen sintió una tranquilidad de espíritu de la que no gozaba hacía más de un año. Perdonó a Tull y lamentó melancólicamente su equivocación. Tull, como hombre, quería a Jane para sí, en primer lugar; y en segundo, esperaba salvarla a ella y sus riquezas para la Iglesia mormona. Jane no creía que Tull obrase impulsado tan sólo por el deseo religioso de salvar el alma de ella. Además, no temía a Tull en este sentido. Aunque le habían enseñado que el obispo de la comunión mormona estaba en comunicación directa con Dios y que podría condenar su alma al eterno fuego, dudaba que el obispo pronunciase tal anatema sólo porque ella se negara a casarse con Tull. En cuanto a éste y los demás dignatarios, acaso cuando ella estuviera arruinada, pero indómita, le devolverían todo lo que perdiera. Así razonó Jane Withersteen, leal hasta el fin con su fe en los hombres, cuya bondad acabaría por prevalecer”.  (Pag. 35)

Zane Grey en su estudio cinematográfico

Zane Grey en su estudio cinematográfico

Jane  le contó casi todo lo que había sucedido, pero nada dijo de sus dudas y temores.

 -¿Por qué no te casas con Tull y eres de las nuestras?

-¡Pero, Mary, si no le amo! -dijo Jane con obstinación.

-No puedo reprochártelo. Sin embargo, Jane Withersteen, debes decidirte por el amor de un hombre o por el de Dios. Nosotras, las mujeres mormonas, hemos de hacer eso con frecuencia. No es fácil. La clase de felicidad que tú deseas yo misma la anhelé un día. Nunca la alcancé. Todas hemos observado tu amistad con Venters, temblando y temiendo lo peor. Tú no querrás verle ahorcado ni muerto a tiros, o que le ocurra algo más terrible aún, como le sucedió a aquel joven gentil que hallaron haciendo el amor a una mormona de Glaze. Cásate con Tull. Es tu deber, como mujer mormona. Como esposa suya no sentirás el arrobamiento de las enamoradas, pero… ¡piensa en el Cielo! Sufre tu cruz, Jane. Las mormonas no se casan por lo que puedan hallar en la tierra. En el Cielo hallamos nuestra recompensa. Recuerda que tu padre descubrió la Fuente Ambarina, edificó todas estas casas, trajo aquí a los mormones y fue un padre para ellos. ¡Tú eres la hija de Withersteen!

Jane dejó a Mary Brandt y se fue a visitar a otras amigas. (Pag 43-44)

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-Quisiera explicaros el motivo -continuó Lassiter, con una frialdad que raras veces había empleado con ella. Jane lo advirtió, pero no le produjo ninguna impresión- Sin embargo…, dejemos eso. Sólo os quiero decir una cosa. Esa bondad, esa piedad vuestra, que tanto os ennoblece, no tiene cabida en esta selvática región. La vida aquí es un infierno. Pensáis…, o solíais pensar antes, que vuestra religión convertía esta vida en un paraíso. Tal vez ya se os haya caído la venda de los ojos. Y no es que yo os quisiera distinta, no, pues precisamente porque sois como sois trato de ocultaros en un lugar seguro de este Desfiladero. Y me gustaría llevar también al mismo lugar a otras mujeres de vuestra religión, porque he llegado a comprender que hay muchas como vos entre las mormonas. Yo quisiera que supieseis exactamente lo dura y cruel que es la vida aquí. Es sangrienta y feroz. Creísteis que con ayuda de la Iglesia y sus sacerdotes mejoraría todo y os equivocasteis, porque ha empeorado. Dais nombres altisonantes a las cosas: obispos, dignatarios, ministros, mormonismo, deber, fe, gloria. Yo que soy un hombre, lo sé mejor y les llamo fanáticos, parciales, mujeres ciegas, opresores, ladrones, bandidos, rancheros, jinetes. Ya habéis visto… lo que habéis sufrido estos últimos meses. Es imposible remediarlo, pero no puede durar. Y recordad esto siempre: algún día esta región será más habitable, dulce y suave, más sana y más moral…, pero será debido a hombres como Lassiter. (Pag 145)

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Reflexiones finales:

Tanto mi abuelo como mi madre eran grandes admiradores de la prosa de Grey y disfrutaban de sus novelas que leían en el idioma original. De modo que me crié con su nombre ocupando un lugar distinguido en nuestras bibliotecas, aunque sólo leía las versiones castellanas que, probablemente, dejaban algo por el camino.

A pesar de sus denuncias sobre la poligamia del pasado, Zane parece haber encontrado una forma de la institución propia, ya que vivió casi toda su vida con tres o cuatro mujeres simultáneamente, con la tácita aceptación de su esposa, además de varias amantes que lo acompañaban en sus viajes. Quizás había llegado a la misma conclusión que el antiguo Gobernador de Arizona, George W.P. Hunt, cuando visitó el sur de Utah, y se enfrentó a su clima y condiciones de vida: “¡Por todos los infiernos, si yo viviese aquí, también necesitaría más de una esposa!”

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