“Mucho antes que cualquiera de nosotros…” Parte II (El Evangelio Restaurado y la Cuestión Animal)

DOCTRINA

 “Mucho antes que cualquiera de nosotros…”

Parte II

(El Evangelio Restaurado y la Cuestión Animal)

Ruego constantemente a Dios para que nazca sobre esta tierra algún gran espíritu, hombre o mujer, encendido en la piedad divina, capaz de librarnos de nuestros horrendos pecados contra los animales, salvar las vidas de criaturas inocentes”.  Mahatma Gandhi

Por Mario R. Montani

Para Josué Urbina quien, al igual que yo, ama a los animales.

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“Animalia dominio nostro subjecta”

Según esa antigua locución latina, “los animales están sometidos a nuestro poder”.

Ha habido en nuestra tradición SUD una doble interpretación del pasaje de Génesis 1:28:

“fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra”.

Las palabras hebreas originales para sojuzgar (kivshu, es una raíz que significa ejercer presión y ha derivado a acepciones tan opuestas como “violar” y “atesorar”) y señorear (radad, con los dobles sentidos de “pisotear” pero también “trabajar”) han dejado abierta esa posibilidad.

Tal dualidad de criterios se ha mantenido históricamente en las siguientes variantes básicas: una que podríamos llamar la “tradición del supermercado” según la cual la tierra es una gran tienda de abarrotes a la que podemos entrar todas las veces que queramos para satisfacer nuestras necesidades, sin preocuparnos por los procesos de producción mediante los cuales esos bienes llegan allí o quién se encargará de reponerlos; la otra es la “tradición de la mayordomía”,  que ve los recursos de la tierra, incluyendo los animales, como un don y préstamo por el que debemos hacernos responsables frente a Dios y las futuras generaciones.

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La Tradición de Extorsión (o del supermercado lleno)

Los registros hebreos hablan mucho de la posición del hombre como un rey casi totalitario frente a las otras criaturas.

“Aún las fieras bestias de presa temen al hombre, siempre que él mantenga su convenio, su dignidad real y su vista fija en Dios a cuya imagen ha sido hecho”. (Zohar 27a, 57b)

“Dios creó al hombre  en su propia y divina forma y lo hizo señor sobre ellos. Siempre que el hombre se yerga rectamente y eleve sus ojos hacia el cielo, entonces los animales levantarán también sus cabezas y mirarán al hombre, temiendo y temblando en su presencia” (4 Esdras 8:47)

Esta posición antropocentrista no tenía demasiado en cuenta “los derechos de los animales” ni el hecho de que sus espíritus habían tenido una vida anterior y que también gozarían de una posterior.

Quienes se acercan a esta interpretación suelen mencionar el pasaje de DyC 104:17:

“Porque la tierra está llena, y hay suficiente y de sobra; sí, yo preparé todas las cosas, y he concedido a los hijos de los hombres que sean sus propios agentes”.

En sus extremos más violentos e irresponsable, esta tendencia pareció trabajar con el propio Satanás para destruir la Creación de Dios.

Según el Libro de los Jubileos, Cam, uno de los hijos de Noé, se propuso “obrar iniquidad y derramar sangre… pecando contra las bestias y pájaros, y todo lo que se mueve y anda sobre la tierra” (Jubileos VII, 14,23)

De acuerdo a las mismas tradiciones judías, Nimrod, descendiente de Cam, poseía una vestidura del sacerdocio que utilizó Adán y que había llegado a Noé, mediante la cual éste pudo convocar a los animales al arca, y que luego Cam había robado a su padre. Mediante ella “Nimrod reunió a los animales y los mató” (Enciplopedia Judía: Nimrod)

Si bien pareciera que estamos lejos de este tipo de atrocidades ¿No nos acercaremos a una variedad de Nimrods modernos cuando desatendemos nuestra responsabilidad con respecto a las creaciones animales y las tratamos con “injusto dominio”?

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La Tradición de Mayordomía

Por otro lado, Adán fue un gran amigo de los animales en el Jardín de Edén, y ese compañerismo continuó después de la Caída (Vida de Adán y Eva 8:3). Según Bin Gorion: “Adán, antes de venir a la tierra, estaba íntimamente familiarizado con los grandes espíritus del cielo, y también con las sagradas bestias…” (Sagen der Juden, Frankfurt 1913, I pag. 288)

Existe el relato de que Melquisedec, al instruir a Abraham en los asuntos del sacerdocio, le explicó que Noé había obtenido sus bendiciones por su caridad con los animales, recordando que en el Arca, “no dormíamos pues pasábamos la noche entera colocando comida a éste o a aquel otro”. Haciendo caso a tal lección, Abraham creó una especie de Jardín de Edén, cerca de Hebrón, y allí practicó la caridad con todas las criaturas para poder “llegar a ser un poseedor del cielo y de la tierra”. (Bin Gorion, Sagen der Juden, II pag. 268f y 428; también M.G. Braude, The Midrash on Psalms (Yale University, 1959), pags. 422/23)

En todas estas fuentes paralelas que no son doctrinales pero sí tienen un alto valor testimonial, se establece que la caída del reino animal fue una consecuencia de la caída del hombre. “Por tu culpa nuestra naturaleza se ha transformado” le dicen a Adán en el Apocalipsis de Moisés 11:2. Y los Secretos de Enoc 58:4f advierten que: “El Señor no juzgará a un solo animal por su modo de tratar al hombre, pero sí juzgará las almas de los hombres por el trato a los animales en la tierra, pues los hombres guardan un lugar especial”.

Desde la antigüedad Dios se preocupó por sus creaciones, lo cual es evidente en las leyes que regían al pueblo de Israel:

“Si ves el asno de tu hermano, o su buey, caído en el camino, no te desentenderás de ellos” (Deuteronomio 22:4) (Cuidado de los animales de trabajo)

“Si encuentras en el camino algún nido de ave en cualquier árbol, o sobre la tierra, con polluelos o huevos, y está la madre echada sobre los polluelos o sobre los huevos, no tomarás la madre con los hijos” (Deutermonomio 22:6) (Protección de la capacidad generadora)

“No ararás con buey y con asno juntamente” (Deuteronomio 22:10) (No cansar a los animales con tareas desparejas).

En Proverbios 12:10 podemos leer

“El justo cuida de la vida de su bestia, pero los sentimientos de los malvados son crueles”.

El Libro de Mormón, en Alma 34:20, también nos exhorta:

“Clamad a él cuando estéis en vuestros campos, sí, por todos vuestros rebaños.”

La creencia de que somos colocados en este mundo como mayordomos, no como dueños, tiene sustento en las propias escrituras modernas.

“Sí, todas las cosas que de la tierra salen, en su sazón, son hechas para el beneficio y el uso del hombre, tanto para agradar la vista como para alegrar el corazón; sí, para ser alimento y vestidura, para gustar y oler, para vigorizar el cuerpo y animar el alma. Y complace a Dios haber dado todas estas cosas al hombre; porque para este fin fueron creadas, para usarse con juicio, no en exceso, ni por extorsión”.  (DyC 59:18-20)

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Un Puente entre ambas tradiciones

La experiencia de Joseph Smith con las serpientes, narrada en la primer parte de este artículo, marcó un camino a seguir entre los primeros miembros. Hay varias historias similares ocurridas en los años siguientes que muestran que habían aprendido la lección, quizás la más risueña de ellas, la de los hermanos que encontraron una particularmente sonora víbora de cascabel enroscada muy cerca de la cabeza de Solomon Humphray, quien se hallaba durmiendo en su tienda. Cuando iban a matarla, el hermano Humphray los detuvo, gritando: “¡No! Yo la protegeré. No la lastimarán, ya que ella y yo hemos dormido una linda siesta juntos”. (James E. Faust, By what Power have ye done this?, Ensign Noviembre 1988)

Brigham Young también se refirió al asunto:

“Que el pueblo sea santo, y la tierra bajo sus pies será santa. Que el pueblo sea santo, y lleno del Espíritu de Dios, y todo animal y cosa que se arrastra se llenará de paz. Cuanto mayor pureza exista menos conflictos; cuanto más amables seamos con nuestros animales, la paz incrementará, y la naturaleza salvaje de la creación bruta se desvanecerá” (Journal of Discourses, Vol.1, pag. 203)

Este anhelo milenarista se mantuvo vivo durante el primer siglo de historia de la Iglesia. Quizás nadie haya hablado tanto sobre la conducta hacia los animales como George Q. Cannon:

“Estas aves, animales y peces no pueden hablar, pero pueden sufrir, y nuestro Dios que los creó, conoce sus sufrimientos, y tendrá a aquel que les cause sufrimiento innecesario como responsable por ello. Es un pecado contra su Creador”

El Presidente Cannon, quien fue Consejero de B. Young, y también de sus tres sucesores, tocaba el tema en sus discursos y en las páginas del Juvenile Instructor, a partir de 1868. En 1897 anunció la celebración de un Día Humanitario, promovido por la Escuela Dominical, que se conmemoraría en el mes de Febrero y estaba dedicado al buen trato a los animales. El programa continuó en la Iglesia por los próximos 20 años.

“No destruyan la vida animal. Nuestra religión nos enseña que la vida humana es lo más sagrado y no debe ser quitada arbitrariamente. El Señor también ha hablado con gran claridad concerniente a la creación animal. Las bestias, aves y peces son todas creaciones de Su poder y sus vidas son preciosas a Su vista. Ninguna persona apropiadamente constituida tomará ligeramente la vida de cualquier criatura; y cada jovencita debería ser enseñada que es incorrecto adornarse con plumas obtenidas de la matanza de pájaros. Los animales, las aves y los peces son creados para el uso del hombre; pero sus vidas no deben ser malgastadas. Están para proveer las necesidades del hombre, no para ser asesinados por pura diversión o la gratificación de la vanidad… Todo niño en contacto con animales debe ser enseñado, por sus padres y por todo quien intente instruirle, que es un gran pecado a los ojos del Todopoderoso que la creación bruta sea tratada con crueldad o negligencia. Un hombre misericordioso es misericordioso con sus bestias. Un buen amo verá que sus animales estén alimentados y cuidados, si han estado trabajando, antes de que él mismo pueda sentarse a comer o tomar un descanso. Un hombre piadoso que ama a los animales que posee y utiliza no estaría satisfecho de sentarse a comer si sabe que sus caballos o vacas están hambrientos y sin atención. Se preocuparía de que tuviesen alimento y agua y estuviesen al resguardo de las inclemencias del tiempo lo mejor posible antes de disfrutar de su propia comida, bebida y confort. Estos mismos sentimientos deberían grabarse en las mentes de todos los niños de modo que ningún animal bajo su cuidado sea desatendido”. (George Q. Cannon – Gospel Truths, pag. 456/457)

Lorenzo Snow también contó sobre un cambio que sintió en su corazón con respecto a la caza poco después de su bautismo:

“Mientras avanzaba lentamente en busca de algo para cazar, mi mente se detuvo reflexionando sobre la naturaleza de mi objetivo – que era divertirme provocando dolor y muerte a inofensivas e inocentes criaturas que tal vez tenían tanto derecho a la vida y el gozo como yo mismo. Me di cuenta que tal indulgencia no tenía ningún justificativo, y, sintiéndome bajo condenación, puse mi arma sobre mi hombre, volví a casa, y desde ese momento no he sentido inclinación hacia esa diversión asesina” (Eliza R. Snow Smith, Biography and Family Record of Lorenzo Snow, pag. 28)

En 1913, Joseph F. Smith predicaría:

“No destruyáis la vida desconsideradamente. Tengo unas palabras más que añadir a las que ya se han dicho con relación al derramamiento de sangre y la destrucción de la vida. Creo que toda persona debe sentirse impresionada por los conceptos que han expresado todos los que han hablado aquí esta noche, y no menos en lo que respecta a la matanza de nuestras aves inocentes, nativas de nuestra región, que viven de los insectos que son enemigos verdaderos del labrador y del género humano. Según mi opinión, no sólo es inicuo destruirlas, sino abominable. Creo que este principio se debe extender no únicamente a las aves, sino a la vida de todos los animales. Hace pocos años, cuando visité el Parque Nacional de Yellowstone, y vi nadar las aves en los arroyos y bellos lagos, casi sin temor al hombre, permitiendo que los visitantes se acercasen a ellas como si fueran aves domésticas, sin sentir temor de la gente, y cuando vi manadas de hermosos venados paciendo a la orilla del camino, sin temer la presencia del hombre, como cualquier animal doméstico, mi corazón se llenó a tal grado de paz y gozo, que casi parecía saborear esa época esperada, cuando no habrá quien dañe ni moleste en toda la tierra, especialmente entre todos los habitantes de Sión. Estas mismas aves, si fuesen a visitar otras regiones habitadas por el hombre, llegarían a ser fácil presa del cazador, indudablemente por motivo de su amansamiento. La misma cosa se podría decir de esas otras bellas criaturas, el venado y el antílope. Si se extraviaran del parque, allende la protección que en ese sitio se ha establecido para estos animales, llegarían a ser, por supuesto, fácil presa de los que quisieran quitarles la vida. Nunca pude comprender por qué debe posesionarse del hombre ese sangriento deseo de matar y destruir la vida animal. He conocido a hombres—y aun existen entre nosotros— que se deleitan en lo que para ellos es el “deporte” de cazar aves y matarlas por centenares, y después de pasar el día en este deporte llegan jactándose de las muchas aves inofensivas que mataron a causa de su destreza; y día tras día, durante la temporada en que es lícito que el hombre salga a cazar y matar (tras una temporada de protección las aves no presienten ningún peligro) salen por veintenas y cientos, y se pueden escuchar sus armas desde las primeras horas de la mañana del día en que se inicia la temporada de caza, como si grandes ejércitos estuvieran trabados en combate; y la espantosa obra de matar aves inocentes sigue su curso. No creo que hombre alguno deba matar animales o aves a menos que los necesite para alimento, y en tal caso no debe matar avecillas inocentes que no pueden servir de alimento al hombre. Creo que es inicuo que los hombres sientan en su alma la sed de matar casi cualquier cosa que posee vida animal. Es malo, y me ha causado sorpresa ver a hombres prominentes, cuyas almas mismas parecían estar sedientas de derramar sangre animal. Salen a cazar venado, antílope, cualquier cosa que puedan encontrar, ¿y para qué? “¡Sólo por diversión!” No es que tengan hambre y necesiten la carne de su presa, sino simplemente porque les deleita disparar y destruir la vida. En lo que a esto concierne, soy firme creyente en las palabras sencillas de uno de los poetas:

“La vida que no puedes dar, tampoco la debes destruir,

Pues todas las cosas tienen derecho igual de vivir.”

(Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio pags. 259-260)

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La responsabilidad institucional de la Iglesia

La primera revelación moderna que menciona a los animales es Doctrina y Convenios 49, recibida en marzo de 1831. Como puede leerse en la introducción de la misma, algunos de los primeros conversos provenían de la denominación de los cuáqueros tembladores, quienes prohibían el consumo de carne. Allí se dice que:

“Y quien manda abstenerse de la carne, para que el hombre no la coma, no es ordenado por Dios; porque he aquí, las bestias del campo, las aves del cielo y lo que viene de la tierra se han ordenado para el uso del hombre como alimento y vestido, y para que tenga en abundancia” (DyC 49:18-19)

El vegetarianismo no es estimulado en esa revelación, aunque sí aparece una advertencia:

“¡Y ay de aquel que vierte sangre, o desperdicia carne, no teniendo necesidad!” (DyC 49:21)

Debo ser muy sincero. Como buen argentino, no soy inmune a las delicias de un asado, unas ricas empanadas o una suculenta milanesa. Pero recuerdo que, durante mi infancia y juventud cantábamos en la segunda estrofa de “En el Pueblo de Sión”: “alcohol no tomarán, poca carne comerán, pues así contentos siempre estarán”. Con pequeñas modificaciones, el himno sigue estando en nuestros himnarios pero no lo cantamos demasiado…

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¿Qué ocurrió con la “cláusula carnívora” de la Palabra de Sabiduría?

Algunos Santos de los Ultimos Días, que, simultáneamente, son activistas de los derechos animales y la ecología, ven con preocupación que la Iglesia no se involucre más en los aspectos conservacionistas que yacen adormecidos en su doctrina.

Los mormones hemos tenido tradicionalmente un código de salud que se encuentra en la Sección 89 de Doctrina y Convenios. Allí el Señor dice claramente:

“Sí, también la carne de las bestias y de las aves del cielo, yo, el Señor he dispuesto para el uso del hombre, con acción de gracias: sin embargo, han de usarse limitadamente; y a mí me complace que no se usen, sino en temporadas de invierno, o de frío, o de hambre.” (DyC. 89:12-13)

La Iglesia, institucionalmente, ha regulado la aplicación de la Palabra de Sabiduría, derivándola  del consejo que fue en tiempos de Joseph Smith a un mandamiento de estricta observancia y definiendo las referencias a las “bebidas calientes”. Es muy posible que un miembro que haya tomado una taza de té recientemente no pueda renovar su recomendación para ir al Templo. Pero no hay una pregunta equivalente con respecto al uso de carne o a nuestros hábitos de caza, a pesar de que la escritura claramente establece que “no le complacen” al Señor. Por supuesto que son aspectos que siempre estarán bajo nuestra responsabilidad individual y podremos modificar conductas o arrepentirnos. Pero si debo establecer una gradación moral entre tomar una taza de té o café y destruir vida animal por deporte o exceso de consumo creo que lo último debería estar varios escalones más arriba en dicha gradación.

Hay quienes observan en la inacción de la Iglesia una cierta complicidad con las grandes empresas productoras de alimentos. Otros creen que no está bien visto en los círculos ortodoxos pertenecer a movimientos conservacionistas que, por sus protestas y accionar, podrían estar al límite de “lo aceptable para el status quo”.

Lo cierto es que Dios ha hecho responsables a los Hijos de Adán y a las Hijas de Eva por el bienestar de esta Tierra y todos sus moradores. No hay duda de que hay mucho que los miembros en forma individual podemos hacer al respecto, ya que somos “nuestros propios agentes”, pero siendo la Iglesia la depositaria de las llaves y la receptora de la doctrina que establece estas cosas, no estaría mal que los miembros también se lo recordásemos.

En El Libro de Adán y Eva, Dios le dice al primer hombre:

“Si fallas en tu deber, las bestias sobre las que gobiernas se levantarán en tu contra, pues no habrás guardado los mandamientos”. (R.H.Charles, Apocrypha & Pseudepigrapha of the Old Testament, pag. 147)

Le recuerda a Abraham en el Midrash sobre los Salmos:

“Desde la hora que creé el mundo fue mi tarea bendecir a mis criaturas, pero de ahora en adelante estará sobre ti otorgar las bendiciones”. (M.G.Braude, Op.Cit, pag. 8)

Y las Sagas de los Judíos repiten:

“Así como puse a Adán y luego a Noé a cargo de todas mis criaturas, ahora te pongo a ti a cargo, para que puedas otorgar mis bendiciones sobre ellos”. (Bin Gorion, Op.Cit, Tomo II, pag.137)

Pareciera que en cada Dispensación del Evangelio, quienes presidieron en ellas debieron renovar este compromiso de cuidado de la biosfera. ¿Estará la última y más importante Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos liberada de estos compromisos?

Una larga tradición judía y cristiana de los primeros siglos era que los animales se levantarán el día del juicio para acusar a los humanos que los maltrataron (Los Secretos de Enoc 58:4f)

Arthur Schopenhauer, el filósofo alemán del Siglo XIX, creía que los mayores defectos de las enseñanzas cristianas eran: a) la negación de un espíritu a las demás criaturas salvo al hombre y b) la negación de la vida en otros mundos salvo el nuestro. Curiosamente, la teología SUD tiene una buena respuesta para ambas objeciones, pero ¿estaremos asumiendo la responsabilidad que viene con ese conocimiento?

Permítanme finalizar con una frase del siempre esclarecedor Hugh Nibley:

“El dominio del hombre es un llamado a servir, no una licencia para exterminar. Es precisamente porque los hombres son ahora predadores unos de otros, derramando sangre y derrochando la carne de otras criaturas sin necesidad que “el mundo yace en pecado” (DyC 49:19-21). Tales, al menos, son las enseñanzas de los antiguos judíos y de la revelación moderna”.

 

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Referencias

Jones, Gerald E. “The Gospel and Animals.” Ensign 2 (Aug. 1972):62-65.

Hugh Nibley, “Man’s Dominion”. The New Era Octubre 1972 pags. 25-31

Bruce R. McConkie, Mormon Doctrine, pag. 38

Bart H. Welling, “The Blood of Every Beast” Mormonism and the Question of the Animal, Dialogue Vol 44 Nº 2 pag. 87-117

Esta entrada fue publicada en Doctrina.

Un comentario el ““Mucho antes que cualquiera de nosotros…” Parte II (El Evangelio Restaurado y la Cuestión Animal)

  1. Mercedes dice:

    Hay gran sabiduría y conocimiento en toda esta información !!!

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