“Mucho antes que cualquiera de nosotros” (El Evangelio Restaurado y la Cuestión Animal) Parte I

DOCTRINA

 “Mucho antes que cualquiera de nosotros…”

Parte I

(El Evangelio Restaurado y la Cuestión Animal)

 

¿Crees que los perros no irán al cielo? Te digo, que ellos estarán ahí mucho antes que cualquiera de nosotros.”

 Robert Louis Stevenson

5

Por Mario R. Montani

Para Josué Urbina quien, al igual que yo, ama a los animales.

Las Escrituras están repletas de animales. Desde los presentados a Adán para que los nombrase hasta los trasladados por Noé en su Arca. Y me surge una pregunta por ahora sin respuesta: ¿habrán sido arrebatados los animales de la ciudad de Enoc junto con sus dueños? Yo creo que sí, pero no tengo como confirmarlo… No olvidemos el encuentro de Sansón con un león del desierto. Ni a la habladora asna de Balaam, más perceptiva que su dueño (e indudable antecedente literario del cinematográfico “Francis, el mulo parlanchín” y el televisivo “Mr. Ed”). Otro asno, este neotestamentario y callado, aguardaba pacientemente al Salvador para su entrada triunfal en Jerusalén. Los animales están por doquier. A veces no mencionados explícitamente, pero, sin su tácita presencia, muchas cosas no hubiesen ocurrido. No habría habido sacrificios que preanunciaran el de Cristo en la antigüedad, ni huida de Egipto (claro que tampoco carros en los que los egipcios persiguieran). El moderno éxodo hacia las Montañas Rocosas no hubiese tenido lugar sin el transporte y alimento que proporcionaron. La vida humana no existiría sin ellos, tanto por motivos biológicos como ecológicos…

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El aspecto psico-social también es importante. En otras épocas se los tenía como dioses o manifestaciones de los dioses (toro Apis, en Egipto). Zeus tomaba sus formas para mezclarse entre los humanos. Los griegos solían fundir sus rasgos con los de los hombres para crear minotauros, faunos, sirenas, arpías, etc.

En el nahualismo tolteca y maya se creía que, al momento de nacer, cada uno tenía el espíritu de un animal que se encargaba de protegerlo y guiarlo.

Pero ¿cuál es la creencia del Evangelio Restaurado con respecto a estos compañeros de ruta en el gran peñasco espacial que llamamos planeta Tierra? ¿Qué opinamos sobre estos seres que, indudablemente nos precedieron aquí, y, según los científicos, podrían ser nuestros antepasados fisiológicos?

Quizás, un buen modo de comenzar es con el artículo de Sandra Bradford Packard sobre Animales en la Enciclopedia del Mormonismo (obra que cuenta con la aprobación de las Autoridades):

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Animales:

Los Santos de los Ultimos Días creen que los animales, como los humanos, tienen espíritus, con la forma de sus cuerpos (DyC 77:2). Al igual que los seres humanos y las plantas, los animales fueron creados primeramente como espíritus en los cielos y luego físicamente sobre la tierra (Moisés 3:5). Siendo mortales, por tanto sujetos a la muerte, los animales recibirán la salvación mediante la expiación de Cristo (Enseñanzas del Profeta José Smith pag. 354). Humanos y animales vivirán eventualmente en paz sobre esta tierra (Isaías 11:6-9; 2 Nefi 30:12-15; DyC 101:24-26). El Profeta Joseph Smith enseñó que los animales se hallarán en el cielo, en una miríada de formas, provenientes de una miríada de mundos, gozando de eterna felicidad, y alabando a Dios en lenguas que Dios comprende (Enseñanzas de José Smith pag. 354)

Los animales, como otras “cosas buenas que produce la tierra… son hechas para el beneficio y el uso del hombre” pero son “para usarse con juicio, no en exceso, ni por extorsión” (DyC 59:16-20). Dios otorgó a Adán y Eva dominio sobe los animales (Génesis 1:28) pero el dominio legítimo no es coercitivo ni explotador (DyC 121:34-46). El sanciona la carne animal como comida pero prohíbe su desperdicio (Genesis 9:2-5; DyC 49:18-21. La Traducción de José Smith de la Biblia advierte “Y ciertamente no se derramará la sangre, sino únicamente para alimento, para preservar vuestras vidas; y la sangre de todo animal demandaré de vuestras manos” (TJS Génesis 9:11)

Destruir la vida animal meramente por deporte ha sido criticado fuertemente por varios líderes SUD, incluyendo a Lorenzo Snow, Joseph F. Smith, Joseph Fielding Smith y Spencer W. Kimball. Lorenzo Snow lo llamó una “diversión asesina”.

Cuando el Profeta Joseph Smith vio a sus asociados a punto de matar tres víboras de cascabel en su campamento, dijo: “¡Dejadlas; no les hagáis daño! ¿Cómo podrá perder la serpiente su veneno, si los siervos de Dios tienen la misma disposición y siguen combatiéndola? El hombre tiene que tornarse inofensivo para que los animales puedan hacerlo; y cuando el hombre abandone su disposición destructora y cese de destruir al reino animal, entonces el león y el cordero podrán vivir juntos y el niño de teta podrá jugar con la serpiente sin que ésta le haga daño” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pag. 78).

Heber C. Kimball criticó el uso de espuelas y lazos, diciendo, “Los caballos tienen la misma vida que ustedes tienen, y no deberíamos lastimarlos (JD 5:137). Brigham Young denominó la negligencia con el ganado un “gran pecado” (JD 12:218). Hasta el momento no hay ninguna declaración autorizada disponible sobre el uso de animales en la investigación médica y la prueba de productos.

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¿Tienen espíritu los animales?

Para comenzar deberemos tener en cuenta que tanto la palabra espíritu (del latín spirare = soplar) como la palabra alma (derivación del latín anima = respiración o soplo vital) eran una referencia al aire que entraba y salía de los seres vivos. Un cuerpo muerto era exanimis (privado de la respiración). De modo que cuando los antiguos utilizaban estos vocablos, en general, se referían a algo con vida, mientras esa vida durara, no a la posibilidad de permanencia después de la muerte, en el sentido religioso que hoy les damos.

Los filósofos presocráticos (Tales, Heráclito, Anaximandro) pensaban que la materia tenía una animación propia, que contenía, en potencia, la vida. Por esto creyeron que los animales, formados por los cuatro elementos reconocidos por ellos, tenían alma, pues estaban animados por dichos elementos.

Platón complejizó el concepto reconociendo que había capacidades de los seres vivos que excedían al cuerpo, y Aristóteles profundizó el esquema definiendo las capacidades y graduándolas en los diferentes organismos.

Sin embargo, los griegos desarrollaron además la idea de una psiché (de psycho = aire frío) que también se relaciona con el aliento que da vida. Pero, cuando la psiché escapaba de su cuerpo muerto, llevaba una existencia autónoma, una figura antropomorfa y alada, un doble del difunto, que, generalmente, se dirigía al Hades (morada de los muertos) donde vivía de un modo fantasmal y sombrío. La psiché parecía ser un atributo exclusivamente humano, no compartida con los animales.

Los teólogos de la Edad Media, y de allí en adelante, consideraron a las especies animales inferiores al hombre y sin espíritu. Aún hoy puede leerse al Equipo de Consejeros de la Biblia Online declarando:

“El hombre fue creado como un ser capaz de experimentar comunión íntima con Dios, como un ser con voluntad, como un ser con intelecto y como un ser con emociones. Esto significa ser creado a imagen de Dios. Nada de esto hubo en la creación de los animales, por eso decimos que los animales son seres vivientes únicamente, seres de orden inferior cuando se los compara con el hombre. En consecuencia, cuando un animal muere, simplemente deja de ser un ser viviente. No cabe el pensar en una existencia después de la muerte para seres que no poseen la imagen de su creador”.

(www.bibliaonline.net/artigo/1893/es-AR, consultado el 23/09/2014)

Para los Santos de los Ultimos Días los animales tienen espíritu y alma. Debemos recordar que, para nuestra teología, el alma es la unión del cuerpo y el espíritu. No obstante, esa definición no rige para el resto del mundo donde son casi sinónimos, por lo que debemos tenerlo en cuenta al leer material de otros orígenes.

Por supuesto que esta teología del espíritu animal presenta algunos problemas e interrogantes. Por un lado, creemos que los espíritus de los animales (al igual que los de los humanos) son similares a su aspecto físico. Es decir que el espíritu de un elefante se parece a un elefante y el espíritu de un murciélago se parece a un murciélago. Sin embargo, la evidencia científica parece mostrar que la forma definitiva de los animales proviene de su interacción con el medio ambiente. Ejemplos típicos: el de la jirafa que fue modificando su cuello para poder comer las hojas en las alturas, o el colibrí que tiene su pico adaptado al formato de las flores de la región donde vive. Las declaraciones de Joseph Smith con respecto a que en otros mundos los animales serán diferentes podrían deberse a la diversidad de sus sistemas ecológicos. Pero nuestra teología también nos indica que los espíritus fueron creados con la forma que tienen antes de que la creación física tuviese lugar. De modo que, si aceptamos ambas premisas doctrinales, deberemos caer en un determinismo absoluto por parte del Creador, conduciendo cada pequeño proceso evolutivo para que el resultado coincidiese con la apariencia de los espíritus predefinidos, o flexibilizar nuestro concepto de cómo son realmente esas formas zoológicas preexistentes. Por ejemplo, el perro doméstico. Todos sabemos que las razas caninas han sido parte de una selección mayormente inducida por el hombre. Por lo cual es válido preguntarse: ¿El espíritu de un chihuahua se parece a un chihuahua como el de un gran danés se parece a un gran danés? ¿O existirá un espíritu básico perruno que se adapta a los diferentes formatos que le tocará habitar en la Tierra?… Buenas preguntas para analizar durante el Milenio en algún tomo de la Biblioteca Universal mientras acariciamos un león que retoza a nuestros pies.

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¿Se salvarán los animales?

Posiblemente no sea casual que el creador del largometraje “Todos los perros van al cielo” haya sido el dibujante mormón Don Bluth, quien supo ser misionero por nuestras pampas argentinas. Es una preocupación siempre vigente, en especial cuando mueren nuestras mascotas.

Se cuenta la historia de una anciana viuda cuya única compañía era su fiel perrita, la que acabó muriendo. Desanimada, fue a ver a su Pastor:

“Reverendo”, le dijo con lágrimas corriendo por sus mejillas, “el vicario dice que los animales no tienen alma. Mi querida perrita Fluffy ha muerto. ¿Significa eso que no volveré a verla en el cielo?

“Mi querida señora”, dijo el Viejo sacerdote, “Dios, en su infinito amor y sabiduría ha creado los cielos para que sean un lugar de perfecta felicidad. Estoy seguro de que si usted necesita a su pequeña perra para que su felicidad sea completa, entonces la encontrará allá”.

Pero, independiente de todo buen deseo, voluntarismo o vía excepcional, pareciera que la expiación universal de Cristo, así como se aplica a otros mundos, también se aplica a otras esferas de la creación, y a la propia Tierra.

“Supongo que Juan vio allí seres de mil formas que habían sido salvos de diez mil veces diez mil tierras como ésta: animales extraños de los cuales ningún concepto tenemos; todos podrán existir en el cielo. Juan entendió que Dios se glorificó a Sí mismo salvando todo lo que Sus manos habían hecho, ya fueran animales, aves, peces u hombres; y El se glorificará a Sí mismo con ellos. Alguien dirá: “No puedo creer en la salvación de los animales”. Cualquiera que os dijere que esto no puede ser también os dirá que las revelaciones no son ciertas. Juan oyó las palabras de los animales que glorificaban a Dios, y las entendió. Dios, que hizo las bestias, puede entender todo lo que éstas hablen. Los cuatro animales que Juan vio eran cuatro de los animales más nobles que habían cumplido la medida de su creación, y habían sido salvos de otros mundos, porque eran perfectos: eran como ángeles en su propia esfera. No nos es dicho de dónde vinieron, ni yo lo sé; pero Juan los vio y los oyó alabando y glorificando a Dios.” (Enseñanzas del Profeta Jose Smith, Pag. 354)

Si bien estas enseñanzas no están canonizadas y por lo tanto no producen doctrina, sí forman parte de la tradición SUD. De hecho, allí el Profeta nos está dando tanta información que se hace difícil procesarla. Confirma que hay otros mundos, que hay animales en esos mundos, que no necesariamente son como los de nuestro planeta, que todos serán salvos, que Dios los comprende y que algunos de ellos podrían funcionar como ángeles para su especie.

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¿Resucitarán los animales?

Muchos pensadores y filósofos han teorizado sobre el tema:

“San Francisco creía que algunos animales eran inmortales, pero la doctrina dominante de la Iglesia católica ha sido que ningún animal lo es. Parece tonto suponer que cada avispa es inmortal, por no hablar de las amebas, los pólipos y los microbios. ¿Y los gatos y los perros? Se ha dicho a menudo que algunos perros son más merecedores de otra vida que algunas personas. No sé si hay algún perro que vaya a tener otra vida… Mi esperanza es, no obstante, que algunos animales tengan esa otra vida, aunque no lo espero con demasiada intensidad” (Martin Gardner, Los porqués de un escriba filósofo, pag. 343)

C.S Lewis, el autor de las Crónicas de Narnia y el Ciclo de Perelandra, amaba los animales, vivía rodeado de ellos y los incluía de diferentes maneras en su obra. Quizás el sitio donde mejor se visualiza su idea de la resurrección animal sea en The Great Divorce, una fantasía teológica. Allí describe a una mujer, en el cielo, rodeada de varios niños, ángeles y animales. Se produce el siguiente diálogo:

“¿Qué son todos estos animales? Un gato – dos gatos – docenas de gatos. Y todos aquellos perros… bueno, no pudo ni contarlos. Y los pájaros. Y los caballos”.

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“¿Tiene alguna especie de zoológico? Quiero decir, esto es un poco demasiado.”

“Cada ave y bestia que estuvo cerca de ella tuvo un lugar en su amor. En ella llegan a ser ellos mismos. Y ahora la abundancia de vida que ella tiene en Cristo del Padre fluye hacia ellos”.

El profeta Isaías escribió sobre el reino milenario:

“Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar” (Isaías 11: 6-9, Reina Valera, 1960)

También al profeta Oseas le fue dado a saber que:

“En aquel día haré también un pacto con ellos con las bestias del campo, con las aves del cielo y con los reptiles de la tierra; quitaré de la tierra el arco, la espada y la guerra, y haré que ellos duerman seguros” (Oseas 2:18)

De modo que su existencia y adaptación durante el Milenio están confirmadas por las Escrituras. Pero, ¿nos resulta suficiente?

“Un Santo, que lo es en hechos y en verdad, no pone su esperanza en un cielo inmaterial sino que espera un cielo con terrenos, casas, ciudades, vegetación, ríos, y animales; con tronos, templos, palacios, reyes, príncipes, sacerdotes, y ángeles; con alimentos, vestimenta, instrumentos musicales, etc; todos los cuales son materiales. Por cierto, el cielo de los Santos es una creación material celestial, redimida, glorificada y habitada por seres materiales glorificados, hombres y mujeres, organizados en familias, abarcando todas las relaciones de esposos y esposas, padres e hijos, donde el llanto, el dolor y la muerte no serán más conocidos. O para decirle de un modo más definido, esta tierra, cuando esté glorificada, será el cielo eterno de los Santos. Sobre ella esperan vivir, con partes corporales y sagradas pasiones; sobre ella esperan moverse y tener sus cuerpos, para comer, beber, conversar, adorar, cantar, interpretar instrumentos musicales, participar en diversiones sociales gozosas e inocentes, visitar ciudades cercanas y mundos vecinos; por cierto, la materia, sus cualidades y propiedades son lo único con lo que esperan asociarse…” (Millennial Star, Vol. 28, pag. 722, 17 de Noviembre 1866)

La Primera Presidencia de la Iglesia (Joseph F. Smith, John R. Winder y Anthon H. Lund) en un Mensaje del 18 de Diciembre de 1909 declaró:

“El creó al renacuajo y al simio, al león y el elefante, pero no los hizo a su propia imagen, ni investidos con la divina razón e inteligencia. Sin embargo, toda la creación animal se perfeccionará y perpetuará en el Más allá, cada uno en su “distinto orden o esfera”, y gozarán “eterna felicidad”. Tal hecho se ha declarado plenamente en esta dispensación (DyC 77:3)”

Joseph Fielding Smith, siendo un Apóstol en la Conferencia General de Octubre de 1928:

“De modo que vemos que el Señor intenta salvar, no solo la tierra y los cielos, no sólo al hombre que mora sobre la tierra, sino también a todas las cosas que ha creado. Los animales, los peces del mar, las aves del aire, al igual que el hombre, serán recreados o renovados, mediante la resurrección, pues ellos también son almas vivientes” (Conference Report, Octubre 1928, pag. 100)

El Apóstol Bruce R. McConkie:

“Nada es tan absolutamente universal como la resurrección. Cada ser y cosa viviente será resucitado. ‘Así como en Adán todos mueren, en Cristo serán todos vivificados’ (1 Corintios 15:22). Así como los poderes creativos y redentores de Cristo se extienden a la tierra y todo lo que hay en ella, y también a la infinita expansión de mundos en la inmensidad, del mismo modo el poder de la resurrección es universal en su alcance. El hombre, la tierra y toda vida en ella serán levantados en la resurrección. La resurrección se aplica y se está produciendo en otros mundos y otras galaxias.

Así dice el Señor: ‘Porque todas las cosas viejas pasarán, y todo será hecho nuevo, el cielo y la tierra, y toda la plenitud de ellos, tanto hombres como bestias, las aves del aire, y los peces del mar; y ni un cabello ni una mota se perderán, porque es la obra de mis manos’ (DyC. 29:24-25)”. (Mormon Doctrine, primera edición, pags. 573-578)

Ingresando a un ámbito más especulativo

¿En qué grados de gloria se distribuirán los animales? Las Escrituras únicamente los mencionan formando parte del Reino Celestial. Joseph Fielding Smith consideró como ‘muy probable’ que estuviesen en los tres grados de gloria (Improvement Era, Enero de 1958, pags. 16.17). Sin embargo pareciera una simple conjetura que nadie ha reivindicado y que más bien es negada por la próxima pregunta.

¿Serán los animales juzgados de acuerdo a su obediencia a la ley? Nuevamente, de acuerdo a Joseph Fielding Smith en su polémico Man: His Origin and Destiny, los animales no tienen conciencia. No pueden pecar ni pueden arrepentirse, pues no poseen el conocimiento del bien y el mal (Man: His Origin and Destiny, 1954, Desert Book, pags. 204-205). Si algo no puede pecar ni arrepentirse pareciera que su destino final debería ser el Reino Celestial ¿verdad?

¿Podrán los animales estar con sus dueños en el más allá? No tenemos una palabra autorizada sobre el tema, aunque es algo que, en nuestro interior, muchos de nosotros anhelamos. Se ha sugerido que, si hemos sido justos con nuestras mascotas, se nos permitirá estar con ellos o visitarlos en el futuro, en base a los lazos emocionales que hayamos establecido con ellos. Orson F. Whitney escribió (Improvement Era, de Agosto 1927, pag. 855) que Joseph Smith esperaba tener a su caballo favorito en las eternidades.

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Los animales como fuente de aprendizaje.

Los integrantes del reino animal han sido utilizados desde antiguo como referencias ejemplares. Las fábulas han enriquecido nuestra cultura y los cuentos de hadas no han sido ajenos a personajes humanizados como “El gato con botas” o “El Patito Feo”, mediante los cuales características de los individuos son puestas bajo la lupa sin el sentimiento de culpa que provocaría una referencia directa.

Se ha recalcado que una familia se beneficia mucho al tener mascotas y poder compartir con los niños experiencias fundamentales de la vida, tales como la enfermedad, los nacimientos o la muerte en circunstancias atenuadas, y también por el aprendizaje sobre la tenencia responsable, el cuidado, la limpieza y el desarrollo de los sentimientos.

Joseph F. Smith, David O. McKay y Stephen L. Richards firmaron el siguiente editorial en 1918:

“La humanidad no puede adorar al Creador y mirar con descuidada indiferencia Sus creaciones. El amor a toda vida ayuda al hombre a gozar de una vida mejor…La naturaleza nos ayuda a ver y comprender a Dios. Hacia todas Sus creaciones debemos la lealtad del servicio y de una profunda admiración. El amor a la naturaleza es similar al amor a Dios. Los hombres aprenden más fácilmente en relación solidaria con todas las formas de vida de lo que lo hacen en el aislamiento de los intereses humanos” (Juvenile Instructor, Abril de 1918, pag. 183)

El Salvador (quien no casualmente nació en un pesebre rodeado de animales) se refirió a las aves para enseñar sobre el cuidado que el Padre tiene de nosotros y a los bueyes en su lección sobre el correcto uso del Día de Reposo.

Brigham Young declaró, hace ya más de 150 años:

“Los campos y las montañas, los árboles y las flores, y todo lo que vuela, nada o se mueve sobre el suelo, son lecciones para estudiar en la gran escuela que nuestro Padre Celestial ha instituido para el beneficio de sus hijos… (los Santos deben) explorar este gran campo de información que se abre ante nosotros en el grandioso laboratorio de la naturaleza”. (Journal of Discourses, Vol. 9, pag. 369-370, 31 de Agosto 1862)

El Presidente Young parecía tener en claro que estábamos sobre la Tierra para aprender algo más que las Escrituras.

Con altas proporciones de la población viviendo en ciudades, es posible que hayamos perdido parcialmente el contacto con la vida animal que era parte del quehacer cotidiano en otras épocas y circunstancias.

La Historia de la Iglesia da cuenta de innumerables ocasiones en que los pioneros ungían con aceite y bendecían a sus animales para poder continuar sus viajes o sus tareas. Si bien el ejemplo más conocido es el de Mary Fielding Smith bendiciendo a sus bueyes para poder llegar a Utah (Preston Nibley, Presidents of the Church, Deseret Book, 1959, pag. 234), lo cierto es que era una práctica común que da cuenta de lo cercana y necesaria que era la relación de los santos de todas las épocas con sus animales.

 Continuará…

Esta entrada fue publicada en Doctrina.

2 comentarios el ““Mucho antes que cualquiera de nosotros” (El Evangelio Restaurado y la Cuestión Animal) Parte I

  1. urbinaojd dice:

    Gracias amigo, un excelente estudio, estoy ansioso de continuar con la siguiente parte.

  2. Monica dice:

    Excelente y enriquecedora revisión de la revelación, las Escrituras, comentarios inspirados y teorías tanto cristianas, filosóficas y de otras fuentes sobre el tema la cuestión animal en el plan de salvación.
    La revelación moderna confirma la necesidad del contacto actual con los cielos, de otra forma estaríamos repitiendo quizás los mismos conceptos y doctrinas basadas en interpretaciones erróneas mezcladas con filosofías de hombres.
    Y en relación a que si un perro es su estado espiritual es tal cual a su estado terrenal, personalmente no concuerdo con esta idea, creo que lo físico es solo “un bosquejo”, por tanto no definitivo de cómo nos veremos siendo seres resucitados inicialmente, esto es sin mencionar los cambios que, desde mi perspectiva, sobrevendrán al hombre para los diferentes grados de gloria, así también en los animales.
    Mientras meditaba en que si el espíritu de un chihuahua es de ese tamaño o es como de un gran danés (de 60 kg.) pero en un cuerpo de 8 kg. en la tierra, recordé que nada, ni nosotros, llegamos o nacemos pesando ni midiendo lo que medimos en la edad adulta, esto es nuestro espíritu “se adapta” a un cuerpo pequeño, que ni siquiera tiene muchas de sus funciones completas desde el inicio (audición, vista, olfato, etc.) y en muchos casos nunca las desarrollaremos, sin embargo “son compensados” de alguna otra forma.
    De la misma forma, ya sea que un animal mida 2 metros de altura o 30 cms., así en los humanos, no todos medimos ni pesamos lo mismo (en donde también influyen los hábitos, el ADN, el entorno geográfico, socio-económico y cultural), ni tampoco lucimos externamente iguales. Creo que estos aspectos en los que hoy diferencian a los unos de los otros, posteriormente serán “alterados” de alguna forma y de formas no sutiles (es mi humilde creencia).
    Bien señala este artículo que los perros que conocemos hoy son “producto” de la selección “antinatural” que ha hecho el hombre.
    Lástima que se me ha hecho difícil, al escribir, poder dar un sentido de coherencia y cohesión a todas las ideas o conceptos en los que he reparado anteriormente para llegar a esta percepción personal. Espero haberlo logrado en parte al menos.
    He disfrutado muchísimo la lectura. Felicitaciones!
    Monik

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