SOBRE LOS BIBLIOCLASTAS

 

SOBRE LOS BIBLIOCLASTAS

(Originalmente presentado en el programa “El Colador” del  11 de Septiembre 2007)

 

"Los libros no pueden matarse con el fuego. Las personas mueren, pero los libros jamás. Ningún hombre ni fuerza pueden colocar al pensamiento en un campo de concentración permanentemente. Ningún hombre ni fuerza pueden quitar del mundo los libros que dan cuerpo a la eterna lucha del hombre contra la tiranía. En esta guerra, lo sabemos, los libros son armas". Franklin D. Roosevelt

“Los libros no pueden matarse con el fuego.
Las personas mueren, pero los libros jamás.
Ningún hombre ni fuerza pueden colocar al pensamiento en un campo de concentración permanentemente.
Ningún hombre ni fuerza pueden quitar del mundo los libros que dan cuerpo a la eterna lucha del hombre contra la tiranía. En esta guerra, lo sabemos, los libros son armas”.
Franklin D. Roosevelt

Por Mario R. Montani

 

“Cada libro quemado ilumina el mundo” (R.W. Emerson, Essays, 1841)

 

En una escena de “César y Cleopatra” de George Bernard Shaw, un modesto mensajero anuncia al poderoso general el incendio (que vendría a ser el primero) de la biblioteca de Alejandría: “Allí arde la memoria de la humanidad”-exclama- y Julio César, impávido, le responde: “Es una memoria infame. Que arda”.

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El valor simbólico de la eliminación programada de conocimiento implica la selección arbitraria de cuál material debe sobrevivir a la destrucción. Como vimos en un texto anterior, su uso con fines políticos, religiosos y de supremacía cultural, ha sido una constante a través de los siglos. El nazismo efectuó quemas públicas de libros. En la ex Unión Soviética, millones fueron destruidos, pero en secreto. Jorge Luis Borges en “La muralla y los libros”, uno de los textos de Otras Inquisiciones, nos recuerda:

“Quemar libros y erigir fortificaciones es tarea común de los príncipes; lo único singular en Shi Huang Ti  fue la escala en que obró… Cercar un huerto o un jardín es común; no cercar un imperio. Tampoco es baladí pretender que la más tradicional de las razas renuncie a la memoria de su pasado, mítico o verdadero (3000 años, incluyendo a Confucio y Lao Tse)

Herbert Giles cuenta que quienes ocultaron libros fueron marcados con un hierro candente y condenados a construir, hasta el día de su muerte, la desaforada muralla…Acaso la muralla fue una metáfora, acaso Shi Huan Ti condenó a quienes adoraban el pasado a una obra tan vasta como el pasado…

Acaso el incendio de las bibliotecas y la edificación de la muralla son operaciones que de un modo secreto se anulan.”

Aunque siempre el deseo de poder está presente en estos actos, en ocasiones se reviste de mezquindad personal. En 1842, Armand Dufau, director de la escuela para ciegos de Paris, mandó quemar todos los libros escritos en el sistema desarrollado por su predecesor, Louis Braille. A pesar de que la destrucción fue completa, los que habían aprendido la escritura braille continuaron utilizándola y, finalmente, se impuso en todo el mundo.

Gerard Hadad, psiquiatra tunecino que ha analizado en su interesante obra “Los Biblioclastas” esas pulsiones biblioclásticas (como las denominó) a lo largo de la historia, declara:

“El auto de fe apunta con un odio total y enigmático a un objeto singular, el libro. Y aunque la elección de los libros a destruir parezca particular, el verdugo que enciende la hoguera anhela terminar con todos los libros, con la idea misma de Libro, percibida como figura del Mal.”

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