“Serán recompensadas con ricas porciones…” – Primera Parte

DOCTRINA

     Feminismo

 

“Serán recompensadas con ricas porciones…” 

Primera Parte

 

Por Mario R. Montani

 

Me pareció interesante dar a estas reflexiones un título tomado de la olvidada cita de James E. Talmage:

“Cuando las debilidades e imperfecciones de la mortalidad sean dejadas atrás, en el glorificado estado del bendito más allá, esposo y esposa administrarán en sus respectivos rangos, viendo y comprendiendo como iguales, cooperando al máximo en el gobierno de su reino familiar. Entonces las mujeres serán recompensadas con ricas porciones por todas las injusticias que el sexo femenino ha soportado durante la mortalidad…  El ojo mortal no puede ver ni la mente comprender la belleza, gloria y majestad de una recta mujer hecha perfecta en el reino celestial de Dios” (James E. Talmage, “The Eternity of Sex”, Young Women’s Journal 25, Octubre de 1914, pags. 602-603)

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Aunque el texto no lo especifica, sería bueno recordar que la mayoría de esas injusticias ha sido prodigada por nosotros, sus hermanos, los hombres…

Al escuchar sobre reclamos de las hermanas con respecto al sacerdocio, la mayoría de nosotros cree que es una posición moderna que va en contra de lo considerado por Dios, cuando en realidad lo que están pidiendo es el restablecimiento de algo que les fue dado y luego, sin que las razones estén demasiado claras, quitado.

Según parecen mostrar los documentos que se van publicando dentro del Joseph Smith Papers Project, el Profeta no veía al sacerdocio como una autoridad de administración sino más bien como un poder de Dios, compartido tanto por los Quorumes masculinos como por su equivalente femenino, la Sociedad de Socorro.

Las hermanas participaban en lavamientos y unciones e imponían las manos a los enfermos a la par de los hermanos. Cuando alguien pareció sorprendido por esas acciones, el Profeta respondió: “No puede haber ningún mal en ello, si Dios mismo dio su sanción al curar…no puede haber más pecado en que una mujer imponga las manos sobre los enfermos que en que les laven el rostro con agua…si las hermanas tienen fe para sanar, que todos callen sus lenguas” (Minutas de la Sociedad de Socorro de Nauvoo, 28 de abril 1842).

Es bien sabido que integrando el Quorum de los Ungidos en Nauvoo había mujeres y que las mismas participaban en las ordenanzas  junto a sus correspondientes masculinos.

Cuando los santos se establecieron en el Oeste, ya sin la presencia de Joseph Smith, las hermanas continuaban realizando ordenanzas de lavamiento y unciones, así como bendiciones de salud tanto en la Casa de Investiduras de Salt Lake como en los templos de Saint George, Manti y Logan.

Otra forma muy común de la práctica, realizada privadamente en los hogares, era la bendición, con lavamiento y unción, administrada cuando se acercaba el momento de un parto. Esas ocasiones estaban claramente establecidas y oficialmente aceptadas. No eran una práctica oculta.

Existen muchos diarios personales donde las protagonistas anotaron los detalles de estas experiencias (Sarah Leavitt y Edna Rogers, entre otras)

Susa Young Gates, una de las hijas de Brigham Young, escribió:

“Los privilegios y poderes delineados por el Profeta en aquellas primeras reuniones (de la Sociedad de Socorro) nunca han sido concedidos a las mujeres en su plenitud, hasta el día de hoy”.

Las hermanas de las primeras décadas no veían a la Sociedad de Socorro únicamente como una organización auxiliar de servicio al necesitado sino como una oportunidad para desarrollar al máximo las capacidades femeninas en un entorno que, en general, se la negaba.

En la quinta reunión de la Sociedad, Sarah Cleveland, una de las Consejeras, invitó a las hermanas a dar sus testimonios. Entre las presentes se encontraba la hermana Durfee, quien, según las actas, “testificó de la inmensa bendición que había recibido cuando fue ministrada por Emma Smith y sus Consejeras, Cleveland y Whitney, después de la última reunión, señalando que nunca antes había recibido tantos beneficios por una administración. Agregó que pensaba que las hermanas tenían más fe que los hermanos”. Finalizada dicha reunión, Sarah Cleveland y Elizabeth Whitney bendijeron a Abigail Leonard “para la restauración de su salud”.

Es interesante leer el obituario (1882) de esa misma Elizabeth Ann Smith Whitney, esposa de Newel K. Whitney y Consejera en la Sociedad de Socorro:

“En su juventud fue designada por el Profeta Joseph Smith como ‘la dulce cantante de Sión’. Fue uno de los primeros miembros de la Iglesia en recibir el don de lenguas, que siempre manifestó cantando. El Profeta dijo que su lenguaje era el puro idioma de Adán, el mismo usado en el jardín de Edén, y le prometió que si se conservaba en la fe, el don jamás la abandonaría. Así fue, y muchos de los que la escucharon cantar jamás olvidaron la dulce y sagrada influencia que acompañaban su práctica de este don celestial. La última vez que cantó en lenguas fue al cumplir sus 81 años. Lo hizo en el hogar de la hermana Emmeline B. Wells, quien había preparado una fiesta en su honor. En una reunión llevada a cabo en el Templo de Kirtland, la hermana Whitney cantó en lenguas y Parley P. Pratt interpretó, dando como resultado un hermoso himno que describía las diferentes dispensaciones desde Adán hasta el presente. Fue, aparentemente, la segunda de su sexo en recibir las investiduras, actuando como Sumo Sacerdotisa en la Casa del Señor, capacidad en la que sirvió hasta poco antes de su muerte, o hasta que debió abandonar las tareas a causa de su salud deteriorada. En tal posición bendijo a cientos, tal vez miles, de las hijas de Sión” (Latter Day Saint Biographical Encyclopedia, pag. 563)

El Sacerdocio compartido con los esposos

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En 1857, Mary Ellen Kimball, una de las esposas de Heber C. Kimball, registró su visita a una hermana enferma en compañía de Presindia, otra de las esposas múltiples de Heber. Lavaron y ungieron a la hermana, le prepararon un almuerzo y la vieron comer con apetito. Anotó: “Me regocijé junto con ella pues nunca olvidaré cuando yo fui sanada por el poder de Dios mediante la fe en El, poder que ha sido restaurado nuevamente con el sacerdocio. Pero al regresar a casa recordé las instrucciones, recibidas de tanto en tanto, de que el sacerdocio no era otorgado a las mujeres. Por tanto, pregunté a Mr. Kimball (Heber) si las mujeres tenían el derecho de lavar y ungir a los enfermos para la restauración de su salud o si era simplemente un simulacro o burla. Me respondió que, siempre que fuesen obedientes a sus esposos, ellas tenían el derecho de administrar de ese modo en el nombre del Señor Jesucristo pero no por la autoridad del sacerdocio pues esa autoridad no es dada a la mujer. También dijo que ellas pueden administrar por la autoridad dada a sus esposos siempre que fuesen una con sus esposos”

Angus Cannon, Presidente de la Estaca de Salt Lake, dio también la siguiente respuesta, publicada en el Woman’s Exponent:

“Las mujeres pueden poseer el sacerdocio únicamente en conexión con sus esposos; el hombre posee el sacerdocio independientemente de la mujer. Las mujeres tienen el derecho de ungir a los enfermos, y orar al Padre para que los sane, y ejercer la fe para que Dios prevalezca; mas las mujeres deben ser cuidadosas en el modo de utilizar la autoridad del sacerdocio al administrar a los enfermos” (Women’s Exponent 7:86 – 1 Nov. 1878)

Dos años más tarde, el 8 de Agosto de 1880, el Presidente John Taylor en su mensaje “El orden y obligaciones del Sacerdocio” reafirmó que “las mujeres poseen el Sacerdocio, únicamente en conexión con sus esposos, al ser uno con sus esposos” (Journal of Discourses 21, pag. 367-368 – 8 de Agosto 1880)

En 1868, en Cache Valley, el Apóstol Ezra T. Benson (abuelo del homónimo que sería Presidente de la Iglesia)  hizo un llamado a todas las mujeres “que habían sido ordenadas para lavar y ungir” para que ejercieran sus poderes en contra de una enfermedad desconocida que hacía estragos en ese valle.

El diario de Zina Huntington Young de 1881 menciona que ella ungió a una mujer para “su salud” y a otra “por su oído”. Recordando el pasado, cuando era una de las esposas plurales de Joseph Smith, menciona: “Lo practiqué mucho junto a mi Hermana Presindia Kimball mientras estábamos en Nauvoo, y de allí en adelante, antes de la muerte de Joseph Smith. El bendijo a las Hermanas para que bendijesen a los enfermos” (Diario de Zina Diantha Huntington Smith Young, vol. 13, Agosto-Diciembre de 1881, Archivos de la Iglesia)

Sobre fines del siglo XIX (y estamos hablando de 70 años después de establecidas las prácticas) surgen algunas preguntas: las mujeres que ofician de ese modo, ¿deben estar investidas previamente en el Templo? ¿deben pertenecer a la Sociedad de Socorro (una pertenencia optativa por ese entonces)? ¿deben estar casadas con Sacerdotes? ¿deben realizar las bendiciones y unciones únicamente en su núcleo familiar?

Confusas respuestas

En una circular de 1880, la Primera Presidencia declara:

“Es el privilegio de toda mujer fiel y miembro laico de la Iglesia, que cree en Cristo, administrar a los enfermos y afligidos en sus respectivas familias, ya sea por la imposición de manos, o por la unción con aceite en el nombre del Señor: pero deben administrar estas sacras ordenanzas, no por virtud y autoridad del sacerdocio, sino en virtud de su fe en Cristo y de las promesas hechas a los creyentes: y de ese modo deben realizar sus ministraciones. (Circular del 6 de Octubre de 1880 fechada en Salt Lake City. Archivos de la Iglesia)

Aquí la Primera Presidencia parece contestar que la bendición de enfermos no es una función exclusiva de la Sociedad de Socorro pero al mismo tiempo reconoce que se trata de una “ordenanza” y que las mujeres, al igual que cualquier otro miembro, puede realizarla.

Sin embargo cuatro años más tarde, Eliza R. Snow, respondiendo a la pregunta “¿Es necesario que las hermanas sean apartadas para oficiar en las sagradas ordenanzas de lavamientos, unciones e imposición de manos al administrar a los enfermos?” declara:

“Ciertamente que no. Toda hermana que honra su santa investidura, no sólo tiene el derecho, sino que debe sentir el deber, cuando es llamada a administrar a nuestras hermanas estas ordenanzas, las que Dios en su gracia ha otorgado a Sus hijas así como a Sus hijos; y testificamos que, cuando son administradas y recibidas con fe y humildad, son acompañadas de gran poder. En tanto que Dios, nuestro Padre, ha revelado estas santas ordenanzas y las ha entregado a Sus Santos, es no solamente nuestro privilegio sino nuestro imperativo deber aplicarlas para el alivio del sufrimiento humano” (Eliza Snow, Women Exponent 13, 15 Septiembre 1884, pag. 61)

Eliza insiste en que deben hacerlo quienes han sido investidas y recuerda lo que ahora sabemos que Joseph Smith enseñó en sus reuniones con la Sociedad de Socorro:

“Miles pueden testificar que Dios ha sancionado la administración de estas ordenanzas (de sanar a los enfermos) por nuestras hermanas con la manifestación de Su influencia sanadora” (Joseph Smith, Minutas de la Sociedad de Socorro, 28 de Abril de 1842)

Hasta aquí, Eliza y la Primera Presidencia parecen estar de acuerdo en que la Sociedad de Socorro no debe tener el monopolio de las bendiciones de salud, pero mientras las Autoridades sugieren restringirlas al grupo familiar, ella, cumpliendo el mandato del Profeta Joseph, cree que deben ser extensivas.

En una Conferencia en el Tabernáculo de Logan, en 1896 (observemos cuán cerca del Siglo XX) la Hermana Tenn Young instruye:

“Deseo hablar del gran privilegio que se nos ha dado de lavar y ungir a las enfermas y sufrientes de nuestro sexo. Aconsejaría a todas aquellas que esperan ser madres que reciban estas ordenanzas a través de una buena y fiel hermana” (y a continuación dio detalles de cómo debía ser realizada la ceremonia) (Diario de Ruth May Fox, 8 de Marzo 1896)

En 1893, la revista oficial de las Jovencitas en la Iglesia recomendaba:

“No esperes hasta que tu enfermedad te lleve al borde de la muerte para probar tu fe y el poder de Dios. La próxima vez que tengas un dolor de cabeza toma un poco de aceite y pide a Dios que te sane. Si tienes dolor de garganta, intenta con aceite y una oración antes de probar otra cosa. Acuéstate y considera si estás mejor por la mañana. Si lo estás, entonces ve acumulando experiencias hasta que tengas una reserva de fe que será necesaria para cuando tu cuerpo sea más débil…Si todavía estás enferma pide a tu madre o tu padre que te administren. Intenta eso; entonces, si falla, y ellos desean llamar a los Elderes, permíteselos, y de ese modo agotar las ordenanzas del sacerdocio antes de tomar otro camino (como llamar al doctor)” (Young Woman’s Journal 4, 4 de Enero 1893, pags. 176-177)

Independientemente de quién escribía el artículo, creo que los consejos son reveladores de lo que ocurría entre los Santos decimonónicos. Si bien puede haber una mezcla de folklore campesino, y autosuficiencia práctica (bastante diferentes de las sugerencias de mediados de Siglo XX en adelante), lo interesante es que editora y lectoras parecen compartir la creencia de que una “auto unción”, la bendición indistinta de la madre o el padre y la de los Elderes son todas “ordenanzas del sacerdocio”.

Otro ejemplo revelador surge del diario del hermano Torkel Torkelson (él mismo muy demandado para dar bendiciones en su comunidad):

“Dos hermanas vinieron a mi hogar para lavar y ungir a mi esposa antes de su confinamiento. Ya que yo me encontraba en casa, las hermanas me llamaron para que la bendijese. Después de que la hube bendecido y sellado la sagrada ordenanza que las hermanas habían realizado… pude ver el poder de Dios descender sobre la (hermana Phelps), quien profetizó en lenguas sobre mí, mi casa y el niño por venir”. (Diario de Torkel Torkelson, entrada del 7 de Noviembre de 1895. Archivos de la Iglesia)

Lo notable aquí es la naturalidad con que el hermano Torkelson declara “ya que yo me encontraba en casa”, indicativo de que si él no hubiese estado allí las hermanas igual hubiesen procedido con el sellamiento de la “sagrada ordenanza que ellas habían realizado”. Tampoco le llaman la atención las bendiciones y profecías que la hermana Phelps declara sobre su casa y el futuro hijo, más bien se siente honrado por ellas…

Un tema aparte (que excede los propósitos del presente artículo) es la abundante presencia del don de lenguas en el primer siglo de existencia de la Iglesia así como su ausencia en lo que va del segundo siglo. La declaración “Más importante que hablar en lenguas es aprender a controlar nuestra lengua” que hemos escuchado en algunas recientes Conferencias, y con la que estoy de acuerdo en una primera lectura inocente, también puede ser leída como una subliminal advertencia a nuestras hermanas…

Tom Lovell The Conversation

Comienza un nuevo Siglo

En una reunión de la mesa general de la Sociedad de Socorro del 16 de Septiembre de 1901 se discutió sobre “si las hermanas debían sellar la unción después de realizados los lavamientos y unciones. La Presidenta Elmina S. Taylor declaró que ella entendía que era correcto. Ella había recibido tan grandes beneficios con el sellamiento por las hermanas como por los hermanos, pero creía prudente pedirle al Sacerdocio que sellase las unciones, si es que estaban presentes”.

Una carta de la Primera Presidencia a Emmeline B. Wells, fechada el 17 de Diciembre de 1909, aclara que las mujeres que administren a los niños no necesariamente deben estar investidas para dar esas bendiciones (Minutas de la Sociedad de Socorro, 17 Dic. 1909, Vol. 3, pag. 184)

Tan adelante como en la década de 1930, las hermanas de diferentes regiones continuaban actuando. Las siguientes palabras provienen de una declaración de Lucile Ursenbach, integrante de la Presidencia de la Sociedad de Socorro de Calgary, Canadá:

“Las hermanas a menudo solicitaban un lavamiento y bendición antes de ir al hospital para una operación o parto. En esta ordenanza dos hermanas lavaban las partes del cuerpo, pronunciando palabras apropiadas de oración y bendición, habiendo sido advertidas de evitar expresiones similares a las usadas en la ordenanza del templo, y, al concluir, colocaban las manos sobre la cabeza de la receptora y, en el nombre del Señor, pronunciaban una ulterior bendición” (Declaración de Lucile H. Ursenbach, del 14 de Agosto de 1980, en posesión de Maureen Ursenbach Beecher)

Sin embargo, con el avance del siglo, las cosas comenzaron a cambiar:

Charles W. Penrose, Consejero en la Primera Presidencia, en la Conferencia General de Abril de 1921:

“… puede haber ocasiones en las que quizás sea prudente que una mujer imponga sus manos sobre una criatura, o, en ocasiones, sobre otra persona, y ha habido asignaciones entre nuestras hermanas, algunas buenas mujeres, de ungir y bendecir a otras de su propio sexo ante la expectativa de pasar por pruebas o trabajos de parto, de modo que, hasta allí está muy bien. Pero, cuando  las mujeres van  declarando que han sido apartadas para administrar a los enfermos y toman el lugar que es otorgado a los élderes de la Iglesia por revelación declarada a través de Santiago de la antigüedad, y del Profeta Joseph en los tiempos modernos, eso es arrogarse autoridad y contrario a la escritura, que es que, cuando las personas están enfermas llamarán a los élderes de la Iglesia y orarán por ellos y oficialmente impondrán las manos sobre ellos” (Conference Report, 3 de Abril 1921, pags. 190-191)

Lo curioso de este discurso es que el Presidente Penrose cita la misma escritura con la que Joseph Smith instruyó a las hermanas 90 años antes (Santiago 5: 14) y le hace decir algo que él no dijo, pues las palabras textuales del Profeta en aquella ocasión fueron:  “Estas señales seguirán a los que creen, ya sean hombres o mujeres” (Minutas de la Sociedad de Socorro de Nauvoo (sexta reunión), 12 de Abril 1842)

Hasta 1945 hay registro de hermanas ungiendo y bendiciendo a familiares y otras de su género. Pero en 1946 (116 años desde la organización de la Iglesia) Joseph Fielding Smith, del Quorum de los Doce, escribió una carta a Belle Spafford, Presidenta General de la Sociedad de Socorro, en la que reconocía que, bajo ciertas condiciones, se había permitido a las hermanas operar bajo el Sacerdocio, pero que ya no ocurriría más.

Un artículo en la New Era de 1981 que versaba sobre la administración a los enfermos culminaba mencionando que “…sólo por la vía del sacerdocio se manifestarán resultados”.

¿Qué significaba eso? ¿Y las experiencias espirituales y sanidades que acompañaron a las bendiciones de las hermanas por más de 100 años? ¿Los beneficiarios pusieron su fe en un poder inexistente? ¿El Señor revocó una licencia otorgada?

Desde mediados de siglo en adelante las actividades femeninas ser vieron cada vez más restringidas, culminando con el proceso de Correlación en los años ’70, que acabó con la poca independencia que les quedaba.

Como tú eres madre, yo soy sacerdote.

Tal como hemos visto, el concepto de la participación de la mujer en la administración espiritual de la Iglesia tuvo un auge durante la época de Joseph Smith y Brigham Young. Luego, comenzó un largo y lento proceso involutivo de un siglo por el cual se pasó por las corrientes de opinión de que podían actuar las integrantes de la Sociedad de Socorro, las que habían recibido sus investiduras en el templo, las que eran uno con su esposo (sin que jamás se entendiese qué significaba eso exactamente), que sólo con las de su sexo, que únicamente con los miembros de su familia sin importar el sexo, etc. etc. Hasta llegar a la no participación absoluta.

Comenzaron entonces a circular algunos razonamientos que todos hemos escuchado en nuestra generación: que las mujeres no necesitaban el poder del sacerdocio mientras que los hombres sí pues eran más débiles. Que la compensación que el Señor otorgaba a cambio era el don de la maternidad…

Creo que no hace falta ser muy despierto para darse cuenta de que la equivalencia con el don de la maternidad es el divino don de la paternidad, no el Sacerdocio. Ser madre no requiere un previo requisito de dignidad. Cualquier mujer puede ser madre como cualquier hombre puede ser padre. No cualquier hombre puede ser sacerdote…de modo que la equivalencia resulta totalmente inexacta y parece más bien diseñada para mantener a las hermanas conformes por cierto tiempo…

(Continuará)

 

Nota aclaratoria: Independientemente de mis reflexiones personales sobre el asunto, de las que me hago cargo, el presente texto se ha beneficiado con información de la conferencia de Linda King Newell, en el Sunstone Theological Symposium de 1981, publicado en Sunstone Sept/Oct. 1981, de la presentación de Neylan McBaine en la Conferencia de FAIR 2012, publicada como “To do the Business of the Curch: A Cooperative Paradigm for Examining Gendered Participation within Church Organizational Structure” en Dialogue Vol. 45, Nº 3, Fall 2012, pag. 70 y las Minutas de la Sociedad de Socorro de Nauvoo dentro del Joseph Smith Papers Project.

 * Las ilustraciones pertenecen al artista norteamericano Tom Lovell (1909-1997). Sin ser miembro de la Iglesia, fue contratado hace años para realizar las conocidas obras de Mormón con las planchas de oro y Moroni enterrándolas en medio de la nieve, debido a que, en su última etapa, se había especializado en pinturas de temática indígena.

 

 

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