EL PROBLEMA DEL MAL EN EL ARTE (Afilando las tijeras mormonas de la censura) Parte II

ARTE Y RELIGION

 

EL PROBLEMA DEL MAL EN EL ARTE

(Afilando las tijeras mormonas de la censura)

Parte II

Por Mario R. Montani

 “Los hombres son criaturas muy raras: la mitad censura lo que ellos practican, la otra mitad practica lo que ellos censuran”.

Benjamin Franklin

“Estamos en el mundo pero no somos del mundo”.

Siempre me ha parecido que ese pronunciamiento es una ecuación espiritual cuyos términos deben estar en equilibrio. A veces he tenido la impresión de que los miembros de la Iglesia hacemos una sobrevaluación del segundo término en detrimento del primero. En realidad los mormones no patrocinamos el alejamiento de la sociedad ni el enclaustramiento sino una total integración a las comunidades de las que participamos, conservando los valores que nos son propios. Estar en el mundo es el propósito de nuestro pasaje mortal. No ser del mundo es parte de nuestro convenio personal con el Salvador.

Recuerdo, hace muchos años atrás, haber escuchado al Elder Packer hablar sobre su experiencia como aviador y cómo, teniendo una distancia tope para el vuelo rasante, los pilotos solían ponerse como meta una altura mayor para mantenerse lejos de la zona de riesgo. Nadie se las imponía. Era una cuestión de seguridad y minimizar accidentes. Proponía que algo similar podíamos hacer con relación a nuestros desafíos espirituales. La ley nos marca un límite. Si tenemos dudas de nuestra fortaleza es mejor volar más alto que más bajo de la marca establecida. Siempre me pareció un sano y oportuno consejo.

Como ocurre en ocasiones, creemos que, cuando algo es bueno, duplicar o triplicar la dosis lo hará todavía mejor… No siempre es así… Podemos llegar a elevar tanto la altura por encima de las normas establecidas que simplemente… ya no estaremos en el mundo. Entraremos en la estratósfera donde la vida misma comienza a dificultarse y los propósitos de la mortalidad a diluirse.

El arte es una magnífica forma de aprendizaje. A través de él podemos vivir otras vidas sin necesidad de arriesgar la nuestra. Los buenos libros, las buenas películas, el buen teatro, si están escritos y actuados con la correcta sucesión de causas y efectos, nos permiten ingresar en la piel de personajes y experimentar lo bueno y también lo malo de la vida pero bajo circunstancias atenuadas.

Por muchas décadas, los miembros de la Iglesia en el Oeste Norteamericano desarrollaron su propia cultura. Novelas y teatro para lo que podríamos llamar “consumo interno”. Creo que cumplió un importante propósito al cimentar particularidades que nos son propias. Pero todos los estudiosos del tema están de acuerdo en que es una etapa superada. El Presidente Kimball nos pidió hace ya mucho el desarrollo de talentos no para abastecer el “mercado interno mormón” sino para iluminar al mundo. ¿Cómo podremos lograrlo si no hay un intercambio en igualdad de condiciones con ese mundo? ¿Cómo podremos dialogar si sólo emitimos pero cuando viene la necesaria respuesta apagamos el canal receptor? También deberemos tomar nota de que el universo mormón es mucho más grande que hace un siglo atrás e integrado por muy variadas culturas que están en contacto con sus propios “mundos”, totalmente diversos al de las Montañas Rocosas.

Tengo para mí que el método de la vacuna (la incorporación del agente maligno bajo circunstancias controladas que permiten la creación de anticuerpos) es mejor que la burbuja de cristal (el aislamiento total del entorno para evitar la contaminación). Me parece que con nuestra apreciación de las formas artísticas ocurre lo mismo. El primer método nos permite crecer, fortalecernos y mantener el contacto con nuestras circunstancias. El segundo requiere controles cada vez más estrictos y la posibilidad de daños irreparables frente a cualquier descuido, así como una autonomía restringida.

Nuestra doble función de consumidores y críticos de arte.

Creo que estaremos de acuerdo en que no todo el arte disponible es de buena calidad, o apropiado para ciertas edades y circunstancias. De hecho, no hay forma ni género que escape a esta posibilidad. Hay buenas y malas películas de acción, buenas y malas novelas de amor y buena y mala música. Lo “bueno y malo” no tiene que ver con una percepción subjetiva de nuestra parte. Depende de los recursos y los propósitos que el autor, compositor, artista, dispone y de su habilidad para utilizarlos.

La experiencia artística, ya sea que hablemos de un concierto, una pintura o un libro, no se concreta hasta que aparece la figura de un receptor. Podemos pensar que la música está encerrada en una partitura, pero es un concepto totalmente falso. La partitura contiene una serie de signos arbitrarios que requerirán de un intérprete y un instrumento para decodificarlos y de una audiencia para percibirla. Lo mismo ocurre con otras formas de arte. El emisor codifica, el receptor decodifica. Podemos tener diversos grados de habilidad y capacitación para hacerlo, pero el proceso es siempre el mismo…

Retornemos a Orson Scott Card en la propuesta mencionada en la primer parte del presente artículo:

“La atracción de la ficción y, finalmente, de todo arte que relata algo, es la catarsis. El personaje se transforma en el subrogante de la audiencia. El artista da forma a la experiencia de su audiencia, pero en definitiva la audiencia vive tal experiencia de modo privado, personal y emocional. Sin importar cuántos millones de personas se sienten frente a sus televisores, o cuántos cientos vengan a ver una obra teatral, cada uno está recibiendo una íntima experiencia individual. Nunca será totalmente la que creó el escritor. Será siempre una combinación de las experiencias del personaje con las del miembro de la audiencia… La ficción no es un escape de la realidad. La ficción es simplemente otra clase de realidad, una que tiene lugar dentro de fronteras definidas, entre las solapas de un libro, o los actos de una obra. A diferencia de la vida, comienza y termina, podemos cerrar el libro y sacar conclusiones. A menudo es más fácil aprender de la ficción que de la vida; y la ficción es una necesidad para tantas personas pues, a través de ella, vivimos muchas vidas y aprendemos muchas cosas, en vez de permanecer en la realidad más seguro y aprender sólo algunas… No es porque los personajes hacen el mal que los encontramos interesantes. Nos identificamos con ellos porque reconocemos sus buenos y malos deseos en nosotros mismos, y a través de sus actos aprendemos las consecuencias de nuestras decisiones aún sin tomar… No es la presencia o ausencia del mal en los eventos relatados en una historia lo que decide si una obra de ficción es buena o no. Lo que decide el valor moral de la ficción es el carácter de la persona que escribe y su habilidad para escribir, y el carácter de la persona que lee y su habilidad para leer. Un escritor maligno escribirá un libro maligno, un escritor poco talentoso no logrará gran cosa con un libro sin importar si es una buena persona o no; un lector maligno no detectará otra cosa que el mal en sus lecturas y un lector poco entrenado no descubrirá jamás de qué trata el libro por más buena fibra moral que posea.”

Al poco tiempo de llegar a mi primera asignación en la Misión, a mediados de 1971, leí una entrevista con el Dr. Victor B. Cline, profesor asociado de Sicología en la Universidad de Utah, miembro activo de la Iglesia, informante ante la Comisión de Obscenidad y Pornografía en Washington D.C, e investigador de los efectos de la violencia en el cine y la tv. Aunque suelo olvidar dónde dejé un par de zapatos o alguna herramienta de trabajo que acabo de utilizar, afortunadamente conservo una buena “memoria de lo leído” y dónde hallarlo. De modo que la investigación me llevó a la New Era de mayo de 1971 en sus pag.8 a 13, bajo el título “Una conversación sobre Cosas del Espíritu, Pornografía y Ciertos Tipos de Películas, Libros y Revistas”, donde el Dr. Cline era abordado por un panel de jóvenes. Me referiré a un par de las preguntas:

Pregunta: Como padre SUD,¿qué haría si su hijo o hija desease ver una película como “El Graduado”, “Historia de Amor”, “Romeo y Julieta”, “Dr. Zhivago” o “La Hija de Ryan”?

Dr. Cline: “En primera instancia, como dije, estaría encantado de que él o ella me pidieran permiso, como cualquier padre. Entonces diría: ‘vayamos juntos a verla, y después hablaremos sobre ella’. Eso proveería una maravillosa oportunidad de conversar y corregir nuestros valores. Por supuesto, no desearemos ver cada film que sale. Después de un tiempo, confío, ellos podrán aprender que los propios anuncios son a menudo claves para el tipo de valores que la película mostrará. Entonces comenzaremos a saber cómo discriminar y a descubrir otros tipos de actividades diferentes de las novedades cinematográficas y que puedan ser experiencias más productivas y que valgan la pena”.

Pregunta: ¿Qué piensa sobre  el tipo de películas que vemos y los libros que leemos? ¿Dónde debemos trazar la línea?

Dr.Cline: Lo que puedo decir son mis sentimientos personales. Ciertamente es difícil vivir en el mundo y evitar saber y ver lo que está ocurriendo… Si uno es un activo miembro SUD, uno debería ser capaz de mantener las cosas balanceadas y no permitir que esas influencias afecten nuestras naturalezas mentales y espirituales… Ese es el desafío! El simple hecho de estar en el mundo presenta esos desafíos para nosotros. Y, francamente, no veo cómo podemos evitarlos…

Deberé hacer algunas aclaraciones: para cuando llegué al campo misional, y proviniendo de una familia bastante aficionada al cine, ya había visto las cinco películas que mencionaban los panelistas. De modo que mi primera reflexión es que no teníamos para nada el mismo criterio de selección que los hermanos del Norte. El paso de más de 40 años hace que me sonría ante los títulos, pues, las escenas que podrían llegar a cuestionarse en ellas, hoy se ven en cualquier programa televisivo en horario infantil. El criterio de la pregunta también es extraño pues no toma en cuenta valores artísticos o propósitos de las obras, sino alguna escena cuestionable para el gusto de la época. A mi entender hay tres de ellas que deberían estar como clásicos en cualquier historia del cine y otras dos que han perdido buena parte del brillo del momento. Pero hoy, a la lejanía, me llama la atención la rigidez de las preguntas (títulos específicos de películas en la picota, el trazado de una línea demarcatoria) comparada con la sabia blandura de las respuestas. El Dr. Cline, un hombre que sabía mucho más de lo que el artículo podía reflejar sobre el peligro de los medios, es muy prudente. No habla de negar permisos para ir al cine aún a ver films cuestionados sino de verlos en compañía y después discutir los aspectos conflictivos, de desarrollar capacidades críticas para evaluar lo que vamos a ver, de reconocer que estamos inmersos en una sociedad y que debemos saber cómo opera esa sociedad para no permitir que nos afecte en exceso…

Quizás opinemos que, como padres o como líderes en la Iglesia, no es nuestra responsabilidad ser críticos de arte sino velar por el bienestar espiritual de nuestros allegados. En mi visión, parte de ese bienestar espiritual consiste en ayudar a desarrollar los criterios de selección para una vida abundante.

No podemos evitar ser críticos de arte. Cuando apagamos bruscamente la tv, lo somos, cuando arrancamos o tachamos hojas de un libro, lo somos. De la peor clase, pero lo somos… Tenemos el desafío de ser críticos más justos, más bondadosos…más semejantes a Cristo. Donde la antigua ley otorgaba el “apedreadla”, el Mesías garantiza, mientras escucha la historia garabateando en la tierra, el “quien esté libre de pecado arroje la primera piedra…”

B.W. Jorgensen nos invita a convertir “el antiguo y universalmente comprendido hábito de la hospitalidad en una metáfora para la crítica cristiana (y mormona)”… del arte:

“La imaginación de Jesús, sugiero, la cual es la originaria imaginación cristiana y mormona, tomará precisamente el riesgo sobre el cual nos advierte Sócrates como la ruina del alma: comprender al otro, quienquiera que sea, no importa cuán malo o “mixto”… La imaginación cristiana es la antítesis de la imaginación de Sócrates: donde el Griego evitará toda posible contaminación para mantener la ciudad de las almas puras bien gobernada y estéril, el Maestro Judío buscará hasta el fondo la raíz de nuestras crueldades y penas para extraer el veneno que infecta nuestras heridas y comenzar a curarlas. Para lograrlo, la imaginación cristiana se arriesga a oír otras voces, voces alternadas hablando por turnos…Cuando nos encontramos con un “extraño”, o una historia, debemos considerar qué nos “invita” o “persuade” a hacer…”

“Acerca de si está ‘mal’ o ‘bien’ leer una historia como ‘La Dama del Perrito’ en una clase de BYU ¿cómo deberíamos juzgarlo? ¿Persuade o invita a hacer el bien o el mal?. La historia de Chejov me invita a creer que el amor es mejor que la depredación sexual y a entender algo de los corazones y mentes de dos adúlteros casuales quienes, dolorosa, problemática e imperfectamente, llegan a amarse y a enfrentar la cuestión final de qué hacer ahora. ¿Es siempre ‘malo’ divorciarse?  ¿En todo tiempo y lugar, el matrimonio ha invitado y persuadido a hacer el bien?.  Leer literatura es riesgoso, como lo es vivir en una cultura occidental, en Provo, en BYU en los ’90 es riesgoso. De modo que leemos y analizamos literatura en clase, lo cual también es riesgoso, pero que puede ayudarnos a ser más críticos – y más misericordiosos – lectores de la cultura en la que vivimos. Chejov, descubro, me ayuda en ese sentido…”

La historia de la humanidad está atestada de obras de arte censuradas, la mayoría de ellas ‘desaparecidas’, por motivos políticos, étnicos o religiosos. Platón prohibía la lectura de “La Odisea” a los jóvenes. Siglos después, Calígula lo haría porque exaltaba demasiado el espíritu griego. La Iglesia Católica creo su Index Librorum Prohibitorum en 1559 que continuó extendiendo su lista hasta 1966, incluyendo a Erasmo de Rotterdam, Giordano Bruno (quemado vivo), Descartes, Francis Bacon, Stendahl y Flaubert. William Tyndale fue ejecutado por traducir la Biblia a un idioma vernáculo. “Las Mil y Una noches” está en juicio en El Cairo por “amenazar la estructura moral del país”. “Los Viajes de Gulliver” fueron censurados por oponerse a la guerra y denunciar la corrupción. “Alicia en el país de las maravillas” fue prohibida en 1931 en China porque los animales actuaban al nivel de los humanos. Movimientos religiosos lograron censurar “El Origen de las Especies” de Darwin en el Reino Unido, Yugoslavia y Grecia. En la Unión Soviética se prohibieron las aventuras de Sherlock Holmes por las creencias esotéricas de su autor. “El Mago de Oz” fue objetado en muchas bibliotecas y escuelas por hablar de ‘brujas’. Los libros de Harry Potter se encuentran entre los más prohibidos en colegios religiosos de los EEUU por el mismo motivo. “El Príncipe y el Mendigo” de Mark Twain está censurado en colegios de Texas por enfatizar la existencia de diferencias sociales. Hitler comenzó sus acciones con una gran quema de libros…

¿Deseamos realmente sumarnos a esos grupos? ¿O podríamos llegar a estar de acuerdo con Noam Chomsky…?:

“Si crees en la libertad de expresión entonces crees en la libertad de expresión para puntos de vista que te disgustan. Por ejemplo, Goebbels estaba a favor de la libertad de expresión para los puntos de vista que compartía, igualmente Stalin. Si estás a favor de la libertad de expresión, eso significa que estás a favor de la libertad de expresión precisamente para los puntos de vista que no compartes, de otra forma, no estarías a favor de la libertad de expresión.”

“No amputemos las alas del Extraño … es una experiencia muy dolorosa”

Otra forma de desvirtuar los propósitos del arte es tratar de modificarlos para que digan algo que sus creadores no quisieron decir. En la Iglesia solemos hacerlo a menudo. Al menos, yo lo he hecho… Es cierto que la interpretación del arte es libre una vez que sale de las manos del autor. Es cierto también que podemos utilizar poesía, relatos y pinturas de no miembros para ilustrar un punto. Me parece bien que continuemos haciéndolo. Pero, en ocasiones, ya sea a Wordsworth o a C.S.Lewis, por acercarse a algunos puntos de nuestra doctrina en sus obras, les hacemos afirmar cosas que en realidad no afirmaron. Nos gusta “tenerlos de nuestro lado” pero, a veces, los “mormonizamos” más allá de toda lógica…

Permítanme un claro ejemplo de lo que creo que nunca debería hacerse. Carl Heinrich Bloch fue un importante pintor danés, metodista, que vivió entre 1834 y 1890. Sus obras han sido utilizadas por la Iglesia a lo largo de los últimos 50 años y los miembros hemos aprendido a amarlas en manuales, revistas y láminas. Son famosas su “Sermón del Monte”, “Dejad a los niños venir”, “La tentación de Jesús” y otras. De hecho, hace algunos años, el Museo de Bellas Artes de BYU logró comprar el original de “Cristo sanando en las aguas de Betesda”. Por eso no es comprensible la aparición modificada de “La Resurrección” de Bloch, de 1875, en la Ensign de Diciembre de 2011. Me permito poner debajo la versión original junto a la modificada por la Iglesia para su comparación…

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Como podrá verse, las alas de los dos ángeles fueron amputadas, ya que no creemos que los ángeles tengan alas. Pero no sólo eso: sus hombres desnudos fueron cubiertos y los huecos debajo de los brazos debidamente “vestidos” mediante alguna variante de “Fotoshop” artístico para adaptarlos a las normas de la Iglesia sobre indumentaria angélica. Aún me cuesta creer que hace tan solo dos años atrás hacíamos cosas como esa. Los miembros deberíamos protestar enérgicamente por este tipo de atropello. Si vamos a usar a Bloch, dejemos las obras como las imaginó y como las realizó. Si no nos gusta porque no coinciden con nuestra doctrina, pues no las utilicemos!! Estoy seguro de que hay docenas de pinturas sobre ese momento que se adaptarían mejor a nuestras publicaciones si vamos a ser tan dogmáticos con las apariencias. Pero intuyo que deseamos en simultáneo el reconocimiento cultural de utilizar a Bloch sin afrontar la probable crítica de las alas y los hombros desnudos. No siempre podemos tener ambos…

Carl Bloch

Hay algunas otras incoherencias en este tema. Seis meses antes de la aparición del número de la Ensign en cuestión, (y aprovecho para mencionar que la pintura no apareció en el equivalente de la Liahona, probablemente por falta de espacio, pero quien quiera puede verla en la versión  PDF de la Ensign on line) el Museo de Arte de BYU patrocinó una muestra de obras de Bloch para lo cual recibió en préstamo los originales de varias iglesias de Dinamarca. Fue un evento mayor, y me siento orgulloso de que se haya realizado. Los folletos que guiaban la muestra hablaban del uso inspirado de sus obras, del aspecto masculino que caracteriza su visión del Salvador comparada con la de otros pintores del pasado y que “sin duda, había recibido la inspiración de Dios” para hacer su trabajo. Inclusive se expuso un grabado original de “La Resurrección”, de 1881, donde también aparecen los ángeles. Suponer que Bloch recibió la inspiración para escoger la imagen correcta de Cristo pero no la suficiente como para determinar la de los ángeles pareciera, por decirlo suavemente, un argumento débil…

Es obvio que el pintor danés dio a sus ángeles alados una apariencia sexual indefinida (para evitar el conflictivo cliché de cuál es el sexo de los ángeles), pero cuando el “predador artístico” que realizó los cambios culminó su trabajo, tal vez no se dio cuenta de que, desprovistos de sus plumas identificatorias y con los cambios en la vestimenta, los seres celestiales eran ahora mujeres… Recordando algunos comentarios de Brigham Young sobre la poligamia de Cristo y sus uniones con Marta y María, es muy posible que, tanto dentro como fuera del mormonismo, algunos se hayan acercado a esa interpretación… sin duda muy alejada de los propósitos originales de los puristas de la Ensign… Hermanos: dejemos las alas y las mangas donde las pusieron sus autores…

(Continuará)

3 comentarios el “EL PROBLEMA DEL MAL EN EL ARTE (Afilando las tijeras mormonas de la censura) Parte II

  1. Roberto dice:

    Si era por retocar, se olvidaron de retocar el cabello de los ángeles, pues debieron hacerlo blanco en lugar de rubio, ya que José Smith enseño que solo los ángeles caídos tienen cabellos rubios.

  2. Amiel Cocco dice:

    Excelente serie de artículos. Cuando el artista Jorge Cocco, (mi papá) pintó a los héroes nefitas con collares y aros, la crítica de la gente de Utah fue “pero los nefitas no usaban aros porque eran mormones”. Es realmente triste lo obtuso de la mente de quienes “deciden” cómo debe ser el arte mormón. En ese aspecto, la Iglesia quedó estancada en el Renacimiento, y se perdió de continuar con la evolución de la expresión artística.

    Se acepta por ejemplo que los nefitas y lamanitas lleven atuendos y cascos vikingos o romanos, pero no que vistan ropaje autóctono de Mesoamérica. Sus rasgos deben ser anglosajones, o tampoco son aceptados. A pesar de que la doctrina haya penetrados decenas de países, sigue siendo todavía por muchas cosas como esta “una iglesia de Utah”.

    Si alguna vez pasás por Buenos Aires, no dejes de visitar el estudio de Jorge Cocco.

    Gracias por este blog,
    Amiel Cocco

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