EL PROBLEMA DEL MAL EN EL ARTE (Afilando las tijeras mormonas de la censura) – Parte I

ARTE Y RELIGION

 

EL PROBLEMA DEL MAL EN EL ARTE

(Afilando las tijeras mormonas de la censura)

Parte I

Por Mario R. Montani

monos-sabios

Creo que el tema que propongo en esta ocasión fue magistralmente introducido por B.W. Jorgensen en su discurso como Presidente saliente de la Asociación Mormona de Letras, el 26 de Enero de 1991, bajo el sugestivo título de “To tell and Hear Stories: Let the Stranger Say” (Contar y escuchar historias: permitiendo que el extraño nos diga)

“Recientemente, en un curso que dicto, un estudiante levantó su mano y, reconociendo que quizás fuese el único en el aula que tuviese ese modo de sentir, dijo que pensaba que en una materia de la Universidad de Brigham Young no deberíamos leer ni analizar “La Dama del Perrito” del autor ruso Anton Chejov porque “hacía atractiva la inmoralidad”. La obra en cuestión es la historia de un habitual mujeriego quien inicia una relación casual con una mujer casada, más joven que él, y descubre que se encuentra seriamente enamorado “por primera vez en su vida”… Como suele suceder, no estaba preparado para esa objeción, pero respondí con la obvia racionalización pedagógica: este es un curso sobre cuento corto, Chejov es un gran maestro de ese género y ésta es generalmente reconocida como una de sus grandes historias así como modificadora del propio género. Le ofrecí una analogía de cierto tipo que no aconsejo llevar muy lejos: ¿Es peligroso el ácido sulfúrico? Si es así ¿por qué se instruye a los alumnos para producirlo y manipularlo en los laboratorios de química de BYU? Le dije que la pregunta me parecía central…”

El tema es realmente central: ¿qué hacemos con la representación del mal en el arte? La pregunta excede nuestro “provincialismo” religioso y se extiende hacia cuestiones éticas y morales que trataremos de analizar. ¿Cómo debería ser el arte mormón? ¿Cómo percibimos los mormones las obras de arte que no son mormonas? En el ejemplo anterior se hablaba de literatura, pero deberemos tener la capacidad de extenderlo al teatro, el cine y otras formas de arte representativo…

La discusión es muy antigua y ya Platón, alrededor del 400 antes de Cristo, la establece en los libros 2, 3 y 10 de La República cuando en la disputa de Sócrates con los poetas hace que el maestro no les permita la entrada a su polis ideal. Sócrates propone que es malo, tanto para el poeta como para la audiencia “imitar” a un hombre malo, o a un hombre “mixto”, dado que debemos cultivar la virtud, por tanto, imitar la maldad o la mezcla de bondad y maldad es permitir que nuestras almas “ensayen” esa maldad.

Probablemente Platón se refería a lo que denominaban mimesis fantastiké, quizás aplicada al teatro, arte principal entre los griegos. Según él:

“Por tanto no debemos permitir que imiten a una mujer reprendiendo a su marido… mucho menos a una enferma, enamorada o dando a luz un hijo… Ni deben imitar a esclavos… u hombres malvados, por ejemplo, cobardes. Y no deben tener el hábito de comportarse como locos en palabra o acción. Deben por supuesto saber sobre los locos y sobre buenos y malos hombres o mujeres, pero no deben imitarlos…” (Platón, La República, pag. 193)

Aunque quizás sin ir tan lejos como Platón, es posible que hayamos escuchado alguna versión moderna de la disputa en nuestras Reuniones Sacramentales.

En 1890, el amigo y editor de Chejov, Alexei Suvorin, un hombre adinerado y bastante conservador, reprendió al escritor por su “indiferencia frente al bien y el mal”. En su réplica Chejov le decía:

“Te gustaría que dijese, al describir a los ladrones de caballos, que robarlos es una maldad. Pero… robar caballos no es simplemente robar sino una pasión. Por supuesto, sería gratificante unir el arte con los sermones, pero, personalmente, encuentro eso excesivamente difícil y, debido a las condiciones impuestas por la técnica, totalmente imposible. Pues para describir ladrones de caballo en setecientas líneas debo constantemente hablar y pensar como ellos lo hacen y mantenerme dentro de sus espíritus” (Anton Chejov, Cartas, Avrahm Yarmolinsky, New York, Viking, 1973, pag. 133)

Permítanme referirme a un par de experiencias personales que me parecen pertinentes. La primera de ellas es lejana en el tiempo… Tendría yo unos 14 años y cursaba el segundo año del bachillerato. Una buena proporción de mis compañeros había comenzado a fumar… por esas cuestiones de aparentar mayor edad y jugar con lo no permitido. Lo cierto es que uno de sus actos de extrema rebeldía y emancipación consistía en encender los cigarrillos tan pronto los pies dejaban el último escalón del Colegio. Más que impartir algún tímido consejo sobre el cuidado de la salud (nunca solicitado ni atendido) y ser un definido no-fumador no era mucho lo que podía hacer al respecto…

Pero un día ocurrió algo que, a pesar de los años transcurridos, conservo indeleblemente grabado en la memoria. Uno de mis compañeros, con quien recorría buena parte del trayecto a casa todos los días, me pidió que le sostuviese el cigarrillo encendido mientras se ataba el cordón de uno de los zapatos. El procedimiento no pudo haber tardado más de 5 ó 6 segundos pero si alguien me dijese que fueron 15 minutos completos, aún hoy, lo aceptaría. Allí estaba yo, un joven mormón de 14 inseguros años, en el centro de mi ciudad, con un cigarrillo encendido entre los dedos… ¡Horror de horrores!

¿Y si alguien que me conocía pasaba en ese instante? ¿Y si llegaba a la fácil conclusión de que yo estaba fumando? Había sido criado con el paradigma de que no sólo no deberíamos hacer lo malo sino tampoco aparentarlo. Tenía en claro que Dios sabía que no estaba haciendo algo equivocado y que, en realidad, ofrecía un pequeño servicio a mi condiscípulo pero, igualmente, por el resto de ese año, y en los años que siguieron, me alejé de cualquier situación que pudiese dar lugar a equívocos…

La otra experiencia es bastante fresca. Junto a mi esposa somos integrantes de un coro profesional que, como parte de su repertorio, participa en óperas. Hace dos meses atrás subimos a escena una puesta de “La Traviata” de G. Verdi. La obra es un clásico del arte lírico con una música extraordinaria y un argumento decimonónico basado en “La Dama de las Camelias” de Alexandre Dumas, hijo.

El primer acto irrumpe en medio de la escandalosa fiesta en casa de Violeta, una conocida cortesana que es la principal protagonista. El coro actúa en masa como el grupo de invitados a dicha fiesta. Una vez incorporada de memoria la partitura musical, los coreutas quedamos en manos del director escénico, o regisseur, quien marcará los desplazamientos y actuaciones que pretende de cada uno para dar forma a su visión estética de la obra.

Al acercarse el famoso dúo del Brindis, las copas brillan y tintinean mientras los vinos espumantes pasan de mano en mano. Luego Violeta y Alfredo desarrollan un diálogo amoroso a solas. Para esta puesta en particular, el regisseur deseaba que el coro no abandonase la escena sino que permaneciese de espaldas a la pareja y al público, continuando con  una “abundante ingestión etílica”, por lo que, en la siguiente entrada, los participantes debían dar muestras de las consecuencias de ello, es decir, estar irremediablemente borrachos…

¿Cuáles eran mis opciones? En otras circunstancias, uno puede pactar. Quizás desarrollar un personaje sobrio que mire de modo condenatorio a los demás ayudando a resaltar su ebriedad. Pero ¿qué haría un personaje de ese tipo en un ambiente como el que describe la ópera? No, no me quedaba otra posibilidad que elaborar el mejor borracho que podía, porque, además, me pagaban para eso… No tengo la menor idea de cómo sabe el alcohol ni de cómo se siente quien ha bebido en demasía, pero he visto actuar a personas con “algunas copas de más” y eso lo podía imitar, ya que el arte es finalmente “imitatio vitae”.

¿Por qué me sentí tan mal en la primera experiencia y no tuve la menor vergüenza en la segunda? Una probable explicación es que transcurrieron casi 50 años entre una y otra y me he vuelto un desvergonzado!… Pero no sería la más plausible. Lo que acontece es que la primera transcurrió en la vida real, mientras que la segunda es una vivencia artística en la que “hacemos como si…”

Ese “hacer como si…”, o “imitatio” según los antiguos, ha sido bastante mal comprendido. En los años ’40 y ’50 había discusiones interminables entre los miembros de la Iglesia sobre si tal o cual famoso actor mormón debió llevarse esa pipa a los labios o acercarse a una copa de vino durante la filmación de una escena. Pero, como dice uno de los personajes de “I Paglacci”, de Leoncavallo: “L’arte e la vita non son la stessa cosa” (El arte y la vida no son la misma cosa)

Es probable que en nuestra ideal República Mormona, muchos escritores, actores, dibujantes y directores hubiesen también quedado fuera.

Hace poco leí en el “blogernáculo” sobre un jovencito que se negó a hacer la parte de un detective en la presentación anual de su secundaria, porque el personaje andaba todo el tiempo con una taza de café en la mano. Prefirió aceptar el papel del asesino… Sí, lo sé (ja-ja), suena como un chiste de fino humor mormón. Pero, real o no, la historia muestra que el fantasma de Platón aún camina entre nosotros…

Mostrar el mal no significa necesariamente defenderlo

En su interesante ensayo “A Mormon Writer Looks at the Problem of Evil in Fiction” (Un escritor mormón analiza el problema del Mal en la Ficción) el escritor Orson Scott Card (a quien ya conocimos en este blog: Orson Scott Card) recuerda:

“En Enero de 1977, la revista Ensign publicó un artículo pensado para estimular a Santos de los Ultimos Días inactivos a prepararse para sellar sus matrimonios en el templo. Fue todo un desafío hallar una fotografía que captara la atención sobre el artículo, por lo que decidimos mostrar a un padre inactivo leyendo ese mismo artículo, de modo que se veía a si mismo leyendo un artículo de sí mismo leyendo un artículo, hasta el infinito. El problema era cómo identificar que era inactivo. Dado que en la Ensign no teníamos aún fama de ser muy sutiles, nos decidimos por el obvio símbolo, en el centro de la página, de una pipa apagada apoyada en un cenicero. Si eso no sugería a un mormón inactivo, el poder de razonamiento de nuestros lectores nos haría desesperar…

Pero, he aquí, subestimamos la habilidad de algunas personas para comprender mal las cosas. Un porcentaje de los lectores escribió protestando por la ilustración. Se podían agrupar en tres categorías:

“Aha! Pensaron que podrían pasarse de listos colocando la foto de una pipa en la Ensign, pero la descubrimos!”

“Pensábamos que existía un lugar en el que nunca se mostraría el mal, pero allí estaba, ¡¡justo donde nuestros hijos podían verla, una pipa de verdad, y nada menos que en la Ensign, nuestra escritura moderna!!”

“¿No revisan las cosas antes de imprimirlas? ¡En medio de una foto en la página 60 hay una pipa! Deben ser mucho más cuidadosos para que errores como ese no se les pasen de largo…”

Estos lectores habían recibido parte de nuestro mensaje – notaron la pipa, y sabían que para un Santo de los Ultimos Días fumar en pipa es malo. Lo que perdieron completamente de vista fue nuestro propósito al mostrar ese mal que era atraer la atención de quien tuviera tal problema de modo que lo ayudáramos a resolverlo.”

¿Debe el arte reflejar la verdad de la vida o simplemente un ideal?

A veces pareciera que olvidamos haber aceptado venir a un mundo en el cual el mal no sólo está presente sino que es un ingrediente esencial en el plan de probación. Las propias escrituras no dejan de hablar de él y mostrarlo. Traiciones, asesinatos, infidelidades, vicios e irreligiosidad pueblan las páginas de nuestros libros canónicos, descriptos específicamente o como supuestos necesarios para el desarrollo de las historias. Una clara muestra de lo difícil que es describir algo sin la presencia del mal la tenemos en el propio Libro de Mormón. El deambular de la familia de Lehi hasta su arribo a la Tierra de Promisión, que se estima entre 12 y 20 años de duración, ocupa los 22 capítulos de 1 Nefi. Los hechos descriptos en Alma, el más extenso del compendio, con sus guerras, sediciones y anticristos, en 63 capítulos, abarcan a lo sumo unos 40 años. ¿Cuánto texto ocupan los 200 años de paz y armonía que siguieron a la visita de Cristo a las Américas? ¡Qué período maravilloso! ¡Planchas y más planchas de descripciones gloriosas! La verdad que no…

Sólo los primeros 22 VERSICULOS  de 4º Nefi… Los restantes 27 versículos que componen el breve libro nos hablan de lo que ocurrió en el año 201, cuando el mal comenzó a operar. O sea, ignoramos muchísimo sobre las cualidades artísticas y el enfoque estético de Nefi, hijo de Nefi, el discípulo de Cristo, pero ciertamente dedicó más espacio a describir un año con el mal que a los 200 años previos sin él. ¿Por qué pretendemos que los artistas mormones, y aún los que no lo son, sigan un patrón distinto?

Si debemos evitar toda lectura, programa de tv y representación artística que muestre el mal, tendremos que eliminar también a las Escrituras de nuestra lista…

Quizás apaguemos el televisor si un argumento muestra a un hermano intentando asesinar a otro, pero no nos pongamos a leer a continuación sobre Lamán y Lemuel planeando quitar a Nefi del medio.  No censuremos un libro en el que una bailarina incita mediante un baile erótico a destruir a un gobernante, para luego ir a leer la misma anécdota en Eter.

“Soy un animal de dos cabezas – continúa Orson Scott Card – Nacido y criado en una familia mormona ortodoxa, no podría escapar a la visión Santo de los Ultimos Días del bien y el mal aunque lo intentara. Y no lo intento – Soy, aún hoy, un mormón radicalmente ortodoxo, y no tengo intenciones de cambiar mis creencias sobre el asunto. Pero como escritor de ficción, encuentro imposible escribir bien sin alternar directamente con el mal, sin representarlo en mi obra… El mal es más entretenido que la bondad inagotable pues cualquier descripción de la vida sin el mal es una mentira. Ahora bien, la ficción está fabricada, pero no todo es mentira. O más bien,  de la suma de todas sus mentiras, emerge inevitablemente el punto de vista del autor sobre la verdad, y si ha hecho su trabajo con habilidad, una porción de esa visión del mundo quedará con el lector, dándole forma y cambiándolo. Si bien los lectores de ficción saben bien que lo que leen ha sido fabricado, también insisten con la ilusión de verdad y con la verdad misma. Primeramente, la ilusión de verdad, pues mientras el lector se rinde al viaje controlado por el autor de las experiencias  de vida de algunos interesantes personajes, al mismo tiempo insiste en cierta correspondencia entre los detalles de la superficie de la historia y la realidad que conoce en su propia vida. Debe sonar cierto. Y, segundo, la substancia de la verdad, pues no importa cuántas mentiras deliberadas cuente un escritor, sus más profundas creencias sobre el bien y el mal aparecerán inevitablemente en su obra. Es imposible escribir una obra de ficción moralmente neutral… La ilusión de verdad demanda que exista el mal, o los lectores cesarán de creer en los personajes y arrojarán el libro…”.

Hacia una “censura mormona” más cristiana

En griego, la palabra xenos significa tanto “extranjero” como “invitado”. Lamentablemente en nuestro idioma sólo ha permanecido integrando “xenofobia”, el odio hacia el Otro, el diferente, el extraño. En aquella cultura, como en todas las antiguas, el extranjero era bien recibido. Se lo bañaba, se lo vestía con ropas limpias, se lo alimentaba hasta el hartazgo, se le permitía participar de la poesía, la música o los deportes del lugar y, después de todo eso… recién después de todo eso, se le preguntaba quién era y se le permitía contar su historia. Eso ocurre con Telémaco y con Odiseo en los Cantos 3 y 8 del poema homérico “La Odisea”. El cíclope Polifemo, en cambio, decide que es mejor “comerse” a sus invitados, en contra de todas las reglas de urbanidad.

El pueblo hebreo mantenía costumbres parecidas: “Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que peregrine entre vosotros; y lo amarás como a ti mismo…” (Levítico 19:34) “Amaréis, pues, al extranjero, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto” (Deuteronomio 10:19)

Y Pablo, ya en el Nuevo Testamento, nos sigue recordando: No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ésta algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Hebreos 13:2)

Amulek, en el Libro de Mormón, le dice a Alma: “sé que eres un santo profeta de Dios, porque tú eres el hombre de quien un ángel dijo en una visión: Tu lo recibirás. Por tanto, ven conmigo a mi casa, y te daré de mi alimento; y sé que serás una bendición para mí y para mi casa. Y sucedió que este hombre lo recibió en su casa; y se llamaba Amulek; y trajo pan y carne y los puso delante de Alma (Alma 8:20-21) Y, recién después, escuchó lo que tenía para decir…

El espíritu cristiano no es el de la rápida censura del Otro, del que opina distinto o se expresa en otros términos, sin importar cuán ofensivos puedan parecer a nuestro entendimiento. No es el de arrancar páginas de libros o apresurarse a apagar la TV por “esa palabra” o escapar de la sala de cine por “esa escena”. El Otro merece respeto y merece ser escuchado y recién cuando hayamos entendido lo que tiene para decir podremos decidir qué hacer al respecto.

¿Queremos saber cuál es el modo en que Cristo lo haría? Está en las Escrituras. Abramos la Biblia en el capítulo 7 de Lucas. Los versículos 36 al 38 nos cuentan:

“Y le rogó uno de los fariseos que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. Y he aquí una mujer que había sido pecadora en la ciudad, cuando supo que Jesús estaba a la mesa en casa de aquel fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume, y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con los cabellos de su cabeza, y besaba sus pies y los ungía con el perfume”

En esta primer parte del relato, entablamos contacto con un fariseo que cumple, al menos en parte, con la tradición de agasajar al huésped, pero…

“Y cuando vio esto el fariseo que lo había convidado, dijo para sí: Si éste fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que lo toca, porque es pecadora”.

El fariseo comienza a ejercer su función de juez y censor, ya sea porque conocía a la mujer, o porque su vestimenta, perfume o apariencia, la delataban. El Salvador, captando los pensamientos condenatorios, le relata la parábola de los dos deudores y luego le pide que juzgue sobre el relato. Y dice a Simón (que así se llamaba el fariseo):

“…Rectamente has juzgado. Entonces, mirando a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para mis pies; pero ella ha regado mis pies con lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso, pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite pero ella ha ungido mis pies con perfume. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho, pero al que se le perdona poco, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados”. (vers. 41 al 48)

Jesús le recuerda a Simón que no cumplió con todos los requisitos de la hospitalidad judía pero la mujer con “sus muchos pecados” sí, y merece ser escuchada en el ruego de su corazón. Los fariseos se consideraban guardianes sacerdotales de la comuna  para evitar la contaminación. ¿Somos como ellos o como Cristo cuando analizamos el arte que llega a nuestras casas o a los lugares donde vamos a consumirlo? La lectura mormona del arte debería ser sufrida, benigna y amable, pues como lo recordaba Pablo, sin suficiente caridad seremos como “címbalo que retiñe”… Cuando la Regla de Oro nos estimula a amar al prójimo como a nosotros mismos ¿Incluimos en ese prójimo a los autores, compositores, actores? ¿Les permitimos decir lo que tienen para decir o les cerramos la puerta en la cara porque no nos gustan su aspecto o su lenguaje? ¿Seremos Polifemos o huéspedes bondadosos con el xenos literario, musical y plástico?

Recuerdo otra experiencia personal de mi lejana infancia. En el antiguo tocadiscos de nuestra casa paterna solíamos escuchar a Doris Day, una cantante de jazz y temas melódicos muy popular en el cine de entonces por sus comedias románticas. Una de las canciones favoritas era “¿Qué será, será…?”, particularmente conocida por haberse incorporado al clásico de Alfred Hitchcock “El Hombre que Sabía Demasiado”, de 1956, donde no sólo permitía el lucimiento vocal de la protagonista sino que formaba parte integral de la trama de la película. Pero un día llegó a visitarnos un misionero norteamericano que nos explicó que los miembros de la Iglesia no deberíamos escuchar esa canción pues su mamá le había explicado que encerraba conceptos opuestos al Evangelio… En realidad, la canción expresa las dudas de una mujer, en su niñez, juventud y madurez sobre qué será de su vida, reconociendo que no siempre está en manos de los mortales definir cada detalle. Criado en un ambiente mormón positivista, el joven misionero encontraba incompatible con sus creencias que las decisiones sobre el futuro no estén absolutamente definidas por nosotros mismos. Somos los arquitectos de nuestro propio destino ¿verdad? Entonces el futuro está claro para nosotros… Quizás nunca se había puesto a pensar en las enfermedades, las acciones de otras personas que afectan nuestra propia vida aunque no queramos, los accidentes, los cambios en nuestras percepciones, la propia voluntad de Dios, nuestros limitantes entornos…He meditado de vez en cuando sobre esa experiencia y me he preguntado cómo tomaría aquella madre mormona las letras de las canciones actuales con sus obscenidades, libertinaje y estímulo al consumo de drogas… Hoy, pienso que intentaba hilar demasiado fino. Que en vez de tomar tan rápido la tijera de la censura y echar a la canción de su hogar, debió haber tomado un tiempo con su hijo para explicarle que el tema encerraba una filosofía un poco distinta a la nuestra, pero no falta de cierto realismo, y que muchas personas con las que compartiría la existencia pensarían de ese modo… y era bueno saberlo.

(Continuará…)

2 comentarios el “EL PROBLEMA DEL MAL EN EL ARTE (Afilando las tijeras mormonas de la censura) – Parte I

  1. rdelalanza dice:

    Magnífico. Es el problema al que me he enfrentado con mis intentos de narrativa en ambientación mormona. Dejo la liga por sí alguien quiere echarle un ojito.

    http://zudcronicas.blogspot.mx

    • Roberto dice:

      Wow, rdelanza, me ha gustado mucho tu historia, sobre todo el primer capitulo, cuando aun no sabia de que iba y dio ese giro tan inesperado.

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