“TRAYENDO HUMANIDAD AL EVANGELIO” – Stephen L. Richards

DISCURSOS OLVIDADOS

“TRAYENDO HUMANIDAD AL EVANGELIO”

Stephen L. Richards

 

Introducción: El Elder Stephen L. Richards fue un prominente educador, abogado y líder de la Iglesia. Nació el 18 de Junio de 1879 y se graduó con honores en la primera promoción de la Escuela de Leyes de la Universidad de Chicago. Ejerció su carrera en Salt Lake City y fue miembro de la Facultad de Leyes de la Universidad de Utah. Fue ordenado Apostol en 1917 y llamado como Primer Consejero en la Primera Presidencia en 1951, bajo la administración de David O. McKay. El discurso que proponemos a continuación fue pronunciado el 9 de Abril de 1932 como parte de la Conferencia Anual Nº 102 de la Iglesia. Me he permitido subrayar algunos párrafos que me parecieron de una tremenda actualidad, pero todo el texto merece una atenta lectura.

Stephen L Richards lds mormon sud

Trayendo Humanidad al Evangelio

Por Stephen L. Richards

“Deseo decir algo que promueva una mayor comprensión dentro de la Iglesia. Al hacerlo, mi principal temor es que yo mismo pueda ser mal comprendido. Jamás he sentido con mayor necesidad la ayuda del Espíritu de nuestro Padre y la fe y simpatía de mis hermanos y hermanas. Ruego poder tener ambos.

Como prefacio a las cosas específicas que quiero mencionar, deseo establecer algunos principios fundamentales, tal como los concibo.

Interpreto al evangelio en términos de vida. Fue concedido a la humanidad; es nuestro deber traer a la humanidad hacia el Evangelio. La elección y no la compulsión es la característica de la filosofía cristiana. Ridiculizar y producir ostracismo a menudo conducen a la compulsión. Deploro su existencia. Temo al dogmatismo arrogante. Es un tirano culpable de más estragos en el género humano que los déspotas que gobiernan sobre muchos reinos. Siento pena por los desobedientes, no odio. Ellos se privan de ciertas bendiciones. Los desobedientes se castigan a sí mismos.

Creo que la dignidad de la Iglesia debe mantenerse, y la pureza de las verdades del evangelio ser preservadas sin diluirse. Pero, después de todo, el hombre es el objetivo de la obra de Dios. “Esta es mi obra y mi gloria, llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. La Iglesia es el instrumento establecido para ese propósito.

Las transgresiones que involucran inmoralidad manifiesta son nefastas a los ojos de Dios. Tales transgresiones son pecaminosas y afectan la relación fundamental entre Dios y el hombre y entre el hombre y sus semejantes. Los Diez Mandamientos incluyen estos pecados capitales. Son la base de la verdadera moralidad – a pesar de la opinión de los modernistas. No fueron abrogados por el evangelio de Jesús. “No penséis que he venido para destruir la ley”. Sino que fueron expandidos y aplicados con un nuevo espíritu, el tierno y piadoso espíritu del Salvador. Aún algunas faltas mayores fueron perdonadas por El. “Vete y no peques más”, fue su gentil reproche. La doctrina del arrepentimiento instituida junto a la atestación y proceso purificador del bautismo fueron el epítome del nuevo Evangelio. “Arrepentíos y bautizaos” fue el llamado de los primeros discípulos de Cristo. La promesa del nuevo evangelio era vida abundante – más gozo, mayor amistad, mejores relaciones, paz en la tierra y vida eterna en los cielos.

Cuando el Evangelio fue restaurado en esta época toda la bondad y misericordia de Cristo también fueron restaurados. La Biblia fue aceptada, y los Diez Mandamientos continuaron siendo la ley, pero se expandirían y fortalecerían con el espíritu de Jesús y no con el espíritu riguroso, implacable e inmisericorde de aquellos que crucificaron al Salvador. Los poderes del Sacerdocio fueron restaurados, pero con una constitución que definía la naturaleza y procederes de esta autoridad divina de un modo tan explícitamente tierno, piadoso y bello que le otorgaba el inconfundible sello del propio Cristo. La esencia de la nueva constitución del Sacerdocio, así como de todo el evangelio restaurado, fue y es la elección sin coerción, persuasión en vez de compulsión, no injusto dominio, sólo paciencia, longanimidad, humildad, bondad, y amor no fingido.

Junto al evangelio restaurado vino un nuevo y ampliado conocimiento y concepción de Dios y el hombre. Surgió una nueva filosofía de vida. El lugar del hombre en el universo, su comienzo, fin, y el propósito de su existencia, fueron mejor comprendidos. Se dieron algunas leyes nuevas, nuevas ordenanzas y nuevos mandamientos – no nuevos en el sentido de que nunca existieron antes, sino nuevas para el conocimiento de la gente.

Las revelaciones de Dios que restauraron el Evangelio y le insuflaron nueva vitalidad fueron excepcionalmente directas y sencillas, mucho más libres de la ambivalencia y falta de certeza que algunas revelaciones de la Biblia. Sin embargo, las revelaciones de la nueva dispensación, así como las de la Biblia, fueron, tanto antes como ahora, interpretadas por hombres, y los hombres interpretan a la luz de la experiencia y comprensión. Un profeta puede recibir y entregar la propia palabra de Dios en la forma precisa en que Dios escoja expresarse, pero la aplicación de la palabra de Dios en las vidas de los hombres dependerá de la sabiduría de los hombres. El espíritu de Dios influirá el juicio de un hombre bueno y aumentará su sabiduría, pero aún la mejor sabiduría humana debe distinguirse de la palabra de Dios. La primera puede fallar, la otra, jamás. No ha existido, ni existe, un hombre cuyo juicio sea perfecto y no esté sujeto al error. Aceptar la doctrina de infalibilidad humana muestra una grosera ignorancia del divino plan sobre la vida humana – la caída, probación mortal, arrepentimiento y elección final. No puede haber elección con omnisciencia o conocimiento perfecto. Nos movemos por la fe en la mortalidad y mediante la fe ejercitamos nuestro albedrío.

La Iglesia cree en revelación nueva y continua, y está siempre preparada para recibir mensajes del Señor. Con ese propósito los miembros sostienen particularmente al Presidente, y a otras de las Autoridades Generales, como el medio por el cual la palabra de Dios puede ser entregada. Una revelación a nuestro Presidente viviente sería tan aceptada y llegaría a formar tan parte de nuestras escrituras como las revelaciones dadas al Profeta José.

Sin embargo, en ausencia de una comunicación directa de los cielos, la Iglesia y su gente deben guiarse por las revelaciones ya otorgadas y por la sabiduría e inspiración de sus líderes. Tengo gran confianza en la sabiduría de las autoridades que presiden en todos los departamentos de servicio de la Iglesia, primero, porque poseen el Santo Sacerdocio, y segundo, porque se que son buenos hombres. Hay virtud en poseer el Sacerdocio. Brinda al hombre que lo recibe y aprecia una concepción extendida de la vida y un altruismo que lo acerca al carácter de Cristo. Trae conocimiento espiritual y poder y el juicio de un oficial presidente que ostenta el Sacerdocio es, generalmente, un juicio inspirado. Es el producto de oración ferviente y una motivación noble.

En asuntos de gobierno de la Iglesia, disciplina y juzgamiento de oficiales presidentes es obligatorio y determinante. En asuntos de guía individual a los miembros, su consejo es de dirección y persuasión únicamente. En la interpretación de las escrituras y la doctrina, dependerán de su conocimiento, experiencia e inspiración. Realizo esta franca declaración de mi propio entendimiento personal de estos principios fundamentales como una premisa para ciertas observaciones y conclusiones que deseo presentar.

Primero, mantengo que es totalmente compatible con el espíritu de la Iglesia cambiar sus procedimientos e interpretaciones a medida que los cambios en el pensamiento, educación y ambiente de las personas, de tanto en tanto, parezcan justificarlo, asegurando, por supuesto, que ninguna violencia se ejerza sobre los conceptos elementales de verdad que son el fundamento de nuestra obra. No descartaría una práctica por el simple hecho de que sea vieja. Creo que una de las pruebas de la valía de algo es la prueba del tiempo. Pero, por otro lado, tampoco me ataría a una práctica o concepción después de que ha dejado de tener utilidad en un mundo nuevo, siempre cambiante y mejor informado. Los conceptos anticuados y las interpretaciones tradicionales se verán influenciados por la nueva evidencia que se descubra. No que los hechos y leyes principales cambien, sino que nuestra comprensión variará con nuestra educación y experiencia. Una persona ve el significado de cierta escritura tan definido y claro que exclama con desdeñoso desprecio al punto de vista de su contendiente “Lo tienes claramente frente a tu rostro y ¿no lo ves?”, y el otro responde “Lo que dices es ridículo e idiota!”. Ambos son sinceros. ¿Quién tiene razón? ¿Qué posición debe tomar la Iglesia?. En general, creo, la Iglesia no toma, ni debería hacerlo, posición oficial alguna en la gran mayoría de las cuestiones discutibles. A los individuos se les permite tener puntos de vista personales y expresarlos con total libertad siempre que no sean sediciosos con las doctrinas, prácticas y determinaciones de la Iglesia. Cuando los hombres pierden el respeto por la Iglesia, por supuesto ya no les corresponde un lugar o la posibilidad de influenciar en ella.

Creo que está generalmente aceptado en nuestra iglesia que la posición en ella de ningún hombre se verá afectada por los puntos de vista que honestamente tenga con referencia al comienzo de la vida humana sobre la tierra y la organización del universo, o el proceso que se utilizó para llevar a cabo los milagros que menciona la Biblia. Personalmente, encuentro mayor consuelo y paz mental en lo que podría parecer una disposición haragana de no intentar explicación de estos aparentemente inexplicables hechos. Pero si alguien tiene un punto de vista y obtiene satisfacción en él, digo ‘dejemos que lo tenga’, y no lo enfrentaré por ese motivo. Pienso, no obstante, que alguien que siente afecto real por la iglesia y preocupación por sus miembros, nunca impulsará posiciones que socaven la fe de los miembros, particularmente de los jóvenes, en los principios fundamentales. Lamento profundamente que haya, en algunas de nuestras escuelas, profesores y maestros que se aprovechan de su posición para proyectar sus teorías sobre mentes jóvenes e inexpertas, sin tener en cuenta el efecto sobre la fe religiosa de esos estudiantes, y en algunos casos, me temo, con la maligna intención de destruirla. Quienes pagan impuestos y apoyan a las instituciones públicas tienen justa razón para quejarse en esos casos, pues si bien no es la función de la escuela pública enseñar religión, tampoco tiene justificación para atacarla.

Otro aspecto del proceso cambiante que necesariamente debe producirse en una institución viva y vital como la Iglesia, se relaciona con la modificación de las formas y procedimientos. Debo decir con alegría que no tenemos una gran cantidad de formas establecidas y rituales. La elasticidad en las oraciones, ceremonias y procederes es para mí una evidencia adicional de la adaptabilidad de nuestra religión a las necesidades humanas, y por lo tanto de su divinidad. En los años recientes se han realizado cambios importantes. En ciertas ocasiones han afectado considerablemente a algunos miembros de la Iglesia. Estoy seguro que la preocupación y alarma producidas no son justificadas. Los críticos han olvidado mencionar que los puntos que han sido modificados fueron originalmente interpretados y adaptados por buenos hombres que ocupaban las mismas posiciones eclesiásticas e investidos con el mismo poder que los buenos hombres que ahora ocupan esas posiciones. Personalmente, apruebo los cambios que se han hecho, y creo y espero que la autoridad presidente sea conducida a realizar otros cambios en varias líneas que harán avanzar la causa que representamos. No le temo al cambio: es la madre del crecimiento.

Pero aún más importante que el cambio de conceptos, formas o procedimientos en nuestra iglesia, como en cualquier sociedad, es el cambio de actitud. ¿Cómo nos sentimos acerca de las cosas? ¿El tener más educación, más conocimiento y mayor experiencia amplía nuestra compasión o la reduce? Para responder a esta pregunta, debo mencionar algunos asuntos delicados. Los llamo delicados porque corro el riesgo de ser mal entendido cuando hablo sobre ellos. Tomemos como ejemplo el fumar. ¿Hay más o menos tolerancia para quien usa tabaco por parte de la Iglesia, representada por sus oficiales y la fiel membresía, de la que existía hace veinticinco o cincuenta años atrás? No podría decirlo. No tengo modo de saberlo. Sentimos que está mal y lanzamos invectivas en su contra. Los hombres a menudo visualizan la Palabra de Sabiduría como un mandamiento en su contra y otorgan a su práctica el estigma de pecado. Creo que mi propia prédica en contra puede haber sido construida de ese modo. ¿Tengo razón? ¿Estamos todos en lo correcto? ¿No ha fallado alguna de nuestra gente en distinguir entre ofensa y ofensor? No trato de decir que dudo de la sabiduría de la Palabra de Sabiduría. Se que contiene los deseos de Dios y una dirección para el bienestar de Sus hijos, y estoy seguro que aquellos que fallan en dar oído a sus enseñanzas perderán bendiciones de gran valor, pero no estoy tan seguro de que no hayamos separado a muchos de la Iglesia o al menos contribuido a su alejamiento al atribuir a la violación de nuestra norma de salud, dañina como lo es, una vileza moral y magnitud pecaminosa fuera de proporción con la seriedad real de la ofensa. Quizás estoy equivocado. No pretendo que mi análisis sea el correcto, pero creo que es digno de vuestra atención.

Estoy seguro que muchos jóvenes se sienten condenados al ostracismo por la Iglesia debido al énfasis y la, de algún modo, intolerante actitud que mostramos algunos de nosotros no hacia el uso de tabaco sino hacia el que es consumidor del tabaco. Estoy convencido de que hay alguna buena gente en la Iglesia para quienes el uso de tabaco es tan repugnante y están tan ofendidos contra quienes lo usan que realmente pueden desarrollar un sentimiento comparable al odio hacia el fumador. Ese estado mental, en mi idea, es reprochable y peligroso – peligroso para el individuo que lo  alberga pues tiende a hacerlo intolerante y poco liberal, peligroso para el infortunado que sucumbe a tales malas prácticas pues, instintivamente, organiza una resistencia hacia aquellos que no gustan de él, y peligroso para la Iglesia pues dicha gente la caracterizará con una reputación de intolerancia dogmática que debilitará su influencia con los miembros y en el mundo.

En menor grado la misma actitud se manifiesta hacia aquellos que usan te, café y otras bebidas dañinas, y hacia quienes juegan a las cartas, el pool, el billar y otras diversiones que han contribuido a malas asociaciones y prácticas poco deseables. Apruebo de corazón el consejo de la Iglesia, ya de larga data, sobre estos asuntos. Creo que es razonable y ampliamente sostenido por una larga experiencia. Pero no estoy seguro de estar de acuerdo con la actitud mental y el tratamiento de esta materia que en algunas instancias se ha manifestado en la Iglesia. Creo que estos temas se han visto revestidos, con bastante frecuencia, con un carácter moralmente degradante, que ha sido responsable de sentimientos irritados, y relaciones tanto tensas como poco agradables y una falta de respeto por la autoridad eclesiástica. Esta falta de respeto ha sido la causa subyacente de muchos derrumbes espirituales, porque nadie puede mantener el verdadero espíritu Santo de los Ultimos Días sin un total respeto por nuestros líderes.

Para muchos es difícil entender cómo una diversión aparentemente inocente como jugar a las cartas o al pool, pueda tomar el aspecto de delincuencia moral simplemente por un pronunciamiento de la iglesia. De hecho, muchos no aceptan tal doctrina, con el resultado de que, para ellos, todos los pronunciamientos de la Iglesia son menospreciables y se encuentran fuera de armonía con la Iglesia y sus líderes. Cuando llegan a esa conclusión, se afecta inmediatamente su actividad y su fe comienza a menguar.

Tal vez estoy exagerando el asunto. Es difícil para mí llegar a los hechos. Me doy cuenta que las personas se expresan más libremente entre sí que con sus líderes. Estoy seguro, de todos modos, que hay suficiente de cierto en lo que digo como para que le prestemos atención.

Ahora bien, alguien naturalmente preguntará, “¿Qué harán al respecto? Si la situación es como la presenta, ¿abandonarán la campaña contra el cigarrillo, el te y el café, olvidarán el consejo contra los juegos de cartas, el pool y el billar?” Mi respuesta es, “No, ciertamente que no”. La Iglesia está demasiado interesada en la salvación temporal de sus miembros como para dejar de lado estos asuntos. Pero yo rodearía la campaña y los consejos con salvaguardas que creo que a menudo han faltado.

Quisiera que la iglesia continuara diciendo a sus jóvenes: “Muchachos y jovencitas, no fumen. Si lo hacen se ocasionarán un serio daño. Sus cuerpos son los tabernáculos de sus espíritus. No pueden introducir veneno en sus cuerpos a sabiendas sin debilitarlos y efectuar una afrenta a Dios, que es el padre de vuestros espíritus. Se lastimarán física y espiritualmente. Dañarán las posibilidades de éxito en la vida. Cometen un error económico. Gastan en algo que no es útil. Debilitan su fibra moral y disminuyen su poder de resistencia. Se transforman en esclavos de un hábito; no son libres. Ponen en riesgo a sus mejores y más seguras compañías. Entristecen el corazón de sus padres, a quienes les deben la vida y las oportunidades. Serán desagradecidos. Se ponen fuera de armonía con quienes más los quieren – sus padres, la iglesia y sus líderes. Estas cosas hacen cuando fuman. Pero, queridos jóvenes amigos, no piensen que las iglesia los repudiará. Su iglesia simpatiza con ustedes en sus debilidades. Reconoce el coraje y la resistencia que requiere soportar las tremendas tentaciones a las que están sujetos, la atracción de brillantes y seductores propagandas, la universalidad de la práctica, la ridiculización que deben enfrentar casi solos. Vuestra iglesia entiende, jóvenes y señoritas, y desea ayudarlos. Los invita a venir a sus escuelas dominicales, mutuales, reuniones sacramentales y otras, a tomar parte en sus actividades y compartir su espíritu. No se mantengan alejados porque sus dedos estén manchados o su aliento huela a tabaco. Aún pueden gozar de la hermandad en la Iglesia. Se han privado a sí mismos de algunas bendiciones personales, pero pueden recuperarlas, y cuando lo hagan serán verdaderamente felices. Todos necesitamos arrepentirnos de algo, y podemos ayudarnos el uno al otro. Recuerden que siempre son bienvenidos”.

Me gustaría decir algo comparable a aquellos que han sucumbido al hábito del te o el café, y a los mayores agregaría: Hermanos y hermanas, sean cuidadosos con su ejemplo. Recuerden que los jóvenes los observan. Sus acciones pueden ser un punto de quiebre en la resistencia de la juventud. Algún día, en esta vida o la venidera, puede ser que les digan palabras como estas: ‘podría haber logrado grandes cosas en la vida. Tenía altas metas, mis intenciones eran buenas, pero te observé, te seguí, y me condujiste equivocadamente’.Tal reprensión no será agradable. Confío en que no la recibirán demasiados.

Y también a aquellos que ya tienen una madurez largamente confirmada en hábitos no deseables deseo extenderles mi simpatía, mi más profunda simpatía, pocos hay que no necesitemos del arrepentimiento y perdón por algún hecho de comisión u omisión.

A los jugadores de cartas y billar, digamos: “Queridos amigos, el tiempo es precioso. Es la sustancia de la que está hecha la vida. No la malgasten. La Iglesia los necesita. El mundo requiere de sus habilidades. No derrochen sus esfuerzos. Necesitan diversión, necesitan recreación, para realzar el placer de vivir y para recuperar fuerzas. Permitan que esas diversiones sean sanas, que no minen su fortaleza sino que la renueven, no esclavizándolos a un hábito y a un pasatiempo inútil, sino liberando sus poderes para propósitos dignos. Cuidado con los juegos de cartas. Pueden ser un inocente instrumento de distracción pero a menudo el abuso y perversión de su uso puede transformarse en una obsesión de juego y en un gasto de tiempo y energía. Quizás crean que serán moderados, pero tal vez no lo sean. Sean cuidadosos. Por supuesto, no habrán cometido más pecado por jugar un juego de cartas o al pool que si jugasen al golf o al basketball. Ustedes saben cuando han obrado mal. Son sus propios jueces”. La Iglesia no ha establecido disciplina o castigo para el jugador de cartas. La Iglesia meramente ofrece su advertencia, basada en una larga observación, que tal práctica está rodeada de algunos peligros. No va más allá. La hermandad no está afectada ni la buena voluntad restringida.

Ahora bien, algunos pueden ver en la posición que he tomado una liberalidad indebida, la retractación de reglas por largo tiempo establecidas, y un descenso en nuestras normas. No tengo la menor intención de bajar nuestros estándares. Sólo deseo una mejor comprensión. Una mayor simpatía y mutua ayuda, cuanto más poseamos del verdadero espíritu del Evangelio, más nos acercaremos a las actitudes del Maestro.

Jesús en su ministerio perdonó aún a los transgresores de pecados mayores – mentirosos y faltos de castidad. ¿Seremos nosotros intolerantes con aquellos sólo culpables por infringir nuestro consejo?

Quisiera que continuáramos poniendo énfasis en la vida limpia, buena y plena, pero no de un modo que obscurezca el objetivo principal de nuestra tarea, que es abrir las puertas del Reino Celestial a los hijos de nuestro Padre. No sabemos cuántos entrarán, pero nuestra esperanza debe estar puesta en todos. Por mi parte no deseo negar a nadie la entrada por debilidades de la carne si el espíritu está deseoso. Sin embargo, no creo en indulgencias. Creo que el nuevo y sempiterno convenio incluye todas las leyes del Evangelio y que ninguna de ellas puede quebrarse impunemente. Quien haga el mal en cualquier grado perderá bendiciones. Pero Dios es nuestro juez, y así como espero misericordia, estoy dispuesto a darla.

He estado turbado mientras pronunciaba estas palabras, temiendo ser mal entendido, pero mi resolución se ha visto fortalecida por la convicción de que mi corazón y mi propósito son correctos. No creo necesitar asegurarles a mis hermanos y hermanas aquí reunidos mi fidelidad y amor por esta causa. He expresado mi humilde testimonio en toda la Iglesia durante muchos años. Creo que ustedes saben que yo sé que esta es la obra de Dios y que Joseph Smith es su profeta, y que el sacerdocio para gobernar está ahora en manos de sus dignos sucesores.

He dicho estas cosas porque temo más el dogmatismo dictatorial, la rigidez de proceder y la intolerancia de lo que temo a los cigarrillos, las cartas o cualquier otro artilugio que el adversario pueda usar para anular la fe y destruir la religión. El fanatismo y la intolerancia han sido los mortales enemigos de la verdadera religión en el pasado. La han convertido en algo prohibido, encerrada en las frías y grises paredes de monasterios y conventos, alejada de la luz y fragancia del mundo en desarrollo. La han vestido de negro y luego de blanco, cuando en verdad no hay negro y blanco, como no lo hay en la vida, pues la religión es vida abundante, rebosante, con todas sus sombras, colores y tonos, en la medida que los hijos de los hombres reflejan en el diseño de sus vidas el esplendor del Espíritu Santo en sus variantes gradaciones.

Ruego que los hombres puedan comprender a Dios y a la Iglesia, y ruego que la Iglesia pueda comprender a los hombres y a la naturaleza humana. Con tal comprensión deberían venir simpatía y amor. La verdad y el amor salvarán al mundo. Que siempre tengamos una porción de ellos, lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amen”.

Comentarios: El lenguaje del Elder Richards es abundantemente rico y sofisticado a la vez que comprensible. El título de su discurso “Bringing humanity to the gospel” encierra un juego de palabras que tiene que ver con el punto central de su discurso: debemos atraer a la Humanidad hacia el evangelio pero, a la vez, debemos revestir ese evangelio con características más humanas de las que hemos utilizado hasta ahora. A pesar de los más de 80 años de la ocasión en que sus palabras fueron pronunciadas me parecen dotadas de una extraordinaria actualidad. Para poner en contexto sus referencias a la Palabra de Sabiduría, deberemos recordar que por muchas décadas fue un consejo y no una regla estricta. A pesar de los intentos de Brigham Young, en 1851, de hacerla extensiva a la comunidad, recién a partir de 1921 se transformó su observancia en un requisito necesario para el bautismo y la asistencia al Templo.

4 comentarios el ““TRAYENDO HUMANIDAD AL EVANGELIO” – Stephen L. Richards

  1. Julio dice:

    Excelente Discurso… totalmente vigente, lamentablemente creo que un poco de lo que temia Elder Richars termino ocurriendo y de hecho ocurre en nuestra Iglesia, es increible que a algunos miembros les moleste una persona que trata de participar de la Iglesia y de la hermandad de los santos solo porque tiene olor a tabaco…… en verdad creo que el sentimiento que se genera en el corazon del hermano que “juzga” a su projimo, termina siendo mas toxico que el tabaco en el cuerpo del hermano que trata de volver a la Iglesia y de sentir el calor de los Santos.

  2. Gabriel dice:

    Excelente discurso… excelente… Creo que la Iglesia desde sus comienzos, a trazado una línea de ser igual al Salvador, y ese es el punto, si nos dedicáramos a saber más de él, nos daríamos cuenta que nuestro comportamiento diario está en desacuerdo con lo que él hizo. Se trata de esforzarnos por ver como él ve, sentir como él siente. Algo muy sencillo que aprendí al comenzar en la Iglesia y que hoy está tomando fuerza en mí es.. ¿Que haría Jesucristo en mi lugar? – y me doy cuenta que después de actuar, mi comportamiento no estuvo acorde… entonces espero que él tenga compasión de mí porque la necesito, y esto es lo irónico; la compasión que necesito para mí es la que no tuve. Se trata, me parece, de encargarnos de nosotros mismos. Es oportuno al discurso citar D. y C. 84:3 ” Y ahora os doy el mandamiento de tener cuidado, en cuanto a vosotros mismos, de estar diligentemente atentos a las palabras de vida eterna”… ¿Cuáles son las palabras de vida eterna?… sugiero leer el discurso del Elder Richars – Gabriel

  3. Mencía dice:

    Me reconozco en sus advertencias y, como señalaban antes, aun sabiendo que me falta caridad y compasión caigo en ello una y otra vez. Aunque poco a poco en mi corazón se va tallando la verdad de que primero me tengo que “curar” yo y no puedo distraerme “diagnosticando”, “recetando” o intentando “curar” a los demás. Pero es que es más fácil juzgar y condenar que juzgar y sentir misericordia….

  4. SERGIOMLH dice:

    SIMPLEMENTE, BUENÍSIMO, VOY A UTILIZARLO PARA MÁS DE UN FANÁTICO ARTANTE EN LA CAPILLA!!!!

    Y EXCELENTE PÁGINA!!!!

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