“ROMANCE DE REGINALD GLOVERSON Y SUS VEINTE ESPOSAS” por Artemus Ward

ARTE Y RELIGION

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“Romance de Reginald Gloverson y sus veinte esposas”

por Artemus Ward

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Introducción Mario R. Montani

Charles Farrar Browne (conocido con el nombre de pluma de Artemus Ward) fue un humorista y disertante norteamericano muy popular a mediados del siglo XIX. Era uno de los autores favoritos de Abraham Lincoln y una de las inspiraciones de Mark Twain. Nacido en 1834 en Waterford, Maine, sus historias aparecieron en numerosos periódicos y fueron luego compiladas en varios volúmenes. Acostumbrado a ridiculizar las costumbres y grupos peculiares en la sociedad americana, no es de extrañar que los mormones hayan sido objeto de algunos de sus textos, incluyendo una entrevista con Brigham Young. En 1865, mientras se encontraba en Salt Lake City contrajo fiebre tifoidea y fue curado por un doctor mormón polígamo, lo que tal vez suavizó sus sátiras. En una carta a Mark Twain escribió: “Los santos han sido maravillosamente cálidos conmigo. No podría haber sido mejor o más tiernamente cuidado en mi propia casa. Que Dios los bendiga a todos ellos”. Publicó “Artemus Ward entre los Mormones”.
En 1866 visitó Inglaterra donde se había vuelto muy popular escribiendo para Punch y dando conferencias, pero allí contrajo tuberculosis y falleció en Sauthampton en Marzo de 1867, a la temprana edad de 33 años. Sus restos fueron repatriados en 1868.
La historia que aparece a continuación posee una mezcla de sutil ironía y lenguaje coloquial de la zona oeste que no siempre es fácilmente traducible. Comparada con las críticas atroces que solían escribirse sobre los mormones en la década de 1860, es una suave y risueña anécdota. La palabra “romance” utilizada en el original en inglés tiene el significado de “cuento”, aunque es innegable su connotación simultánea con lo “romántico” como lo entendemos en castellano

Romance de Reginald Gloverson y sus Veinte Esposas

La mañana en que Reginald Gloverson partía de la ciudad del Gran Lago Salado con su arreo de mulas había amanecido hermosa.
Reginald Gloverson era un austero y joven mormón, con una interesante familia de 20 jóvenes y bellas esposas. Sus uniones no habían sido bendecidas con hijos. Una vez al año solía ir a Omaha, Nebraska, con su caravana de mulas en busca de suministros; pero, aunque había realizado el peligroso viaje con total seguridad en muchas ocasiones, su corazón estaba extrañamente triste y lleno de sombrías premoniciones esa mañana en particular.
El momento de la partida había llegado. Las animadas mulas estaban en la puerta, mordisqueando sus bocados impacientemente. El mormón se encontraba apesadumbrado en medio de sus llorosas esposas.
“Queridas mías”, les dijo, “Estoy particularmente triste esta mañana, pero que eso no las deprima. El viaje es peligroso. Pero, bah. Siempre he regresado seguro hasta aquí ¿por qué debería temer? Además, se que cada noche cuando me acueste bajo las estrellas en la extensa pradera, vuestros rostros esplendorosos me aparecerán cuando duerma y harán mis sueños dulces y apacibles. Tu, Emily, con tus tiernos ojos azules, y tu, Henrietta, con tu espléndido cabello negro, y tu, Nelly, con tu cabellera dorada y brillante, y tu, Molly, con tus tersas mejillas, y tu, Betsy, con tus labios rojos como vino – aunque más deliciosos que cualquier vino que haya probado jamás – y tu, María, con tu voz cautivadora, y tu, Susan, con tus – con tus – es decir, Susan, con tus – y las otras 13 de ustedes, cada una tan buena y hermosa ¿me visitarán en mis dulces sueños, verdad, queridas?”
“Nuestro bien,” repiquetearon ellas amorosamente, “claro que lo haremos”
“¡Entonces, despidámosnos!” gritó Reginald. “Venid a mis brazos, mías, es decir, tantas de ustedes como pueda abrazar convenientemente de una vez, pues debo partir”
Agrupó varias de ellas junto a su pecho palpitante y se alejó con tristeza.
No había andado mucho trecho cuando el arreo de la última mula se desenganchó. Desmontando, se apresuró a ajustarlo, pero no bien hubo comenzado la tarea, la mula, un animal ciertamente obstinado, resopló largamente y pateó a Reginald peligrosamente en el estómago. Se levantó con dificultad y fue tambaleándose débilmente hasta la casa de su madre, que se hallaba en las cercanías, cayendo muerto en el patio con la declaración, “Querida madre, he regresado a casa a morir”.
“Ya lo veo”, dijo ella. “Y ¿dónde están las mulas?”
Pero, he aquí, Reginald Gloverson no podía responder. En vano la compungida madre se arrojó sobre su forma inanimada, gritando, “¡Oh, hijo mío, hijo mío, sólo dime dónde están las mulas, y entonces puedes morirte si es lo que quieres!”
¡En vano, en vano! Reginald había partido.
Las mulas jamás se encontraron.
Con el corazón lleno de dolor, la madre de Reginald llevó el cuerpo a la casa de las desafortunadas viudas de su hijo. Pero antes de su arribo envió a un muchacho para que discretamente adelantara las noticias a las afligidas esposas, lo cual éste hizo al informarles que “el viejo había estirado la pata”.
Las esposas se sintieron realmente mal.
“Me era tan devoto”, sollozó Emily
“Y también a mí”, dijo Maria.
“Sí”, dijo Emily, “te tenía en consideración pero no tanto como a mí”.
“¡Te digo que tenía mucha consideración!”
“¡Y yo digo que no tanta!”
“¡Sí, me tenía!”
“¡No te tenía!”
“¡No me mires de reojo!”
“Y tú, ¡no sacudas tu pelo rojizo frente a mí!”
“Hermanas”, dijo Henrietta, la de los negros cabellos, “que cese esta inapropiada riña. Yo, como su primera esposa, esparciré flores sobre su tumba”.
“No, no lo harás”, dijo Susan. “Yo, su más reciente esposa, esparciré las flores. Es mi tarea esparcir”.
“Pues te aseguró que no lo harás!” dijo Henrietta.
“Te apuesto que sí” respondió Susan, con las mejillas bañadas de lágrimas.
“Bien, en cuanto a mí”, dijo Betsy, la práctica, “No pienso esparcir mucho, ¡pero iré a la cabeza de la procesión fúnebre!”.
“¡Ciertamente que no!”, dijo Nelly, la más rubia. “Esa es mi posición. ¡Apuesta el lazo de tu sombrero a que allí estaré!”
“Niñas”, dijo la madre de Reginald, “Como saben, deben llorar un poco en el día del funeral ¿Cuántos pañuelos va a requerir eso? Betsy, tú y Nelly deberían compartir uno”
“¡Le sacaré los ojos si se atreve a sollozar en mi pañuelo!”
“Queridas nueras”, dijo la madre de Reginald, ”¡qué inapropiado es este enojo! Las mulas cuestan $500 la yunta, y todas las mulas que poseía mi pobre muchacho han sido comidas por los pieles rojas. ¡Ya sabía, cuando mi Reginald cayó frente a la puerta del patio, que había llegado a morir, pero si sólo hubiese podido averiguar sobre esas mulas antes que su espíritu gentil se alejase tendríamos $ 4.000 en los bolsillos, sin lugar a dudas! Perdonen estas lágrimas, pero ustedes no pueden comprender los sentimientos de una madre…”
“Fue un descuido”, sollozó María. “¡No nos culpes a nosotras!”
El funeral transcurrió placenteramente, sin nada que alterase la armonía de la ocasión. Por una feliz ocurrencia de la madre de Reginald, las esposas marcharon hombro con hombro, las 20 juntas, lo que tornó totalmente imparcial esa parte de la ceremonia.
Esa noche las 20 esposas, con corazones apesadumbrados, buscaron el consuelo de sus 20 respectivas camas. ¡Pero ningún Reginald ocuparía ya esos 20 lechos – Reginald nunca más retardaría su bendito reposo en esos 20 lechos – la cabeza de Reginald nunca más aplastaría las 20 almohadas de esos 20 respectivos lechos – nunca, nunca más!
En otra casa, a no demasiadas leguas de allí, una mujer con cabellos ya grises lloraba con vehemencia. “Murió”, se lamentaba, “¡murió sin dar la menor señal de a dónde habían ido las condenadas mulas!”
Se supone que han transcurrido dos años entre el tercer y cuarto capítulo de este original cuento americano.
Cierta tarde, un viril hombre mormón, mientras el sol se preparaba para ponerse en su selecto aposento de nubes rojizas y doradas del horizonte oeste – aunque, por cierto, el sol tiene el derecho de ponerse donde quiera, tal como, me permito agregar, cualquier gallina – un viril hombre mormón, decía, golpeó gentilmente a la puerta de la mansión del difunto Reginald Gloverson.
La puerta fue abierta por la Sra. Susan Gloverson.
“¿Es esta la casa de la Viuda Gloverson?” preguntó el mormón.
“Lo es”, respondió Susan.
“¿Y cuánto de viuda hay?” inquirió él.
“Alrededor de 20, incluyéndome a mí” aseguró cortésmente la hermosa Susan.
“¿Puedo verla?”
“Por cierto.”
“Señora”, dijo él dulcemente, dirigiéndose a las 20 desconsoladas viudas, “He visto parte de usted anteriormente. Y, aunque ya poseo 25 esposas, a las que respeto y trato tiernamente, puedo asegurar que jamás sentí la sagrada emoción del amor hasta que os vi. ¡Sed mía, sed mía!” gritó entusiasmado “y mostraremos al mundo una sorprendente ilustración de la verdad y belleza de esas nobles líneas que, más o menos, dicen:
“Veintiuna almas con un solo pensamiento,
Veintiún corazones que laten con un son.”
Fueron unidos, ciertamente lo fueron.
Gentil lector, ¿no nos demuestra la moraleja de este cuento – no lo hace, de hecho, que, no importa cuántas viudas jóvenes haya – o, más bien, no muestra que, sin tener en cuenta de cuántas personas puede una mujer consistir? – bueno… no importa lo que demuestra, sólo que escribir estos cuentos mormones es confuso para el intelecto. Prueben y verán…

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Un comentario el ““ROMANCE DE REGINALD GLOVERSON Y SUS VEINTE ESPOSAS” por Artemus Ward

  1. Javier dice:

    Jajaja… divertidísima sátira…

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