SOBRE EX MISIONEROS Y EX MATRIMONIOS o “Acá los ñoquis son así”

De la Vida Mormona

 

Sobre ex misioneros y ex matrimonios

(o “Acá los ñoquis son así”)

 

Por Mario R. Montani

 

Es más que evidente para cualquier observador que la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días es una Iglesia de misioneros. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Independientemente de la revelación moderna, tenemos como justificación para ello la clara comisión de Cristo “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15).

Estoy feliz y orgulloso de haber cumplido una misión de tiempo completo. Habiéndose convertido mi abuelo cuando ya era mayor, y siendo mi madre su única hija, mi hermano y yo fuimos los primeros de la familia en salir al campo misional. Hoy, ya 6 bisnietos de aquel abuelo converso han servido, y existen algunos tataranietos preparándose para continuar la tradición.

Recuerdo mi misión con alegría y retorno mentalmente a ella a menudo en busca de experiencias y aprendizaje. Fue una oportunidad de dedicación, servicio y enriquecimiento personal que no lamento haber vivido. Lo menciono en esta introducción para que se entienda desde dónde reflexiono sobre algunas particularidades de nuestro estilo de vida mormón.

Me parece muy bien que la Iglesia estimule la salida al campo misional (es una de sus funciones indelegables) y que las familias y amigos apoyen al joven candidato en su preparación. Como toda actitud social de un determinado grupo, el sobre énfasis puede producir algunos efectos adversos.

El mensaje repetido por décadas a las jovencitas de que “únicamente deben casarse con alguien que ha cumplido una misión honorable” debería ser puesto bajo la lupa y reconsiderado.

En los EEUU y, lentamente, también en nuestras latitudes, el mensaje ha provocado equívocos, divorcios y sentimientos lastimados entre un porcentaje de nuestra membresía.

Antes de analizar algunos aspectos de esta temática, quisiera señalar que la propia Iglesia ha comenzado a poner un freno a la situación:

“El consejo de los padres, del obispo o de cualquier otra persona digna tal vez sea beneficioso; pero, al fin y al cabo, ninguna otra persona puede ni debe decirles lo que deben hacer. La elección de la persona con quien casarse es una decisión totalmente personal… Y otra sugerencia: Como parte de su noviazgo, tengan la precaución de no basar sus opiniones sólo en lo que se podría comparar con una “lista de determinados logros”. Lo que quiero decir es que no basen sus decisiones solamente en el hecho de que la persona haya cumplido o no una misión de tiempo completo o tenga un llamamiento particular en el barrio; ésas pueden ser indicaciones de devoción, fidelidad e integridad, y por lo general lo son, pero no siempre. Conozcan bien a la persona, lo bastante para percibir directamente lo que esté en su corazón y en su carácter y no sólo su “currículo” del Evangelio”. (Elder Lance B. Wickman, de los Setenta, Liahona abril 2010, pag. 22-23)

1 – Mi primer punto es el siguiente: ni Thomas S. Monson (actual Presidente de la Iglesia) ni Dieter F. Uchtdorf (uno de sus Consejeros) ni Boyd K. Packer (actual Presidente del Quorum de los Doce) cumplieron misiones de tiempo completo… ¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué nadie nos lo dijo?…

¿Alguien se atrevería a sugerir que ese hecho limitó sus posibilidades de matrimonio o su capacidad para servir en puestos de liderismo?

Tampoco sirvieron misiones regulares Heber J. Grant (Presidente de la Iglesia) o J. Reuben Clark, Jr. (Apóstol y Consejero en varias Presidencias de la Iglesia) y quién sabe cuántas otras Autoridades que no es mi intención ponerme a investigar. Cuando se arma una biografía o línea temporal se colocan en ella las cosas que hizo esa persona, no las que no hizo. Dudo que alguna historia de Napoleón se inicie señalando que no estudió violín o que no era tan hábil corriendo de a pie.

Me parece que eso también indica el modo en que debemos acercarnos a los otros individuos en la vida: teniendo en cuenta las cosas positivas que han hecho, no las que han dejado de hacer…

2 – Todos conocemos las historias de misioneros retornados que “pasaron a saludar” a la novia de alguno de sus ex compañeros que aún continuaba en el campo y terminaron casándose con ella. Si esto ocurre reiteradamente en una sociedad dada (independientemente de los factores de atracción personal y compatibilidad de caracteres) es porque dicha sociedad ha agigantado la figura del élder relevado honorablemente como candidato ideal para el matrimonio. La cruda verdad es que muchos ex misioneros se convierten en pésimos esposos (incluyendo incapacidad para mantener a su familia, maltrato y, finalmente, divorcio) mientras que otros, que no han tenido la experiencia misional, pueden llegar a ser cónyuges maravillosos.

3 – Es bien sabido que sus pares tienen gran influencia en la vida de un joven. Cuando uno de esos pares pertenece al sexo opuesto, dicha influencia se intensifica.

A nadie le pasa desapercibido que el retorno de un misionero a la comunidad de origen provoca bastante revuelo social entre las señoritas de su núcleo inmediato, en las de otras unidades cercanas… y hasta en algunas bastante alejadas geográficamente.

De pronto alguien, que tal vez ni era particularmente popular antes de salir a la misión, pasa a ser el centro de atención. Todas esperan una invitación a salir y se disputan su compañía. Además, el recién llegado exhibe, estampado en la frente, un sello social, fácilmente legible para la comunidad de miembros, que declara en letras de molde: “¡Ahora sí puede casarse!”.

Es bastante natural que estas cosas ocurran y no me desagradan. El joven en cuestión ha crecido física y espiritualmente, es más seguro de sí mismo y hasta puede portar algún simpático acento extranjero adquirido durante su servicio.

Cada sociedad, aún la más primitiva, ha desarrollado sus ritos de pasaje: los momentos en que el joven y la señorita pasan a ser reconocidos como hombre y mujer en su comunidad. Nosotros, sin ser una excepción, hemos creado estas peculiares formas propias de tales ritos en nuestra sociedad mormona.

Creo que un efecto indeseable (aunque tal vez, después de todo, sea un efecto buscado) del mensaje “¡deben casarse únicamente con un ex misionero!” es que algunos jóvenes decidan salir a la misión por las razones incorrectas.

No faltará un líder que me responda que lo importante es que salgan y que el Señor se hará cargo de ellos. Podría estar parcialmente de acuerdo con él. Es posible hacer el bien por los motivos equivocados pero me parece que el Salvador merece más que eso. Muchos de mis compañeros en la misión, que eran de origen norteamericano y, mayormente, con largas tradiciones familiares misionales, no tenían claro el motivo por el que habían salido. Identificaban las expectativas eclesiásticas y familiares, tal vez el sueño de alguna jovencita especial, pero mayormente era “lo que se suponía que debían hacer en esa etapa de su vida”. Afortunadamente, un buen grupo lograba convertirse a la tarea que había venido a realizar y desarrollaba extraordinarias capacidades espirituales y de amor a sus semejantes. Otros, regresaban a casa más o menos en las mismas condiciones en que habían venido. Considero riesgoso enviar a jóvenes a la misión “porque no sabemos qué hacer con ellos” o “para ver si se enderezan”. Creo que los únicos motivos valederos son servir a Cristo, a nuestros semejantes y a la Iglesia. Y, me atrevería a agregar: en ese preciso orden… Yo tampoco lo tenía tan claro cuando salí a la misión, pero me hubiera gustado que alguien me lo dijese.

4 – Cuando establecemos, como parte de nuestra cultura Santo de los Ultimos Días, que únicamente los ex misioneros son aptos como opción marital, no estamos siendo justos con  los nuevos conversos jóvenes, los que deciden no salir a la misión, ni con los que retornan tempranamente por motivos de salud, adaptación, o lo que fuese que motivó su vuelta, quienes pasan automáticamente a ser “una segunda opción” o “la mesa de saldos y retazos” en la compleja liquidación de temporada de los asuntos del corazón.

Tampoco somos justos con las señoritas que tal vez ignoren o dejen pasar otras propuestas ventajosas en espera de esta nueva variante de “príncipe azul” sobre la cual no podemos extender la garantía absoluta del “vivieron felices para siempre jamás”. Cumplir una misión es muy importante, pero no es necesario para servir a nuestros semejantes ni para obtener una recomendación para el Templo.

5 – Llegado a este punto, me permito adentrarme en un aspecto por muchos considerado anatema: los matrimonios interreligiosos. Lo haré desde una perspectiva personal y familiar y no estableciendo que deba ser un ejemplo a seguir. Primeramente me veo en la obligación de señalar que, estadísticamente, los miembros de la Iglesia tenemos uno de los más altos índices de divorcio al involucrarnos en matrimonios con cónyuges de otras religiones, y somos superados en ese aspecto únicamente por los judíos ortodoxos. Para algunos ese dato es una confirmación de que no debemos casarnos fuera de la Iglesia. Para otros (yo incluido) es una señal de que debemos modificar la rigidez de algunos de nuestros paradigmas.

Mi abuelo fue un converso mormón pero su esposa, mi abuela, permaneció siendo católica toda la vida y ambos encontraron el modo de convivir y compartir aún sus experiencias religiosas. Mi madre, en su juventud, recibió algunas propuestas de ex misioneros que pretendían llevarla a su país de origen, pero decidió quedarse y casarse con mi padre, quien no era miembro. Por eso estoy yo aquí, escribiendo estas cosas molestas. De otro modo no hubiera nacido…

Es cierto, 30 años después, mi papá, que había sido una especie de “semi-miembro” por largo tiempo, se bautizó, la llevó al Templo y sus hijos nos sellamos a ellos. Pero mi mamá no sabía eso al tomar la decisión, como no la sabe ninguna joven hija de Dios al tomar la misma decisión, se trate de un ex misionero o no quien esté a su lado. No podemos garantizar permanencia, ni fidelidad, ni perseverancia absoluta… Podemos hablar de estadísticas y porcentajes, pero no nos casamos con estadísticas ni con porcentajes, afortunadamente nos casamos con individuos. Y los individuos tenemos la fantástica capacidad de no poder ser clasificados fácilmente…

En este blog hemos hablado de Andrea Bernard, quien se casó con el astro juvenil Ricky Schroder (Ricky Schroder, de “campeón” a mormón) y de Etta Mae Norton Winger, desposada por el actor de carácter Dean Jagger (Dean Jagger o la conversión de Brigham Young). Al igual que con mi mamá, sus matrimonios llevaron a la conversión de los esposos. Pero no es por los bautismos que sus matrimonios adquirieron sentido (aunque así nos gusta presentarlos). Sus matrimonios ya tenían sentido mucho antes de eso porque se amaban. Y, como siempre, el amor es la respuesta a todo, más que la fuerza de la pertenencia religiosa.

Larry King, el conocido entrevistador televisivo, está casado con Shawn Southwick, una SUD. La ceremonia judeo-mormona que se llevó a cabo para su unión tal vez no sea el ideal de líderes eclesiásticos y padres, pero la Iglesia no tuvo problemas en utilizar esa misma relación para concertar la famosa entrevista de Larry con el Presidente Gordon B. Hinckley en el 2004.

El afamado filósofo Richard Rorty (ateo) se casó con Mary Varney, una especialista en bioética de la Universidad de Stanford y mormona activa. Tuvieron dos hijos y se respetaron y amaron en sus mutuas divergencias.

Los actores Rodolfo Valentino, Groucho Marx y Robert Redford, los directores de cine Stanley Donen (“Cantando bajo la lluvia”) y Howard Hawks (“Río Bravo”), el magnate Howard Hughes y el escritor Isaac Asimov, todos ellos tuvieron esposas SUD. Algunos durante toda la vida, y otros, por menos tiempo… igual que lo que ocurre con los ex misioneros. Y estoy hablando de gente famosa, con ciertas naturales tensiones en sus vidas. Si lo trasladamos al plano de la gente común, sin duda hay centenares de casos que han hallado un válido equilibrio de convivencia.

La investigadora Naomi Schaefer Riley ha mostrado en su reciente libro “Till Faith Do Us Part” (Hasta que la Fe nos Separe) que en 1988 sólo el 15% de los matrimonios norteamericanos se realizaba entre personas de diferente religión, en 2006, el 25% y para el 2012, el 36%. Según sus estadísticas, los miembros de la Iglesia tienen uno de los más bajos porcentajes con el 12% (es decir la tercera parte que el promedio nacional). Al visitar los hogares de mormones casados interreligiosamente, la autora descubrió una agradable convivencia, aunque una tendencia del integrante mormón a creer que su pareja finalmente se convertirá (lo cual parece corroborado por las estadísticas que muestran que un tercio finalmente lo hace). También descubrió, a diferencia de lo que ocurre con algunas denominaciones protestantes, que hay una mayor integración de los no miembros por parte de la familia extendida mormona que lo hace sentir bienvenido por encima de las diferencias ideológicas.

6 – Por otra parte, los porcentajes de divorcios de quienes han pasado por el Templo se han incrementado a lo largo del último siglo. Ya en enero de 1942, en una entrevista a la Revista Look, el Consejero de la Primera Presidencia, J. Reuben Clark, reconocía: “Nuestros divorcios han comenzado a apilarse”.

La Oficina del Historiador de la Iglesia compiló en 1968 las estadísticas de matrimonios en el Templo y divorcios: en 1910 se divorciaba el 1,5%, en 1915, el 2,95%, para 1945, el 3,22% y para 1965, el 5,26%. A partir de allí, la Oficina ha dejado de brindar la información, aunque se estima que hoy se encuentra entre un 10% y un 13%, o más, si se considera que algunas parejas se divorcian sin llegar a cancelar su sellamiento. Un altísimo porcentaje de esos divorcios corresponde a ex misioneros.

De todos modos, esas estadísticas son bajas si se comparan con las de mormones casados pero sin ir al Templo (más del 20% de divorcios) o matrimonios mixtos de mormones con no mormones (un 40%). Finalmente, un 40% de fracasos, no debería ocultar un 60% de éxitos.

Sí, hay riesgos. También los hay cuando decidimos unirnos a alguien a quien no amamos lo suficiente pero reúne las condiciones estadísticas ideales. La vida es un riesgo y para enfrentarlo hemos venido a este mundo. Estar sellado a alguien “eternamente” y pasar la etapa mortal pensando que en el más allá el Señor cambiará nuestros sentimientos o los de nuestro compañero y hará que nos llevemos bien es una pobre réplica de lo que Dios diseñó para nuestro gozo y felicidad.

7 – Otra situación que padecen los misioneros recién relevados es la presión de un inminente casamiento. En ocasiones con metas precisas que oscilan entre los seis meses y el año de su retorno. Un varón joven que ha pasado los dos últimos años sin relacionarse con el sexo opuesto tiene su propia presión individual interior y no necesita otras exteriores adicionales, ya sean eclesiásticas, familiares o sociales. Los Obispos han sido advertidos sobre esto hace ya muchos años.

El ex misionero desconoce mayormente lo que ha ocurrido con los individuos durante el lapso de su misión. Ignora las nuevas pautas de acercamiento social y costumbres que en la actualidad varían vertiginosamente de un año a otro, especialmente entre su grupo etario. Además, debe adaptarse a la reinserción en su propia familia, a la búsqueda de un trabajo, a la definición sobre sus estudios, etc., etc… Si le exigimos que, simultáneamente, tome la decisión más importante de su vida, es posible que lo ayudemos a equivocarse (equivocación de la que luego, por supuesto, no nos haremos responsables). Démosle el tiempo de aclimatarse y que lo haga a su propio ritmo.

Creo que el Fondo Perpetuo para la Educación es un extraordinario programa de la Iglesia y ha venido a llenar un espacio largamente necesitado. Pero reconozcamos que, en nuestras latitudes, no siempre los estudios y el matrimonio son compatibles y la deserción universitaria entre los ya casados es muy alta.

Las estadísticas muestran que, durante la última década y media, la edad promedio en la que se casan los jóvenes mormones ha derivado de 19 a 23 en las mujeres y de 21 a 26 en los varones. Es un hecho de la realidad. Algunos ven en ello una preocupante vanalización de la juventud y una mayor aspiración por logros materiales, mientras que otros opinan que las parejas buscan una mayor seguridad económica y oportunidades de elección que, tal vez, redunden en matrimonios más firmes y menor índice de divorcios. Yo no lo sé. El tiempo lo dirá.

Como lo mencioné, son estas reflexiones personales. No pretenden aconsejar a nadie ni reemplazar la función de padres, amigos o líderes. Tampoco limitar el derecho a guía y orientación de lo alto que tenemos como hijos de Dios en momentos cruciales. Comento sobre lo que veo y he visto a lo largo de mi vida. Resumo mis comentarios. Creo que a los ex misioneros hay que ayudarles a reencauzarse en sus estudios y a obtener trabajos y permitirles tomarse el tiempo que necesiten para organizar sus nuevas familias.  Creo que los líderes deben leer con el joven 1 Timoteo 5:8 (“Pero si alguno no provee para los suyos, y especialmente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo”) antes de que se case y no después. Es mi opinión que la interpretación actual de “proveer” incluye algo más que un alquiler y un plato de comida, sobre todo si se planea invitar a nuevos espíritus a ese hogar.

Creo que las jovencitas deben ampliar el espectro de sus posibilidades sin que eso signifique reducir sus expectativas espirituales. Ya lo dijo Blais Pascal en el siglo XVII: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”. Todos venimos equipados para encontrar un compañero que haga nuestra vida más plena y llevadera. Algunos la denominamos “la luz de Cristo”, otros hablan de “inteligencia emocional”. Sin duda está muy alejada de la “inteligencia matemática” que sólo puede sumar y restar virtudes, defectos o llamamientos.

Creo que los varones que por algún motivo no han cumplido una misión deben hacerlo, si eso es lo que quieren hacer, o deben luchar por ocupar su lugar en nuestro tejido social sin sentirse en inferioridad de condiciones. Les he brindado en este artículo algunos nombres sumamente interesantes para sus argumentaciones frente a las señoritas casaderas. No tienen por qué agradecérmelo, pero si hay éxito… espero una invitación a la boda…

Sin duda, por el camino se encontrarán con quien les diga que no hay opciones, que deben salir a una misión, que deben casarse con un ex misionero, que antes pudo haber sido distinto pero ahora es así.

Permítanme relatarles una graciosa experiencia. Algunos veranos atrás pasábamos las vacaciones junto a otros familiares. Mi esposa y su hermana tuvieron la idea de que compráramos ñoquis para almorzar (por si algún extranjero lo ignora, los ñoquis o gnocchis, en italiano, son una variedad de pasta que se amasa con papa y harina formando pequeños bollitos que pueden adquirir diversos diseños). Como el día era fresco y habíamos estado comiendo demasiados asados, a todos nos pareció una buena idea. De modo que acudimos a una fábrica de pastas de la pequeña localidad serrana donde nos encontrábamos y compramos los ñoquis. Sin ser un gran conocedor de la cocina italiana, parece ser que el punto de cocción de esta variedad de pastas está dado por el momento en que los gnocchi  suben a la superficie de la olla indicando que están al dente. Pero, hete aquí, que los famosos ñoquis jamás lo hicieron, permaneciendo obstinadamente en el fondo del recipiente.

Esa misma tarde, las dos amas de casa, se dirigieron indignadas al negocio para hacer su reclamo. Lo que no esperaban era encontrarse con una rolliza dependiente que de modo muy rotundo les espetó: “¡Miren, acá los ñoquis son así!”… Y la conversación se acabó en ese instante.

En la familia se mantuvo como un hilarante dicho. Cuando encontramos en otros, o en nosotros mismos, actitudes intransigentes y cerradas decimos con una sonrisa: “¡Acá los ñoquis son así!”… Pero, queridos jóvenes, en la vida siempre hay opciones… al menos podemos decidir no comer los ñoquis cuando están duros…

MRM/08/2013

4 comentarios el “SOBRE EX MISIONEROS Y EX MATRIMONIOS o “Acá los ñoquis son así”

  1. Walter Iván dice:

    Hermano Mario, ¡muy buen atículo! Creo que lo más importante de todo es hacer las cosas por las razones correctas, y en el orden que nos permitan desarrollarnos mejor. Creo que se debe hacer énfasis en la preparación del jóven para mantener a la familia y proveer para ella desde mucho tiempo antes de que tenga edad para ir a la misión, y que cuando vuelva de ésta, si es que va, ayudarle de todas las formas posibles a que sea una persona autosuficiente en todo aspecto. Y en cuanto a los que no van, pues darles las oportunidades que podamos para que desarrollen las cualidades que le servirán en su futuro papel de esposo y padre o miembro útil de la sociedad. Debemos quitar de nosotros los paradigmas errados y debemos dejar de etiquetar a las personas para que podamos valorarlas por lo que son y pueden llegar a ser, y como dijo el presidente Monson, para verlos como Dios los ve, sin los prejuicios de esta perspectiva mortal.

  2. Freddy dice:

    Querido Mario, el comentario de la autoridad dice: “No SOLAMENTE un misionero retornado” sino que además debe tener otras cualidades y no debemos minimizar este título ya que es una de las recompensas que el Señor le da al joven que obedece a su llamado.
    Por otro lado, deja que Thomas S. Monson, Dieter F. Uchtdorf y Boyd K. Packer sean los que hablen al respecto, recuerda que ellos son los portavoces del Señor.
    Mi consejo es que antes de lanzarte con tus comentarios busques aprobación, quizá el consejo de tu Obispo o tu presidente de Estaca, para cualquier cosita que no nos pertenece, debemos dejar que su dueño sea el que hable.
    Te aseguro que El hablará, colectiva o individualmente.

    • mormosofia dice:

      Querido Freddy: Acabo de leer tus interesantes comentarios. Gracias por contactarte. Siendo yo mismo un misionero retornado, no se me ocurriría minimizar ese título. Lo que sí expresé en mi artículo es precisamente que NO SOLO debemos considerar ese título. La experiencia a mi derredor me ha demostrado la pobreza de hacerlo. Negar la realidad no es algo que haya aprendido en la Iglesia. Agradezco desde ya tus consejos y no me cabe duda de que son bien intencionados. Mi obispo y mi Presidente de Estaca están entre los primeros que reciben las actualizaciones de mi blog. Pero algo dejaré en claro: Mi religión me importa demasiado para dejarla UNICAMENTE en manos de las Autoridades. Creo que todos los miembros debemos opinar y disentir cuando no estamos de acuerdo en algo. Gracias a ello tenemos modificaciones en las ceremonias del Templo, los hermanos de color poseen el sacerdocio y las hermanas dan oraciones en las Conferencias Generales. Las propias Autoridades tienen diferencias de opinión sobre múltiples asuntos y no he visto que ninguno de ellos fuese destruido por un rayo desde los cielos. Si analizas un poco nuestra historia encontrarás muchos ejemplos… Un cariño.

      Mario R. Montani

    • Edwin Ticona dice:

      Freddy, no conoces a Mario, si dedicaras un poco más de tiempo para leer los artículos de este blog, estoy seguro que al cerrar la ventana, serás una persona con un criterio formado (o en proceso de formación). El hno. Mario Montani tiene mucha más experiencia de lo que tu o yo (ni siquiera juntos) tendríamos.

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