“NO ES BUENO QUE DIOS ESTÉ SOLO…” (La Doctrina Trinitaria y el Evangelio Restaurado)

DOCTRINA

     Deidad

“NO ES BUENO QUE DIOS ESTÉ SOLO…”

(La Doctrina Trinitaria y el Evangelio Restaurado)

Por Mario R. Montani

trinidad

La original frase que da título al presente ensayo, parafraseando el segundo capítulo del Génesis, “pues no es bueno que el hombre esté solo…” fue escrita por el católico inglés Gilbert K. Chesterton en 1908 (Orthodoxy, Cap. 8) como una defensa de la doctrina trinitaria.

Desde la antigüedad, las tríadas de dioses han sido una constante en la tradición religiosa. Los egipcios adoraban en Menfis a Pta, Sejmet y Nefertem, en Tebas a Amón, Mut y Jonsu, más adelante a Osiris, Isis y Horus y a algunas agrupaciones ternarias menores como Knef, Fre y Ftah. Los sumerios tenían a An, Enlil y Ereshkigal y los nabateos a Baalshamin, Aglibol y Malakbel.

En el caso de las mitologías indoeuropeas, los celtas reverenciaban a Esus, Tutatis y Tarnisen, los nórdicos a Odín, Thor y Freia. Los helenos iniciaban su Teogonía con Urano, Gea y Eros para luego dar paso a Zeus, Poseidón y Hades. Los persas tuvieron a Varuna, Indra y Naatya y la Trimurti o trinidad hindú está compuesta por Brahma, Shiva y Vishnú. En América, los Mayas adoraban a Hunab-Ku, Ix Axal Uch e Itzamná y los Aztecas, a Ometecutli, Omecihuatl y Quetzalcóatl.

En muchos casos se trataba de un dios, una diosa y su hijo varón, que era quien interactuaba con los humanos. En otros, la tríada era totalmente masculina y las esposas, aunque existían, quedaban fuera de ella.

Los estudiosos de religiones comparadas han señalado la pervivencia de esta característica en las más remotas culturas y han propuesto diferentes soluciones para el enigma: desde la predilección por el número mágico 3, a la división de la sociedad en tres roles o castas (sacerdotes, guerreros y trabajadores) con su equivalencia en el respectivo panteón de sus divinidades, y hasta la posibilidad de una verdad revelada ab origine que luego fue tomando características y colores locales en cada sociedad.

Llamaré tríadas a estas agrupaciones de dioses y reservaré el título de Trinidad para referirme a los conceptos teológicos dentro del Cristianismo, que ya son de por sí bastante confusos y pasibles de equívocos, como lo demuestra la siguiente historia de la Disputa entre Griegos y Romanos:

“Sucedió una vez que los romanos, que carecían de leyes para su gobierno, fueron a pedirlas a los griegos, que sí las tenían. Éstos les respondieron que no merecían poseerlas,  ni las podrían entender, puesto que su saber era tan escaso. Pero que si insistían en conocer y usar estas leyes, antes les convendría disputar con sus sabios, para ver si las entendían y merecían llevarlas: dieron como excusa una gentil respuesta.

Respondieron los romanos que aceptaban de buen grado y firmaron un convenio para el encuentro. Como no entendían sus respectivos lenguajes, se acordó que disputasen por señas y fijaron públicamente el día de la reunión.

Los romanos quedaron muy preocupados, sin saber qué hacer, porque no eran letrados y temían el vasto saber de los doctores griegos. Así cavilaban cuando un ciudadano dijo que eligieran a un rústico y que hiciera con la mano las señas que Dios le diese a entender: fue un sano consejo. Buscaron un rústico muy astuto y le dijeron: ‘Tenemos un convenio con los griegos para disputar por señas: pide lo que quieras y te lo daremos, socórrenos en este encuentro’.

Lo vistieron con muy ricos paños de gran valor, como si fuera doctor en filosofía. Subió a una alta cátedra y dijo con fanfarronería: ‘De hoy en más vengan los griegos con toda su porfía’. Llegó allí un griego, doctor sobresaliente, alabado, y escogido entre todos los griegos. Subió a otra cátedra, ante todo el pueblo reunido. Comenzaron sus señas como se había acordado.

Levantose el griego, sosegado, con calma, y mostró sólo un dedo, el que está cerca del pulgar; luego se sentó en su mismo sitio. Levantose el rústico, bravucón y con malas pulgas, mostró tres dedos tendidos hacia el griego, el pulgar y otros dos retenidos en forma de arpón y encogidos. Se sentó el necio mirando sus vestiduras.

Levantose el griego, tendió la palma llana y se sentó luego plácidamente. Levantose el rústico con su simpleza  y  mostró el puño cerrado.

A todos los de Grecia dijo el sabio: ‘ Los romanos merecen las leyes, no se las niego’. Levantáronse todos en sosiego y paz. Gran honra proporcionó a Roma el rústico villano.

Preguntaron al griego qué fue lo que dijera por señas al romano y qué le respondió éste. Dijo: ‘Yo dije que hay un Dios y el romano me respondió que era uno en tres personas y tal seña me hizo. Yo le dije que todo estaba bajo su voluntad. Respondió que en su poder estábamos y dijo verdad. Cuando vi que entendían y creían en la Trinidad, comprendí que merecían las leyes’.

Preguntaron al rústico cuáles habían sido sus ocurrencias: ‘Me dijo que con un dedo me quebraría el ojo: tuve gran pesar e ira. Le respondí con saña, con cólera y con indignación que yo le quebraría, ante toda la gente, los ojos con dos dedos y los dientes con el pulgar. Me dijo después de esto que le prestara atención, que me daría tal palmada que los oídos me vibrarían. Yo le respondí que le daría tal puñetazo que en toda su vida no llegaría a vengarse. Cuando vio que la pelea era tan despareja dejó de amenazar a quien no le temía’.”(La historia es muy antigua y se ha contado de diversas maneras. Para quienes deseen una versión más auténtica he colocado al final del texto la de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, en su “Libro del Buen Amor”, mucho más rica aunque con la dificultad del castellano medieval)

 

El sacerdote y teólogo católico Hans Kung en su obra “Credo. El Símbolo de los Apóstoles explicado al hombre de nuestro tiempo”, 1995, Trotta, Madrid, pag. 152, ha declarado:

“La investigación histórica aporta, en efecto, un resultado curioso: la palabra griega trias aparece por primera vez en el siglo II (en el apologista Teófilo), el término latino trinitas, en el siglo III (en el africano Tertuliano), la doctrina clásica trinitaria de “una naturaleza divina en tres personas”, no antes de finales del siglo IV (formulada por los tres padres capadocios Basilio, Gregorio Nacianceno y Gregorio de Nisa)…Ahora bien, nadie que lea el Nuevo Testamento puede negar que en él se habla siempre del Padre, Hijo y Espíritu; no en vano reza la fórmula litúrgica bautismal del evangelio de Mateo: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Pero la totalidad de la cuestión es saber cómo están relacionados entre sí el Padre, el Hijo y el Espíritu… Y, curiosamente, en todo el Nuevo Testamento no hay un solo pasaje donde se diga que Padre, Hijo y Espíritu son “de la misma esencia”, o sea, que poseen una sola naturaleza común (physis, sustancia)… Nos daremos cuenta en seguida de que, en el Nuevo Testamento, Padre, Hijo y Espíritu Santo son tres magnitudes muy diferentes que no aparecen meramente identificadas, de modo esquemático-ontológico, a una naturaleza divina. Y de un “misterio central” o de un “dogma fundamental”, según el cual tres personas divinas, tienen en común “una naturaleza divina”,  Jesús no dice absolutamente nada

De modo que, para comprender lo que estaba ocurriendo, deberemos analizar más de cerca los siglos III y IV de nuestra era. Los primeros cristianos se movían dentro de un ambiente cultural romano altamente helenizado. Los moldes judíos en que se habían gestado las enseñanzas de Cristo eran poco comprensibles y rústicos para dicha cultura, de modo que no es raro que los denominados “padres” de la Iglesia, y aún algunos de los evangelistas, hayan intentado mediar de modo que el mensaje fuese más inteligible para sus nuevas audiencias gentiles.

Algunas de las corrientes neoplatónicas existentes ya proponían el principio de la unidad absoluta, lo Uno, o realidad suprema. Por emanación se desprendían todas las demás realidades. El primer ser emanado del Uno era el Logos, también denominado Verbo o Inteligencia, que contenía las ideas de las cosas posibles. A su vez, la Inteligencia engendraba el Alma (Anima Mundi), principio que animaba y gobernaba la materia y el mundo visible. El Uno, la Inteligencia y el Alma eran las denominadas tres hipóstasis de la Trinidad neoplatónica. Cuando Juan, en su evangelio, identifica a Cristo con el Verbo, la conexión entre ambas doctrinas inició su fusión.

Para proseguir, deberemos tomar nota de la figura de Flavio Valerio Aurelio Constantino, también llamado Constantino I o Constantino, el Grande, emperador romano a partir del año 306. En el 313 promulgaría el Edicto de Milán en el que legalizó la religión cristiana y se le reintegraron a la Iglesia las propiedades confiscadas durante las persecuciones de Diocleciano. En el 330 refundaría la antigua Bizancio (actual Estambul) denominándola Constantinopla (Constantino-polis, la ciudad de Constantino). Preocupado por los disensos dogmáticos dentro de la Iglesia primitiva (aunque él mismo fue recién bautizado en su lecho de muerte) y temiendo que pudiesen desembocar en una fractura del Imperio, convocó a un Concilio, otorgándole el marco político y el espacio físico de su palacio de descanso en Nicea.

Convencido de que era su función como Emperador elegido por Dios evitar las divergencias religiosas (que, en ocasiones, se manifestaban de forma violenta) Constantino convocó a este Concilio de Obispos, proveyendo el alojamiento, comida y viajes de los más de 300 asistentes. El Papa Silvestre I, quien hubiera sido el más indicado para presidir el cónclave, no estuvo presente, pero sí envió a sus representantes, por lo que el propio Constantino, aunque desconocedor de los temas teológicos, dio el discurso inicial y expresó su preocupación por las disputas.

Si bien se trató del primer Concilio Ecuménico por sus características universales, en realidad estaban presentes menos de la tercera parte de los obispos del territorio del Imperio. Los que sí asistieron eran mayoritariamente de habla griega, lo cual condicionó los términos y las filosofías esgrimidas. Entre el 20 de mayo y el 25 de julio de 325 los participantes debatieron.

Algunas de las corrientes teológicas que se habían desarrollado con el paso de los primeros siglos eran: el Subordinacionismo (defendido por Eusebio de Cesarea, Irineo y Clemente de Alejandría) que consideraba a Cristo inferior al Padre, ya que había sido creado por El. El arrianismo (propagado por Arrio de Alejandría) era un grupo dentro del subordinacionismo que había alcanzado muchos adherentes. También estaba el Pneumatomaquismo o Macedonianismo (por Macedonio, Obispo de Constantinopla) que establecía que el Espíritu Santo era inferior al Padre y al Hijo. Luego el Modalismo, una forma de monoteísmo absoluto defendido por Niceto de Esmirna, Práxeas y Sabelio, que aseguraba que Padre, Hijo y Espíritu eran una sola persona con tres diferentes nombres. Finalmente el Patripasianismo (de pater = padre y passus = padecer) que creía que al ser Padre e Hijo la misma persona, el Padre también había padecido y muerto en la cruz.

Los religiosos provenientes de Egipto, embebidos de las ideas platónico-helenistas, tuvieron una gran influencia en el Concilio, aunque las discusiones fueron dirigidas por Osio de Córdoba, un arriano, hombre de confianza del Emperador. La principal controversia era sobre la naturaleza divina de Jesús. Los Nicenos, liderados por Alejandro, Obispo de Alejandría, y su discípulo Atanasio, defendían que Cristo tenía una doble naturaleza, humana y divina, por lo que el Salvador era verdadero Dios y verdadero Hombre. En cambio los Arrianos, encabezados por Eusebio de Nicomedia y el propio Presbítero Arrio, afirmaban que Cristo había sido la primera creación de Dios y, por tanto, no era Dios mismo.

Si se utilizaba la fórmula 1+1+1=3 se rompía con el monoteísmo tradicional, ya que aparecían tres dioses. En cambio la expresión matemática 1x1x1=1 les parecía más aceptable.

Además de Nicenos y Arrianos existía un tercer grupo, al cual el católico J.N.D. Kelly ha denominado “el gran partido conservador del medio”, que enseñaba la existencia de tres personajes divinos “separados en rango y gloria pero unidos en una armonía de su voluntad” (los mormones podríamos haber estado bastante de acuerdo con ellos).

Debido a que los Nicenos manejaron muy bien las palabras de la declaración, el partido del medio no pudo encontrar motivos para rechazarla, pero sí para oponerse a Arrio, por lo que la mayoría estuvo asegurada. Conceptos como “sustancia”, “naturaleza” y “persona” pasaron a ser analizados y redefinidos filosóficamente.

Tal como lo expresa John L. McKenzie:

“La trinidad de personas dentro de la unidad de naturaleza se define en términos de ‘personas’ y ‘naturaleza’, los cuales son términos filosóficos griegos; en realidad estos términos no aparecen en la Biblia. Las definiciones trinitarias surgieron como resultado de largas controversias en las cuales ciertos teólogos aplicaron erróneamente a Dios estos términos y otros, tales como ‘esencia’ y ‘sustancia’. (John L. McKenzie, S.J., Dictionary of the Bible, Nueva York, 1965, pag. 899)

El debate, aunque no tan confuso como la risueña contienda entre griegos y romanos, culminó con la aprobación de la propuesta de los Alejandrinos y el exilio de Arrio.

Como lo declara la propia New Catholic Encyclopedia: “La formulación ‘un solo Dios en tres Personas’ no quedó firmemente establecida, y ciertamente no se asimiló por completo en la vida cristiana ni en su confesión de fe, antes del fin del siglo IV. Pero es precisamente esta formulación la que originalmente reclama el título de dogma trinitario. Entre los Padres Apostólicos no había existido nada que siquiera remotamente se acercara a tal mentalidad o perspectiva”. (New Catholic Encyclopedia, 1967, tomo XIV, pag. 299)

El arrianismo fue declarado herejía. Finalmente, Arrio y varios de sus seguidores fueron excomulgados y sus escritos quemados, siendo su conservación motivo de condena a muerte. No obstante, la corriente arriana se mantuvo popular entre los pueblos germánicos. Arrio murió en circunstancias confusas (probablemente envenenado) en el año 336, el día antes de volver a ser admitido en la Iglesia. Al año siguiente, cuando Constantino pidió ser bautizado en su lecho de muerte, la ordenanza la realizó Eusebio de Nicomedia, un obispo arriano, lo que muestra los vaivenes de la historia y las ideas. Para entonces el desterrado era el anti arriano Atanasio de Alejandría.

“El camino que llevó de Jerusalén a Nicea difícilmente fue recto. El trinitarismo del siglo IV no reflejó con exactitud la enseñanza del cristianismo primitivo respecto a la naturaleza de Dios; manifestó, al contrario, un desvío de esta enseñanza” (The Encyclopedia Americana, 1956, Tomo XXVII, pag. 294)

“La doctrina de la Trinidad no formó parte de la predicación de los apóstoles como se encuentra en el Nuevo Testamento” (Ian Henderson, Encyclopedia International, University of Glasgow, 1969, pag. 226)

“Para Jesús y Pablo la doctrina de la trinidad era aparentemente desconocida. No dicen nada acerca de ella” (Origin and Evolution of Religion, Washburn Hopkins, Universidad de Yale)

Si bien en Nicea se promulgó una declaración, no fue fácilmente aceptada por las iglesias orientales y se modificó en varias ocasiones. En el Concilio de Constantinopla (año 381) recién se incorporó la figura del Espíritu Santo, como proveniente del Padre, e integrante de la Trinidad.

En el Concilio de Toledo (año 397) se añadió al Credo el término “filioque” indicando que el Espíritu procedía no solo del Padre sino también del Hijo. Este fue uno de los motivos doctrinales que se sumó a las diferencias entre Oriente y Occidente y que acabaría en un cisma.

Durante la Reforma, la mayoría de las iglesias Protestantes continuó aceptando la doctrina Trinitaria de Nicea y sus modificaciones por considerar que las desviaciones teológicas y prácticas de la Iglesia Católica habían sido posteriores a los Concilios.

No obstante, existen hoy varias denominaciones cristianas que no aceptan la declaración Trinitaria por diversos motivos. Entre ellos las Iglesias Unitarias, los Testigos de Jehová y los Pentecostales Unicitarios, las Congregaciones de Cristianos Bíblicos y los Cristodelfianos.

¿Son los mormones trinitarios?

La respuesta a esta pregunta final admite tanto un “sí” como un “no”. Nuestro Primer Artículo de Fe declara: “Creemos en Dios, el Eterno Padre, y en su Hijo, Jesucristo y en el Espíritu Santo”. Por lo que podríamos decir que sí, creemos en una trinidad. Pero en realidad, no creemos en la Trinidad de Nicea ni en sus posteriores modificaciones. Para nosotros: “El Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino es un personaje de Espíritu. De no ser así, el Espíritu Santo no podría morar en nosotros.” (D.yC. 130:22). Creemos también en la paternidad literal del Padre, como creador de nuestros espíritus, y en nuestra fraternidad con el Salvador.

Para citar un ejemplo de situaciones doctrinales que la propuesta trinitaria no logra explicar me remito a Marcos 13:32, donde el Salvador habla sobre su futura Venida: “Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre”.

La pregunta es: ¿cómo puede un Dios único, de una misma esencia y una misma sustancia ignorar parcialmente lo que otra parte de sí conoce?  Es un misterio…

Anexo

DE LA DISPUTA ENTRE GRIEGOS Y ROMANOS.

Aquí se habla de cómo todo hombre entre sus cuidos se debe alegrar y de la disputa que los griegos y romanos una vez tuvieron.

Palabra es del sabio y la dice Catón,
que hombre a sus cuidos que tiene en corazón,
anteponga placeres y alegre razón,
que la mucha tristeza, mucho pecado pon.

Y porque de buen sentido no puede el hombre reír,
habrá algunas burlas aquí a enxerir:
cada vez que la oyeres no quieras comedir
salvo en la manera del trovar y el decir.

Entiende bien mis dichos y piensa en la sentencia;
no me acontezca contigo como al doctor de Grecia,
con el rival romano y su poca sapiencia,
cuando demandó Roma a Grecia por la ciencia.

Así fue que lo romanos las leyes no tenían,
fuéronlas a demandar a los griegos que las tenían,
respondieron los griegos que no las merecían,
ni las podrían entender, pues que tan poco sabían.

Pero que si las quisieren para por ellas usar,
que antes les convenía con sus sabios disputar,
para ver si las entendían y las merecían llevar:
esta respuesta hermosa daban por excusar.

Respondieron los romanos que les placía de grado:
Para la disputa pusieron pleito firmado;
mas, porque no entendieren el lenguaje no usado,
que disputasen por signos y por señas de letrado.

Pusieron día sabido todos por contender;
fueron romanos en cuita, no sabían que hacer
porque no eran letrados ni podían entender
a los griegos doctores ni a su mucho saber.

Estando en su cuita, dijo un ciudadano
que tomasen un ribaldo, un bellaco romano;
según Dios le demostrase hacer señas con la mano
que tales las hiciese: fuesen consejo sano.

Fueron a un bellaco muy grande y muy ardid;
dijéronle: ¡Nos habemos con griegos en combatir
para disputar por señas; lo que tú quisieres pedir
e nos de dártelo hemos; excúsanos de esta lid!

Vistiéronle muy ricos paños de gran valía,
como si fuese doctor en filosofía;
subió en alta cátedra, dijo con bravuconería:
¡De hoy más vengan los griegos con toda su porfía!

Vino ahí un griego, doctor muy esmerado,
escogido de griegos, entre todos loado
subió en otra cátedra, todo el pueblo juntado,
y comenzó sus señas como era tratado.

Levantose el griego, sosegado, de vagar,
y mostró sólo un dedo que está cerca del pulgar,
luego se asentó en ese mismo lugar;
levantose el ribaldo, bravo, de mal pagar.

Mostró luego tres dedos contra el griego tendidos:
el pulgar con otros dos que con él son contenidos,
en manera de arpón los otros dos encogidos;
asentase el necio, catando sus vestidos.

Levantose el griego, tendió la palma llana
y asentose luego con su memoria sana;
levántase el bellaco con fantasía vana,
mostró puño cerrado: de porfía había gana.

A todos los de Grecia dijo el sabio griego:
¡Merecen los romanos las leyes!, no se las niego.
Levantáronse todos con paz y con sosiego;
gran honra tuvo Roma por un vil andariego.

Preguntaron al griego qué fue lo que dijera
por señas al romano y qué le respondiera.
Yo le dije que hay un Dios; el romano dijo que era
uno en tres personas, y tal seña me hiciera.

Yo le dije que era todo a su voluntad;
Respondió que en su poder tiene el mundo y dice la verdad.
Desde que ví que entienden y creen en la Trinidad,
Entendí que merecieren de leyes eternidad.

Preguntaron al bellaco cuál fuera su antojo;
¡Díjome que con su dedo me quebraría el ojo!
De esto tuve un gran pesar y tomé gran enojo,
respondile con saña, con ira y con cordojo

que yo le quebrantaría ante todas las gentes
con dos dedos los ojos, con el pulgar los dientes;
díjome luego a propósito de esto, que le parase mientes,
que me daría gran palmada en los oídos retinientes.

Yo le respondí que le daría a él una tal puñalada,
que en tiempo de su vida nunca la viese vengada;
desde que vio que la pelea tenía mal aparejada,
dejose de amenazar de no se lo precian nada.

Por esto dice la patraña de la vieja ardida:
No hay mala palabra si no es a mal tenida;
verás que bien es dicha si bien es entendida:
entiende bien mi libro y habrás dueña garrida.

La burla que oyeres no la tengas en vil;
la manera del libro entiéndela sutil
que saber bien y mal, decir encubierto y doñeguil,
tú no fallarás uno de trovadores mil.

Fallarás muchas gracias, no fallarás de nuevo;
remendar bien no sabe todo alfayate nuevo:
a trovar con locura no creas que me muevo,
lo que buen amor dice, con razón te lo pruebo.

El Libro del Buen Amor. Del Arcipreste de Hita. ( Juan Ruiz )

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