Apostillas a “Vestida del Sol…”

DOCTRINA

     Feminismo

Apostillas a “Vestida del Sol, con la Luna debajo de sus

pies…” y algunas reflexiones generales.

Mario R. Montani

Hace una semana atrás cerré mi texto “Vestida del Sol, con la Luna debajo de sus pies…” con el interrogante de cuándo ofrecerían oraciones nuestras hermanas en las Conferencias Generales. La respuesta no tardó en llegar… El sábado 6 de Abril de 2013, Jean S. Stevens, ofreció la oración final de la sesión matutina, rompiendo una tradición de exactamente 183 años, espacio histórico durante el cual las mujeres de la Iglesia se vieron impedidas de hacerlo. Como ha ocurrido en otras ocasiones, los Líderes han preferido mantener un bajo perfil y no hacer demasiadas referencias al hecho. Los diarios del Oeste, en cambio han sido bastante vociferantes en sus titulares, adjudicando el logro al mismo grupo feminista que en diciembre sugirió la asistencia en pantalones a la Reunión Sacramental y que en enero de este año inició la campaña “Dejad a las mujeres orar” (Let women pray), en un claro lenguaje bíblico que remite al pedido de Moisés a Faraón para que dejara libres a los israelitas y que también, oportunamente, usaron los esclavos negros en su búsqueda de libertad (Let my people go). Los voceros de la Iglesia aclararon que la decisión había sido tomada el pasado Diciembre, antes de que la campaña feminista se iniciara, pero no pudieron evitar que se la relacionara con los miles de mensajes en los que el tema se trataba a lo largo de todo el “blogernáculo” mormón femenino durante los últimos años.

“Creo que la Iglesia ha mostrado una actitud compasiva al exponer que las mujeres son realmente importantes y que sus voces y oraciones valen tanto como las de los hombres” ha dicho Amber Whiteley (23 años) de Saint Louis, una de las organizadoras de la campaña.

Yo tampoco puedo evitar expresar mi felicidad y mi agradecimiento personal a las Autoridades que lo han hecho posible. El Señor nos ha dicho “Pedid y recibiréis. Llamad y se os abrirá”. Suele haber un gran grupo que está parado con las manos detrás de la espalda esperando que Dios abra las puertas. Otro grupo más pequeño cree que hay que golpear para que la puerta se abra. En esta ocasión me alegra haber estado allí para golpear, junto a varios más.

Dentro de 30 años, algún joven preguntará “¿Es cierto que alguna vez las mujeres no podían ofrecer oraciones en las Conferencias Generales?” Y la respuesta será: “Sí, es cierto. No sabemos cuándo comenzó esa limitación ni porqué pero ya no existe más, de modo que no debes preocuparte. Todo está bien en Sión”. Cada uno procesará esta novedad como su creencia, su fe y su capacidad lo permita. Alguien dirá: “El Señor escuchó el pedido de las mujeres y dijo a las Autoridades lo que debían hacer”. Otros preferirán: “Las Autoridades escucharon el pedido de las hermanas y le preguntaron al Señor. El Señor no tuvo objeción”. Un grupo razonará: “Las Autoridades vieron que el clima social de la Iglesia había madurado para un cambio y modificaron la política que ya era obsoleta”. No tengo ningún problema en identificar a cualquiera de esos grupos como mis hermanos en la fe.

Deberemos seguir encontrando nuevas maneras de hacer sentir cómodas a nuestras hermanas. Los líderes eclesiásticos deberán levantar sus voces cuando sientan que ese grupo de su rebaño está siendo maltratado y no aceptar y callar cuando viene una directiva creada para otras circunstancias y otras culturas. No hace tantos años, algunos Presidentes de Misión interpretaron que la regla de que los misioneros no deberían almorzar con mujeres solas, debía cumplirse a rajatablas. De pronto toda mujer en la Iglesia, circunstancial o permanentemente sola, sin importar si tuviera 4 años o 89 pasó a ser una “potencial seductora de misioneros”. ¿Se lastimaron los sentimientos de algunas hermanas? Sin duda. Se les hizo sentir que al no tener un hombre en la casa eran “incompletas”. Algunas de ellas, que habían alimentado camadas enteras de misioneros desde que tenían 30 años, ahora, ya con 70,  no podían hacerlo más. Pero la inspiración de la regla primaba y las hermanas terminaban adaptándose como lo habían hecho por los 183 años anteriores. Si un misionero no puede detectar por el Espíritu una situación potencialmente peligrosa para su moral, no creo que esté preparado para discernir quién está en condiciones de bautizarse y quién no.

Como ya lo he dicho en otras ocasiones, creo que hemos cedido en muchas pautas culturales y que no debemos hacerlo más. Recuerdo haber estado en liderismos donde se nos instruía sobre el trato a dar a Autoridades Generales visitantes. Que no debíamos traspasar su espacio personal, que ellos eran aconsejados para no abrazar ni besar a los hermanos. Todos éramos muy prudentes y cumplíamos los requisitos y ayudábamos a los demás a cumplirlos. Pero seamos sinceros: los sudamericanos nos besamos y abrazamos como una sincera y limpia forma de mostrar afecto, sin la menor connotación sexual. ¿No es más lógico que un visitante cambie su percepción de lo que es aceptable afectivamente a pretender que millones modifiquen la suya para adaptarse a él? ¿No sería mejor llenarlo de tantos besos y abrazos que tenga que ir a Lago Salado a decir: “Hermanos, esta regla en Sudamérica no puede aplicarse. La regla debe ser: aprendamos como son las costumbres de cada región y aceptémoslas porque de otro modo ofendemos y alejamos a las personas de nosotros”?

Fue muy cómico leer, en la época del nonagésimo cumpleaños del Presidente Hinckley, los comentarios de algunas publicaciones de Utah, asombradas de que Gladys Knight, una mujer de color, ciertamente atractiva, hubiese traspasado el espacio personal de un varón caucásico mayor para tomar su mano entre las suyas y abrazarlo, un gesto que me pareció conmovedor. El Presidente Hinckley se notó un poco sonrojado pero bastante feliz (¡Bravo Gordon B.!)

Cuando, hace poco más de un año y medio atrás, comencé a subir al hiperespacio algunas reflexiones acumuladas con el paso del tiempo, mi idea era que pudiésemos establecer un diálogo abierto acerca de ellas. Disentir, aprobar, objetar, criticar, mejorar, desarrollar, interpretar, eran acciones que imaginaba posibles en el universo que había planeado para este blog. Es posible que me haya equivocado… El sitio, desde sus humildes comienzos, ha visto incrementadas geométricamente las consultas y lecturas. Eso me ha estimulado a continuarlo, pero la verdadera participación creo que aún no se ha dado. Es muy posible que hayamos confundido fidelidad con silencio. Ha habido breves comentarios, tanto a favor como en contra de algunas posturas, pero no la riqueza que esperaba fomentar… Sería injusto no reconocer a un pequeño grupo de seguidores que ha sido muy coherente en sus propias opiniones y visiones de los diferentes temas. También he recibido un notable cúmulo de mails, de manera externa al blog, de personas que me han agradecido, que se han visto representadas por algún texto, incluyendo hermanos en posiciones de liderismo. Tampoco han faltado algunas duras críticas. Ambas cosas me parecen positivas, pero, lamentablemente, quedan por fuera de la posibilidad de una lectura masiva que los medios modernos permiten y de ser las disparadoras de otras reflexiones sumamente interesantes. Repito: debajo de cada texto hay un espacio para comentarios. Está para utilizarlo. Dichos comentarios serán siempre bien recibidos… Este es un blog personal. A diferencia de la Iglesia, yo no siento la responsabilidad de trabajar con verdades absolutas. Debo equivocarme más veces de las que me doy cuenta. Si algunos me ayudan a detectar esos errores, estaré eternamente agradecido…

7 comentarios el “Apostillas a “Vestida del Sol…”

  1. jpietropaolo dice:

    Excelente el Articulo Hermano Montani.
    Si le sirve de pequeño consuelo use sin su permiso una pequeña parte de la primera entrega de este mensaje para un discurso que comparti en la Iglesia (Como Presidente de Rama) sobre la Importancia de la Mujer……

  2. Walter Iván Cruz dice:

    Estimado hermano Mario: concuerdo con mucho de lo que usted expone en los diversos artículos que he tenido el gran placer de leer. Pero no puedo dejar de mencionar que estas últimas reflexiones sobre nuestras amadas hermanas de Sión me han parecido las más sinceras y claras que se han hecho en cuanto a la condición de ellas en la Iglesia. Me siento agradecido por poder saber que gracias a los comentarios en su blog podemos en verdad usar más nuestras cabezas y razonar en cuanto a la cultura mormona – que existe o debiera existir – y sus diferentes aristas. Cuando razonamos y nos apartamos de las fábulas y tradiciones erróneas podemos comenzar a ver las cosas con mayor claridad. Siempre he estado en contra de dar más importancia a los programas que a las personas. Sé que debe existir un orden y que el actuar y comportarnos de cierta manera nos da un sentido de unidad y uniformidad, pero rechazar a alguien simplemente porque “sus plumas son de diferente color” hace que nos convirtamos, a mi parecer, en guardianes de una ilusión, que no hace más que desunir, herir y marginar. Gracias hermano Mario, y comenzaré no solo a dejar comentarios, sino a invitar a más personas a leerlo y hacer que podamos discutir estos temas en los círculos a los que pertenezcamos.

  3. Valentin Ayala dice:

    Buenas noches hermano Mario, apenas he descubierto su blog…y realmente me ha parecido muy suculento…debo decir que me ha impresionado muy faborablemente…aunque evidentemente algunos razonamientos suyos son meramente eso -razonamientos – estan bien fundamentados y por eso me agradan…sin dogmatismos esteriles…felicidades y siga adelante defendiendo la verdad y la rectitud desde su muy particular trinchera…un abrazo y saludos desde Hermosillo, Sonora, México…

  4. Andres dice:

    Estimado Hermano Mario y demás lectores de este blog:
    Comparto algunos comentarios que tengo en cuanto al trato y al rol de las hermanas en la Iglesia:
    Vivo en Uruguay, y se dan ciertas particularidades, en lo personal trato a las hermanas, o me refiero a ellas según su nombre y apellido ‘de soltera’, y no con el apellido del esposo en el entendido que una mujer al casarse cambia su estado civil pero no su apellido, sin que ello implique en mí, una forma de negar su matrimonio/sellamiento como se me ha dicho en alguna ocasión.
    Con el consentimiento de mi esposa, comparto que ella es hija de padre y madre miembros de la Iglesia, a su madre, cuando estaba separada (no convivía con su esposo), y aun estando divorciada, la trataban por el apellido del esposo lo que en varias ocasiones le trajo inconvenientes, ‘argumentándose’ –por decirlo así-, ante la pregunta ¿Porqué la siguen llamando por el apellido del marido?, y recibiéndose a cambio respuestas tales como: “porque la conocí así”, “sigue estando casada – cuando llevaba años de separada-, y a mi entender aun peor “por si se vuelven a casar” estando ya divorciada, lo comparto a modo de un triste ejemplo muy cercano.
    Creo que si tenemos en cuenta DyC 58:21 “Ninguno quebrante las leyes del país, porque quien guarde las leyes de Dios no tiene necesidad de infringir las leyes del país.” Y el Artículo de Fe 12 donde dice “Creemos… en obedecer, honrar y sostener la ley.”, (Mario tal vez estos dos versículos sueltos deberían ser tema para un post en particular), digo, que si aplicamos estas referencias registradas en nuestros libros canónicos, no podemos llamar a las hermanas por su apellido de casada, ya que estamos alterando el derecho a identidad y llamándolas por un apellido que en ningún documento o registro legal consta, o ¿es que nos resulta una forma ‘inconsciente’ de demostrar que al infringir las leyes del país no estamos en realidad guardando las leyes de Dios?
    Al bendecir una niña, como parte de la ordenanza decimos su nombre completo (nombres y apellidos), y agregamos que será ‘el nombre por el cual será reconocida mientras dure su estadía en la tierra’, o ‘entre los hijos de los hombres’, o expresiones similares; pero, he aquí, que una vez que esa referida niña, ya crecida en años se casa, dejamos de llamarla por su apellido, y con ansias esperamos que ‘adopte’ rápidamente el apellido de su esposo., y me pregunto, ¿será que estamos estimando en nada las palabras pronunciadas en esta ordenanza que la habilita para estar anotada en los registros de la Iglesia?
    Desde mayo de 2013, está aprobada en Uruguay la ley 19075, la que entre otras cosas en su artículo 25, numeral primero establece que:
    “El hijo habido dentro del matrimonio heterosexual llevará como primer apellido el de su padre y como segundo el de su madre. Los padres podrán optar por invertir el orden establecido precedentemente siempre que exista acuerdo entre ellos.”, -esta posibilidad no existía antes de estar en vigencia esta ley-.

    ¿Qué sucederá con el sacerdote del matrimonio que en uso de una potestad legal vigente opte por inscribir a su hija, o hijo, con el apellido de la madre en primer lugar, y en segundo lugar el suyo propio? No conozco aun casos que haya acontecido, pero ¿creeremos que se ve su autoridad para presidir en su familia afectada o disminuída de modo alguno porque como hombre no puso su apellido en primer lugar a su descendencia?, en un caso así, ¿accederemos de ‘buen ánimo’ a llamar a este ser con el apellido de la madre, o persistiremos en llamarlo con el apellido del padre, porque nos parece ‘que así tiene que ser’?, ¿Desconoceremos una vez más el apellido tal cual figura en el documento de identidad del referido?
    El usar el apellido de casada de las hermanas, aparte de ilegal, lo considero una forma de machismo,-imponiendo apellido de esposo por el que ya tenía-, y causa algunos problemas, por ejemplo al estar internada una hermana, y si es que vamos a visitarla, preguntamos por ella con una amable sonrisa diciendo ¿Dónde está internada nombre/ apellido de casada? Y quien nos atiende nos contesta con un NO!, no tenemos a nadie internada con ese nombre, y empezamos a hacer esfuerzos grandes de memoria, o comunicarnos con algún conocido que nos pueda decir cuál era el ‘apellido de soltera’ de la hermana.
    También en los registros de la Iglesia, y reconozco que últimamente el MLS ofrece cierta flexibilidad-, o cuando se anuncia a una hermana para una oración, discurso, llamamiento, reconocimiento, y raras veces agradecimiento, he visto titubear a quien está hablando, al no saber cómo referirse a ella (¿qué digo, el apellido legal o el del esposo?)
    Yendo un poco más allá del apellido, una inequidad que he visto, -que no sé realmente desde cuando está vigente-, es la que un hombre para ser investido no necesita la autorización de su esposa para ese momento, mientras que una hermana sí la necesita de su esposo. ¿Me pregunto porqué no es igual en ambos casos sea tanto que se pida o no autorización al cónyuge.
    Para finalizar una anécdota reciente, el domingo 28/12/14, apartaron a mi esposa en el obispado, como una de las consejeras de la Primaria del barrio, y como es tradición, se nos invitó al resto de la familia y a las líderes de la Primaria a presenciar la ordenanza, tengo dos hijas, y la menor que tiene 8 años fue y se sentó en la silla del Obispo, y le preguntó si se podía sentar ahí , el obispo de buen humor dijo sí, es muy cómoda la silla y añadió que es agotador ser obispo, a lo que yo añadí dirigiéndome a mi hija “quédate ahí sentada y prepárate para cuando tengas que ocupar posiciones de liderazgo y vengan a buscar tu consejo”, hubo algunas risitas leves y algún silencio, ahora bien tanto su madre como yo como padre preferimos ayudarle a preparase para que algún día nuestras hijas tengan responsabilidades de liderazgo, que actualmente están reservadas solamente a los hombres poseedores del sacerdocio.
    Muchas gracias por todo, un abrazo y mis deseos de un muy feliz 2015!!!

    • mormosofia dice:

      Estimado Andres: Gracias por tus iluminadores comentarios. Un propósito original de este blog era que pudiésemos compartir experiencias de este tipo. Y, tienes razón, el tema da para continuar conversándolo, sin necesidad de rebeldías o rencores. Simplemente diciendo cómo nos sentimos con respecto a algunas situaciones. En EEUU es aún peor, ya que quien despose a John Smith, pasará a ser de allí en adelante la Sra de John Smith, sin nombre individual, salvo que por su actividad profesional o artística se destaque. Gracias por contactarte y feliz año para ustedes también

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