VESTIDA DEL SOL, CON LA LUNA DEBAJO DE SUS PIES… Primera Parte

DOCTRINA

     Feminismo

 

“VESTIDA DEL SOL, CON LA LUNA DEBAJO DE SUS

PIES…”

(Reflexiones sobre el rol femenino en la Iglesia de Cristo)

Primera Parte

 

Por Mario R. Montani

Soy mormón. Soy hombre. Soy sacerdote. Soy feminista…

Las declaraciones anteriores son todas verdaderas pero requieren de  cierto análisis. Si entre la primera y la segunda colocásemos un signo de “suma” (+), entonces entre la segunda y la tercera bien podríamos colocar uno de “igualdad” (=). En la Iglesia, ser un miembro varón implica el sacerdocio. Al llegar a cierta edad y bajo algunas condiciones de dignidad, todos los hombres pueden participar de este poder para administrar ordenanzas, oficiar e involucrarse en los asuntos de Dios, siguiendo la afirmación de Cristo “en los asuntos de mi Padre me es conveniente estar”. La última declaración, en cambio, puede significar muchas cosas, por lo que este texto intentará definir, al menos, lo que significa para mí.

Al adentrarnos en el tema seriamente deberíamos analizar nuestras actitudes como pueblo, incluyendo a) lo que decimos que hacemos al respecto, b) lo que realmente hacemos, c) lo que históricamente hemos hecho y d) lo que el Señor desea que hagamos. No siempre han sido, ni son, lo mismo.

Para poner en contexto la actual situación en la Iglesia y darnos cuenta de su gravedad, permítaseme referirme a una reciente entrevista entre el Dr. Phillip Barlow (Director de la Cátedra Arrington sobre Historia y Cultura Mormona en la Universidad del Estado de Utah) y el Elder Marlin K. Jensen (Historiador y Registrador de la Iglesia) en una sesión de preguntas y respuestas en dicha Universidad.

Pregunta: ¿Están los líderes conscientes de que hay gente abandonando masivamente la Iglesia?

Respuesta: “Los quince hombres (La Primera Presidencia y el Quorum de los Doce) están conscientes y se preocupan. También se dan cuenta que tal vez desde Kirtland, jamás hemos tenido un período de, lo llamaré apostasía, como el que estamos teniendo ahora… Estamos sufriendo una pérdida, tanto en términos de nuestros nuevos conversos que ingresan y no logran establecerse en la iglesia, como entre los fieles miembros quienes, por causa de las cosas que hablamos (históricas), así como otras, están perdiendo su fe en el proceso. Es una de nuestras grandes preocupaciones hoy”

Una encuesta realizada en el 2011 a 3000 individuos que se alejaron de la Iglesia mostró que el 47% de ellos mencionaba la situación de la mujer como una causa principal para su alejamiento. Al considerar únicamente mujeres, la cifra ascendía al 63% y al tomar mujeres solteras subía al 70%. Con esos datos en mente me permito abordar el tema. Por una razón cronológica, visualizaremos en primer lugar la perspectiva histórica

La mujer en las Dispensaciones Antiguas

El pueblo israelita, al igual que la mayoría de sus vecinos, era una sociedad fuertemente patriarcal. Los textos eran escritos por hombres, para una audiencia de hombres y sobre actividades de los hombres, de modo que, lo que nos llega sobre las mujeres siempre está mediado y filtrado por esta visión parcial. Debían ser sumisas, no podían heredar tierras ni solicitar un divorcio (los esposos sí, no sólo por causa de infertilidad sino por razones menores como no ser bien atendidos). Esos esposos eran elegidos por sus padres y frente a una disputa legal llevaban todas las de perder. No obstante estas limitaciones, las mujeres se las ingeniaron para no pasar desapercibidas:

“Y Miriam (María en algunas versiones) la profetisa, hermana de Aarón, tomó un pandero en su mano, y todas las mujeres salieron en pos de ella con panderos y danzas”. (Exodo 15:20)

La administración de Aarón, también hermano de Moisés, incluyó algunos momentos de idolatría. La de Miriam, sólo adoración al Señor…

Gobernaba en aquel tiempo a Israel una mujer, Débora, profetisa, mujer de Lapidot; y acostumbraba sentarse bajo la palmera de Débora… y los hijos de Israel subían a ella a juicio” (Jueces 4:4)

Las Escrituras son escuetas, pero además de liberar a Israel del yugo extranjero, junto a Barac, pareciera que Débora dedicaba bastante tiempo a trabajar “fuera de la casa” mientras Lapidot, tal vez, se quedaba “en ella”.

“Entonces fueron el sacerdote Hilcías, y Ahicam, Acbor, Safán y Asaías, a la profetisa Hulda, mujer de Salum hijo de Ticva, hijo de Harhas, guarda de las vestiduras, la cual moraba en Jerusalén en la segunda parte de la ciudad, y hablaron con ella. Y ella les dijo: Así ha dicho Jehová el Dios de Israel…” (2 Reyes 22:14-15)

En esta otra “anomalía” vemos a sacerdotes acudiendo a una mujer para saber la voluntad del Señor. La respuesta, que viene del modo oficial (“Así ha dicho Jehová…”) no tiene que ver con cómo manejar su hogar o con algún aspecto de su mayordomía femenina sino que es una revelación para todo Israel, el pueblo de Dios.

“Acuérdate, Dios mío, de Tobías y de Sanbalat, conforme a estas cosas que hicieron; también acuérdate de Noadías profetisa, y de los otros profetas que procuraban infundirme miedo” (Nehemías 6:14)

Aunque aquí la referencia a Noadías es bastante negativa, no parece haber sorpresa de que una mujer se encontrase entre los “otros profetas”.

“Y me llegué a la profetisa, la cual concibió y dio a luz un hijo. Y me dijo Jehová: Ponle por nombre Maher-salal-hasbaz” (Isaías 8:3)

Podemos racionalizar que este último es un acto simbólico, que las traducciones no son buenas, que era otra época y regían leyes diferentes, pero, en conjunto, el Antiguo Testamento es muy claro.

La mujer en el Meridiano de los Tiempos

El Salvador mostró gran respeto hacia las mujeres y se rodeó de ellas en su vida cotidiana.

“Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada… daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos lo que esperaban la redención en Jerusalén”. (Lucas 2: 36-38)

“Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré a tu casa, y no me diste agua para mis pies: mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso: mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies…” (Lucas 7: 44-46)

“Y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena… Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes” (Lucas 8:2-3)

Sin embargo, más adelante en el Nuevo Testamento, es posible escuchar las reflexiones de Pablo:

“Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación.” (1 Corintios (14:34-35)

“La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en trasgresión. Pero se salvará engendrando hijos, si permaneciere en fe, amor y santificación, con modestia.” (1 Timoteo 2:11-15)

¿Cómo leemos hoy estas últimas declaraciones? Tenemos varias opciones. Una de ellas es la positivista que afirma: “¡Qué bien! Cuánta libertad ha dado Dios a las mujeres en la actualidad comparada con la que tenían en la época de Cristo!… No entiendo de qué se quejan!” Y la otra, a la que adhiero y considero un poco más reflexiva es: “¿Tenía Dios algo que ver con las opiniones de Pablo o éste estaba hablando de las normas sociales y culturales aceptadas en su época? ¿Estará diciendo a las mujeres: sean prudentes y manténgase dentro de los límites que nuestra sociedad (no Dios) puede aceptar?”

No obstante, cuando los Apóstoles buscaron un símbolo para identificar a la Iglesia en sus orígenes, ese símbolo fue una mujer “vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas” (Apocalipsis 12:1)

La mujer en la Apostasía

A lo largo de los siglos IV y V así como en la Edad Media, el concepto de que la historia de Adán y Eva mostraba la capacidad del individuo para escoger libremente fue reemplazado por la idea de que, en realidad, señalaba la inhabilidad del hombre para elegir bien y la culpabilidad extrema de la mujer en sus malas decisiones, por lo que la esposa debería estar sujeta a su esposo como éste lo estaba a las autoridades civiles y eclesiásticas que sabían mejor lo que convenía hacer. Para quien desee profundizar los diferentes usos del paradigma de Adán y Eva a través del tiempo, sugiero la obra de la investigadora Elaine Pagels “Adán, Eva y la Serpiente”, (Editorial Crítica, Barcelona, 1990)

Clemente de Alejandría, quien vivió alrededor del año 180 d.C., opinaba que hombre y mujer “cooperaban con Dios en la obra de la creación”. Pero un par de siglos más tarde esa creencia se había perdido. Gregorio de Nisa explicó que Adán y Eva deberían haber permanecido vírgenes y que Dios habría encontrado un modo no sexual para que se reprodujesen “como los ángeles”. Joviniano, un monje célibe, mostró por las escrituras que el celibato no otorgaba una mayor santidad que el matrimonio, pero Jerónimo, Ambrosio y Agustín lo atacaron y terminó excomulgado por “hereje”.

Tertuliano en De cultu feminarum 1,12 afirma:

“Vosotras sois la puerta del infierno… tú eres la que le convenció a él a quien el diablo no se atrevió a atacar…¿No sabéis que cada una de vosotras es una Eva? La sentencia de Dios sobre vuestro sexo persiste en esta época, la culpa, por necesidad, persiste también”.

Otros grupos, como los gnósticos, rescataban la figura de Eva, considerándola “la perfecta inteligencia primordial” y veían a Adán despertando de un estado de amnesia (lo que nosotros llamaríamos el velo de olvido) para encontrarse con Eva y recibir la iluminación espiritual. Fueron perseguidos por ésta y otras interesantes creencias…

Finalmente triunfó la teología de Agustín de Hipona que veía al matrimonio como “un mal menor”, “una transgresión necesaria para la conservación de la especie únicamente” y se impuso en los siglos por venir.

La mujer en la Restauración

Los inicios de la Restauración del Evangelio fueron revolucionarios con respecto al papel de la mujer. La doctrina inserta en el Libro de Mormón rescató el papel de Eva como partícipe imprescindible en los planes del Padre y engrandeció su figura como integrante de una pareja a la que debíamos honrar como nuestros primeros padres y no denigrar y acusar como pecadores y responsables del actual estado caído. La suya había sido una decisión consciente que ayudó a poner en funcionamiento el Plan de Salvación y gracias a ello pudimos venir al mundo en un estado probatorio.

Eliza R. Snow, con su “madre hay también allí”, abrió un inmenso portal para una teología de lo femenino, compartiendo un trono como Diosa, Esposa y Madre por las eternidades.

Joseph Smith organizó la Sociedad de Socorro, una institución de servicio y hermandad que se autogestionaba y autodirigía.

La selección de himnos encargada por el Señor a Emma Smith implicaba la inclusión de temas doctrinales. Ninguna comisión de hombres la supervisó o corrigió. Tan inspirados se los consideró en su momento que el Quorum de los Doce rechazó al menos dos intentos de modificación del himnario.

En la misma Sección 25 en que recibe la comisión, se le dice a Emma:

“Y serás ordenada por su mano para explicar las Escrituras y para exhortar a la iglesia, de acuerdo con lo que te indique mi Espíritu” (DyC 25:7)

Nuevamente, podemos dar la “explicación actualizada” de que “ordenar” significa en realidad “apartar”, de que “exhortar” tenía otra connotación en el Siglo XIX o de que fue algo excepcional que nunca jamás se repetiría, ya que una mujer no puede ser ordenada ni exhortar pues son prerrogativas del Sacerdocio. Pero las Escrituras están allí para leerlas…Los líderes han hecho hincapié en que nuestro estudio debe ser de los Libros Canónicos y no de las interpretaciones sobre esos libros, por más bien intencionadas que sean. Sin embargo, cada vez con más frecuencia, se nos dice qué es lo que debemos entender cuando leemos. “Las Escrituras no siempre dicen lo que quieren decir”. O sea, Adán y Eva deben otra vez resignar su libre albedrío y escuchar la versión autorizada porque no están capacitados para entender.

En 1842 Joseph Smith organizó the Quorum of Anointed (literalmente, el Quorum de los Ungidos) un grupo selecto formado por aquellos que eran introducidos en las ceremonias iniciatorias mientras el Templo de Nauvoo estaba en construcción. Por lo menos 43 integrantes de ese Quorum eran mujeres y actuaban como sacerdotisas, instruyendo y oficiando en las ordenanzas con otras de su propio sexo. También daban su voto para decidir sobre nuevos integrantes del grupo.

A partir de 1872, con el apoyo de Brigham Young, y bajo la dirección de su sobrina,   se comenzó a publicar The Women’s Exponent, un periódico dedicado a la mujer. En él participaban activamente las líderes de la Sociedad de Socorro y prominentes figuras femeninas. En sus páginas Eliza R. Snow, explicó a las lectoras que “cualquier mujer investida era digna de lavar, ungir e imponer las manos sobre los enfermos para la restauración de la salud”.

Woman's_Exponenet_(September_15,_1880)

Emmeline B. Wells, Presidenta de la Sociedad de Socorro y segunda Directora de The Exponent, observó que las mujeres, en el templo, “oficiaban en su carácter de sacerdotisas”.

En the Young Women’s Journal, que también estaba totalmente a cargo de mujeres, se mencionaba en 1896 que “la esposa de un Setenta poseía el sacerdocio de un Setenta junto con su marido, y compartía sus responsabilidades”.

Desde ambas publicaciones las líderes femeninas lucharon por un rol expansivo dentro de la sociedad. En 1873 en el Exponent podía leerse: “Si hay una mujer en la que el amor por el conocimiento supera todo otro tipo de amor, entonces la esfera indicada por los cielos para esa mujer no es el cuarto de los niños sino la biblioteca, el laboratorio o el observatorio”.

En la biografía de Eliza que Emmeline Wells escribió se lee: “La hermana Eliza nunca está ociosa; siempre se ocupa en alguna tarea por el beneficio de Sión… Miles han recibido bendiciones bajo sus manos en la Casa del Señor y los sagrados templos…”. (la mayoría de las últimas citas han sido tomadas de la extensa investigación de Vella Neil Evans “Empowerment and Mormon Women’s Publications” integrando la edición de Women and Authority de Maxine Hanks)

Entre 1880 y 1919 las mujeres mormonas recibieron la atención y visita de las principales líderes feministas del país que luchaban por el voto de las de su género, ya que en el original Territorio de Deseret habían tenido ese privilegio que luego les fue quitado por el gobierno central. Cuando la enmienda fue aprobada, las Sociedades de Socorro de todo el Oeste lo celebraron en sus reuniones y las publicaciones declararon que finalmente la mujer había adquirido “iguales derechos ante la ley, igualdad de oportunidades, igual pago por igual trabajo e iguales derechos políticos”.

¿Qué está ocurriendo hoy?

Permítaseme, para terminar con las referencias históricas, hablar de lo que he visto a lo largo de mi vida y de mi posición feminista, que excede, aunque incluye, la creencia de que “la mujer es la más maravillosa invención de Dios”.

Por décadas las mujeres han sido una potencia real en nuestra Iglesia. Las he visto educar a generaciones de niños en la Primaria, la Escuela Dominical, las organizaciones de jóvenes y el programa educativo, formando los líderes del ayer, del hoy y del mañana. Las he visto administrar e inspirar eficazmente en la Sociedad de Socorro y otras organizaciones auxiliares. Las he visto asistir a las reuniones con sus niños pulcros y bien vestidos, muchas veces sin esposos, con esposos no miembros, con esposos menos activos, o con esposos demasiado activos en sus llamamientos como para ocuparse apropiadamente de ellas. Las he visto caminando decenas de cuadras; las he visto tomando colectivos solas con las Escrituras en una mano y una hilera de chiquillos propios y ajenos en la otra. Muy recientemente, las he visto conduciendo sus propios vehículos y ayudando a otros a acercarse a la capilla. Sin mi madre no estaría en la Iglesia. Sin mis muchas maestras no sabría lo que es el Evangelio ni estaría escribiendo esta apología de ellas.

Dos días atrás participé de una Reunión Sacramental en la que se celebraba el 171 aniversario de la Sociedad de Socorro. Se inició con dos breves testimonios de las líderes de la organización del Barrio, continuó con el discurso de un misionero sobre la obra misional, y concluyó con un mensaje de un líder del Sacerdocio sobre la importancia de la Sociedad de Socorro y sus beneficios para la mujer. Todo muy lindo. Según la tradición. Supongo que miles de reuniones similares en contenido y características se desarrollaron ese domingo por todo el mundo. Ahora bien ¿Será posible que alguna vez escuchemos a una hija de Dios dar un mensaje final en una reunión supuestamente dedicada a ella? ¿Se ofenderá mucho el Señor si una mujer expresa sus sentimientos, anhelos y vivencias frente a una congregación sin que un hombre deba servirle de mediador y explicarle “cómo es eso de ser mujer”? ¿Se resquebrajarán las estructuras del Sacerdocio si una hermana en el Evangelio nos habla de sus necesidades, sufrimientos, esperanzas y sensibilidades, algo que un varón jamás podrá entender cabalmente a pesar de su inspiración, estudio o buena voluntad? ¿Se subvertiría el orden de los Cielos si invitásemos a la Presidencia de la Sociedad de Socorro a sentarse en el estrado durante esa reunión para que todos las vean y reconozcan?

Lo más preocupante es que hemos educado a nuestras mujeres para no expresarse o para que, cuando lo hagan, sea en aceptables y estandarizados términos masculinos.

Estamos acostumbrados a que, cuando una Autoridad General o un Presidente de Misión viaja con su esposa, le ceda parte del tiempo de su mensaje. ¿Sería inapropiado que un Presidente de Estaca, un Obispo o un miembro del Sumo Consejo tuviese igual oportunidad de ofrecer esa gentileza a su propia esposa? En las ocasiones antedichas, las esposas acompañan a sus esposos en el estrado. ¿Sería posible extender ese privilegio a los líderes locales para que el ocasional visitante observe que no somos una Iglesia “de hombres” y que lo que predicamos sobre la familia se ve reflejado en nuestras reuniones?

Para ilustrar los sentimientos que hemos ayudado a sembrar en nuestras hermanas, quizás sin proponérnoslos, me remitiré a una entrevista con  Chieko Okazaki, quien fuera la única mujer que llegó a integrar las mesas generales de la Primaria, las Mujeres Jóvenes y la Sociedad de Socorro a lo largo de su vida. La hermana Okazaki, educadora de profesión, recordaba los miles de cartas de agradecimiento recibidas de las mujeres de la Iglesia, particularmente después de que comenzara a hablar (bastante antes que las Autoridades) sobre la violencia de género y el mal trato entre las familias SUD. Pero también recordaba otras cartas:

“Una mujer de Texas me decía: ‘Querida Hermana Okazaki. No entiendo cómo llegó a ser Primera Consejera en la Presidencia General de la Sociedad de Socorro. Usted es una mujer que trabaja y sólo tiene dos hijos”. Estaba muy enojada con el hecho de que yo había sido una mujer trabajadora. Le escribí, diciendo: ‘Querida Hermana, le agradezco por haberse tomado el tiempo para escribirme. Pero debo decirle que yo no solicité este puesto’. Nunca obtuve una respuesta… Recibí otra carta después de publicar mi primer libro, Lighten Up. La hermana escribía: ‘Voy a tirar su libro. Le dije a mi esposo que iba a hacerlo y él respondió, ‘No lo arrojes. Yo lo guardaré’. Es debido a que usted jamás menciona a la mujer que se queda en casa’. Yo creo que tampoco mencionaba en él a la mujer que trabaja. De modo que le pedí: ‘No lo tire. Envíemelo y le mandaré un cheque por su costo’. Me respondió: ‘Bueno, lo pensé, volví a hojearlo, y he decidido quedármelo’”. (Entrevista por Gregory A. Prince, 15 de Noviembre 2005, Dialogue Vol. 45 Nº 1, pag. 123. La hermana Okazaki falleció en agosto de 2011)

¿Estamos haciendo algo mal? ¿Estamos entendiendo algo mal? Intentaremos dar algunas respuestas posibles en la segunda parte de este artículo…

 

Un comentario el “VESTIDA DEL SOL, CON LA LUNA DEBAJO DE SUS PIES… Primera Parte

  1. Luis David! dice:

    Interesante articulo, nunca me había puesto a pensar en esta parte: “Estamos acostumbrados a que, cuando una Autoridad General o un Presidente de Misión viaja con su esposa, le ceda parte del tiempo de su mensaje. ¿Sería inapropiado que un Presidente de Estaca, un Obispo o un miembro del Sumo Consejo tuviese igual oportunidad de ofrecer esa gentileza a su propia esposa?” seria algo sumamente bello que podamos tener esa oportunidad sin ser una autoridad general.

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