“1984” Y NUESTROS “AGUJEROS DE LA MEMORIA”

DOCTRINA

     Libre Albedrio

“1984” y nuestros “agujeros de la memoria”

Por Mario R. Montani

En 1949, el inglés Eric Arthur Blair (conocido literariamente como Geroge Orwell, el mismo de “Rebelión en la Granja”) escribió la novela “1984”, un relato opresivo sobre los excesos del poder en el control de las noticias, los discursos y las vidas individuales, sintetizados en el slogan recientemente revivido por la TV de El Gran Hermano Vigila.

Winston, el protagonista principal, trabaja para el Ministerio de la Verdad (Miniver), en el Departamento de Registro. En su cabina, igual a otras miles, recibe modificaciones a realizar en publicaciones del pasado para que coincidan con la visión política vigente. Esto, por supuesto, incluye reediciones constantes de diarios y revistas así como la destrucción de las anteriores versiones en los denominados “agujeros de la memoria”.

“En cuanto se reunían y ordenaban todas las correcciones que había sido necesario introducir en un número determinado del Times, ese número volvía a ser impreso, el ejemplar primitivo se destruía y el ejemplar corregido ocupaba su puesto en el archivo. Este proceso de continua alteración no se aplicaba sólo a los periódicos, sino a los libros, revistas, folletos, carteles, programas, películas, bandas sonoras, historietas para niños, fotografías… es decir, a toda clase de documentación o literatura que pudiera tener algún significado político o ideológico. Diariamente y casi minuto a minuto, el pasado era puesto al día… Toda la historia se convertía en un palimpsesto, raspado y vuelto a escribir con toda la frecuencia necesaria. En ningún caso habría sido posible demostrar la existencia de una falsificación…” (George Orwell, “1984”, Salvat Editores S.A., Bs. Aires, 1971, pag. 41)

Cuando Orwell diseñó su obra, 1984 estaba en un lejano futuro, pero la fecha llegó, y, aunque el mundo en general no parecía tan sombrío como el de la anticipación literaria, algunas prácticas estaban instauradas. Permítanme recordarlo.

Era la Conferencia General de Octubre de 1984. En la sesión del domingo por la mañana, el Elder Ronald E. Poelman, del Primer Quorum de los Setenta, se paró para dar su discurso “El Evangelio y la Iglesia”. El Elder Poelman, integrante del Quorum desde 1978 y graduado en Leyes e Historia por las Universidades del Estado de California, de Utah y Harvard, había servido también como Consejero en la Presidencia General de la Escuela Dominical.

Para algunos observadores, dio uno de los más extraordinarios discursos jamás escuchados en una Conferencia, un llamado a ejercer y defender nuestro Libre Albedrío. Lamentablemente, el discurso, tal como fue dado, no puede encontrarse en las versiones escritas del Ensign o la Liahona, ni en los videocassettes grabados que circularon por el mundo. Tal como ocurría en “1984” el discurso de 1984 fue modificado, regrabado (incluyendo banda sonora con toses, para dar idea de que el Tabernáculo tenía una audiencia real al momento de la nueva grabación) y terminó diciendo algo muy diferente a lo que sugería su contenido original. El canto a la Libertad culminó como una marcha a la Obediencia.

Para comienzos de los años ’80, los video grabadores eran aún muy costosos y se estima que sólo el 10% de los hogares norteamericanos poseían uno. Afortunadamente, algunos estaban en hogares mormones que decidieron grabar la Conferencia para volver a escucharla y, gracias a ellos, la versión original no fue a parar totalmente en “el agujero de la memoria”

No había nada inusual o extremadamente radical en las opiniones de Poelman. Muchos pensadores creen que si hubiesen sido dichas en la época de Joseph Smith no habrían llamado la atención. Otros creyeron escuchar al propio David O. McKay en el púlpito. Quizás la más revolucionaria de las sugerencias (aunque contemplada ampliamente por líderes del pasado) era que, llegado a cierto punto de crecimiento espiritual e intelectual, la Iglesia no ocuparía un lugar tan importante en nuestras vidas.

Los miembros de habla castellana podemos leer íntegramente el discurso en la página 51 de la Liahona de Enero de 1985. Por supuesto que se trata de la segunda versión del discurso. Me he tomado el trabajo de traducir algunos de los párrafos originales y compararlos con la nueva versión. Lo he hecho sólo con los pasajes modificados. El resto del texto es igual en ambos casos o tiene pequeñas y muy sutiles diferencias.

Conferencia Octubre 1984 – En vivo

Versión publicada en Ensign, Liahona y en los videocassettes grabados

Tanto el evangelio de Jesucristo como la Iglesia de Jesucristo son verdaderos y divinos, sin embargo hay una diferencia significativa entre ellos y es importante que esta diferencia sea comprendida Tanto el evangelio de Jesucristo como la Iglesia de Jesucristo son verdaderos y divinos y existe entre ellos una relación esencial que es sumamente importante.
De igual importancia es la comprensión de la relación esencial entre evangelio e Iglesia. Fallar en distinguir entre ambos y en comprender la relación correcta puede conducir a confusión y prioridades mal puestas con expectativas poco realistas y fallidas. Esto, oportunamente, podría resultar en beneficios y bendiciones disminuidas y, en casos extremos, aún en descontento. También nos llevará a alcanzar nuestras metas justas al participar feliz y satisfactoriamente en la Iglesia, evitará el descontento y nos proporcionará grandes bendiciones personales.
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días es una institución divina administrada por el sacerdocio de Dios. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días es el reino de Dios sobre la Tierra administrada por el sacerdocio de Dios.
El evangelio es la substancia del plan divino para la salvación y exaltación personal e individual. La Iglesia es el sistema que provee los medios y recursos para implementar ese plan en la vida de cada individuo El evangelio es el plan divino para la salvación y exaltación personal e individual, mientras que la Iglesia cumple el mandato divino de proporcionar los medios y los recursos necesarios para poner en vigor este plan en la vida de cada persona.
Al aumentar individual y colectivamente nuestro conocimiento, aceptación y aplicación de los principios del evangelio, llegamos a ser menos dependientes de los programas de la Iglesia. Nuestras vidas se centran en el evangelio. Al aumentar individual y colectivamente nuestro conocimiento, aceptación y aplicación de los principios del evangelio, podemos utilizar la Iglesia con mayor eficacia para ayudarnos a centrar cada vez más nuestra vida en el evangelio.
A veces las tradiciones, costumbres, prácticas sociales y preferencias personales de miembros de la Iglesia individuales, pueden, a través de la repetición o uso común, ser mal interpretadas como políticas o procedimientos de la Iglesia.Ocasionalmente, esas tradiciones, costumbres y prácticas pueden ser vistas por algunos como principios eternos del evangelio.

Bajo tales circunstancias aquellos que no se adaptan a estos patrones culturales pueden erróneamente ser considerados poco ortodoxos o aún indignos. De hecho, los eternos principios del evangelio y la Iglesia divinamente inspirada acogen a un amplio espectro de individualidad única y diversidad cultural.

Los principios eternos del evangelio, puestos en práctica a través de la Iglesia divinamente inspirada, se aplican a una gran diversidad de personas en muchas culturas diferentes.
El cumplimiento que requiramos debe estar de acuerdo con las normas de Dios. Por lo tanto, al vivir el evangelio y participar en la Iglesia, el cumplimiento que requiramos de nosotros mismos y de otros debe estar sujeto a las normas de Dios
La ortodoxia en la que insistamos debe estar basada en los principios fundamentales y leyes eternas, incluyendo el libre albedrio y la divina característica única del individuo La ortodoxia en la que insistamos debe estar basada en los principios fundamentales, las leyes eternas y la dirección que dan aquellos que tienen autoridad en la Iglesia.
Es importante por consiguiente conocer la diferencia entre principios eternos del evangelio que no cambian, de aplicación universal, y las normas culturales que pueden variar con el tiempo y las circunstancias.
La fuente para esta perspectiva  se encuentra en las escrituras y puede parecer que está presentada de forma desorganizada y desprolija. El Señor podría habernos presentado el evangelio en un manual, organizado sistemáticamente por tema, tal vez usando ejemplos e ilustraciones. Sin embargo los eternos principios y divinas leyes de Dios nos son reveladas por medio del relato de vidas individuales en una variedad de circunstancias y condiciones. A través del estudio y la meditación de las Escrituras, obtenemos la perspectiva correcta.
En las escrituras descubrimos que se  utilizan diferentes formas, procedimientos, reglamentos y ceremonias institucionales, todos los cuales fueron divinamente establecidos con el fin de implantar los principios eternos. Las prácticas y los procedimientos cambian, pero los principios no. En las escrituras descubrimos que se han utilizado diferentes formas, procedimientos, reglamentos y ceremonias institucionales, todos los cuales fueron divinamente establecidos con el fin de implantar los principios eternos. Las prácticas y los procedimientos cambian, pero los principios no.
Por medio del estudio de las escrituras podemos aprender principios eternos y cómo distinguirlos y relacionarlos con los recursos institucionales.
Todo miembro de la Iglesia tiene no sólo la oportunidad, el derecho y el privilegio de recibir un testimonio personal con respecto a los principios del evangelio y las prácticas de la Iglesia, sino también la necesidad y obligación de obtener tal seguridad ejercitando su libre albedrío y, por tanto, cumpliendo uno de los propósitos de su probación mortal. Todo miembro de la Iglesia tiene la oportunidad, el derecho y el privilegio de recibir un testimonio personal con respecto a los principios del evangelio y las prácticas de la Iglesia
De hecho, no es suficiente con obedecer los mandamientos y seguir los consejos de los líderes de la Iglesia… Debemos obedecer los mandamientos y seguir los consejos de los líderes de la Iglesia…
Cuando comprendemos la diferencia entre el evangelio y la Iglesia y la función apropiada de cada uno de ellos en nuestras vidas es más posible que hagamos las cosas correctas pos las razones correctas. Cuando vemos la armonía entre el evangelio y la Iglesia en nuestra vida diaria es más posible que hagamos las cosas correctas por las razones correctas.
 La disciplina institucional será reemplazada por la auto disciplina
La supervisión será reemplazada por la justa iniciativa propia y un sentido de nuestra divina responsabilidad.  Pondremos en práctica la autodisciplina y la iniciativa justa, guiados por los líderes de la Iglesia y el sentido de nuestra responsabilidad divina.
La Iglesia nos ayuda en nuestro esfuerzo por utilizar con ingenio nuestro libre albedrio, no para inventar nuestros propios valores y principios sino para descubrir y adoptar  las verdades eternas del evangelio. La Iglesia nos ayuda en nuestro esfuerzo por utilizar con ingenio nuestro libre albedrio, no para inventor  valores, principios e interpretaciones propios sino para aprender y vivir las verdades eternas del evangelio.

 

Muchos han creído que el discurso debería haber cambiado su título de “El Evangelio y la Iglesia” a “El Evangelio es la Iglesia”. Ese cambio es tan absurdo como afirmar que el cartero es la carta o el muchacho del delivery es la pizza.

Newell L. Jackson en su artículo “An Echo from the Foothills: to marshal the forces of reason” (Dialogue 19 Nº 1, pag. 27) hace incapié en que el discurso no fue simplemente editado sino totalmente tergiversado, cumpliendo el propósito de desenfatizar el principio del libre albedrío y sobreenfatizar el de la obediencia cuando ambos deberían coexistir en un sano equilibrio.

El Elder Poelman falleció en noviembre de 2011, a los 83 años, después de ser dispensado de la actividad con el estatus de Autoridad Emérita a los 70.  Antes de eso llegó a formar parte de la Presidencia del Quorum de los Setenta.

Si bien los rumores de disculpa pública o retiro inmediato como Autoridad Emérita fueron exagerados, la reformulación del discurso aceptada por el propio Poelman parece haber tenido en cuenta el probable mal uso de sus conceptos por grupos apóstatas. De todos modos esta censura, o autocensura, hubiese pasado bastante desapercibida de no ser por las video-grabadoras y habría terminado en “el agujero de la memoria”. Afortunadamente el 1984 real tenía una “vuelta de tuerca” que el autor de “1984” no había imaginado.

Esta entrada fue publicada en Doctrina.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s