OTRAS HISTORIAS DE J.GOLDEN KIMBALL

Perfiles

OTRAS HISTORIAS DE J.GOLDEN KIMBALL

Por Mario R. Montani

“Papá era un hombre maravilloso, un gran líder. Tenía 43 esposas, 46 hijos y 22 hijas. Nunca le mencionaba esas cifras a Mamá y, por supuesto, yo tampoco.”

“Cuando salí a la misión no sabía mucho del evangelio. De hecho, era un completo ignorante. Creía que las epístolas eran las esposas de los apóstoles”.

Este “cow-boy” mormón, altísimo, muy delgado y de voz estridente y aguda comenzó su discurso en una conferencia de Estaca diciendo: “Hermanos y Hermanas, ¿cuántos de ustedes han leído el capítulo 17 de Marcos en el Nuevo Testamento?”  Varias manos se levantaron y él continuó: “Bien, a ustedes va dirigido mi mensaje de hoy… ¡Sólo existen 16 capítulos en Marcos y mi sermón será sobre los mentirosos e hipócritas!…”

Habiendo sido toda su vida un ferviente Demócrata, ingresó accidentalmente en el Assembly Hall de la Manzana del Templo sin saber que allí se desarrollaba una convención de los Republicanos. Avergonzado, estaba a punto de retirarse cuando el Apóstol y Senador Republicano Reed Smoot lo vió y anunció: “Nos alegramos de ver que el Hermano Kimball ha recapacitado y lo invitamos a ofrecer la oración inicial”. “Oh, no lo creo, Reed”, respondió el Setenta, “Me iba a quedar pero siempre que el Señor no supiera que estoy aquí.  Ahora deberé retirarme”.

Hugh B. Brown relataba en un discurso pronunciado el 20 de Febrero de 1968: “Recuerdo lo que dijo J.Golden Kimball cuando visitó la Estaca que yo presidía por entonces. Lo introduje como el ‘Will Rogers’ de la Iglesia, y conté a la congregación que él era un gran humorista. Cuando se paró les dijo: ‘¿Saben? Yo creo que al Señor mismo le gusta un chiste de vez en cuando… ¡si no fuera así no los habría creado a algunos de ustedes!’”.

Siendo el disertante final en una conferencia regional, quien le precedía en el uso de la palabra se extendió de los límites asignados. Además el mensaje previo versaba sobre las señales antes de la Segunda Venida y el hermano se detenía en pasajes bastante morbosos sobre calamidades y enfermedades y “ojos saliendo de sus cuencas” y “gusanos carcomiendo las carnes”. Cuando, por fin, finalizó, J. Golden, bastante molesto, se paró y declaró: “Bien, hermanos, sólo nos queda una cosa por hacer… vayamos a nuestras casas y suicidémonos!”. Acto seguido, se sentó.

Ya nos referimos en un texto anterior a las dificultades del Elder Kimball con la observancia de la Palabra de Sabiduría. Cuando escuchó que el Presidente Grant estaba modificando el énfasis sobre el asunto y convirtiéndolo en un mandato obligatorio, fue a verlo y le dijo: “¡Por todos los infiernos, Heber! ¿Qué estás haciendo? Ya sabes mi problema con esto…”. El Presidente Grant le respondió: “Bueno, Golden, haz lo mejor que puedas”.

Más adelante diría: “Bien, ya tengo el problema casi resuelto. Estoy cumpliendo 80 ahora, y en algunos años más, creo que lo tendré completamente bajo control”.

“Si no fuera por mi sobrino, Ranch Kimball, sería mucho más fácil para mi vencer el hábito de tomar café… de vez en cuando, si el día es lindo, conducimos hasta City Creek Canyon y subimos hasta la cumbre. No hay nadie allí, sólo nosotros. De modo que nos sentamos y Ranch pone una cafetera en el fuego. Cuando está listo, llena dos jarras de latón, y, allí sentados, tomamos café y recordamos cosas… Un día Ranch me miró y dijo, ‘Tío Golden, ¿no te molesta estar aquí conmigo tomando café siendo una Autoridad General?”. Yo le contesté, ‘Por todos los infiernos, no’. Y él me preguntó, ‘¿por qué no?’. Le dije: ‘Es muy simple, Ranch; la sección 89 no se aplica a esta altura sobre el nivel del mar…’”

Viajando a una conferencia con el nuevo Superintendente de la Escuela Dominical, David O. McKay, en un día invernal, llegaron a Brigham City a las 8 de la mañana. Hacía mucho frío y Golden estaba helado hasta los huesos… Se volvió al Hermano McKay y le dijo: “Por qué no tomamos un pequeño desayuno; aún tenemos una hora y hoy no es domingo de ayuno”. Al hermano McKay le pareció una buena idea. Cuando entraron al restaurant, no había nadie más allí. La camarera se acercó a la mesa y preguntó: “¿qué puedo ofrecerles, caballeros?”. Según el Tio Golden, el Hermano McKay dejó escapar un: “Bien, algo de tocino con huevos y dos tazas de chocolate caliente, por favor”. Golden casi muere: eso no era lo que tenía en mente.

Pero en unos minutos, una idea se le ocurrió. Mencionó que debía ir al baño y se metió en la cocina. Identificó a la camarera y le dijo: “Escúcheme, ¿le molestaría poner un poco de café en mi chocolate caliente, por favor?” Ella contestó que no, que no sería un problema (parece que hacían continuamente eso en Brigham City).

El Hermano Kimball lavó sus manos y regresó a la mesa. En unos minutos la camarera se acercó con el pedido. Después de servir el tocino con huevos preguntó: “¿Cuál de ustedes es el que quería café en el chocolate caliente?” Un poco nervioso, el Tio Golden la miró y dijo: “Bueno, que diablos, ponga un poco en ambos!”

Se cuenta que, en una reunión de la Sociedad de Socorro a la que había sido invitado como orador, surgió la reiterada pregunta de si las hermanas estarían obligadas a vivir con sus esposos en el mundo venidero cuando éstos no habían sido demasiado buenos con ellas. Kimball cortó la discusión declarando: “No sé mucho sobre este asunto del matrimonio eterno. Pero a mi me parece que si no pueden vivir con esos hijos de perra sobre la tierra, el Señor no las obligará a vivir con ellos en el cielo”.

También fue invitado a una unidad que estaba teniendo algunos problemas de conducta con sus jóvenes, para que los llamara al orden. Terminó su mensaje diciendo: “No se preocupen por los jóvenes. Ellos encontrarán su camino en la vida… A los que deben vigilar es a estos bastardos viejos y pelados que están sentados detrás de mí en el estrado!!”.

“Cuando viajo sólo a las conferencias – solía quejarse Heber J. Grant – me espera únicamente el presidente de estaca. Si llevo a Golden conmigo hay multitudes en la estación de trenes”.

Larry Christensen relató esta historia: “Mi madre es Velma Andersen Christensen, y tiene 90 años. Mientras la visitaba en Toquervill, Utah en Agosto de 2008, mencioné el nombre de J. Golden Kimball y ella inmediatamente me contó lo siguiente: sus padres, Otto Anderson y Vera Christensen Anderson de Venice, Utah, tenían dos hijas y seis hijos. Por entonces vivian en Elsinore, Utah y su segundo hijo, Kendon, había nacido recientemente – transcurría el otoño de 1922 – y se enfermó gravemente. Vera no encontraba ningún tipo de alimento que lograra mantener en su estómago.

J. Golden Kimball era la Autoridad que los visitaba para una Conferencia de Estaca. Vera solicitó una bendición especial para su hijito y el Elder Kimball no tuvo objeciones. En esa humilde pero ferviente bendición, el Elder Kimball aseguró a Vera que ella encontraría un alimento que su hijo pudiera digerir, y más aún, le prometió que tendría muchos otros hijos en el futuro.

Vera fue hasta un negocio cercano y explicó su problema al dependiente. El recordó que acababan de recibir una nueva marca de alimento para bebés y le sugirió que lo probara con su hijo. Compró el producto, Kendon pudo tolerarlo y creció sin problemas. De hecho, aún vive en Salem, Utah.

Vera y Otto tuvieron otros cuatro hijos varones después del tio Ken y siempre recordaron y atesoraron estas bendiciones y promesas del Señor a través de J. Golden Kimball”.

 

Esta entrada fue publicada en Perfiles.

5 comentarios el “OTRAS HISTORIAS DE J.GOLDEN KIMBALL

  1. ximena dice:

    me encanto leer esto creo que el tío Kimball era genial!!!

  2. EMA dice:

    FEA HISTORIA NO TIENE J

  3. JAJAJA dice:

    JAJAJAJAJAJAJJJJJJJJJJJJJAAAAAAAAAAAAAAAAAAAJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAJJJJJJJA

  4. Javier dice:

    Me llama la atención el final… creo que realmente era un hombre transparente, sin dos partes,solo era él, sincero de una manera muy estridente y que su forma nada refinada lo llevaba a enfrentar la formas santurronas que muchas veces se dan en nuestra cultura. Totalmente genuino y leal a él mismo y a Dios, sin mascaras…

  5. Moisés Ferreira dice:

    Es una lastima que ya no se puede ser irónico, ni espontaneo en la iglesia, ni compartir el humor negro que nace. Estoy seguro que si hubieran más personas sinceras y espontaneas como el Elder Kimball dirigiendo la iglesia, sobretodo en las unidades, nuestras capillas estarían llenas.

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