J.GOLDEN KIMBALL, “La Autoridad Maldiciente”

HISTORIA

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J.Golden Kimball

“La Autoridad Maldiciente”

Jonathan Golden Kimball (1853-1938), conocido como J. Golden Kimball y popularmente como “el tío Golden” o “La Autoridad Maldiciente” fue un importante líder de la Iglesia que integró el Primer Consejo de los Setenta desde 1892 hasta su muerte.  Debido a su lenguaje colorido y llano, su picardía y conocimiento de las experiencias de los colonos en Utah, ha pasado a ser una de las Autoridades Generales más amadas, recordadas y citadas entre los miembros de origen norteamericano, para quienes es casi una leyenda.

J. Golden perteneció a la primera generación de mormones nacidos en el nuevo territorio después del éxodo de 1847. Era uno de los 65 hijos de Heber C. Kimball, Apóstol de la Iglesia y polígamo practicante. Al morir su padre cuando sólo contaba 15 años, debió abandonar los estudios y ayudar a la familia. Fue arriero de mulas, vaquero y leñador, en ambientes rústicos que, sin duda, le ayudaron a adquirir su pintoresco lenguaje.

Después de dos años de preparación en la Academia Brigham Young, en Provo, donde obtuvo diplomas de Tenedor de Libros y Aritmética Comercial fue llamado a una misión en los estados del Sur por el Presidente John Taylor. Sobre su experiencia recordaría años más tarde:

“… Abandonamos Chattanooga, Tennessee,  veintisiete élderes asignados a los Estados del Sur. Había todo tipo de élderes en nuestro grupo – campesinos, vaqueros, con poca educación – una peculiar compañía, y yo era uno de ellos. Los elderes predicaron, y hablaron, cantaron y publicitaron estrepitosamente su llamamiento como predicadores. Yo me mantuve en silencio por una vez en la vida; casi ni abrí mi boca. Observé a un caballero en el tren. Aún puedo visualizar hoy a ese hombre. Yo no sabía quién era. Pero él sabía que éramos una banda de élderes mormones. Los élderes pronto comenzaron a conversar y a argumentar con el extraño, y antes de que él terminara con ellos tenían grandes dudas sobre el mensaje de salvación. Les dio un entrenamiento que jamás olvidarían. El hombre resultó ser B.H. Roberts, nuestro Presidente de Misión.” (Conference Report, October 1933, pag.42)

 

Le tocó servir en una época de mucha persecución. Mientras era Secretario de la Misión, tres élderes fueron asesinados, el domingo 10 de Agosto de 1884. Contrajo malaria con algunas consecuencias que lo acompañaron por años.

El y sus compañeros eran permanentemente atacados por un predicador Bautista en particular. En cierta ocasión se cruzaron en la calle y el predicador los saludó. “¿Cómo están, hijos del demonio?” J.Golden respondió rápidamente “Bien, gracias, Padre”.

Después de su relevo regresó a la agricultura y se casó con Jennie Knowlton, con quien tuvo seis hijos. En 1892 fue llamado como Presidente de la Misión de los Estados del Sur (la misma en la que había servido), y ahora un joven George A. Smith era su Secretario.

“No sé qué hacer con el Sur” – solía decir – “Cuando el Señor venga en los últimos días y lo queme por completo al menos podremos tener algunos bautismos por los muertos”.

“La peor manera de estropear una linda sábana blanca” era su definición del Klu Klux Klan.

Mientras aún funcionaba como Presidente de Misión fue llamado como Autoridad General a ocupar un puesto en el Primer Consejo de los Setenta. Humorísticamente y con modestia declaró:

“Algunos dicen que las personas reciben una posición en la Iglesia por revelación, y otros que la obtienen por inspiración, pero yo digo que la reciben por relación. Si yo no hubiese estado relacionado con Heber C. Kimball no sería una maldita cosa en esta iglesia…”

Por aquellos años las Autoridades Generales visitaban muchísimas comunidades mormonas enclavadas en los valles y regiones del oeste. Sirviendo por 46 años en tal calidad, J. Golden tuvo ocasión de dar centenares de discursos plagados de humor, ocurrencias e ingenio en un lenguaje que era comprendido por todo su auditorio. Su estilo campechano no estaba exento de espiritualidad y los santos viajaban muchas millas para poder escucharlo.

Intentar traducir las ocurrencias del “tío Golden” es una difícil tarea. Algunas de ellas incluyen juegos de palabras sin traducción. Otras tienen sentido en el lenguaje desenfadado del oeste y sus modismos. Pero trataré de acercar algunas. En inglés, tanto la palabra “infierno” (hell) como “maldito” (damn) son palabras fuertes. Son equivalentes a nuestras “malas palabras” y jamás se usarían en un discurso público y menos se escucharían en boca de una Autoridad General. J.Golden no tenía problemas en utilizarlas profusamente para regocijo de su auditorio.

Cuando le preguntaban cómo podía ser que una Autoridad utilizase ese lenguaje y qué opinaban al respecto las demás Autoridades, decía:

“Por todos los infiernos! Las Autoridades no logran excomulgarme, no les doy tiempo…¡Es que me arrepiento malditamente rápido!”

 

Según se cuenta, J. Golden Kimball estaba brindando una recorrida de la ciudad de Lago Salado a ciertos visitantes oficiales de Gran Bretaña, a quienes ya estaba cansando con su permanente plática de “la ciudad más importante del mundo”. Mientras pasaban por un edificio histórico, J. Golden les describía los desafíos que los pioneros habían tenido para edificarlo en medio del desierto.

“Y allí tienen nuestro Teatro, cuando fue construido era el más grande al oeste del Mississippi. Se levantó en sólo cuatro años”.

Los visitantes asintieron con admiración, diciendo “Sí, sí, creo que se parece mucho a un teatro construido recientemente en Londres, pero el nuestro solo requirió dos años”
Levemente perturbado, J. Golden señaló otro edificio. “Acabamos de completar este edificio trabajando un año”.

Los oficiales volvieron a asentir cortesmente, mientras uno comentaba al otro, “Me recuerda al edificio que se construyó recientemente para la Reina, pero ese logró edificarse en seis meses”.
Finalmente, ya muy molesto, J. Golden condujo el carruaje cerca del majestuoso Templo de Lago Salado. Los visitantes se quitaron los sombreros y se pararon entusiasmados en el carruaje. “Maravilloso!” gritaron “Magnífico. Señor Kimball ¿qué edificio es este?”
J. Golden, ocultando una sonrisa, miró hacia el Templo que había llevado 40 años de construcción como si jamás lo hubiese visto antes. “Por todos los diablos” les dijo “¡esa maldita cosa no estaba aquí ayer!”.

Conduciendo una clase en la Escuela Dominical sobre la revelación moderna, un miembro preguntó por qué no se escuchaba hablar sobre nuevas revelaciones como en la primera época de la Iglesia

“Bueno”, comenzó a explicar Golden, “la cosa es así: cualquier hombre puede recibir revelación para él y su propia familia. Pero hay una sola persona autorizada para recibir revelación  para todo el cuerpo de la Iglesia, y es el Presidente Heber J. Grant. ¡Y ya quisiera yo que se ponga a trabajar en el tema! ¡Pero anda viajando tanto que Dios no lo puede encontrar!”

Estaba buscando un sombrero en ZCMI (Zion’s Cooperative Mercantil Institution, una de las primeras tiendas generales de EEUU, creada por Brigham Young) y encontró uno al que examinaba por todos sus lados. El encargado, intrigado, vino a preguntarle qué buscaba, para ayudarle. “Estoy buscando los agujeros para las orejas del burro que estaría dispuesto a pagar $ 10 por este sombrero”, contestó.

Caminando por la calle en medio de una tormenta de nieve, una corpulenta mujer que venía detrás de él patinó y lo arrastró consigo en su caída. Rodando, llegaron a la esquina donde, por fin, totalmente enredados, se detuvieron. Después de ayudarla a levantarse el “tio Golden” le dijo: “Lo siento, señora, pero sólo la acompaño hasta aquí…”

En una conferencia de Estaca declaró que las allí presentes eran las mujeres más bonitas en la Iglesia. El Presidente Heber J. Grant lo envió de regreso al púlpito para disculparse por haber dicho eso que consideró fuera de lugar. “Perdón”, dijo, “me equivoqué, ustedes tienen las mujeres más horribles de la Iglesia”

Un conocido encontró a J. Golden Kimball en la calle cierto día y en medio de la conversación le preguntó “¿Crees que Jonás fue realmente tragado por una ballena?” “Cuando llegue al cielo le preguntaré a Jonás” respondió J. Golden. “Pero”, dijo el otro “¿qué acurre si Jonás no está allí?”. “Entonces tú le preguntarás” respondió Golden.

Según el Elder Holland, en una ocasión abrió la Conferencia de Estaca en Saint George diciendo: “No puedo decir que estoy contento de encontrarme aquí. Honestamente, si tuviera una propiedad en Saint George y otra en el Infierno, creo que alquilaría la de Saint George y me iría a vivir a la otra”.

Para evitar sus exabruptos las Autoridades comenzaron a revisar sus discursos y censurarlos. Aparentemente, en una Conferencia, uno de esos discursos estaba tan tachado y corregido que Kimball se detuvo, miró al Presidente Grant con cierta molestia, y dijo: “Por todos los infiernos, Heber, no puedo leer esta maldita cosa. No entiendo nada de lo que dice!”

Thomas E. Cheney, en su libro The Golden Legacy: A Folk History of J. Golden Kimball, recuerda:

“J.Golden viajaba con el Apóstol Francis Lyman. Llegaron a Panaca, Nevada. Las reuniones comenzaban a la mañana y se extendían por todo el día, y estábamos ayunando. Yo estaba hambriento y deseoso de que acabaran. Después de las cuatro de la tarde el Hermano Lyman dijo: ‘Ahora, Hermano Kimball, párese usted y dígales sobre la Era” (Improvement Era, el órgano oficial de la Iglesia en la época, que necesitaba suscriptores). El mismo había estado dando muchos discursos sobre la Era. De modo que Golden se paró y declaró: “Todos los hombres que estén dispuestos a llevarse la Era si los dejamos ir a casa, que levanten la mano derecha”. No hubo uno sólo que no levantara la mano, se suscribiera y pagara $ 2 en efectivo por la Era. En esa campaña se lograron 400 suscriptores. Más tarde Golden dijo, “No digo que fue inspiración, pero sí buena sicología. En realidad pagaron dos dólares para poder irse a casa”.

Cuando hablaba sobre el matrimonio enfatizaba la importancia de conocerse bien como individuos antes de casarse. Solía entonces contar la siguiente historia: “En cierta ocasión un hombre se enamoró de una señorita por su hermosa voz de cantante y decidió casarse con ella, sin en realidad saber mucho más sobre su compañera. De modo que se casaron y la mañana siguiente a la noche de bodas el hombre despertó y miró a su flamante mujer, con ruleros en el cabello, sin maquillaje, y luciendo realmente horrible. La miró una vez, y no pudo creer que se había casado con eso. La volvió a mirar. A la tercer mirada, le dijo: “¡Canta, por todos los infiernos, canta!”

Parado en la esquina de South Temple y Main, esperaba poder cruzar la calle cuando un vehículo a cierta velocidad salpicó de barro sus pantalones. Amenazando al auto que se alejaba, con su puño en alto, dijo “Tu… tu, maldito hijo de perra! ¿No tienes el menor respeto por el sacerdocio?”

Con otras Autoridades visitaba Lymon, en Wyoming, y consideraban la posibilidad de construir un puente sobre el río local. En realidad era una corriente de agua relativamente pequeña. “Yo podría orinar esa cantidad de líquido”, sentenció J. Golden. El Presidente Grant, al oírlo, lo reprendió: “Hermano Kimball, está totalmente fuera de lugar!”. “Sí, y si no estuviera totalmente fuera de lugar podría orinar el doble”, fue su respuesta.

Se cuenta que viajando en tren por el Sur, algunos de sus ocasionales compañeros de viaje comenzaron a criticar a los mormones, diciendo que preferirían mudarse de sus pueblos antes que compartirlos con esos “malditos santos”. Golden, que había permanecido callado hasta entonces, les dijo: “Pueden mudarse tranquilamente al Infierno; no encontrarán mormones allí”.

Como ya se mencionó, Kimball solía viajar a menudo con el Apóstol Francis Lyman visitando las Estacas. Usualmente dormían en los hogares de miembros. El Apóstol Lyman era más bien inexpresivo y las audiencias dormitaban con él, por lo que Golden era el encargado de despertarlos. Cierta noche, el Elder Lyman se quejaba de los ronquidos de su acompañante. “Hermano Kimball”, le dijo “si mantuviera la boca cerrada mientras duerme, no roncaría”.

“Haré un trato con usted, Hermano Lyman”, respondió J.Golden “Mantendré mi boca cerrada mientras duermo si usted la mantiene cerrada mientras está despierto”.

Aparentemente, J. Golden tenía problemas en obedecer la Palabra de Sabiduría ya que, por la mayor parte de su vida, había sido un consejo y no un mandamiento de estricta observancia. Una mañana, al bajar de la habitación del hotel donde se hospedaban, el Elder Lyman lo encontró desayunando con una suculenta taza de café. Escandalizado, le dijo: “¡Hermano Kimball! ¿Qué está haciendo? Yo preferiría cometer adulterio antes que violar la Palabra de Sabiduría”.

“Sí, entiendo, ¿no lo preferiríamos todos, Hermano Lyman,… no lo preferiríamos todos?” fue su respuesta.

Con el paso de los años, algunos de sus hijos se descarriaron y lo avergonzaban públicamente. Otro miembro del Quorum lo entrevistó para recordarle que una Autoridad debería tener una vida familiar más ejemplar. Escuchó sentado y en silencio. Entonces dijo: “Hermano, ahora que me ha explicado su concepto de una familia ideal, creo que alguien debería entrevistar al Todopoderoso, porque, permítame decirle que a El tampoco le ha ido muy bien”.

En una visita a un molino propiedad de la Iglesia, a J. Golden Kimball se le atascó su largo abrigo en la cremallera de la maquinaria, por lo que comenzó a dar vueltas alrededor del recinto y terminó arrojado al suelo. El joven que servía de guía estaba espantado viendo al líder religioso yaciendo a sus pies en silencio. “Hermano Kimball”, le dijo, “¡Hábleme, por favor, hábleme!”.

“No veo por qué debería hacerlo”, contestó Golden, abriendo los ojos, “¡Acabo de pasar como doce veces por delante suyo y ni siquiera una vez me dirigió la palabra!”

Una de las Autoridades le dijo: “Cuando muera no habrá otro como usted en la Iglesia”. A lo que el tío Golden replicó: “Sí, y estoy seguro que eso le trae mucho consuelo”.

En sus últimos años se encontró con un amigo en la calle “¿Cómo estás, Golden?”, le preguntó éste, “¿Cómo te has sentido?” “Bueno”, le respondió, “para decirte la verdad, no demasiado bien. Me estoy poniendo viejo y muy cansado. Sabes, Seth, he estado predicando este evangelio ya por casi sesenta años, y creo que es hora de que vaya hacia el otro lado para averiguar cuánto de lo que he enseñado es verdad”.

James N. Kimball compartió la siguiente historia sobre su tío J. Golden Kimball en Sunstone Vol.1 nº 3, de Marzo de 1996: “Hace algunos años contraté a un Sr. Jensen para que viniese a mi casa en Lago Salado y limpiara un terreno adyacente… Cuando terminó su tarea me preguntó si estaba relacionado con los Kimballs de la Iglesia, y respondí que sí. ‘¿Golden Kimball?” inquirió. Volví a responder que sí, que era mi tío abuelo. Como suele suceder, el Sr. Jensen sonrió y procedió a contarme una historia de cómo el Tío Golden había tocado su vida.

Cuando era un jovencito, Golden era la Autoridad de visita en su barrio cierto domingo. Recordaba haberse sentado cerca del frente y haber observado a ese hombre alto y delgado dirigirse a los santos con voz estridente. El Tio Golden había venido al barrio para llamar y apartar a un nuevo obispado. Después de entrevistar a varios de los recomendados, hizo su elección, anunció a la congregación quién sería el nuevo Obispo y pidió un voto de sostenimiento. El Sr. Jensen me contó que la congregación tenía sus propias ideas sobre un nuevo Obispo y no dio un voto a la elección de Golden. El los miró largamente sin decir una palabra, entonces bajó del púlpito e invitó nuevamente a los hermanos a la oficina. Un rato más tarde regresaron, Golden subió al púlpito y anunció su segunda elección. Nuevamente, no obtuvo votos. Entonces, se aferró al púlpito y con voz aguda exclamó: “Bien, ¿a quién diablos quieren?”

Un representante de la congregación se adelantó nerviosamente y le dijo quién pensaban que sería un buen Obispo. El hombre que mencionó estaba virtualmente inactivo ya que tenía que trabajar en su granja cada domingo. El Tío Golden preguntó dónde podría encontrarlo y se le dieron las indicaciones necesarias. Abandonó la reunión inmediatamente y se dirigió en su Ford A hacia la casa del hombre, donde lo encontró regando su sembrado. Se acercó a él, se presentó y lo llamó como nuevo Obispo. El sorprendido hermano dijo que él no era un buen miembro de la Iglesia y que tenía muchos problemas. Golden le respondió que había venido como ungido del Señor, que todos teníamos debilidades y que se nos daban oportunidades de servir para que pudiésemos vencer esas debilidades. El hombre aceptó el llamamiento y el Tío Golden regresó en su Modelo A al centro de reuniones. Subió al hombre, en su ropa de trabajo y botas, al estrado, y preguntó: “¿Es este el hombre que quieren?” La congregación respondió favorablemente con su voto y allí mismo lo apartó. El Sr. Jensen contó que de allí en adelante su barrio siempre recordó a Golden por su deseo de responder a las necesidades sin restricciones y por permitir que su autoridad eclesiástica se acomodara a esas necesidades.

El Elder Kimball falleció en un accidente automovilístico en el desierto de Nevada, a unos 80 Km de la ciudad de Reno, con 85 años y desempeñando las tareas de su llamamiento. Pero la leyenda continuó viva.

Se dice que al llegar a las puertas del cielo San Pedro salió a recibirlo: “Bien, Hermano Golden, al fin lo tenemos por aquí!”

“Sí, sí, pero tuvieron que matarme para lograrlo!”, fue su ácida respuesta.

Mientras James Arrington, quien sirviera como Historiador de la Iglesia, investigaba la vida de J.Golden, visitó a un amigo que era secretario privado de Nathan E. Tanner. Cuando le contó su proyecto insistió en que se lo comentara al Presidente Tanner. En esa entrevista Tanner le dijo: “¿Sabe que se obtendría si se lograra cruzar a J.Golden Kimball con Spencer W. Kimball?”

Respuesta: “¡Hazlo, maldición, hazlo!”

Cuántas de estas historias son ciertas, cuántas han sido mejoradas y cuántas inventadas es tema de debate, pero la pervivencia del mito dice mucho no sólo sobre el personaje sino también sobre la sociedad que lo produjo y le ha ayudado a permanecer en la memoria colectiva. La mezcla de dedicación, practicidad, irreverencia y capacidad de reírse de sí mismo y de las imposiciones sociales lo ha hecho absolutamente querible e inolvidable como ser humano.

Un último pensamiento genial que le pertenece: “No hay suficientes Autoridades Generales como para pensar por la membresía de la Iglesia”

PD: Si alguien posee otras historias de J. Golden, o atribuidas a él, serán bien recibidas en este blog.

2 comentarios el “J.GOLDEN KIMBALL, “La Autoridad Maldiciente”

  1. patricia. dice:

    Exclente!!! que gran personaje este Kimball!!! realmente me hubiera caido muy bien de haberlo conocido… he ahi una persona que no ofrecia dos caras… Hno Montani, gracias por compartir la vida de personas que son parte de nuestra historia y que de otra manera pasarian desapercibidas aca en el sur…

  2. Javier dice:

    Jajaja… mi nuevo líder favorito…

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