ESTUDIO EN ESCARLATA de Sir Arthur Conan Doyle

Los Mormones en las Obras Literarias

ESTUDIO EN ESCARLATA

Sir Arthur Conan Doyle

Arthur Conan Doyle nació el 22 de mayo de 1859 en Edimburgo y estudió en las universidades de Stonyhurst y de Edimburgo. De 1882 a 1890 ejerció la medicina en Southsea (Inglaterra). Estudio en escarlata, el primero de los 68 relatos en los que aparece Sherlock Holmes, se publicó en 1887. El autor se basó en un profesor que conoció en la universidad para crear al personaje de Holmes con su ingeniosa habilidad para el razonamiento deductivo y también en Dupin, el detective de Edgar A. Poe. Igualmente brillantes son las creaciones de los personajes que le acompañan: su amigo bondadoso y torpe, el doctor Watson, que es el narrador de los cuentos, y el archicriminal profesor Moriarty. Conan Doyle tuvo tanto éxito al principio de su carrera literaria que en cinco años abandonó la práctica de la medicina y se dedicó por entero a escribir. Tan poco definidos estaban algunos aspectos de Holmes en esta primer novela que, en la versión manuscrita, el título era “Una madeja enmarañada” y el primer nombre del detective, Sherrinford (que se cambió a último momento por el más eufónico Sherlock).

Los mormones de Conan Doyle presentan características totalmente negativas, ya que el sustento de su información se basaba en la lectura de los diarios norteamericanos del Este, en los que se  libraba una verdadera guerra ideológica presionando al gobierno a intervenir en la administración del semi autónomo estado de Utah. Como en toda obra literaria de fines del siglo XIX y comienzos del XX los mormones son malvados, asesinos e insaciablemente polígamos (es lamentable, pero esa es la forma en que ingresamos a la literatura). A diferencia de Verne, que investigó un poco más y mantuvo una cierta distancia crítica, Conan Doyle tomó el estereotipo que le daban los medios y ayudó a propagarlo.

Estudio en Escarlata es una obra dividida en dos partes de siete capítulos cada una. En la primer parte se presentan los personajes, se produce un crimen y termina con la captura del culpable sin que el Dr. Watson, la policía o los lectores entiendan como Sherlock Holmes logró hacerlo. En la segunda parte, denominada El País de los Santos, nos vamos enterando de los antecedentes que el sagaz detective ya había deducido. Allí conoceremos a John Ferrier y a Lucy, quien pasará a ser su hija adoptiva luego de la muerte de sus padres. Ambos son salvados por una partida de mormones en viaje hacia el oeste y deberán, como condición, aceptar su fe. A partir de allí comienza su vida entre los Santos. Los siete capítulos son excesivamente extensos como para transcribirlos, por lo que sólo tomo una parte del Capítulo 3, que sirve como muestra. La obra completa es fácilmente hallable para quien desee leerla. (Introducción y comentarios de Mario R. Montani)

Capítulo 3

John Ferrier habla con el Profeta

Una hermosa mañana, cuando estaba a punto de partir hacia sus campos de trigo, oyó John Ferrier el golpe seco del pestillo al ser abierto, tras de lo cual pudo ver, a través de la ventana, a un hombre ni joven ni viejo, robusto y de cabello pajizo, que se aproximaba sendero arriba. Le dio un vuelco el corazón, ya que el visitante no era otro que el mismísimo Brigham Young. Lleno de inquietud -pues nada bueno presagiaba semejante encuentro- Ferrier acudió presuroso a la puerta para recibir al jefe mormón. Este último, sin embargo, correspondió fríamente a sus solicitaciones, y, con expresión adusta, le siguió hasta el salón.

-Hermano Ferrier -dijo, tomando asiento y fijando en el granjero la mirada a través de las pestañas rubias-, los auténticos creyentes te han demostrado siempre bondad. Fuiste salvado por nosotros cuando agonizabas de hambre en el desierto, contigo compartimos nuestra comida, te condujimos salvo hasta el Valle de los Elegidos, recibiste allí una generosa porción de tierra y, bajo nuestra protección, te hiciste rico. ¿Es esto que digo cierto?

-Lo es -repuso John Ferrier.

-A cambio de tantos favores, no te pedimos sino una cosa: que abrazaras la fe verdadera, conformándote a ella en todos sus detalles. Tal prometiste hacer, y tal, según se dice, desdeñas hacer.

-¿Es ello posible? -preguntó Ferrier, extendiendo los brazos en ademán de protesta-. ¿No he contribuido al fondo común? ¿No he asistido al Templo? ¿No he..?

-¿Dónde están tus mujeres? -preguntó Young, lanzando una ojeada en derredor-. Hazlas pasar para que pueda yo presentarles mis respetos.

-Cierto es que no he contraído matrimonio -repuso Ferrier-. Pero las mujeres eran pocas, y muchos aquellos con más títulos que yo para pretenderlas. Además, no he estado solo: he tenido una hija para cuidar de mí.

-De ella, precisamente, quería hablarte -dijo el jefe de los mormones-. Se ha convertido, con los años, en la flor de Utah, y ahora mismo goza del favor de muchos hombres con preeminencia en esta tierra.

John Ferrier, en su interior, dejó escapar un gemido.

-Corren rumores que prefiero desoír, rumores en torno a no sé qué compromiso con un gentil. Maledicencias, supongo, de gente ociosa. ¿Cuál es la decimotercera regla del código legado a nosotros por Joseph Smith, el santo? «Que toda doncella perteneciente a la fe verdadera contraiga matrimonio con uno de los elegidos: pues si se uniera a un gentil, cometería pecado nefando.» Siendo ello así, no es posible que tú, que profesas el credo santo, hayas consentido que tu hija lo vulnere.

Nada repuso John Ferrier, ocupado en juguetear nerviosamente con su fusta.

-Por lo que en torno a ella resuelvas, habrá de medirse la fortaleza de tu fe. Tal ha convenido el Sagrado Consejo de los Cuatro. Tu hija es joven: no pretendemos que despose a un anciano, ni que se vea privada de toda elección. Nosotros los Ancianos poseemos varias novillas(1), mas es fuerza que las posean también nuestros hijos. Stangerson tiene un hijo varón, Drebber otro, y ambos recibirían gustosos a tu hija en su casa. Dejo a ella la elección… Son jóvenes y ricos, y profesan la fe verdadera. ¿Qué contestas?

1. Heber C. Kemball, en uno de sus sermones, alude con este título galante a sus cien esposas. (nota: respeto tanto el apellido erróneo como la exageración de las esposas por parte de Conan Doyle)

Ferrier permaneció silencioso un instante, arrugado el entrecejo.

-Concédeme un poco de tiempo -dijo al fin-. Mi hija es muy joven, quizá demasiado para tomar marido. -Cuentas con un plazo de un mes -dijo Young, enderezándose de su asiento-. Transcurrido éste, habrá de dar la chica una respuesta.

Estaba cruzando el umbral cuando se volvió de nuevo, el rostro encendido y centelleantes los ojos:

-¡Guárdate bien, John Ferrier -dijo con voz tonante-, de oponer tu débil voluntad a las órdenes de los Cuatro Santos, porque en ese caso sentiríais tu hija y tú no yacer, reducidos a huesos mondos, en mitad de Sierra Blanco!

Con un amenazador gesto de la mano soltó el pomo de la puerta, y Ferrier pudo oír sus pasos desvaneciéndose pesadamente sobre la grava del sendero.

Estaba todavía en posición sedente, con el codo apoyado en la rodilla e incierto sobre cómo exponer el asunto a su hija, cuando una mano suave se posó en su hombro y, elevando los ojos, observó a la niña de pie junto a él. La sola vista de su pálido y aterrorizado rostro, fue bastante a revelarle que había escuchado la conversación.

-No lo pude evitar -dijo ella, en respuesta a su mirada-. Su voz atronaba la casa. Oh, padre, padre mío, ¿qué haremos?

-No te asustes -contestó éste, atrayéndola hacia sí, y pasando su mano grande y fuerte por el cabello castaño de la joven-. Veremos la manera de arreglarlo. ¿No se te va ese joven de la cabeza, no es cierto?

A un sollozo y a un ademán de la mano, súbitamente estrechada a la del padre, se redujo la respuesta de Lucy.

-No, claro que no. Y no me aflige que así sea. Se trata de un buen chico y de un cristiano, mucho más, desde luego, de lo que nunca pueda llegar a ser la gente de por aquí, con sus rezos y todos sus sermones. Mañana sale una expedición camino de Nevada, y voy a encargarme de que le hagan saber el trance en que nos hallamos. Si no me equivoco sobre el muchacho, le veremos volver aquí con una velocidad que todavía no ha alcanzado el moderno telégrafo.

Lucy confundió sus lágrimas con la risa que las palabras de su padre le producían.

-Cuando llegue, nos señalará el curso más conveniente. Es usted el que me inquieta. Una oye…, oye cosas terribles de quienes se enfrentan al Profeta: siempre sufren percances espantosos.

-Aún no nos hemos opuesto a nadie -repuso el padre-. Tiempo tenemos de mirar por nuestra suerte. Disponemos de un mes de plazo; para entonces espero que nos hallemos lejos de Utah.

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