DIVERSA, NON ADVERSA – Parte 1

DIVERSA, NON ADVERSA

Parte 1

Por Mario R. Montani

El filósofo francés Pierre Abailard (1079-1142), conocido en latín como Petrus Abelardus y entre nosotros simplemente como Abelardo es hoy quizás más recordado por sus amores con Eloisa que por su pensamiento. Entre sus enseñanzas, consideradas heréticas, aparecen un fuerte racionalismo, un alejamiento de las penitencias y cierto carácter antijerárquico, lo que, por supuesto, provocó la ira de Roma y su enfrentamiento con Bernardo de Clairvaux (San Bernardo, a quien se debe el monasterio y, con el correr del tiempo, el nombre de la raza canina de socorro). En el medioevo le fue dado el apelativo de Golia (demoníaco) con el cual él mismo firmaba algunos de sus escritos. Siglos más tarde los jóvenes de ciertas universidades retomaron el nombre para constituirse en los goliardos.

Básicamente, la disputa entre Bernardo y Abelardo, versaba sobre si la fe debía obrar con supremacía sobre la razón o si ambas debían estar en equilibrio. En una carta de Abelardo a su contrincante le decía que las ideas de ambos eran “diversa, non adversa”, sus mentes, sus voces, eran diferentes pero no necesariamente contrarias. La frase, proviniendo de una época de supuesto oscurantismo y estrechez conceptual, me pareció de tal apertura que no dudé en nominar así estas pequeñas reflexiones.

Pertenezco a una tercera generación de mormones argentinos y ya veo, debajo de mí, otras dos generaciones agregadas. Me siento cómodo entre los miembros de mi Iglesia no sólo por razones doctrinales y espirituales sino también por fuertes afinidades culturales. En mi temprana adolescencia recibí una indeleble confirmación espiritual de que las enseñanzas que habían nutrido mi infancia eran verdad, de que Dios estaba consciente de mí y de que toda la creación en esta esfera participaba de un plan. A esta experiencia, que muchos llamarían epifanía, hierofanía o aún teofanía, nosotros la denominamos testimonio. No creo que sea posible permanecer en el tiempo como miembros de la Iglesia de modo significativo sin que algún tipo de estas revelaciones personales, en sus múltiples y variadas formas, nos ayuden. O, al menos, sin que estemos activamente interesados en su búsqueda.

Como todo individuo integrante de una comunidad de cierto tipo me siento parte de ella y con derecho a opinar sobre ella, a escoger lo que mejor me sirve y dejar de lado lo que me parece infructuoso, a seleccionar, analizar, desmenuzar, probar, estudiar, rechazar… Pero cuando esa comunidad es una idea religiosa las cosas no son tan sencillas porque surge el dogma. El dogma, por su propia naturaleza, tiende a ser un estricto lecho de Procusto que corta lo que sobra y estira la que falta, intentando hacernos entrar en un molde para el que no siempre estamos preparados y del que es más sencillo imitar los aspectos externos (y obtener la rápida y necesaria aprobación del grupo) que trabajar en los cambios internos que limitan nuestra pertenencia real a esa comunidad. Como podrá percibirse por mis palabras, no soy dogmático y, más aún, creo que la Iglesia a la que pertenezco no debería serlo. Una de las diferencias claves en los significados de doctrina y dogma es lo inapelable de este último.

Habiendo vivido ya 60 años en el ambiente de la Iglesia y habiendo recibido de mis mayores lo que ocurrió en las décadas anteriores tengo un panorama bastante aproximado de lo que ha sido la prédica del Evangelio en nuestro país. Con una nación de conversos en su casi totalidad,  los principios de verdad se fueron recibiendo “empaquetados” de cierto modo. En muchas ocasiones, al ir abriendo con sumo interés esos “paquetes” de enseñanza, creo que hemos confundido el envoltorio y aún el material de relleno con el contenido principal. Permítaseme desarrollar un poco la idea.

Influencias culturales

Los de mi generación deben recordar haber participado en muchos festejos de Halloween y Cenas de Acción de Gracias en las capillas o casas que servían como centros de reuniones. No me atrevo a asegurarlo, pero creo que a veces integraban el calendario de actividades de las incipientes Ramas. ¿Por qué? ¿Por qué celebrábamos fechas que no tenían nada que ver con nuestras propias tradiciones, quizás dejando de lado otras que sí tenían mucho que ver? La respuesta es simple: porque los jóvenes misioneros norteamericanos, que ayudaban activamente en el desarrollo de nuestras unidades, habían sido criados de esa manera pero sin tener demasiado en claro qué era parte del Evangelio y qué era parte de sus tradiciones nacionales. Venía todo en el mismo “paquete” y así lo transmitían. No creo que hubiese una mala intención en ello ni una premeditada forma de penetración cultural. Yo me divertía mucho en esas reuniones y no veía nada negativo, salvo quizás la sensación de pensar: “Qué bien, ellos han tenido Padres Fundadores directamente guiados por Dios y a nosotros mirá lo que nos ha tocado”. Creo que hemos progresado desde esa época pero quizás no tanto como deberíamos.

En otras áreas, los locales aportaban también su propia cuota de absurdidad. Por ejemplo, con el lenguaje. En inglés no existe el artículo delante de un título o posición por lo que es muy común que un norteamericano traduzca directamente “Elder Ballard dijo…” o “Presidente Kimball enseñó…” en vez de “el Elder Ballard”, “el Presidente Kimball”. El problema se producía cuando los propios argentinos lo adoptaban como forma de habla y lo repetían, olvidando todo lo que les había sido enseñado con esmero en la escuela primaria. Nos reíamos del pobre investigador que creía que todos los misioneros se llamaban Elder como primer nombre y en realidad nosotros mismos lo habíamos inducido a ese error por no hablar en español. Otra variante se daba, generalmente en las Conferencias, cuando algún hermano, a quien todos sabíamos más criollo que la yerba, se paraba e iniciaba su mensaje entrecerrando los ojos y declarando: “Quiridous hhermanous y hhermanas…” En esas ocasiones la congregación solía dividirse entre los que opinaban que el disertante había recibido el don de lenguas, los que aseguraban que lo que diría a continuación sería inevitablemente inspirado desde lo alto o (ya con grados de creciente incredulidad) quienes lo consideraban un simple método de captar la atención o se preguntaban entre sí: “¿no es este el mismo tipo con el que charlamos normalmente una noche en la carpa de la Convención de Jóvenes? ¿Qué le pasó?”. Vuelvo a repetir que, afortunadamente, estas cosas van desapareciendo. Las que permanecen son un poco más sutiles pero difíciles de desarraigar.

El sólo hecho de vivir en el mundo, en un determinado tiempo y espacio geográfico, nos otorga, inevitablemente, coordenadas culturales. Es imposible sustraernos a ello. Los seguidores de Jesús eran fácilmente reconocidos por su acento galileo, pero no era un requisito tener ese acento para bautizarse. Los primeros cristianos debatieron acaloradamente si los catecúmenos debían circuncidarse y adoptar el judaísmo antes de recibir las nuevas ordenanzas, simplemente porque el cristianismo había surgido en un entorno judío. De modo que no es extraño que, en los comienzos, algunos hayan creído que, para ser mormones, al menos había que ser filoestadounidenses.

Los propios estudiosos del país del Norte debaten hoy, fuera y dentro de la Iglesia, si el mormonismo, ahora con una mayoría de “extranjeros”, sigue siendo una religión americana. Opino que es una importante responsabilidad de esos santos, alejados de los centros históricos, colaborar en la separación de la esencia del Evangelio de otros ingredientes que poco tienen que ver con él.

Me referí graciosamente a algunos recuerdos de esas influencias culturales directas, pero hay otras, más amplias, que también merecerían nuestra atención. Cuando una Autoridad General da un discurso, generalmente lo matizará con referencias a algún Wordsworth, Shakespeare o Emerson, con lo cual otorgará un mayor vuelo literario a su mensaje y afectará regiones de nuestra alma que, de otro modo, permanecerían adormecidas. Es bueno que lo hagan y es lógico que acudan al idioma y la tradición cultural a la que pertenecen. El riesgo subyacente está en que creamos que los poetas y escritores de habla inglesa supieron más de la vida y fueron más inspirados que los de otras lenguas. He leído a Emerson, Thoreau, Milton y Chesterton. Me apasionan Dickens, H.G. Wells y Poe. Pero suponer que los poetas y autores castellanos no tienen tan buenas o mejores cosas para decir sobre cualquier asunto humano o divino sería de poca inteligencia.

La Liahona de Octubre de 2001 publicó en su página 5 un discurso del entonces Primer Consejero, Thomas S. Monson, bajo el título “Distintivos de un hogar feliz”. El mensaje, incluía varias reflexiones de escritores y líderes en lo que, en el análisis discursivo, se denomina citas de autoridad. Una de ellas correspondía a Margaret Thatcher, ex primer ministro de Gran Bretaña, que opinaba sobre la importancia de la familia. Para un norteamericano promedio, que posee un permanente enamoramiento con su Madre Patria, la que ha sido socia estratégica y militar por siglos y emisora de fuertes tradiciones comunes, la cita era eficaz. Para un argentino promedio, que tiene el recuerdo histórico de actos de piratería, invasiones, ferrocarriles conflictivos y laudos increíbles por parte de Gran Bretaña, así como una demasiado reciente guerra de Malvinas, el nombre sonaba con el estruendo de una cachetada. Personalmente, hasta dudo si la dama en cuestión, dados sus propios antecedentes familiares, estaba calificada moralmente para hablar sobre el tema, salvo por su posición privilegiada como estadista. Pero no podemos pretender que las Autoridades Generales estén pendientes de cada situación regional en sus discursos. El problema surge, cuando, a las pocas semanas, el mensaje es seleccionado para ser tema en la Reunión Sacramental. La mayoría de los hermanos que lo tomaron como base se sintieron en la obligación de leer la cita, porque si el Elder Monson, que es inspirado, la incluyó, quiénes somos nosotros para quitarla. Las opciones razonables hubieran sido no leerla o reemplazarla por una cita más nuestra (no me cabe duda de que José Ingenieros, Almafuerte o Sarmiento deben haber dicho algo interesante al respecto). No tener en cuenta a la audiencia es un grave pecado para un discursante. No podemos echarle la culpa de estas cosas a las Autoridades. Es nuestra responsabilidad ser traductores más amplios. No basta con transmitir las mismas palabras. Pero para eso hay que leer de “los mejores libros”, no únicamente la Liahona.

Algo similar ocurre con la música que utilizamos en la Iglesia. El esquema básico de nuestros himnos es el coral protestante. Muchos de los himnos iniciales fueron directamente tomados de los himnarios protestantes. ¿Por qué? ¿Los hacía eso directamente inspirados? No. Los hacía culturalmente aceptables. En Mormon Doctrine, el Elder McConkie opinaba: “…el oratorio El Mesías de Haendel es una de las más grandes composiciones musicales de todas las épocas” (Mormon Doctrine, Bookcraft, 1966 pag. 521). La versión del Coro del Tabernáculo de esa obra se ha transformado en un clásico atesorado dentro y fuera de la Iglesia. Analicemos un poco la estructura de El Mesías. Musicalmente, sus diferentes partes son típicas composiciones barrocas. Son muy bellas pero no exceden los límites y características del período. La letra está formada por las escrituras, particularmente Isaías, de modo que la inspiración está garantizada. Pero, en la misma época, había docenas de compositores de música religiosa, entre ellos J.S. Bach y A. Vivaldi, que utilizaban las escrituras como texto y cuya música era tan o más excelente que la de Haendel. ¿Cuál es entonces la gran diferencia que la pone por encima de las obras de sus contemporáneos? Que G.F. Haendel, muy alemán él, trabajaba para la corona británica y, por lo tanto, escribía en inglés, mientras que los otros lo hacían en alemán o latín. Ante esta circunstancia uno puede creer a) que el idioma inglés está más cerca de las lenguas angélicas y eso le otorga un plus de inspiración o b) que aún nuestras Autoridades pueden tener ciertos condicionamientos y prejuicios culturales. Personalmente, me inclino por esta segunda opción.

Creo que en éstos, como en muchos otros aspectos de los que seguiremos hablando, deberemos aprender a ser “diversos, non adversos”, deberemos encontrar nuestras propias voces sin que ello signifique estar en contra de nada.

 

Esta entrada fue publicada en Doctrina.

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