“LA VUELTA AL MUNDO EN 80 DIAS” por Jules Verne

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LA VUELTA AL MUNDO EN 80 DIAS

Por Jules Verne

Nota introductoria: el escritor francés Jules Verne, considerado hoy uno de los padres de la ciencia-ficción, escribió “La vuelta al mundo en 80 días” en 1873, exactamente diez años después de haber iniciado la publicación de su serie de “viajes extraordinarios”. En la novela, Phileas Fogg, un excéntrico inglés y su sirviente francés Passepartout inician un viaje alrededor del mundo para intentar ganar una apuesta intempestiva de Mr. Fogg en el Reform Club de que era capaz de hacerlo en 80 días o perdería la mitad de su fortuna. Perseguidos por el implacable agente Fix, quien los cree responsables de un robo, atraviesan Europa y Medio Oriente hasta llegar a la India. Allí salvan a Aouida, joven viuda hindú, de ser sacrificada. El personaje femenino se unirá al viaje y aportará cierta dosis de romanticismo a la obra. El capítulo que nos interesa es el XXVII, que marca la llegada de los viajeros a la región de Lago Salado. La descripción de Verne de costumbres y creencias es bastante acertada (comparada con otros escritores de la época) aunque teñida de cierta ironía… (Mario R. Montani)

Capítulo XXVII

En el que Passepartout sigue un curso de historia mormona, a veinte millas por hora

Durante la noche del 5 al 6 de diciembre, el tren corrió al Sureste sobre un espacio de unas cincuenta millas, y luego subió otro tanto hacia el Nordeste, acercándose al Gran Lago Salado.

Passepartout, hacia las nueve de la mañana, salió a tomar aire a los pasadizos. El tiempo estaba frío y el cielo cubierto, pero no nevaba. El disco del sol, abultado por las brumas, parecía como una enorme pieza de oro, y Passepartout se ocupaba en calcular su valor en libras esterlinas, cuando le distrajo de tan útil trabajo la aparición de un personaje bastante extraño.

Este personaje, que había tomado el tren en la estación de Elko, era hombre de elevada estatura, muy moreno, de bigote negro, pantalón negro, corbata blanca, guantes de piel de perro. Parecía un reverendo. Iba de un extremo al otro del tren, y en la portezuela de cada vagón pegaba con lacre una nota manuscrita.

Passepartout se acercó y leyó en una de esas notas que el honorable “Elder” William Hitch, misionero mormón, aprovechando su presencia en el tren número 48, daría de once a doce, en el coche número 117, una conferencia sobre el mormonismo, invitando a oírla a todos los caballeros deseosos de instruirse en los misterios de la religión de los “Santos de los últimos días”.

Passepartout, que sólo sabía del mormonismo sus costumbres polígamas, base de la sociedad mormónica, se propuso concurrir.

La noticia se esparció rápidamente por el tren, que llevaba un centenar de pasajeros. Entre ellos, treinta lo más, atraídos por el cebo de la conferencia, ocupaban a las once las banquetas del coche número 117, figurando Passepartout en la primera fila de los fieles. Ni su amo ni Fix habían creído conveniente molestarse.

A la hora fijada, el Elder William Hitch, se levantó, y con voz bastante irritada, como si de antemano le hubieran contradicho, exclamó:

-¡Os digo yo que Joe Smith es un mártir, que su hermano Hyrum es un mártir, y que las persecuciones del gobierno de la Unión contra los profetas van a hacer también un mártir de Brigham Young!

¿Quién se atrevería a sostener lo contrario al misionero, cuya exaltación era un contraste con su fisionomía, de natural serena? Pero su cólera se explicaba, sin duda, por estar actualmente sometido el mormonismo a trances muy duros. El gobierno de los Estados Unidos acababa de reducir, no sin trabajo, a estos fanáticos independientes. Se había hecho dueño de Utah, sometiéndolo a las leyes de la Unión, después de haber encarcelado a Brigham Young, acusado de rebelión y de poligamia. Desde aquella época los discípulos del profeta redoblaron sus esfuerzos, y aguardando a poder actuar, resistían con la palabra las pretensiones del Congreso.

Como se ve, el Elder William Hitch hacía prosélitos hasta en el ferrocarril.

Y entonces refirió, apasionando su relación con los raudales de su voz y la violencia de sus ademanes, la historia del mormonismo, desde los tiempos bíblicos: “Cómo en Israel, un profeta mormón, de la tribu de José, publicó los anales de la nueva religión y los legó a su hijo Moroni; cómo, muchos siglos más tarde, una traducción de ese precioso libro, escrito en caracteres egipcios, fue hecha por Joseph Smith junior, colono del estado de Vermont, que se reveló como profeta místico en 1825; cómo, por último, le apareció un mensajero celeste, en un bosque luminoso, y le entregó los anales del Señor”.

En aquel momento, algunos oyentes, poco interesados por la relación retrospectiva del misionero, abandonaron el vagón; pero William Hitch, prosiguiendo, refirió “cómo Smith junior, reuniendo a su padre, a sus dos hermanos y algunos discípulos, fundó la religión de los Santos de los últimos días, religión que, adoptada no tan sólo en América, sino en Inglaterra, Escandinavia y Alemania, cuenta entre sus fieles, no sólo artesanos, sino muchas personas que ejercen profesiones liberales; cómo una colonia fue fundada en el Ohio; cómo se edificó un templo, gastando doscientos mil dólares, y cómo se construyó una ciudad en Kirtland; cómo Smith llegó a ser un audaz banquero y recibió de un simple exhibidor de momias un papyrus, que contenía la narración escrita de mano de Abraham y otros célebres egipcios”.

Como esta historia se iba haciendo un poco larga, las filas de oyentes se fueron aclarando, y el público ya no quedaba reducido más que a unas veinte personas.

Pero el “Elder”, sin dársele cuidado por esta deserción, refirió con detalles “cómo Joe Smith quebró en 1837; cómo los arruinados accionistas le embrearon y emplumaron; cómo se le volvió a ver, más honorable y más honrado que nunca, algunos años después, en Independence, en Missouri, y jefe de una comunidad floreciente, y que no contaba menos de tres mil discípulos, y entonces perseguido por el odio de los gentiles, tuvo que huir al “Far West americano”.

Todavía quedaban diez oyentes, y entre ellos el buen Passepartout, que era todo oídos. Así supo “cómo, después de muchas persecuciones, Smith apareció en Illinois y fundó, en 1839, a orillas del Mississippi, Nauvoo, la Bella, cuya población se elevó hasta veinticinco mil almas; cómo Smith fue su alcalde, juez supremo y general en jefe; cómo en 1843 se presentó a candidato a la presidencia de los Estados Unidos, y cómo, por último, atraído a una emboscada en Carthage, fue encarcelado y asesinado por una banda de hombres enmascarados”.

Entonces ya no había quedado más que Passepartout en el vagón, y el “Elder”, mirándole de hito en hito, fascinándole con sus palabras, le recordó que dos años después del asesinato de Smith, su sucesor el profeta inspirado, Brigham Young, abandonando  Nauvoo, fue a establecerse a las orillas del Lago Salado, y allí, en aquel admirable territorio, en medio de una región fértil, en el camino que los emigrantes atraviesan para ir a California, la nueva colonia, gracias a los principios de la poligamia del mormonismo, tomó enorme extensión.

-¡Y por eso- añadió William Hitch-, por eso la envidia del Congreso se ha ejercitado contra nosotros! ¡Por eso los soldados de la Unión han pisoteado el suelo de Utah! ¡Por eso nuestro jefe, el profeta Brigham Young, ha sido preso con menosprecio de toda justicia! ¿Cederemos a la fuerza? ¡Jamás! Arrojados de Vermont, arrojados de Illinois, arrojados de Ohio, arrojados de Missouri, arrojados de Utah, ya encontraremos algún territorio independiente, donde plantar nuestra tienda… Y vos, adicto mío – añadió el “Elder”, fijando sobre su único oyente su enojada mirada -, ¿plantaréis la vuestra a la sombra de nuestra bandera?

No – respondió con valentía Passepartout, que huyó a su vez, dejando al energúmeno predicar en el desierto.

Pero, durante esta conferencia, el tren había marchado con rapidez, y a cosa de mediodía tocaba en la punta Noroeste del Gran Lago Salado. De aquí podía abrazarse, en un vasto perímetro, el aspecto de ese mar interior que lleva también el nombre de Mar Muerto, y en el cual desagua un Jordán de América. Lago admirable, rodeado de bellas peñas agrestes, con anchas capas incrustadas de sal blanca, soberbia sábana blanca de agua, que antiguamente cubría un espacio más considerable; pero, con el tiempo, sus orillas, elevándose poco a poco, han reducido su superficie, aumentando su profundidad.

El Lago Salado, con unas setenta millas de longitud y treinta y cinco de altura, está situado a tres mil ochocientos pies sobre el nivel del mar. Muy diferente del lago Asfaltites, cuya depresión acusa mil doscientos pies menos, su salinidad es considerable, y sus aguas tienen en disolución la cuarta parte de materia sólida. Su peso específico es de 1,179, siendo 1,000 la del agua destilada. Por eso allí no pueden existir peces. Los que vienen del Jordán, del Weber y de otros ríos, perecen en seguida; pero no es verdad que la densidad de las aguas es tal, que un hombre no pueda sumergirse.

Alrededor del lago, la campiña estaba admirablemente cultivada, porque los mormones entienden bien los trabajos de la tierra; ranchos y corrales para los animales domésticos, campos de trigo, maíz, sorgo; praderas de exuberante vegetación; en todas partes setos de rosales silvestres, matorrales de acacias y de euforbios; tal hubiera sido el aspecto de esa comarca seis meses más tarde; pero entonces el suelo estaba cubierto por una delgada capa de nieve que lo emblanquecía ligeramente.

A las dos, los viajeros se apeaban en la estación de Ogden. El tren no debía marchar hasta las seis. Mister Fogg, mistress Aouida y sus dos compañeros tenían, por consiguiente, tiempo para ir a la Ciudad de los Santos, por un pequeño ramal que se destaca de la estación de Ogden. Dos horas bastaban apenas para visitar esa ciudad completamente americana, y como tal, construida por el estilo de todas las ciudades de la Unión; vastos tableros de largas líneas monótonas, con la tristeza lúgubre de los ángulos rectos, según la expresión de Víctor Hugo. El fundador de la Ciudad de los Santos, no podía librarse de esa necesidad de simetría que distingue a los anglosajones. En este singular país, donde los hombres no están, ciertamente, a la altura de las instituciones, todo se hace cuadrándose; las ciudades, las casas y las tolderías.

A las tres, los viajeros se paseaban, pues, por las calles de la ciudad, construida entre la orilla del Jordán y las primeras ondulaciones de los montes Wahsatch. Advirtieron pocas iglesias o ninguna, y como monumentos, la casa del Profeta, los tribunales y el arsenal; después, unas casas de ladrillos azulados con cancelas y galerías, rodeadas de jardines, adornadas con acacias, palmera y algarrobos. Un muro de arcilla y piedras, hecho en 1853, ceñía la ciudad; en la calle principal, donde estaba el mercado, se elevaban algunos palacios adornados de banderas, y entre otros, Lake-Salt-House.

Mister Fogg y sus compañeros no encontraron la ciudad muy poblada. Las calles estaban casi desiertas, salvo la parte del Templo, adonde no llegaron sino después de atravesar algunos barrios cercados de empalizadas. Las mujeres eran bastante numerosas, lo cual se explica por la composición singular de las familias mormonas. No debe creerse, sin embargo, que todos los mormones son polígamos. Cada cual es libre de hacer sobre este particular lo que guste; pero conviene observar que son las ciudadanas de Utah, las que tienen especial empeño en ser casadas, porque, según la religión del país, el cielo mormón no admite a las solteras en la participación de sus delicias. Estas pobres criaturas no parecen tener existencia holgada ni feliz. Algunas, las más ricas sin duda, llevaban un jubón de seda negro, abierto en la cintura, bajo una capucha o chal muy modesto. Las otras no iban vestidas más que de indianas.

Passepartout, en su cualidad de soltero por convicción, no miraba sin cierto espanto a esas mormonas, encargadas de hacer, entre muchas, la felicidad de un solo mormón. En su buen sentido, de quien se compadecía más era del marido. Le parecía terrible tener que guiar tantas damas a la vez por entre las vicisitudes de la vida, conduciéndolas así, en tropel, hasta el paraíso mormónico, con la perspectiva de encontrarlas allí, para la eternidad, en compañía del glorioso Smith, que debía ser ornamento de aquel lugar de delicias. Decididamente, no tenía vocación para eso, y le parecía, tal vez equivocándose, que las ciudadanas de Great Lake-City dirigían a su persona miradas algo inquietantes.

Por fortuna, su residencia en la Ciudad de los Santos, no debía prolongarse. A las cuatro menos algunos minutos, los viajeros se hallaban en la estación y volvían a ocupar su asiento en los vagones.

Dióse el silbido; pero cuando las ruedas de la locomotora, patinando sobre las vías, comenzaban a imprimir alguna velocidad al tren, resonaron estos gritos: ¡Alto! ¡Alto!

No se para un tren en marcha, y el que profería esos gritos era, sin duda, algún mormón rezagado. Corría desalentado, y afortunadamente para él no había en la estación puertas ni barreras. Se lanzó a la vía, saltó al estribo del último coche, y cayó sin aliento sobre una de las banquetas del vagón.

Passepartout, que había seguido con emoción los incidentes de esta gimnástica, vino a contemplar al rezagado, a quien cobró vivo interés al saber que se escapaba a consecuencia de una reyerta de familia.

Cuando el mormón recobró el aliento, Passepartout se aventuró a preguntarle cortésmente cuántas mujeres tenía para él solo, ya que del modo con que venía escapado le suponía una veintena, al menos.

-¡Una, señor!- contestó el mormón, elevando los brazos al cielo-, ¡una y ya es bastante!

3 comentarios el ““LA VUELTA AL MUNDO EN 80 DIAS” por Jules Verne

  1. guillermo Italia dice:

    He leído muchas de las obras de Julio Verne, me encantan. Esta no la leí. Vi la película, peo no recuerdo que hayan incluído esta parte del libro. Exelente. Un abrazo.

  2. Luis Ángel de Benito dice:

    Genial blog y genial reseña. No te conocía, Josep Carles. Enhorabuena. A ver cuándo sacas a los mormones en las novelas de Jack London y de Zane Grey. Te difundo el blog por ahí.

    • mormosofia dice:

      Estimado Luis Angel:
      Gracias por contactarte y por tu estímulo. En realidad el artículo sobre Zane Grey está en la rampa de lanzamiento, particularmente un análisis de “Los Jinetes de la Pradera Roja”. Tanto mi abuelo como mi mamá eran fervientes lectores de Zane Grey de modo que sus libros formaban parte de la biblioteca familiar. Lo paradójico de Grey, con sus críticas implícitas y explícitas a la poligamia, terminó viviendo con dos esposas en simultáneo más algunas amantes ocasionales en su propia versión “gentil” del “principio”. Jack London está un poco más lejano pero algún día llegará. Un saludo

      Mario R. Montani

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