“ESPIRITU Y MUSICA” – Carta 1 por Merril Bradshaw

 ARTE Y RELIGION

       Música

ESPIRITU Y MUSICA

Cartas a un joven compositor mormón

Por Merril Bradshaw

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Carta número Uno

Mi querido amigo:

Esta es una carta para ti y otros como tú, que están desarrollando sus habilidades como compositores así como sus deseos de servir en el Reino. Si me permites, me gustaría compartir algunas ideas que pueden ayudar a que te encuentres a ti mismo con relación a tu música, la Iglesia y tu testimonio.

Hay un profundo anhelo por la expresión de cosas eternas que yace en las raíces de todo gran arte. Raramente encuentra satisfacción en estos días porque mucho de lo que ha tomado el lugar de arte es hostil a las cosas de valor eterno. Sin embargo, si vamos a comprometernos a producir arte, ese anhelo es la fuente de lo que hacemos y moviliza nuestros espíritus hacia la disciplina, la energía y la dedicación requerida.

Las definiciones de música van y vienen, cambiando con las nuevas percepciones de cada época. Pero hay algunas cosas que se entienden bastante bien y parecen tener un valor perdurable para nuestro concepto de música y nuestra actividad como compositores. Primero, la música no consiste tanto de notas sino más bien de movimiento en el sonido. Los valores expresivos de la música no son portados por las notas en sí mismas, sino por el movimiento entre las notas y la relación que establecen esos movimientos. El movimiento en el sonido, cuando da cuerpo a los gestos internos del espíritu humano, es la substancia del arte musical.

Segundo, hay muchas otras actividades humanas que podrían dar forma a esos gestos: la danza, la escultura, la literatura, la oración. La oración consiste especialmente en espíritu humano tratando de expresarse hacia Dios. Por eso se la describe como “la actividad de un fuego oculto que vibra en el pecho”. La “actividad de un fuego escondido” y “movimiento expresivo en el sonido” considerados en conjunto facilitan la comprensión de lo que describe Doctrina y Convenios: “La canción de los justos es una oración para mí”. Existe una relación fuerte, paralela y esencial entre la oración, la música y las actividades del espíritu.

Nuestra tarea como compositores es hallar ese “fuego Escondido” o los contornos expresivos de nuestros impulsos espirituales y corporizarlos en sonido. Eso es bastante fácil de poner en palabras pero mucho más demandante llevarlo a la práctica. El proceso consiste en relacionar tu sensibilidad por el sonido con tu sensibilidad por el espíritu. Como forma de introducirnos en el proceso, permíteme mencionar algunas de las trampas que debemos evitar.

La primera tentación es la Herejía Académica. Este es un mito que dice, “Si seguimos las reglas escribiremos buena música”. En apariencia es muy convincente porque todos reconocemos que las cosas buenas deben ser hechas correctamente. La falacia en la herejía académica está en asumir que si seguimos las reglas de armonía, contrapunto, etc, será suficiente para crear una pieza de música que sea buena. Nunca debes creer eso: es demasiado fácil. Lo que hace buena a una pieza musical es si corporiza o expresa el “fuego escondido” de modo tan vívido que permite a otras personas sentirlo. Cualquier cosa menor a eso es un engaño. Verás, las reglas siempre se establecen después de los hechos para ayudar a los estudiantes a entender cómo este o aquel gran maestro lo logró. Pero el gran maestro, sin importar cuán grandiosa fuese su técnica, en realidad lo logró poniendo su técnica al servicio de sus impulsos espirituales. Si tu música de impulsos espirituales propios llega a ser lo suficientemente fuerte como para proyectar su significado a través del sonido, no será por seguir las reglas que alguien puso sobre cómo lo hicieron los grandes maestros.

Otra trampa es la tentación de la Herejía de la Audiencia Masiva: “La pieza que es aceptada por la mayor cantidad de gente es la mejor”. Tiene un corolario: “La pieza que produce los mejores ingresos es la mejor”. ¿Puedes percibir lo alejado que está eso de la necesidad de encontrar lo eterno y expresarlo adecuadamente? No estoy en contra de que a la gente le guste mi música, ni tampoco desdeño los ingresos por la venta de mis creaciones. Ambos son placenteros. Pero cuando se transforman en el motivo básico de mis esfuerzos creativos degradan el producto de esos esfuerzos al punto de ser incapaces de satisfacer mi hambre por expresar las cosas de la eternidad.

Igualmente dañina es la tentación de la Herejía Esotérica: “La música que es más complicada, inusual y difícil es la mejor música”. Esta está frecuentemente acompañada por la arrogante actitud de rebajar a la audiencia: “… sólo los verdaderamente inteligentes pueden apreciar el gran arte”. La complejidad no es un ingrediente esencial del gran arte. En esto, de todos modos, hay que ser cuidadoso, porque hay buenas obas de arte, con un gran espíritu, que inspiran en parte porque se apoyan en una cierta profundidad que logra al ser intrincada. Pero no es la complejidad la que las hace grandes: es la intensidad con la que nos ponen cara a cara con el Espíritu.

Luego está también la Herejía Santurrona: “La música que es seria, lúgubre y que frunce el ceño frente a la vida del hombre debe ser gran música”. Esto, por supuesto, no es más verdadero que su opuesto. El fuego oculto, en ocasiones, produce vibraciones solemnes, aún lúgubres. Pero también puede producir, paz, sonrisas, éxtasis, o vigor. Una cara larga no tiene la menor relación con la grandeza. Debo decir, sin embargo, que cuando uno trata con las cosas de la eternidad y el Espíritu se conmueve en tu interior, aún los estados de ánimo más brillantes encajan dentro de un marco que es finalmente significativo y, por tanto, serio. La confusión entre la cara larga santurrona y el reconocimiento de significado eterno ha hecho olvidar a alguna gente que los frutos del Espíritu son gozo, paz, amor y fe.

La tentación de la Herejía Sentimental es especialmente difícil de resistir. Está basada en una desconfianza de las emociones honestas. Esta desconfianza conduce a una necesidad de “adornar” para que les guste más a otros. Esto, a su vez, lleva a una amplia discrepancia entre la naturaleza de las emociones y la forma de elaborar su expresión.

En este tipo de situación las incapacidades técnicas del compositor se hacen especialmente evidentes. En este sentimentalismo hallamos o bien una emoción profunda que se quiebra por la ausencia de delicadeza en su expresión, o, más frecuentemente, una especie de sobreactuación en la que, ideas de una simplicidad esencial, son revestidas con un ropaje excesivamente antojadizo.

Este deseo de “sobreactuación” conduce fácilmente a depender de los clichés. Los clichés son fórmulas gastadas que roban a tu expresión de su vitalidad. Representan el “camino fácil” en vez de los esfuerzos por una expresividad precisa y vigorosa. Esa es la sustancia de la música sentimentalista, tanto en su composición como en la respuesta a ella.

De modo que, con la música sentimentalista, encontramos gente sensible incómoda con la falsedad de la sobreactuación emocional, ofendida por la pobreza de la expresión, aburrida por los clichés y horrorizada por la escasez de buen gusto que utiliza un lenguaje elaborado para ideas sumamente triviales. Cuando uno oye las respuestas de la gente a este tipo de piezas encontrará a los sentimentalistas que las “aman” efusivamente. Pero los verdaderamente sensibles o bien mantienen silencio para no ofender o denuncian con energía lo que para ellos ha sido una experiencia llena de dolor y vergüenza.

Todas estas herejías son peligrosas porque te apartan de tu tarea fundamental: hallar el Espíritu de Dios y corporizar su movimiento expresivo en tu música de modo que los intérpretes que tengan el Espíritu puedan darle vida al ejecutar tu música y la audiencia pueda sentirse inspirada con un amor por las cosas eternas.

Necesitaría decir algo sobre “el profundo anhelo por la expresión de cosas eternas que yace en las raíces de todo gran arte” que mencioné al comenzar. A menudo, mientras comienza nuestro crecimiento en el mundo artístico, otros intereses se entrometen y desplazan ese anhelo: un deseo de éxito en el mundo; un deseo de impresionar al director para asegurar nuestro ascenso en los círculos profesionales de música; un deseo de dominar el lenguaje musical, etc. Sospecho que tales digresiones son parte integral de nuestro desarrollo. Pero deben siempre mantenerse como digresiones. Si alguna de ellas ocupa nuestra atención de manera permanente, vaciará nuestro deseo creativo de expresar la eternidad, que es lo único que contiene el fuego para inspirar gran música.

Para lograr tu tarea hay varios requisitos. Primero debes vivir de tal modo que puedas percibir los movimientos del Espíritu en tu corazón. Lo que hagas en música siempre traslucirá lo que eres. ¡No se puede escapar a eso! Por lo tanto, debes llegar a estar tan sintonizado con lo eterno que puedas vivir en, para y por el Espíritu. No es suficiente ser un compositor santo de los últimos días sólo de nombre. Tu “mormoneidad” debe transformarse en el ímpetu fundamental de tu creatividad (Mormoneidad significa tu visión mormona de las cosas eternas)

Segundo, debes lograr la adecuación técnica para el trabajo de incorporar el Espíritu en tu música. Esto exige mucho más que el mero dominio de la armonía, la orquestación o las formas. Demanda la habilidad absoluta de permitir que las notas hagan la invitación para que el Espíritu no se vea restringido por tu incapacidad de responder.

Tercero, siempre debes tener en mente a tu audiencia. Sin embargo, no es tu trabajo hacer sólo lo que ellos quieren que hagas – tu tarea es inspirarlos con visiones de cosas eternas. Las audiencias tienden a gustar de aquello que ya conocen. Un compositor no tiene posibilidades de éxito si nunca desafía esa tendencia. Para desafiarla exitosamente debes capturar el fuego escondido de modo tan vívido que puedas vencer el letargo de la audiencia y hacerles sentir los movimientos del Espíritu a pesar de ellos mismos.

Hay otro enfoque de la audiencia que debes conservar en tu pensamiento. La audiencia final para todo lo que hacemos aquí en la tierra es Dios. Esto significa que, sin importar cuáles sean las demandas de otras audiencias, debemos crear nuestra música de modo que lo complazcamos primeramente a El. Cuando tanto nosotros como nuestro auditorio estamos buscando el Espíritu y respondiendo a él no hay problema. Pero cuando nuestros objetivos mundanos y prejuicios tiñen nuestro juicio, o cuando la audiencia terrenal se rehúsa, ya sea por ignorancia, prejuicio o holgazanería, a participar con el Espíritu, tenemos una contención que únicamente puede conducir a una parálisis de la creatividad o a una propaganda rufianesca de los gustos degenerados de quienes son demasiado perezosos para pensar y sentir.

Han existido muy pocas ocasiones en que la gente se ha visto inspirada por un discurso en un lenguaje que desconocen. Esto es también verdad en música. Las batallas estilísticas de los ’50 y ’60 nos han hecho más sensibles a la necesidad de cierta frescura en los estilos. Pero escoger un estilo que sean tan extraño a la audiencia que no tenga forma de relacionarse con él es tan ridículo como hablarle en dialecto alpino a un nativo de Oaxaca. Hace que sea muy difícil entablar contacto con el Espíritu. Debes poder manejar muchos estilos pero hablar en chino sólo cuando hay chinos escuchando.

El don que posees es bastante frágil. Casi todas las personas que son sensibles a la música lo poseen en cierto grado. Si llegas a triunfar como compositor es porque lo posees en un grado intenso. Precisamente es esa intensidad la que es tan frágil. Es posible que una palabra descuidada, una mala experiencia o una mala conciencia te distraigan al punto de no poder trabajar con el vigor y entusiasmo del Espíritu sin aplicar ni tu propia energía o la energía del Espíritu a tu tarea. Debes protegerte de las experiencias y situaciones que pueden dañar tu don por lo que debes nutrirlo y fortalecerlo constantemente.

El Espíritu siempre exige su precio y debes estar dispuesto a pagarlo. Cuando el espíritu que buscas es especialmente profundo o debe ser sostenido por un largo período de tiempo, el precio en esfuerzo, compromiso y sacrificio llega a asustarnos, al punto que podemos no tener el coraje de encarar el proyecto que lo requiere. Pero, toma nota: se puede evitar el sacrificio y el compromiso con un gran riesgo, pues entonces se vuelve aún más  difícil reunir el coraje para un proyecto importante y pronto estarás incapacitado para abordar nada que no sean trivialidades.

Mucho de esto parece fácil de decir y, por tanto fácil de realizar. Ambas cosas son engañosas. En primer lugar, no es fácil de decir hasta que hayas formulado los pensamientos en tu mente con suficiente claridad como para expresarlos. Las ideas en estas cartas han estado creciendo por muchos años hasta llegar a su estado actual. Han sido declaradas, revisadas, reexpresadas, descartadas, revividas, revertidas, cambiadas, enderezadas y refinadas. Y eso fue lo fácil. Porque aún más difícil es hacer las cosas que se requieren de un compositor, difícil porque involucran al Espíritu en su sentido más personal, expansivo, directo e íntimo. Aun cuando cumplamos sinceramente con todas las formas normales de acercarnos al Espíritu, no lo gobernamos; él nos gobierna a nosotros. De ese modo estamos sujetos a las fluctuaciones de nuestra propia preparación y también a los propósitos del Espíritu. Además, nada indica que aunque el Espíritu opere activamente con nosotros el trabajo sea fácil. No lo es.

Escribir buena música es una experiencia casi agonizante – pues la música expresa nuestro yo del modo más fundamental, personal y honesto. Expresar el propio ser, especialmente cuando ciertos movimientos del Espíritu están en áreas no definidas por claras experiencias previas, requiere reevaluación en un intenso nivel. La tarea física de usar un lápiz sobre la partitura es lo de menos. Los esfuerzos mentales y espirituales son enormes y agotadores, a un nivel que muchos en otras profesiones y muchos compositores amateurs ni soñarían.

Componer es un don del cielo; pero es un don de herramientas, no un don de productos terminados, y el dominio de las herramientas no se logra en cuatro, u ocho, o veinte años. Si trabajas tan fuerte como puedas toda tu vida, y hasta el fin, aun así crear buena música nueva será un desafío y mucho trabajo duro. Y si corporiza el Espíritu, valdrá todo lo que hayas aprendido y ganado, valdrá los últimos y mejores esfuerzos de tu vida.

Me gustaría ahora decir algunas palabras sobre la autoridad. Somos parte de una Iglesia autoritaria, al menos en aquellas cosas que tienen que ver con el gobierno de la Iglesia. Así es como debe y debería ser. He observado una tendencia entre muchos artistas tanto dentro como fuera del campo musical de minimizar lo que las Autoridades nos dicen sobre el arte. (Me atrevería a aventurar que si habláramos de temas técnicos serían los últimos en reconocerse expertos) Pero debemos recordar que ellos tienen “un sentido perfecto de lo real” y que, cuando estamos batallando con los temas básicos de nuestro arte, su consejo será a menudo de ayuda, aunque a veces no tan placentero para nuestros gigantescos egos. Haríamos bien en responder a sus consejos sin resentimiento, ya que el resentimiento aleja el Espíritu. Cuando nuestro objetivo es dar forma al Espíritu no podemos rechazar el consejo de los siervos de Dios sin hacernos extraños a lo que es la raíz de nuestro arte.

Espero que esta carta no haya sido demasiado larga y que algunas de sus ideas puedan resultarte útiles. La seguirán otras.

Merrill Bradshaw (1929-2000) fue profesor de música en BYU y prolífico compositor. Estas Cartas a un Joven Compositor fueron publicadas por la Universidad en 1979.

 
Traducida por Mario R. Montani

(Pero obtenida y largamente requerida y esperada por mi sobrino, el Obispo y músico Julián Mansilla)

 

Esta entrada fue publicada en Música.

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