RENUNCIANDO A LA GUERRA Y PROCLAMANDO LA PAZ

“RENUNCIANDO A LA GUERRA Y PROCLAMANDO LA PAZ”

(Algunas reflexiones sobre Guerra, Paz y Doctrina)

por Mario R. Montani

“Todos los que tomen espada, a espada perecerán.”

Mateo 26:52

Desde hace algunos meses mi mente ha estado preocupada por los eventos internacionales que todos conocemos y que se relacionan con una segunda guerra en Irak. Deseaba volcar al papel algunas de mis ideas e impresiones. Simultáneamente, mi hija, me había pedido un estudio exhaustivo de ciertos  discursos de la última Conferencia General. Espero de este modo cumplir con ambas asignaturas pendientes.

El análisis presentará 3 niveles: a) el de las cosas que sé, b) el de las cosas que creo y c) el de las cosas que especulo. Los subrayados de algunos párrafos pretenden enfatizar  y corren por mi cuenta

 

a)      COSAS QUE SE

 

1)      La Guerra es un instrumento de Satanás

 

“Y en aquellos días Satanás ejercía gran dominio entre los hombres y agitaba sus corazones a la ira; y desde entonces hubo guerras y derramamiento de sangre; y buscando poder, el hombre levantaba su mano en contra de su propio hermano…” (Moisés 6:15)

 

“La hora no es aún, mas está próxima, cuando la paz será quitada de la tierra y el diablo tendrá poder sobre su propio dominio”. (D. y C. 1:35)

 

“La guerra es deplorable y repulsiva. Hace que los hombres actúen como normalmente no lo harían. Destroza a las familias y produce odio, inmoralidad y fraudes. Quienes se han visto involucrados en la guerra usualmente se muestran renuentes a recordar o siquiera a hablar de lo que han visto”(El Libro de Mormón, manual para el alumno, Religión 121-122, SEI, pag. 297)

 

La guerra probablemente sea el estado más satánico e inicuo que puede existir en la tierra. Es asesinato organizado y sistemático, con saqueo, robo, inmoralidad sexual y toda otra maldad que se desprende de ella como cosa natural. La guerra es del diablo; ha nacido de las pasiones (Santiago 4:1). … Desde la caída del hombre, han prevalecido las condiciones telestes y de concupiscencia, y las guerras se han multiplicado. Las palabras son incapaces de expresar la depravación humana que ha acompañado a la guerra en cada época, pero la era conocida como los últimos días es aquella en la que se ha peleado y se peleará la más extensa y la más inicua de todas las guerras” (Bruce R. McConkie, Mormon Doctrine, pag. 826)

 

No caben dudas sobre este punto. Hemos usado hasta aquí las escrituras, un manual oficial del Sistema Educacional de la Iglesia y a una Autoridad General que, no casualmente, fue uno de nuestros grandes teólogos. Quienes reciben sus investiduras en el Templo adquieren un testimonio adicional sobre este principio.

Ahora veamos qué dice alguien que fue Profeta  en estos Ultimos Días (está hablando durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial):

 

Satanás ejerce el dominio ahora. No importa dónde miréis, él tiene el mando, aun en nuestra propia nación. El está dirigiendo a los gobiernos hasta donde el Señor se lo permite. A eso se debe que haya tanta disensión, agitación y confusión por toda la tierra. Una mente superior está gobernando a las naciones. No es el presidente de los Estados Unidos, no es Hitler, no es Mussolini; no es el rey o gobierno de Inglaterra ni de cualquier otro país; es el propio Satanás. … pues (él) ciertamente tiene dominio sobre lo suyo, porque en él está el poder de la confusión, la disensión, y el rencor y la distinción de clases. En él está el poder del engaño y no de paz y rectitud”. (Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, tomo III, pag. 295)

 

2)      Debemos obediencia a los gobiernos de los países en que vivimos.

 

“Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que obedezcan, que estén dispuestos a toda buena obra”. (Tito 3:1)

 

“Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas … porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo. Por lo cual es necesario estarle sujeto, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia” (Romanos 13:1,4)

 

“Creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados, en obedecer, honrar y sostener la ley” (Artículo de Fe Nº 12)

 

“Creemos que Dios instituyó  los gobiernos para el beneficio del hombre y que él hace a los hombres responsables de sus hechos con relación a dichos gobiernos, tanto en la formulación de leyes como en la administración de éstas, para el bien y la protección de la sociedad” (D.y C. 134:1) “… que el magistrado civil debe restringir el crimen, pero nunca dominar la conciencia; debe castigar el delito, pero nunca suprimir la libertad del alma” (D.y C. 134:4)

 

“Si vivimos nuestra religión, honramos a nuestro Dios y Su sacerdocio, honraremos también a todo gobierno y ley saludables que existan en la tierra” (Discursos de B. Young, 358)

 

Nuevamente, estamos utilizando los Libros Canónicos y el comentario de un Profeta de esta dispensación para establecer el punto, que creo no plantea ninguna duda.

 

3)      El Presidente de la Iglesia es un Profeta de Dios.

 

“Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amos 3:7)

 

“…edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo”. (Efesios 2:20)

 

“… porque recibiréis su palabra con toda fe y paciencia como si viniera de mi propia boca” (DyC. 21:5)

 

Creo que estas citas del Antiguo y Nuevo Testamento así como de las revelaciones modernas deberían bastar para confirmar un principio que en realidad forma parte de nuestros testimonios. Si hemos logrado saber que José Smith fue un Profeta, que hubo una Restauración, que la Iglesia es verdadera, entonces esta cuestión se desprende automáticamente de las anteriores.

El Presidente Gordon B. Hinckley es el actual Profeta, Vidente y Revelador para la Iglesia y el mundo. ¿Qué ha dicho últimamente?:

 

“ ‘¿Por qué se amotinan las gentes y las naciones’ (Salmos 2:1). He vivido durante todas las guerras del siglo XX. Mi hermano mayor está sepultado en la tierra de Francia, víctima de la Primera Guerra Mundial. He vivido durante la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Corea, la guerra de Vietnam, la guerra del Golfo y conflictos bélicos menores. Hemos sido gentes muy pendencieras y difíciles en nuestros conflictos de los unos con los otros. Por tanto, debemos volvernos al Señor y acudir a El. (Gordon B. Hinckley Conf. Gral. Liahona Enero 2002 pag. 105)

 

Estos tres principios presentados son pilares básicos para cualquier discusión sobre la guerra que queramos mantener. No deberían entrar en conflicto entre ellos. Si el Profeta declarara en alguna ocasión que la guerra no es de Satanás o que no debemos obediencia a las autoridades seculares establecidas, allí tendríamos un conflicto de doctrina y de conciencia

 

b)     COSAS QUE CREO

 

Ahora pasaré a detallar algunas cosas en las que creo profundamente. Desde mi punto de vista están  basadas en los tres pilares anteriores y no los contradicen, pero no estoy seguro de que todos compartan estas creencias. Por lo tanto las enumero como cosas en las que yo creo:

 

1)      Debemos renunciar a la guerra y proclamar la paz.

 

“Ahora bien, con respecto a los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, ¿qué espera el Señor de nosotros? Como Iglesia, debemos ‘renunciar a la guerra y proclamar la paz’ (D y C 98:16). Como personas, debemos seguir ‘lo que contribuye a la paz’ (Romanos 14:19), ser pacificadores y vivir en paz, como matrimonios, familias y vecinos”. (Russell M. Nelson – Conf. Gral. Liahona Noviembre de 2002 pag. 41)

 

“Esté donde esté y se exprese como se exprese, la Regla de Oro contiene el código moral del reino de Dios. Prohíbe el que una persona se inmiscuya en los derechos de otra. Es igualmente válida con respecto a las naciones, a las asociaciones y a las personas en forma individual. Con compasión y tolerancia, ella reemplaza el deseo de venganza del ‘ojo por ojo, y diente por diente’ (Exodo 21:24-27). Si permaneciéramos en ese viejo e infructuoso camino, estaríamos todos ciegos y sin dientes (Joseph Stein, Un violinista sobre el tejado, 1964, pag. 142)” Russell M. Nelson – Conf. Gral. Liahona, Noviembre de 2002 pag. 39-40)

 

Comparto plenamente estas ideas y aún la forma en que están expresadas. Cumplir esto requeriría un cambio profundo en nuestros corazones, para nada sencillo. Si nos contentáramos con criticar a una nación que invade a otra pero no corrigiéramos las peleas en nuestra familia o con otros individuos, seríamos hipócritas.

 

2)      Hay motivos que podrían justificar el participar en una guerra (no iniciarla)

 

“Tal condición sin embargo, no es un insulto real o fantasioso de una nación a otra. Cuando esto ocurre, se puede reparar el daño mediante el entendimiento mutuo, las disculpas o mediante el arbitraje. Tampoco es causa justificable el deseo o la necesidad de expansión territorial. La toma de territorio significa que los fuertes dominan a los débiles.

Tampoco es justificable entablar la guerra en un intento por establecer un nuevo orden de gobierno ni por compeler a otros a aceptar una forma particular de adoración, no importa cuánto mejor sea el orden que se quiera establecer o cuán eternamente verdaderos sean los principios de la religión que se quieran imponer

Sin embargo, hay dos condiciones que pueden justificar el que un hombre verdaderamente cristiano participe en una guerra, pero no que la provoque: (1) el intento de parte de otros de dominar y quitar el libre albedrío, y (2) la lealtad a su país. Posiblemente haya una tercera: defender a una nación débil del injusto ataque de una nación fuerte y despiadada que desee subyugarla” David O. McKay (Secrets of a Happy Life, pag. 76)

“… las Escrituras están salpicadas de relatos de contención y combates, condenan enérgicamente los actos bélicos de agresión, pero sustentan la obligación de los ciudadanos de defender sus familias y su libertad”. (Elder Russell M. Nelson, Conf. Gral. Liahona Noviembre de 2002, pag. 40)

 

 

3)      Poseemos el derecho y el deber de orar por aquellos que nos dirigen.

 

Creo que están dentro de la categoría de deberes y derechos morales, no exigibles por la ley política. Un gobierno puede estimularlos pero nunca imponerlos. Las listas negras de quienes no participan públicamente en lecturas de la Biblia u oraciones pareciera una negación del libre albedrío al que damos fundamental importancia.

El que un Presidente se dirija a su Creador en busca de consejo me parece un acto de humildad. El que su pueblo ore por él me parece loable. Creo que ambas cosas deberían hacerse en los “aposentos secretos” y no “para ser alabados por los hombres”. Las reuniones públicas y el exceso en este sentido se transforman rápidamente en un rasgo fariseo.

No creo que el hecho de que un funcionario ore haga automáticamente que sus acciones reflejen la voluntad de Dios o lo acredite a tomar decisiones contrarias a los principios del Cristianismo.

Más bien opino como Joseph Fielding Smith:

“Nunca he tenido mucha confianza en la proclamación o solicitud que se hizo de que los habitantes de este país oraran para que hubiese paz, por la muy válida razón de que no fue sincera. No podemos orar al Señor y decir: ‘Atiende a nuestra causa; danos la victoria; haz lo que nosotros queremos que hagas; pero no nos pidas que hagamos lo que Tú quieres que se haga’”  Conference Report, Oct. 1944, pags. 144-145)

 

4)      La Guerra es política por otros medios.

 

Esta idea, que comparto, no es mía. Pertenece a  Karl von Clausewitz, uno de los estrategas más brillantes de la Historia, quien viviera entre 1780 y 1831. A principios del siglo XIX ya era un joven oficial. Cuando nuestro país iniciaba su revolución en busca de libertad, él estaba en Rusia preparando a las tropas para repeler a Napoleón. Cuando se organizó la Iglesia, se encontraba  a punto de morir. Su esposa publicó en 1832 algunas de sus ideas en ‘De la Guerra’ (von Kriege). A pesar de los 180 años transcurridos y de los cambios en la forma de combatir, su pensamiento continúa siendo muy lúcido. Por ejemplo:

 

“La Guerra es un acto de fuerza para imponer nuestra voluntad al adversario y no hay límite para la aplicación de dicha fuerza”.

“La Guerra no pertenece al área de las artes o las ciencias, sino a aquella de la existencia social … Sería mejor relacionarla con la competencia en los negocios… y aún más con la política, la cual podría considerarse competencia de negocios en una gran escala”

“La Guerra es nada más que la continuación de las políticas de estado por otros medios…La Guerra es política por otros medios … Los negocios son economía política…”

 

“En los grandes combates que denominamos guerras… usualmente no hay sentimientos hostiles de un individuo contra otro… el odio nacional se transforma en algo parecido a un poderoso sustituto de la hostilidad personal entre individuos”

No hay agresores en la Guerra. “…el agresor siempre tiende a ser amante de la paz porque le gustaría alcanzar su conquista sin derramamiento de sangre, por lo tanto, la agresión debe ser siempre presentada como una reacción defensiva de parte de la nación agresora”.

 

Hugh Nibley, con la brillantez que lo caracteriza, estableció una comparación entre Moroni y Clausewitz en una notable disertación (Two authorities on war, 21-02-91) durante la Guerra del Golfo. De lectura más que recomendable, sólo aporto un par de párrafos de ella:

“Toda guerra es absoluta. Nunca será otra cosa – si uno no quiere que sea así no debe pelear. Aprobarla es aprobar todo lo que viene con ella. Las expresiones ‘guerra civilizada’ y ‘reglas de la guerra’ son contradictorias en sí mismas, si fuésemos civilizados y cumpliéramos las reglas no tendríamos necesidad de entrar en un conflicto armado. Esto convierte a la guerra en una atrocidad, y el iniciar una guerra en un acto de malicia infinita. Con nuestro fenomenal adelanto técnico debería admitirse más abiertamente que antes que la guerra nunca estará desprovista de ‘daños colaterales’ y devastación por ‘fuego amistoso’”.

“Cada bando está empeñado en la destrucción del otro. Esto significa que ambos deben compartir la culpa. Por ejemplo, es imposible desarrollar violencia sin límites y no tener ‘daños colaterales’, de modo que quien da una orden de ataque debe compartir la culpa con su oponente. Se desarrolla este diálogo: A dice: ‘Ustedes pusieron a su pueblo en riesgo’. B contesta: ‘pero ustedes sabían que habría gente inocente en situación de riesgo a pesar del cuidado exquisito con que bombardearan y sin embargo siguieron adelante y descargaron sus artefactos de dos toneladas’. A dice: ‘Pero ustedes nos forzaron a hacerlo’. B: ‘¿de qué manera?’. A: ‘Al rehusarse a hacer lo que les dijimos que hicieran’. Esto hace que la escalada sea inevitable. B, siendo un árabe a quien nada le gusta más que regatear y negociar, sugiere una charla, pero A dice: ‘no hay nada que discutir. Es sólo una treta para distraernos. Deben hacer lo que les dijimos sin condiciones’ ¿Pueden imaginar a un orgulloso oponente aceptando esos términos?”

 

5)      Las guerras suelen ser la solución ideal para acabar con los problemas domésticos y críticas internas.

 

Cedent leges inter arma: La ley cede ante las armas. En época de Guerra todas las leyes se suspenden. Este era el instrumento conveniente por el que los Patricios Romanos que eran propietarios de todos los bienes silenciaban a la plebe disconforme. ‘¿No saben que hay una Guerra desarrollándose? Acaben pues con toda esa crítica…’”

La amenaza exterior como elemento de cohesión ha sido siempre eficaz a pesar de lo repetida. Sólo ha cambiado el nombre de la amenaza, no la situación. Una vez fueron los persas, los bárbaros, o los turcos y en otra ocasión el fascismo, el comunismo o el terrorismo. La escena final de ‘Ensayo de Orquesta’ de Fellini es una plástica ilustración de este principio.

El pueblo norteamericano acaba de sufrir la mayor reducción en sus derechos civiles desde épocas del macarthismo. Sin embargo creen que es por su bien. Los artistas no pueden hablar, los periodistas son despedidos, el FBI pretende que las bibliotecas informen los datos de quienes solicitan ‘ciertos libros’. 1984 de Orwell y Fahrenheit 451 de Bradbury están a la vuelta de la esquina.

Curiosamente, las sospechas de fraude electoral, la profunda recesión, el desempleo, los contratos ‘asignados’ por seguridad nacional, ya no se discuten.

 

6)      Las guerras suelen requerir del síndrome de John Wayne

 

Todos vimos ‘con alivio’ hace unas décadas como Charles Bronson se dedicaba a matar delincuentes en los parques y subtes de la gran ciudad sin estar autorizado para ello. Digo que lo vimos con alivio porque, además de eliminar a esos indeseables, el personaje de Bronson estaba realizando una venganza personal. Su esposa había sido asesinada y su hija violada por mal vivientes, lo cual es descripto detallada y crudamente en las primeras escenas de la película. También hemos visto la maldad de los indios al atacar y torturar a los colonos americanos de las más diversas maneras. Por eso cuando más adelante sus campamentos eran destruidos por la caballería permanecía una cierta sensación de que sólo se había hecho justicia. Algunos estudiosos han denominado a este esquema y los sentimientos que lo gobiernan como el síndrome de John Wayne.

Este síndrome, que entremezcla la justa indignación con el clamor de venganza (sentimiento nada cristiano, por cierto) ha sido utilizado en todas las guerras. Sin Pearl Harbor los EEUU no hubiesen ingresado en la Segunda Guerra Mundial, sin el 11 de Septiembre no estaríamos en el actual conflicto. Otra característica de este síndrome es el desconocimiento (más bien la negación al conocimiento) del otro, del enemigo. Una escena típica de western de los años ’50 comenzaría con una granja aislada y una hermosa familia con hijos de diferentes edades (siempre incluyendo un bebé), un padre que vuelve cansado de trabajar todo el día y una madre abnegada que, con escasos recursos, prepara una rica comida. Nos sentimos identificados porque conocemos lo que es una relación familiar, y simpatizamos con los pequeños y el perro echado cerca del fuego o moviendo la cola bajo la mesa (preferentemente un Golden Retriver). Además indirectamente captamos que con su trabajo y sacrificio se han ganado el derecho de estar allí. …Entonces se produce el ataque, pero ¿qué vemos de los indios? Sólo sombras, gritos y flechas. No nos son descriptos como individuos, no sabemos nada de sus familias, ni de sus sueños ni de sus motivaciones. Sólo los describen sus acciones aparentemente malvadas contra aquellos que ya se han ganado nuestro corazón.

Este discurso simplista y unidireccional fue cambiando en el cine con los años. Pero no en la guerra. Allí John Wayne sigue vivo.

En las semanas previas al ataque a Afganistán  nos enteramos de que las mujeres de ese país llevaban un nivel secundario de vida  y que sería bueno liberarlas de su yugo. Pero ¿no había sido así por años? Además ¿porqué no se informó que hay más mujeres parlamentarias y militares en Irak que en EEUU? ¿Significaría esto que la primer democracia del mundo pone restricciones a sus propias mujeres?

A los otros es mejor no conocerlos, salvo en aquellos detalles que justifiquen las acciones que pensamos tomar en contra de ellos.

 

7)      Toda América es una tierra escogida y los EEUU una nación con importantes propósitos que cumplir.

 

Yo acepto plenamente que nuestro continente tiene un destino glorioso, que Sión será edificada en América, que nadie ha sido traído a estas tierras, o lo será, sin el impulso del Espíritu Santo, que la constitución de los EEUU ha sido inspirada y, como la mayor parte de las naciones americanas la ha tomado como base para las suyas propias, esa inspiración se encuentra hoy entre todos nuestros pueblos. Creo firmemente en todo esto.

Amo a los Estados Unidos de América. No sólo por ser la tierra en donde se restauró el Evangelio. Por ser la cuna de Joseph Smith, Brigham Young, John Taylor y tantos líderes a los que admiro.

Amo la tierra de Thoreau, de Emerson, de Poe, de Whitman, de Hawthorne y Melville. Crecí con  Fenimore Cooper, Mark Twain y Louise May Alcott. En mi juventud me acompañaron Lovecraft, Bierce, Bradbury y Asimov.

Creo en el país del que Sarmiento volvía extasiado, en el país de los adelantos tecnológicos y el alto estándar  de  vida. En el país que admiraban Verne y Dickens.

Creo en el Benjamín Franklin que declaró: “Nunca existió una buena guerra ni una mala paz.” Creo en Thomas Jefferson diciendo: “He visto lo bastante de una guerra para no desear volver a ver otra”. Creo en estadounidenses pensantes como Jeannette Rankin (“No se puede ganar una guerra, como tampoco se puede ganar un terremoto”) o John J. Mearsheimer (“No debe sorprendernos que aquellos a favor de una guerra con Irak presenten a Saddam como un agresor inveterado y sólo parcialmente racional. Están en el negocio de vender una guerra preventiva, de modo que deben intentar que mantenerse en paz parezca inaceptablemente peligroso. Y la mejor manera de lograrlo es agrandando el peligro, ya sea exagerando la capacidad de Irak o sugiriendo cosas horribles que podrían pasar si EEUU no actúa pronto”)

No me gusta renunciar a ideales; creo que todos los necesitamos. Por eso cuando oigo los epítetos de ‘ugly americans’ y ‘gendarmes del mundo’  aunque más que justificadamente aplicados, me duelen.

Porque creo que esa gran nación y una muy buena parte de sus habitantes están viviendo por debajo de las expectativas que el Señor y el resto de las naciones tienen para con ellos.

Creo que todos necesitamos que los EEUU vuelva a ser lo que sus ciudadanos creen que es, pero que, en realidad, hace tiempo ha dejado de ser.

 

8)      La Iglesia no es responsable de las acciones de ningún gobierno.

 

Con el claro principio de que no deben existir elementos de compromiso entre Iglesias y Estados, los Santos de los Ultimos Días rechazaron de parte de la administración Bush millones de dólares en ayuda económica para ser aplicada a obras de caridad. La noticia fue titular en los más importantes diarios de los EEUU durante el 2001.

“Lo agradecemos, pero no los necesitamos” fue la diplomática respuesta. Pero Garth Mangum, profesor emérito de economía en la Universidad de Utah y autor de “La guerra mormona en contra de la pobreza” opina: “no hay nada que el gobierno pueda proveer que la Iglesia no tenga ya. Además produciría indeseables cambios en la estructura y una cierta dependencia del poder político. La Iglesia no desea que el gobierno le diga cómo hacer el trabajo que es propio de la Iglesia”.

 

“… el gobierno es responsable del control civil de sus ciudadanos o súbditos, así como del bienestar político de ellos y de llevar a cabo tácticas políticas, interiores y exteriores… Pero la Iglesia en sí, como tal, no tiene responsabilidad de esas tácticas [ni de otra cosa] que no sea exhortar a sus miembros a dar toda su lealtad a su país.” (Messages of the First Presidency, James R. Clark, tomo VI pags. 155-156)

 

c) COSAS QUE ESPECULO

 

Así como expliqué que las cosas que creo están basadas en las cosas que sé, estoy convencido de que las especulaciones que aparecen abajo están basadas en las cosas que creo. Nadie más que yo es responsable de ellas y tampoco nadie debe sentirse en la obligación de apoyarlas o suscribirlas:

 

a)      Como vimos anteriormente existen dos causas que aparentemente justificarían el participar en una guerra: A) La amenaza de nuestras libertades y familias y B) La lealtad a nuestro país. Se hace necesario aclarar que el requisito no es A + B sino A y/o B. Es decir que B por sí solo puede constituirse en justificativo suficiente.

Busquemos un ejemplo para comprender mejor y darle la dimensión histórica adecuada. Cuando en 1846 los Santos aportaron sus hombres para la constitución del Batallón Mormón que participaría en la guerra contra México no fue porque sus familias o libertades estuviesen siendo amenazadas (causa A) sino por obediencia al gobierno federal (causa B). De hecho la guerra comenzó tiempo después de que un grupo de colonos norteamericanos viviendo en territorio mejicano intentara la incorporación de esas tierras tejanas a la Unión.

Las familias, libertades y propiedades mormonas habían sido más amenazadas dentro del territorio oficial de los EEUU (asesinatos, violaciones, pillaje, estafas) de lo que podían llegar a serlo en la cuenca del Gran Lago Salado, hacia donde se dirigían y a la sazón perteneciente a México.

Sin embargo, por una serie de causas, entre las que no descarto la obediencia al principio religioso, el patriotismo, el sentido de pertenencia, el idioma y las tradiciones culturales compartidas, los miembros de la Iglesia optaron por la lealtad. Diría Brigham Young: “Nunca recuerdo a esa pequeña compañía de hombres sin pensar, ‘Dios los bendiga siempre y para siempre’. Todo eso lo hicimos para demostrarle a nuestro gobierno que éramos leales”.

Hoy sabemos que la guerra contra México fue una guerra de expansión territorial por la cual los EEUU se quedaron con los actuales estados de Nuevo México, Utah, Nevada, Arizona y California, lo cual excedía con creces el origen de la disputa. Es decir una guerra no justificada según el canon establecido por David O. McKay.

Por otra parte, ¿qué posibilidades reales tenía ese grupo de hombres, alejado de la civilización y de los centros de poder, de evaluar si se trataba de una guerra justa o no? Si hubiesen podido leer algún periódico del Este, habrían descubierto que los demócratas favorecían la guerra mientras los liberales y abolicionistas la consideraban un exceso del poder central. Además la información (como en toda guerra) estaba teñida de mentiras, el agresor era el agredido, y el síndrome de John Wayne cabalgaba sobre todo ello.

b)      Con base en lo expuesto anteriormente, he tenido la sensación de que el motivo B (lealtad) ha sido utilizado en el pasado como una ‘cláusula de reaseguro’. Es decir, si no logro demostrar por el motivo A (libertad, familia) que me voy a involucrar en una guerra justa, no importa, porque finalmente el motivo B me obliga a hacerlo. Si eso es realmente así, entonces no tiene sentido que perdamos tiempo discutiendo si una guerra es justa o no. Pero yo no creo que sea o deba ser así. Creo más bien que si uno tiene la certeza de que su país planea ingresar en una guerra injusta, entonces por causa de su lealtad al país y a los principios de justicia debe hacer todo lo que esté a su alcance (dentro de las reglas permitidas) para evitar que ese error se cometa. Creo que la lealtad a un país y a su trayectoria histórica sobrepasa y engloba a la lealtad a una administración ocasional y los ciudadanos responsables deberían analizarla prioritariamente al momento de tomar decisiones morales. (Si este aspecto presenta dudas, invito a reflexionar dónde estaba la lealtad de los Santos durante la llamada Guerra de Utah, cuando el ejército de los EEUU fue enviado a reprimir las libertades y formas de administración mormonas)

c)      Permítanme profundizar un poco el debate hablando de Helmuth Huebner, un joven alemán Santo de los Ultimos Días de sólo 16 años quien fuera asesinado por los nazis en 1941. Curiosamente, el partido nacional socialista, tenía predilección por los jóvenes mormones para ingresar a las files de la juventud hitleriana. Solían ser educados, buenos patriotas (recibían esa instrucción en el hogar y en la Iglesia), fieles, dispuestos y con un cierto grado de liderismo entre sus compañeros. Helmuth fue captado de ese modo. Sin embargo, siendo un muchacho inteligente e inquieto, comenzó a escuchar por las noches las retransmisiones radiales que venían desde Inglaterra vía Francia, lo que era una falta grave. No sólo las escuchó y creyó (al constatarlas con la realidad distorsionada en que vivía) sino que comenzó a compartirlas con otros. Resumiendo: Helmuth Huebner fue muerto, a pesar de sus cortos años, como traidor a la patria. Los alemanes en general y hasta algunos miembros de la Iglesia en particular despreciaron su nombre. El debía haber sido un ejemplo de lealtad y patriotismo, un orgullo para sus padres, el país y su religión; en cambio sólo había traído la desgracia sobre él y los suyos con su crimen de actividades subversivas, agravado por su pertenencia a la organización juvenil. Nadie quiso siquiera nombrar a Helmuth por mucho tiempo. Pero con la victoria aliada la historia se rescribe y el joven mártir es sacado a la luz. Su nombre es reivindicado como un patriota que advertía el peligro que se cernía sobre su nación. Se escriben artículos, libros y creo que una obra teatral con el pomposo título de “Un mormón contra el Tercer Reich”.

Personalmente, la trágica figura de Helmuth me llena de simpatía y consternación. Pero aquí estamos hablando de guerra, paz y doctrina. ¿Fue Helmuth un patriota fiel a su país según el canon doctrinal? Por más que me duela debo responder: No. Si yo analizara exclusivamente el canon, la obra teatral se debería llamar “De cómo un joven mormón desobediente intentó traicionar a su País”. Cambiemos nuevamente las coordenadas espacio temporales y consideremos algo cercano: 1982, Guerra de las Malvinas. El gobierno que detenta el poder no ha sido elegido por el pueblo (Hitler sí lo había sido). Las Juntas Militares llevan sobre sus espaldas 30.000 asesinatos por causas políticas e ideológicas. Algunos ciudadanos lo creen y otros lo niegan. De hecho, los paralelos con la Alemania del ’40 son más que significativos. Imaginemos en ese contexto a un joven mormón argentino que, convencido de la falta de moralidad de sus dirigentes y con la buena intención de evitar mayor derramamiento de sangre, lleva a Chile un plan de invasión perfecto por el que las fuerzas británicas podrían retomar las islas en poco tiempo y escaso costo humano de ambos lados, con la certeza de que los chilenos harán llegar la idea a los comandantes ingleses. ¿Como llamaríamos a ese joven?… Como ven la respuesta no es fácil. ¿Qué ocurriría si fuese descubierto y ejecutado por espionaje? ¿Qué opinaría la Iglesia en Argentina al respecto? ¿Y la iglesia en Norteamérica?

d)      La actitud del joven Huebner podría ser aceptable si previamente se considera mi definición de prioridades en cuanto a las lealtades expresada en el punto b). Pero que yo sepa nadie ha aceptado esa definición de manera doctrinal. En la práctica, pareciera estar implícita dentro del siguiente condicionamiento:  si la nación donde ocurre ese tipo de infidelidad no es los EEUU de América  pero esos mismos EEUU se constituyen en la otra fuerza beligerante del conflicto, la cuestión de las prioridades podría ser considerada. Si la infidelidad ocurriese en los EEUU tal prioridad no podría siquiera ser traída a consideración. Lo cual establece un doble sistema de medición moral.

e)      En general, las Autoridades Generales no se refieren a los conflictos armados y mucho menos toman partido con relación a ellos. No recuerdo que se haya hablado sobre la guerra en Kosovo, Ruanda o Somalia. Tampoco recuerdo que se haya mencionado el conflicto argentino-británico en el Atlántico Sur durante 1982. Y me parece correcto que así sea. La Iglesia debe bregar por la paz y apartarse, como institución, de cualquier compromiso que pudiera implicar parcialidad. Pero sólo basta que EEUU entre en conflicto para que alguien sienta que es su responsabilidad redefinir la idea de guerra y correr algunos centímetros el límite de lo que hasta entonces se consideraba una guerra justa. Repitiendo la última parte de lo que he denominado el canon McKay, recuerdo que: “Posiblemente haya una tercera (razón): defender a una nación débil del injusto ataque de una nación fuerte y despiadada que desee subyugarla”.  El uso del ‘posiblemente’ nos advierte que esta es una razón muy excepcional o que aún debe continuar estudiándose. Porque si yo la tomo tal como está expresada, entonces cualquier nación árabe que hubiese defendido a Irak en este último conflicto estaría justificada pues  defendería a una nación débil (Irak tal como se demostró después del bloqueo comercial) del injusto ataque de una nación fuerte y despiadada (EEUU, lo injusto lo declaró la Corte Internacional, lo fuerte y despiadada se vio en los noticiosos).

f)       Al comienzo de este texto cité al Presidente Hinckley en un discurso anterior en el que menciona las dos Guerras Mundiales, Corea, Vietnam y la Guerra del Golfo como los conflictos importantes del Siglo XX que le tocó vivir. El resto fueron guerras menores. Veo que menciona únicamente aquellas guerras en las que participó EEUU. Soy consciente de las limitaciones que nuestras sociedades y culturas ponen sobre nosotros. Pero Ruanda en 1995 con más de un millón de muertos en 5 meses de duración ¿menor?. El conflicto en los Balcanes con sus importantes bajas en todas las etnias y sus consecuencias geopolíticas ¿menor? El conflicto árabe-israelí que lleva más de 50 años con novedades diarias y al que ningún mandatario norteamericano, si es que realmente lo ha querido, ha logrado ponerle fin ¿menor?. ¿Porqué cuando Irak hace la guerra con Irán es un conflicto menor pero cuando enfrenta a los EEUU es incorporada a los anales de la Historia? Si realmente aspiramos a una congregación internacional (de hecho ya más de la mitad de los miembros de la Iglesia viven fuera de los EEUU) estas limitaciones culturales e informativas deberán comenzar a eliminarse. El comentario de ‘hemos sido gente muy pendenciera’ que el Profeta agrega a continuación y que yo en un principio pensé que se aplicaba a todo el mundo, al analizar lo selectivo que es en los ejemplos deduzco que sólo se aplican a su propio país.

 

Motivos por los que no creo que la guerra contra Irak sea una guerra justa.

 

a)      Según las declaraciones del Presidente McKay que aparecen arriba, la toma de territorio por otra nación sólo demuestra que los fuertes dominan a los débiles pero no es justificación para la guerra. Si bien aquí quizás no haya deseos de anexarse un territorio, sí los hay de controlar y utilizar los recursos de ese territorio, además del uso estratégico del mismo.

b)      De acuerdo a esas mismas declaraciones, tampoco es justificable ‘desear establecer un nuevo orden de gobierno … no importa cuánto mejor sea dicho orden’. Ya Grotius, famoso jurista del siglo XVII en De iure belli ac pacis advertía que: “Querer gobernar a los otros contra su voluntad bajo pretexto de que es un bien para ellos constituye el argumento más frecuente de las guerras injustas”. Consideremos bajo esta luz las recientes declaraciones de Donald Rumsfeld, ministro de Defensa de EEUU: “Washington se negará a reconocer un régimen islámico en Irak aunque fuera el deseo de la mayoría de los iraquíes y reflejara el resultado de las urnas”  (El País, Madrid, 22-04-03) O sea, ‘les llevaremos la democracia aunque para ello debamos violentar todas las normas de la democracia’. Comparemos esas declaraciones con el ideal cristiano planteado por Brigham Young: “Quienquiera que viva hasta el día en que el Reino de Dios se encuentre establecido en la tierra en su totalidad podrá ver a un gobierno que protegerá los derechos de toda persona. Si ese gobierno estuviese reinando actualmente… veríamos a los católicos romanos, a los católicos griegos, a los episcopales, a los presbiterianos, a los metodistas, a los cuáqueros, a los tembladores, a los hindúes, a los musulmanes y a toda clase de gente devota estrictamente protegida en sus derechos civiles y en su privilegio de adorar a quien, lo que y cuando le plazca sin que interfiera en los derechos de otros ¿Podría cualquier persona honrada en su sano juicio desear una libertad mayor?” (Discursos de B.Young, 355)

c)      La Carta de las Naciones Unidas reza en su Preámbulo: “Nosotros, pueblo de las Naciones Unidas, resueltos a preservar a las generaciones futuras del flagelo de la guerra… y a instaurar métodos que garanticen que no se recurrirá a la fuerza de las armas… hemos decidido asociar nuestros esfuerzos para realizar estos designios”. La Comisión Internacional de Juristas, organismo de consulta de la ONU, ante la posibilidad de un ataque estadounidense a Irak se expidió del siguiente modo: “Un ataque así sería ilícito y constituiría una guerra de agresión… No hay ningún fundamento jurídico posible para una intervención de esa naturaleza”. Un gobierno que no está dispuesto a aceptar la ley internacional ni a regirse por ella, como tampoco a cumplir con los pactos internacionales que su país ha firmado en el pasado, no tiene el derecho moral de exigir a sus ciudadanos la obediencia absoluta a las leyes internas, que incluyen el posible sacrificio de sus vidas y de muchos de sus derechos civiles. El doble discurso de los EEUU en el manejo de los ámbitos externo e interno es ya proverbial. Desde las recetas económicas que sugiere a otros países pero jamás aplicaría en el propio hasta el proteccionismo sobre sus productos que desaconseja absolutamente a los demás. Las exigencias de firmas de tratados de no proliferación nuclear mientras continúa la fabricación interna de armas de ese tipo, la negativa a que sus militares puedan ser juzgadas por crímenes de guerra en tribunales internacionales, el continuo veto a resoluciones de la ONU que condenarían sus acciones, son otros tantos ejemplos de esa dual tendencia. No estoy diciendo que en el actual orden mundial esas no sean presiones y negociaciones válidas desde el punto de vista estratégico. Lo que digo es que, moral y religiosamente, dichas conductas son inaceptables en una nación que pretende erigirse como salvaguarda de la libertad y derechos universales.

d)      Los motivos aducidos para la guerra no son los reales: Ni la existencia de las armas de destrucción masiva ni las relaciones con Al Qaeda (imprescindible para el apoyo del pueblo norteamericano por su relación con el 11 de Septiembre) han sido demostradas. Es muy posible que en el futuro aparezcan evidencias (de hecho debe haber varias Agencias trabajando en su detección o fabricación) pero eso jamás corregirá el hecho de que los ataques se realizaron sin la menor de ellas en mano de las Inteligencias de la Alianza. Sólo el ‘por si acaso’. Mientras tanto, Pakistán, siendo una dictadura mucho más inestable que la de Saddam, con sus propias armas nucleares y brindando apoyo directo a las redes terroristas sigue existiendo y nadie se rasga las vestiduras por ello.

e)      Leamos el siguiente editorial de un diario norteamericano: “Bien, ahora sabemos cuál era la ambición final del presidente en la guerra. El Presidente Bush desea la cabeza de Saddam Hussein. Bush no desea un acuerdo negociado, Bush quiere una rendición incondicional.. Desde el 2 de Agosto, el presidente ha desarrollado una intensa animosidad personal hacia Saddam Hussein. En lo que alguno de nosotros veía como otro tirano más del Medio Oriente, no muy diferente a Afees al-Assad de Siria, Bush ha llegado a ver la encarnación del mal.. Si este fuese un match de box, el referí lo habría detenido en el primer round (salvando miles de vidas). A lo largo de la crisis del Golfo, el Presidente Bush ha sido el más implacable de los adversarios…Al demonizar a Saddam* como el nuevo Hitler hemos elevado a un tirano regional al estatus de mito…”  Pareciera haber sido escrito hace algunas semanas, pero no es así, apareció en el Salt Lake Tribune del 21 de Febrero de 1991 (hace más de 12 años), firmado por Pat Buchanan. ¿Por qué lo menciono entonces? Porque muestra la misma situación, las mismas actitudes, la misma forma de encarar las soluciones. Para mi hay algo evidente: el ataque a Irak figuraba en las carpetas internas del programa de gobierno del hijo como una deuda pendiente del gobierno de su padre. Sólo faltaba un motivo de mayor adhesión que la mención de Hitler (figura un poco lejana para las nuevas generaciones norteamericanas). El 11 de Septiembre se encargó de proveerlo. Con esto no estoy sugiriendo que fue auto perpetrado, planeado, o siquiera permitido. Lo que estoy diciendo es que el 11 de Septiembre era ‘funcionalmente necesario’ para los propósitos de George W. Bush y que pudiese llevar a la práctica lo que ya existía como plan. Afganistán fue un preámbulo. Las extrañas relaciones de la familia Bush tanto con Bin Laden como con Saddam son objeto de investigación. De ello se encargarán los propios periodistas estadounidenses en la medida que sepan que sus puestos no están en juego. [* Si debo creer a los especialistas en comunicación mediática, el uso de ‘Saddam’ por parte de ambos Presidentes Bush en vez de Hussein o el nombre completo no es por un exceso de confianza o deseo de abreviar. Simplemente que en la pronunciación de inglés americano dicho nombre suena prácticamente igual a ‘Satan’ (Satanás) ¿subliminal o grosero?]

 

Motivos por los que yo no sería un buen soldado.

 

Si bien intento sentir el mayor de los respetos por aquellos que deciden seguir una carrera militar, incluyendo a muchos Santos de los Ultimos Días, en realidad pienso como George Bernard Shaw que “Un soldado es un anacronismo del que debemos desembarazarnos”

Creo que implica el compromiso voluntario de dejar de razonar bajo ciertas circunstancias y ese es un compromiso que no estoy dispuesto a tomar, mientras pueda evitarlo.

Ya lo dijo Federico II: “En el momento que mis soldados comiencen a reflexionar, ninguno querrá permanecer en su puesto”. Y también Céline: “Los caballos en la guerra eran más felices que nosotros los soldados, porque aunque ellos también soportaban la guerra como nosotros, por lo menos no se les obligaba a creer en ella. Desgraciados, pero libres, los caballos”.

Un escritor anónimo también apuntó: “Un buen soldado sobre todo debe pensar en tres cosas: en la patria, en Dios y en nada”.

 

Algunas reflexiones sobre el mensaje “La guerra y la paz” del Presidente Gordon B. Hinckley

Dicho mensaje fue pronunciado en la Sesión General del domingo por la mañana de la Conferencia General Anual Nº 173, el 6 de abril de 2003. Debido a que el texto completo del mismo aparece en la revista Liahona de Mayo de 2003, me limitaré a citar la página correspondiente de esa publicación de aquí en adelante.

Como no es muy común que el Presidente de la Iglesia se refiera a asuntos tan puntuales y explícitos y menos aún a aquellos que podrían producir divisiones dentro del seno de la Iglesia, el discurso creó expectativas y un detallado estudio posterior. Algunos analistas lo han considerado “críptico”en el sentido de que es tanto lo que esconde como lo que expresa. Una buena parte de él debe leerse entre líneas, lo cual entraña sus riesgos.

Veamos algunos párrafos:

 

“A veces tendemos a glorificar los grandes imperios del pasado, como por ejemplo, el Imperio Otomano, los Imperios Romano y Bizantino, y, en tiempos más recientes, el vasto Imperio Británico: Pero hay un aspecto sombrío en cada uno de ellos. Hay un revestimiento funesto y trágico de conquista brutal, de subyugación, de represión y un precio astronómico que se ha pagado en vidas humanas y en dinero”(Liahona Mayo 2003, pag.79). Si lo que el Presidente Hinckley está insinuando con esa introducción es: “no les extrañe por tanto que este nuevo imperio en el que vivimos tenga también sus aspectos sombríos, sus conquistas brutales y su represión” estoy plenamente de acuerdo con él. Quizás por razones diplomáticas no pudo ser más claro. Si analizo el contexto, esa pareciera la manera más lógica de concluir la idea. Pero ¿será eso lo que quiso decir? Algunos de los analistas que menciono en la introducción observan en el lenguaje utilizado durante todo el discurso un marcado acento anti-imperialista. Si bien lo he leído tanto en castellano como en el original, se me escapan esas sutilezas del idioma como para apoyar tal visión, salvo en el párrafo que acabo de mencionar.

 

“Ahora bien, hay mucho que podemos y que debemos hacer en estos tiempos peligrosos. Podemos dar nuestra opinión sobre los diversos aspectos de la situación, pero nunca digamos nada indebido ni participemos en actividades ilícitas con respecto a nuestros hermanos y a nuestras hermanas de las diversas naciones de un lado o del otro. Las diferencias políticas nunca justifican el odio o la mala voluntad…” Aquí, por primera vez, el Profeta reconoce que el tema de la guerra es una causa política. Si en una Reunión Sacramental un discursante incluyese declaraciones que explícitamente manifestasen o justificasen sus preferencias o rechazos políticos, la autoridad que preside tiene todo el derecho de invitarlo a sentarse y cerrar su boca. Pareciera que dichos recaudos no se toman en las Conferencias Generales.

 

Desde el punto de vista de la construcción discursiva, el mensaje comienza muy eficazmente con la historia del sargento James Cawley, un fiel miembro de la Iglesia que resultó muerto en Irak. Digo que es eficaz porque además de captar la atención de la audiencia logra 1) Introducir la idea de que se está librando una guerra irreversible en Irak, nos guste o no 2) Comunicar que hay miembros de la Iglesia participando y muriendo en ella y 3) al mencionar la trayectoria del hermano Cawley desde diácono hasta misionero en Japón así como a su viuda y pequeños hijos huérfanos, teñir el resto del discurso con congoja y recogimiento.

Más adelante leerá la conmovedora carta de una madre despidiendo a su hijo que va al frente. En esa conversación existe el siguiente párrafo: “Mamá, tengo que ir para que tú y la familia sean libres, libres de adorar como les parezca… Y si eso me cuesta la vida… entonces, el haber dado mi vida habrá valido la pena…” A nivel de la coherencia del discurso aquí ocurren varias cosas que me gustaría señalar. El Profeta no dice esa frase pero invita a alguien para que la diga dentro de su mensaje. Esta carta también está permeada de elementos altamente subjetivos, culturales y parcializantes. No dudo de la sinceridad de la madre (¿quién puede dudar de las emociones de una madre amorosa que ve partir a su hijo a la batalla?) como tampoco dudo de la sinceridad del hijo al expresarse (¿quién puede dudar de la sinceridad de un joven soldado mormón entrenado militar e ideológicamente para lo que va a hacer?) Tampoco quiero dudar de la sinceridad del Presidente Hinckley al incluir este relato en su exposición. El joven tiene mi simpatía no sólo porque comparte mis creencias, sino porque intuyo que hay en común muchos valores culturales e históricos. Pero analicemos fríamente el contenido. ¿Irak pone en peligro la libertad política y religiosa de los EEUU? Creo que esa premisa no la cree ni el Presidente Bush,  aunque le gustaría que otros la creyeran.

Por otro lado los contrincantes aparecen bastante desdibujados: “Hay otras madres, civiles inocentes, que abrazan a sus hijos con temor y miran al cielo, con desesperadas súplicas mientras la tierra que pisan se estremece con las bombas mortíferas que rugen a través del cielo nocturno” (pag. 79) Es decir, como en las viejas películas del oeste, mucho detalle de ‘la casa en la pradera’ pero muy poco de los ‘indios’. También falta un nexo obvio pero necesario entre los jóvenes que se despiden emotivamente de sus madres y que son los mismos que dejarán caer las bombas mortíferas sobre esas ‘otras’ madres.

Resumiendo, creo que el discurso del Presidente Hinckley es un alegato anti bélico pero expresado de modo atenuado. Quizás el motivo de esta atenuación haya que buscarlo en que los discursos de la anterior Conferencia produjeron titulares tales como: “Los mormones en contra de la guerra” y “Mensajes pacifistas en la Conferencia mormona”. No lo sé. Como ya lo dije, estas son meras especulaciones. De todos modos, la doctrina está clara. No somos belicistas pero cada SUD tiene responsabilidades en relación a los gobiernos políticos del país donde viva. Si se es militar las opciones no son muchas, salvo obedecer. Si se es civil se puede ejercer el libre albedrío plenamente: se puede apoyar las decisiones del gobierno por un sentimiento de patriotismo o “en una democracia podemos renunciar a la guerra y proclamar la paz. Hay oportunidad de expresar desacuerdo. Muchas personas han expresado su opinión y muy enfáticamente. Ese es su privilegio. Ese es su derecho siempre que lo hagan conforme a la ley”. (pag. 80)

 

El Profeta decidió dar un discurso muy difícil en una situación muy difícil. Ignoro, como es lógico, todos lo motivos que pudieron impulsarlo a hacerlo. En mi opinión el ámbito de una Conferencia General internacional no era el apropiado. Tampoco era necesario que expresase su aval personal al gobierno de su nación porque en su doble condición de ciudadano y de Portavoz del Señor esos roles pueden ser confundidos en la mente de muchos Santos, salvo que ese fuese el efecto buscado. He hablado con varios hermanos de la Iglesia que están convencidos de que el Profeta apoyó la actual guerra en su función de Profeta. Yo no lo creo así. De todos modos, si fue sólo una definición personal debió permitir que otros expresasen sus convicciones personales a favor o en contra. Lo que el Profeta dijo está en la Liahona y no es tan difícil de leer. Lo que el Profeta quiso decir ¿alguien se encargará de explicarlo?

 

El que hemos tratado más arriba es un tema muy puntual y simultáneamente conflictivo. La Iglesia hace muchas cosas por la paz en este mundo, desde la propagación del Evangelio de Paz por los misioneros hasta las ordenanzas sagradas del Templo, que son verdaderamente las cosas pacíficas del Reino. Desde las inagotables ayudas humanitarias, que no promociona, hasta el desarrollo de planes de autosuficiencia. Se que alienta la integración y estimula el conocimiento y el progreso. El Fondo Perpetuo para la Educación me parece un programa maravilloso. Todas estas cosas las he tenido en mente mientras escribía el presente texto aunque no parecen reflejarse en el mismo por causa de su naturaleza específica.

 

Bahía Blanca, Junio de 2003

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s