POLIFEMO EN SU CUEVA

POLIFEMO EN SU CUEVA

(Algunas reflexiones adicionales sobre la Guerra y la Paz)

por Mario R. Montani

 

“La guerra es la salida cobarde a los problemas de la paz”.

Thomas Mann

 

“Polifemo está dolido en su cóncava cueva. Un hombre malvado lo ha privado de su único ojo. Es cierto que ello ocurrió después de que el Cíclope su hubo comido a varios camaradas del astuto mortal, y es cierto también que él jamás respetó a dioses o humanos confiado en su propia fuerza. Al llegar la aurora de rosados dedos, a la que ya no puede ver, nace en su pecho un profundo odio hacia su cegador. El muy ingenioso declaró que su nombre era ‘Ninguno’. Cuando los otros Cíclopes se acercaron a la piedra que cubría la caverna para inquirir quién lo lastimaba, Polifemo vociferó en el interior: ‘Ninguno me lastima’, por lo que sus compañeros se alejaron enfadados.

Ahora, enfurecido y atormentado, el gigante arranca las cimas de los montes y las arroja al mar y a las otras islas intentando dañar la nave que se aleja.

Polifemo retorna a su cueva y clama por venganza…

El moderno Polifemo está dolido en todo su territorio. Un hombre malvado lo ha privado de la idea de ser invulnerable. Es cierto que, antes de eso, el gigante ha dejado cadáveres y sueños destruidos en varias regiones del globo. Es cierto también que no ha mostrado respeto a humanos ni dioses, confiado en su propia fuerza.

Cuando se reúne con la Asamblea de Cíclopes Unidos, que gobierna los demás territorios, no puede identificar a su atacante con ‘Ninguno’ de ellos, pero el dolor igual requiere una reparación.

Arrojará cimas de montañas (con lo que él cree ‘precisión quirúrgica’ a pesar de su ceguera) sobre Afganistán, Irak y, quizás, otras regiones convenientes.

Los simples mortales tratarán de alejarse en espera de que pase su furia y rogarán a sus deidades que de la herida de aquel ojo único (que era mayormente utilizado para mirar el propio ombligo) pueda surgir una capacidad de ver más claro, más profundo, más allá…”

 

Escribí esta pequeña alegoría de Polifemo, basada en la narración del Canto IX de ‘La Odisea’, en el 2002. Por aquel entonces la invasión a Afganistán por parte de EEUU era una novedad y la subsiguiente invasión a Irak sólo un proyecto.

Hoy, 10 de noviembre de 2004, días después de que George W. Bush ha sido reelegido como Presidente de su país, descubro con asombro y no oculta incredulidad que el Cíclope sigue enojado, y, me atrevería a insinuar, asustado.

Creo que deberemos prepararnos para más cimas de montes arrancadas y más violaciones a derechos humanos básicos con la excusa de la ‘indignación justa’ y el ‘compromiso de extender la democracia’.

La ciudad de Fallujah, en Irak, acaba de ser destruida no por los misiles, no por los tanques, no por las fuerzas especiales norteamericanas. Acaba de ser destruida por los votos de los ciudadanos de esa nacionalidad, y en algún momento deberán dar cuenta de ello. Por casi cuatro meses Bush evitó el ataque pues no estaba seguro de cómo repercutiría en las elecciones. Ahora que sus conciudadanos le han extendido un cheque en blanco, las repercusiones no importan demasiado.

Hacia 1500, Thomas Moore, el hombre de dos reinos, quien acabaría siendo ejecutado por Enrique VIII al no ceder a sus pretensiones, escribía en su Utopía:

 

“…los príncipes se inclinan más por los asuntos militares que a las artes bienhechoras de la paz, y se preocupan más de conquistar, por buenas o malas artes, nuevos reinos que de regir adecuadamente los que ya poseen.

… Evidentemente, de cualquier forma que se examinen las cosas, no creo que pueda aprovechar a la sociedad el sostener una gran cantidad de individuos de esta clase, que destruye la paz, solamente por la posibilidad de una guerra que no tendrían si no la desearan. La paz exige que le concedamos tanta atención como a la guerra”. Thomas Moore (1478-1535) Utopia (De optimo statu rei publicae deque nova insula Utopia), 1994, Barcelona, Edicomunicación S.A., pags. 40-45

 

“La paz exige que le concedamos tanta atención como a la guerra”. Tal el tema básico de este escrito. ¿Es posible que exista un pacifismo mormón? ¿Debe existirlo? ¿Ha habido posiciones pacifistas entre los líderes de la Iglesia en el pasado? ¿Cuál es nuestra responsabilidad individual al respecto? ¿El pacifismo y la lealtad a un país son incompatibles? Estas son algunas de las preguntas a las que intentaremos dar respuesta.

 

Concepto erróneo I (“Mi padre bombardeó tu casa para que yo pudiera venir a predicarte el Evangelio”).

Existe una corriente de opinión entre algunos miembros de la Iglesia (no en La Iglesia) según la cual las guerras son siempre movimientos preparatorios por los cuales el Señor acomoda los asuntos de los hombres, derriba obstáculos políticos, modifica fronteras y allana el camino para la predicación de la Verdad. Hace algunos meses atrás, en el curso de Doctrina del Evangelio que enseño en mi Barrio, alguien destiló la idea de que tal vez no deberíamos ser tan duros con el gobierno de EEUU en el asunto de la guerra en Irak, ya que el resultado final de esos conflictos podría ser positivo para el mundo y la Iglesia. Como no era mi intención debatir en un ambiente en el cual no correspondía hacerlo, sólo le recordé que la doctrina según la cual el logro de un buen fin justifica el uso de cualquier medio se denomina maquiavélica. Por supuesto, este buen hermano había sido iluminado por un joven misionero norteamericano, quien a su vez recibió la iluminación desde su hogar en el lejano Norte.

Considero este concepto erróneo, además de monstruoso, por varios motivos:

a) La guerra es un instrumento de Satanás. Está fuera del alcance humano predeterminar en qué ocasiones el Señor permitirá su uso con fines benéficos para la raza humana. Por tanto, dejémoslo en Sus manos. Mientras tanto nuestra obligación es “evitar la guerra y proclamar la paz” así como tratar de no encontrarnos entre “los que llaman a lo bueno malo y a lo malo bueno”.

Veamos lo que Brigham Young tenía para decir al respecto:

 

“El Diablo se deleita en las obras de destrucción… se deleita en convulsionar y confundir los asuntos de los hombres, políticos, religiosos y morales, introduciendo la guerra con su larga cadena de consecuencias terribles. Es el mal lo que causa que todas estas miserias y deformidades vengan sobre los habitantes de la tierra” (Disc. 11:240)

 

“De una cosa estoy seguro; Dios nunca instituyó la guerra; Dios no es autor de confusión o de guerra; ellas son el resultado de los actos de los hijos de los hombres. Confusión y guerra vienen necesariamente como consecuencia de las políticas y hechos absurdos de los hombres; pero no vienen porque Dios desea que vengan. Si la gente, en general, se volviese al Señor, nunca habría una guerra. Que el hombre torne de sus pecados e iniquidades, y en vez de ser malvado y codicioso, se vuelva al Señor e intente promover la paz y felicidad por toda la tierra, y las guerras cesarán… Nosotros debemos instaurar paz, plenitud y felicidad para toda la familia humana (Disc. 13:149)

 

b) La caída de la Cortina de Hierro (prevista oportunamente por el Presidente Kimball) se produjo sin guerra ni el menor derramamiento de sangre. La única condición fue que los miembros de la Iglesia se preparasen para atravesarla. La misma promesa fue extendida para las naciones detrás de la Cortina de Bambú.

 

c) El axioma de que “detrás del ejército norteamericano entra el ejército de misioneros” no parece confirmado por la historia reciente. Vietnam podría ser un ejemplo típico. La guerra en ese país culminó con una doble victoria: el éxito militar vietnamita fue una victoria del pueblo vietnamita, pero la derrota militar norteamericana fue una victoria del pueblo norteamericano. No es raro que los pacifistas gocen de escasa fama en ciertos ámbitos a partir de entonces. Es posible que el axioma deba ser reformulado: “en algunas ocasiones muy contadas, y siempre que ganemos la guerra, puede ser que tras el ejército de soldados (no anglosajones en su mayoría) vengan algunos misioneros (no anglosajones en su mayoría)”.

 

Concepto erróneo II – “Te mato pero esta muerte no cuenta” (variante a) o “Para eso te votamos, para ser el chivo expiatorio” (variante b).

 

Acudamos nuevamente a Brigham Young:

 

“Nuestras tradiciones han sido tales que no vemos la guerra entre dos naciones como asesinato, pero supongamos que una familia se levantase en contra de otra y comenzara a matarla, ¿no serían apresados y juzgados por homicidio? Entonces ¿por qué las naciones que se levantan una contra otra y se destruyen científicamente no serían igualmente culpables de asesinato? Porque un gran ejército esté haciendo el trabajo ¿justifica eso la matanza de hombres, mujeres y niños que de otro modo habrían permanecido pacíficamente en casa? No: los culpables serán malditos por ello” (Disc. 7:137)

 

El inicio de acciones de guerra suele estar acompañado de una doble variación en los parámetros normales de apreciación. Por un lado, una sobrevaloración del nacionalismo patriótico a expensas de otras áreas de pertenencia social como ideologías, tradiciones culturales o religión. Por otro, el adormecimiento anestésico de los valores morales, lo cual permite aceptar hechos y actitudes impensables en otras circunstancias. Estas variaciones son estimuladas en cada lugar por los representantes políticos, militares, y a veces, desgraciadamente, religiosos, mediante propaganda, noticias distorsionadas y hábil manipulación de la realidad.

Pero en el corazón de toda la situación, el objetivo es liberar al individuo de la responsabilidad moral de sus acciones (creo recordar vagamente, aunque una especie de velo me lo impide, que alguien, hace mucho, nos propuso algo parecido). La maquinaria bélica no puede admitir que un soldado tenga en cada momento la opción de disparar o no, de si matará a su semejante o no. De modo que lo resuelve de antemano: “tu única misión es disparar, las responsabilidades morales quedarán en nuestras manos y tu registro terrenal permanecerá limpio”. Esto lo logra mediante una larga cadena de mandos en la que la responsabilidad se va diluyendo y, a la vez, acumulando. En una democracia, finalmente, la totalidad de esa responsabilidad recae sobre la figura presidencial o del Primer Ministro. Pero en una democracia, también, el poder está en el electorado, y el voto es un acto por el que asumimos responsabilidades. Si yo sé que un determinado candidato planea llevar a mi país a una guerra, y, a pesar de ello, lo voto, estoy asumiendo una seria responsabilidad: la misma que él. He perdido el derecho de decir: ‘yo sólo te voté, de allí en adelante los errores, las muertes, las violaciones, las torturas, serán sobre tu cabeza, no sobre la mía’. Ese facilismo perverso es también una necesidad de la maquinaria bélica y de los líderes religiosos que deciden acompañarla, no del verdadero Cristianismo.

 

Concepto erróneo III – “Si dices lo mismo que yo digo es porque debes creer lo mismo que yo creo”

 

“Dios escogió a América para que aquí se construyese la sede del paraíso terrestre; por eso, la causa de América será siempre justa y ningún mal le será jamás imputado. Los colonos son los auténticos herederos del pueblo elegido, pues preservan la santa fe. Nuestra misión es dirigir los ejércitos de la luz en dirección a los futuros milenios.”

 

Uno podría suponer que la frase fue pronunciada en el transcurso de alguna Conferencia General de la Iglesia en el siglo XIX, pero no, el texto forma parte de las Prédicas Puritanas publicadas en Nueva Jersey en 1660, casi doscientos años antes de que la Iglesia se organizara. ¿Cómo podemos interpretar esas declaraciones? ¿Significa que los predicadores puritanos fueron inspirados? ¿no figuraban ellos entre los credos ‘que estaban en error …que eran una abominación a Su vista; y que … se habían pervertido’…(José Smith Historia 1:19)?

Aún en 1900 explicaba el senador por Indiana, Albert Beveridge (no miembro de la Iglesia): “Dios designó al pueblo norteamericano como nación elegida para dar inicio a la regeneración del mundo”. ¿También él fue un visionario?

Como escribe Elise Marienstrass:

 

“Los peregrinos que abordan Plymouth y los puritanos que colonizan la bahía de Massachussetts tienen una meta precisa que porta en sí la agresión: crear la Nueva Jerusalén en el corazón del desierto, y para ello, cazar al demonio bajo todos sus disfraces, incluído cuando se encarna en la persona de los indios. Cuando, entre 1633 y 1634, una terrible epidemia de viruela acabe con miles de indios “massachussets”, los puritanos, nuevo pueblo elegido, darán gracias a Dios por enviar ese golpe contra sus enemigos” Marienstrass, E.: La resistance indienne aux Etats Unis, Juliard, París, 1980 (p. 62)

 

George Washington afirmaba: “Los Estados Unidos son una nueva Jerusalén, designada por la Providencia para ser el teatro donde el hombre debe alcanzar su verdadera talla, donde la ciencia, la libertad, la felicidad y la gloria deben extenderse en paz. Thomas Jefferson dirá que “Los Estados Unidos son una nación universal que persigue ideales universalmente válidos”. John Adams los definirá como “una república pura y virtuosa cuyo destino es gobernar el globo e introducir la perfección del hombre” (Las tres citas se tomaron de Jacqueline Grapin, “La dérive à l’Ouest”, en CADMOS, 37, primavera, 1987).

Los EEUU se constituyen como una nación utópica. Las comunidades de cuáqueros, menonitas, shakers que pueblan Nueva Inglaterra rompen con Europa y huyen de ella para crear una utopía cuyos presupuestos básicos son: la igualdad, la libertad, la muerte de la autoridad, el imperio de la moral…

Jean Baudrillard, el teórico francés escribe: “Los EEUU son la utopía realizada… Una utopía encarnada, una sociedad que, con un candor que se puede considerar insoportable, se instituye sobre la idea de que representa la realización de todo lo que los demás han soñado —justicia, abundancia, derecho, riqueza, libertad—; lo sabe, cree en ello y, finalmente, los demás también lo creen”.  (Baudrillard, J.: América, Anagrama, Barcelona, 1987.)

El análisis de este punto requiere al menos dos consideraciones:

 

a) La primera de ellas es de carácter lingüístico. Tiene que ver con la acumulación y variación semántica que el paso del tiempo otorga a las palabras. Parece demasiado obvio mencionarlo, pero las mismas palabras no siempre significan lo mismo, y muchas veces, algo totalmente opuesto. Creer que la Nueva Jerusalén de Washington o de los puritanos es la misma a la que hacen referencia el Libro de Mormón y la Doctrina y Convenios sería pecar de cierta ingenuidad. No es extraño que las palabras religiosas sean comunes a todos lo grupos cristianos ya que provienen de la Biblia, pero de allí a intentar una unificación del contenido de esas palabras hay un largo trecho. Para una imagen de la Nueva Jerusalén puritana baste recordar los hechos de Salem, Massachussets. Sin embargo, muchos miembros de la Iglesia norteamericanos, mediante un asombroso proceso de simplificación y síntesis, creen que los peregrinos y padres fundadores de su patria estaban diciendo lo mismo que Dios reveló a Joseph Smith, Jr, en todo lo concerniente al futuro promisorio de América. Del mismo modo creen que cuando sus líderes políticos oran automáticamente el Espíritu ilumina todas sus acciones. El acto de orar pasa a ser más importante que las acciones que seguirán a la oración. Los miembros de la Iglesia no creemos eso…

 

b) Otra, quizás más importante, es de tipo ideológico. Analicemos la palabra siempre precisa de Octavio Paz:

 

“Libertad e igualdad fueron valores subversivos; pero lo fueron porque antes habían sido valores religiosos. Libertad e igualdad eran dimensiones de la vida ultramundana; eran dones de Dios y aparecían misteriosamente como expresiones de la voluntad divina. Si en la tragedia griega la libertad de los héroes es una dimensión del Destino, en la teología calvinista está ligada a la predestinación. Así, la revolución religiosa de la Reforma anticipó la revolución política de la democracia” (Paz, Octavio: El Ogro Filantrópico, Seix Barral, Barcelona, 1979, p. 60)

 

El carácter calvinista de los primeros pobladores de Norteamérica no es un tema menor. Todos ellos eran europeos refugiados por su creencia común, directa o indirecta, en las enseñanzas de Calvino. Ingleses presbiterianos, puritanos, holandeses reformados, hugonotes franceses, etc. La doctrina de la predestinación (creencia en que Dios ya ha determinado quienes se salvarán y quienes se condenarán, independientemente de sus acciones) es la antítesis de la doctrina del Libre Albedrío en la que los miembros de la Iglesia creemos como dogma. (Como observó G.K. Chesteron, un determinista enfrenta el problema de explicar por qué dice ‘gracias’ cuando alguien le pasa la mostaza ya que tampoco podría culparlo en caso de que no lo hiciera). En la práctica, ninguna acción humana tiene consecuencias eternas, puesto que, si Dios las permite, es porque ya estaba determinado que así fuera. Tomemos como caso testigo el tratamiento proporcionado a los indígenas. Jeffrey Amherst, un cristiano del siglo XVII no veía contradicción entre sus creencias y la propuesta de exterminar a los indios impregnando con pus de enfermos de viruela las mantas que les vendían. Si morían por esa acción ‘inconsecuente’ era porque Dios así lo había determinado (cit. por José Florit, “Franceses e ingleses en Norteamérica”, en Historia del Mundo, vol. VIII, Salvat ed. Barcelona, 1969)

Todos conocemos el rostro bonachón de Benjamín Franklin según lo muestra el billete de 100 dólares. Yo, personalmente, prefiero imaginarlo remontando su cometa en busca de las tormentas eléctricas o fundando el Saturday Evening Post. Pero su bonhomía o sus intereses científicos y literarios no le impidieron afirmar:

 

“Si en los designios de la Providencia está el destruir a esos salvajes para dejar lugar a los cultivadores de la tierra, no parece inverosímil que el ron sea el medio indicado para ello. Con él se ha aniquilado ya a todas las tribus que en otro tiempo habitaron la región costera” (Astre, G.A. y Lepinasse, P.: La démocratie contrariée. Lobbies et jeux de puvoir aux Etats Unis, la Découverte, París, 1985).

 

Otro rostro al que nos han acostumbrado los dólares es el de Andrew Jackson, presidente norteamericano a partir de 1829. Cuando se encontró oro en Georgia, ordenó al ejército la expulsión inmediata de las tribus Cherokees de sus propias tierras y su ubicación en territorio de Oklahoma, dando lugar a lo que luego se llamó el “camino de las lágrimas”, interminable peregrinar de las tribus indias de un lugar a otro hasta su confinamiento en las reservas que hoy conocemos. Se cuenta que un anciano indio de la tribu Creek llamado Serpiente Moteada pronunció las siguientes palabras ante la política beligerante y expansionista de EEUU:

 

¡Hermanos! He escuchado muchas palabras de nuestro gran padre blanco. Cuando atravesó por primera vez las anchas aguas, no era más que un hombrecito, muy pequeñito. Sus piernas estaban encogidas por haber estado sentado largo tiempo en su gran bote, y nos suplicó un trocito de tierra donde pudiera encender un fuego. Pero cuando el hombre blanco se hubo calentado ante el fuego de los indios y hubo llenado la tripa de su maíz molido, se hizo muy grande. Con un solo paso salvó las montañas y sus pies cubrieron las llanuras y los valles. Su mano alcanzó el mar oriental y el occidental, y su cabeza descansó en la luna. Entonces se convirtió en nuestro Gran Padre. Quería a sus hijos pieles rojas, y dijo: “Apártate un poco más por si te piso”.

 

En esos mismos años se publicaba el Libro de Mormón y se organizaba la Iglesia. Los Santos de los Ultimos Días eran el único pueblo que tenía escrituras que profetizaban la destrucción de los lamanitas por mano de los gentiles, sin embargo ¿cuál fue la actitud humana de la nueva religión hacia este remanente de la Casa de Israel?… Extenderles una mano de amistad y llevarles el evangelio para que conociesen las promesas hechas a sus antepasados. En verdad, uno de los asuntos que ayudó a provocar los disturbios en Misuri fue la relación cordial que mantenían los mormones con las tribus vecinas. Joseph Smith mismo se involucró en la prédica a los lamanitas y Brigham Young se preocupó especialmente por ellos en su viaje hacia el Oeste.

Quizás nos resulte más fácil comprender ahora el tierno pero irónico comentario del joven Joseph a su madre inmediatamente después de la Primera Visión: ‘He sabido a satisfacción mía que el presbiterianismo no es verdadero’ (José Smith Historia 1:20)

La doctrina restaurada de Jesucristo dice: ‘consultemos al Señor antes de actuar. Deberemos sentir una confirmación y además la acción deberá estar en armonía con los demás principios del Evangelio’. La doctrina calvinista, base de la historia y pensamiento norteamericano, dice: ‘Actuemos primero. Si la acción se concreta es porque Dios ya había determinado que fuese así.” Yo veo una ancha y profunda zanja separando ambas posturas. Para otros es sólo una tenue e indefinida línea.

 

Concepto erróneo IV – “El Destino Manifiesto de los Estados Unidos es el arma política e histórica de la que el Señor se vale para lograr el establecimiento de Sión”

 

No sé bien porqué, pero hay muchas cosas que en la escuela nos las enseñaron mal. Cuando tenía unos 11 años escuché hablar por primera vez de la Doctrina Monroe, sintetizada en el slogan “América para los americanos”, como una contraposición a la Doctrina Alberdi o Mitre de “Argentina para el mundo”. Se nos fue explicado cuánto más abierta y bondadosa era la propuesta autóctona pues permitió el ingreso de miles de inmigrantes y un importante comercio con Europa. Claro, en aquel entonces uno no se detenía a meditar que en los Estados Unidos habían ingresado muchos millones más de inmigrantes que aquí y que su comercio de ultramar era bastante más importante y agresivo que el nuestro. No fue hasta mucho más tarde que supe que el Presidente Monroe jamás había expresado el slogan ni tenía la menor idea de que estaba estableciendo tal cosa como una Doctrina. También me fue dado saber, con el paso del tiempo, que la frasecilla en cuestión encerraba un juego de palabras basado en las dos principales acepciones que los norteamericanos dan a la palabra América: “América (toda ella, Norte, Centro y Sur *primera acepción) para los americanos” (es decir, los estadounidenses *segunda acepción)

Fue la ideología utilizada para la compra de Luisiana a Francia, el arrebato de La Florida a España, la expulsión de los indígenas de su territorio y la guerra contra México. Justamente en el transcurso de esa guerra, el periodista John O’Sullivan acuñó el término ‘destino manifiesto’ (Manifest Destiny) para referirse a la proyección político-militar de EEUU sobre el resto del Continente (y, como lo expresaría un científico loco de historieta: esta noche un Continente… mañana el Mundo!)

La noción de supremacía y de superioridad fue construida mediante un proceso de demonización de los indios, españoles, mexicanos, negros, alemanes, japoneses, soviéticos, serbios, latinos, islámicos, o sea, de todos los no americanizables. Procurando mantener intacta su esencia, esta microsociedad europea trasplantada a América se deslizó hacia el integrismo religioso-cultural y hacia el racismo más sórdido. Uno escucha advertencias al respecto en las Conferencias de la Iglesia. Los peores fundamentalismos nacieron en la «Patria de la libertad».  El New Orleáns Creole Courier, del 27 de enero de 1855 declaraba:

 

“La raza pura angloamericana esta destinada a extenderse por todo el mundo con la fuerza de un tifón. La raza hispano-morisca será destruida”

 

Quizás por eso George Bernard Shaw exclamó “Se dice de mí que soy un virtuoso de la ironía, pero una idea como la de erigir una estatua de la libertad en Nueva York no la habría tenido ni siquiera yo”.

Y quizás por eso también nuestro más cercano Rubén Darío advirtió a Roosevelt con ‘voz de la Biblia o verso de Walt Whitman’:

………………………………………………….

Crees que la vida es incendio,

Que el progreso es erupción,

Que en donde pones la bala

El porvenir pones.

No.

Los Estados Unidos son potentes y grandes,

cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor

que pasa por las vértebras enormes de los Andes.

Si clamáis se oye como el rugir del león.

Ya Hugo a Grant lo dijo: Las estrellas son vuestras.

(Apenas brilla, alzándose, el argentino sol

y la estrella chilena se levanta…) Sois ricos.

Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón;

y alumbrando el camino de la fácil conquista,

la Libertad levanta su antorcha en Nueva York

…………………………………………………………………

Tened cuidado. ¡Vive la América española!

Hay mil cachorros sueltos del León Español.

Se necesitaría, Roosevelt, ser, por Dios mismo,

el Riflero terrible y el fuerte Cazador,

para poder tenernos en vuestras férreas garras.

Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!

Concepto erróneo V: “La historia no tiene nada que enseñarnos puesto que el presente nos va dictando cuál es el pasado más conveniente a seleccionar”.

El etnocentrismo y el desconocimiento general sobre el resto del mundo son ya proverbiales en el pueblo norteamericano. Uno puede captarlo como una falla de su sistema educativo, como un exceso de especialización en otras áreas, o, simultáneamente, como un efecto cultural buscado. Cuando se recibe constantemente la idea de que no sólo ‘somos los mejores del mundo’, sino que en realidad no existe otro mundo aparte de nosotros, uno tiende a creerlo. Pero también el pasado suele ser olvidado o reescrito. La absoluta indiferencia respecto a la historia se trata de un hecho bien constatado: un estudio-encuesta realizado con estudiantes de enseñanza media norteamericanos a lo largo de los años 1986 y 1987, y dirigido por el profesor de Historia Lynne Cheney, arrojaba resultados sorprendentes: un tercio de los estudiantes sitúa la fecha del Descubrimiento de América por Colón después de 1750; la mitad de ellos no sabe situar históricamente a Winston Churchill; el 60% no sabe fijar la fecha de la Constitución de los EEUU; el 70% no conoce la fecha de la Guerra de Secesión norteamericana (ABC, 7-IX-87). (Ni queramos imaginar los porcentajes si los temas analizados hubiesen sido externos a su propia cultura) No obstante, esta falta de conocimiento no se considera, por lo general, como una disfunción grave. Para los norteamericanos la historia no existe, o al menos no como se entiende en el resto del mundo. Y ello porque, según Jean Paul Dollé, “lo que los otros pueblos viven como historia, es decir, como destino, los americanos lo perciben como subdesarrollo”  (Dollé, J.P.: Danser aujourd’hui, Grasset, París, 1981.)

Me ha dado la impresión que en las últimas décadas esta forma tan estadounidense de percibir los antecedentes históricos puede haberse filtrado en declaraciones como “eso está en el pasado”, “no forma parte del presente de la Iglesia” o la sobrevaloración de las opiniones de líderes contemporáneos en detrimento de las de sus predecesores. Como si el pasado (una especie de ático donde arrumbamos todo aquello que nos molesta) no necesitase explicaciones o fuese borrado y anulado por la acumulación de actualidades.

Muchos sociólogos han explicado esta cultura del desarraigo y la ruptura con el pasado en los orígenes de los grupos que poblaron primeramente los EEUU; pero Australia y una buena cantidad de países americanos se han constituido por el aporte de grupos desarraigados y no vemos las mismas consecuencias en ellos. Mientras muchas naciones hacen esfuerzos por conservar los rasgos propios de los grupos que las forman, el político californiano John Towler declara con respecto a los hispanos: “los xenófobos son los que apoyan el bilingüismo; tratan de mantener a las minorías en sus pequeñas comunidades, donde su incapacidad para hablar inglés los mantiene alejados de la corriente común” (Carmen Fernández Aguinaco, “¿Qué pasa, USA?”, en CRÍTICA, 741, enero 1987.) O sea, “si quieren ser americanos deben romper con su pasado y su cultura como todos los anteriores americanos han hecho” con lo cual el “et pluribus unum” queda aplicado únicamente dentro de los restringidos límites del escudo nacional.

Concepto erróneo VI “Mi riqueza es símbolo de mi rectitud, tu pobreza lo es de tu iniquidad”

Ya Stendhal había definido a los EEUU como “Ese país singular donde al hombre no le mueven más que tres ideas: el dinero, la libertad y Dios”. (Stendhal: Oeuvres Complètes, Cercle de Bibliophile (comp. de Victor de Litto y Ernst Abravanel): “Travels in North America”. vol. XLVI (pp. 231-237)

Pero Keyserling, en 1931, indagó más profundamente: “En América las gentes creen realmente que el rico es sólo por esta razón un hombre superior; en América, el hecho de tener dinero crea en realidad derechos morales  (Keyserling, Herman: Psychanalyse de L’Amerique)

Esta concepción se traslada hacia el exterior no sólo como una superioridad económica y tecnológica sino también como una superioridad moral con bases en el calvinismo ya analizado (“Si tenemos más es obviamente porque Dios considera que nos hemos merecido más”).

Hacia el interior del propio país da como resultado “una inmensa sociedad anónima, cuyo consejo de Administración está constituído por una cincuentena de accionistas mayoritarios (con ‘derechos morales’ sobre el resto de sus conciudadanos) y cuyas deliberaciones son secretas, mientras que la misión del presidente es comunicar a la opinión pública las decisiones tomadas” (Astre, G.A. y Lepinasse, P.: La démocratie contrariée. Lobbies et jeux de puvoir aux Etats Unis, la Découverte, París, 1985)

 

El Libro de Mormón enseña como verdad que la obediencia a los mandamientos puede traer aparejada un bienestar material (si tal diferenciación entre material-espiritual tiene cabida en la filosofía mormona), sobre todo si se da en una comunidad socialmente organizada que decide pactar esa obediencia. Lo que no enseña es que tal posibilidad tenga carácter recíproco; es decir, que la prosperidad material sea siempre signo de la rectitud. De hecho, los ladrones de Gadiantón y muchos reyes nefitas, lamanitas y jareditas que llegaron al poder por fraude, asesinato y combinaciones secretas, fueron altamente prósperos en lo material. Ocurre que Satanás también promete riquezas mundanas a quienes le obedecen y siguen sus métodos…

 

Concepto erróneo VII – “Las guerras de los últimos días han sido profetizadas, por tanto, si nos oponemos a ellas en realidad nos estamos oponiendo a Dios”.

 

Permítaseme comparar a dos profetas del Señor. El primero de ellos: Jonás. Todos conocemos la historia de su intento de escapar de Dios; del pez grande que lo tragó; de lo que aprendió en su interior sobre la misión de Cristo y de su exitosa prédica a los habitantes de Nínive. Pero la enseñanza quizá más importante se encuentra hacia el fin de su libro, cuando Dios decide no destruir al pueblo y Jonás se enoja porque lo hace quedar como un mentiroso, ya que le había indicado profetizar su absoluta destrucción.

Este antiguo profeta tuvo que aprender que las profecías siempre van antecedidas del condicional “si no se arrepienten … sucederá esto…” aunque la frase no se encuentre explicitada.

El otro profeta es Joseph Smith, Jr. Predijo una terrible guerra civil en su país (D. y C. 87, Navidad de 1832). Dónde comenzaría y cuál sería el motivo. Sin embargo no se sentó a esperar que ocurriera. Meses antes de su muerte presentó su candidatura a Presidente de los EEUU. El tema central en su plataforma electoral era la creación de un fondo, mediante la venta de tierras federales, para comprar los esclavos a los estados que permitían esa inhumana forma de comercio y luego proceder a liberarlos. De haber tenido éxito su propuesta se habrían salvado un millón de vidas humanas, sin contar los lisiados, abusados, torturados y sicológicamente afectados, y se habrían ahorrado más de un billón de dólares en pérdidas materiales. Cuando, once años después de la muerte del Profeta, Ralph Waldo Emerson propuso una solución similar, se lo alabó como “el más sabio y clarividente de los americanos” pero tampoco se le hizo caso.

De modo que podemos ser ‘jonases’ y sentarnos a esperar que la destrucción profetizada se cumpla y hasta enojarnos si no ocurre, o podemos ser ‘josesmithses’ e intentar algo que permita que el arrepentimiento y la gracia de Dios sean considerados y alegrarnos por ello.

 

Concepto erróneo VIII – “Los miembros de la Iglesia no podemos ser pacifistas porque eso nos convertiría en desleales a nuestro país”.

 

Ya he citado a Brigham Young y sus opiniones sobre la paz. Vayamos ahora a 1940. La guerra ya se desarrolla en Europa. La Primera Presidencia de la Iglesia declara:

 

“¡Juventud de la Iglesia! Con estas divinas promesas y profecías delante vuestro, no permitáis que se os involucre en la estampida de pánico que está atravesando el país, deliberadamente propagada por aquellos que desean que ingresemos en una guerra bajo cualquier pretexto – estos temen que si no entramos en guerra enfrentaremos la subyugación por un enemigo foráneo. Si tal subyugación llega a venir, lo hará porque hemos alcanzado una ‘plenitud de iniquidad’, y no porque hayamos fallado en tomar sobre nosotros los horrores de esta guerra. Es rectitud, no el odio de la carnicería humana, lo que esta nación necesita hoy”. (James R. Clark, Messages of the First Presidency, Vol. 6, p. 103)

 

No veo motivos por los que esa declaración no sea tan válida hoy como lo fue en 1940. Pero la Segunda Guerra involucró a Estados Unidos y los miembros de la Iglesia participaron patrióticamente. Dicha participación parecía cumplir los requisitos de una causa justa y la victoria era más que esperada. Cuando todo el país festejaba el triunfo, un artículo en el Improvement Era (órgano oficial de la Iglesia) tronó:

 

“Entonces, coronando el salvajismo de la guerra, nosotros los norteamericanos, destruimos a cientos de miles de civiles con la bomba atómica en Japón, cuando pocos, si acaso algunos de ellos, eran más responsables por la guerra de lo que nosotros lo éramos y quizás no brindaban más apoyo a Japón del que dimos a nuestro país. Los militares comienzan a decir que la bomba atómica fue un error. Fue más que eso: fue una tragedia mundial. Hemos perdido todo lo que se había ganado desde Grocio hasta 1912. Y lo peor de la tragedia de la bomba atómica es que el pueblo de los Estados Unidos no sólo no se levantó en protesta contra ese salvajismo, no sólo no nos espantó leer sobre la total destrucción de hombres, mujeres y niños, sobre los lisiados, sino que en realidad surgió de la nación en general la aprobación de esta perversa carnicería.” (J. Reuben Clark, Jr., “Demand for the Proper Respect for Human Life,” Improvement Era, November 1946, 689)

 

¿Quién se atrevía a hablar así? ¿Nadie le había explicado sobre el patriotismo? ¿Faltó a clase el día que disertaron sobre el destino glorioso de América? ¿Habría que aplicarle una sanción?… Difícilmente. Se trataba de Joshua Reuben Clark, Jr., miembro del Quórum de los Doce Apóstoles e integrante de la Primera Presidencia de la Iglesia de ese momento y también de la siguiente. Por el problema histórico que tratamos algunas páginas atrás, las jóvenes generaciones no tienen mucha idea de quién fue este hombre, pero yo recuerdo claramente sus enseñanzas a través de los manuales del sacerdocio y también el profundo respeto que su persona inspiraba tanto fuera como dentro de la Iglesia.

El Presidente Clark se graduó en Leyes en la Universidad de Columbia en 1913. Había trabajado para el Departamento de Estado de su país mientras estudiaba y en 1928 regresó a él como Subsecretario. Fue Embajador en México entre 1930 y 1933. Hallándose en esa función, emitió el conocido como ‘Memorandum Clark’, un documento en el que aconsejaba al poder central la no intervención en los asuntos latinoamericanos y el cual fue la base para la política de Buena Vecindad que se estableció. Su mención de Grocio en el texto anterior no es casual, ya que éste fue el jurista que en el pasado cimentó los tratados y leyes internacionales.

Y he aquí un dato interesante: J. Reuben Clark sirvió también como Presidente de la organización pacifista más antigua de los EEUU, “Americans for Peace”. (shame on him!)

 

Una declaración oficial de la Primera Presidencia, de 1946, también es crucial.
En ella, George Albert Smith, J. Reuben Clark y David O. McKay, se oponen a un reclutamiento, en un debate que precedió al tratamiento de una ley sobre Servicio Militar Uniforme. Dicha declaración, fue enviada a todos los Congresistas de Utah y apareció en el Improvement Era. Algunos de sus párrafos:

 

“Un reclutamiento conlleva los más graves peligros para nuestra república”

“Pondremos a nuestros jóvenes en donde serán adoctrinados bajo una visión no-americana de la finalidad y propósitos de las vidas individuales y de las vidas de todo pueblo y nación que se funden en los caminos de la paz, ya que serán enseñados a creer en los caminos de la guerra… Enseñaremos a nuestros hijos no sólo la manera de matar sino, en muchos casos, el deseo de matar.”

“La creación de una gran maquinaria bélica constituye un grave peligro para nuestra libertad. Los ejércitos permanentes han sido siempre las herramientas de dictadores ambiciosos para la destrucción de libertades… Terminaremos convirtiendo a toda la tierra en un gran campo militar, cuyos diferentes ejércitos, conducidos por oficiales de mentes guerreras, no descansarán jamás hasta estar cada uno sobre el cuello del otro, en lo que será el más terrible enfrentamiento que el mundo haya visto. Lo que este país necesita y lo que el mundo necesita es un deseo por la paz, no por la guerra” (IE Feb. 1946, 76-77)

 

David O. McKay fue Presidente de la Iglesia entre 1951 y 1970.  Sus opiniones:

 

“América deberá probar al mundo que no sirve a intereses egoístas, ni deseos de conquista, ni arrogancia de superioridad nacional o racial. Pero, repito, la paz permanente sólo se encontrará en la aplicación de los principios del evangelio de paz (IE 47: 657-58, 708).

 

“La guerra es básicamente egoísta. Sus raíces se nutren en el suelo de la envidia, odio, deseos de dominación. Aquellos que la cultivan y propagan, siembran muerte y destrucción y son enemigos de la raza humana. La guerra se origina en los corazones de los hombres que buscan despojar, conquistar o destruir a otros individuos o grupos de individuos. La auto exaltación es un factor motivante, y la fuerza el medio de alcanzarla…

La guerra nos impele a odiar a nuestros enemigos.

El Príncipe de Paz dice, Ama a tus enemigos.

La guerra dice, maldice a aquellos que te maldicen.

El Príncipe de Paz dice, ora por aquellos que te maldicen.

La guerra dice, daña y asesina a aquellos que te odian.

El Señor resucitado dice, haz el bien a aquellos que te odian.

Vemos que la guerra es incompatible con las enseñanzas de Cristo. El evangelio de Jesucristo es el evangelio de paz. La guerra es su antítesis y produce odio. Es en vano intentar reconciliar la guerra con el verdadero Cristianismo (IE 48: 638)

 

Spencer W. Kimball (creo que no necesita presentación), 1976:

 

“Somos un pueblo guerrero, que nos distraemos fácilmente de nuestra asignación de prepararnos para la venida del Señor. Cuando surgen los enemigos, asignamos vastos recursos a la fabricación de dioses de piedra y acero – barcos, aviones, misiles, fortificaciones – y dependemos de ellos para protección y liberación. Cuando estamos bajo amenaza nos convertimos en anti-enemigo en vez de pro-Reino de Dios; entrenamos a un hombre en el arte de la guerra y lo llamamos patriota, de modo que, a la manera de la contrapartida de Satanás del verdadero patriotismo, pervertimos las enseñanzas del Salvador. Olvidamos que, si somos rectos, el Señor o bien impedirá que nuestros enemigos nos ataquen (y esta es una promesa especial para los habitantes de America, 2 Nefi 1:7) o bien El peleará nuestras batallas por nosotros (Exodo 14:14, D & C. 98: 37, para dar sólo dos referencias) “ (The False Gods we Worship, Spencer W. Kimball, Ensign, June 1976, pag. 3-6)

 

¿Está realmente el Presidente Kimball diciendo lo que dice?  ¿Los aviones y misiles son dioses de piedra y acero y los soldados la antítesis del verdadero patriota?. Porque en las páginas del Church News he visto a muchos hermanos de uniforme al lado de sus naves en los diferentes países en que sirven (sobre todo si pertenecen a la OTAN) pero muy pocos en manifestaciones  por la paz. Y no creo que no los haya, simplemente no son fotografiados en esas actitudes ‘políticamente incorrectas’.

 

El 5 de mayo de 1981, en una declaración oficial de la Iglesia, el Presidente Kimball instó al gobierno de su país a encontrar alternativas a la instalación de un arsenal de misiles MX en el área de Utah y Nevada. En uno de sus párrafos declaraba:

 

“Nuestros padres vinieron a esta región del oeste para establecer una base desde donde llevar el evangelio de paz a la gente del mundo. Es irónico, y una negación de la verdadera esencia de ese evangelio, que en el mismo área geográfica se vaya a construir un monstruoso sistema armamentista potencialmente capaz de destruir la mayor parte de la civilización”.

 

De modo que las ideas pacifistas no son nuevas ni en nuestra historia ni en nuestra doctrina. De hecho, estoy convencido de que el pacifismo debería ser siempre la primera opción y no la obediencia ciega a un gobierno civil. El amor a la patria, verdadero patriotismo, debería encontrar alternativas válidas que excluyesen la muerte de inocentes de ambos lados del conflicto.

Quizás no es la opción para un soldado profesional, obviamente tampoco es la opción para quien sincera y voluntariamente cree que participar activamente en una guerra es la mejor manera de servir a su país y está dispuesto a asumir la responsabilidad que esa actitud conlleva y no transferírsela a algún otro. Pero sigue siendo una opción para muchos de nosotros dentro y fuera de EEUU, como claramente lo dejó establecido el Presidente Hinckley.

Creemos que la religión y el gobierno deben mantenerse separados. A veces es necesario mostrar en la acción que realmente lo creemos y al momento de elegir debería pesar tanto en la balanza como las muchas maneras en que podemos demostrar patriotismo.

La mayor ayuda que podemos dar a Polifemo para que salga de su cueva no es incitándole a arrojar cumbres de montañas a ciegas, sino calmarlo y guiarlo de la mano por senderos pacíficos que le estimulen a desarrollar nuevos sentidos…

 

 

 

MARIO R. MONTANI

2004

 

2 comentarios el “POLIFEMO EN SU CUEVA

  1. Mario te felicito por el emprendimiento. Me vas a tener como uno de tus lectores. Muchos éxitos. Guillermo.

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