DE LA INEFABLE INFALIBILIDAD

DOCTRINA

DE LA INEFABLE INFALIBILIDAD

Por Mario R. Montani

“Si cierras la puerta a todos los errores, también la verdad se quedará fuera”

Rabindranath Tagore

A los humanos en general, y a los miembros de la Iglesia en particular, no nos resultan agradables las zonas de incertidumbre. Nos gustaría manejarnos con certezas desde la salida hasta la puesta del sol. Pero nuestro mundo no funciona así, ni estuvo jamás en los planes del Creador que operara de ese modo. Sí aparecía tal idea en el esquema alternativo de nuestro hermano Lucifer. La incertidumbre es un requisito indispensable para que actúen la fe y el libre albedrío, pilares fundamentales del progreso eterno y la salvación.

En la teología de la Iglesia Católica Romana, la infalibilidad pontificia constituye un dogma según el cual el Papa está preservado de cometer un error cuando él promulga o declara, a la Iglesia, una enseñanza dogmática en temas de fe y moral bajo el rango de solemne definición pontificia o declaración ex cathedra; como toda verdad de fe, no se presta a discusión de ninguna índole dentro de su estructura. Esta doctrina fue definida en el Concilio Vaticano I de 1870 y, si bien sus adherentes y detractores la discutían desde siglos antes, fue resistida tanto dentro como fuera de la institución. El único ejemplo práctico de su aplicación que se conoce ocurrió en 1950 con la promulgación del dogma de la Asunción de la Virgen María por parte de Pio XII.

Por otro lado, la mayoría de las iglesias protestantes ha desarrollado el concepto de infalibilidad o inerrancia de las Escrituras como fuente última de la doctrina, a pesar de que las diferentes denominaciones interpretan los mismos pasajes de muy distinto modo.

¿Cómo se plantea La iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días estos temas? ¿Son infalibles las palabras de sus líderes? ¿Es inerrante el canon amplificado de sus Escrituras? A sondear estas preguntas dedicaremos los siguientes párrafos…

Un filósofo mormón ha declarado con gran tino y una cierta ironía que así como la Iglesia Católica tiene una doctrina de infalibilidad que la mayoría de los católicos no acepta, la Iglesia Mormona posee una doctrina de la falibilidad de sus Autoridades que la mayoría de los mormones tampoco acepta. Analicemos algunas sentencias de B.H. Roberts, integrante del Consejo de los Setenta y, más adelante, uno de sus siete Presidentes:

“Puede ser tan peligroso reclamar demasiada inspiración de Dios en los asuntos de los hombres como demasiada poca. En el primer caso los hombres son conducidos hacia la superstición, y hacia la blasfemia de acreditar sus imperfectas acciones, sus errores, y, posiblemente, hasta sus pecados, a Dios; y en el segundo, a eliminar totalmente la influencia de Dios en los asuntos humanos. Tengo dudas de cuál extremo podría ser peor” (B. H. Roberts, A Defense of the Faith and the Saints, Provo: Maasai, 2002, p. 346)

“¿Existe algo en la doctrina mormona que haga necesario creer en la infalibilidad de los hombres, aún de altos oficiales en la Iglesia? No, no existe. Sabemos que no siempre hablan bajo la directa inspiración del Espíritu Santo… Cuando uno piensa en las debilidades e imperfecciones humanas, y en cuán difícil es para los hombres que viven bajo los efectos de la Caída, y que han nacido, además, con tendencias heredadas – cuando uno piensa lo extremadamente dificultoso que es aún para los mejores hombres elevarse por sobre esas cosas y caminar a la luz de la inspiración de Dios, en la compañía del Espíritu Santo, creo que es una expectativa demasiado alta proclamar que cada declaración es inspiración divina”. (B.H. Roberts, A Defense of the Faith and the Saints, Provo: Maasai, 2002, p. 341)

“En ocasiones, los siervos de Dios se encuentran en planos infinitamente más bajos que el aquí descripto. A veces hablan meramente desde su conocimiento humano, influenciados por pasiones, influenciados por los intereses de los hombres, y por el enojo, angustia y demás cosas que surgen aún en las mentes de siervos de Dios. Cuando hablan de esa manera, entonces esa no es Escritura, esa no es la palabra de Dios, ni el poder de Dios para la salvación, sino que cuando hablan movilizados por el Santo Espíritu, entonces su voz llega a ser la voz de Dios. De modo que los hombres, aún algunos de alta posición la Iglesia, a veces hablan simplemente con sabiduría humana, o desde el prejuicio o la pasión y, cuando así lo hacen, no debe considerarse la palabra de Dios… Debemos reconocer que muchas cosas de escasa sabiduría se han dicho en el pasado, aún por prominentes élderes de la Iglesia; cosas que no estaban en armonía con las doctrinas de la Iglesia, y que no poseen el valor de Escrituras, o nada parecido; y no fue revelación”. (B.H. Roberts, A Defense of the Faith and the Saints, Provo: Maasai, 2002, p. 665-666)

¿Son los Profetas infalibles?

Tanto Joseph Smith como Brigham Young escribieron abundantemente sobre sus limitaciones humanas y sus posibilidades de errar. Nosotros tendemos a considerarlo un simple rasgo de humildad y no les creemos. Escuchemos a George Q. Cannon, Apóstol y Consejero en la Primera Presidencia:

“Cuando Joseph Smith vivió sobre la tierra… se mantuvo como embajador de Dios – no revestido con atributos divinos, ya que era un hombre mortal, sino como el representante de Dios en la tierra, conservando las llaves del reino de dios en la tierra, con el poder de sellar en la tierra para que fuese sellado en el cielo. El ocupó esa posición cuando vivió, y a su partida otro tomó su lugar y conservó la misma capacidad para con su pueblo que Joseph Smith había tenido. Ese fue Brigham Young. Cuando él falleció, otro tomó la misma posición, y conserva las mismas llaves, ejercita la misma autoridad y mantiene la misma posición que tuvo Joseph Smith o Brigham Young cuando vivieron sobre la tierra. Ahora, ¿no era Joseph Smith un hombre mortal? Sí. ¿Un hombre falible? Sí. ¿No tenía debilidades? Sí. El las reconocía y no evitó registrar las revelaciones en este libro (Doctrina y Convenios) en las que Dios lo reprende. Sus debilidades no se ocultaban a la gente. Estaba deseoso de que la gente supiera que era mortal y que tenía fallas. Del mismo modo con Brigham Young. ¿No era un hombre mortal que tenía debilidades? Sí. No era un Dios. No era un ser inmortal. No era infalible. No, él era falible. Aún así cuando hablaba por el poder de Dios, era la palabra de Dios para su gente”. (George Q. Cannon, 12 de Agosto 1883. Journal of Discourses 24:274)

Más recientemente  Henry Eyring ha mencionado:

“Un profeta es maravilloso pues a veces él habla por el Señor. Esto ocurre en ciertas ocasiones cuando el Señor lo desea. En otras ocasiones, él habla por sí mismo, y una de las maravillosas doctrinas de la Iglesia es que no creemos en la infalibilidad de ningún mortal”. (Henry Eyring en Faith of a Scientist, p. 23)

El incidente de Toronto

Cuando el Libro de Mormón se terminó de traducir, varias propuestas fueron analizadas para su publicación. Aún no estaba asegurado el apoyo económico de Martin Harris, de modo que Hyrum, hermano del Profeta, sugirió la posibilidad de viajar a Toronto, Canadá, y vender los derechos de propiedad del libro a cambio de su edición en las provincias canadienses. Joseph acudió al Señor y recibió la revelación de que algunos hermanos viajaran a Toronto, que allí podrían vender esos derechos. Siguiendo este plan, Oliver Cowdery y Hiram Page fueron a Canadá pero fracasaron totalmente en su propósito. Regresando, enfrentaron al Profeta, quien no pudo entender el motivo de su falta de éxito. Al preguntar nuevamente al Señor recibió la siguiente respuesta:

“algunas revelaciones son de Dios, algunas del hombre y algunas del diablo”. (B.H.Roberts, A Comprehensive History of the Church, Tomo I, pag. 163-163)

Por supuesto, el incidente ha sido usado por los críticos de la Restauración para intentar desacreditar la figura del Profeta, mostrando su falibilidad, cuando, en realidad, todos los representantes de Dios a lo largo del Antiguo y Nuevo Testamento (pensemos tan sólo en Jonás, intentando escapar a su asignación divina o en Pedro, negando al Cristo) nos han permitido vislumbrar sus propios errores y tendencias humanas abundantemente.

Personalmente, me parece bien que la primer revelación (el viaje a Toronto) no haya sido incluida jamás en el libro de Doctrina y Convenios ya que, indudablemente, no provenía del Señor, pero creo que la no incorporación de la segunda (el motivo del fracaso) nos ha privado de una fuerte base doctrinal para combatir algunas suposiciones falsas que circulan entre los miembros:

1)      Que los profetas reciben revelaciones de Dios de manera automática y mecánica, de forma similar a un aparato de fax que transcribe los mensajes que le llegan por la línea telefónica.

2)      Que los rasgos mortales de personalidad e individualidad del portavoz (incluyendo su crianza, medio ambiente, experiencia, prejuicios, esperanzas, tendencias, etc.) no juegan ningún rol en la recepción y articulación de la revelación.

3)      Que, en todo momento, el Profeta y otras Autoridades están bajo la influencia del Espíritu Santo y que jamás hablan en su calidad de hombres.

4)      Que no deben seguir el procedimiento establecido para los demás humanos, es decir: meditar, investigar, estudiar, dudar, decidir, preguntar, esperar.

“La pregunta que plantea este estado de hechos es: ¿puede aceptarse este incidente de Toronto y la explicación del Profeta y aún mantener la fe en él como un hombre inspirado, un Profeta de Dios? Yo respondo, sin dudar, afirmativamente. La revelación respecto al viaje a Toronto no era de Dios, seguramente; de otro modo, no hubiese fallado; sino que el Profeta en su ansiedad por el progreso de la obra, vio reflejado su propio pensamiento, o el sugerido por su hermano Hyrum, más bien que el pensamiento de Dios…” (B.H.Roberts, A Comprehensive History of the Church, Vol.1, pag.165)

¿Pueden los Profetas expresar ideas propias?

Henry W. Naisbitt, importante poeta y predicador mormón en un discurso dado en el Tabernáculo el 8 de Marzo de 1885, según se encuentra registrado en Journal of Discourses Vol. 26 pag. 115:

“Las Escrituras ofrecen un simple relato de la mujer Eva, declarando que este nombre le fue dado por Adán, pues ella sería “la madre de todos los vivientes”, pero, por fuera del registro bíblico, ha estado transmiténdose desde tiempos inmemoriales la idea de que Adán tuvo dos esposas, habiendo llegado los narradores tan lejos, o más bien tan cerca de perfeccionar tal tradición como para proveerles nombres, siendo Lilith el de una de ellas y Eva el de la otra, y, aunque puede resultar difícil armonizar todas las versiones rabínicas y talmúdicas de este asunto, se dice que Joseph Smith, el Profeta, enseñó que Adán tuvo dos esposas. Sin de ningún modo asumir o basar algo en esta teoría o tradición – la cual puede ser totalmente mítica en sus características – es, sin embargo, muy evidente que el matrimonio fue ordenado por Dios”.

El uso de los sustantivos “versiones”, “teoría” y “tradición” así como el adjetivo “mítica”, indican que el Elder Naisbitt no parece encontrarse incómodo por la posibilidad de que Joseph Smith creyera algo que hoy parece cuestionable o sin sentido. Al menos le permite el derecho de tener opiniones y puntos de vista independientes de su llamamiento profético, sin que eso menoscabe su fe en Joseph, el Profeta. Eso es algo que los miembros de la iglesia en general no nos permitimos.

De la lectura de varios diarios personales (incluyendo el de Philo Dibble) parece evidente que Joseph Smith, Jr creía que la luna estaba habitada. Esto no debería sorprendernos ya que un buen porcentaje de sus contemporáneos también lo creía. De hecho, es muy posible que el Presidente Monson, hoy, como la mayoría de sus contemporáneos, crea lo contrario. El problema se produce cuando intentamos proyectar cierta calidad profética en las declaraciones producidas dentro de ámbitos que tienen que ver con creencias individuales, sean estas políticas, sociales, históricas, científicas o aún religiosas, pero por fuera del canon aprobado. Los Profetas continúan siendo hombres. El no haber tenido claro este principio llevó a líderes del pasado a profundizar errores. Brigham Young no sólo estaba convencido de la existencia de hombres en la luna sino que también propuso que el sol estaba habitado (24 de Julio de 1870, Journal of Discourses 13:271) Siguiendo esta línea, algunos patriarcas llegaron a prometer misiones en las que “se predicaría a los habitantes de la luna”  sobre las cabezas de aquellos a quienes bendecían, con lo cual vemos cerrar el círculo que se inicia con una creencia personal y termina con una falsa y forzada semi-doctrina. En realidad importa poco si Joseph Smith lo dijo o no. Lo cierto es que quienes lo siguieron creyeron que era cierto desde un punto de vista dogmático y defendieron públicamente esa posición cosmológica hasta fechas tan avanzadas como 1882 (Milenial Star, Dan Vogel. The Word of God, p. 209-210)

Así como en el pasado hubo muchas cosas que los miembros creían y  hoy tenemos  claro que no forman parte de la doctrina, ¿habrá cosas en las que aún creemos y  las generaciones futuras descartarán?

“Creo que es bueno investigar y probar todos los principios que se nos plantean. Probar todo, retener lo que es bueno, rechazar aquello que es malo, sin importar bajo qué disfraz pueda presentarse. Pienso que si nosotros, como ‘mormones’, mantenemos algunos principios que no pueden sostenerse por las Escrituras o por algún buen razonamiento o filosofía, lo más rápido que los abandonemos, mejor, sin importar quién crea en ellos o quién no. En cada principio que se nos presente, nuestro primer planteo debe ser: ‘¿es verdad? ¿proviene de Dios?’ (John Taylor, JD 13:15, 14 de marzo 1869)

¿Tienen los profetas la capacidad potencial de conducir equivocadamente a los miembros de la Iglesia?

Hay un solo párrafo en nuestros libros canónicos que declara que el Señor no permitiría al Presidente de la Iglesia desviar a Su rebaño. Se encuentra al comienzo de las “Selecciones de tres discursos del Presidente Wilford Woodruff referentes al Manifiesto”, inmediatamente después de la Declaración Oficial 1:

“El Señor jamás permitirá que os desvíe yo ni ningún otro hombre que funcione como Presidente de esta Iglesia. No es parte del programa. No existe en la mente de Dios. Si yo intentara tal cosa, el Señor me quitaría de mi lugar, y así lo hará con cualquier hombre que intente desviar a los hijos de los hombres de los oráculos de Dios y de su deber…”

Desde mi punto de vista, el valor canónico de ese pasaje es cuestionable. Lo que los miembros de la Iglesia aprobaron como Escritura fue la declaración conocida como el Manifiesto de 1890, que discontinuaba la práctica del matrimonio plural. Los extractos de discursos, agregados posteriormente, tienen solo un valor testimonial y aclaratorio. Darles estatus canónico sería como aceptar que las fechas tentativas que aparecen al pie de página en el Libro de Mormón son verdaderas porque están impresas junto con el texto original. El Manifiesto es también un buen ejemplo de los márgenes interpretativos dentro de los que se movieron las Autoridades y los miembros en el pasado. Cuando nosotros lo leemos hoy, creemos entender y queremos entender que, a partir de 1890, no hubo más matrimonios plurales. La realidad histórica muestra algo muy diferente: en México, Canadá y algunas regiones de EEUU continuaron realizándose uniones múltiples con autorización eclesiástica por los siguientes 14 años. ¿Qué ocurrió? ¿El Profeta no entendió bien la primera vez? ¿Los miembros no creyeron lo que decía? ¿El Señor permitió un período de adaptación socio-político a las nuevas condiciones? Tal vez… Pero como nadie lo ha aclarado entramos nuevamente en el campo de la incertidumbre

Si dentro de la amplitud del verbo “desviar” incluimos la posibilidad de enseñar dogmas falsos o sin sustento doctrinal, tal “desviación” ya había ocurrido antes de que el Presidente Woodruff diera su discurso.

Comenzando en abril de 1852 Brigham Young dio alrededor de veinte sermones, todos ellos registrados en el Journal of Discourses y muchos de ellos publicados en el Deseret Evening News, en los cuales se refirió de manera controversial a la relación entre Dios el Padre y Adán. Un análisis de esos sermones deja en claro que el Hermano Brigham creía que a) Adán era el padre de los espíritus de los hombres así como el primer padre de nuestros cuerpos físicos b)  Adán y Eva vinieron a esta tierra como personajes resucitados y exaltados c) La Caída les permitió ser mortales y crear cuerpos físicos para sus hijos espirituales d) Adán era el padre espiritual y físico de Jesucristo.

No sólo presentó estas creencias como revelación sino que dijo haberlas escuchado de boca del propio Joseph Smith. Esperaba que los demás líderes propagasen esta doctrina y se quejó agriamente cuando no lo hicieron. Son bien conocidas sus discrepancias con Orson Pratt al respecto. La teoría o doctrina nunca prosperó formalmente dentro de la Iglesia y fue abandonada con el paso de algunas décadas, aunque mantenida por algunos grupos apóstatas. En Octubre de 1976, Spencer W. Kimball declaró oficialmente que era una doctrina falsa y advirtió a los miembros en contra de ella.

Ahora bien ¿cómo procesamos los Santos de los Ultimos Días estas diferencias? Por un lado Brigham Young nunca fue “quitado de su lugar” a pesar de lo fuerte de sus opiniones y de haber enseñado una doctrina que hoy es considerada falsa. Creo que deberemos comenzar a dejar de lado la posibilidad de que, ante un evento de esas características, el Señor provocará la muerte física de sus siervos o los quitará de su posición como tales. Lo que ocurrirá probablemente es que funcionarán los controles eclesiásticos del sacerdocio tal como el Señor los estableció en su Iglesia y evitarán que el error prospere. Por otro, encontramos a líderes oponiéndose a las enseñanzas doctrinales de un Profeta y negándose a difundirlas … ¿y la obediencia inapelable? ¿y el ‘sigue al Profeta’? ¿dónde quedan?…

Quizás alguien pueda, equivocadamente, interpretar el presente texto como un intento de refutar la inspiración divina de nuestros líderes religiosos. Nada estaría más lejos de mi propósito. Sí trata, más bien, de desmitificar algunas ideas preconcebidas que se han arraigado entre nuestros miembros. No creo ser el único que ha escuchado hablar desde el púlpito sobre la “frecuencia diaria” de las revelaciones del Señor a sus Siervos. Esta necesidad voluntarista de ser más “profetistas que el Profeta” (parafraseando un antiguo dicho católico), de pretender borrar las incertidumbres otorgando a los designios de Dios tiempos y modos específicos, termina sembrando más dudas y desilusiones que la fe que supuestamente pretende estimular. La Deidad decidirá los “cuándos” y los “cómo” de su interacción con los hombres, no nosotros. Es mi convicción personal que dicha interacción será la mínima indispensable que cada situación amerite.

La Iglesia siempre ha hecho énfasis en la deliberación en Consejos. Hemos escuchado que la inspiración en las decisiones es más abundante cuando se trabaja de ese modo. ¿Cómo imaginamos una reunión de la Primera Presidencia o el Quorum de los Doce? ¿Serán ocasiones en la que el Profeta propone y, como su opinión es inapelable e infalible, los demás están obligados a aceptar? ¿Cuál es el objeto de intercambiar ideas, de que cada uno tome su turno para hablar, si la decisión final ya está preestablecida?

¿Pueden los profetas equivocarse?

En 1984 Gordon B. Hinckley fue engañado por Mark Hoffman, un supuesto investigador de documentos antiguos, miembro de la Iglesia, en la obtención de la denominada “Carta de la Salamandra”, un texto aparentemente escrito por Martin Harris con una versión alternativa sobre los orígenes del Libro de Mormón que en realidad había sido forjado por el propio Hoffman. El caso de la carta (que incluyó algunos asesinatos) requirió la intervención del FBI que finalmente logró probar la culpabilidad de Hoffman y la falsedad del documento. Los críticos de la Iglesia señalaron que el Presidente Hinckley no era un profeta porque no había podido detectar el engaño.

La verdad es que algo muy similar le ocurrió a Josué, el sucesor de Moisés, cuando fue engañado por los habitantes de Gibeón e inducido a hacerles una promesa que luego tuvo que cumplir aunque contradecía un mandato previo de Dios, como puede leerse en el capítulo 9 del libro que lleva su nombre, en el Antiguo Testamento.

Ahora bien, ¿pudo Josué seguir siendo el profeta de Israel y conductor de su pueblo después de esta experiencia? La respuesta bíblica es categóricamente sí. Por carácter transitivo, el caso de la Carta de la Salamandra tampoco tuvo efecto negativo alguno en la calidad de profeta y Presidente de la Iglesia de Gordon B. Hinckley. El motivo por el que no lo afecta es que ni los israelitas ni los mormones creemos en la infalibilidad de los profetas. Pero cuando insistimos en que los líderes no pueden equivocarse y en que cada uno de sus actos y dichos son guiados permanentemente por el Señor estamos expresando el siguiente absurdo: no son infalibles pero a la vez no pueden fallar…

Algunos de nuestros miembros (que están muy orgullosos de no creer en algo como la infalibilidad papal) creen que nuestros líderes no pueden fallar. Yo no logro encontrar la diferencia entre uno y otro concepto.

El respeto a los líderes y nuestros testimonios personales

Honramos, respetamos y sostenemos a nuestros líderes religiosos porque son los depositarios de las llaves que Dios ha dispensado para la administración de la Iglesia y de las ordenanzas salvadoras, no porque sean perfectos o no puedan estar sujetos a error. Cada miembro de la Iglesia debería tener un testimonio personal de ambas cosas.

“Nuestro testimonio no depende de Joseph Smith; no depende de Bigham Young; no depende de John Taylor, o del Consejo de los Doce Apóstoles, que es ahora el quorum presidente de la Iglesia. No baso mi fe en hombre alguno. Soy un creyente en la escritura que dice: ‘maldito sea el hombre que confía en el hombre y hace de la carne su brazo’” (Charles Penrose, Apostol y Consejero en la Primera Presidencia, 17 Agosto 1870, JD 20:295)

“He declarado a los Santos de los Ultimos Dias en muchas ocasiones, y ahora vuelvo a decirles, vivan su religión, que el Espíritu de Dios pueda estar dentro de ustedes como un manantial de agua brotando hacia la vida eterna. Supongan que yo diese lugar al espíritu del enemigo y abandonase el espíritu del Evangelio, entonces, si ustedes no estuviesen preparados para juzgar entre la voz del Buen Pastor y la voz del extraño, yo podría conducirlos a la ruina. Estén preparados para que puedan reconocer la voz cuando venga a través de los siervos de Dios, entonces podrán declarar por ustedes mismos: ‘esta es la palabra del Señor’. Mi consejo y advertencia a los Santos de los Ultimos Días y a todos los habitantes de la tierra es: ‘vivan de tal modo que puedan distinguir la verdad del error’”. (Brigham Young, 25 de Mayo 1873, JD 16:75)

“Mi mayor miedo es que este pueblo tenga tanta confianza en sus líderes que no pregunten por sí mismos a Dios si es que están siendo conducidos por El. Temo que establezcan un estado de ciega auto seguridad, confiando sus destinos eternos en las manos de sus líderes con una certeza imprudente que frustraría los propósitos de Dios para su salvación, y debilitaría la influencia que podrían dar a sus líderes si supiesen por sí mismos, mediante revelación de Jesús, que están siendo conducidos de manera correcta. Que cada hombre y mujer sepa, por los susurros personales del Espíritu de Dios, si sus líderes caminan en el sendero que dicta el Señor, o no” (Discourses of Brigham Young, sel. John A. Widtsoe [1941], 135).

“Os exhortamos a que ejerzáis vuestro derecho divino de estudiar cada concepto que se os enseñe y que no tengáis miedo de expresar vuestras opiniones, mostrando siempre respeto por aquellos con quienes habláis y reconociendo siempre vuestras propias limitaciones… Perseverad pues en la libertad de pensamiento tanto en vuestra educación secular como religiosa. No tengáis temor de expresar vuestros pensamientos y de insistir en el derecho individual de examinar cada idea. No nos importa mucho si vuestras ideas son ortodoxas o heterodoxas, pero sí nos importa que penséis. Hemos sido bendecidos con mucho conocimiento por revelación de Dios – revelación que, en cierta medida, al mundo le falta. Pero hay una medida de verdad infinitamente mayor que nos queda por descubrir. La verdad revelada que poseemos debería pasmarnos y hacernos entender lo poco que en realidad sabemos. Nunca debería conducir a la arrogancia emocional basada en la falsa suposición de que tenemos todas las respuestas y el monopolio de la verdad, porque no lo tenemos.” (Hugh B. Brown, Apostol y Consejero den la Primera Presidencia, 13 Mayo 1969, An eternal quest: freedom of the mind, discurso a los estudiantes de BYU – Dialogue 17, Spring 1984, pag. 77-83)

De estas expresiones (que he tenido el cuidado de seleccionar de entre muchas otras y que corresponden a Presidentes de la Iglesia o sus Consejeros inmediatos) me queda claro que la obediencia ciega no es una opción para los Santos de los Ultimos Días. No sólo no forma parte de los principios del evangelio sino que va en contra de ellos.

Me ayuda pensar en un continuum o línea ideal fragmentable que en uno de sus extremos ostenta el principio del LIBRE ALBEDRIO ABSOLUTO y en el opuesto el de OBEDIENCIA CIEGA. Ambos extremos me parecen peligrosos, como le parecieron a B.H. Roberts. El libre albedrío es un principio fundamental. Luchamos por mantenerlo en nuestra vida premortal y es esencial para el funcionamiento del Plan de Salvación. La obediencia también es un principio importante. Creo que es posible trasladarnos a lo largo de esa línea ideal y encontrar un punto que podamos denominar LIBRE ALBEDRIO EJERCIDO RESPONSABLEMENTE, así como desde el otro sector acercarnos al centro hacia lo que podríamos llamar OBEDIENCIA POR ELECCION. Entre medio de esos dos puntos (los cuales señalan los límites morales entre los que deberíamos movernos los miembros de la Iglesia) es posible hallar aún un mayor grado de perfección: el punto en que OBTENEMOS UN TESIMONIO PERSONAL DE QUE ALGO ESPECIFICO QUE HA DICHO EL PROFETA ES LA VOLUNTAD DE DIOS. Ese punto deberá hallarlo cada uno de nosotros en la forma y tiempo que necesite para encontrar una respuesta. Nadie tiene derecho a señalar a otro el cuándo y el cómo sin interferir en su libre albedrío individual. Para algunos de nosotros puede ser un mecanismo casi automático, a los demás puede llevarnos bastante tiempo de “meditar, analizarlo en la mente y preguntar”. La Iglesia debería permitir la existencia de individuos de ambos clases en su seno sin necesidad de señalar que un método es superior a otro. Para mí, aceptar una nueva directiva del Profeta por el hecho de que es el Profeta significa avalar la infalibilidad profética y los miembros de la Iglesia no creemos en ella, de modo que no es el camino que elijo yo. No obstante, si alguien necesita, para aceptar una nueva posible verdad, basarse en un principio en el que no creemos, y ese mecanismo le funciona, no tengo nada que objetar al respecto. Decidir anticipadamente que todo lo que dice el profeta es verdad y la palabra de Dios por causa de su llamamiento, sin más, me parece un acto de suprema comodidad y un atajo peligroso en el sendero del progreso eterno. Sin embargo soy  consciente de que, en ocasiones, se nos estimula a seguir ese atajo…

De las actitudes posibles

Doy por cierto que, ante una nueva declaración de nuestras autoridades que modifique aquello en lo que ya creemos, deberíamos tener una actitud inicial de aceptación. No imagino a los líderes, en general, deseando otra cosa que el bienestar de la Iglesia y de sus miembros. Pero teniendo en claro que esa es una actitud provisoria hasta que obtengamos nuestro testimonio personal de ese principio. La unión de esas confirmaciones individuales es la fortaleza de la Iglesia y una manera activa de sostener al Profeta, no un trámite que pueda suprimirse por un mecanismo simplificado de transferencia de responsabilidades.

Hay una experiencia personal relatada por Wilford Woodruff en Agosto de 1880 (Journal of Discourses 21:299-300)

“Cuando nos hallábamos en el territorio del oeste, hace ya muchos años, antes de que viniésemos a las Montañas Rocosas, tuve un sueño. Soñé que estaba en estas montañas y que veía un hermoso templo erigido en uno de estos valles el cual estaba construido con piedra de granito cortada. Vi ese templo dedicado y asistí a los servicios dedicatorios, y vi a una buena cantidad de hombres que hoy viven en medio de esta gente… Cuando los cimientos del templo se colocaron pensé en mi sueño así como muchas otras veces desde entonces. Y cada vez que el Presidente Young tenía un concilio con los hermanos de los Doce y hablaban de construir un templo de adobe o ladrillo yo me decía a mí mismo, “No, nunca lo harán así”, porque lo había visto en mi sueño construido  de otro material. Menciono esto para mostrar que a veces se nos manifiestan cosas de las que no sabemos nada, salvo que nos sean dadas por el Espíritu de Dios”

¡Qué relato interesante! ¡Cuánto podemos leer entre líneas! Primero, el Presidente Young, quien tan claramente designó el sitio exacto para la construcción de un templo que jamás vería terminado, no recibió todos los detalles sobre el mismo, más bien insistió en una construcción alternativa simplificada. Segundo, el Hermano Woodruff, a pesar de su sueño y testimonio personal al respecto, jamás dudó de la inspiración del Profeta. Nunca pensó que era un líder caído porque no vio lo mismo que él, ni públicamente lo contradijo, más bien, como María, “meditaba esas cosas en su corazón”. Creo que todos, tanto los que pensamos de una o de otra manera, podemos sacar provecho de esta experiencia…

Una de las más importantes buenas nuevas de la Restauración es que la revelación continúa, no que es continua. Para que no parezca un simple juego de palabras: creemos que, después de un largo período de apostasía institucional, la posibilidad de revelación ha sido nuevamente instaurada. La inspiración individual estuvo siempre asegurada, aún en las épocas de mayor oscurantismo, y lo sigue estando hoy, tanto dentro como fuera de la Iglesia, para que el Plan de Salvación tenga sentido. Pero para una revelación institucional necesitábamos la restauración de la Iglesia. Ese es el gran mensaje al mundo: que después de mucho tiempo la revelación institucional continúa, no que es continua (es decir que a cada minuto del día estemos recibiendo revelación).

Resumiendo, y para concluir: me atengo a lo declarado por Joseph Smith de que “un profeta es un profeta únicamente cuando está actuando como tal” (History of the Church, V.5:265) y más recientemente por James E. Faust “… no reclamamos infalibilidad individual o perfección con respecto a los profetas, videntes y reveladores” (Ensign, Agosto 1996 pag. 2). No creo que al señalar que nuestros líderes son humanos estemos dañando su imagen o dejando de sostenerlos. Creo que sí lo hacemos cuando no concretamos nuestro esfuerzo personal para confirmar sus enseñanzas…

 

5 comentarios el “DE LA INEFABLE INFALIBILIDAD

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